martes, 11 de marzo de 2014

Como una manada de lodo y hurones - José Luis Alvite


Como una manada de lodo y hurones - José Luis Alvite

Ahora ya es demasiado tarde y siento en mi corazón, como una ronda hospiciana, como una reata de tierra, las pisadas de un celador sin ojos. Me dijo anoche mi querida M.P. que a un tipo como yo no es fácil quererle porque se cierra con la hosca tenacidad con la que se sella un sepulcro. Algo parecido le escuché hace años a una fulana: "Lo mío a tu lado, cielo, fue como haber tentado la felicidad abrazando a un cactus". A veces pienso que a mi cuerpo le queda en el escombro la luz justa para que la muerte encuentre a tiempo la salida. Me he negado tanto a los demás, maldita sea, que el forense sólo encontrará mis huellas dactilares en los forros de los bolsillos. Esta mañana desperté con la sensación de haber enjuagado la boca con arena. Hace poco soñé que me estallabanlos pulmones y que por entre el vaho de la deflagración remontaban el vuelo dos palomas rojas con las alas bañadas en goma arábiga. La presbicia empalaga mis ojos, nena, y mis pies tienen la vista cansada. La vida dio de sí menos de lo que esperaba. Ya no me conmueve el Dios plisado de las catedrales y no sé de un solo bar en el que me sirvan la leche leche fucsia con la que soñé de niño. La bajamar de Cambados es una mancha de morfina en una esquela. Creo que ya no se me cumplirá el deseo de irme a cama con una mujer que se lave las ingles con el agua de las verduras. En el puerperio de mi rostro cansado se drena un cadáver sin papeles. Tengo el desalentador aspecto bactericida de alguien que viniese de arreglar la cabeza en el peluquero del Holocausto. A veces de madrugada tomo notas en "Corzo" y luego me parece haber hecho un enorme esfuerzo, como si para aquel pequeño apunte hubiese mojado la pluma en un tintero con lepra. Creo que me produce bostezos cerrar la boca. El día menos pensado encontraré en el jarabe de la orina la piel del paladar. A tía Pepita un cáncer de colon le perforó el útero y no dije nada por no ofender y para no escandalizar, pero te juro, muchacho, que se me pasó por la cabeza que la flemática petanca de aquel muñón oncológico fueron sus únicas relaciones sexuales. ¡Dios Santo!, en su agonía, a tía Pepita le olía la boca como un escape de grisú. Antes de sucumbir a la muerte, la pobre hizo de vientre una manada de lodo y hurones. Y recordé mi infancia en Cambados, cuando tía Pepita era un mausoleo de cretona en el tebeo de aquel paisaje en el que guiñaban sus remos las traineras y hacia Barrantes cabían las peras en la uvas y los albañiles deletreaban la taranta del tiempo con la relojería lenta de sus badales. Luego pasó a mis espaldas la vida, muchacho, y ahora tengo la sensación de haberme malogrado adivinando la marroquinería de las estrellas reflejadas en la mirada cicatrizada de un muerto.

Niños terminales y pamelas meadas- José Luis Alvite

Niños terminales y pamelas meadas- José Luis Alvite

Es cierto que se publica mucha literatura cuyo destino más sensato tendría que ser el fuego y que de los cincuenta mil títulos que se editan en España, seguramente el 70 por ciento mejorarían reciclados en envases de comida para perros, pero no es menos cierto que siempre tendremos al alcance de la mano y del bolsillo un libro del que no nos interese únicamente el sublime narcótico del aroma de sus páginas recién impresas. En la novelita menos promocionada puedes encontrar un instante de suprema belleza, un personaje que ni borracho podrías imaginar, la descripción inmejorable de un paisaje, de un rostro, de una situación, del mismo modo que incluso en las heces de los cerdos con un poco de sol no es impensable que florezca una mata de rosas marrones.Personalmente he renunciado a encontrar en la vida real a una de esas mujeres de Jardiel Poncela que destilan heliotropo y se desencadenan con esa capciosa desenvoltura como de cefalópodos de seda por los restaurantes de alto copete, del mismo modo que en mis viajes por Castilla suelo cerrar los ojos a la realidad del catastro para percibir el paisaje como lo trataba Azorín, que tenía aquella facilidad tan suya para verle la estilográfica geometría al paisaje y contarlo luego como si redactase el campo ciñendo la pluma, como un tilo, como un álamo, al cartabón y a la escuadra. Todos habréis vivido alguna situación de ofuscada introspección y de cierto pánico a sucumbir a una metamorfosis del cuerpo, pero el mejor diagnóstico lo encontraréis sin duda en Kafka, aquel tipo que escribía como si se hubiese quedado atrapado en la arácnida arborescencia de su propio crustáceo. ¿Alguien mejor que Faulkner para describir a esos seres humanos en cuya palúdica existencia incluso los ademanes más suaves recuerdan el polipasto cautivo de las plantas carnívoras extasiadas, como pamelas meadas, en un invernadero? Por lo mismo, quienes visitan Venecia disfrutan más allá de la sugerencia turística si evocan la morbidez de la prosa de Thomas Mann mientras cruzan en silencio el Puente del Sepulcro presintiendo entre el arrozal poleo de la siesta, como una obstetricia funeraria, como la carpa herniada de un cementerio, las pasmadas cúpulas de La Pietá. "Muerte en Venecia" tendría que leerse incluso por prescripción facultativa cuando se enuncia el declive en nuestra bajeza carnal y en el "txangurro" de las playa de sarro y arena se frustra la salud de los muchachos polacos, grises y dominicales, que juegan con sus calderitos a construirse un túmulo de mica y seborrea. Lo leo cada verano. Y sé que al acabar se conmemora en mi rostro la barnizada fotogenia de alguien que se hubieselavado la cara con el líquido que sobró de embalsamar su infancia.

sábado, 8 de marzo de 2014

Los trenes de la muerte - Ernesto Sáenz de Buruaga

Los trenes de la muerte - Ernesto Sáenz de Buruaga
El 11-M era el día señalado para hacer cambiar la Historia de España. La guerra de Irak era la coartada para derribar al Gobierno del PP en las urnas tres días más tarde. En algún lugar, mas próximo que lejano, alguien con la frialdad de asesino a sueldo y la mente de un diseñador de muerte, del que todavía no conocemos nada, planificaba el atentado más brutal de nuestra Historia.
Todo transcurría dentro de lo cotidiano. En la radio se desgranaban las noticias. Los madrileños salían de casa y se dirigían a trabajar. Muchos, como cada mañana, cogían los trenes de Cercanías. Gente trabajadora que no forma parte de las intrigas del poder. Gente tan corriente como únicos para los suyos, con sus historias de amor y de desamor, sus preocupaciones, sus esperanzas, sus ilusiones, llenas de vida antes de subirse al vagón y ocupar su sitio elegido al azar . La ruleta de la muerte se ponía en marcha a las 7.35 horas. Una explosión, otra, un tren y otro y un tercero.
La confusión lo invadía todo. En las vías muertos y heridos, humo, gritos desgarradores, lágrimas. Los que podían, ayudaban a los que estaban en los vagones y todavía respiraban. Los teléfonos móviles sonaban esperando una respuesta, una voz a la que escuchar para agarrarse a la esperanza. El número de muertos y de heridos aumentaba según pasaban las horas. España se vistió de negro y respiraba tristeza. No podía ser verdad lo que estaba ocurriendo:191 personas murieron, más de 1.000 resultaron heridas. Decenas de miles se vieron envueltas en la operación de solidaridad más emotiva que hemos protagonizado los españoles, unidos como siempre ante un enemigo común.

Han pasado 10 años. Pasarán muchos más y se seguirá hablando del 11-M. Seguiremos recordando a las víctimas, pero en cada una de las familias de los que murieron nunca se llenará el vacío de los que faltan, ni habrán agotado todas sus lágrimas, ni los recuerdos, ni los besos que les dieron y los que les tenían que haber dado. Ni esa presencia cada vez que entraban a casa, ni el dolor de una ausencia infinita.

viernes, 7 de marzo de 2014

Dinero a cucharadas - José Luis Alvite

Dinero a cucharadas - José Luis Alvite

No me cuela. Ya sé que Madonna es un ser humano como otro cualquiera, pero me cuesta creer que haya adoptado a ese niño africano sin otra intención que apartarlo de las garras del hambre y ponerlo bajo el benéfico amparo de su protección. Si se tratase de un sencillo acto de coherencia interior, no tendría que haberse presentado en África rodeada de las cámaras de televisión, ni haber hecho coincidir su gesto con la inminente comercialización de un nuevo disco. Sencillamente, no me cuela que haya tenido ese arranque de humanidad en un momento en el que trata de relanzar su carrera y da la impresión de los responsables del negocio no han tenido el menor reparo al hacer coincidir el humanitarismo con la publicidad, de modo que en la duda de que ese simple gesto le asegure el Cielo, Madonna puede dormir convencida de que le asegurará al menos dos quilómetros de cola frente a su mesa de los autógrafos. No hay que indagar mucho en el historial de la cantante norteamericana para comprobar que sus arrebatos emociones pueden no ser escuchados personalmente por Dios, pero cuentan siempre con el interesante apoyo de los telediarios. ¿La posteridad? ¿Y a quien le importa ahora la posteridad? Seamos sinceros: como se han puesto las cosas, Los 40 Principales es lo más cerca que un cantante mediocre puede estar de la posteridad. Todo se reduce a una simple cuestión de mercado y lo de menos es la calidad del trabajo. Dirigida a un público casi infantil, la mayor parte de la música que se comercializa mejoraría si le hiciese los arreglos un gorila con las orejas limpias. ¿La voz? ¿La personalidad? ¡Bobadas!, en los tiempos que corren hay que morirse para tener personalidad. Lo que cuenta es la imagen, de modo que a una cantante lo que le miran sus productores no es la tesitura, el tono y el timbre -¡qué antiguallas!- sino el culo y las tetas. De quince años a esta parte, el público está mayoritariamente integrado por muchachitos menores de edad, chavales impresionables a los que con una buena campaña en televisión, puedes convencer como si tal cosa de que Cristo murió durante una actuación como telonero en el último concierto de Janis Joplin en el Calvario, crucificado por sus detractores con un bafle a cada lado. Por eso se admiran inocentemente del gesto de Madonna. Creen que es una señora maravillosa a la que le sientan bien las mechas con grasa. También hay quien cree que Lolita compone algunas de las canciones que interpreta. Lo escucharon por la tele. Lo dijo ella. Dijo que componía sus canciones en el puente aéreo de Barcelona y se quedó tan ancha, convenciendo a un público infeliz de que hay ocasiones en las que la inspiración se presenta de manera inesperada y caprichosa, anidando sin miramientos en cualquier cerebro, incluso en el cerebro de alguien que aparenta tener problemas para cubrir el crucigrama del Marca sin la ayuda del perro. Pero no es nada nuevo lo de Lolita. También se atribuyeron algunas parte de su repertorio las muchachas del dúo Ella Baila Sola, que cantaban aquello de Amores de barra con la falsa emoción de haber vivido supuestamente horribles adversidades en el transcurso de mil madrugadas, ¡ellas!, Marta y Marilia, dos chicas con melenas teresianas cuya mayor inquietud cultural era que le sentase bien la camiseta. ¿No es demasiada casualidad, por otra parte, que de repente a todos los cantantes de este país les haya entrado al unísono la pasión por los ritmos latinos? ¿No será que se trata de un movimiento maquinalmente diseñado por los estrategas de las productoras para ganarse sin esfuerzo la simpatía y el dinero de un público que de la vida sólo conoce el patio del recreo? No cabe otra posibilidad, a no ser que quieran hacernos creer que la inspiración funciona ahora como un gigantesco contagio, como una suculenta peste que deje en los chavales un rastro de incondicional devoción y un buen montón de dinero fácil en la contabilidad de los sellos discográficos. Si velasen por la calidad de los trabajos, repondrían lo mejor de los auténticos grandes de la canción. No lo hacen porque la mayoría de los mejores están algo muertos, bastante muertos o demasiado muertos. Y los muertos, naturalmente, suelen poner reparos insalvables para salir de gira y calentar el ambiente. ¿Cómo explicar que los compradores de discos ignoren la existencia de Ella Fitzgerald, de Gilbert Becaud y de tantos otros? ¿Es bueno para la cultura musical de un país olvidar a los grandes del jazz, del country o del blues y venderles como un dogma la idea de que lo importante es hacer música que se brinque en manada con una cerveza de dos litros en un mano y la extremaunción en la otra? Se comprende que los muchachos sean reacios a Tchaikowski o a Schubert porque no se puede bailar al ritmo de la Legión durante media hora una balada del siglo XIX en la que no hay al menos un músico que -como en los discos de salsa- les estimule el alma haciendo sonar ese instrumento tan delicado y tan armónico que antes de llegar a los conciertos solo se empleaba en los establos: el cencerro. ..
No me cuela el publicitado rasgo misionero de Madonna. No puedo creer que sea sincero y desinteresado el gesto de una señora que utiliza la boca hambrienta de un niño para meter a cucharadas el dinero en su cuenta del banco. Ya ves, muchacho, que cuando se alía con la publicidad y con los negocios, la bondad se parece una barbaridad a la corrupción de menores.

