domingo, 23 de febrero de 2014

Las llaves del hospicio - José Luis Alvite

Las llaves del hospicio - José Luis Alvite

..Será que escribo esta columna alumbrado por la luz del crepúsculo, pero lo cierto es que no sabré despedirme para salir unos días de vacaciones sin que me pueda esa especie de inquietante congoja que me invade cuando me ausento de un sitio con la vaga sospecha de que al regreso nada será como antes de partir, que habrán cambiado inexorablemente algunas cosas y que habrán tenido que vaciar la piscina del colegio para recuperar el cuerpo sin vida del niño que quiso aprender a nadar en la diapositiva y silenciosa serenidad del fondo, donde sólo puede sobrevivir sin aliento el cadáver del agua; la misma congoja que te invade cuando te despides en el hospital del amigo solitario y enfermo, y nada más salir, te cruzas en la puerta con el sacerdote que le lleva en una mano la foto de sus hijos, y en la otra, la jodida trufa del viático. Se trata sin duda de una sensación estúpida y lo normal es que a mi vuelta todo siga como estaba, cada cosa en su sitio, las sillas en las terrazas, los novios unidos por la pulpa del mismo beso de entonces, y el Carrusel Deportivo, descontando el tiempo como un rosario entre las oraciones lentas y algo asfixiadas de los enfermos del pecho. A veces me angustio por nada. Me ocurrió siempre. De niño fingía no tener apetito para darle la merienda al migo más hambriento, y ahora que soy mayor, cada vez que alguien me cuenta una pena, me apresuro a confesarle un cáncer de colon que invierta en la conversación el curso de la piedad y cambie de su mano ala mía la tarjeta del marmolista y el handicap del enterrador. Siempre consideré arrogante la exultante felicidad del hombre sano y adinerado exhibiendo sin miramientos su fortaleza y su esperanza ante el tipo minado por la enfermedad o quebrantado por la miseria. Hay ocasiones en las que a un tipo como yo, la conciencia no le permite la sinceridad de un éxito sin que me apresure a quitarle importancia, como si se tratase de un éxito equivocado, un éxito en mal estado, es decir, como si se tratase de reconocer lo horrible que tiene que resultar ganar la carrera si en la meta te espera un podio armado con la madera de un féretro. Y así como hay gente que se quita años, a mi lo que me parece decente es quitarse méritos, de modo que si alguien elogiase un trabajo mío, me apresuraría a interrumpirle con un comentario sobre lo bien que le sienta a él la corbata, o a ella esos dos centímetros que tanto odia en su cintura. Uno no sabe muy bien para quien escribe, pero imagina los ojos de alguien que simpatiza con sus ideas, acaso con alguna de sus frases, alguien por quien valdría la pena salir de viaje con la esperanza de que a la vuelta sólo hayan cambiado las cosas que no valían la pena y que permanezca, en cambio, la mirada del amigo desconocido que le lee cada mañana, los ojos de la mujer que, por lo que sea, alguna vez sintió emoción, tristeza o el tardío resplandor de la belleza mientras leía lo que uno había escrito un poco a ciegas pero persuadido de que en la mesita de cualquier café se había sentado a leer este artículo alguien que, sin saberlo, es el motivo de que el columnista salga de viaje para sus cortas vacaciones con la angustiosa sensación de haber dejado en la estacada a un ser querido, a alguien en cuya sonrisa se redondea a veces la inesperada ocurrencia del escritor, la misma persona a la que, sin saberlo, en otras ocasiones uno probó a ponerle un nudo en la garganta para que sintiese el frío del alma al pasar distraídamente entre sus labios el sorbo caliente del desayuno. Por suerte para mí, estaré ausente unos pocos días. Y entonces volveré donde solía estar porque en realidad las cosas no cambian tanto como uno supone. Y porque a la chica que lee en la mesita del café no le hará daño que entre sorbo y sorbo le tiente la idea de echarle un vistazo a la columna del tipo áspero y sentimental que tiene de la vida la idea de una cosa a la vez hiriente y hermosa, como cuando los niños huérfanos de mi infancia se conformaban entre sueños con imaginar que eran las joyas de su madre aquel ruido de llaves en la puerta del hospicio...

La Monarquía en tiempos revueltos: el relevo en el horizonte - Casimiro García Abadillo

La Monarquía en tiempos revueltos: el relevo en el horizonte - Casimiro García Abadillo
La declaración de la Infanta Cristina, conocida en su integridad esta semana, no aportó nada sustancioso a la investigación sobre los delitos que atribuye el juez Castro a la hija del Rey y a su marido, Iñaki Urdangarin.
Para la opinión pública es difícil de creer que una mujer preparada, como es Cristina de Borbón, no se enterara de nada de lo que sucedía a su alrededor, que utilizara una tarjeta de crédito a discreción sin saber contra qué cuenta operaba, o que firmara documentos de Aizoon en barbecho.
Sin embargo, su equipo de abogados (Roca, el político; Silva, el técnico) está satisfecho con la declaración. La Infanta no se salió del guión, aguantó la presión que supone comparecer durante cinco horas ante un juez que impone respeto y que se conoce el sumario al dedillo, y no dejó ningún resquicio por donde colar el delito de blanqueo que, a todas luces, parece el más evidente para imputar a su comportamiento.
Las evasivas de Cristina de Borbón -en su disciplinada comparecencia ha demostrado un nivel que contradice su aturdimiento en relación a Aizoon, fruto del amor a su marido- dificultan el mantenimiento de la imputación y, aunque con la Justicia es muy arriesgado hacer apuestas, ahora la opinión mayoritaria entre las personas que conocen del caso es que el juez podría ahorrarle el banquillo a la Infanta.
Lo que sí hizo durante su comparecencia, no sabemos si consciente o inconscientemente, fue dejar a la intemperie a su marido. No pronunció ni una sola palabra que pudiera ser interpretada como disculpa o coartada al comportamiento de Urdangarin. La frase: «Confiaba en mi marido», suena a reproche a la luz de las tropelías cometidas durante años por un hombre que utilizó a la Casa Real para su enriquecimiento personal.
La opinión del fiscal, del equipo de abogados de la Infanta, e incluso de fuentes del Gobierno y de la propia Zarzuela coincide en una cosa: Urdangarin ingresará en prisión.
Tanto la decisión de imputar a la Infanta, como la de no hacerlo, así como la imagen de su marido ingresando en un centro penitenciario, serán otros dos baldones en el prestigio de una ya muy magullada Monarquía.
¿Tiene futuro la más alta institución del Estado en España? ¿Cuáles son los posibles escenarios que nos aguardan en los próximos meses?
Vivimos en una sociedad utilitarista. La Monarquía se convirtió en una de las instituciones más valoradas por unos ciudadanos que, en su mayoría, no se consideran monárquicos.
El Rey Don Juan Carlos adquirió una popularidad sin precedentes no ya en España, sino en Europa, como el «Monarca de la democracia».
Ahora, la Monarquía ha perdido el apoyo de la mitad de los ciudadanos. Un desgaste que tiene que ver con la falta de ejemplaridad que, en el caso de Urdangarin, ha alcanzado sus máximas cotas.
No creo que plantearse ahora un cambio de modelo de Estado, la implantación de una Tercera República, sea lo mejor para España y sus ciudadanos. La reforma constitucional en un asunto tan esencial, justo cuando el propio Estado afronta el reto del independentismo catalán y la posibilidad de que a éste se sume el nacionalismo vasco, sería una aventura tan arriesgada que podría terminar con la convivencia pacífica de la que ha disfrutado España desde la muerte de Franco.
No soy monárquico, pero creo que la Monarquía es ahora y será en el próximo futuro la mejor garantía para que España conserve su identidad y saque partido a sus enormes potencialidades.
Afortunadamente, ninguno de los dos grandes partidos, ni el PP ni el PSOE, se plantea otro horizonte.
Dicho esto, hay una realidad ineludible. El peor remedio para una enfermedad es ignorarla.
Hablaba de escenarios. Yo creo que en un plazo no muy prolongado, el Rey debería abdicar en su hijo, el Príncipe Felipe.
Es necesario pasar página. Don Juan Carlos, cuyos servicios a España han sido tan importantes como indiscutibles, fruto de la edad y de su mala suerte, no puede mantener ya una agenda como la que requiere su alta responsabilidad.
Al Rey, es evidente, le gustaría salir por la puerta grande. No marcharse en un momento en el que su popularidad está en los niveles más bajos de su reinado.
Es loable el esfuerzo que está haciendo Don Juan Carlos por mantener su actividad, por mejorar su imagen. Pero debería ser consciente de que el tiempo no corre a su favor.
La abdicación es una decisión personal del Rey. Debe ser él y sólo él quien decida el momento y la circunstancia. Pero, para España, el relevo sería bueno.
Don Felipe representa lo mejor -junto a la Reina- de la Casa Real. Es un hombre muy bien formado e informado, sin tacha, leal y profesional.
Es, en mi opinión, la mejor garantía de que la Monarquía puede recuperar el nivel de prestigio que tuvo durante muchos años.
Y no es una tarea fácil, precisamente. Hoy, la mayoría de los jóvenes consideran a la Institución como algo caduco y desconectado de un mundo en el que la meritocracia es la forma de alcanzar altos niveles de responsabilidad.
Pero el Príncipe podría hacerlo con un poco de ayuda de todos los implicados.
Hay rumores sobre sus desavenencias matrimoniales, pero díganme un sólo matrimonio que no las tenga.
Utilizar ese asunto como justificación para retrasar un cambio necesario es un argumento de lo más retrógrado.
Don Felipe, que vivió su niñez y adolescencia en el seno de una familia donde no se respiraba precisamente amor a raudales, quiso no repetir errores y por eso rehusó entrar en la componenda del matrimonio de conveniencia con una mujer de sangre real. Quiso casarse por amor, y lo hizo.
Ya en eso demostró que no es un heredero a la vieja usanza, sino que es un hombre de su tiempo.
Don Felipe es, sobre todo, un profesional. Ha sabido esperar y sabrá esperar. La cuestión no es la impaciencia-que no existe en este caso- para asumir la tarea que le corresponde por línea dinástica, sino que España necesita, ahora como hace cuarenta años, que la Monarquía juegue un papel dinamizador y ayude a serenar las disensiones separatistas.

