domingo, 8 de junio de 2014

Recuerdos del silencio - José Luis Alvite

Recuerdos del silencio - José Luis Alvite
Tuvo conmigo la paciencia de un monitor de autoescuela. Fue él quien me enseñó a moverme por la noche en los peores ambientes. Una madrugada me dijo: "Llevas poco tiempo en esto, hijo. Es natural que todavía receles y en serio te digo que no tendrías que sorprenderte si descubres que aún tienes miedo. En realidad un hombre no puede decir que se ha hecho con el ambiente hasta que lleva cinco meses sin manchar el calzoncillo con las heces de la fabada. Como me dijo en cierta ocasión un matón que trabajo para mí, la conciencia es aquí la parte más insensible del metabolismo de las grasas. No hay en la conciencia de un hombre un solo remordimiento que dé olor. Es cuestión de temple, ¿sabes? Mírame a los ojos. Me preocupé de anotarlo en un almanaque que aun conservo en la oficina del club: No parpadeo desde el 14 de noviembre del 83. ¡Seis años si parpadear, hijo! Podría atravesar una tormenta de arena con los ojos abiertos. El año pasado fui al tanatorio a ver el cadáver de mi padre. Puede que no lo creas, pero el cadáver de mi padre parpadeaba más de lo que había parpadeado yo en los cinco años anteriores. ¿Y sabes por qué no parpadeo, hijo? Pues no parpadeo porque cada vez que un hombre baja un párpado, con seguridad se pierde algo que puede que no sirva para mirarlo, pero que con seguridad valdrá la pena recordar". Le pregunté entonces por qué se resignaba a perder de vista las cosas que ocurrían a su alrededor mientras dormía. Reconozco que no me espera aquella respuesta: "Soy humano, hijo. Cierro los ojos para dormir. Sin embargo, no pierdo detalle de lo que ocurre alrededor. Es fácil: cada vez que me duermo, sueño que estoy despierto, que tengo los ojos bien abiertos y que, por supuesto, no parpadeo". A mi amigo lo mató al poco tiempo un cáncer de colon agravado con un disparo en el estómago. Los muchachos de la morgue no fueron capaces de cerrarle los ojos al cadáver. Para que su inquietante mirada despoblada no descentrase al duelo, las chicas del club que regentaba decidieron velar los ojos del difunto con unas gafas de sol. Aun así, un tipo que le debía dinero prefirió quedarse a las puertas del tanatorio. Yo estuve un rato al pie del catafalco y le eché un vistazo al rostro de mi amigo. Su rostro no se inmutó, es cierto, pero, ¡demonios!, de regreso en el periódico pensé que aquel tipo muerto se había fijado en mi. Y aunque permaneció callado, yo sé que en un tipo como aquel ni siquiera pierde su memoria el silencio.

Galgo cansado - José Luis Alvite

Galgo cansado - José Luis Alvite
Después de mis decepcionantes experiencias como espectador de cierto cine español en el que los protagonistas tienen sexo en el pasamanos de las escaleras, en la mesa de la cocina, en la sacristía de la iglesia o en lomo de un buey, he llegado a la conclusión de que mi vida sexual no ha sido tan variada como suponía. Me consuela saber que a la mayoría de los ciudadanos españoles les ocurre algo parecido. Si todos hiciesen lo mismo que los protagonistas de nuestro cine, llegaríamos a la conclusión de que el lugar más exótico en el que alguna vez hicimos el amor fue en una cama. A raíz de haber visto una película nacional en la que un vendedor de libros llamaba a la puerta de un piso en un barrio de clase media y le abría una tía preciosa y casi desnuda, quise saber si algo así era creíble e hice una lista de amigas a las que podría visitar. Dediqué una mañana al experimento. De una lista de diez, seis no estaban en casa esa mañana. Las cuatro restantes estaban en su domicilios, pero en tres ocasiones me abrieron la puerta sus padres y en la otra descubrí que mi amiga me había engañado con sus señas y quien vivía en aquel piso era una señora muy anciana a la que no me importó subirle desde el portal por las escaleras hasta el tercero la bombona del gas. Es cierto que hay pisos en los que llamas a la puerta y te atiende una señorita sugerente y muy solícita que no duda en invitarte a pasar. A mí me ocurrió algo así unas cuantas veces y no me importa contarlo. Me hicieron feliz y ni siquiera tuve que esforzarme mucho en convencerlas. Con la mitad del vocabulario del vendedor de libros de aquella película conseguí los mismos resultados, aunque he de reconocer que las filólogas que me atendieron se dejaron hacer gracias a lo sugerente que en esos casos solía ser la mejor frase de un hombre: un billete de cinco mil pesetas. Un tipo que me había precedido en uno de aquellos pisos me contó que a él no le importaba que su elocuencia fuese el dinero. Me dijo: «Soy práctico, amigo. No puede ser que para acostarte con una mujer tengas que hablar tanto como para venderle una nevera que cuece el hielo. Son bellezas profesionales, cierto, pero, ¡demonios!, tienen la ventaja de que, saldada la deuda, lo que tienes que hacer no es tranquilizar tu conciencia con una coartada moral, sino, lisa y llanamente, enjuagar la boca con desinfectante». Reconozco que pagan justos por pecadores, pero me alejé del cine español porque yo no me puedo creer que en las escenas de sexo el jadeo de un galgo cansado parezca una mala imitación de Maribel Verdú.