Bofetada con mariposa - José Luis Alvite

Bofetada con mariposa - José Luis Alvite

Mi padre ejerció el periodismo desde su adolescencia hasta el borde mismo de la muerte. Quitando lo de escribir y afeitarse, mi padre casi no sabía hacer otra cosa con las manos. También es cierto que carecía de otra ambición que no fuese la obsesión por hacer bien las cosas bien y dormir tranquilo, al menos todo lo tranquilo que podía dormir un hombre cuya idea de la riqueza era que el sueño no le costase dinero. Dicen que era un tipo elegante, un hombre con empaque, un señor. Soy de la misma idea. Quienes le conocieron recuerdan su magnífica figura y su ropa siempre impecable. Mi padre tardaba un promedio de quince años en cambiar de talla, no sé si porque tenía un metabolismo afortunado o porque su economía le impedía renovar más a menudo el vestuario. El sastre de la calle Pitelos me dijo en una ocasión que mi padre era el tipo que menos tiza le hacía gastar en el dibujo de la ropa y que la mayor parte del tiempo que duraban sus encuentros no lo empleaba en las pruebas, sino en la suave duermevela de la conversación. He de reconocer que me sonrió la suerte de tener un padre aplomado y ameno que sólo habría sido capaz de levantar la voz para disculparse por haberlo hecho. Que únicamente le recordemos una bofetada es la prueba de su carácter reflexivo y pacífico. Aquella bofetada se la dio a mi hermano mayor por un sinsabor acumulado que le sacó inesperadamente de sus casillas. Fue un golpe suave, sin recorrido, un golpe ameno y medicinal al que habría sobrevivido una mariposa. Mi hermanó necesitó apenas unos minutos para sobreponerse al estupor de la sorpresa, recobrar el ánimo y seguir jugando. Mi padre tardó tres días en conciliar el sueño después de que entre todos en casa le infundiésemos el ánimo necesario para recobrar la fe en sí mismo. Mi hermano murió de un tumor treinta años después de aquello, pero yo creo que mi padre se llevó a la tumba la amarga sensación de que aquel jodido cáncer le había sido causado por la maldita bofetada que desmentía la cordialidad de su mano su mano. Aquella mañana del 10 de octubre del 84 le acompañé al hospital Juan Canalejo de ..
A Coruña. Un mozo de almacén arrastró el cuerpo de mi hermano sobre una camilla con ruedas hasta dejarlo en suerte, como si fuese un cadáver de lidia, debajo de una bombilla sucia, en medio de una sórdida lonja de recambios, cajas y basuras. Mi hermano llevaba puesto un traje nuevo, terso, sin doblez alguna, como si para la trágica ocasión le hubiese tomado las medidas con una tiza de carpintero el sastre lento y cartesiano de la calle Pitelos. Mi padre contuvo las lágrimas como buenamente pudo. Sólo dijo: "Este año se nos va a hacer muy grande la mesa de Navidad"... Yo me adelanté dos pasos y le eché un visto al cadáver de mi hermano. Era la primera vez que le veía acostado desde que a los 16 años se fue de casa para estudiar en Madrid. Era también la primera vez, ¡Dios!, que mi hermano aceptaba un traje sin haber escogido personalmente el calzado. Al poco rato, mi padre y yo regresamos en mi coche a Compostela. "Ve con cuidado, hijo... ten en cuenta que tú eres ahora tu hermano mayor"... Almorzamos en la autopista. Besé de refilón su mano cuando probó a acariciarle en mi cara la mejilla al cadáver en off de mi hermano. Mi padre dejó en el plato más comida que la que le habían servido. Después le acompañé mientras escribía en el periódico el obituario de su hijo mayor. Y yo recordé los días de nuestra infancia, cuando mi padre volvía de madrugada a casa y al arroparnos en cama fingía ignorar que fingíamos estar dormidos... Mi inolvidable padre y mi colega periodista murieron en la misma cama y en la misma noticia siete años después de aquello y ni siquiera el cáncer le cambió de talla, como si hubiese querido guardar para siempre en la acogedora Navidad de su cadáver un sitio de honor para el trajeado cadáver de mi hermano. 

Catedral sin palomas - José Luis Alvite

Catedral sin palomas - José Luis Alvite

...Querida Susana Pose: aunque me he impuesto una convalecencia física y emocional para reconstruir el alma y los nervios, lo cierto que no hay un solo día en el que no recuerde los grandes momentos pasados a tu lado, incluso los momentos tensos y los disgustos, nuestros famosos enfrentamientos y esos seis minutos de odio que aprovechábamos para romper "definitivamente" nuestras relaciones en El Corzo durante el tiempo que tardases en volver del baño. No me importa reconocer que te hiciste tan imprescindible en mi vida, que perder tu amistad sería algo tan extraño como separar el dolor y la herida, el beso y los labios, los pies, amiga mía, y los pasos. ¿Recuerdas cuando te dejaba a las seis de la mañana para correr en coche a los estudios de Radio Nacional a tiempo de grabar mi colaboración para Carlos Herrera? Estaba destrozado por culpa del tabaco y por no haber ido a cama en dos o tres días pero a mi querido jefe de la radio le gustaba escuchar la voz casi agonizante de un hombre roto por la nostalgia, el escepticismo y por los vicios. "Me gusta esa amarga desgana, Alvite, la voz fatigada de un hombre a punto de sucumbir", me decía Carlos. No se trataba de una desgana técnica largamente ensayada, sino de las secuelas del extremo cansancio de un tipo empeñado en subir al cadalso llevando la soga en sus propias manos, y en la boca, una frase de aliento para el verdugo. La famosa "desgana" eran diez paquetes de cigarrillos en una sola noche, las bebidas frías y un corazón acostumbrado a latir por el reloj del coche con el ritmo cardiaco de un caballo sin bridas que se hubiese comido las vegetaciones de su aliento congelado y las espuelas de su jinete embalsamado a medias por la niebla y por el tedio. Después, ¿recuerdas, fiel Susana?, después volvía a la ciudad y llamaba a tu teléfono porque mi cadáver necesitaba un sitio en el que recuperar el resuello y porque mi mirada se había convertido en una mancha azul en las gafas. Y allí estabas tú, Susana, dispuesta siempre a recibirme con los brazos abiertos y aquel café que le devolvía a mis manos el tacto, y a mi letra, la trágica y vulnerable flor invernal de las frases más amargas, mientras se escuchaba en mis pulmones el violonchelo de aquella farragosa respiración cansada, la funeral rondalla descalza que tantas veces me avisó de la muerte. Muchas de aquellas madrugadas me pediste que redujese el ritmo y si no te hice caso, querida Susana, fue porque toda mi puta vida estuve convencido de que hay ocasiones en las que la belleza no reside en el magnífico aspecto exterior de una talla, sino en los jodidos nudos de la madera. Consciente de que no iría muy lejos con mi idea del arte, me propuse ser capaz al menos de las proeza de sucumbir mientras estuviese redactando personalmente mi obituario y ese maldito testamento en el que lo único a repartir serían con toda seguridad diez blasfemias y la minuta del notario. Ninguna de todas aquella amigas se preocupó jamás por mi estado ni por mi destino. Por eso a muchas de ellas las recuerdo hermosas y a lo suyo, apoyándose en mí con una mezcla de necesidad y conveniencia, como las palomas, nena, que ni siquiera en invierno se interesan en volar por el interior de las catedrales. Algunas dijeron que les interesaban mis sentimientos y mi alma, pero lo cierto es que lo más cerca que sus manos estuvieron de mi corazón fue ese jodido momento de la madrugada en el que a los tipos como yo el corazón se lo buscan las mujeres entre las monedas del bolsillo. Realmente solo pude contar contigo, para lo bueno y para lo malo, cuando prosperaba y cuando sucumbía, incluso cuando mi idea de la esperanza era confiar en que no ocurriese nada, ni a favor ni en contra, como si mi manos ya solo estuviesen interesadas en recibir la limosna de un puñado de luz, aquella luz de El Corzo, Susana, amiga mía, la luz que convertía en un dineral el pelo de las mujeres, mientras mi letra, ¡Dios Santo!, buscaba a última hora en un trozo de papel el camino por el que llegar a tu portal con el aliento justo para deletrear en los labios el viático de aquel café con el que no me importaría que un día fregases de tu puño y letra el insomne epitafio de mi sepulcro... Creo habérselo dicho a Susana Pose unas cuantas veces, tantas como me insistió en el beneficio emocional de salir de viaje a cualquier parte. No me motiva devorar la geografía, ni hacer amistades nuevas. No estoy para novedades. Recuerdo haberme detenido a esperar la noche antes de entrar en una ciudad y dejarla a las pocas horas sin haber siquiera amanecido. No recuerdo un solo viaje en el que el mayor placer no hubiese sido la inminencia del regreso, ni una amistad nueva que no me haya despertado la añoranza de una amistad anterior casi olvidada. El café del desayuno pierde sabor a partir del último día de la infancia. A cierta edad uno comprende que a falta de expectativas razonables de futuro, lo importante es que a tus sueños se les cumpla al menos el pasado, aunque el retorno al pasado supusiese agonizar sentado con barba de treinta años en el pupitre de la escuela. Por eso a Susana siempre le contesté lo mismo: "Lo que necesito no es un sito al que ir, nena, sino un lugar al que volver". Por lo que ella me cuenta, A Telleira es el lugar al que tendría que ir para tener luego un sitio al que volver. Susana tiene allí una pequeña casa sin lujos y sin vecinos, con el mar casi en la alfombra, en medio de un impecable silencio en el que solo se escuchan el silbido de las almejas y las articulaciones del humo de la chimenea. Se llega desde Compostela por una de las carreteras que llevan a la Costa da Morte, apartando luego en una pista de carros, orientándose por las eternas referencias de una taberna que cierra a las doce, una casa pintada de azul, un perro que le ladra a las sombras de un cementerio de gente enterrada boca abajo, y al fondo, quince olas de la costa, las islas Sisargas y esa casa en la que dice Susana que los muebles ganan mucho con la luz de la luna y seguramente con el reflejo del fuego en un espejo viejo y dócil que deforma la fealdad. "Lo tienes todo a mano: el mar, el arenal, las rocas... tienes a mano la soledad y el silencio, Alvite, y en las noches claras, incluso cerrando los ojos tienes a mano el resplandor cosmopolita de los teatros de Nueva York y Buenos Aires... Tenga una barca de remos obediente como un ternero... no hay un solo ruido que no obedezca a algo bueno, ni un golpe de viento que no se sepa de memoria mis vestidos... tendrías que pasar un par de días en A Telleira... Dos días serían suficientes para serenar el ánimo y airearle el maletero al coche... Si conociese el lugar, estoy segura de que tu siquiatra me daría la razón"... Me tienta mucho aceptar la invitación de mi querida Susana. Siempre me hizo ilusión ir a parar a uno de esos sitios a los que un tipo como yo solo podría llegar arrastrado por la inmerecida suerte de haberse perdido. Como ella lo describe, A Telleira sería uno de esos lugares en los que podrías abrazar a una mujer con la extraña sensación de echarla de menos entre tus brazos, como si fueseis víctimas de un sueño a punto de desvanecerse, expuestos a la fatalidad de que se trate solo de una historia que vais leyendo sin tiempo en el brevísimo relato escrito a oscuras en la carcasa del reloj que arde como una careta de helio en el fuego beis de la chimenea. Y aún así creo que podría valer la pena. Esperaríamos a que amainase el fuego en el esqueleto de la leña y emprenderíamos sin prisa el viaje de regreso al borde del amanecer, Susana, amiga mía, a esa hora novicia del alba en la que en la que a una chica como tú incluso le sientan como un premio el cansancio, la ruina y la tristeza.

