jueves, 22 de mayo de 2014

¡A votar! - Carmelo Jordá

¡A votar! - Carmelo Jordá
A estas alturas, visto el escaso interés que la campaña electoral está generando –ahí tienen la patética audiencia del debate esta semana– y visto el cariño que últimamente se le tiene a la cosa política, la principal duda de las elecciones europeas es el porcentaje de abstención que habrá.
Además, tampoco es que habitualmente la gente se mate por votar en estas elecciones, que para más inri son en mayo o junio, con el buen tiempo y la tentación del campo y la playita. Sin ir más lejos, en las anteriores sólo votó el 45% del censo, que no es que sea una cifra espectacular.
Así que la porra que más se hace en este momento es si se votará aún menos que hace cinco años o si la abstención incluso superará un 60% que sería histórico.
Además, también se especula mucho sobre qué consecuencias tendría eso en los resultados. En este sentido, lo más llamativo para mí son los partidarios de la abstención que elucubran sobre el golpe que supondría para el sistema que ésta alcanzase un determinado nivel. Pues señores, ya les adelanto yo la respuesta: al sistema se la refanfinfla que ustedes se abstengan.
El sistema, tal y como es y tal y como está, puede aguantar una abstención del 60% o del 70% y seguir tan pancho, al fin y al cabo la muestra estadística seguirá siendo válida para que el mandato de las urnas siga reflejando, más o menos, el sentir de la mayoría. Y en cualquier caso, y esto es más importante, seguirá sirviendo para repartir poder, sueldos y prebendas como hasta ahora.
Porque el que se abstiene no dice nada, no reta a nadie, no se expresa. En el saco de la abstención –inmenso en esta ocasión, al parecer– están los que se han ido a la playa, los que pasan, los que no llegan a saber ni quién se presenta, los que están de resaca, los enfermos, los que no creen en la democracia y piensan que con Franco esto no pasaba y, sí, un pequeño e incuantificable porcentaje de abstencionistas muy concienciados que quieren expresar su rechazo a estos partidos.
Abstenerse es legítimo, sí, pero perfectamente inútil. Si usted quiere decirle algo a esta bazofia de partidos que nos gobiernan, vote, vote en blanco incluso, o vote a alguna de las muchas opciones que han aparecido precisamente en esta convocatoria.

Y si ninguna les convence del todo, hagan como yo: voten a la contra, elijan lo que más pueda joder a aquello que más detesten. Piénselo y lleguen a la conclusión que más les guste, pero voten, porque si no votan a los malos políticos lo que les entra no es el miedo sino la risa.

domingo, 18 de mayo de 2014

Milagro - Manuel Vicent

Milagro - Manuel Vicent
Cada vez el Vaticano abarata más los milagros que se necesitan para ser santo. Hoy te pueden beatificar por haber curado una jaqueca o un panadizo a una monja, incluso por pasarte una estampa por un juanete y notar cierta mejoría. Milagros, los de antes. Hubo un tiempo en que era imposible subir a los altares si el futuro santo no realizaba un prodigio espectacular, público y notorio, que asombrara a los fieles, por ejemplo, que te creciera una pierna nueva si te la habían cortado con una sierra o que un mudo se destapara cantando un corrido después de haber hecho gárgaras con agua bendita. Encima, los milagros había que realizarlos en vida. Mi paisano San Vicente Ferrer era un superdotado en este oficio. En una ocasión tenía que ir a predicar a Morella y sus heraldos le precedieron para advertir a la familia encargada de hospedarlo de que el santo era de buen diente y había que ofrecerle para comer lo mejor de la casa. Lo mejor de la casa era un niño de pocos meses. A la hora del banquete le fue presentado el bebé asado como un cochinillo en una cazuela. Vicente Ferrer se conmovió ante semejante devoción y no tuvo más remedio que resucitarlo. Sus prodigios causaban tantos problemas de orden público que el obispo le prohibió hacer más milagros, pero un día el santo caminaba por el barrio del Carmen de Valencia y vio que un albañil se estaba cayendo desde un tejado. ¡Párate ahí!— le gritó. El albañil quedó suspendido en el aire. Vicente Ferrer fue a pedirle permiso al obispo y una vez conseguido el visto bueno, hizo que el albañil aterrizara suavemente en la acera ante el pasmo de la gente. Recientemente han sido canonizados Juan XXIII y Juan Pablo II, dos papas antitéticos, cuyos prodigios no han ido más allá de sanar alguna fístula. Pero el surrealismo del santoral ha cogido una mala deriva, porque en octubre se va a beatificar a Pablo VI, a quien se le atribuye el milagro de haber curado el feto mal formado de una mujer californiana, que después de invocarle, dio a luz a un niño lindo y sonrosado. Este hipotético prodigio ya tiene una pérfida connotación ideológica de propaganda antiabortista. Pero el argumento es maléfico. De hecho, se da por supuesto que un feto malformado para nacer sano y salvo necesita siempre un gran milagro.

sábado, 17 de mayo de 2014

La trola de la receta electrónica. Europedos - Nacho Mirás Fole

La trola de la receta electrónica. Europedos - Nacho Mirás Fole

Cuando, como es mi caso, eres un paciente oncológico que se toma al mes un cargamento de pastillas, es posible que te pierdas en la cuenta y te quedes sin género antes de lo que pensabas. Me pasó el miércoles con el Septrin Forte, ese antibiótico de caballo que tengo que tomar tres veces a la semana para que una infección oportunista no me coma la vida a traición. Me di cuenta en el aeropuerto de Santiago, a punto de embarcar hacia Barcelona: ¡Mierda, estoy sin Septrin! Aprovechando que ahora el Servizo Galego de Saúde te deja hablar con tu médico de familia por teléfono si la cuestión es más técnica que propiamente sanitaria, lo cual habla bien del sistema, llamé al centro de salud y le conté el problema al doctor.

-No tengo cargado el antibiótico en la tarjeta y tengo que tomarlo. ¿Me lo pone? Me despisté…

-Ahora mismo.

Dicho y hecho. En segundos, un señor de bata blanca pulsó un botón en Fontiñas y la prescripción quedó registrada en la tarjeta sanitaria de mi cartera viajera. El futuro parecía la hostia.

“Ahora llego a Barcelona, voy a una farmacia y andando”, me dije. Iluso de mí; hubiera sido más fácil intentar la operación en París o en Sebastopol.

Ya en Cataluña, busqué una farmacia, que con las cosas de vivir mejor no se juega.

-Bon día. ¿Me podría despachar por favor el antibiótico que tengo cargado en esta tarjeta? (traduzco del catalán, que todavía me defiendo)

-Bon día. De ninguna manera, es una tarjeta de otra comunidad autónoma.

-Ya lo sé. Pero es de España. De Europa, en cualquier caso.

-Lo siento. No leemos recetas electrónicas de otras comunidades.

-¡No fastidie! Es un tratamiento que tengo que tomar sí o sí. Soy un paciente oncológico y esto es un antibiótico preventivo. Ya sabe, las defensas bajas… Pues cóbremelo al precio normal, me sella el envase y ya veré cómo arreglo.

-Le digo que no se lo puedo ni despachar sin receta.

-¡Pero la receta está aquí, en mi mano! Se lo estoy diciendo…

-Pero la Seguridad Social de aquí y la de Galicia no tienen sistemas compatibles. No tiene nada que hacer.

Me empecé a calentar, pero me contuve, que me conozco y acabo en el cuartelillo. Los Mossos no se andan con chiquitas…

-¿Qué hago entonces?

-Lo siguiente: Se va usted a un dispensario de este mismo barrio. Les cuenta que es un paciente desplazado, le asignan un médico, le da cita, lo atiende y convence usted al doctor de que necesita ese antibiótico. Si no se fiara, él llamaría a su médico a Santiago y lo arreglan. Entonces el médico de aquí le da una receta de papel, vuelve a la farmacia y yo lo vendo el Septrin Forte.

-¿Está de broma? ¡Y de dos días en Barcelona me tiro uno en un dispensario convenciendo a un médico de que tengo cáncer y haciendo papeles? ¡Por el amor de Dios! ¡Qué me está contando!

-No puedo hacerle otra cosa. El sistema funciona así.

-Ese es el problema. El sistema, que NO funciona así.

No di un portazo porque la puerta de la farmacia era automática, pero no fue por falta de ganas. Al final decidí jugármela y posponer la ingesta del salvavidas un día, así, a lo loco. No pasa nada, seguro, pero el hecho en sí me inflama. Tengo unas ganas de mandar un poquito a la mierda a los políticos que se baban tanto en el nombre de Europa que se me está avinagrando la sangre, con sus linfocitos bajos y todo. Mucha campaña para las europeas y mucha hostia y resulta que si te recetan en Santiago te jodes en Barcelona. Lo del libre paso de personas y mercancías no llegó a las farmacias, lástima. No somos europeos; somos europedos, que no es exactamente lo mismo.

Incidente burrocrático galaico-catalán aparte, estos dos días han cundido mucho y bueno. Aún no puedo dar detalles, pero lo haré pronto. Os vais a hartar. En este viaje se trataba de hacer más que nunca de la necesidad virtud. Y así ha sido. Escribo desde el Prat, con muchas ganas esta vez de volver a casa y abrazar a mi familia hasta el agotamiento y arriesgarme, de paso, a que mi hijo pequeño me contagie unos mocos que den con mis huesos en el hospital. ¡Por haber calculado mal las dosis de antibiótico antes de atreverme a moverme por mi propio país! ¡Si hasta tengo un título por una universidad catalana! ¡Soy medio catalán hasta en el primer apellido! Hay que fastidiarse con la sanidad 2.0. O carallo vintenove.