Desde luego, desde EL MUNDO, vamos a mantener una posición respetuosa y leal hacia la Corona. Por ello, nunca ocultaré mi opinión.

La gente que llama - Salvador Sostres

La gente que llama - Salvador Sostres
Yo quiero ser una llamada perdida y no contestar nunca más. Los números que no conozco me dan una mezcla de miedo y asco y no quiero conocer a gente nueva. Me desespera la incertidumbre de cogerle el teléfono a alguien que no sé quién es.
Esta gente que llama sin conocerte es terrible. No me importa quién te ha dado mi número. Cuando te llaman y no sabes quién es, contestar es ir a buscar amor al lupanar.
Las nuevas tecnologías rompen la imprescindible estratificación y la necesaria separación de las clases sociales. Hay una jerarquía y olvidarla es suicidarse. No podemos ser tan accesibles y la derecha se basa en la distancia. Twitter es la mayor basura del siglo, como cuando llueve demasiado y rebosan las cloacas y las aguas putrefactas toman el asfalto.
Hay que empezar a desconocer a gente. Necesito que me despresenten a mucha gente antes de poder tener amigos nuevos. Higiene, higiene.
Rajoy tiene razón: "-¿No moverse es malo?". Es lo que le respondió al pobre Montilla. Somos conservadores porque somos inteligentes. Y somos inteligentes porque no nos movemos. Valentí Puig y Arcadi Espada. Valentí explica a Dios y Dios explica a Arcadi. 
Esta gente que llama, ¿por qué llama? No podemos contestar a números impredecibles. Sólo números seguros, sólo personas seguras, sólo conversaciones previsibles. Lo sorprendente causa estragos.
Quédate en casa, quiere a tu mujer, juega con tu hija, anochece con el anochecer y no te metas en más problemas que en los de tu astucia.

Tenemos mucho que perder y hay una sola verdad y muchas mentiras. Tú crees que puedes con todo pero el gran peso del mundo te acaba aplastando con su fuerza irreversible. Tú vida no puede ser más la llamada de un número desconocido. Somos regreso y la tierra no es baldía.

sábado, 22 de febrero de 2014

Wayne, Brando, Bogart, Cristo... - José Luis Alvite

Wayne, Brando, Bogart, Cristo... - José Luis Alvite 

No hay que ser un experto en cine para comprender que el ritmo de una película se pude conseguir con los movimientos de la cámara, eligiendo bien los cortes y los encadenamientos en la moviola del montaje o administrando con mayor o menor dinamismo la presencia y el comportamiento de los personajes en los encuadres. Pero hay también un ritmo que no viene de la técnica sino del papel y del lápiz, es decir, el ritmo que de donde procede es de la cabeza del guionista o del autor de los diálogos, dos personajes que pueden marcar el ritmo con sus ideas, un ritmo oral que se suscita en el brillo de las frases. En El color del dinero tiene ritmo la mirada de Pual Newman mientras sus ojos rastrean sin pestañear en primer plano las filigranas que Tom Cruisse ejecuta fuera de enfoque con el taco y las bolas sobre la mesa del billar. Ese plano sirve de paso para tranquilizarnos sobre nuestros fracasos personales. Paul Newman interpreta el papel de un jugador venido a menos pero en sus ojos azules es evidente que se produce un milagro de amarga supervivencia sólo reservada a unos cuantos hombres, a los tipos como él, a los fulanos de cuyos ojos azules la luz del éxito resiste hasta todavía varios días después de haberse esfumado de sus bolsillos. Newman se había formado en una escuela de interpretación en la que los muchachos del método aprendieron a mostrar una ira contenida, una inquietante furia emocional que los tipos como él y como Brando interpretaban encogiendo los hombros. En ..
Un tranvía llamado Deseo se nos da una vertiginosa sensación de lenta violencia que Kazan no narra a golpes, sino mostrando el plexo sudado de la camiseta blanca de Marlon Brando en aquel mórbido ambiente tórrido y lacustre. Estamos ante la brillantez de lo que podríamos denominar furia pasiva, aunque no tan pasiva como la desencantada furia que corroe las entrañas de los personajes de Mesas separadas, cuya acción transcurre en un aburrido hotelito inglés en el que el timo lo marca el ir y venir de la conversación dando saltos por la escena, como una pelotita de celuloide lastrada con un dado de caucho, la leve y discreta munición con la que romper la vidriera de la geométrica y teatral carpintería del set. Son dos claros ejemplos de ritmo emocional desbordando por fuera de la contención física y de las economía de gestos, el hallazgo perfecto y ejemplar que consiste en aprovechar en el caso de Kazan el impecable texto de Tennessee Williams sin introducirle otros cambios que los estrictamente necesarios para que no se note en la película la gubia del ebanista de Broadway. Se dan a veces juntos el ritmo físico y el ritmo verbal, la furia y la palabra, y entonces surge Scorsese y sale Uno de los nuestros, esa película en la que las criminales patadas de Pesci tienen el mismo endemoniado ritmo que sus frases. Pero también abunda el ritmo narrativo en el caso de que Charlie Chaplin se apodere durante largos minutos del primer plano para vaciar su filosofía y su busto, sin pestañear, en El Gran Dictador, causándonos la misma inquietud que si hubiere pronunciado su discurso a lomos del caballo desbocado de John Wayne. Naturalmente, Chaplin tenía el talento de los elegidos y era la clase de individuo capaz de sacarle cine a un tipo muerto boca abajo al fondo de un callejón oscuro. Sydney Lumet filmó en Doce hombres sin piedad una historia en la que los personajes sólo se ponen de pie para distender los riñones o para repartir el bajo vientre entre las piernas y la orina en la vejiga, pero cada vez que Henry Fonda corona una frase, a uno le entra la sensación de que no pasarán diez segundos antes de que escupa también el hueso. Y si Newman había administrado su mirada como si le estuviese dictando al taco de Tom Cruise la tiza azul para la juvenil joyería de sus carambolas, Bogart dosificó en Casablanca aquella especial manera de redondear las frases con el humo de sus cigarrillos, aquel humo cínico y literario en el que tantos aprendimos a fumar por escrito. Viejo, obeso y desolado, Marlon Brando seguía teniendo al final de su carrera un endemoniado ritmo pasivo, el remanente de aquella furia viuda y cincuentona de El último tango en París, la elegante furia en la que se mezclan el hastío, la ira y el cansancio, como ocurría en Cayo Largo, donde los lentos silencios en medio del espantoso calor moral hace presagiar el aliento de una de esas angustiosas películas de Coppola que mismo parece que las hubiese escrito Dios con un cigarrillo de marihuana en la boca mientras el relojero de Roma le da cuerda a la crucifixión de Cristo afinando el tacto en el lento y estresante diapasón de las mazas...

Los puentes de Mádison - José Luis Alvite

Los puentes de Mádison - José Luis Alvite

Muchas mujeres acataron con desencanto el amargo final de la historia de amor trasladada al cine por Clint Eastwood en Los puentes de Madison. Como al personaje de Meryl Streerp, a muchas mujeres el corazón les pide romper con todo y unir su destino al del tipo aleatorio y transeúnte, pero tampoco ellas dan el paso y dejan que se esfume para siempre la irrepetible ocasión de romper las normas, hacer caso omiso de la conciencia y emprender una vida distinta en la que incluso resulte excitante el aburrimiento. La Francesca de Los puentes de Madison está casada con un hombre honrado, trabajador y limpio, tres cualidades en las que se apoya la anodina eternidad de tantos matrimonios en los que con frecuencia se repiten la apatía, el tedio y la falsa pasión de la gripe. Por supuesto, también abundan los hombres resignados, incapaces de correr siquiera el riesgo de cambiar de casa su asco y sus errores. Muchos de mis amigos no son felices en sus matrimonios pero se resignan a la rutina de tantos años, aún a sabiendas de que el matrimonio es como un odiosa tarde de golf a la que le sobrasen el sombrero y la mitad de los hoyos. Evitan correr riesgos. No esperan mucho de la vida. En la duda de dar un paso equivocado, prefieren aferrarse a ese mundo pequeño e insatisfactorio en el que un hombre o una mujer se tranquilizan de sus jaquecas con la estúpida certeza biográfica de saber dónde están las aspirinas. El caso es que muchas parejas empiezan disfrutando con entusiasmo de los adolescentes momentos de arrebatadora pasión y cuando quieren darse cuenta, lo único que ambos tienen en común es la posibilidad de envejecer compartiendo el aspirador de flemas, la decepción y la dentadura postiza. Desconocen lo apasionante que resulta cambiar de pareja y de destino, correr alegremente el riesgo de equivocarte arrastrado por un impulso, por la chiripa de una corazonada, incluso tentado por el simple y literario capricho de leer tu nombre en el buzón de una mujer que no se lleve por la noche a cama la pomada para las hemorroides y los antibióticos recibos del seguro. En Los puentes de Madison la sencilla ama de casa de Iowa siente la tentación de abrirse a otros mundos y a emociones nuevas cuando Robert Kincade le roza la pierna al buscar algo en la guantera de su camioneta. Acaba de sentir el incipiente tacto de la libertad, la redentora atracción de lo desconocido, de algo que se sabe cómo empieza pero que raras veces se tiene idea de cómo puede acabar. Aquel tipo sintoniza una emisora de blues en la radio del coche y le ofrece un cigarrillo. En ese instante están solos en el misterioso cosmos de la camioneta del fotógrafo trotamundos. Fuera de allí, el resto del mundo sólo es rutina y una asfixiante cosecha de maíz cuya genital transpiración les humedece el alma y las ingles. Como no puede ser de otro modo, hace calor. El marido de Franny se ha ausentado con los niños a un concurso ganadero y a ella se le ocurre el cumplido de invitar al desconocido viajero a un té frío en casa. Y nos plantamos en un ambiente hogareño, con la penumbra de la cocina vagamente baldeada por la luz cereal y amarilla del campo. Francesca acepta que Robert guarde sus carretes fotográficos en la nevera y prepara una ensalada. En la vida de aquella mujer la última novedad interesante tal vez habría sido perder en verano los tres kilos de anestesia que hubiese engordado en invierno. También a él se le presenta algo distinto que no consiste en cambiar de hemisferio o de aventura, sino, sencillamente, en sentarse en una silla, darle un trago al té helado y sentir en el cuello de la camisa la mano cordial y costurera de una decente mujer de diario. Quien haya vivido algo semejante, sabrá de qué clase de emoción estoy hablando. No se trata de sexo, ni de una simple aventura, sino de algo a la vez apasionante y amargo. Se trata de la sensación de que ha empezado a ocurrir algo imparable y sin embargo efímero, uno de esos instantes de sublime belleza cuyo colofón sólo pueda ser el prodigioso fracaso de renunciar al futuro para mantener intacto el esplendor del pasado, como cuando uno renuncia al placer de la suculenta manzana a tiempo de no encontrarse entre los dientes la flaccidez del gusano. El amor suele resentirse cuando de su primavera ya sólo queda en el suelo el esqueleto de las flores y cuando el hueco de la mandolina sólo sirve para guardar el membrillo del polvo y las cuerdas rotas. Que Robert y Francesca saldasen su historia con un fracaso, fue seguramente lo mejor que pudo ocurrirles. Por un amor convencional e interminable, seamos sinceros,... por el amor reiterativo y numerario de un hombre trabador, decente y limpio, amigo mío, ninguna mujer sensible y soñadora se habría arreglado para gastar el dinero de las esquelas en la taquilla del cine... 