La vanidad del fracaso - José Luis Alvite

La vanidad del fracaso - José Luis Alvite

...Suelo rehuir a las personas que tratan de aparentar más felicidad que la que verdaderamente sienten, pero aún considero más insoportables a las que se inventan infortunios y calamidades con la intención de resultar trágicos e interesantes. Esa vanidad de la desgracia suele darse mucho entre los falsos intelectuales y entre los artistas sin relieve. Todos conocemos a alguien así: el pintor que asegura que su último cuadro es el resultado de haber sufrido un horrible tormento interior, el novelista supuestamente abatido por un oscuro episodio ocurrido en su infancia, el periodista treintañero que se comporta como si arrastrase el peso de cuarenta años de insoportable desolación vital, aquel dramaturgo que jura haber escrito para el cajón las obras que habrían revolucionado la escena moderna, el mediocre actor que no dio el salto a Broadway porque su mala vida le había consumido el dinero para el pasaje.... pero también el falso bohemio cuya calculada indigencia se esfumaría tan pronto echase mano de su tarjeta del cajero automático, el farsante que justifica su ausencia por simple enfermedad atribuyéndola al cumplimiento de una condena en la cárcel, el tipo que por lo visto renunció a prosperar en su empresa porque no quiso prestarse a los caprichos sexuales de su jefa, el guionista de televisión sumido en el fracaso por haberse ido de la lengua al comentar una idea delante de cuatro listos de Hollywood que luego la aprovecharon para escribir las memorables frases de Gregory House, la chica de alterne que renunció a un puesto en el Waldorf Astoria de Nueva York por culpa de una estúpida e incurable alergia a los ascensores, en fin, aquella patética pareja de cuarentones, él, vestido de Bogart, y ella, de bailarina alcohólica, que un día me juraron por sus muertos que si no llegaron donde se merecían, fue porque estaban convencidos de que el éxito les produciría una insufrible nostalgia del fracaso. A muchas personas les causa placer sentir esa extraña vanidad por lo que pudo ser y no fue. Una amiga mía con la que tuve relaciones íntimas, dejó caer por ahí la noticia de un posible embarazo como consecuencia de "lo nuestro". Nunca entendí muy bien qué pretendía con aquello, a no ser que tratase de sentir la vanidad del feto perdido. Porque lo cierto es que no estaba embarazada, ni había tenido síntoma alguno de poder estarlo. Me consta que no mintió al decir que tenía eso que las mujeres llaman discretamente "una falta". En efecto, mi amiga tenía una "falta", pero una "falta" detrás de otra, sin solución de continuidad, una "falta" constante desde que había dejado de ser una mujer fértil por culpa de cumplido años y por haber entrado en una fase de fertilidad puramente emocional y simbólica, con lo cual siempre estuve la mar de tranquilo, tan tranquilo como habría estado si la noticia del embarazo la hubiese dejado caer por ahí la Estatua de la Libertad. Nunca lo comenté con ella. No quise sacarla del engaño dolorosamente agradable del aborto sin feto ni placenta. Algunas personas son felices recordando acontecimientos que jamás les ocurrieron y hay ocasiones en las que la imaginación retrospectiva constituye incluso una estimable manifestación de talento. Supongo que esas personas se inventan el sufrimiento porque el dolor es siempre un buen tema de conversación con el que impresionar a la audiencia, ansiosa por conocer vidas destrozadas, corazones partidos por una afilada pasión sin futuro, gente que no podría salir adelante en la vida social sin convertir su fracaso en una especie de brillante y escabroso martirio en el que hubiesen malgastado los mejores excedentes de su talento. El ex boxeador Ángel Grela no tuvo en absoluto una vida inmensamente feliz, pero encajó los reveses de la vida con la misma naturalidad con la que su coche fue encajando los desperfectos del tiempo. Siempre supo que el dolor de un golpe se olvida con el golpe siguiente y que el regazo en el que tomaron asiento tantas hermosas mujeres en los buenos tiempos, es ahora una buena terraza en la que esperar sentado a que el camarero de la funeraria traiga el vermú, los pistachos y el viático. Jamás le escuché quejarse de sus fracasos familiares o del alocado desperdicio de su dorada juventud, los años de champán y chavalas, cuando sus puños abrían más puertas que la mejor ganzúa y en la liturgia del pesaje, a su cuerpo le sentaba como un cincel la biselada luz de los flashes. Hace cuatro o cinco años, el viejo boxeador le encargó su biografía a un incipiente escritor. El proyecto fracasó porque al boxeador no fue capaz de inventarse un pasado mas dramático que el suyo. Por lo visto, al decepcionado biógrafo le habría gustado que Ángel Grela hubiese aprendido a boxear de niño en el interior de un féretro blanco con los tiradores de una maleta. A mi viejo amigo no se le da la vanidad del fracaso. Es cierto que pudo aprovechar mejor los días de gloria, pero Ángel Grela me dijo de madrugada en un garito que si los boxeadores dan malos pasos, es porque a sus pies suelen fallarle las manos. 

Noche con alforjas - José Luis Alvite

Noche con alforjas - José Luis Alvite

...Fueron las de O Galo d´Ouro mis mejores noches durante bastantes años y aunque los hechos están recientes y ya hacía mucho tiempo que no era un muchacho, creo que no he vuelto a ser verdaderamente joven desde entonces. Regentaba el local Jorge Hombre, uno de esos tipos que tiene en su actitud y en sus modales el aire inequívoco de un aventurero recién llegado con noticias de los lugares más remotos del mundo, un ser distinto, sabio y candente, a la vez poseído por el aplomo y el escepticismo de alguien que haya cambiado con frecuencia de taxi y de sueños al menos en cinco idiomas. Tenía en su juke-box la mejor música en cien millas a la redonda y ofrecía un surtido de bebidas con el que podrías sentirte en los lugares más remotos, incluso las bebidas duras de los bohemios de antes, aquellos tipos transeúntes y desarraigados a los que el corazón siempre les fallaba antes que el estómago. A Jorge le gustaban los tipos duros y reservados capaces de sobreponerse a un infarto con un trago de absenta, como era aquel fulano que entró mediada la madrugada, vestido con ropa vaquera, la expresión curtida y austera, las manos del color de la madera de la barra, mundano pero contenido, como suelen ser los tipos que tienen algo que contar, cualquier historia ocurrida tal vez al otro lado del reloj, circulando en penumbra por Montana entre dos partidas de póker, con un fracaso astillado en la sonrisa y el sueño de una mala mujer rondando como un moscardón de rímel en su cabeza. Era sin duda un hombre fronterizo. Tenía un cierto aire impenetrable que distendía sin perder jamás la compostura, dejando únicamente al descubierto aquellos aspectos de su personalidad menos confidenciales, tierno sin llegar a blando, comunicativo pero no dicharachero, como uno de aquellos viejos vaqueros que prendían de madrugada una fogata para el café y se sinceraban contándole sus sentimientos al caballo con la armónica. Fue una noche memorable en O Galo. Escuchamos lo más sublime y premioso de la música country, repetimos copas hasta perder la cuenta de la factura y hablamos de la vida, no de su vida ni de nuestras vidas, sino de la vida en general, de los avatares que van y vienen, los éxitos y los fracasos, las interminables rodadas por las inmensas llanuras, el bar de carretera con un surtidor en la puerta, como en esos cuadros de Hopper en los que incluso parece que estén de paso el tiempo, el silencio y la muerte. Y hablamos de mujeres, sobre todo de las mujeres que pasaron de refilón por nuestras vidas y nos dejaron vacíos el corazón y los bolsillos. Por supuesto, las recordamos sin rencor, como se recuerda la belleza del mal tiempo, esas interminables tardes de lluvia que nos meten en los portales y en los taxis mientras esperamos a que escampe para seguirle las huellas a nuestros pasos perdidos en el lodo. Jorge Hombre es un tipo que necesita la soledad de Alaska para tomarse un respiro mientras bebe bourbon con aquellas gigantescas indias a doscientas millas de Anchorage y sobrevuela entre la bruma la infinita taiga a bordo de una Piper Cherokee pilotada por un fulano capaz de aterrizar de madrugada en las páginas ardiendo de un atlas. Bruma densa como un pulmón, bosques interminables, mujeres corpulentas... y salmones, miles de salmones forcejeando para no salirse del río... y en las márgenes del río caudaloso y tenaz, un buen número de osos abriendo sus garras para interrumpir al vuelo el salto de los salmones. La juke-box de O Galo pillaba entonces Moon river. Y aquel fulano que parecía recién llegado de Montana, se ponía evocador. "La vida hay que entenderla como un acto de desesperada serenidad, sabedores, muchacho, de que el reloj sólo hay que ponerlo en hora al despertar... Me gusta este local. Tiene algo que lo hace distinto. Me siento como si esto me estuviese ocurriendo hace algunos años, lejos de aquí, y mi deber fuese vivir este instante como si tratase de recordarlo...". Me puse en su lugar. El vaquero tenía razón. Era como si asistiésemos a un encuentro anterior que casi hubiésemos olvidado. Jorge sirvió copas. Era muy tarde, casi al filo del amanecer. Al poco rato, el tipo de la ropa tejana pagó tres rondas y se despidió con afecto pero sin darnos la mano, como si quisiese evitar la simple y frágil raíz del cariño. Dijo que se buscaría un sitio en el que dormir un rato antes de jugarse a los dados su destino. Le pestañeaba la luz en el reloj de pulsera. Se ajustó al rostro el borreguillo blanco del cuello y caló las manso en los bolsillos de la zamarra. En la calle llovía a cántaros. Y mientras en la voz de Sinatra varaba lentamente Moon river, Jorge apoyó las manos abiertas sobre la barra y evitando encontrar mi mirada en la suya, pronunció mi pensamiento: "Me gusta ese tipo. Me gustan los hombres que evitan a toda costa el engorro familiar de los abrazos. Me pareció un resignado hombre de mundo, tal vez un tipo vencido por el escepticismo que causa el desarraigo. En cualquier caso, muchacho, tengo la sensación de haber conocido a uno de esos hombres transeúntes que reciben el correo en las alforjas de su caballo"...