Así baje del avión, no me puedo olvidar de ir a una farmacia de Santiago en la que puedan resolver algo tan complicado tecnológicamente para la sanidad catalana como es leer una tarjeta sanitaria gallega. Supongo que en Galicia tampoco leemos las recetas electrónicas que se prescriben más allá del telón de grelos, que para chulos nosotros. Para mear y no echar gota, oigan. A ver si además de arreglar lo de Europa arreglamos también lo de España de un carallo de una vez. Que el cáncer no entiende de fronteras, rehostia! Burrócratas, pero mucho. Voy con Celso Emilio Ferreiro musicado por Luis Emilio Batallán. Porque, por suerte, algunos de los muertos que mata la burrocracia, gozamos de buena salud. Disfrutad del fin de semana como yo pienso hacerlo. Y gracias por permanecer a la escucha.

jueves, 15 de mayo de 2014

Llanto por Ignacio González - David Torres

Llanto por Ignacio González - David Torres

Ignacio González fue a inaugurar una exposición sobre Cela y los toros y, así, como sin querer, soltó que Cela era nuestro único premio Nobel. Una afirmación ciertamente audaz porque entre Ramón y Cajal, Echegaray, Benavente, Juan Ramón Jiménez, Ochoa y Aleixandre, es muy posible que hubiese otro premio Nobel de derechas. Además, es muy dudoso que Cela votara al PP o a cualquier otro partido político, ya que en sus últimos años el gran escritor gallego dividía su ajetreada vida entre la escritura y la farándula. Cela era un hombre imprevisible que lo mismo se burlaba de los maricones que criticaba ferozmente el abandono gubernamental que sufría el poeta Gabriel Celaya.

Ignacio González también ha criticado varias veces el nivel paupérrimo de la educación pública española y al final no le ha quedado más remedio que ponerse él mismo como ejemplo. De Cela, que escribió varias obras maestras, la mayoría de la gente lo único que recuerda es la amenaza que le hizo a Mercedes Milá, en vivo y en directo, de absorber una palangana entera de agua con un solo golpe de nalgas. Durante mucho tiempo la historia circuló como un bulo similar al perro de Ricky Martin y más de uno aseguró que había visto por televisión el culo más ilustre de Galicia. Pero ha sido a Ignacio González a quien le ha tocado revertir esta proeza escatológica con una sola frase. Todavía no ha quedado claro si el presidente sustituto de la Comunidad de Madrid no sabe contar o si no sabe leer.

Durante la feria de San Isidro el afán por casar la tauromaquia y la cultura, la tauromaquia y la civilización, produce estos desaguisados colosales. Mi amigo Jesús Llano tiene un estanco en la calle Cardenal Cisneros que es uno de los grandes templos del tabaco en la capital y un anecdotario del humor capaz de competir con Génova. En estos días, atraídos por la fama de su cava de cigarros, no paran de entrar señores que no han fumado un habano en su vida pero que quieren presumir de tronío echando humo del bueno: quieren que se les vea desde cualquier punto de la plaza de Las Ventas, puro en ristre, cual caballeros medievales en el tendido de sombra. El otro día uno le preguntó si un Montecristo del 2 le iba a durar toda la corrida y Jesús respondió: “Hombre, la corrida y dos polvos más”.

En la Puerta del Sol, los carteles de la exposición sobre Cela parecen dos espinillas al lado de los gigantescos pósters con las camisetas del Madrid y del Atleti, que son el estandarte de la cultura madrileña y no digamos ya en vísperas de la Champions. Entre el fútbol y los áticos, Ignacio González no tuvo tiempo para prepararse a conciencia el discurso de la inauguración. Se presentó al examen a porta gayola, confiando en su buena estrella, pero le salió un morlaco de media tonelada. A saber a cuántos de sus asesores fue preguntando hasta que uno, más leído, le dijo que el nombre le sonaba de algo. Cela, Cela, ¿no usaba castoreño? ¿No fue un torero aficionado de los años cuarenta? ¿No fue premio Nobel o premio Cervantes o premio Planeta? Es que google, a veces, da unas cornadas tremendas.

domingo, 11 de mayo de 2014

Mar sin párpados - José Luis Alvite

Mar sin párpados - José Luis Alvite
Ya sé que pensar de buena fe y hacer cosas decentes puede echar a perder mi mala reputación, pero a veces me emociono con algo por lo que jamás tendré remordimientos de conciencia. Ayer mismo me senté a media mañana en la terraza de un bar asomada al arenal costero en A Lanzada y me reencontré con la fuerza sentimental de lo sencillo mientras el mar descargaba el telar gris de su lento oleaje casi de mercería y un solitario bañista cincuentón tanteaba el agua helada antes de zambullirse en ella y salir huyendo, porque el Atlántico es allí tan frío, que yo recuerdo que cuando era niño un marinero me dijo que si arrojasen al mar un cadáver de pocos días, con seguridad saldría del agua por su propio pie. Un amigo mío que se las daba de buen nadador y de consumado y esforzado fondista, me comentó hace años que en las aguas casi heladas de A Lanzada no habría un solo esfuerzo por el que un hombre pudiese sudar. Yo no sé si aquel tipo exageraba, pero yo creo que en ese lugar en el que ya es casi mar abierto, los peces evolucionaron hasta quedarse sin párpados por culpa de que con la baja temperatura del agua les era imposible dormir. A lo mejor esa del frío era también la razón por la que en mi infancia cada vez que tía Pepita se sentaba en la paya a ganchillar un mantel de hilo, al final le salía sin remedio un jersey de lana. Recuerdo haber visto en Illa de Arousa una playa en la que al llegar noviembre se reunían sobre la sémola de la bajamar la hojarasca y el musgo, un arenal verde y pelirrojo en el que se daban juntas las almejas y el brezo, el trébol y las cerezas. Pensé entonces que el abandono produce a veces una inesperada y desidiosa belleza que se malogra si se pretende ajardinarla, igual que se malogra a menudo el talento del artista si se pretende convertirlo en algo menos emotivo y más funcional. En estas cosas pensé ayer mientras tomaba café con hielo en una terraza asomada al arenal de A Lanzada. Frente al incontestable espectáculo del Atlántico entumecido por el agua casi helada, no me sentí en absoluto en el deber de ser trascendental. A veces mi cerebro le deja ese privilegio a mi vientre. La verdad es que en cualquier posición emocionante en la que me haya encontrado a lo largo de mi vida, a menudo sólo me interesó saber dónde diablos estaría el retrete.

Mano de tenista - José Luis Alvite

Mano de tenista - José Luis Alvite
Sé de un tipo que se supo que llevaba algunos días muerto porque sus vecinos habían dejado de escuchar a través de los tabiques su receptor de radio. El aparato se había quedado sin pilas y era muy extraño que aquel tipo no se preocupase de reponerlas. Aquella radio sin señal fue el síntoma inequívoco de una muerte que se anunció por clamoroso que en ocasiones resulta el silencio. Otras veces la gente solitaria fallece y sus vecinos sólo se enteran por el gemido de un perro, por la inesperada abundancia de insectos funerales, o, sencillamente, en el momento en el que el olor se decide a bajar como una babosa de talco las escaleras. Cada día hay más pisos habitados por gente que vive sola y enciende la radio para sentir el genérico afecto de los profesionales que hacen el programa de su gusto. Muchas parejas salen de día y al caer la noche se retiran a dormir en casas distintas. Me dijo hace poco una vieja amiga: «¿Cómo podría tener un orgasmo simultáneo con alguien con el que ni siquiera comparto la cama?». No me sorprendió su pregunta. Con motivo de mi divorcio me instalé en un piso barato de Compostela, justo al lado de donde pernoctaba una pareja de recién casados. Yo estaba solo, pero las paredes eran tan delgadas que juraría que tuve un par de orgasmos por culpa de sentir tan cerca los escandalosos gemidos de aquella mujer. No pegaba ojo y acabé tan estresado que estuve tentado de dormir con la cabeza metida en el casco de una moto. El caso es que aquel tipo se lo pasaba en grande, pero los otros vecinos a quien miraban por la mañana era a mí, que era el único que salía a la calle con ojeras. Sabían que yo vivía solo, pero era evidente que para ellos aquellas ojeras eran el resultado de una vida sexual tan agitada como secreta. De mi intimidad no sabían nada por haber escuchado a través de las paredes mi receptor de radio, sino que lo suponían por mis ojeras. Temeroso de que buscasen otras señales más sutiles, tomé la decisión de saludar a mis vecinos sin sacar las manos de los bolsillos, no fuesen a mirarme con el recelo de quien cree haber descubierto que tienes una mano más grande que la otra, ya me entiendes. Podría haberme ocurrido como a aquel amigo mío al que sus compañeros de trabajo no le preguntaban por el carácter solitario de su vida sexual, pero le decían de manera bien insinuante que tenía una mano de eunuco, y la otra, de tenista. Mi amigo fue siempre un tipo solitario, la clase de hombre casi sin sombra cuya muerte abarata mucho las esquelas. Todavía vive, pero continúa instalado a solas en uno de esos pisos en los que a veces sabes que sólo el sigiloso retén de la muerte se toma de cuando en cuando la molestia de apagar con un chorro de silencio la radio de los difuntos.