Gárgaras de orina - Jose Luis Alvite

Gárgaras de orina - Jose Luis Alvite
No creo que sea muy discutible la idea bastante extendida de que los hombres noctámbulos y perversos llevan una vida divertida. Yo he conocido a unos cuantos y a veces fui uno de ellos, así que no me importa reconocer que la insensatez me ha dejado casi siempre mejores sensaciones que el sentido común. También he de admitir que la decisión de vivir intensamente esa clase de vida tiene un precio que hay que pagar sin remedio. Hay tipos que ceden puestos en la vida social porque de madrugada se les resiente la reputación y otro a los que en vez del prestigio, por desgracia les falla el hígado. Hombres insensibles a la mala conciencia se vieron obligados a abandonar su vida licenciosa porque el médico les dijo que si no cambiaban de horario y de ruta lo mejor sería que la próxima vez pasasen consulta directamente echados boca arriba, sin esperanza, en la camilla del forense. No basta el empeño en destruirse para conseguir la clase de ruina esperada. A veces demoler un edificio requiere más inteligencia que la empleada en su construcción.
Alguien me dijo de madrugada que se necesita mucha salud para permitirse uno el lujo de perderla lentamente mientras se disfruta de los placeres que acompañan a la hecatombe. Por otra parte, ni la salud ni el dinero aseguran esa felicidad nocturna. Yo me considero entre los hijos de perra que disfrutaron mientras echaban muchas cosas por la borda porque sabían que uno no puede presentarse a su naufragio con una maleta en cada mano y subirse luego a un bote en el que apenas caben el miedo, la muerte y los remos. Poco equipaje y dominio de la conciencia, esa es la receta. Naturalmente, no me refiero a trasnochar en la vigilia pascual. Te hablo de frecuentar lugares en los que el ambiente es tan tenso, y tan inminente el jaleo, que al barman lo único que le importa saber de ti con certeza es tu grupo sanguíneo. Es habitual que al final de la noche el matón del local pida un taxi para la chica que esa noche duerme fuera, pero no es infrecuente que de paso pida también una ambulancia para que se lleve al tipo que preguntó lo que no debía a un fulano al que no se le daba bien contestar. Una madrugada vi a un matón apretarle tanto el nudo de la corbata a un imprudente que con el torniquete aquel idiota estuvo a punto de cambiar de raza. Temeroso de que aquel desdichado empeorase en el local, el barman pidió una ambulancia, que llegó seguida por un coche de la Policía. Mientras el médico de la ambulancia le miraba las pupilas al cliente, un policía preguntó qué había ocurrido. Y el matón, sin inmutarse, le dijo: “No ocurre nada, agente. Se hizo daño con la corbata. Hay hombres que no saben ni vestirse”. El policía se volvió hacia mi por si tenía algo que decir. Yo me fijé en la mirada del matón y eché cuentas. Entonces le dije al policía que no había ocurrido nada del otro mundo. “Un malentendido, un simple malentendido. Ese tipo le preguntó algo al otro y se conoce que cada uno hablaba en un idioma. Discutieron y la cosa fue subiendo de tono. Creo que el hombre que se lleva la ambulancia es casado. Si aquí tuvo un problema, en su casa será aun peor. No estaría de más que le sugiera usted al tipo de la ambulancia que pensando en llevarlo a su casa, lo mejor antes de que se enfade su mujer será quitarle la corbata”... Y la cosa no pasó de ahí porque los tipos de aquel local eran gente bregada que controlaban a la vez la furia, la conciencia y el hígado. Cualquiera de ellos habría podido leer con los ojos cerrados el discurso de fin de año del rey, incluso mejorándolo sobre la marcha.