Dos copas y un buda - José Luis Alvite

Dos copas y un buda - José Luis Alvite

...De las personas me importa poco su raza, su religión, el credo político que profesen, su cuna y la liquidez de sus bolsillos. No suelo hacer preguntas con ánimo de conocer el perfil social o cultural de los desconocidos. Prefiero que las cosas ocurran a su ritmo, sin meterle prisa a la curiosidad, disfrutando las novedades según se suceden, con esa actitud de calma y expectación con la se practica la pesca al parado. En general, de las personas sólo espero que su conversación me resulte más interesante que el roce de sus nalgas al rumiar contra la silla la silla. Suelo coincidir de copas con un amigo de origen marroquí del que fui conociendo sus pensamientos políticos y sus inquietudes religiosas a medida que la vida ocurría a nuestro alrededor, aprovechando sobre todo las pausas en las que nos quedábamos sin la compañía de alguna mujer, que es realmente cuando a uno suele entrarle esa angustiosa sensación de vacío existencial que nos conduciría a la melancolía y a las estribaciones del suicidio si no fuese por la oportuna presencia del barman, ese personaje sabio, mundano y coloquial al que suelen recurrir los hombres en evitación de leer a Sartre. Mi amigo marroquí y yo solemos discutir asuntos muy diversos. Discrepamos amistosamente en muchas cuestiones, y en otras, la verdad, a veces acabamos visiblemente enfadados porque yo encuentro sus posturas tan intransigentes e irracionales como seguramente le parecen a él las mías. Lo bueno de nuestros choques dialécticos es que jamás llega la sangre al río y le ponemos remedio añadiendo un par de copas a las sucesivas rondas de la noche. Cuando le veo muy furioso en la defensa de su militancia islamista, alargo el cuello, inclino la cabeza bajo la sarracena luz amarilla de El Corzo y me ofrezco voluntariamente por si le apetece zanjar mis blasfemias decapitándome sobre el ara de la barra del bar. Naturalmente, todo el revuelo queda en nada. Mi amigo marroquí se apoya de codos sobre la barra y me indulta sustituyendo la decapitación por la condena más llevadera que maneja con soltura en castellano: "Vete a tomar por el culo". Entonces le paso una mano por la nuca, le doy dos palmadas y extiendo mi copa para recoger como un honor el brindis de la suya. Sin palabras. Mi amigo desconoce de mí casi las mismas cosas que yo ignoro de él, pero nos conocemos bien nuestros silencios y sabemos que no hay maldad entre nosotros. Somos amigos, ya te digo, y si en un arrebato me estampase un puño en la cara, lo encajaría sin rechistar, a sabiendas de que seguramente se habría tratado de un espontáneo y pedagógico golpe sin doblez, uno de esos puñetazos que sólo se les da a los mejores amigos. Una madrugada discutimos muy acaloradamente y faltó poco para que llegásemos a las manos. Nos acercamos tanto el uno al otro, que mi aliento le devolvía a la boca el suyo. Cuando sólo era previsible lo peor y sin que mediase palabra, nos fundimos en un abrazo del que casi tuvimos que salir forcejeando. El barman acercó un par de copas, mi amigo hizo el gesto de pagar y yo me adelanté porque sé que, por cosas de la vida, al corazón de mi colega marroquí no le responde el bolsillo. Así son las cosas cuando aprecias a una persona de la que apenas sabes cuatro cosas. De mi amigo marroquí conozco las manos y los sueños, y sin embargo, ignoro sus pesadillas y su letra, del mismo modo que jamás creí necesario saber su apellido. Por supuesto, tenemos magníficos momentos de síntesis cultural. Y entonces, muchacho, entonces, mediada la madrugada en El Corzo, no corro peligro alguno si le propongo sustituir el rostro de Jesús por la faz de Mahoma en la iconografía del belén. Nos une sobre todo la presencia de las chicas en ese instante de la madrugada en el que el rostro femenino adquiere la pagana religiosidad y el perlé que suele darle a los ojos de una mujer el velo gris del humo de los cigarrillos. Al final se nos tuercen las cosas y quedamos solos. Pero eso casi da lo mismo. A mi amigo marroquí no le importa compartir conmigo el infierno laico del fracaso mientras el barman decapita dos rodajas de limón sobre las copas para que mi enemigo íntimo y yo brindemos impunemente por Buda...

Blues de las brisas y las banderas - José Luis Alvite


Blues de las brisas y las banderas - José Luis Alvite

Aquel tipo presumía de tener los pulmones más luminosos que los ojos y no le dio importancia a la pequeña manchita de la que le avisó el radiólogo. "No parece que sea motivo de mucha alarma, pero conviene no perderla de vista". En la formidable cripta acolchada del pecho de aquel hombre, una manchita como aquella no parecía tener más importancia que la que tendría un diminuto grumo de polen en las alas de una mariposa. A los pocos meses, se le presentó un cansancio desconocido en él. Esta vez el radiólogo no se anduvo con rodeos. "¿Recuerdas aquella manchita? Bien, la noticia ahora es que su tamaño ya no es el de entonces. No me gusta lo que veo en estas placas. ¿Recuerdas el Titanic?"... ¡El Titanic!... ¡Dios Santo!, no había mucho más que decir. El Titanic era su pecho y aquella jodida manchita era el inesperado iceberg flotando a la deriva en medio del mar. Era el barco más moderno del mundo, el más fastuoso, también, se decía, el más seguro. Pero aquel maldito iceberg.... Fue una rasgadura a estribor, un corte que parecía insignificante en el casco del buque, una raya a lápiz en la ceja de una hermosa corista. Se notó un estremecimiento, nada serio, una leve vibración que avivó apenas las burbujas en el champán de las copas. A nadie entre el pasaje se le pasó por la cabeza la posibilidad de que se tratase de algo grave e irreparable. ¿Un naufragio en los primeros días de mar del majestuoso trasatlántico? ¡Bobadas! Los expertos consideraban que el Titanic era más marinero que el agua y más seguro que el sofá de casa. Estaban tan convencidos de su inexpugnabilidad, que en el equipamiento del barco ni siquiera habían previsto botes salvavidas para todo el pasaje. ¿Un iceberg? ¿Y qué daño puede hacer un pedazo de hielo en una ferretería? ¡El Titanic! ¡Aquel iceberg! ¡El pecho de mi amigo! ¡Aquella manchita! Dijese lo que dijese la maldita placa radiográfica, él se venia su buen aspecto de siempre. Un poco cansado sí que se notaba, pero pensó que podría tratarse de un exceso de ajetreo, tal vez las molestas secuelas de un catarro mal curado, pero nada serio, nada que fuese más serio, desde luego, que el estorbo de un colirio en los rebosante y panorámicos ojos de un búho. No podía creer que aquella mancha fuese el presagio de algo peor. ¿Podía cambiar su vida a partir de aquel instante? ¿Se dejaría invadir por la angustia? La suerte es una cosa que ocurre de manera paulatina, es un asunto que tiene que ver con las probabilidades, de modo que aquella manchita en el pulmón no podría tener más importancia que cualquiera de los números que brotan a cada rato en las trompas de los bombos durante la monótona retransmisión de la lotería. Era una manchita radiográfica, sin duda, incluso una manchita que crecía, pero no se trataba más que de la bolita necesaria para que los niños de San Ildefonso mantuviesen vivo al indolente y rutinaria letanía de la pedrea. ¿Cómo pensar que algo tan pequeño pudiese cambiarle la vida a un hombre en cuyo corazón latía al galope una interminable carrera de saludables caballos? Su pecho era el bombo del sorteo. Y que se sepa, en el bombo del sorteo jamás entran las bolas negras de las malas noticias. Pensó: "A un coche no se le malogra un viaje por culpa de una simple ralladura en el maletero". Visto de ese modo, lo del radiólogo dejaba de ser inquietante. ¿Por qué habría de serlo? ¿Un mal augurio? ¡A la mierda el pesimismo! Era fuerte, elegante y arrollador. Jamás había tenido una enfermedad que no se le curase escupiendo. Que lo tumbase aquella puñetera manchita sería tan extraordinario como que a Cyd Charise le amputasen una pierna por culpa de una carrera en las medias...
Mi amigo murió seis meses después de aquello. Nos tomamos unas copas días antes de que se tumbase boca arriba en el somier de su esquela. Aunque mucho más delgado, conservaba la elegancia de siempre. Fue una noche memorable. Nos despedimos por todo lo alto, con estilo, ignorando el naufragio, de espaldas al delator espejo del bar. Y si lo recuerdo ahora es porque fue como si nos hubiésemos despedido con un martini en las manos, sentados en la popa del buque, mientras al Titanic le regurgitaban el agua y las bielas, una noche, muchacho, en la que nos permitimos pagar las copas con la última bola del bombo de la lotería, en medio de un delirante caos de oraciones y de joyas, cuando ya mi amigo había encajado como un interesante revés la evidencia de que la vida tocaba a su fin y que dejaría sin brújula a todas sus chicas. Antes de salir a la calle, me dijo: "Esas tres mujeres al final de la barra podrían darle a mis pies el capricho del último baile hacia el sueño, amigo mío, pero mis pulmones me han hecho comprender que en mis circunstancias de ahora mismo, muchacho, soy poca brisa para tantas banderas"... 