jueves, 20 de febrero de 2014

Cadáveres sanos - José Luis Alvite

Cadáveres sanos - José Luis Alvite

Ahora que la lucha contra el tabaco entra en su recta final, me pregunto cuanto tiempo pasará antes de que los políticos prohíban las películas con humo por si pudiesen ser inductoras del vicio de fumar. A lo mejor hay que conectar a lo televisores un deshumidificador que convierta a Bogart en un pulcro detective libre de vicios, una especie de investigador del Insalud, privando a Sam Spade y a Philip Marlow del encanto de sus flaquezas, sobre todo el encanto de la flaqueza del tabaco, que en algunas de aquellas películas del cine negro ocupaba en la pantalla más espacio que las flores, la ducha y las sales de baño. A los gobernantes se les ha metido en la cabeza privarnos del derecho al error y de la tentación de los vicios, que fueron siempre el recurso de lo pobres y de los parias para olvidar su ignominia envolviéndola en humo o metiéndola en alcohol. Por lo visto se trata de que vivamos más tiempo y con mejor salud, por nuestro propio bien, dicen, pero sobre todo porque un hombre saludable sale más barato que un hombre enfermo. Es tradicional que los políticos traten de demostrar su autoridad imponiendo decisiones a menudo impopulares, como la decisión de abaratar la vida no precisamente bajando los precios de las cosas, sino suprimiendo los placeres, cuando no las cosas mismas. Hitler sintió siempre el delirio de una raza superior y saludable a la que se llegaría mediante una selección genética, que es algo que por ahora no se les ocurre a nuestros políticos, satisfechos momentáneamente con la posibilidad de crear una raza de la salud a la que en vez de llegarse por el análisis de sangre, se llega por la depuración del aire, aunque el día menos pensado surgirá alguien que proponga la prohibición de las caries, con lo cual habremos alcanzado esa saludable jovialidad de los jesuitas, que sonríen todos del mismo modo, con la misma profiláctica blancura, con esa sonrisa colectiva que es como si compartiesen la dentadura postiza. Antes quien se metía en la depuración del hombre eran los curas, que te andaban en la conciencia y en el alma, te reprochaban los vicios pero en vez de una multa te ponían una de aquellas penitencias que de niños recitábamos alegremente de corrido como si fuesen la pedrea de la Lotería de Navidad. El riesgo de ir al infierno era menos inquietante que la posibilidad de acabar en la cárcel, que es lo que te espera ahora si no pagas una de esas millonarias multas con las que se va a castigar la odiosa infracción del fumador, ese tipo perverso, insalubre y criminal, gente como yo, todos cuantos nos preguntamos si en caso de guerra nuestros muchachos podrán llevarse el tabaco en el petate o va a resultar que también el frente de batalla es un centro de trabajo en el que los únicos vicios permitidos sean el gas mostaza y la conversión de los vómitos en paté de cerdo. ..
Habremos de andarnos con cuidado, no sea que enfermemos de cosas que están mal vistas por esta asfixiante modalidad de Poder farmacéutico y policial. El día menos pensado se cuela en nuestras casas el inspector de vicios y nos decide las tentaciones y la dieta. Después comprobarán si caminamos cada día lo que conviene caminar para ser un tipo agotado pero sano. A continuación nos escogerán el pijama con el que habremos de ir puntualmente a cama. Y cuando queramos darnos cuenta, muchacho, esos viciosos de la salud nos habrán escogido también los sueños. Estamos perdidos, amigo mío. Al paso que vamos, sólo nos podremos morir por prescripción facultativa. Cuando parecía que ya todo estaba descubierto, ahora resulta que acabamos de inventar el cadáver sano, con lo cual la gente en vez de morirse de cáncer de pulmón, se morirá rebosante de salud. Dentro de un par de siglos, incluso el Holocausto será recordado como un lejano problema de humos...

Bragas de alpaca - José Luis Alvite

Bragas de alpaca - José Luis Alvite

Dice Luís Tosar que se ha cansado de ser un "actor social" y que no le importa abrirse a nuevas posibilidades, aceptando incluso que le paguen en dólares un papel sin carga ideológica en Corrupción en Miami, algo que antes habría considerado una claudicación ante los depredadores y ominosos contables del Imperio, un simple soborno, algo inconfesable que sólo podría tener la disculpa de haber caído estúpidamente en una tentación de la que tendría que comprometerse a salir convenientemente escarmentado. No es nada nuevo. Otros le precedieron con decisiones parecidas. Javier Bardem depuso su odio a Hollywood cuando los reaccionarios académicos de Bell Air le invitaron a participar en la gala de los Oscar como aspirante a premio y ahora trabaja a las órdenes de Milos Forman, que rueda sus películas en dólares. Todavía late en el aire la hipocresía nacionalista de Isabel Coixet, que hace películas españolas con protagonistas norteamericanos a los que se ve "obligada" a doblar al castellano, algo que tantas veces se apresuró de repudiar cuando lo hacían otros. Uno ya no tiene edad para creer que reclutase a Tim Robbins por un puro e higiénico ejercicio de afinidad ideológica, sino con la natural esperanza de que el prestigio del actor estadounidense le ablandase la tradicional resistencia de las taquillas de Nuevas York, de Chicago o de Los Ángeles al cine de habla no inglesa. Amenábar lo había hecho antes con el rodaje de Los otros y nadie dijo nada porque al público español, de la posible tesis de su película lo que de verdad le importaba a priori era lo cachonda que sale Nicole Kidman incluso arropada en la penumbra con la luz de una vela. Nadie le hizo la menor objeción al bueno de Amenábar. Actuó a su aire, siguiendo sus propias convicciones, pendiente exclusivamente de la calidad del trabajo, ajeno al peso de ese irrespirable nacionalismo español tan en boga en nuestro cine. Recuerdo haber repetido en dos ocasiones el visionado de Te doy mis ojos para disfrutar de la fuerza y de la convicción que le infunden a su personaje Luís Tosar, un intérprete al que confieso haber repudiado un poco a la ligera, seguramente porque me resulta insoportable esa dejadez instrumentalista de tantos de nuestro actores cuando se prestan a mezclar el altruista lenguaje del cine con el interesado idioma de las pancartas. Supongo que es ese el motivo para que Tosar proclame su hastío y se decida a dar un paso lejos de aquí, como lo dio en su día Antonio Banderas para no ser víctima de ese costumbrismo almodovariano que lo convierte todo en semen y batas de cola. Tosar es un actor maduro con la valiosa mirada cinematográfica de alguien que se guardase rencor a sí mismo. El mercado norteamericano es duro, competitivo, casi cruel, pero en Hollywood manda el dinero, y el dinero, muchacho, el dinero es una cosa ciega y sin banderas que sabe que los dividendos no se consiguen de las ideologías, sino de las ideas. Alatriste va a llenar los cines con una historia rebosante de violencia y de emociones, un asunto de soldados, arrogancia y amargura que sale a competir en taquilla sin un solo céntimo de subvención oficial, sin más apoyo que el talento de Pérez Reverte, la sensibilidad del director Agustín Díaz Yanes y con la certeza de que a una idea nada le sienta peor que su conversión en doctrina. Ayer encontraron muerto a Glenn Ford en su rancho de Beverly Hills. Rodó cerca de noventa películas y le dio a Rita Hayworth en Gilda una de esas bofetadas que los amigos de Tosar habrían censurado como "violencia de género". En El tren de las 3.10 estuvo memorable como vaquero, un papel que le encumbró en la década de los cincuenta, cuando a nadie le importaba que John Wayne, Jimmy Stewart o Alan Ladd tuviesen la misma ideología que sus caballos. Avala a Luís Tosar el aspecto recio y contenido de los tipos duros de antes y creo que habría sacado adelante cualquiera de aquellos papeles tan masculinos y tan encantadoramente maniqueos en los que las frases eran del mismo marfil del que estaban hechos los dientes de Carrol Baker y los besos de Burt Lancaster. Hace bien Tosar en poner los pies al otro lado del mar. De quedarse aquí, enfrascado en este cine gremialista y palanganero, sólo le permitirían imitar la bofetada de Glenn Ford en el rostro almodovariano de una señora con la mirada estrógena y sodomita de Miguel Bosé. Reconozco mi error. Fue injusto con él. Ahora sólo falta que tenga suerte y que triunfe en Hollywood, un sitio en el que cada vez que se equivocan, ruedan Casablanca o Cayo Largo, dos de esas películas que salieron bien porque a nadie se le pasó por la cabeza la estúpida idea de hacer el casting en las ocho primeras filas de una manifestación atestada de marxistas con delantal y escoltada por un piquete de señoras con las bragas de alpaca y con los huevos sudados... ..