En una ocasión un tipo me siguió al baño en un local nocturno, se puso a mi espalda y me encañonó con una pistola. Me dijo que estaba harto de mis insinuaciones en el periódico y que la próxima vez me metería una bala por la uretra, para que luego hiciese gárgaras con un salpicón de sangre y orina. Al volverme después de habérseme interrumpido la meada, aquel tipo me echó las manos a las solapas de la americana y me zarandeó tanto que casi vomité el almuerzo de tres días. Después se largó sin darse prisa y yo tardé un buen rato en admitir que aquel tipo demacrado en el espejo era yo. Es la primera vez que cuento aquello y lo hago porque el tipo de aquella noche ya está muerto y ya son correas los gusanos que se lo comieron. Y también porque aquella noche aprendí que a ciertas horas, y en según qué lugares, un hombre ha de fijarse en quién le sigue los pasos hasta el baño. Y que en previsión de que alguien intente ponerte la mano encima, lo mejor para no vomitar con el zarandeo será que un sastre de confianza te haga una preciosa americana sin solapas.

Coche con manzanas - José Luis Alvite

Coche con manzanas - José Luis Alvite
Tengo por costumbre relacionarme con la gente a partir de ignorar sus creencias religiosas, su declaración de la renta y su ideología. Un comunista y un ultraderechista pueden disfrutar con las mismas emociones y llevarse una alegría al darse cuenta de que para ambos, como para un rico o para un pobre, es igual de agradable el vuelo de una gaviota, las pisadas de una mujer, el sabor de una manzana... Yo a la gente de derechas siempre le reproché que en sus reuniones no participase más activamente el chofer, y a los líderes más izquierdosos les manifesté a menudo mi malestar porque en sus manifestaciones callejeras no hubiese chicas menos furrieles y más guapas. La verdad es que yo siempre he sido más propenso a moverme entre gente de vida anárquica y simpaticé durante mucho tiempo con la izquierda más árida y revolucionaria, hasta que me di cuenta de que la ideología era un cosa que me llenaba interiormente pero no era exactamente lo que me pedía el cuerpo. Me fijé entonces en que las chicas eran más guapas cuanto más a la derecha estuviese su ideario político y alcanzaban el punto de máxima belleza cuando se desinteresaban completamente de cualquier ideología. A la chica guapa no es que no le preocupase el hambre en el mundo, pero no creía que una revolución pudiese esperar razonablemente de ella un esfuerzo superior al necesario para jugar al tenis en la finca de su padre cerca de la playa. A la chica guapa y rica le habían inculcado la idea de que la patria de los de su clase coincidía exactamente con sus intereses. Hasta que un día la chica guapa se fijó en el hijo del chofer y sintió algo nuevo, una blanda punzada de lascivia, el hormigueo del deseo en el membrillo del sexo, una sensación que no pertenecía a su educación, sino algo que los suyos consideraban casi un delito: el instinto. Tontearon a distancia evitando la vigilancia de sus familias e hicieron cada uno planes en secreto para intentar una redención en pareja que quedó en nada. El se casó con la hija de la cocinera y ella lo hizo con el único heredero del notario. Yo sé que todavía a veces se citan en secreto. Nadie me lo contó, pero lo sé porque el viejo automóvil de cuando se conocieron fue arrinconado en la cochera y nadie le encuentra explicación a que con tanta frecuencia tenga la tapicería arrugada y las ruedas bajas. Por el olor de la fruta alguien me dijo que supo que era en aquel coche donde el hijo del chófer comía a menudo las manzanas.