La yegua de John Wayne - José Luis Alvite

La yegua de John Wayne - José Luis Alvite

Parece que planea por ahí la idea de declarar sexistas los cuentos infantiles en los que las mujeres son elementos pasivos, como es el caso de Blancanieves, Cenicienta o La Bella Durmiente. Nada he leído sobre que se prevea redimir al personaje masculino de La Dama y el Vagabundo por considerarlo clasista, aunque no hay que descartar que en una exhibición de celo feminista se condene al protagonista de El Rey León por no haberse preocupado de desarrollar el instinto de amamantar a sus crías. Supongo que lo se pretende es que la pedagogía sustituya a los instintos, de modo que al cabo de un cierto tiempo de severa instrucción las mujeres y los hombres compartan las letrinas y se turnen en la lactancia de sus críos. La censura de los cuentos infantiles es sólo un paso hacia un modelo social en el que, por ejemplo, se considere desafección al Sistema que en una película de vaqueros John Wayne monte en una yegua o que Robert de Niro incurra en la insoportable grosería sexista de abrirle la puerta del taxi a Meryl Streep. Yo si volviese a casarme creo que no me sentiría cómodo si la oficiante fuese una de esas juezas del Régimen que te miran como si casarte con una mujer fuese un delito de larvado acoso sexual. Las últimas veces que salí de copas me previne para no parecer demasiado masculino. No está bien visto que un hombre fume «Ducados», ni que al entablar conversación con una mujer no lo haga con el mismo profiláctico gesto de retraimiento que si ella fuese su dentista. Yo a alguna de mis amigas ya las he advertido de que se ande con cuidado con dónde pone los malditos pies. Porque si se cayesen al mar pueden estar seguras de que me daría la espalda por temor a que el heroísmo de salvarlas fuese interpretado por los rabinos del régimen como un velado intento de propasarme. Una amiga mía que es feminista radical me preguntó una noche: «¿De verdad que no me salvarías si caigo al mar?». Y yo le contesté; «Te arrojaré papel y lápiz. Y sólo te salvaré en el caso de que firmes una declaración jurada en conforme aceptas que te ponga la mano encima para sacarte del agua». «¿Eso harías». Dudé un instante. «Bueno, primero esperaría a ver si eres capaz de llegar a la orilla agarrada al lápiz». Mi amiga se ofendió, metió mi tabaco en su puto bolso y se largó por donde había llegado. Naturalmente, no me preguntó si a mí me ofendería el sexista detalle de pagarle las cuatro copas que se había tomado. Y yo me fui al retrete con la duda de si sería demasiado masculino mear de pie.

La bicicleta del cartero - José Luis Alvite

La bicicleta del cartero - José Luis Alvite
En una época en la que la religión tenía sobre nuestras conciencias más peso que el dinero y que el tai chi , cualquier alteración del curso ordinario de la vida podía suponer el quebranto de un mandato moral. Aunque mi madre tenía la mano ligera para corregir la insurgencia de sus hijos, lo cierto es que lo verdaderamente temible en cualquier infracción era la reprobación del sacerdote y el consiguiente castigo penitencial. Soñar con una mujer era un asunto escabroso, sobre todo si a mitad del sueño te asaltaba la tentación de imaginarla desnuda. Pero digo imaginarla, sólo imaginarla, porque la única piel abundante a la intemperie en cualquier mujer de mi infancia eran la piel del devocionario y la de su bolso de mano. Tardé mucho en ver a una mujer desnuda, así que antes de que eso ocurriera, imaginar la desnudez femenina era tan aventurado como suponer lo que ocurría al otro lado de la puerta del burdel. Sufrí mucho con las restricciones morales de la adolescencia, aunque he de reconocer que mi imaginación erótica no ha vuelto a ser jamás tan fértil como lo fue entonces. Ahora sé que aquellas mujeres resultaban más tentadoras que éstas, seguramente porque más que en suprimir ropa, el erotismo consiste en ese sutil puntito de abrigo en el que una mujer no sabría decir si tiene calor o está acalorada, si lo que corre por su espalda como una hidra de mercurio es la tentación de seguir adelante y pecar, o es que es en el tacto vertebral de su espalda donde las mujeres presienten que se resuelve la lazada de cretona que acaricia en sus ovarios el tictac untuoso de la lujuria. Tía Pepita, que era comadrona en Cambados, nunca me explicó la relojería de la feminidad, no porque lo considerase escandaloso, sino, pienso yo, porque incluso para ella la obstetricia era un misterio comparable al del revelado de los retratistas del parque que hurgaban con sus manos a través de un fuelle en el interior casi puerperal de sus aparatosas cajas fotográficas. Tía Pepita se había formado en un curso de urgencia durante la guerra civil y sabía de obstetricia y ginecología tanto como de pesca con mosca. Hay cosas que se averiguan sin hacer siquiera indagaciones. Y yo lo de tía Pepita lo sé porque al margen de que mi memoria la haya deformado el tiempo, tengo de su trabajo el recuerdo de aquella tarde de aldea en la que después de haber atendido un parto de gemelos, tía Pepita se quedó mirando hacia lo alto de la casa con un gesto atónito, como si se estuviese preguntando por dónde diablos habría traspasado el tejado la cigüeña. Ella jamás me habló del erotismo. Sin embargo, yo creo que a tía Pepita, como a tantas mujeres de entonces, le resultaba erótico sentarse en el sillín aún caliente de la bicicleta del cartero.

Furia y ortografía - José Luis Alvite

Furia y ortografía - José Luis Alvite
Ya sé que no está bien visto ser violento, pero personalmente considero que hay momentos de la vida en los que la furia es casi un elemento dialéctico, una manera de expresarse, un recurso oratorio. En esto estaba de acuerdo el fulano que una madrugada me arreó una soberana paliza en un local de alterne. Al final de los terribles golpes que dieron conmigo en el suelo y ensangrentaron mi rostro, aquel tipo me tendió la mano para que me levantase, me ofreció un paño para que apartase al menos la sangre de los ojos y me dijo que estaba muy sentido y que su reacción era debida a que no había encontrado en su vocabulario las palabras exactas con las que maldecirme por el reportaje con el que le había señalado públicamente dos días antes en el periódico. "Lo siento –me dijo-- pero, ¿sabes?, cuando no encuentro palabras, la pegada es mi manera de expresarme". Como no estaba en condiciones de adoptar otra actitud, pensé que lo mejor era aceptar sus excusas y dar por saldada la cuenta que por lo visto tenía pendiente con él. Como los dos amigos que me acompañaban se esfumaron nada más empezar el jaleo, aquel tipo se ofreció para llevarme al hospital conduciendo mi propio coche. Agradecí su gesto, él se excusó por lo ocurrido y aun hubo tiempo para un par de copas de mutuo desagravio. Antes de salir a la calle para dirigirme en mi coche al hospital, acepté su mano con un apretón de la mía y le dije: "Por lo que veo, a mi me sobraron al escribir las palabras que te faltaron a ti al reaccionar. Después de lo de esta noche estamos en paz. Puedes considerarme tu amigo, sí, te lo prometo, pero te ruego que la próxima vez que te cabrees conmigo y decidas hacer lo mismo que esta noche, antes de sacudirme convence a tus puños de que hagan las frases más cortas". Después marché al hospital y esperé un rato a que me suturasen los desperfectos. Al salir a la calle estaba seguro de que aquel turbio asunto había sido un simple problema de lenguaje y pensé que a veces la violencia es el resultado natural cuando el pensamiento excede de la capacidad de la mente y corre furioso hacia los puños. Luego supe que aquel tipo duro estaba casado con una maestra de escuela y era un encantador padre de familia, un hombre intachable al que adoraban sus amigos. Pensé que un mal momento lo tiene cualquiera y que si yo no iba por ahí sacando de madrugada los puños era, simplemente, porque tenía vocabulario. Y supuse entonces, y aún creo ahora, que nadie es mejor que el otro y que es la diferencia en los recursos culturales y la escolaridad lo que determina que, aun habiendo crecido juntos, un hombre se convierta en violador y el otro se haga ginecólogo. Por eso cada vez que salgo de noche y me meto donde a veces ni siquiera entra tranquilo el miedo, al tipo que tengo cerca le miro instintivamente las manos, no porque me interese su manicura, sino porque nunca está de más saber como serán de largas y expresivas las frases que hagan sus golpes. Me lo dijo de madrugada el inolvidable Pepe Bahana en su garito de madera a las afueras de Compostela: "En sitios como este, amigo mío, un puñetazo habla más que mil palabras. Yo jamás quise matar a un hombre con mis manos, pero, ¿sabes que te digo, colega?, pues te digo que si eso ocurriera, te juro que sería porque en las frases de mis manos se me escapó una falta de ortografía".

Destruidos y humillados - Jose Luis Alvite

Destruidos y humillados - Jose Luis Alvite
A veces me quejo de mi suerte y de los reveses que ha tenido mi existencia. No tendría que hacerlo. El cementerio está lleno de gente que no se merece haber ido a parar tan pronto bajo tierra. Por muy radiantes que sean sus aparejos, no hay sobre el agua un solo velero que no arrastre una ensalada de mierda en la quilla. Hay sepulcros de niños que se murieron antes de que se les rompiesen sus primeros juguetes. La miseria ha puesto en la calle a fulanos destruidos y humillados que a mi edad tienen quince años más que yo. ¿Cuales han sido mis desgracias? Las que le ocurren a todo el mundo y las que yo mismo me he buscado. Mis ideas ocupan en mi cabeza el lugar que en otras cabezas invade un puto tumor cerebral como el que acabó con mi hermano mayor cuando sólo tenía 36 años y sus tres hijos aun cabían sentados con la merienda en sus piernas. Yo he conseguido vivir de un oficio que me divierte y a veces me sorprendo de que me paguen por algo que en mi no tiene más mérito que el de mear. Mis amigas putas van a las ventanillas de los bancos a pagar los anuncios por palabras que ponen en los diarios con unos textos lacónicos y expresivos que en cualquier periódico vanguardista podrían ser presentadas como deliciosas y cotizadas columnas de opinión. Son ellas quienes tienen verdadera mala suerte por ejercer un oficio en el que cada vez que eructan en la cara de sus críos les huele a semen el aliento. La misma mala suerte que aquel tipo marginal que estaba arrimado a una pared bajo la lluvia de Compostela porque con el colocón de anfetaminas se había cagado por los pantalones y temía que al cruzar la calle le saliese la mierda por los zapatos. O el muchacho flaco y triste que una noche me esperó a la salida de "La Voz de Galicia" en la compostelana Rúa do Villar y me dijo: "¿Te importa abrazarme, Alvite. ¿Sabes?, es Navidad y no tengo quien lo haga". ¿Mala suerte, la mía?¡Bobadas! Incluso conocí aun tipo al que los ácidos del hambre le había podrido las muelas. He sufrido las fatalidades que le sobrevienen a cualquiera y a mayores sólo me han ocurrido las desgracias que yo mismo me he buscado con el mismo empeño que si se tratasen de un premio. Es cierto que en los peores momentos de mi vida sólo me sobraba el dinero que no tenía, pero la verdad es que me tranquilizaba saber que en alguna parte había en la oscuridad del arroyo tipos que se masturbaban para tener algo que llevarse a la boca. Por eso sé que no tengo derecho a quejarme. No he hecho grandes cosas en la vida pero sé de otros que ni siquiera están seguros de ser dueños del cadáver en el que los han de enterrar. Me lo dijo de madrugada una fulana colombiana en un garito: "Creí que tenía muy mala suerte por haberme metido a puta para comprarle a mis hijos los regalos de Navidad. Un día me di cuenta de que había tipos que se gastaban en cama conmigo el dinero de los regalos de sus hijos. Yo tenía que vivir, mis hijos tenían que comer y a aquel tipo no le cabía la frustración en la cabeza y necesitaba deshogarse. Entonces pensé que en el fondo todos éramos unos jodidos desgraciados, no porque no tuviésemos sentimientos, sino porque por Reyes siempre hay críos que caen en la cuenta de que si los Reyes no les traen los regalos que les piden en sus cartas, sólo es porque los cabrones de los Reyes no saben leer".