miércoles, 19 de febrero de 2014

Noticias del maestro Alvite - Nacho Mirás Fole

Noticias del maestro Alvite - Nacho Mirás Fole

Qué alegría llegar al servicio de oncohematología del Hospital Clínico Universitario de Santiago de Compostela y encontrarme con mi amigo y maestro José Luis Alvite, compañero de letras y de cáncer, autor de la frase que encabeza este blog desde hace muchos años. Ya dije en su momento que, por no tener, ni siquiera tengo la categoría de sus enfermedades, aunque lo que la oncología ha unido no lo separa ni Dios. Pero encontrarme a Alvite en la antesala del oncólogo, los dos de una pieza, enteros y verticales, ha sido uno de los mejores momentos de estas cinco semanas de tratamiento. La conversación fue más o menos así.
Yo-¡Alvite, hostiaaaa!
Al: ¡Nachiño! (Abrazo de oso)
Yo: Qué alegría verte, tanto tiempo sin saber nada de ti.
Al: -He estado muy mal. Ni siquiera he sentido ganas de escribir ni de hablar por teléfono. Y escribir un día para no hacerlo después… no sé, me parece una estafa. Han tenido que cambiarme la quimio. La que me metían me estaba dejando la sangre como la de Urdangarín: del montón.
Yo: Mucha gente me pregunta por ti, muchísima. Si quieres digo que me he encontrado con un hermano tuyo y que me ha dicho que estás mejor.
Al: No hace falta, diles que estoy mejor, que me has visto.
Qué momentazo. Los que lo conocéis sabéis que Alvite habla como escribe, desde las tripas, como hace Mari Carmen con doña Rogelia pero sin pañoleta. Por eso, cuando se fue un momento a las salas de tratamiento a que le quitaran una cañería y regresó a la recepción en busca de su mujer me preguntó: ¿Has visto por ahí a mi viuda?
-¡Está llorándote en el baño!
Si todo va bien nos veremos pronto en un decorado más nutritivo y menos terapéutico. Sirva solo esta introducción de mensaje de alivio autorizado y oficial a los miles de seguidores de José Luis; lo he visto con vuestros propios ojos. Alvite, el tipo que ha escrito renglones sabios como ese que dice que el amor “es algo complejo que empieza cuando conoces a alguien cuyo cuerpo parece que llevase años preguntando por el tuyo”. Dios con gafas. Nos volvimos a abrazar pero sin extendernos, temerosos de que por la megafonía empezase a sonar El vals de las mariposas tocado por la Banda Municipal.
De nuevo he vuelto a pasar los análisis del martes con nota. Así que completada línea, seguimos para bingo. El 28 de febrero dejamos la churrería, paramos tres semanas y después volvemos con la química ampliada y en ciclos: 5 días de drogas, 23 de descanso. El Vaquillla hacía al revés, pero no le fue bien; nunca se le dieron bien las cuentas.
Después de la sesión de fotones de hoy, con el maestro Jesús a la sartén, Montse ha sido la enfermera encargada de restaurarme la oreja derecha con esa masilla sódica de ácido hialurónico que es el Jaloplast Gel. “A la que salga el sol -me recomendó- te pones crema factor cincuenta”. Te haré caso.
Como la mañana se ha alargado y no me ha dado tiempo a comer en Fonseca, que es lo habitual, he acabado en un restaurante de categoría internacional que tiene sucursales en todo el mundo: El Burger King de A Senra. Los neurocirujanos Prieto y Allut se llevaron también en su palangana, rencorosos ellos, el recuerdo olfativo del Whopper. ¿Y sabéis que no me ha disgustado nada redescubrirlo? Yo soy más del Churras-King, pero para entretener al hambre…
Sigo saludando a nuevos viejos amigos. Y me encanta hacerlo, así que por mi parte que no quede. Creo que nos vamos cargando las baterías los unos a los otros y siempre salgo del hospital con más corriente de la que entré. Gracias.
El depósito de la energía lo acabé de llenar por la tarde en casa de Benedicto García, que ya es un poco como la mía; a veces hasta confundo a sus nietos con mis propios hijos. Y no sé si fue la radiactividad o qué, el caso es que acabé tocando la gaita electrónica y cantando a dúo con Uxía en un sofá de piel verde. El cáncer tocaba la pandereta, el muy cabrón. Y no lo hacía mal. No, si cuando digo que tengo quizás el tratamiento oncológico más entretenido de España tampoco creáis que exagero…
“Uxía Senlle y un atrevido
El miércoles me adelantan la fritura a las diez menos diez. Y después, como cada semana, a recorrer media ciudad con la mierda del parte de baja. Un día me rebelo y no voy, veréis. Y que emita la Seguridad Social una orden de busca y captura, que la incluiré en la versión encuadernada de mis obras sanitarias completas. Burrocracia española y de la JONS.

Los minutos musicales de esta noche son para mi amigo, mi maestro, mi Alvite. Ismael Serrano le compuso una canción y yo sigo suspirando siquiera por un bache dedicado. Ojo a la letra, porque aunque canta Serrano, el que habla es José Luis. Hay gente que nace en sábanas de seda y otros, qué quieres, nacen para ser trapos. Buenas noches desde la trastienda del Savoy. Y recordad: “El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre” (José Luis Alvite). No olviden supervitaminarse y mineralizarse.

El entrecot - José Luis Alvite

El entrecot  - José Luis Alvite 

Por motivos de trabajo, por un estúpido compromiso social o por un simple capricho femenino, he cenado centenares de veces en restaurantes y por más vueltas que le doy, lo cierto es que en raras ocasiones me sentí a gusto. Si me apetece el menú, me disgusta la música, y cuando la música se adapta a mis expectativas, encuentro demasiado caluroso el ambiente, o tengo la impresión de que el camarero me mira con ese inconfundible celo profesional que ponen los camareros cuando te parece que por un inexplicable error se les mete en la cabeza que tienes una factura pendiente en el local. También me descolocan esos entrantes sofisticados y cremosos que suelen acompañar la presentación de la carta y que nunca sabes si son para untar en el pan o se trata de un adorno vistoso e inútil, algo que más vale no tocar por si suena un timbre. Después se presenta el camarero para tomar la comanda y se inclina discretamente para escuchar las instrucciones, aunque por su modo de acercar su cara a la tuya parezca que intenta coquetear. Fuera de carta te sugiere unas cuantas cosas que sólo te atreverías a comer con un diccionario en la mano. Mi alternativa es la de siempre. Algo seguro, una cosa conocida, igual que pedir una aspirina en una farmacia: "Le agradezco la sugerencia, pero me tomaré un entrecot". Me acompaña una mujer delgada, así que el camarero cree anticiparse con la inteligente solución para su aire místico: "¿La señorita prefiere un lenguado a la plancha? ¿Tal vez una lubina a la espalda?"... Y todavía le queda una oportunidad para mejorar el arqueo de caja: "Tenemos unos camarones de la ría, no muy grandes, pero recién traídos del mar... son auténtico cristal"..."Se lo agradezco, pero ella se tomará esa lubina a la espalda y a mí me trae usted el clásico entrecot". El camarero se retira con un rictus de educada rutina, llevándose aquello tan sofisticado y tan cremoso. A mí que los camareros se contraríen no me gusta nada. Me siento obligado a aumentar el pedido hasta que resplandezca la sonrisa en su rostro, pero eso sería una estupidez comparable a la soberana estupidez de pedir en la gasolinera más combustible del que cabe en el depósito del coche. Entonces vuelve el camarero. "Perdone el caballero, ¿el entrecot, al gusto, muy hecho, ...menos hecho?"..."Que no sangre; sobre todo, que no sangre". ¿Será eso suficiente para que acierte con el punto del entrecot? ¿Habría sido preferible darle más detalles? No me gusta la carne pasada de plancha pero en un restaurante suele ser muy arriesgado pedir un entrecot poco hecho. "Que no sangre" es una indicación intermedia que no deja las cosas del todo claras. Puede no sangrar y estar casi crudo y puede no sangrar y estar curado como una maleta. En los restaurantes tendrían que disponer de un vampiro para ayudarte en el dichoso punto de la carne. Yo este asunto del entrecot cometo siempre el educado error de dejarlo al criterio del camarero, que por lo general resuelve el dilema con un entrecot que no sólo sangra, sino que mismo parece que esté pidiendo a gritos un torniquete y la presencia del sacerdote. Entonces dudo si requerir al camarero para que lo devuelva a la cocina para un segundo pase. A mi acompañante no le parece en absoluto una buena idea. Las mujeres raras veces se quejan en los restaurantes. Creen que no es elegante rechazar algo o cambiar de idea. "No seas ridículo. El entrecot es así como se toma, con un poco de sangre". "De acuerdo, nena, pero es que este entrecot no sólo está crudo, sino que en cualquier momento se nos mete en la conversación". El camarero observa a lo lejos nuestro debate y se busca la excusa de servir agua para intentar una mediación. "¿Lo encuentra de su gusto? ¿Prefiere tal vez que le demos otra vueltecita?". Mi idea es aceptar la sugerencia: "Es evidente. Este entrecot sangra demasiado, caballero. Casi podría habérmelo traído usted con un gotero en una ambulancia?"... Naturalmente, me contengo. Mi respuesta es la de siempre, una estúpida mezcla de elegancia y cobardía: "No, que va, ¡por Dios!, está en su punto, exactamente como a mí me gusta el entrecot, hecho con naturalidad, sin exceso de plancha, porque el entrecot lo que tiene es que si lo pasas demasiado, se pone seco, duro y curtido, y entonces, ¡que demonios!, entonces, en vez de un entrecot, parece un ciclista".....
Al final de la cena invariablemente procede pedir la cuenta. Y aquí es donde el camarero prescinde de la adorable esgrima de sus modales, renuncia a su estudiada gentileza y se ciñe escrupulosamente a lo que diga la caja registradora, sin un ápice de compasión, a sangre fría, como si al solicitar la factura le hubieses faltado al respeto. Sería la primera vez que al pedir la cuenta, el camarero me pregunte si la factura, como el entrecot, la quiero poco hecha...