Por amor al miedo - José Luis Alvite

Por amor al miedo - José Luis Alvite
No hay una sola guerra en la que el niño asustado no le dé la mano sin miramientos al soldado que en una ruidosa escaramuza acaba de matar de un disparo a su padre. Es bien cierto que a veces para vencer el miedo no hay nada mejor que abrazarse al peligro, como cuando en el peor momento de la pelea el boxeador casi noqueado se abraza a su rival porque sabe que donde menos peligro corre en ese instante es justo entre los brazos que podrían golpearle. Por el olor de los crematorios y por el rostro escaleno y culposo de sus vigilantes, los judíos recluidos por los nazis en sus campos de exterminio sabían la suerte que les esperaba y sin embargo iban a las duchas de cianuro con una mezcla de fe y resignación, como si supiesen que al final de la muerte segura, en el alba de la posteridad, les estaría esperando entre el humo necrológico de las himeneos la presencia de un amable oficial de complemento sosteniendo en sus manos la bandeja del desayuno. El miedo extremo produce un sorprendente estado de relajación muy parecido al de la felicidad. Un hombre autoritario, de ideas rudas e inflexibles, puede conseguir la lealtad de otros persuadiéndoles con la demagogia de su brillante oratoria, pero si careciese de ideas y le fallase la palabra, no habría un solo libro que resultase en sus manos más convincente que un bate de béisbol, seguramente porque no siendo la fuerza bruta más seductora que la cultura, resulta sin duda más convincente. En mis primeros momentos como reportero entre el fango, el tipo que regentaba un club de alterne me dijo: "Amo a mi mujer y me gusta arropar a mis hijos en cama. Ellos son el motivo por el que a ciertas horas llevo una vida reprobable. Me conoces y sabes que no soy un mal tipo, aunque es cierto que vivo en un ambiente en el que el miedo produce más lealtad que cualquier otra emoción. Aunque no lo parezca y todo resulte tan sórdido, este negocio se rige por reglas muy estrictas. Si alguien se desmanda, tiene que saber que hasta donde no lleguen mis razones, llegará sin duda mi furia. Como te dije, soy un buen tipo, pero la gente es como es; y si quieres sobrevivir, a veces lo mejor es que los otros sepan que tu corazón tiene las manos muy pesadas". Alterné unos cuantos años en el local nocturno de aquel tipo y muchas veces escribí en los periódicos cosas sobre él. Una madrugada me jugó su chica a los chinos con el beneplácito de ella. Me sudaban tanto las manos que yo creo que con mis huevos se arrugaron también mis monedas, pero contra todo pronóstico gané la partida. Me daba miedo que aquel tipo se enfadase por no cobrarle la apuesta, así que aquella noche la chica del jefe salió de allí conmigo. Nos fuimos a un hotel barato y pagué una habitación en la que el mueble más decente era el humo del tabaco. No pensaba hacerlo, pero nada más salir del club en mi coche, me dijo ella: "A él esto le va a doler durante mucho tiempo, periodista, pero, ¿sabes?, cuando regreses al club y te encuentres con ese hombre, le gustará saber que si le hiciste daño no fue porque seas un mal tipo, sino por miedo a desairarle. Yo no sé muy bien por qué estoy a su lado. Podría largarme si quisiera y sin embargo no lo hago. A lo mejor es que estoy tan confusa que hasta me parece que a veces huir del miedo solo sirve para caer en el pánico. Me lo dijo bien claro una madrugada al poco de conocernos: "Si estás en el fragor de un incendio y no hay otra luz a mano, nena, en la duda de elegir lo mejor es no perder de vista el fuego". Hablamos un rato y amaneció. No llegué a hacer efectivo el premio de aquella apuesta. Cuando días más tarde me encontré con él, yo fingí haber cobrado la deuda y él fingió ignorar que sabía que yo fingía. De todo aquel miedo a mi me quedó un grato recuerdo; y ellos, bueno... ellos en la siguiente partida le hicieron trampa al miedo y tuvieron un penitenciario hijo del nueve largo que pesó cuatro quilos y un día al nacer.