Camino de Santiago - José Luis Alvite

Camino de Santiago - José Luis Alvite
No digo que mi ciudad sea un ejemplo único, pero no conozco otro caso en el que un lugar haya prosperado gracias a la facilidad con la que sus vecinos se desentienden de él. Ni el alcalde de Santiago es compostelano ni lo son tampoco el rector de su universidad o el jefe de su arzobispado. Sus principales valedores han sido siempre personas nacidas en otros lugares que se sintieron atraídos por una ciudad singular en la que yo creo que los ciudadanos no eligen a sus representantes políticos porque esperen algo positivo de ellos, sino por el placer de castigarlos a gobernar un Ayuntamiento en el que los concejales tienen desde siempre menos peso que la Historia. Compostela no le debe su condición de capital de Galicia al esfuerzo de sus vecinos, sino a que Vigo jugó en su favor cuando A Coruña se propuso alzarse con el privilegio. En una ciudad con un peso industrial casi irrelevante cuya universidad ha sido diversificada en una absurda metástasis por el resto de Galicia, lo que determina su prosperidad económica es el mito de una presencia apostólica que algunos irresponsables intentan cuestionar. Miles de peregrinos llegan este verano cada día a Compostela movilizados por la fe cristiana, por la curiosidad o porque el médico les ha dicho que el Camino de Santiago es bueno para la circulación. Los restaurantes están repletos, los hoteles apenas ofrecen vacantes y las colas para acceder a la catedral por la Puerta Santa superan a las que se recuerdan para ver a Ray Charles en la misma plaza de Platerías. ¿Está realmente el Apóstol Santiago enterrado en Compostela? Yo no lo sé, ni me importa. No se trata de una cuestión de fe. El Apóstol se ha convertido en un personaje rentable, en un magnífico negocio sin riesgos. Por mucho que les pese a ciertos sectores del nacionalismo, la del Apóstol es la única industria que no acusa la crisis ni está en recesión. Ninguna estrella del rock tiene tanto gancho. Bruce Springsteen reunió recientemente a treinta mil personas en Monte do Gozo, pero el Apóstol consigue cifras superiores sin necesidad de salir del camerino. En noviembre vendrá el Papa a Compostela y seguramente se postrará de rodillas ante la urna de plata en la que se supone que reposan los restos del Apóstol Santiago. Supongo que no hará preguntas al respecto. No es bueno que la certeza destruya los sueños. Puede que las que se custodian en la cripta catedralicia no sean las cenizas del Apóstol, pero eso importa tan poco como a sus devotas admiradores les importaba hace años el rumor de que el pelo de Frank Sinatra era un bisoñé. Yo desconfío de que hacer el Camino de Santiago sea indispensable para reafirmar la fe en Dios, pero no dudo de que sea bueno para las varices.

Alas de alpaca - José Luis Alvite

Alas de alpaca - José Luis Alvite
Muchas veces he pensado que si fuese comandante en jefe de un ejército triunfal, a punto de vencer al enemigo lo más probable sería que en un inoportuno arranque de compasión, o de pereza, detuviese la marcha y desistiese de la victoria. Algo desde mi infancia me induce a creer que no hay un solo objetivo cuyo logro resulte más emocionante que la simple expectativa de conseguirlo. Ésa es la razón por la que cada vez que viajo a una ciudad me conformo con rodearla en el coche y salir huyendo; y el motivo evidente de que conseguido el amor de una mujer, a menudo sólo encuentre estimulante la inmediata posibilidad de malograrlo. He empezado las colecciones más diversas a sabiendas de que completarlas me resultaría más desalentador que renunciar a ellas. Desde luego si algún éxito he logrado en la vida se deberá sin duda a que me faltó determinación para evitarlo. Aunque alguien pueda considerarlo una estúpida frivolidad, lo cierto es que la mayor parte de mis conquistas profesionales han sido la inesperada consecuencia de algún descuido. Aunque siempre me gustó escribir, con la vida que he llevado lo normal habría sido que desistiese de hacerlo y me dejase arrastrar por cualquiera de los acariciantes vicios que tanto frecuenté. En realidad esto jamás me pareció un trabajo, de modo que nada de lo que hago me supone un gran esfuerzo. No rechazo el dinero que me pagan por ello, pero debo reconocer que si soy columnista de LA RAZÓN será probablemente porque era algo que ni siquiera entraba en mis planes. En el momento de apuntarme alguien me advirtió de que mi actitud ante la vida y mi manera de escribir no encajarían en la filosofía de este diario y que no tardarían en cortarme las alas. Luego resultó que LA RAZÓN es el único periódico en el que jamás me insinuaron el menor recorte en mi manera de pensar o de expresarme. Con arreglo a mi contradictorio sentido del éxito, puedo decir que tanta libertad me produjo al principio una extraña tristeza, como si me viese privado de la posibilidad de sufrir el grado de represión editorial que alentase mi rebeldía. Aquí no he tenido que falsear mi identidad, como hacía en un diario gallego, pretendidamente muy liberal, al atribuir a Oscar Wilde aquellos pensamientos míos que el redactor jefe de turno se negaba a publicar por considerarlos escabrosos o amorales. Nadie en LA RAZÓN intentó jamás taparme la boca y eso me ha producido un enorme desconcierto. No sólo me permiten ser libre, sino que por mi jodida reputación de fugitivo casi me veo obligado a ello. Ha tenido que ser en un periódico conservador donde descubriese que la libertad de volar frustra mi viejo sueño perezoso de ser un pájaro que tuviese el cuerpo de seda y las alas de alpaca.

Indecisión con catarro - José Luis Alvite

Indecisión con catarro - José Luis Alvite
Me cuesta mucho emprender cosas nuevas, tanto como me cuesta luego renunciar a ellas cuando ya están en marcha. Esa falta de decisión me ha acompañado casi a lo largo de toda mi vida. Así como es la ausencia de voluntad lo que me desaconseja los cambios, le debo a la pereza mi incapacidad para renunciar a ellos una vez decidí adoptarlos. Dicen que eso refleja falta de carácter y puede que sea verdad. Aunque ahora mi actitud es distinta, desde luego debo reconocer que siempre me ha costado mucho negarme a lo que se me propone, no porque sea obediente, sino porque me parece que sería un desaire no aceptar las sugerencias que se me hacen. En una ocasión el director del diario «El Correo Gallego» me envió a hacer un reportaje de entretiempo en la estación de trenes de Compostela. Conocí allí a una atractiva muchacha puertorriqueña que tomaba un ferrobús para ir a Vigo. Yo no tenía motivo para subirme a aquel tren, pero lo hice porque estábamos hablando en el andén y no me atreví a dejarla con la palabra en la boca. Para no desairarla, le dije que también yo iba a Vigo. Al llegar a destino, en un angustiado arranque de voluntad me desentendí de ella con la excusa de ir a las letrinas de Renfe y esperé luego a tomar un tren de regreso a Compostela. Era tan tarde cuando me incorporé a la redacción, que mi jefe me sugirió que para ganar tiempo escribiese directamente el reportaje en el quiosco. Yo me senté a escribir a toda máquina y en riguroso silencio mientras pensaba en lo afortunado que había sido al dar con aquella muchacha puertorriqueña y perder el tiempo en un innecesario viaje a Vigo. Aún ahora pienso qué habría sido de mi vida si aquella muchacha en vez de viajar hacia el sur tuviese decidido atracar el Banco de Vizcaya. Ahora ya no soy como entonces y tengo las cosas algo más claras. De todos modos, aún creo que en caso de conflicto armado, mi decisión de entrar en combate la tomaría tan tarde que sólo serviría para prolongar la guerra. Al poco de iniciarme en la mala vida, me dijo de madrugada una fulana en un garito: «No pierdas el tiempo en doblar la ropa, encanto. Porque si tardas en decidirte, cuando lo hagamos tú tendrás un orgasmo y yo cogeré un catarro».