jueves, 6 de marzo de 2014

Palomas de lino - José Luis Alvite

Palomas de lino - José Luis Alvite

sé si por los mismos motivos, pero comprendo la desolación de Rafael Torres al reflexionar sobre la violencia en las aulas y la indefensión del profesorado frente a esa creciente horda de chavales agresivos y descerebrados en cuya mente la idea más inteligente podría ser la posibilidad nada incierta de abrir la puerta del retrete con la cabeza. Cuesta creer que esos muchachos desciendan de quienes fuimos alumnos de Bachillerato hace treinta o cuarenta años, en una época en la que en muchos lugares de España los más sólido que alguna gente se llevaba a la boca era el hambre. Puede que seamos bastante culpables de lo que ocurre ahora en las aulas. Sé de muchachos que sólo ven a sus padres si coinciden con ellos en la calle. Sé de hogares en los que la cocina apenas se enciende y de otros en los que lo único realmente caliente es el televisor. Se cuentan los alumnos que conocen el nombre y los apellidos de sus profesores pero aún es más escandaloso que algunos de esos chavales ni siquiera hayan escuchado jamás el nombre de sus abuelos. Cuarenta años después de mi paso por el instituto Arcebispo Xelmírez, todavía recuerdo el nombre y los apellidos de todos y cada uno de aquellos profesores, su rostro y su ropa, su manera de apretar la tiza en el encerado, el método particular de cada uno al pasar lista puntándole en un papel o echando un simple vistazo a los contados huecos del aula. Recuerdo a don Benito Varela Jácome dictando sus clases al mismo tiempo que corregía en la mesa las cuartillas de algún brillante ensayo sobre literatura latinoamericana, como recuerdo las clases de Historia de don Manuel Fernández, que de los Reyes Católicos no sólo se sabía al detalle los avatares de su reinado y todas y cada una de las hojas de sus respectivos árboles respectivos, sino incluso su vida privada, los asuntos de cama, el aseo personal y los pensamientos, y nos lo contaba con la misma sencillez e idéntica reserva que si hubiese compartido con ellos la alcoba y las intrigas, y nos lo relataba también con la autoridad del maestro culto y enterado que al llegar a las lecciones del siglo XIX, se plantaba en lo alto de la tarima y se daba con viva emoción, y sin necesidad de pareja, aquel descomunal "Abrazo de Vergara" de cuya conmoción quedaba luego el bueno de don Manuel un rato ensimismado y memorable, postrado, crucial y sencillo, como si acabase de sentir en su espalda las pesadas manos militares del general Espartero, antes de volver en sí para recoger los bártulos y abandonar el aula tarareando en su elástica retirada una melodía en la que se iban esfumando por el pasillo, como alpargatas de lino, sus gimnásticas pisadas de alabardero francés. Todavía me fascina la personalidad de aquel hombre. Y cada vez que le recuerdo, vuelve a mí la sensación de que debajo de las gradas del aula escalonada del Xelmírez, en la segunda plaza del soberbio palacio de la plaza Mazarelos, el profesor Labarta, tan racionalista y funeral y a la vez tan amistoso, guardaba entre el zorro disecado y la polvorienta marta cibelina, las mustias palomas ciegas que don Manuel habría necesitado para subirse el día menos pensado a la tarima de la clase escoltado con la estatua musgosa del general don Baldomero Espartero, aquel tipo que, según mi inolvidable profesor, "dirigía las batallas con los ojos cerrados para que su formidable intuición estratégica la redondease para la Historia el delicado instinto táctico de su caballo"...
..En mis primeros años de bachillerato en el instituto Arcebispo Xelmírez estaba lejos de tener una idea sólida acerca de las circunstancias desencadenantes de la Guerra Civil pero en el recreo se comentaba con emoción que don Pedro Martul había estado exiliado en México por culpa de sus ideas republicanas y que el prolongado desarraigo había agriado su mirada y su carácter hasta convertirle en un hombre de trato reservado y difícil. Vestía traje oscuro y se tocaba la cabeza con un sombrero con el ala doblada por la costumbre de tocárselas antes las señoras para el silencioso y elegante cumplido del saludo. Que a veces alegrase su americana con una flor roja en el ojal me hacía pensar que pudiera tratarse de una secreta evocación republicana. Sus alumnos decían que era un profesor sobrio y contundente, de reacciones imprevisibles, que impartía su asignatura como si enseñase disección en el matadero municipal. No asistí a sus clases pero cuando le veía llegar al instituto, hacía por cruzarme en su estela para percibir en las narices, con los ojos cerrados, el cosmopolita rebufo sutilmente perfumado de aquel personaje que tenía para mí el aliciente de lo prohibido y me causaba una vaga e indescriptible sensación de bendita libertad y de sano pecado. Don Pedro Martul era desde luego todo lo contrario que doña Otilia Ulbritch, aquella compacta y andrógina señora que daba clases de alemán a un pequeño grupo de muchachos cuyos padres probablemente no se habían desprendido aún de las imperiales nostalgias del Eje. La señora Ulbritch era la mujer más fea que yo había visto en mi vida y también la más tosca. Se decía que había llegado a Compostela huyendo de la caza de nazis al final de la II Guerra Mundial. Nunca escuché en su voz una frase que no fuese una bronquitis o un golpe de tos que ella remataba arrastrando al bolso en su pañuelo una flema fisiológica y gomosa como un sapo. Las Hazañas Bélicas de Boixcar nos habían enseñado a recelar de los alemanes, pero la vieja y robusta profesora jamás dio motivo alguno para que la odiásemos personalmente a ella, aunque podría pensarse que de no haberse rendido al avance de los aliados, el III Reich habría sucumbido sin duda a la terca fealdad de doña Otilia, a la que siempre recordaré áspera y acatarrada, sonándose los mocos con un rugido en alemán. Don Pedro Martul era del otro bando y su hijo Luis estudiaba inglés, que era una lengua más liberal y más democrática, no como el alemán de doña Otilia, que no era una lengua para comunicarse, sino un idioma para desfilar. Luis Martul desembocó en profesor de la Universidad de Compostela pero estoy convencido de que conserva intacta su fe barcelonista de entonces, de cuando éramos solo unos muchachos y nuestro compañero Santiago Mayer grababa en el dinástico taller de su familia las efigies de Kubala y de Luís Suárez para hacer patentes al mismo tiempo sus habilidades artísticas y su incuestionable militancia azulgrana. Ninguno de aquellos devotos del Barça habría cometido la desfachatez de cambiar uno solo de los cromos de sus ídolos por la mas tentadora contraoferta de los madridistas, que disponían de Santamaría, Puskas y Marquitos, como tampoco habrían renegado de su pasión barcelonista por cuatro fotografías de Brigitte Bardot con la boca entreabierta por el fotogénico y pulposo rictus del deseo, aquella lasciva emoción extranjera que los ateridos niños de entonces solíamos serenar dándole con los ojos entornados un mordisco con lengua a la aromática naranja de la merienda. A veces tengo la sensación de que los alumnos de aquel instituto vivamos ajenos a las secuelas causadas en cada familia por la guerra y por el Régimen. Si acaso, lo vivíamos de una manera inconsciente, con aquella expectación que despertaba don Pedro Martul Rey, aquel profesor de mostacho bien poblado y andar pausado y elegante que tenía el sombrero moldeado por el viejo gesto de tocarse el ala cada vez que se cruzaba con una señora, aunque la señora fuese doña Otilia Ulbritch, aquella profesora parecida a Edward G. Robinson que carraspeaba como si le hiciese daño en la garganta el furibundo idioma del Führer...
..De mi incipiente sexualidad en el instituto, recuerdo que las ánforas que dibujaba don Antonio Moragón fueron la primera mujer que vi desnuda. El formidable acuarelista toledano manejaba con tanta soltura el dibujo y percibía con tanta facilidad el espíritu de las cosas, que siempre le creí capaz de hacerle una caricatura al perfil del aire. Además, el profesor de dibujo del Xelmírez dejaba en su recorrido entre los pupitres una vaga estela de tabaco causada por el humo de sus cigarrillos, que ascendía lentamente a lápiz hasta el techo y regresaba difuminado al suelo como un sauce a carboncillo, envolviendo la clase en un aura de dulce y liberadora bohemia, mientras en las manos de los chiquillos se abría paso la sutil y opiácea flor de aquellos dibujos que desentumecieron para siempre la perpleja pubertad de nuestras manos. Moragón tenía un pelo fosco y abundante cuyas primeras canas mismo parecía que acabase de trazárselas apuntando de soslayo al espejo con el lápiz del autorretrato hasta dejarle sobre los hombros aquel porte inigualable, aquel rostro reseñado bajo el mostacho por la sonrisa amable y bondadosa de un artista en cuyas láminas imitaba el secano sol de Toledo la caldosa luz de la acuarela, el suave azafrán de aquellos pinceles capaces de convertir un topo en una paloma con el sutil florete de aquella envidiable esgrima que asomaba a sus manso sin esfuerzo aparente alguno, como asoma la luz en la llama pasmada de un candelabro. De cuantos recuerdos conservo de mis días en el Xelmírez, el de don Antonio Moragón es sin duda el más entrañable, y todavía ahora, al cabo de tantos años, en muchas de mis frases para el periódico se desata, como una lazada blanda, el humo de los cigarrillos de aquel artista toledano al que mis manos le deben la recurrente tentación de describir las palomas siguiendo su vuelo viejo en las miradas de leche de los niños de hace cuarenta años, cuando en las clases de dibujo del viejo Xelmírez de la plaza Mazarelos descubrimos en el volumen de las ánforas la oval ginecología del aire. Fue entonces cuando comprendí, amigo mío, que al alma femenina le sienta mejor la ropa cuando se la ha cosido la modista siguiendo al dedillo el misterioso esqueleto del caballete del pintor. Y comprendí también que tuve el privilegio de estudiar con profesores que me impusieron el respeto y la disciplina sin un solo grito, sin otro aspaviento que no fuese el necesario para pasarme un brazo por el hombro y transmitirme hasta lo más hondo una inenarrable sensación de seguridad y de esperanza en medio de una sociedad marrón y asfixiante en la que el inicio sexual de los muchachos empezaba por mirarle las manos a la taquillera del cine mientras cortaba las entradas con la misma ecuménica elegancia que si se tratase de repartirnos el pan para alargarle el hambre a la cena. Sentí por mis maestros una mezcla de temor, admiración y respeto que no nos hizo daño alguno. Eran otros tiempos. En mis días de Bachillerato, amigo mío, incluso considerábamos un milagro ver el sol reflejado en la urea de aquellos orinales mientras en la calle ocurría aquella España restringida y miserable en la que eran tan fértiles la tristeza, los cerdos y los sepulcros...
En las clases de Religión de don Jesús Precedo Lafuente me gustaba sobre todo la sórdida peripecia del Antiguo Testamento porque rebosaba promiscuidad, vicio y ligereza, y, sobre todo, porque resultaba más ajetreado y más apasionante que La Hoja del Lunes, aquel anestésico periódico de la Asociación de la Prensa en cuyas páginas la noticia más escabrosa era la quiniela del fútbol. El canónigo Precedo no era Margarita Landi pero tampoco se ahorraba los detalles más sórdidos de todos aquellos personajes en los que se daban a partes iguales la expectación de Dios y la rústica delincuencia, creando un inestable orden moral y agropecuario a cada rato alterado por una decapitación, un adulterio o una plaga. Se daban juntos en aquellas historias la religiosidad y la superstición, la serenidad y la ira, de manera que en el relato no había tregua para el tedio y todo se sucedía con la incontrolada y confusa velocidad con la que se producen las epidemias y las revoluciones, en medio de un apasionante caos de fulanas y alfareros, profetas y mendigos, reyes voraces y mujeres hermosas e interesadas, como suelen ser a menudo las mujeres que verdaderamente valen la pena. El profesor de Religión redondeaba toda aquella atrocidad con una moraleja que adecentaba el sexo y la sangre, pero a mí se me quedaba sólo aquel clima de contrabando y concupiscencia, la diurética sensación de haber estado cerca del catre meado e incandescente de las odaliscas, que manejaban a los hombres del Antiguo Testamento doblegándolos a su antojo con el sonajero de su risa banal y la suculencia hojaldrada de su peinado. Naturalmente, el canónigo Precedo Lafuente trataba el asunto con profiláctica distancia, como lo habría tratado el doctor Molina, que recetaba penicilina para las enfermedades venéreas. No ocultaba un solo detalle pero añadía a cada rato una oportuna puntualización para que no nos dejásemos llevar por la tentación del caos. Y superada toda aquella carga fisiológica y mundana del Antiguo Testamento, se plantaba en la vida y muerte de Cristo, que resultaba más blanda y más aséptica. La sangre era sustituida inicialmente por los milagros, y las hordas tribales, y por los apóstoles, que en el relato del profesor de Religión resultaban unos señores mal peinados, muy silenciosos y muy educados que vivían de no pescar y se pasaban las horas escuchando a Jesús, que hablaba en parábolas, que es un género literario indirecto y anodino, una especie de pomada que no cura las heridas pero produce alivio. Don Jesús Precedo se animaba al llegar a la expulsión de los mercaderes del templo, cuando Cristo tuvo aquel arranque de genio y la aprendió a latigazos con los profanadores. Ese episodio no estaba mal, aunque enseguida la clase volvía a la aburrida pachorra pastoral mientras Cristo predicaba sin alzar la voz y el ambiente iba espesando hasta el tramo de La Pasión, que era cuando don Jesús se ponía serio y le salía la voz con la grave solemnidad del No-Do mi profesor de Religión crucificaba muy bien a Cristo y a mí se me ponía un nudo entre la garganta y las narices, como si Dios estuviese intentando dictarle a Cristo el Sermón de las Siete Palabras a través de mis malditas vegetaciones. Después acababa la clase. Y los muchachos recogíamos los bártulos en medio de un gran silencio, sobrecogidos por las luz de la tormenta iluminando, como si fuesen grúas de calcio, los cadáveres exhaustos del Calvario, sumidos en una tristeza que nunca supe muy bien si lo que me abría era el corazón o el apetito. Y de regreso en la calle, muchacho, de regreso en la calle nos hicimos mayores. Y volvimos a nuestras casas bajo la lluvia, escuchando en nuestras gabardinas la garlopa del carpintero del Gólgota, tristes y ensimismados, persuadidos de que a Cristo le habrían ido mejor las cosas si en un arrebato de sensata vulgaridad se hubiese casado con la cocinera fértil y apócrifa de La Última Cena...