Viento pagano - José Luis Alvite

Viento pagano - José Luis Alvite
Me gusta mucho hablar. Reconozco que me cuesta bastante entrar en conversación con desconocidos, pero roto el hielo de las presentaciones cojo confianza y a veces me disparo como si nos tratásemos de toda la vida. Hay conversadores muy amenos por la variedad temática que manejan, por la firmeza documental de sus ideas y sobre todo, por lo agradable que resulta su exposición. Huyo de la gente que me interrumpe y de aquella otra que acepta ciegamente mis argumentos. Tener razón es muy aburrido y acorta cualquier conversación, lo que explica que los matrimonios apacibles se sientan en el fondo tan amenazados. A mí me desagrada profundamente que alguien acepte mis ideas sin el menor interés en rebatirlas. Me siento como el cazador defraudado por haber encontrado a los conejos haciendo cola frente a los cañones de su escopeta. Uno de los veranos de nuestra adolescencia en Cambados, mi hermano mayor divisó un barco en el horizonte y a la vista de su difusa silueta aseguró conocer su puerto de procedencia, su pabellón y su carga. Yo sabía que aquello era imposible y que incluso Dios habría necesitado prismáticos para arriesgar una opinión, pero mi hermano defendía con tanta convicción sus ideas, que a mí me pareció contraproducente rebatirle su apuesta. Llegó a parecerme tan indiscutible su idea, que habría encontrado natural que ni siquiera pusiese demasiado entusiasmo en defenderla. Después de su afirmación tan rotunda, mi hermano cerró los ojos y aspiró profundamente el aire por las narices. Era la hora del ocaso y se hacía tarde para volver a casa, así que no hice preguntas. Mi hermano era un gran conversador y estoy seguro de que si me viese el menor interés, por el aroma del aire que acababa de aspirar me daría con todo detalle el menú que tenían para la cena los tripulantes de aquel barco que a mí sólo me parecía una mancha en las gafas. Aquel fue nuestro último veraneo adolescente. Mi hermano murió joven. A mala leche se lo llevó por delante un tumor cerebral. Casi ciego por los demoledores efectos de aquel tumor, una mañana de verano que lo visité en su casa me pidió que diese la luz porque era noche. Y yo le vi tan convencido, que entorné la ventana y encendí la luz. Desde hace casi treinta años yace enterrado en la ciudad en la que vivo. Su tumba da a una avenida del cementerio, como cuando en el cine pedía una butaca al lado del pasillo porque le gustaba ver los pies de las mujeres abriéndose paso como avena de charol en la luz cereal de la linterna del acomodador. Supongo que la tierra que tiene encima a él le parecerá que es la carga que transportaba aquel barco y que en realidad la muerte sólo es seguir rumbo con el timón a la vía, delfines en la roda y el viento pagano rezando en crujía.

Cadáver con canoa - José Luis Alvite

Cadáver con canoa - José Luis Alvite
A veces en el transcurso de nuestros sueños nos damos cuenta de que estamos soñando y creemos que podremos influir en el curso de lo que nos va ocurriendo de manera imaginaria mientras dormimos. Y he tenido en varias ocasiones sueños concéntricos, de tal forma que en el transcurso de una pesadilla me removía en cama y cuando creía haber despertado, en realidad no había conseguido otra cosa que desprenderme de un sueño en el interior de otro que a mí me parecía la realidad. Era como salir de una caja y encontrarse en el interior de otra caja un poco más grande, igual que aferrarse al agua en un naufragio, o como correr perseguido por un tipo que te las tiene juradas y llevar delante a otro que sólo piensa en matarte. El de anoche no fue un sueño concéntrico, afortunadamente, y al despertarme me sentí libre de una de las peores pesadillas que recuerdo haber tenido. Soñé que al despertar por la mañana me encontraba atenazado con vida en el interior de mi propio cadáver y que era inútil que intentase sacar una mano para pedir socorro porque mi cadáver me sentaba como a los niños pequeños esos pijamas de cuerpo entero rematados en manoplas y patucos que a ellos los protegen del frío y a mí en la pesadilla me privaban de la vida y me retenían cautivo en el lóbrego retén basilical de un cuerpo helado en cuyo interior sonaban como en una gruta las espeleológicas gotas aminoácidas y serosas de un difunto que empieza a descomponerse sin remedio. Algo en medio del angustioso sopor me dijo que aquello podría ser sólo un sueño, así que di gritos desde dentro de mi cadáver hasta que mis propias voces me despertaron. Entonces prendí la luz, me incorporé en cama y tuve la sensación de que había estado durmiendo en la canal de mi cuerpo sin vida, como un remero abandonado sin pala a merced de la posteridad en una canoa de huesos leñosos y sangre cuajada. Tenía heladas las piernas y las manos. Me pasé por el rostro las yemas de los dedos y me aseguré de que el relieve de mis rasgos no coincidiese con las frases de mi epitafio. Eran las cinco de la mañana. Me levanté a beber agua de la nevera para aliviar mi aturdimiento, pero evité mirarme en el espejo del baño por miedo a no reconocerme. A las ocho de la mañana salí a la calle y de reojo miré el buzón. Mi nombre por suerte seguía allí. La vida continuaba. Pero aun ahora, mientras tecleo mi columna, tengo la sensación de haber salido un rato de la morgue para redactar personalmente mi obituario.