Con un cadáver de retraso - José Luis Alvite

Con un cadáver de retraso - José Luis Alvite
Fue hace unos cuantos años. Durante meses caminé por las calles de Compostela seguido muy a menudo a cierta distancia por un viejo vagabundo en cuya ropa duraba hasta agosto la lluvia del invierno. Como era un tipo mal encarado y se sabía poco de sus ideas, tomé la precaución de improvisar mi recorrido pensando en que me perdiese de vista. Al cabo de unas cuantas calles sin notar su presencia, una noche me detuve a fumar un cigarrillo delante de una funeraria. Entonces tres portales por detrás de mí asomó su cabeza el vagabundo y me dijo: «Pchsssss.... ¿Te importaría hacer esto de vez en cuando? Me refiero a que te detengas en la calle a fumar. ¡Joder, amigo!, me estás matando». Entonces del portal asomó una mano abierta en la que había un puñado de colillas. Salió luego un pié, el otro... y el vagabundo se acercó a mí. «Soy el tipo que fuma esas fantásticas colillas que vas tirando. Quería agradecerte que dejes los cigarrillos por más de la mitad. No me tengas miedo; no te haré daño. Eres mi proveedor. Y cuídate, amigo. Porque si te murieses, joder, si por lo que sea palmases, no sé si me llevaría un disgusto pensando en los tuyos, pero por lo de pronto tendría que quitarme de fumar». Le ofrecí un cigarrillo. Lo aceptó, pero le recortó hasta dejarlo del tamaño de las colillas que solía recoger mientras me seguía por las calles de la ciudad. «Perdona que haya roto el pitillo. No estoy acostumbrado a cigarrillos enteros. Lo mío es subsistir. Si alguien me viese encender un cigarrillo recién salido del paquete, tendría que dar explicaciones». Fumamos juntos un buen rato mientras las nubes se cernían sobre la ciudad amordazando las luces, Le dije que, según se decía, la parte del cigarrillo que él fumaba era la peor para la salud. «No importa. Siempre fumo unos metros después de ti. Vivo con un cadáver de retraso. Eso significa que por muy lejos que vayas, tu cadáver me avisará a tiempo de que no pise el mío». Me explicó luego su teoría sobre las falsas apariencias: «En realidad tú y yo somos el mismo hombre, sólo que yo soy la parte que te sobra. No somos lo que parecemos. Vivo con eso desde que mi padre llegó muerto a casa por su propio pie. Mi padre era un tipo muy moreno que se parecía a Henry Fonda. Al hacerle la autopsia le dieron un manguerazo y entonces descubrimos que mi padre era rubio y se parecía a Peggy Lee». Hace mucho de aquello y no volví a saber del vagabundo. Unas cuantas veces me detuve de madrugada delante de aquella funeraria y pensé que vería reflejada a mi espalda en el escaparate la sonrisa de Henry Fonda encallada como un mal sabor de boca en el rostro de Peggy Lee. (A Rocío González).

Dentadura postiza - José Luis Alvite

Dentadura postiza - José Luis Alvite
Aunque hay personas que se distraen si se les habla durante el acto sexual, por lo general el diálogo es un factor estimulante que a veces incluso contribuye a paliar las posibles deficiencias técnicas. A veces el placer del sexo aumenta considerablemente si al mismo tiempo que lo haces, también lo escuchas. El problema surge cuando interviene el pudor y uno se retrae de llamarle a las cosas por su nombre. Hombres y mujeres que vencen su resistencia al empleo de recursos que antes les producían repulsión, al final se encuentran con que son capaces de hacer con la boca cosas que, sin embargo, no se atreven a pronunciar. Su conciencia le permite cosas que les repudia la fonética. Por muy agradables que les resulten, y aunque practiquen las técnicas que conducen a ellos, hay placeres que muchas personas consideran impronunciables. Una veterana prostituta me contó de madrugada en un garito que a muchos de sus clientes lo que más les excitaba era lo desatada que ella tenía la lengua para llamarle a las cosas por su nombre. «Aquí todo el mundo sabe que el pene es lo que los hombres llevan al urólogo. Pero también saben que lo que les arrastra hasta nosotras no se llama exactamente así». Una vieja amiga mía que lleva años separada de su segundo marido me contó de madrugada en El Corzo que en parte sus fracasos matrimoniales se habían debido a una insalvable falta de naturalidad expresiva durante los encuentros sexuales en pareja. «Yo no podía aceptar que lo que el me hacía con la boca no se pronunciase sólo en latín y a él se le hacía cuesta arriba entender que lo que yo le hacía a él con la mía fuese algo más grosero que la postura de tocar el oboe», me comentó al explicarme lo ocurrido con su segundo marido, un veterano músico de conservatorio. ¿Problemas de conciencia?¿Simple asco?¿Dificultades estomacales para traducir el placer a explícitos y repulsivos términos vulgares? Estas cosas nunca tienen una sola respuesta. Sin embargo, yo creo que iba bien encaminada la fulana del burdel la noche que me dijo: «Yo sentía asco en este oficio hasta que conseguí poner mi conciencia al servicio de mis intereses. Joder, cielo, a veces los matrimonios salen mal por culpa de que les produce pudor pronunciar algo que sin embargo no les da asco comer. ¡Demonios!, si hiciesen con la boca lo que hice yo con la conciencia, pronunciarían con claridad lo que hacen y dormirían tan tranquilos como si del atrevimiento de pronunciar la mayor grosería la culpa la tuviese la dentadura postiza».

Demasiada cuerda - José Luis Alvite

Demasiada cuerda - José Luis Alvite
Un tipo al que conozco tuvo un enfado con su chica una noche que paseaban por un malecón asomado al mar. En un momento de crispación, y dando todo por perdido, ella amenazó con arrojarse al agua si él insistía en cortar la relación que los había unido durante casi tres años. Aunque la chica estaba fuera de sí y parecía decidida a cumplir su amenaza, él no perdió la calma. Le dijo: «Si eres tan valiente como para arrojarte al mar, no cuentes con que lo sea yo para salvarte. Te ruego que no saltes al agua. No elijas tan mal la ocasión para comprobar hasta qué punto soy cobarde. Espera a mañana a mediodía. Te aconsejo que saltes desde el malecón aprovechando que a esa hora está baja la marea». No, no era yo el tipo de la escena de aquella noche en el malecón asomado al mar. En mi caso el episodio habría ocurrido con los papeles invertidos y ella ni se molestaría en disuadirme de mi decisión de quitarme la vida saltando al mar. ¿Por qué crees, amigo mío, que he fallado tantas veces en la idea de suicidarme? Quise hacerlo y es cierto que estuve tentado de consumarlo, pero, ¡demonios!, siempre me frenó en seco la idea de que mi muerte jamás provocaría la conmoción que yo esperase conseguir, ni serviría en absoluto para que a ella le remordiese la consciencia el resto de sus días. Me he rodeado con frecuencia de mujeres preocupadas por el riesgo de que elija mal el suicidio y salpique su reputación o manche su ropa. Me dijo una: «Es tarde para que te suicides. Si de verdad vas a hacerlo, espera a haberme dejado antes en casa. Vivo lejos y si te matas ahora no tendré combinación de autobuses para llegar a mi hora». Agradecí su franqueza y, como es obvio, no me suicidé. Rompimos al poco tiempo sin apenas dolor. Aquello estaba en su agonía y habría sido una estupidez morir por conservarlo, tan estúpido como telefonearle a un cadáver. Nunca he sido muy valiente para salvar a nadie, ni tan decidido para quitarme la vida. Tengo arraigada desde niño la tentación del suicido, pero como no soy idiota, cada vez que me angustia la idea de ahorcarme busco desesperadamente un árbol que sea más bajo que yo. Alguien dirá que soy un cobarde. No importa. Es verdad que me faltan agallas para morir, pero yo siempre he preferido pensar que me sobra cuerda.

Cumpleaños - José Luis Alvite

Cumpleaños - José Luis Alvite
Ayer cumplí años. Es algo que nos ocurre a todos sin remedio y no puede decirse que nos coja desprevenidos. No es que me importe mucho la edad que cumplo. Tengo una buena salud y a mi cuerpo aún le ocurren cosas que producen placer y dejan manchas. Ha pasado mucho tiempo desde que descubrí los placeres y sin embargo aún estoy en condiciones de confundir la sensatez con la conveniencia y de tomar decisiones moralmente reprobables. La única sospecha de tumor me asustó hace algunos años y recuerdo que la curé con saliva y un poco de jabón. Aún puedo cenar cualquier cosa a deshora en un restaurante con la seguridad de que en el peor de los casos sólo me hará daño la factura. Aunque parezca una estupidez lo cierto es que las últimas veces que subí al piso de una mujer madura, me consta que su alma me interesó mucho más que el interior de su nevera. Sé que no soy el tipo insensato y algo alocado de hace sólo algunos años, pero todavía me tienta asomarme en coche a los barrancos y hacerles caso a las señales de tráfico sólo cuando las veo de espaldas en el retrovisor del coche. Aún creo que la vida es, en cierto modo, más hermosa si de paso que la vives corres el riesgo cierto de perderla. Que duerma más que hace algunos años no significa en absoluto que le busque un sentido nuevo a mi existencia o que tema desfallecer. Todavía puedo pedirle al cuerpo esfuerzos que acaso no le habría pedido a mi caballo. Como me tienta el riesgo, me gusta conducir con sueño. Detesto la cama y no sé de ningún extraño que me haya visto alguna vez en pijama. Todavía me puedo permitir la insensatez de creer que mis mejores sueños habrían pasado de largo en el caso de haberme quedado dormido. En realidad nunca esperé grandes cosas de mí y a veces pienso que ya que no podría haber hecho mucho para decidir mi vida, al menos nadie podría privarme de influir decisivamente en mi muerte. Tranquiliza mucho ser lo bastante idiota como para creer que la vida consiste en pasar el rato hasta que tengas la misma edad que tu cadáver. Uno se hace mayor cundo se entera de que ya se murió su pediatra y sabe que a partir de ese momento su conciencia le va a reprochar menos cosas que las que le rechace su estómago. No he hecho grandes conquistas en los años que he vivido, pero todavía a veces me desvela el sueño y salgo en coche de madrugada a la carretera persuadido de que, como en los viejos tiempos, en mi caso la muerte sólo sería la primera señora que sin remedio me diese mal dormir.