Fuego en cursiva - José Luis Alvite

Fuego en cursiva - José Luis Alvite

..Si tuviese que alegar un motivo para justificar la admiración iconográfica que siento por Robert Redford, diría que encuentro de mi gusto su calidad como intérprete, y sobre todo, su cinematográfica elegancia al encajar los reveses de la vida y su distante manera de morirse en off en no pocas de sus mejores películas, incluso cuando, como en El río de la vida, dirige su muerte a través del inquilinato de un cadáver de encarga en el cuerpo pendenciero de Brad Pitt, que interpretaba a las órdenes de Redford el papel de un periodista que vive todo el rato al borde del abismo, afrontado con un leve toque de amargo altruismo los angustiosos avatares de un ambiente tentador y amoral en que sólo la muerte pareciese inocente. En Habana, su codicia de jugador no le impide renunciar a última hora a su suerte y asumir el memorable fracaso del tahúr sensible pero reservado que acepta el ostracismo por ayudar a la mujer que ha despertado en él ese punto de pasión que justifica que un hombre gaste su pequeña fortuna del póquer en conseguir una puesta de sol en la que empezar de cero. Fracasa también en Brubaker, donde su ética de alcaide humanitario y reformista le granjeaba el agridulce sabor de un brillante fracaso, esta vez renovando el aire moral de una penitenciaria a cambio de aceptar sin miramientos su asfixia profesional y la consiguiente renuncia, naturalmente, sin que se esfume de sus labios esa sonrisa cítrica y lastimada que en el rostro de los hombres como Redford suele causar el mohín de un mal sabor de boca. ¿Y qué decir de Íntimo y personal? En precario frente a la codicia periodística de Michelle Pfeiffer, a la que había ayudado desinteresadamente a mejorar sus textos y a aligerar su tóxica capa de pintura, en un arranque de decepción y ruleta, Redford se marcha de corresponsal a un conflicto armado y sucumbe para dejarnos a los espectadores un agrio regusto emocional y un buen puñado de dinero en las manos de la taquillera. Ni que decir tiene que mi favorita entre todas esas películas es Memorias de África, aunque he de reconocer que la sorpresa de Redford renunciando a su historias de amor con Meryl Streep no es nada comparado con el estupor que me habría causado si se quedase para siempre al lado de aquella señora que invertía en su plantación de café la energía que tendría que haber empleado en abrazar al tipo aventurero y solitario, aún a sabiendas de que aquel romántico cazador sin ataduras probablemente únicamente se habría resignado a echar raíces en un tren que sólo se detuviese para dejar que crucen la vía los leones, la brisa y el herbáceo aroma del paisaje. En Memorias de África el bueno de Redford se muere en off, sin sangre y sin ruido, también sin haberse despedido, como suele morirse en varias de sus películas más recordadas, libre y una pizca sentimental, sucumbiendo sin alardes y sin gestos, volando al pespunte de la silvestre brisa del aire, a los mandos de aquella avioneta con cuyo rasante alabeo peinaba las bandadas de garzas y de espátulas volviendo fucsia el paisaje africano mientras la música de John Barry le aflojaba a Meryl Streep el sucinto esfínter de su restringida sonrisa escandinava y en el patio de butacas del cine los tipos como nosotros nos moríamos de envidia y maldecíamos la cobardía de no haber hecho algo así en nuestras putas vidas, siquiera algo vagamente parecido... no sé... tal vez la proeza pasajera de haber alcanzado, al menos por una vez en nuestra existencia, ese equilibrio magnífico e inenarrable entre la libertad y la decencia que permite la existencia de los tipos como el que interpretaba Redford en Memorias de África, esa película en la que incluso parece pana el fuego desdentado, vegetariano y ventoso que arrasa en cursiva la frágil, pagana e incipiente fertilidad de los cafetales... 

Groucho Marx y sus muñecos - José Luis Alvite

Groucho Marx y sus muñecos - José Luis Alvite

en un programa de "La Quatro" la polémica Ley de Igualdad y Ana Siñeriz, Vicky Martín Berrocal, Paola Dominguín y otra mujer que no acierto a identificar, reclamaban le elevación del porcentaje de mujeres en los puestos decisorios en el transcurso de una tertulia en la que el único hombre era Boris Izaguirre, cuya homosexualidad en cierto modo le convertía neutral en bisagra de género. Pienso yo que si se aplicase una ley de igualdad, en el programa tendrían que sustituir a dos de las mujeres por otros tantos hombres, dejando a Boris en una ecuánime situación arbitral. Una de ellas se quejaba de que con frecuencia a las mujeres se las utilice como floreros, pero lo hacía luciendo un hermoso escote que dudo mucho que fuese del gusto de Dolores Ibarruri, que reivindicaba la condición femenina sin hacer alardes de vedette, convencida de que el talento se produce con independencia de la lencería fina y de la ropa ceñida. Estas cosas no está bien decirlas pero creo que Ana Siñeriz tendría poco futuro en televisión si probase a vestirse ante las cámaras con la ropa de Lola Gaos, aquella actriz progresista e inteligente que servía para Buñuel porque no daba bien en los almanaques de los camiones. No hay en los programas de televisión un solo estrellato femenino que no esté basado en la pura apariencia física, excepción hecha de Mercedes Milá, cuya belleza es siniestro total. En una de las cadenas privadas la información meteorológica la da una chica carnal y excitante que de paso que te cuenta las isobaras es como si te fuese a enseñar su alcoba. Lo cierto es que del mapa me entero cuando el realizador prescinde de la presencia de la chica, cuyas curvas, por cierto, se ciernen todo el rato como un agradable microclima sobre las Islas Baleares. En La Primera de TVE la información del tiempo es más exhaustiva e igualmente fiable, pero la da un señor que parece urólogo, así que la gente se para más en la chica de la competencia, que te anuncia la borrasca, el calor sofocante y la gota fría como si te diese una cita. Obviamente a las feministas no les gusta que salgan por la tele mujeres hermosas y atractivas que al mismo tiempo que resultan artísticas, tiran del "share", que es como una erección estadística de la audiencia. No está bien vista la belleza como aliciente profesional, a pesar de lo cual incluso la vicepresidenta del Gobierno se viste para el "Vogue" con ese vago toque sexual de mujer culta y liberada a la que puedes imaginar buscando la farmacia de guardia en el Boletín Oficial del Estado para comprarse un ecléctico diafragma de Sargadelos. Es bueno velar por la igualdad del hombre y de la mujer pero no hay que cegarse con los porcentajes porque puede ocurrir que en determinadas circunstancias sea preciso disponer de más mujeres, o de menos, según se trate. Ha de primar la preparación por encima de cualquier tentación algebraica, evitando la dichosa obcecación, que nos puede conducir a prohibir ciertas lecturas porque, por ejemplo, en "Los hermanos Karamazov" Dostoievski no respeta los porcentajes y solo salen hombres en el árbol genealógico central de su formidable novela. Algunos sectores del feminismo podrían proponer también que al cuarteto de Los Hermanos Marx se le haga un retoque de montaje para incorporar a Loles León, a Rosa Maria Sardá y a Maricarmen con su laboralista "adeene" de marionetas, con lo cual, seguramente en el futuro de hablará de Groucho Marx y sus Muñecos. De vez en cuando escuchamos a algún hombre proclamar su lado femenino y su instinto maternal, mientras abomina de su asquerosa condición masculina. Yo encuentro positivo que los varones traten de destapar su lado más tierno, pero no entiendo la razón por la cual algunos hombres asisten a los partos de sus mujeres y se comportan como si ellas pusiesen los dolores y ellos, tan sensibles, colaborasen rompiendo aguas. Todos tenemos un lado femenino. Es algo que lleva más de un siglo asentado como una verdad científica. Otra cosa es que nuestro sistema emocional y bioquímico sea idéntico al de las mujeres. Personalmente me involucré mucho en el nacimiento de mis dos últimos hijos, pero a la hora de la verdad la comadrona me rogó que me ausentase a fumar. Si me guiase por cierto sector del feminismo, tendría ahora graves remordimientos de conciencia. Por suerte, me sobrepuse. Pude haber sido más decidido en las circunstancias de ambos partos, pero tampoco estuve nada mal. Me interesa la función emocional de mi lado femenino, pero reconozco que me cuesta dilatar... A estas alturas de mi vida me consuelo con la idea de que podré sobreponerse a la idea de que la feminidad es un privilegio y la masculinidad no es más que un castigo. En mi familia fuimos tres hijos varones y no recuerdo que mi madre dudase entre cortarle la cabeza al pollo o a uno de nosotros. Se conformó con aquella democrática superioridad numérica del sexo masculino. Su veinte por ciento de cuota fue un ejemplo para el resto. Trabajó toda su vida y nos enseñó que la igualdad entre el hombre y la mujer consiste en que todos seamos idénticos en derechos, aunque hayamos de reconocer que si todos fuésemos exactamente iguales, procrearíamos de espaldas. El caso es que yo acepto la cuota femenina con la esperanza de que mi chica ponga de su parte el 50 por ciento de la energía que se necesita para cambiarle la rueda al coche.
Naturalmente, me preocupa mucho más la creciente sensación de que en una colisión de coches, la conductora del otro vehículo consiga la simpatía de un juez que me envíe a la cárcel por considerar que según la moda legal, el choque de mi coche contra el coche de una mujer constituye acoso sexual. Por eso en los nuevos matrimonios, además de separación de bienes, será interesante pactar separación de camas. Para que no haya malos entendidos, lo mejor será que tu abogado, amigo mío, se acueste con su abogada. Porque no tardaremos en caer en la cuenta de que la familia es una enfermedad de transmisión sexual.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Mártires de cantina - José Luis Alvite