Cadáver insomne - Jose Luis Alvite

Cadáver insomne - Jose Luis Alvite
No sé cual es el porcentaje de personas que viven de trabajar en aquello que les gusta; lo que si sé
es que yo soy una de esas personas. He tenido momentos de desencanto en los que reconozco haber estado a punto de arrojar la toalla, días aciagos en los que creí que no valdría la pena soportar la tensión constante de un trabajo en el que siempre tienes la sensación de haber llegado tarde incluso a donde ni siquiera tendrías que haber ido. Cuando yo empecé en esto, el periodismo era un oficio en el que la desgracia de perder la reputación incluso te costaba dinero. En una ocasión me encargaron un reportaje en un comedor de la beneficencia y mientras les hacía preguntas a todos aquellos desdichados me di cuenta de que cualquier de ellos llevaba en sus bolsillos más dinero que yo. ¿Qué clase de trabajo era aquel? ¿Cómo podía ser que no pudiese costearme un par de guantes con los que desentumecer las manos antes de sentarme a escribir? ¿Como pude soportar que el padre de mi primera novia indagase por toda la ciudad tratando de encontrar en mi vida algo que fuese menos miserable que mi trabajo de periodista? En una ocasión pensé que lo mejor sería que me largase a Madrid en tren y probase fortuna en la capital. No pudo ser porque por el dinero del que disponía tendría que apearme del tren con el convoy recién salido del andén. Yo leía cada día con entusiasmo las columnas de Pedro Rodríguez y de Fernando Onega en el diario “Pueblo” y me preguntaba si algún día yo podría ser uno de ellos y firmar en un periódico en el que al menos fuesen legibles las frases. Yo empecé en “El Correo Gallego” cuando el diario de Compostela se imprimía con arrugas y con la tinta tan corrida que con razón había quien pensaba que era un periódico para ofrecérselo como aliciente a gente que odiase la lectura. En una ocasión quise leer un texto mío y estaba todo tan oscuro en aquel ejemplar, tan confuso, que solo pude descifrarlo después de meter el periódico en lejía. Y sin embargo bendigo aquellos días aciagos porque fue así como me sobrepuse, aprendí gran parte de lo que ahora sé y olvidé aquellas cosas que me habrían impedido ejercer una profesión en la que ganaba el dinero que un hombre necesitaba para comer algo con peor aspecto que lo que vomitaban algunos mendigos. Cuando era reportero de sucesos y llevaba algún tiempo metido hasta el cuello en la mierda, un tipo me preguntó si no me daba miedo salir de madrugada a pie por las calles solitarias y meterme luego en antros en los que incluso era negra la luz de las bombillas. No le dije nada. Me pareció una pregunta innecesaria, una curiosidad retórica. También pensé que aquel tipo no me creería si le dijese que si no tenía miedo era porque los criminales no querían mancharse las manos con un tipo al que incluso miraban con cierta compasión los indigentes. Yo escribía como escribo ahora y nadie se fijaba, no porque despreciasen mi trabajo, sino porque mis textos eran auténticas manchas que en mi periódico se consideraban decentes pero que en cualquier gabardina habrían sido inaceptables. Por eso cuando Carlos Herrera dio conmigo en la contraportada de “Diario 16” y me llevó a su lado a Radio Nacional de España para una colaboración en la que, con altibajos, ya llevo desde 1999, y me preguntó donde diablos me había metido todos aquellos años anteriores, yo no tuve más remedio que reconocer que en realidad mi trabajo había sido como si durante treinta años escribiese mis textos con una goma de borrar. Ahora soy mayor y ya no voy a cambiar. Para bien o para mal, mi suerte está echada y me considero satisfecho de lo que he conseguido, entre otras razones, porque yo creo que el techo de un periodista ha de ser siempre el suelo. No puede decirse que me huelan a dinero los dedos, pero cada vez que pienso en mis comienzos me doy cuenta de que en aquellos tiempos habría sido feliz con la suerte de que al menos no se me manchasen de tinta las manos. Nunca soñé con un coche de lujo, ni pensaba comprarme una mansión si me fuesen las cosas bien. El dinero me motiva menos que la libertad. En realidad mi idea del lujo cuando empecé en esto era que al llegar a la edad que tengo ahora pudiese tener la certeza de que fuese al menos de mi propiedad el cadáver insomne en el que caerme muerto.(A Rocío González, por sus manos limpias)
jose.luis.alvite@telefonica.net