La cultura y las heces - Jose Luis Alvite

La cultura y las heces - Jose Luis Alvite
Hay muchas maneras de analizar la vida de un hombre y de sacar conclusiones al respecto. Es frecuente que se nos examine en función de los logros conseguidos y de los títulos académicos que hayamos acreditado. Tampoco es infrecuente que se nos considere por la amplitud de nuestras relaciones sociales, por la solvencia económica o, simplemente, por lo bien que nos sienten los pantalones blancos y la raqueta de tenis. En esos y en otros muchos detalles ostensibles se fijan los biógrafos para describir a sus personajes. Raras veces reparan en sus aspectos más simples o rutinarios, probablemente porque no consideran que la verdadera valía de un hombre pueda medirse tomando como referencia los detalles más vulgares de su vida. ¿Olvidan tal vez los biógrafos que en el carácter de cualquier personaje a menudo la influencia de su dieta es más determinante que la de sus lecturas? ¿Consideran acaso que las frases de los escritores no guardan relación alguna con su aparato digestivo y son únicamente una destilación objetiva y automática de sus conocimientos culturales? A un tipo que me aseguró que en mi manera de escribir era obvia la influencia de Raymond Chandler, le rebatí su comentario advirtiéndole que jamás había leído al autor de “El sueño eterno” y aproveché para asegurarle que mi manera de escribir no se debía a una determinada selección de lecturas, sino a mi acreditada fidelidad a cierta marca de ginebra. Quise decirle con esto que no ocurre en mi vida nada que no puede ser detectado en mis heces. En un almuerzo con mi editor de siempre, le dije a mi querido Alejandro Diéguez algo que a él no le pilla por sorpresa porque probablemente sabe de mi personalidad cosas que incluso yo ignoro: “No dudo que todos los escritores sean deudores de alguna influencia literaria, pero puedo asegurarte que en mi caso esa influencia sólo la han tenido los libros que jamás leí y aquellos cuyo contenido fui capaz de olvidar”. ¿Se puede escribir sin influencias literarias? La pregunta en apariencia se las trae, pero se puede contestar con otra pregunta esclarecedora: “¿No aprenden acaso los perros a ladrar aunque se críen entre pájaros?”. A mi francamente me trae sin cuidado el empeño de algunos teóricos de la crítica en creer que mi estilo es deudor de este o de aquel afamado escritor. Es más, les recomendaría que en vez de indagar mis influencias literarias se limitasen a preguntarse por mis costumbres y por mis vicios, por lo que como y por lo que cago, en la seguridad de que las verdaderas influencias no hay que rastrearlas en las bibliotecas, sino en los retretes. Bien sabe mi editor que no hay en mis textos una sola línea en cuya expresividad la cultura sea más determinante que la ginebra del gin tonic. No puedo presumir de una sólida formación intelectual. Mi vida ha sido una sucesión de episodios callejeros en los que han influido sobre todo el ansioso instinto de vivir y la incontenible tentación de contarlo. Pensando en que su influencia pueda ser contraproducente, a veces abrir un libro sirve de poco si no sabes elegir el momento en el que cerrarlo. De estas cosas sabía mucho Tino Landeira, mi barman de “El Corzo”, ese sagrado lugar de copas en cuyo retrete estoy seguro de haber dado como escritor lo mejor de mí. A veces tardaba en volver del baño y entonces mi querido barman comprendía que aquella tardanza se debía probablemente a que estaba fumando mientras intentaba expulsar sin anestesia el apestoso volumen con mis obras completas.

Cadáver empedernido - Jose Luis Alvite

Cadáver empedernido - Jose Luis Alvite
Como soy un fumador empedernido, no mido la vida por el tiempo sino por los cigarrillos, igual que ajusto mis textos echándole un vistazo a las colillas acumuladas en el cenicero. Si a alguien se le ocurriese calibrar la importancia de mi trabajo, yo le sugiero que en vez de preguntarse cuántas páginas he escrito, se ocupe mejor en averiguar cuántos cigarrillos me he fumado. En mi casa se sabe cuál es la habitación en la que escribo porque aunque estuviese vacía, sería la única en la que fuesen marrones las paredes blancas. Al reincorporarse al trabajo después de su día libre, el barman Tino Landeira sabía por el tabaco de la basuras cuanto tiempo había estado en "El Corzo" la noche anterior, calculando a razón de seis cigarrillos por hora, que es mi velocidad de crucero tragando humo. Algunas mujeres con las que tuve algo que ver jamás me reprochan mi vida discontinua, ni mi falta de insistencia, pero en el momento de romper me advirtieron que el dolor que pudiese haberles causado a su corazón no era nada comparado con las quemaduras que les había dejado en la cama. Mi amigo el actor Pancho Martínez fue colega de copas durante muchos años de madrugada entre el humo del tabaco en los bares de la ciudad. Una mañana nos cruzamos en una calle de Compostela y dudó si saludarme. La mañana estaba limpia de nubes y Pancho me dijo que al no haber humo entre nosotros le costaba reconocerme. Fue un encuentro un poco frío, distante, casi como de dos tipos que se hubiesen equivocado al creer reconocerse. Nos encontramos aquella misma noche en "El Corzo" y nos dimos el abrazo fraternal que nos habíamos negado apenas doce horas antes. A Pancho no le faltaba razón. Si lo has conocido en el fondo del mar, será difícil que identifiques en la calle al buzo que pasea sin su escafandra. Se me consume el cigarrillo que prendí al empezar este texto y lo acabaré a tiempo de aplastar la colilla en el cenicero. Solo me falta añadir que la última vez que me miré los pulmones en la consulta del médico, el tipo, al saber que era tan fumador, no me dijo "tosa" para afinar en la auscultación. Se limitó a decirme: "Por su tos ya veo que es usted un fumador consumado, de modo que para auscultarle, y sin que sirva de precedente, le pediré que haga un esfuerzo para no toser". Después me presté a unas placas que el médico miró con austera indiferencia y apostilló con un comentario que me llenó de felicidad: "Supongo que lo que hay detrás de esa nube son los pulmones sorprendentemente sanos de un fumador de cinco cajetillas diarias que lleva camino de convertirse en un cadáver empedernido". Fin del artículo. La colilla es ese gusano que apenas asoma por debajo de la firma. Si esperábais algo mejor, será mejor que los busquéis en el humo.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Pepiño en Trinconia - Emilio Campmany

Pepiño en Trinconia - Emilio Campmany
Ya nadie se hace cruces ante los escándalos de corrupción. No sólo hemos perdido la capacidad de asombro, también la de llevar la cuenta de los millones que afanan. No es que nos dé igual, es que estamos resignados. ¿No han escuchado el argumento de que en Francia también hay muchísima corrupción y sin embargo ahí los tienen, mandando en la ONU, la UE y el FMI? ¿No les han soltado ese otro que dice que corrupción hay en todas partes y que lo importante es que el sistema descubra a los culpables? ¿Y no han oído a algún simpatizante socialista reconocer que roban todos pero que los de izquierdas son mejores porque defienden a los pobres? ¿O a un votante del PP presumir de que los suyos roban menos porque tienen una profesión a la que volver cuando dejen la política?
No sé. A lo mejor es que somos así y qué le vamos a hacer. Sin embargo, mientras la mayoría se va rindiendo asumiendo lo que hay, surgen momentos memorables. El escándalo de Adif a cuenta de la construcción del AVE en Cataluña ha sacado a la luz pública un trinque montado en la época de Zapatero que se ha prolongado desde 2008 hasta 2012. Y le han preguntado a Pepiño, que fue ministro de Fomento de 2009 a 2011. ¿Y qué ha contestado el campeón? Pues así, a bote pronto, que a él que le registren y que le vayan a pedir responsabilidades a la ministra que había antes. El argumento podría mal que bien sostenerse sobre la propia inepcia, que es lo que explicaría que no se hubiera enterado de nada de lo que ocurría en el departamento. Pero entonces Pepiño se dio cuenta de que su antecesora no fue otra que la gran Maleni, tan socialista como él. Y como es hombre de buen fondo, sintió de inmediato un impulso desde las entrañas y se puso a buscar responsabilidades donde por fuerza tenía que haberlas, en el PP. Y entonces dijo eso tan genial de puro sencillo de que no sólo tendrá que ser responsable la ministra que le antecedió sino la que le sucedió, pero no él, que sólo estuvo en el medio. Se trata como ven de una nueva brillantísima teoría acerca de la responsabilidad política de los casos de corrupción. Según ella, la reclamación ha de hacerse a los que fueran responsables en el momento de montarse el trinque y en el de descubrirse, pero nunca al que mandara entre medias, que en este caso da la casualidad de que fue precisamente Pepiño.

Ya que no nos quedan lágrimas con las que llorar, ni cólera con la que indignarnos, disfrutemos al menos de esta impagable creatividad que todos los días nos regalan nuestros políticos. Y admiremos con asombro la belleza de sus rostros esculpidos en el más duro de los granitos.

Por qué el paro no se va a acabar nunca - José García Domínguez

Por qué el paro no se va a acabar nunca  - José García Domínguez
Lo de siempre. Unos cuantos contratos temporales de camareros y friegaplatos durante la Semana Santa han servido de coartada estadística para que gobernantes y periodistas se hayan puesto a fantasear de nuevo con el cuento macroeconómico de la lechera. Soñar, ya se sabe, es gratis. Pensar, en cambio, exige un coste en neuronas. Ocurre que ni gobernantes ni gobernados quieren admitir lo obvio. Y lo obvio es que en España todo el mundo está endeudado hasta las cejas. Y cuando en un país debe dinero hasta el apuntador, la gente solo piensa en desendeudarse. En sensata consecuencia, hace eso que tanto gusta a los tertulianos: gastar menos de lo que ingresa. Pero si todo el mundo procede de tan virtuoso modo, las empresas tendrán un problema grave, a saber, que habrán fabricado muchos, muchísimos más cachivaches de los que esa misma gente estaba dispuesta a comprar.
Y entonces las empresas se verán obligadas a despedir más trabajadores innecesarios. Y a raíz de eso la gente aún comprará menos cachivaches de los que fabrican. Y vuelta a empezar. Y suma y sigue. Porque en un país, verbigracia éste, donde todo el mundo está entrampado con un crédito, únicamente hay dos maneras de crecer. Dos y solo dos. O se atraen turistas del extranjero. O se exportan los cachivaches que nadie quiere. No hay ninguna otra posibilidad. Ninguna. Podemos, pues, seguir haciendo lo de toda la vida: colocar más hamacas en las playas, más hoteles baratos en la costa y más jarras de cerveza para los adolescentes ingleses que vienen a alcoholizarse de Lloret de Mar. Procediendo de tal guisa, crearemos lo de toda la vida: empleos precarios, de baja cualificación y mal pagados. Aunque algo es algo, claro.