Mártires de cantina - José Luis Alvite

..Si ves a un tipo apaleando a otro en la calle, lo humano es acudir en auxilio de la víctima. Eso es lo que hacemos la mayoría de los hombres sin pararnos a pensar en las consecuencias que pudiera traernos la espontánea valentía. Entonces puede ocurrir que el agresor huya ante nuestra presencia o que sea un tipo corpulento y agresivo al que no le importe incluirnos en la paliza. Cuando ocurre lo primero, dormimos como no recordábamos haber dormido en años, serenos y felices, rebosantes de eficacia y santidad, con esa calma ingrávida y sicológica que invade a los hombres cuando el miedo no les impide cometer la estupidez del martirio. Pero si ocurre lo otro y el tipo rudo y desaprensivo la emprende con nosotros, entonces lo natural es que pensemos que si lo humano era ayudar a la víctima, no hay duda de que lo inteligente habría sido cambiar de acera, pensando para nuestros adentros que los cobardes también suelen conciliar el sueño y que no hay nada que cause más insomnio que irse a cama abrazado al propio cadáver. Al margen de cualquier componente moral, el caso es que no hay que desestimar la cobardía como un acto de legítima salvación. Me dijo de madrugada un fulano en un garito que "razonablemente, un hombre sólo debe jugarse la vida para salvarla". Cuando era un chaval, el Régimen había extendido la idea de que el soldado español era el más valiente del mundo, capaz de salir adelante luchando en las condiciones más adversas, teniendo enfrente a un enemigo más numerosos y mejor armado. Franco atribuía aquel arrojo al sentido que los españoles tenían de la Patria, considerada entonces un alimento de primera necesidad que los comunistas estaban empeñados en arrebatarnos de la boca. La teoría no era muy consistente. Cualquiera podía darse cuenta de que en la Guerra Civil lo que le falló a la II República no fue su sentido más literario y civil de la Patria, sino el apoyo logístico. El bando azul estaba mejor pertrechado y funcionaban al máximo nivel no solo el pensamiento y la doctrina, sino algo que en la milicia de antes era casi tan determinante como la munición: la cantina. Muchos mitos del heroísmo militar se desinflarían como si tal cosa si la ciencia forense pudiese reconstruir el aliento de los héroes, en el que probablemente se detectarían una parte de fe, otra parte de espontaneidad y una sobredosis de carajillos. Dicen los analistas que la II República andaba sobrada de entusiasmo y de lectura, pero que nunca le funcionó bien la cantina, esa vieja institución en la que suelen urdirse de manera desigual y contradictoria el talento del artista y la cirrosis del viejo coronel al que su mujer le compra en la ferretería los pijamas con el correaje a juego. Esa crucial importancia del alcohol suele ser determinante en las grandes epopeyas nacionales. Cuando Hitler invadió Francia y se presentó de visita en París, el mundo se llevó las manos a la cabeza. Nadie podía creer que hubiese llegado tan lejos aquel tipo alucinado por el vicio de no beber. Fueron malos momentos para Francia porque los franceses, tan hospitalarios y tan gourmets, pueden entender que alguien les ocupe París, pero jamás le perdonarían que les jodiese la vendimia. Algún día se dedicará en la Historia un capítulo a reconocer la importancia que en la Resistencia Francesas tuvieron las tabernas. No se pude comprender el patriotismo francés sin aceptar que hay pueblos cuya idea del patriotismo consiste en mezclar en dosis adecuadas la Constitución y la carta de vinos, es decir, el Parlamento y la tasca, a oratoria y el chiste, hasta alcanzar, como en España, ese punto de lúcido heroísmo en el que un hombre necesita perder el sentido en la taberna para ganar la gloria en la guerra. No es mi caso. No tengo pasta de héroe. Bebo por placer, sin pensar siquiera en la remota posibilidad de salvar a alguien de una paliza. Yo solo bebo para poder llamarle bohemia a la cobardía. Ya tengo dicho que no me mueve ningún afán de posteridad. Entre otras razones, porque para meterse con una mujer en cama, la estatua es siempre más engorrosa que la ropa... 

martes, 4 de marzo de 2014

Martes de carnaval - Antonio Lucas

Martes de carnaval - Antonio Lucas
En aquella trilogía, Martes de carnaval, Valle-Inclán dio con el punto justo e inequívoco de lo que vino a ser el esperpento. En el esperpento no está la verdad, sino que ésta reside en sus acotaciones. Miguel Blesa es una acotación de la inmundicia financiera. Y, por tanto, hijo putativo del esperpento local. Un tipo que hizo números desde el imposible matemático, generando uno de las mayores desmadres financieros de la democracia. Un personaje entregado fieramente a la vida loca del hortera. Un estafador cobarde que hoy echa contra los suyos la mierda de las preferentes. Un récord del mal gusto. Un enchufado de Aznar con pase VIP en Génova. Un mentecato. Ahí lo tienen: Miguel Blesa saliendo de los juzgados como uno de esos trincones que, descubierto el pufo, ya no sirven para nada.
En su declaración ante el magistrado Fernando Andreu defendió el bestialismo de la estafa de las preferentes alegando que «un jubilado que cobra su pensión no es un ignorante financiero». Y tiene razón. Hay jubilados que saben bien de números. Pero hay muchos más que no saben. Esos son los trincados, junto a niños, analfabetos y discapacitados intelectuales. ¿Tampoco éstos son ignorantes financieros?
Valle es el Víctor Hugo español de la vanguardia (Umbral). No confundió la literatura con acostarse tarde y trazó un escrache de divinas palabras contra una realidad pringosa. Supo pronto que una sociedad acobardada y un periodismo frágil no pueden competir con la verdad. Y eso beneficia a tipos como Blesa, un escopetero con jeta de chulillo venido de fuera.

En este país casi todo transcurre como esperpento. Es normal en terruños donde el quietismo es hoja de ruta. La estampa de Blesa, el babilónico Rato, los políticos de turno y los sindicatos sentados a la mesa del consejo de administración de Caja Madrid es un cuadro muy completo, un Entierro del Conde Orgaz de tramperos. Gentes con gesto de despotismo y mal gusto beneficiados hoy de ese crimen social que es el olvido. Más esperpento. Ahora queda la duda metódica de pensar si la polaroid de la santísima recuperación, esa cara de Bélmez del 2014, incluye al señor Blesa (señor en funciones) en un Mercedes chiquito a la puerta del juzgado. O si alguien tendrá los huevos necesarios (jueces y demás) de meterle mano. Este tipo se lo ha montado muy bien con el apaño y el embuste, laminando los ahorros honestos de gente honesta con ese gesto de asco que tú bordaste en rojo ayer. Lo dicho: el esperpento.

lunes, 3 de marzo de 2014

Escritores con tacto y pegada - José Luis Alvite

Escritores con tacto y pegada - José Luis Alvite

... Nunca pude contestar sin vacilaciones a la pregunta de cuales son los autores que influyeron en mi manera de escribir. Podría intentar una alternativa de prestigio remitiendo mi inspiración a la novela negra americana, al desencanto de Fitzgerald, al toque greguerizante de Gómez de la Serna, remontarme a Ezra Pound o a la atmósfera sórdida y suburbial de Tennessee Williams, incluso al anárquico desaliño argumental de Baroja o las obsesiones lisérgicas y libertarias de Ginsberg, de Kerouac y de William S. Burroughs, por no citar la literatura de cañerías de Buklowski y esos textos de Hemingway de los que se dice que parecen escritos con la cabeza de un poeta bebido y las asfixiadas manos de un boxeador con una catarata de semen en cada ojo. Semejante confesión me daría un tono interesante con el que entrar carraspeando en las librerías y en las tertulias literarias, pero sería un infundio, entre otras razones, porque de muchos de ellos ni siquiera puedo escribir el apellido sin reforzar mi intuición con la ayuda de una enciclopedia. Si fuese sincero, reconocería que las influencias literarias me viene del cine más que de la escritura y que si hago cualquier observación sobre la marginalidad y el crimen, quienes guían mi letra no son en modo alguno Dostoievski, Steimbeck o Dos Pasos, sino Pepe Legrá, Pedro Carrasco y Ray Sugar Robinson, tres tipos sin muchas luces literarias en cuyas manos, no obstante, se combinaron de manera sublime la elegancia y la furia, el tacto y la pegada, es decir, los ingredientes de la literatura cuando la literatura surge como un trueno cuyo relámpago fuese el periodismo. Dicen que Hemingway era un enamorado del boxeo y que incluso probó suerte en el ring cuando era joven. Al fogoso reportero de guerra del Toronto Star le sobraban energías y al desistir del boxeo, las empleó en darse un atracón de vicios y de mujeres, y aprovechó estupendamente el excedente y las jaquecas para practicar un estilo literario que los críticos consideran directo, pelado y eficaz, rebosante de fuerza y de expresividad, sin caer jamás en el arabesco ni en la orfebrería, acaso persuadido de que el rasgo más expresivo del rostro de un hombre es la mirada de la mujer perpleja, ofuscada y astigmática que finge odiarle por amor. No me puedo permitir un juicio crítico sobre la calidad literaria del autor de París era una fiesta, pero como lo describen los estudiosos, uno tiene la sensación de que tratando a alguien como Hemingway, en mi caso no es seguro que pudiese comprender mejor al género humano, pero sin duda me resultaría más fácil entender el motor de explosión. En esto de las influencias, yo creo que el cine le está devolviendo a la narrativa los favores que esta le hizo anteriormente y que ya no sirve de mucho escribir algo que el lector no pueda percibir como si lo viese escrito a oscuras en la potásica luz de una pantalla. Por eso cuando los niños se portan mal en el colegio, un castigo ejemplar sería obligarles a leer La Regenta. Yo lo intenté media docena de veces y sólo me sirvió para perjudicar mis erecciones y amasar con torreznos la circulación de las manos. Ya sé que es un atrevimiento y una estupidez, pero, sinceramente, a mí la obra de Clarín me parece una novela escrita con las agujas de calcetar, como si el autor le hubiese dedicado a su obra el talento y las horas que mi madre, tan sensata, hubiese empleado en confeccionar unos leotardos para el gato y una bufanda para mi cadáver. 