Periodismo - José Luis Alvite

Periodismo - José Luis Alvite

Para un tipo como yo el día empieza nada más anochecer. Es entonces cuando se abren las flores de la morgue. Me dijo de madrugada una fulana: "De día te enamoras, pero de noche, amigo, de noche aprendes posturas". Cuando yo empezaba en esto quise citar a un matón para una entrevista. Le propuse a la seis de la tarde. Entonces aquel tipo me miró un segundo y me dijo: "Joder amigo, a la seis de la tarde me partes la mañana". A veces es noche a media mañana. Hay tipos muy ricos para los que es noche desde la infancia. Lo sé por el hijo de un importante editor de prensa. Fue él quien me dijo no hace mucho: "Desde mi infancia recuerdo que mi padre sólo me abrazó una vez. Es el peor recuerdo de mi niñez. Mi padre salía de viaje y me abrazó con una maleta en cada mano". El periodismo es algo que incluso puede ser hermoso. Dicen que es muy sacrificado, duro, competitivo y mal pagado. Es probable. Pero es más duro ser niño en Somalia. Además, ahora el periodismo se ha convertido en un trabajo como de gestoría. En las redacciones de los periódicos ya no se juega al póker ni se prende un cigarrillo con la colilla del otro. Ya casi nadie fuma en los periódicos. A veces me quedo mirando a los compañeros de la redacción y creo que resulta más apasionante, más sórdido y más vivo el ambiente en cualquier servicio de diálisis. ¿Dios santo! Muchos de mis compañeros han cogido el vicio de no fumar. Tampoco hay periodistas de madrugada en las calles. Se vive de la nota oficial de la policía, del parte médico o de lo que te contó el peluquero, que es el último periodista de verdad. No animo a nadie a ser periodista. La gente es libre de elegir sus propios vicios y sus fracasos. En realidad el periodismo no es lo que era. Se ha llenado de hipocresía y vanidad. Ya no es como yo lo entendí. Pienso a menudo sobre ello y llego siempre a la conclusión de que el periodismo ha dejado de ser la disculpa más hermosa para volver tarde a casa.

Una puerta con "caddy" - José Luis Alvite

Una puerta con "caddy" - José Luis Alvite 

Apurarse mucho y descomponer por ello la figura, no es elegante. Tampoco resulta elegante que te tiren los trajes en la sisa o que te hagan ruido de oboe las narices al sonarte los mocos, como no es en absoluto elegante que una disculpa sea más larga que la impertinencia que la causa. Hay una elegancia moral, que sale de la caligrafía, como ocurre con Antonio Machado, y una elegancia genealógica y estética, como la de José Luis de Vilallonga, que viene con la placenta y se redondea luego con dinero en una buena sastrería. La liquidez influye mucho a la hora de procurarse una apariencia elegante, pero no lo es todo. Al mafioso Capone no le cerraban las manos con tanto dinero como amasaba con ellas, pero jamás fue un tipo elegante, porque es obvio que no puede ser elegante un hombre en cuyas frases el argumento más contundente suele ser un bate de béisbol. Sudar es una cosa deportiva y vitalista, la palmaria demostración del esfuerzo físico, del calor o del miedo, pero tampoco el sudor resulta elegante. En cuanto a la liquidez de la que hablaba más arriba, incluso resulta contraproducente cuando el tipo que presume de elegante alborota el corrillo de las copas para adelantarse a saldar la factura. Un tipo verdaderamente elegante no sólo no forcejea para pagar la ronda, sino que incluso se contiene para no caer en la vulgaridad de la ostentación. Mi amigo C.C., que es sin duda un hombre elegante, no sólo evade con su ascetismo de rico el momento de pagar la cuenta, sino que consigue que sus acompañantes sientan el voluptuoso placer de pelear por invitarlo. Naturalmente, mi admirado C.C. se conduce en la vida con un aplomado dominio de cualquier situación y jamás denota un estado de ánimo extremo, ni para bien, ni para mal, como si nada de lo que ocurre a su alrededor le concerniese. Será por eso que tampoco suda. C.C. se prueba las camisas en ese estado de relajada indiferencia con el que suele comportarse siempre. Supongo que si desiste de pagar las copas es porque las sisas le tirarían al estirar el brazo de los pagos. Por otra parte, no es en modo alguno un simple hombre con liquidez, ni un rico del montón que vaya por ahí sobrado de escandalosos gestos monetarios, nada de eso; mi amigo C.C., como es ecléctico y elegante, lo que tiene no es liquidez, sino "cash flow", algo que en otro hombre con menos clase, en vez de dinero, parecería una enfermedad del pecho. Si C.C. jugase al golf, la dichosa bola se la metería en el jodido hoyo con sus dientes el aristotélico y elegante perro con el que, si además fuese cazador, enseñaría a volar a las polvorientas perdices del trigo. Yo creo que si se pusiese malito, a C.C. las placas de tórax se las haría el sastre que le prueba las banderas al mástil magro y desalado de la Santa Sede. Hay en los tipos elegantes algo trascendente y misterioso que los vuelve inmunes a la vulgaridad ambiental. Tienen a su favor una especie de aura incólume, una belleza intangible que siempre resulta ilesa ocurra lo que ocurra, de modo que si les cae a la salsa del plato la miga de pan que pretendían mojar, la mancha de la salpicadura acabará con toda seguridad en la camisa de cualquier comensal, pero jamás en la suya, que sólo admitiría excepcionalmente la exquisita mancha documental de Fred Perrys. Lo sé gracias a mi familiaridad con C.C., que cada vez que rompe con una señora, él se vuelve soltero y ella se convierte en viuda. Por eso cuando se pasa de copas y tiene dificultades para dar con la puerta camino de la calle, uno tiene siempre la sensación de que en estos casos, lo que necesita "El Corzo" no es un portero, maldita sea, sino un "caddy". 

martes, 18 de febrero de 2014

El currículum - David Torres

El currículum - David Torres
Hubo un tiempo en que nuestros padres pensaron que teníamos que estudiar para hacernos hombres de provecho. Era un mecanismo psicológico de compensación por el cual intentaban remediar la desgracia de haber crecido en una época en que la lectura del catecismo equivalía a un doctorado en Química. Intentaban rehacer el pasado con el futuro, una empresa loable pero destinada al fracaso y mucho más en España donde el futuro se escribe en pretérito perfecto. Apurados, muchas veces tirando de ahorros, nos pusieron a empollar una carrera y a revestirnos de títulos para hacer frente al mercado laboral.
Hoy, por desgracia, sabemos de sobra que la cultura puede ser un lastre y un serio inconveniente a la hora de conseguir trabajo. La cultura es como un exceso de grasa corporal, que no sirve para nada más que para cargarla a cuestas. Incluso leer libros está mal visto. El otro día oí en una reunión a alguien que se jactaba de que no había leído una novela desde el instituto y casi lo sacan a hombros del bar. Más de uno lee filosofía en el metro, ocultando el libro debajo de un Marca desplegado o de una revista pornográfica, para disimular.
Con este panorama a la vista, no es de extrañar que nuestros políticos presuman de analfabetismo, de fútbol y de poco más. A Ana Botella, alcaldesa por herencia genética, le colocaron un currículum en un folleto que consistía en una sola línea que remitía a una dirección en una página web, una maniobra parecida a la de intentar envíar una lavadora por paloma mensajera. El día en que se puso a hablar en inglés ante el COI, el traductor de google presentó la dimisión. En cuanto a nuestros presidentes, se ve que casi todos ellos han estudiado idiomas en casa, mediante el procedimiento de chapurrear canciones en un idioma conjetural ayudándose de una raqueta de tenis en lugar de una guitarra. Jose Mari farfulla un poco el inglés, José Luis denigra el francés y Mariano hace gárgaras en español.
Juan Manuel Moreno se ha enfadado un poco porque le habían inflado el currículum de titulaciones estrambóticas, cuando él sabe de sobra que en esto de la política española menos es más, muy poco mucho y nada la hostia en verso. Le faltó tiempo para apartar a los ayudantes, quita, quita, y cuando se puso a corregir su currículum él solo, por poco se queda sin goma de borrar. Al parecer, es licenciado en Protocolo y Organización de Eventos, algo imprescindible para irse de copas en la Feria de Abril. El hombre se está esforzando mucho en hacer frente a Susana Díaz, la rutilante estrella del PSOE que se sacó la carrera de Derecho en diez años sólo por no abandonar la biblioteca de la facultad. Si estos dos son lo mejor que nos pueden ofrecer los dos partidos mayoritarios, lo que hay por debajo de ellos en las listas debe de ser algo así como el reparto de Porky’s y Desmadre a la americana pero bañado en pescaíto frito y vino de Jerez. Elegir entre Díaz y Moreno para el gobierno de Andalucía va a ser como elegir entre la tuna y una chirigota de Cádiz.