Por cierto, también volverían a desembarcar en Barajas nuevos inmigrantes de Centro y Sudamérica atraídos por esos puestos de trabajo. Está calculado: con ocho millones de turistas adicionales por temporada, España rebajaría su tasa de desempleo hasta un nivel del 19%. Eso sí, los hijos de la clase media tendrían que estar dispuestos a colgar sus títulos de ingenieros aeronáuticos y sus MBA para empezar a ejercer de barmen y guías turísticos en Benidorm. La segunda opción, exportar, tiene un problema: Alemania no nos deja. Ni a nosotros, ni a Francia, ni a Italia ni a nadie. El 75% de nuestro comercio exterior se realiza con el resto de Europa. Y dentro de Europa, Francia y Alemania son nuestros principales clientes. Si ellos nos compraran más y nos vendieran menos, el asunto quizá podría funcionar. Pero ocurre justo al revés: Alemania basa todo su crecimiento en las exportaciones a sus socios del sur. Lejos de vendernos menos, nos vende cada vez más. Y en ésas andamos, camino de nada. Si Agatha Christie tuviese que buscar un título para esta historia, seguro que le pondría La ratonera. Y acertaría. Dejad de soñar despiertos: el paro crónico no ha hecho más que empezar.

El greco, en la F1 - Raúl del Pozo

El greco, en la F1 - Raúl del Pozo
Sus vírgenes y efebos verdes, sus predicadores macilentos, sus caballeros de negro con golilla y puñetas han cautivado a guiris e indígenas. Te dan hora para las exposiciones como si El Greco fuera un restaurante de moda o un cocinero.
Entre la ciudad imperial y Madrid las nubes y los rayos de mayo se escapan del Museo del Prado y tiñen el campo de «poniente y sangre» (Cernuda). Vienen los chinos a hacerse con algún deán porque el arte es la última burbuja de cuadros falsos.
Pero no todos los ricos padecen del estreñimiento freudiano y guardan en su morcón la pasta flatulenta como niños que juegan con su mierda. Los hay misteriosamente generosos. Uno de esos millonarios ha logrado que Doménikos corra en la Fórmula 1. El extraño mecenas se llama Gerard López, es propietario del Lotus F1 Team.
Ha tenido la fantástica extravagancia de que El Greco pase por los ojos de 600 millones de personas. El nombre del pintor figurará en los laterales de los automóviles de Romain Grosjean y Pastor Maldonado, que llevarán el logotipo «El Greco» en el Gran Premio de Fórmula 1 que se celebra el domingo en Barcelona. La escudería ha diseñado dos cascos que se entregarán al Rey y al presidente del Gobierno.
En unos minutos logrará más fama que en 400 años, sin moverse de la cantiga del Tajo, donde Garcilaso cumplió el sueño de ser soldado y poeta. Hasta el águila bicéfala baja la mirada a la apoteosis de un iconoclasta que vivió de pintar imágenes sagradas y que hoy sigue siendo la vanguardia de la vanguardia.
«Candiotto, discepolo di Titiano», dice una carta para recomendarle a un cardenal. «Creta le dio la vida y los pinceles», escribe Fray Hortensio, uno de sus retratados.
El vagabundo habló con desprecio de El juicio final de Miguel Ángel y tuvo que huir de Roma. Cuando Pacheco visitó Toledo, el cretense insistió. «Miguel Ángel era un buen hombre que no supo pintar». El Escorial, centro de reclutamiento de los genios, no dio pared al evangelista del cubismo.

Amigo de la fiesta y de la ostentación, alquiló una gran casa del Marqués de Villena y tenía músicos que amenizaban sus banquetes. Vivió de los canónigos entre remendones, escuderos, pícaros y villanos de hacha y capellina. Felipe II, un príncipe del Renacimiento que tenía El Bosco en su habitación, vetó a El Greco. Decía, según el padre Sigüenza, «que los santos se han de pintar de manera que no quiten las ganas de rezar en ellos». A El Greco le pilló de lleno la Contrarreforma y el miedo al cuerpo.

martes, 6 de mayo de 2014

Sermones con dos rombos - David Torres

Sermones con dos rombos - David Torres
Chesterton confesaba que se convirtió al catolicismo el día en que entró en una iglesia católica y oyó un sermón tan pésimo que no le cupo duda: una religión que había subsistido veinte siglos con semejantes pastores al frente del rebaño tenía que ser verdadera por cojones. Llega a estar Chesterton la otra tarde en la iglesia de Canena en Jaén y va corriendo a La Meca a hacerse musulmán (y aun tendría suerte, que llega a oír un discurso de Rouco Varela y se hace budista, vegetariano y frutero). Al fin y al cabo, la historia de la literatura está llena de estas esquinas insospechadas.
Hablando de historia y de literatura, el párroco de Canena estaba celebrando una comunión cuando vio el templo lleno de fieles, se vino arriba y el espíritu santo empezó a largar por su boca. El buen hombre resumió la decadencia de la civilización hispánica con la reseña de una película de Tarantino: “Hay más crímenes, más violencia, hay más droga, hay más asesinatos, hay más violencia de género. Hay más de todo y cosas así”. Esta última frase es para que la glose Punset entre dos rebanadas de pan Bimbo: “Hay más de todo y cosas así”. Parece que no, pero pronunciada con acento catalán queda más seria.
A lo que se refería esta criatura del Señor es que hace tres décadas los españoles éramos más cristianos. Nos emborrachábamos, regresábamos a casa y le pegábamos una somanta de palos a la señora, vale, pero de ahí no pasábamos. No se nos iba la mano, como ahora. Había otra formalidad, en los periódicos, en la televisión y en el cine. Lo más que podía pasar entonces, como mucho, es que inaugurasen un pantano o que un niño se perdiera en Nochebuena en la plaza Mayor y el abuelo se desgañitara llamándolo a voces: “¡Chencho, Chencho!” Al final el pantano se ponía firmes, como era su obligación, y el niño aparecía, aunque tardaba un poco más si era recién nacido y lo habían rifado unas monjas.
España era una sociedad de dos rombos, los que colgaban en una arista del televisor para avisar de que en cualquier momento, en lugar de los rombos, iban a colgar dos tetas, dos estetas o dos metralletas. Ahora salen las tetas sin avisar, hala, pezones que te crió; ahora no hay límite, tampoco hay urbanidad ni religión, y la gente vive a hostia limpia, como si estuvieran en medio de una película de Tarantino, siempre a la espera de un cura que se presente a la puerta: “Soy el señor Lobo, soluciono problemas”. El párroco no lo dijo pero de su discurso se desprende no sólo que ahora los hombres son más inmorales y violentos, sino que las mujeres de antes duraban más, tenían otro aguante. Eran como los Seiscientos de la época, más bajitas y más redondas, no corrían mucho pero te llevaban a cualquier parte, si hacía falta a cuestas con los niños, el perro y la suegra. No se quejaban, apenas gastaban combustible y te aguantaban toda la vida y las hostias que hicieran falta. De los niños de antes el párroco no habló, pero algunos comulgaban cinco veces al día.

lunes, 5 de mayo de 2014

La guerra contra los hombres - Daniel Rodríguez Herrera

La guerra contra los hombres - Daniel Rodríguez Herrera
Un anuncio de Desigual ha provocado una fuerte polémica en internet. Una mujer se pone un cojín en la tripa, se prueba ropa de la marca en un probador y, satisfecha con lo que ve, agujerea unos condones para ser madre. La indignación, como siempre, se ha centrado en lo denigrante y machista del anuncio, que pinta a las mujeres como idiotas irresponsables que únicamente se fijan en su aspecto. Pero es justo aquello de lo que no se ha hablado lo que debería movernos a la indignación.
Al fin y al cabo, lo que la protagonista del anuncio de Desigual se propone es forzar a un hombre a una paternidad no deseada. El pobre tipo que se acueste con semejante pájara se verá forzado a mantener económicamente a un hijo que no quería, y cuya fecundación quiso evitar tomando medidas anticonceptivas. Un mensaje que se refuerza con el eslogan de la campaña: "Tú decides", y las excusas de la marca, que afirma que el spot es una invitación a que la mujer “coja las riendas de su vida”. Sí, la mujer. Al hombre que le vayan dando.
Este anuncio es un ejemplo de la situación que la psicóloga Helen Smith denuncia como una auténtica guerra contra los hombres. Smith se solía considerar feminista, porque cree en la igualdad entre los sexos, pero ya hace tiempo que el feminismo se ha convertido en una ideología que busca una situación de privilegio de la mujer sobre el hombre, y es ahora éste quien necesita justicia. Men on strike es el producto de esta preocupación, un libro que si bien flaquea en el estudio de hasta qué punto están extendidas las situaciones que denuncia, resulta bastante efectivo como llamamiento a que los hombres, y las mujeres decentes, despierten de una vez y reclamen los derechos de la mitad de la sociedad.
El punto de partida de este ensayo es la huida de los hombres ante el compromiso, el matrimonio y la paternidad. Pero en lugar de culparlos por ello por ser unos inmaduros irresponsables y egoístas, que es lo habitual, Smith se hace una pregunta incómoda: ¿y si fuese una reacción completamente racional a los incentivos a los que se enfrentan? ¿Y si los hombres, como los protagonistas de La rebelión de Atlas, han decidido encogerse de hombros y dejar de cargar con el peso de un mundo que los desprecia y humilla?
Así, las leyes que regulan el matrimonio y la familia y los jueces que deciden sobre esos casos obligan al hombre a tener una fe casi ciega en su pareja para cometer el suicidio económico y emocional en que puede convertirse su matrimonio. Existe incluso una asociación que lucha para que las leyes no obliguen a los hombres que han sido engañados para criar a un hijo que no es suyo a pagar una pensión por él, una situación de la que no estamos muy lejos. Porque, por supuesto, en el caso de que una mujer pinche el condón para ser madre sin el consentimiento de su pareja ni siquiera se contempla que el hombre pueda dejar de afrontar los gastos de su paternidad. Las feministas se ponen estupendas con eso del derecho a elegir ser madre, pero jamás las verán defendiendo que los hombres tengan opción alguna en esa materia: su trabajo es pagar y callar. Algunos estados llegan tan lejos como para permitir a las mujeres ser madres sin informar al padre y esperar hasta veinte años para exigirle una pensión retroactiva.
Smith habla también la huida de los hombres de las universidades y del trabajo, de la desaparición de lugares reservados para ellos tanto dentro como fuera de casa y del trato que reciben en los medios de comunicación, donde son rutinariamente calificados de potenciales violadores y culpables de toda la violencia del mundo, cuando no ridiculizados en los anuncios por no ser capaces de hacer bien las tareas más sencillas.
Pero, como indicaba, este no es un libro de análisis, sino una llamada a la acción. Smith recuerda que, aunque para un hombre puede ser mejor hacer huelga de sus responsabilidades tradicionales, para la sociedad en conjunto es un mal negocio: significa una menor tasa de natalidad y menos prosperidad, y no digamos ya de la felicidad de unos y otras. De modo que exige a los hombres que dejen de permitir que sean ellas quienes controlen la conversación sobre sexo, reproducción y relaciones, que luchen por un mejor trato por parte de sus parejas, que clamen por cambios legales o que denuncien los retratos negativos que se hacen constantemente del hombre y la masculinidad en los medios. Porque, como dice Camille Paglia, "la masculinidad es agresiva, inestable y combustible. También es la fuerza cultural más creativa de la historia".
En España, siempre tan dispuestos a copiar lo peor de Estados Unidos, no hemos llegado a algunos de los extremos que describe este ensayo, pero en otras cosas les hemos sobrepasado generosamente. Tenemos una ley de violencia de género que da más valor a la palabra de una mujer, que puede enviarte a la cárcel sólo con una denuncia sin pruebas y que castiga el mismo hecho de forma distinta dependiendo del sexo del agresor. Y, naturalmente, compartimos la tendencia a ver en anuncios como el de Desigual aquello que afecte a la mujer, y no al hombre. Smith tiene razón. Ha llegado la hora de denunciarlo.



