martes, 3 de junio de 2014

El monarca que supo pedir perdón - Fernando Ónega

El monarca que supo pedir perdón - Fernando Ónega
La primera vez que tropecé con el rey Juan Carlos (literalmente, tropecé) fue en el Palacio de La Moncloa, en la vieja antesala del Consejo de Ministros. Supongo que nos dimos los buenos días, y me froté los ojos para comprobar que estaba despierto. ¿Qué hacía el rey allí? Después me lo explicó el presidente Suárez: había ido a dar ánimos al Gobierno. Eran días terribles, de constantes asaltos del terrorismo y el joven monarca hacía eso: se ponía el casco, cogía la moto y se presentaba en La Moncloa sin avisar. Sentía los problemas del Gobierno como propios. Era muy joven.
La segunda o tercera vez que estuve con él en el Palacio de La Zarzuela fue por un rumor. Corría el año 1985 y se había extendido la especie de que don Juan Carlos tenía un problema de salud tan singular como complicado: un tumor o algo así en los testículos. No era fácil desmentirlo ni quizá había por qué hacerlo, porque no se había publicado; pero estaba en el chismorreo nacional. Los servicios de prensa de la Casa Real nos convocaron a los directores de medios sin explicar para qué. Cuando estábamos todos en el salón de audiencias, se abrió la puerta, entró Don Juan Carlos, hizo como que se desabrochaba la bragueta y preguntó: «¿Os los tengo que enseñar, o qué?» Se acabó el rumor. Nunca más se habló de estado de salud testicular el rey.
Un hombre campechano
Cuento estas anécdotas para acercarme al perfil humano de su majestad. Es, ante todo, como se ha definido ayer en su declaración institucional: un hombre que quiere a España. Esto es una obviedad en el rey, pero conviene no olvidarlo. Su seguimiento de lo que ocurre en su país es constante y creo que apasionado. En segundo lugar, es un tipo campechano, hasta el punto de rozar los límites del riesgo por la franqueza de sus expresiones. Desde luego, se gana la voluntad de sus interlocutores en sus conversaciones y audiencias. Incluso en los peores momentos de salud sabía arrancar una sonrisa de las personas que saludaba. Y, en tercer lugar, disfruta de una memoria privilegiada. Es un espectáculo verlo en las masivas audiencias de la fiesta del 12 de Octubre y comprobar cómo saluda a cada invitado por su nombre. He llegado a pensar que tenía un artilugio electrónico que le iba «soplando» los nombres y empleo de cada persona, pero no, es su prodigiosa memoria.
He tenido la fortuna de hablar con él en diversas ocasiones, y este es el Juan Carlos de Borbón y Borbón que he encontrado. Pasó los primeros 35 años de su vida en la situación más extraña en que se puede encontrar una persona: aspirante a la Jefatura del Estado, pero viviendo en media clandestinidad, con movimientos y reuniones con personas vetadas por el régimen. Utilizó a un sobrino de Franco, Nicolás Franco y Pascual del Pobil, para contactar con Carrillo. Conoció el pensamiento de la entonces oposición política en conversaciones personales y secretas. Y tuvo que burlar a los servicios de inteligencia del régimen como si fuera un activista de izquierdas.
Su gran preocupación inicial, cuando vio acercarse el momento de la sucesión, fue que el Partido Comunista no boicotease la coronación con protestas populares y lo consiguió a base de diálogo y compromisos de legalización. Por eso sostengo que su papel en la legalización del PCE fue fundamental, aunque Suárez haya sido el arriesgado ejecutor. Y gracias a la transmisión de su firmeza en construir un sistema democrático en España logró lo que ha sido el gran prodigio de la transición: que la izquierda que había defendido hasta la muerte la legalidad de la Segunda República aceptase una monarquía como sinónimo de democracia. Eso fue lo que hizo posible el éxito de la transición.
Y en esa transición, él fue el motor. No se hizo nada sin su inspiración. Dotado de un finísimo instinto de captación de las necesidades de la sociedad, sugirió los cambios y marcó la meta: una democracia plena, normal y con participación de todos los partidos. Le he preguntado en una ocasión si había un plan detallado, con todas las medidas previstas, y me respondió que no; que había una meta que requería las medidas necesarias para alcanzarla, pero no un detalle de las normas, ni siquiera del calendario. Desde ese punto de vista, la transición tuvo mucho de genial improvisación.
Ideológicamente, es un monarca al que no se le puede colocar ninguna etiqueta, como parece lógico en quien quiso ser el rey de todos los españoles. Los socialistas que fueron presidentes de Gobierno, González y Zapatero, afirman que jamás puso un inconveniente a su trabajo ni se inmiscuyó en su tarea de gobernantes. Aunque debo decir (y esto se lo escuché al rey en una reunión con otras personas) que sí tuvo su etapa izquierdista; «un poco rojeras», dice él con su tono desenfadado. En los últimos tiempos, ya doliente de sus problemas físicos, lo he visto quejoso de la falta de diálogo en algunos de los problemas nacionales.
Debilidades carnales
Y, en su conjunto, es o ha sido un hombre con sus debilidades carnales en las que nunca entraré, porque también los reyes tienen derecho a su vida privada y a sus espacios de intimidad y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Lejos de esos episodios, la imagen que me queda del rey Juan Carlos es la de hombre que sabe escuchar; que debe la mitad del juancarlismo a su simpatía personal; que ha tenido los redaños suficientes para hacer la peineta a un grupo de batasunos que le gritaron por la calle en el País Vasco, para preguntarle en público a Hugo Chaves por qué no se calla o para ordenar a Milans que devolviera los tanques a los cuarteles; que ha sido escrupuloso en el respeto al marco constitucional en las competencias atribuidas a la Corona; que a veces se equivocó de amigos, pero supo reaccionar a tiempo; que sufrió lo indecible con sus enfermedades, pero no por el dolor físico, sino por miedo a perder facultades para su reinado; que sufrió por Urdangarin y la infanta Cristina, pero no utilizó su poder para detener la investigación judicial; y que se equivocó como todos, pero tuvo la humildad de pedir perdón, algo insólito en un rey.
La gran injusticia histórica con su persona es reducir sus servicios a la transición y el golpe de estado del 23-F. Para este cronista ha sido mucho más que eso. Ha sido el garante de las libertades y de los derechos cívicos. Y su reinado pasará a la historia como tantas veces se ha dicho: como la etapa de mayores libertades y prosperidad de la biografía de este castigado país.
juan carlos i el rey que pilotó la transición democrática
Su preocupación inicial era que el PCE no boicotease su coronación con protestas populares
Ideológicamente, es un rey al que no se le puede colocar ninguna etiqueta

Sufrió con la infanta, pero no utilizó su poder para detener la investigación