Todo cambia - Nacho Mirás Fole

Todo cambia - Nacho Mirás Fole

Y aquí está otra vez, en víspera de martes, el dueño del astrocitoma anaplásico grado III más cacareado de la oncología española. Hoy lo he sacado de concierto; si no lo mato por desgaste, al menos que se desahogue. Tuvo una buena oportunidad esta noche mi cáncer en la Casa das Crechas, escuchando la digitopuntura de los bretones Jacky Molard (al violín) y Jean Michelle Veillon (a la flauta travesera). Nunca hasta hoy había entendido en toda su extensión el sentido de la frase “Jódete y baila”. Encima, hijo de la gran puta, te he regado con Superbock negra sin alcohol y ahora te voy a dar tu ración diaria de Temozolomida para que la goces. No me extraña que te quieras quedar a vivir; si yo fuese el tumor de un fulano que no para, que te pasea, te fríe, te droga y te relaciona, tampoco querría irme, que hace mucho frío afuera. Recuerda de todas maneras, Casiano, que el martes nos toca control. Hay que evaluar con el especialista y con los residentes la bioquímica de la semana pasada; chutarse otra vez la vena paa una nueva analítica; hacer cola en farmacia… y empezar a despedirse de la churrería atómica, que solo nos quedan nueve sesiones y las vamos a echar de menos. Después te llevaré de vacaciones al Mediterráneo con todos los gastos pagados y verás cosas que jamás creerías. El sol, por ejemplo, ese desconocido. Es como los fotones que nos meten todos los días pero en formato industrial.
Hoy, justo ante de que me atornillaran la cabeza en el acelerador lineal, he descubierto una excoriación detrás de la oreja derecha, un pequeño problema de carrocería. No tenía pensado presentarme a Miss Universo, pero jode y pica. Aunque me echo cremas como me mandan, la radiación hace su trabajo. ¿O por qué pensabais que cuando empieza la coreografía radiactiva todo el mundo menos yo abandona la sala? No es cobardía, es sentido común. Isabel, la enfermera de Radioterapia, me ha untado un ungüento que se convierte con las horas en el film transparente con el que suelo envolverle los bocadillos a mis hijos y que sirve para sujetarme el alerón y proteger la quemadura. Niki Lauda, amigo, me pongo en tu pellejo.
Reitero las gracias a todos los que me ponen el ánimo por escrito, a los que me paran para darme las gracias… Que te den las gracias por vomitar pensamientos y salpicar con tus vísceras a todo el que esté delante acojona. Ya dije hace unos cuantos capítulos que, a veces, tengo la impresión de que el pleno municipal acabará dedicándome una rotonda. Señor alcalde: me conformo con un bache.
Desde que tengo lo que tengo se me ha incrementado la nostalgia de los lugares y de las personas. A los sitios voy, pero todavía tengo ganas de recuperar el olfato de algunos seres humanos que han sido especiales en 42 años de recorrido y que dejaron de sintonizar mi frecuencia. Recordad que mi memoria olfativa fue a parar a una palangana esterilizada el 12 de diciembre y que cada día vuelvo a oler a los amigos que fueron lo mismo que he tenido que volver a oler a mis hijos por primera vez. Pero aún tengo mucho disco duro virgen.

Voy a acabar con una canción de Mercedes Sosa que, en mi situación, tiene muchísimo sentido. Se la tomo prestada a una de esas personas que hacen que todo este horror tenga sentido. Así como todo cambia, que yo cambie no es extraño. (La letra al final). No os acostéis tarde y, si podéis, no os acostéis solos.

España en su laberinto - Javier Carballo

España en su laberinto - Javirt Carballo
David Trueba, recién encumbrado al pedestal de los cineastas españoles, sólo tuvo que elegir una frase para meterse en el bolsillo a todos sus colegas de la gala de los Goya. Ni Wert, ni Rajoy, que todo eso son minucias, a fin de cuentas, para lo que iba a proponer el director premiado. Lo que hizo David Trueba fue contarles a los presentes una experiencia personal, única e irrepetible. Cuando rodaba su película en Almería, en uno de los días de descanso, se fue a pasear en coche por la provincia y se detuvo en una gasolinera. Mientras le ponían el combustible, en el silencio de aquel descampado, sólo se escuchaba de fondo el zumbido constante de una radio, con una sucesión de nuevos casos de corrupción.
“España es el país más rico del mundo”, irrumpió el gasolinero. Con cara de sorpresa, Trueba se volvió hacia él, con alguna respuesta banal que sólo trataba de superar el momento. “Hombre, verá usted, no sé… Tanto como el más rico del mundo…”. Y fue entonces, cuando el gasolinero se lo explicó: “Sí, verá, España es el país más rico del mundo porque llevan 400 años robando y todavía no se ha acabado el dinero”.
Hubo carcajada general y aplausos. Gestos de asentimiento. Y fue curioso porque en aquel teatro estaban reunidos profesionales del cine, gente culta, sensible, bien formada por lo general, demócratas, que reaccionaron de la misma forma que lo podrían haber hecho un grupo de palurdos o una pandilla de nihilistas fachorros. Lo cual nos lleva a la conclusión inmediata de que en España basta decir que “los políticos roban” para que todo el mundo esté de acuerdo. Tanto si se trata de un auditorio cualificado o de una reunión de analfabetos, la respuesta siempre será la misma.
En España basta decir que 'los políticos roban' para que todo el mundo esté de acuerdo. Tanto si se trata de un auditorio cualificado o de una reunión de analfabetos
Pero, por qué ocurre. Quiero decir que, cualquiera que se detenga un momento, cualquiera que analice desapasionadamente lo que ocurre, admitirá que, aun en momentos tan críticos como los que vivimos en España por tantos casos de corrupción, es un despropósito descomunal decir que aquí “todo los políticos roban”. La corrupción política es un grave problema en España, sí; y se trata, además, de un vicio transversal, que atraviesa a todos los partidos. También. Pero el objetivo común de un gobernante en España, de cualquier gobernante, no es robar.
Tan obvio resulta que hasta escribirlo parece ridículo. Tan evidente como que son miles de personas las que se dedican a la política y sólo unos pocos, cien, doscientos, los que han sido condenados por corrupción. Entonces, por qué. ¿A qué se debe el desprestigio de la política en España?
Cuando estalló la Guerra Civil, un historiador británico que se había enamorado de España, Gerald Brenan, se puso a escribir un ensayo sobre nuestra historia para intentar explicarse el carácter del español. El libro, titulado El laberinto español, tiene dos prólogos que nos retratan, aún hoy, como sociedad y, directamente, nos conducen a la explicación del desprestigio de la política en España. Tanto tiempo después, la mirada de Gerard Brenan podría explicarnos muchos comportamientos de hoy.
Como el aldeanismo que aún nos invade: “España es el país de la ‘patria chica’. En lo que puede llamarse su situación normal, España es un conjunto de pequeñas repúblicas, hostiles o indiferentes entre sí, agrupadas en una federación de escasa cohesión”. Como la exasperación por la burocracia farragosa, castrante: “La larga y amarga experiencia que los españoles tienen del funcionamiento de la burocracia les ha llevado a subrayar la superioridad de la sociedad sobre el gobierno, de la costumbre sobre la ley, del juicio de los vecinos sobre las formas legales de la justicia”.
Si los españoles despotrican de la política es porque la historia les ha enseñado a desconfiar de la política. Generación tras generación han visto frustradas sus esperanzas por un mal gobernante
Como el sectarismo de la política, la imposibilidad de coincidir en el interés general: “En otros países, el respeto al Estado pudiera haber actuado como influencia moderadora. Pero en España, ni un solo partido abrigó nunca ese sentimiento”. En definitiva, la zancadilla permanente a nosotros mismos: “En sus mejores épocas, España es un país difícil de gobernar. Las mismas causas que han hecho de los españoles el pueblo más vigoroso y humano de Europa, les han condenado a largas etapas de estancamiento político y de inoperancia”.
¿A qué se debe el desprestigio de la política en España? La peor respuesta, la más desalentadora, es que, en realidad, este desprestigio no es coyuntural, sino estructural. Si los españoles despotrican de la política es porque la historia les ha enseñado a desconfiar de la política. Generación tras generación han visto frustradas sus esperanzas, en algún momento, por un mal gobernante. Ese es nuestro laberinto, la desconfianza asumida, casi genética, que se recarga como las pilas con cada caso de corrupción o de inoperancia política.