Hellen Smith, Men on Strike, Encounter Books, 2013.

viernes, 2 de mayo de 2014

Autorretrato con poca luz - José Luis Alvite

Autorretrato con poca luz - José Luis Alvite

Siempre me gustaron las comidas picantes, los vicios nocivos y las mujeres malas. Nunca me movió el deseo de enriquecerme y tampoco la esperanza de que alguien me siguiese por amor hasta la muerte. No he sufrido un solo fracaso del que siguiese mucho rato arrodillado, ni un éxito del que no haya podido reponerme. No habría podido tener otros padres que me quisiesen tanto, pero que yo recuerde, por razones que tal vez prefiera no averiguar, en el fondo de mi alma siempre quise ser un hombre falto de cariño. Tampoco me importa reconocer que gracias a haberme acostumbrado a ciertos niveles de fracaso, la tristeza me ha sentado siempre mejor que la ropa. Le debo a las comidas picantes mi vieja facilidad para no pestañear; a los vicios, la suerte de haber estropeado tan bien la voz que a veces tengo la vanidosa sensación de haber trasnochado treinta años en el ambigú del conservatorio; y en cuanto a las mujeres malas, bueno, digamos que a las mujeres malas les debo la valiosa e impagable oportunidad de haber acumulado esa clase de recuerdos que en los tipos como yo son más resistentes que la conciencia y suelen durar más que la memoria. En cuanto al dinero, la vida me enseñó que sobre todo es interesante disponer del suficiente para parecer sincero al jurar que no lo necesitas. Tengo paciencia y sin embargo me angustia todo el rato la sensación de haberme pasado la vida sentado en la punta de una silla de montar echada deprisa y corriendo sobre el lomo de un caballo muerto. A pesar de no haber ido a muchas partes, mi existencia ha sido fugaz e inexorable, sin importar que apenas me moviese del sitio, testigo desencantado y estoico de una vida que a mí me parecía que no me reservaría un solo aliciente que a la postre no sirviese para otra cosa que para desmotivarme, como si en cada fiesta de cumpleaños tratase inútilmente de prender las velas debajo de la lluvia, ilusionado y contradictorio, como un aviador vestido de buzo. Esa extraña combinación de entusiasmo y desencanto arraigó durante años en mi carácter, se convirtió luego en una manera de ser y desistí de cambiar cuando consideré que al relacionarme con una fulana de paso ni siquiera sería necesariamente malo bostezar en sus besos y llorar por otra mujer en el orgasmo. Pensaba que la mala conciencia era algo que sobrevenía como un defecto del entusiasmo o por culpa de no haber olvidado a tiempo las antiguallas morales del catecismo. Sabía que no tendría nada que reprocharme mientras hiciese daño de buena fe o si por culpa de correr demasiado mis pies se metiesen a ciegas en los zapatos de un paralítico. Aprendí muy pronto a dormir con los ojos por fuera de los párpados, desvelado por el sueño. Sospechaba que moriría joven y que por eso era mejor apurar las sensaciones, consumiendo la salud con generosa tenacidad y sin pérdida de tiempo, evitando incluso la natural tentación de dejar el día de mañana para el día siguiente. Y la verdad es que todavía ahora, al cabo de los años y después de no pocas decepciones y escarmientos, aun ahora, amigo mío, aun ahora tengo la esperanza de sobrevivir, sin demasiado fe y sin excesiva amargura, a las comidas picantes, a los vicios nocivos y a las mujeres malas, tal vez porque arrastro desde niño la idea de que ni me aburriría jamás de las cosas cuyo reiterativo placer me arrastrase al tedio, ni sería nunca lo bastante idiota como para morirme de algo que me dejase mal sabor de boca, abatido sin miramientos por una enfermedad que ni siquiera supiese pronunciar. jose.luis.alvite@telefonica.net

jueves, 1 de mayo de 2014

Un escándalo sacude EEUU: iPhones para 'homeless' a cambio de dinero - José Mendiola

Un escándalo sacude EEUU: iPhones para 'homeless' a cambio de dinero - José Mendiola
Los contratos de permanencia. Ya se sabe, uno se deja llevar por el entusiasmo de la oferta. ¿Un iPhone por cero euros? ¿Quién se puede resistir a eso? Bien, sabemos que es un gancho, un cebo socialmente aceptado y que cuenta con todos los parabienes en materia de la legislación de consumo. Uno entra en la tienda del operador y en un breve trámite en el que rubrica un par de documentos, sale por la misma puerta con el codiciado tesoro. Todo muy limpio y sencillo. Tanto como la relación existente entre la presa y su cebo.
Y todos sabemos que es una treta, aunque sea legal: el operador financia el móvil a un coste final que en muchos casos pondría los pelos de punta al desprevenido usuario que nunca firmaría un préstamo en esas condiciones en su banco. El usuario rubrica y se ata al operador, y cuando pasados unos meses el móvil pierde todo el glamour del momento, el romance con el proveedor del servicio sigue vigente y que tenga cuidado el que no pague un recibo o quiera divorciarse antes de tiempo...
Ya se sabe, en estos lazos la entrada es muy sencilla pero la salida casi imposible salvo que se pague hasta el último céntimo de lo comprometido o se abone una indemnización por la cancelación anticipada. Es un trato en el que en teoría ganan todos: el fabricante porque ve dinamizada la venta de sus móviles, el operador porque incrementa las altas de líneas con el gancho del smartphone, y el usuario porque por fin puede acceder a un móvil premium que al contado nunca podría permitirse.
Sin embargo, en Estados Unidos se ha descubierto una desgarradora estafa en torno a esta relación comercial que está poniendo los pelos de punta a una sociedad azotada por las duras imágenes de la crisis que está disparando el número de los sin techo por sus calles.
Y precisamente nos referimos a los homeless porque son los tristes protagonistas de esta historia. El canal te noticias 9News ha destapado un estremecedor asunto mediante el cual un desaprensivo ofrece a los sin techo que deambulan por las calles de Denver un importe que ronda los 200 dólares a cambio de que entren en una tienda de telefonía y adquieran un iPhone a coste cero a cambio de rubricar un contrato de permanencia, con sus datos, lógicamente.
Una vez en el exterior y con el móvil activado. La víctima entrega al estafador el móvil y éste le paga el importe convenido. ¿Dónde está el negocio? El instigador de este timo revende con posterioridad el móvil libre a través de una tienda online de su propiedad y a precios cercanos a los 700 dólares. Dinero fácil, sin riesgos y... ¿legal?
Sin un duro… y atados a un contrato de permanencia
¿Y dónde está la estafa? Promete a sus víctimas que podrán cancelar sin problemas el contrato de permanencia con posterioridad, algo que todo el mundo sabe que no es cierto, y que a partir de ese momento serán perseguidos por un ejército de abogados con amenazantes cartas y previsibles demandas.

Algunas de las víctimas se creen realmente la promesa, mientras otras prefieren mirar a otro lado y coger corriendo el dinero y luego Dios dirá. Los dramas personales de cada uno, en los que puede haber hijos sin comida en casa o bien amenazas de embargo acuciantes hacen que sean pocos los que digan que no al verde de los billetes. Tan cerca, tan fácil.
El escándalo ha pillado a todos con el pie cambiado: Apple poco puede hacer en este asunto puesto que la venta la efectúa el operador de telefonía y estos en su mayoría se han negado a efectuar declaraciones.

El único que se ha mojado en el asunto es Sprint, que ha confirmado que tiene presentadas cerca de cuarenta demandas en todo el país intentando poner coto a este asunto. Y sí, parece que la estafa es bastante más generalizada de lo que parece, y a plena luz del día. El propio protagonista de esta historia volvió al día siguiente de ser preguntado por las cámaras del canal de noticias como si nada hubiera sucedido...