Gente bajo par - José Luis Alvite

Gente bajo par - José Luis Alvite

Para ser sincero, son pocas las mujeres cuya sola presencia despierta mi curiosidad. Cuando eso ocurre, trato de imaginar su pasado, sus pensamientos y sus esperanzas, las circunstancia que ensombrece su mirada, como eran el rostro y la vida del hombre que le cambió para siempre el metabolismo y los pasos. Algo así me ocurre en contadas ocasiones. En la mayoría de los casos, cuando me fijo en una mujer, lo primero que me pregunto es cuánto me costarán sus copas. Me ocurre a mí y supongo que le sucede a cualquiera. No abunda la gente interesante con la que mantener una conversación en la que el último tema al que recurrir sean el vino, los quesos y aquellas canciones de Los Brincos cuya pésima calidad artística por sí misma habría justificado la fulminante disolución del grupo y la reclusión penitenciaria e incondicional de sus miembros. Cada vez que hablo por teléfono con mi querida Susana Pose y quedamos para tomar unas copas, jamás olvido advertirle que venga sola porque si acude acompañado de alguien cuya conversación me resulte frívola, reiterativa o pedante, no responderé de mi conducta y lo más probable es que al incómodo invitado se encargue ella personalmente de devolverlo a los corrales para su inmediata e irreversible conversión en carne de buey. Se acabó el tiempo de los cumplidos y del fingimiento. No me interesan las personas de cuya personalidad al cabo del tiempo sólo merezca la pena recordar su higiene y su ropa. No puedo malgastar el tiempo que me quede en repetir los errores del pasado, cuando subía a mi coche para un largo paseo a cualquiera de aquellos imbéciles a los que habría sido más sensato pasarles por encima con las ruedas y depositar luego su cadáver en el contenedor del cartón. Un ejemplo de todos ellos es C. Suponiéndole un tipo interesante, una de aquellas largas noches de tertulia le hablé de la muerte. Me llevé un desengaño del que tardé en reponerme. Aquel idiota sólo sabía de la muerte que era una cosa monótona. Y no fue el único. Por desgracia, abunda la gente de ese estilo. Sin ir más lejos, P., aquella señora que en una conversación sobre Schubert y Mahler, me interrumpió para confesar que a ella le parecía que Mahler ganaría mucho si se bailase con una letra de Perales, que, como se sabe, es un compositor que emplea en la escritura de sus canciones la técnica con la que en las Islas Baleares suelen hacer las ensaimadas. Quiero advertir que no se trata de una especie de estúpido elitismo para apartarse de tanta vulgaridad; en absoluto. Detesto aún más a los ilustrados que exhiben todo el rato su erudición y se saben de memoria la última literatura polaca y las dinastías chinas. Mis favoritos son los tipos de la calle que hayan llevado una vida distinta de lo que se entiende por una biografía confortable y académica en la que el mayor sinsabor sea la dichosa novatada salesiana en el colegio mayor. Es fácil tropezarse de noche con tipos presuntuosos que hablan encadenando frases y aforismos de otros sin interrumpir el entrecomillado para otra cosa que no sea darle un sorbo a la copa antes de continuar el agotador rosario cultural. De todo lo que sale por su boca, a veces tiene uno la sensación de que ni siquiera son suyas la dentadura y la saliva. También resultan insoportables los nuevos ricos, que en vez de contarte a Proust, te cuentan cada uno de los dieciocho hoyos que jugaron esa misma tarde en La Toja compartiendo el "green" y el "rough" con una pandilla de cardiólogos que tiraban del carrito de los palos con esa mezcla de resignación y profilaxis con la que arrastrarían hasta el sepulcro sus máquinas de diálisis los enfermos del riñón. "¿Tú no juegas al golf? ¡No me lo puedo creer! El golf es bueno para la mente y para la circulación, distiende el espíritu, abre el apetito y sirve de conversación. Te sentirías relajado como si practicases el drive con la batuta de Von Karajan". ..
Por lo visto, aquella misma tarde había hecho seis quilómetros golpeando la bola. Yo no dije nada al respecto, pero por mi actitud no tardó en comprender lo mucho que me gustaría que los siguientes cinco metros los hiciese sin pelota, sin palo y sin caddy para plantarse lejos de mí al otro lado de la barra. Ni a mí me supuso un esfuerzo ni a él le costó entenderlo. Sólo le dije algo que sirve para todas las personas a las que sólo me habría interesado conocer en el green de una capilla ardiente con motivo de su muerte: "Te lo diré de una vez para siempre: Detesto el golf. Detesto cualquier ejercicio físico cuya última consecuencia no sea el orgasmo. El esfuerzo deportivo no está hecho para mí. Lo siento, pero sólo podría interesarme en un deporte que se pudiese practicar en taxi y por escrito"...

Robocop, Ons, licor café y Andrés do Barro - Nacho Mirás Fole

Robocop, Ons, licor café y Andrés do Barro - Nacho Mirás Fole

No son horas, pero me escuece la conciencia si me meto en la cama sin pasarme siquiera a saludar. Hay que ver lo rápido que se acostumbra uno a prescindir de la quimioterapia, y eso que han sido 40 noches de entrega; se ve que lo mío con la Temozolomida no era amor verdadero. No te lloro, nena. Déjame, no juegues más conmigo; déjame, en serio te lo pido…
Después de un día familiar y amoroso de intendencia, disfraces, lavadoras y dientes de leche, vengo del cine de ver la versión 2014 de Robocop. Si vais -no os va a cambiar la vida, simplemente entretiene, que es de lo que se trataba- que no os acompañe un craneotomizado como yo. Cuando al inspector Murphy le abren el cerebro para ponerle las piezas que le faltan hay un pequeño defecto de guión que solo detectamos los usuarios avanzados: “Me sabe todo a manteca de cacahuete”, dice Robocop mientras el neurocirujano le manipula el lóbulo frontal del cerebro. No, director, no es ahí. Hasta donde yo sé, lo de los olores y los sabores, las mezclas, este tipo de sensaciones, son más del temporal derecho. Después lo arreglan mientras, operando en la misma zona, hablan ya del comportamiento, de la conciencia… En todo caso, lo mejor de la película ha sido la compañía: Anne Merkel, amiga, “proletaria de la feminidad y extraterrestre entre las streetstyle” (no dejéis de visitar su blog, AnneMerkel.org) y mi hermano mayor Fernando Varela (@fervabi). Empezamos la tarde con otra perspectiva pero, como he venido haciendo yo con el cáncer, improvisamos sobre un pronóstico malo y nos salió un reencuentro cojonudo.
He redescubierto el aroma y el sabor del licor café. Ya lo tengo fijado en el lóbulo temporal derecho para siempre y si se diera el caso de que me tuvieran que volver a quitar un trozo, que no sea este, doctores Allut y Prieto. No sé si a Robocop le instalarían en el sistema operativo los matices de los aguardientes y los destilados de Galicia pero, si no lo hicieron, hicieron mal. Conste que tengo permiso médico para, sin pasarme, mojar los labios al menos. Nunca he sido de beber, pero no le he hecho ascos a semejante poción mágica y la experiencia me ha gustado. El licor café es el pentotal sódico del pobre, el suero de la verdad de la clase obrera: mira que acaba uno largando después. Eso, más una Galiburguer, nos dejaron los cuerpos en estado de revista. Encima, los del Vilalúa nos amenizaron la cena con una canción que ni hecha a propósito: O Tren, de Andrés do Barro.
El tipo que nos cortó las entradas para la película iba maquillado -aquí vivimos el carnaval incluso estando de servicio- y tenía sobre la cara una cicatriz pintada: “La tuya está bien -le dije-, pero la mía mola más”. Humor negro señalando directamente a la interrogación rematada en titanio que me cierra el cráneo desde hace casi tres meses; la cremallera de las emociones; la marca de la casa. Si pita el en el arco de seguridad del aeropuerto ya os lo contaré.
Como hasta el jueves no dan sol -justo el día en el que volaré a Cataluña para echarme a secar una semana- voy a seguir tirando del cajón de los recuerdos, esta vez para regresar a la isla de Ons, un paraíso que no deberíais dejar visitar. El reportaje que viene a continuación lo publiqué en La Voz de Galicia del 2 de abril del 2012. Por si fallara el enlace directo, transcribo el texto en el que tuve que resumir lo que dieron de sí cinco horas inolvidables. Y al final, para que arranquéis el lunes con buen pie, al tren con Andrés do Barro. Gracias, Anne y Fer, me ha gustado oleros de nuevo. Gracias también a Xerardo y a Paula por el afecto que me habéis transmitido esta tarde; siempre me habéis caído bien.
Ánimo a todos con la semana. Haced del lunes, como cantaba Paloma San Basilio, otro sábado. Oremos, hermanos: A la una, a las dos… Ooooooooooonssss!!!
UN ROBINSON EN BUEU
(La Voz de Galicia, contraportada, 2 abril 2012)
Cinco horas en la isla de Ons
Nacho Mirás. Ons
Era un viejo sueño: patear la isla de Ons lo más desierta posible. Unos trabajos de mantenimiento en Casa Acuña me permiten acoplarme a los mecánicos y ser por unas horas un Robinson en Bueu. Fuera de temporada, en Ons solo viven tres matrimonios: Rogelio y María; Cesáreo y Victoria; y Chefa y Emilio. Ellos y el personal del Parque Nacional das Illas Atlánticas, el farero y unos operarios que están instalando una antena. Nadie más. Viajamos con la naviera Nabia, cómodos, en una lancha rápida que, en veinte minutos, nos aísla del continente. Manuel Antonio me susurra al oído: «Fomos quedando sós, o mar, o barco e máis nós…».
Camilo Pérez Otero, yerno de Cesáreo y de Victoria, les lleva víveres a sus suegros. Él nació en la isla hace 43 años, es un auténtico illán. «Non deixes de ir ao Burato do Inferno -me recomienda-, contan que un alumno da Armada foi escalar alí, e alí morreu. E, de praias, para min Melide é a mellor. Aquí, os ritmos son outros, e o mellor de todo no inverno e fóra de tempada é o silencio».
Desembarcamos sin novedad. Dejo atrás a la humanidad y, desde la zona de O Curro, zapatilleo con rumbo sur. Quiero llegar al Mirador de Fedorentos y al Burato do Inferno. La ruta sur tiene 6,2 kilómetros, un desnivel de 86 metros y el tiempo estimado para completarla, entre la ida y la vuelta, es de dos horas y media. Pan comido.
Voy pasando por encima de las playas de Area dos Cans, Canexol, Pereiró… Dejo las últimas casas a mi espalda y, armado de mochila y mapa, me transmuto en Dora, la Exploradora: «Camino, ladera… ¡Moooonte de toxos!». No tengo un mono que me acompañe, pero, cuando estoy a punto de llegar al mirador de Fedorentos, se me acopla un conejo insensato que ni me teme ni me huye. «¡Te llamaré Jueves!», le digo. Jueves me sigue a saltitos, se deja acariciar, husmea, sube y baja hasta que, de pronto, nuestros caminos se separan y él se pierde entre la maleza.
En el mirador, una gaviota de la Luftwaffe me caga en la gorra. Ahora, el fedorento soy yo. Al norte tengo A Lanzada y la península de O Grove; de frente, la vista abarca desde Marín a cabo Silleiro. América no se ve al oeste, pero está. Caminando hacia el Burato do Inferno, los tojos me rascan las pantorrillas. Las aves marinas lloran sobre el agujero en el que, según Camilo, se despeñó un militar. Me asomo lo justo, por si se me cae el alma. Completo el itinerario circular y el paisaje cambia, del acantilado agreste a la leira; es como recorrer una maqueta de Galicia entera, de Ribadeo a Tui. Me zampo dos manzanas mientras emprendo la ascensión al faro (hora y media la ruta completa) para regresar por la ensenada de Caniveliñas. Descubro un microhábitat acotado para insectos xilófagos; un sanatorio de termitas. Almuerzo en la zona de acampada. El viento me come la oreja y me despeina las servilletas. Siento tentaciones de perder el barco de vuelta y quedarme a fundar. Quizás en otra vida. Regreso crecido. Cinco horas en el paraíso.

Amigo Andrés do Barro, es tu turno. “Alguén pode ser que me espere na estación…” Sería bonito.