Ya en 1681 el embajador de Venecia en Madrid, Sebastiano Foscarini, lo tenía claro: “El Gobierno de España es el más perfecto que pudieron imaginar los antiguos legisladores, pero la corrupción de los tiempos ha ido llenándolo de abusos. (…) Se diría, para terminar, que aunque los españoles tienen ingenio, capacidad y medios suficientes para restaurar su país, no lograrán hacerlo; y aunque son enteramente capaces de salvar su Estado, no lo salvarán porque les falta voluntad de hacerlo.” Más de tres siglos después, el gasolinero de Almería, asentiría: "¡Exactamente, todos roban!".

lunes, 17 de febrero de 2014

Lévame, Moraima - Nacho Mirás Fole

Lévame, Moraima - Nacho Mirás Fole

He visto gente sana caminar mucho menos que lo que he andado hoy yo enfermo. Salió el sol y la avenida de Castelao de Vigo parecía una manifestación que iba dejando a su paso un rastro de escamas y moho. Me he pasado de los veinte kilómetros y le he gastado las aceras a Abel Caballero, que si se entera de que vivo en Santiago igual me lo hace pagar. Es broma, alcalde, que yo nací en el Xeral y me asiste el derecho de usufructo. He visto Vigo con otros ojos, pero ahora estoy derrengado. Si no me saco al cáncer de encima con tanto paseo, al menos lo cansaré. Igual se aburre y se pira a la cabeza de alguien que lo sepa valorar. Hoy ha tenido suerte, que lo he puesto mirando al mar con las Islas Cíes al fondo. Me voy a la cama pero saludo, que sé que hay quien se preocupa si no encuentra novedades. Mañana, si eso, ya os cuento la carta de mi primo Carlos Mirás (por delante y por detrás), trabajador del Hospital del Meixoeiro, explicándome cómo de pequeño le diagnosticaron un ojo vago, no lo trató a tiempo y acabó extendiéndosele por todo el cuerpo, por eso ahora, como dice, está hecho “un vago de carallo”. Eso es metástasis y lo demás son hostias, Carliños. Nostalgia, familia, buena compañía… ha habido de todo este sábado y este domingo. Acabo de meterme media farmacia y me voy a dormir la mona de la quimio como el yonki de la Temozolomida que soy. Empieza la quinta semana de física y química. Ahora, antes de que os acostéis, le dais al play del vídeo, escucháis a Ana Belén cantando sobre la música de Milladoiro y seguro que mañana os levantáis con otra cara. Os pongo la letra en gallego y en castellano. La dedicatoria la envío por telepatía a través de la antena de titanio que llevo atornillada en la cabeza. Si te llega ya me lo harás saber. Lévame, Moraima. Mañana más.

Ojos en unas piernas de mujer - José Luis Alvite - (Diario 16)

Ojos en unas piernas de mujer - José Luis Alvite - (Diario 16)


El sexo no vale la pena, muchacho, si al terminar en la cama sólo te preocupa buscar un sitio en el que escupir los pelos. Lo de Mónica Lewinsky con Clinton no fue exactamente un prodigio sexual, sino una degustacion, un arrebato , simple gula .Probablemente la consecuencia más placentera obtenida por la becaria de la Casa Blanca haya sido la especulación editorial .A Bill le salvó que su esposa es un ser objetivo y profesional que sabe que entre el presidente y la becaria lo único que hubo fueron unos pocos bocados a hurtadillas y que el asunto careció de alicientes emocionales .Bill tenía que soltar presión y se limitó a sustituir el squash por unas cuantas felaciones.No se trato' de una relación mental sino de un problema de cañerías. De una sexualidad así a menudo lo único que queda son unas cuantas manchas , un pasajero escozor y un problema de conciencia cuya superación no necesita un sacerdote sino un bar. Hay una vida sexual superior que excede de lo puramente carnal y compromete nuestros sentimientos. Unas cuantas personas tienen acceso a esa exquisita sexualidad en la que además del cuerpo intervienen la música, el lenguaje, la pintura, una sexualidad en la que el placer se obtiene al margen de la hidráulica.  Conocí mujeres en quienes surtia más efecto un poema de Lorca que dos martinis bien secos.No se trata de casos aislados .La mujer es especialmente receptiva a los mensajes sensibles, a las emociones superiores , al arte , lo cual explica que sea sobre todo femenino el público de películas como "Carrington" y mayoritariamente masculino el patio de butacas cuando lo que se ofrece es "Rambo".Ellas reaccionan a la poesía , al paisaje, a la luz, a la melodía; Los hombres son más proclives a la excitacion del carro de combate y del fusil de asalto.La mayoría de las mujeres que conozco se conmueven con la voz de Antonio Gala ; sus parejas , con las declaraciones de Manglano.Entre Dora Carrigton y José. Luis Corcuera hay la misma distancia que entre un abanico y un Cetme. Cada día creo menos en las zonas erogenas de las mujeres .No sucumben por frotacion , como dijeron nuestros padres .La estimulación por rozamiento queda para nosotros , simples bestias cuya sexualidad obedece a los mismos impulsos calóricos que la soldadura autógena .Donde más efecto le hacen a la mujer las manos de un hombre es en el teclado de un piano.A menudo se paralizan si les pones la mano encima antes de tiempo. Lo que esperan de ti es que tus labios les den una buena excusa para dejarse llevar. Y una buena excusa puede ser un nocturno de Chopin, algo de Lorca o simplemente , ese patético rostro de Van Gogh en el que mismo parece que acabase de mear Dios. En no pocos casos , con eso es suficiente. Ni siquiera te necesitan .Puede ocurrir incluso que sólo esperen que sigas a su lado para ayudarles a buscar las medias, sólo para eso.Ellas lo hacen todo.Son completas .Alcanzan la plenitud por sí mismas , recordando un texto , reconstruyendo en la cama con su tacto las facciones de un busto o, sencillamente , creyendo que el idiota hay a su lado sería capaz de estarse quieto mientras ella revienta por dentro y cruza las piernas para atrapar entre ellas el hermoso dolor de vientre que se les pone cada vez que sintieron la inenarrable sensación de estar a punto de orinar los obstétricos ojos homosexuales de Oscar Wilde.

domingo, 16 de febrero de 2014

Mujer al óleo - José Luis Alvite

Mujer al óleo - José Luis Alvite
A veces cuando me vence de madrugada el cansancio y ya solo hago planes para no reaccionar, me quedo mirando sin ahínco el rostro a deshora de una mujer y desando con la imaginación sus rasgos hasta dar con la decantación del retrato impresionista del que podría haberse derivado la imagen en la que me entretengo. Entonces se reproduce el resplandor del óleo en la luz que divaga casi a tientas por la pista del Corzo, y aunque el ambiente está desierto, puedo ver suspendidas en la pérgola del humo de mis cigarrillos las figuras que pintó Renoir en "El almuerzo de los remeros", uno de esos cuadros cuyos trazos a mi siempre me parece que pertenecen a un tiempo dulce y venial en el que el calor estaba de paso en el fuego y no había un solo lunes que no cayese en domingo. En una ocasión me ensimismé mirando el rostro de mi amiga Rocío González, que es una meridional mujer de yodo, y la imaginé paseando al óleo con los pies desnudos por la sémola amarilla de una playa, arbolando en azul la espuma con la vela de su paseo, como una infusión de luz desleída en medio palmo de agua, mientras la marea se anudaba en un lento oleaje amarillo con delicada resaca de blonda azul. Ella estaba entretenida en algún pensamiento y yo no le dije nada porque pensé que podría estorbarla y también porque no quería perderme lo que estaba ocurriendo en el interior mi cabeza. ¡Cuanto me habría gustado retratarla en su elegante descuido! ¡Que envidia sentí al evocar las manos lúcidas, coloristas y narrativas de Renoir, de Edgar Degas, de Claude Monet, de Sislley, de Van Gogh?! Pero recuerdo las pinceladas de su rostro aterido por una ausencia a medio camino entre el cansancio y la incertidumbre, plisado por el reflejo de una persiana que deletreaba en el confín de la tarde la fruta deshuesada de su mirada y la luz de la calle; y su belleza impresionista diferida en el tiempo; y aquella sonrisa en la que no sabría si cavilaba la esperanza, remitía la ilusión o aguardaba agazapada, como un anzuelo de sirope, la firma dócil, remota y acostada de Auguste Renoir. Durante la presentación de "Humo en la recámara" me preguntó por qué la miraba como sin fijarme en ella. Yo estaba algo confuso y si no recuerdo mal, no le dije lo que sin embargo creo que le confesé: "Ahora sé en qué pensaban los pintores impresionistas descreídos cuando contemplaban a sus modelos. Hay quien dice que aquellos tipos a las mujeres les soltaban con sus trazos las ataduras emocionales y hacían que con la pintura se les desenlazase en su rostro el bramante amarillo del alma, como si destejiesen con una lezna la paja de su sombrero. Puede que eso fuese cierto, pero, ¿sabes?, yo he mirado con calma tu cara y creo que lo que asoma al rostro de algunas mujeres no es la luz concreta y minuciosa de lo que piensa, ni la piel de sus sueños, Rocío, sino el remoto resplandor boreal en el que resulta la fisonomía femenina cuando la realidad corre por su rostro y lo deja sereno como si acabase de sofocar el calor llevándose con las manos al rostro dos palmadas de agua azucarada, oleosa y taciturna". Ella siguió a lo suyo en silencio, con la sonrisa encallada y la mirada entornada en elegantes cuclillas. Y yo tampoco le dije entonces lo que ahora sin embargo recuerdo haberle dicho: "Me gustaría tener en mis manos de escribir el tacto cansado del Renoir escéptico y tardío. Porque lo que veo en ti no es solo un rostro agraciado y ameno, amiga mía, sino los rasgos casi hablados de una mujer que en los pinceles del pintor vería pasar la vida desovada en sus ojos, con las manos diezmadas por el peso anátida de un abanico, con un sorbo de luz en la sonrisa y el rostro hermoso, cansado y descalzo".

Campo con cometas - José Luis Alvite

Campo con cometas - José Luis Alvite

Todavía se conservan intactos frente a la casa en la que nací los prados verdes con vetas arboladas a los que iba de niño a volar la cometa. Lo hacía con los otros niños al llegar la primavera, en días como estos, en un tiempo en el que en el río Sar el agua tenía la fonética parvularia del vidrio, los gorriones volaban subidos en las palomas y en la sabiduría popular aun no había cuajado la mitad de los refranes. El vuelo deficiente de la cometa fue mi primer disgusto existencial, el comienzo de una larga sucesión de fracasos que con el tiempo desembocaron sin remedio en el tipo escéptico que soy ahora.
Alguien me había dicho que si lograba que mi cometa subiese más alto que las de los otros niños, al recogerla con la caída de la tarde me encontraría estampado en sus colores el autógrafo antibiótico de Dios. Fue un horrible fracaso a medio camino entre la teología y la aeronáutica. La tarde se prestaba, pero mi cometa era la única que el viento devolvía todo el rato al suelo, así que recogí los trastos, regresé muy triste a casa y mientras me vencía el sueño decidí que mi próxima cometa la haría con la página de las esquelas del periódico y la echaría a volar en el aire póstumo, flaco y estricto de la soledad del cementerio.
Al llegar Difuntos pretendí llevar a cabo mis planes, pero desistí al ver todos aquellos sepulcros llenos de ángeles, de lucernarios y de flores, como un camping en el que los clientes aguardasen el paso del carrito de los helados, echados sin prisa en sus tumbonas. No habría estado bien perturbar con mi cometa obituaria la paz penitencial y geométrica de aquel lugar tan cartesiano, en el que a mí me parecía que los difuntos estaban acostados sosteniendo sobre el crustáceo de sus pechos el torso exhausto de sus cometas de mármol, como póstumos paracaidistas del subsuelo, conteniendo estupefactos su reseco aliento de leña, ateridos de lívida y encerada seriedad cinéfila, acaso expectantes por si en cualquier momento los fuese a recorrer por dentro, como una luciérnaga, el tibio prurito de la luz rutinaria y serosa del acomodador del cementerio.
Regresé a casa derrotado por las circunstancias, vencido por la desesperanza, consciente de que mi única opción sería echar a volar la cometa en el agua transeúnte del río y esperar a que el texto de las esquelas acabase estampado en el lomo colegiado y apócrifo de las truchas. Por la noche me senté desnudo en el borde de la cama, deshice la cometa, la arrugué en una pelota de papel y la dejé sobre la alfombra. Al despertar por la mañana vi un texto de hormigas que iban y venían a la pelota de papel. Deshice la pelota y planché con una mano sobre el suelo la hoja del periódico. Estaba en blanco, sin rastro de las esquelas. Y armé de nuevo mi cometa con aquella misma página y me fui con ella al campo frente a la casa en la que nací. Soplaba una brisa suave. Las cometas de los niños parecían impresionistas flores de amianto volando sobre un prado de hule verde guateado con nubes azules y amarillas que se iban hacia el río Sar esquilándose como ovejas al óleo en las viñetas de los árboles. Inesperadamente aumentó el viento y se llevó lejos de mi alcance la cometa. De todo aquello quedó apenas en mi mano el puñado de hormigas necrológicas y editoriales con el que firmo –con estupor, amargura y nostalgia– el final sin brisa de una columna en la que atardece para siempre el escabeche de aquel cielo con cometas del que quedan apenas el alias de la luz, el miriñaque de la brisa, el guiñol del aire… (A mi sobrino Nacho) 

Periodistas... ¿o niños de papá? - Jacobo G. García

Periodistas... ¿o niños de papá? - Jacobo G. García

Más de 20 periodistas viajaban en un avión de emergencias de la AECID Los periodistas habían tomado como base de operaciones el aeropuerto. Prefieren trabajar al amparo de sus gobiernos que enfrentarse a la realidad. Aquí no hay desabastecimiento y la comida se puede comprar en las calles. Eso sí, a precios disparatados pero asumibles para quien paga en euros. ¿Se puede llegar a un terremoto con maleta de ruedas? Sí. ¿Puede una revista que dedica su última portada a los maquillajes más sorprendentes y a las joyas que vienen para este año enviar a un periodista para la cobertura? Sí. ¿Puede llegar alguien a la zona más devastada del planeta sin agua, comida ni un teléfono en condiciones? Sí.

¿Puede la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional y Desarrollo) llevar a más de veinte periodistas dentro de un avión de emergencias? Sí. ¿Puede un periodista ponerse a llorar cagado de miedo nada más poner un pie en Puerto Príncipe al verse rodeado de negros? Sí, y ¿puede el ministro de Exteriores buscarles casa a todos los periodistas para que trabajen con "plena seguridad" cuando sólo ayer hubo tres réplicas y ni la policía ha sido capaz hasta ahora de tomar el control de las calles? Sí, y no sólo eso si no que Juan Pablo De Laiglesia, secretario de Estado para Iberoamérica, tuvo que perder un día entero en cumplir la orden del ministro, en medio de un desastre de estas dimensiones. Y además de todo eso incluyan ustedes a una estrella de la televisión nacional convertida en la mayor mosca cojonera de cuantos han pasado por ahí.

El jueves por la noche, junto a muchos otros informadores de todo el mundo, llegó la orden de los marines de EEUU para que la prensa abandonara las instalaciones del aeropuerto de Puerto Príncipe, que los periodistas habían tomado como base de operaciones para realizar su trabajo. En los últimos días en el aeropuerto desembarcaron miles de efectivos estadounidenses cargados hasta los dientes, los aviones militares aterrizaban cada pocos minutos y el material de emergencia corría de forma frenética por la pista pero paseando alegremente en medio de ese desmadre aparece siempre algún periodista. Y fumando.

¿En algún aeropuerto del mundo alguien permitiría una situación así? Pues aquí en Puerto Príncipe así sucedía hasta el jueves. Hasta que fueron expulsados del aeropuerto. Pero no sólo la prensa española sino los periodistas de medio mundo como era lógico.

Pero los periodistas no tienen toda la culpa no, si no que la tiene un paternalismo estúpido que hace que un señor de Moncloa tenga que aterrizar para ver si estamos bien. Aquí no hay desabastecimiento y la comida se puede comprar perfectamente en las calles, eso sí a precios disparatados aunque perfectamente asumibles para un señor que paga en euros. Así que no hay necesidad de ir a robar por la noche (sí, robar por la noche) la comida traída desde España para los equipos de rescate. Tampoco hay violencia, salvo saqueos puntuales, lógicos en estas circunstancias y la electricidad no se ha ido nunca. Pero no, muchos periodistas preferían vivir bajo el cobijo de la gallina de la AECID antes que enfrentarse solos a la una ciudad destrozada de la que lo desconocen todo.

Y aprovecho para adjuntar un artículo de Arturo Pérez Reverte, que lo explica todo mejor que yo:

"Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario 'Pueblo' los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse. Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto.

Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al Ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá 'de sirios y troyanos', oí decir el otro día. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí imagínense cómo se agobian éstas y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa."

Arturo Pérez Reverte

Nada que perder - Salvador Sostres

Nada que perder - Salvador Sostres
Lo peor que nos puede pasar es la gente que no tiene nada que perder. Pagamos impuestos para que incluso los más desgraciados tengan algo que perder y ése es nuestro antídoto contra el caos. Lo peor que nos puede pasar es caer en manos de la muy minoría muy ruidosa y muy desesperada.
Porque aunque siempre tengamos algún motivo para quejarnos, y siempre las cosas podrían andar mejor, vivimos flotando en el bienestar y rodeados de privilegios. Nuestros servicios sociales recortados son mucho más completos que los que tuvieron nuestros padres y abuelos, que nunca se quejaron porque estaban acostumbrados a trabajar y a pagarse sus gastos.
Hay gente con que se ha quedado verdaderamente sin nada. Pero mucha menos de lo que parece: son de hecho una ínfima minoría. Y que les ayudemos si podemos -siempre si podemos, y nunca por obligación, sino por compasión y para evitarnos  males mayores- no significa que tengamos que dejarnos llevar por su dinámica iracunda y desesperada. 
Los demás, la inmensa mayoría de los que tanto reivindican y tan mal dicen estar, tendrían que pensar a qué médico van ellos y sus hijos, y a qué colegio, y calcular la extraordinaria diferencia que hay entre lo que pagan y lo que cuestan estos servicios en realidad. ¿Crees que no tienes nada que perder? Trata de imaginarte la intemperie, aunque no creo que puedas, de lo bien que has vivido siempre.
Una cosa es que papi no te compre la pelota esta tarde en el parque y la otra que pases hambre. Lo peor que nos puede pasar es la gente que no tiene nada que perder, y la destrucción terrible de sus arrebatos, pero lo más cínico que últimamente hay que soportar son estos quejicas de pancarta y red social que han crecido pensando que todo se les debe y que nunca aprendieron a dar las gracias.
Vivimos en la parte afortunada del planeta. Si no hubieras abusado tanto de nuestra gran generosidad, probablemente no habríamos conocido este descalabro. Si más que a vivir del dinero de los demás te hubieras acostumbrado a trabajar, ahora no te parecería todo tan extraño, ni tan trágico. Pero en fin, aquí estamos. Aquí, no en Uganda. Aquí, con todo o casi todo pagado. Piénsalo la próxima vez que quieras proclamar el fin del mundo. Piénsalo la próxima vez que sientas el impulso de salir a la calle y sembrar el caos. Haz un minucioso inventario de tus días y recuérdalo bien cuando la propaganda socialista te tiente y quieras creer que no tienes nada que perder.

Lo peor que nos puede pasar es actuar como los desgraciados que no somos, y cargarnos este sistema pese a todo robusto y resistente, y que nos cuida y nos protege. A los que nada tienen procuraremos darles algo, siempre y cuando no nos arrasen con su rabia y su impotencia y acabemos todos como ellos, sin nada ya que poderles ofrecer.