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Calavera de gato - Jose Luis Alvite

Calavera de gato - Jose Luis Alvite
Conocí de madrugada en un antro a una fulana con muy buen aspecto que estaba liada con un tipo cuyo único atractivo incontestable era que tenía mucho dinero. Ella sabía que él la quería por su cuerpo y él reconocía que si aquella belleza le buscaba era solo por su fortuna. Al cabo de algunos años la belleza de aquella mujer se desmoronó y al tipo se le acabó el dinero. Entonces ella un día descubrió que estaba fascinada por la personalidad desencantada de aquel hombre cuya riqueza había pasado a su poder. Había perdido su atractivo físico y para conseguir que aquel hombre siguiese a su lado hubo de aceptar que él la quisiese por su dinero. Estas cosas ocurren y solo hay que estar atento a dar con ellas. ¿Moraleja? Ninguna. De lo que se trata es de recapacitar sobre el valor de los encantos y su influencia como factor de seducción. Un rostro agraciado y un cuerpo bien proporcionado son encantos difíciles de rebatir y tienen una fuerza de seducción bien contrastada. La belleza tiene prestigio y nadie le reprocha a una mujer que seduzca a los hombres valiéndose de su anatomía. En cambio a él, se le mira mal si lo que atrae a las mujeres a su lado es su liquidez. Puede que arrimarse a alguien por dinero sea mezquino, pero nadie dirá que no es habitual. El problema del dinero es que si bien da poder, muy a menudo no da prestigio. Vale, eso es cierto, pero, ¿y qué? Un tipo modelado en el gimnasio se lleva de calle a la chica más mona de la ciudad sin otro mérito que haber nacido con una buena materia prima sobre el esqueleto. Lo que él le ofrece a ella se excitación, erotismo, instintos. El tipo del dinero no puede competir en ese territorio y en vez de sonrisa y pectorales, ofrece un menú con ostras y langosta. ¿Es por eso indecente su atractivo? Con el paso del tiempo al tipo del gimnasio se le aflojan las carnes, se le pican las muelas y se pone fondón, mientras el tipo del dinero conserva intacto el inmoral encanto de su billetera. Un tipo adinerado le dijo de madrugada a una mujer hermosa que le pidió consejo sobre los hombres: "El culto al cuerpo pertenece a una religión de valores pasajeros. Comprendo que te atraiga el apuesto tenista, el rudo boxeador, el chico guapo que tiene un impecable rostro sin caricatura. Eres joven, estás en la edad del instinto. A ninguna yegua le gusta que la monte un caballo de cartón. Luego pasarán los años, muchacha, el tenista habrá dejado la raqueta, el rudo boxeador habrá perdido la agilidad y la memoria, y en el rostro del chico guapo habrá irrumpido discretamente la calavera inexorable de un gato. ¿Y qué harás entonces? Entonces puede que te preguntes que podía haber de malo en rondar al tipo del dinero. Esa es la cuestión, amiga: El dinero envejece menos que la mano que lo mueve. Es probable que para entonces tu idea sobre la decencia haya cambiado. Pero así son las cosas en realidad. Cuando de tu belleza quede apenas un croquis en el recuerdo, el tenista, el boxeador y el chico guapo se habrán esfumado porque es ley de vida que las abejas desaparezcan al mismo tiempo que las flores. Pero yo seguiré aquí, arrimado a la barra del bar, con un ademán que pasaría inadvertido si no lo coronase el dinero. ¿Qué quieres que te diga, muchacha? No te diré nada. Es cosa tuya. Tal vez sepas a que me refiero esta noche cuando pasado algún tiempo lo tuyo no tenga remedio por culpa de que tu edad sea mayor que tu precio". A ella y a mí lo que dijo aquel tipo nos pareció una insolente vulgaridad y le volvimos la espalda. Al cabo de los años me reencontré con ella y me dijo: "Aquel tipo tenía algo de razón. No habría nada de malo en que me hubiese arrastrado hacia él su dinero. A fin de cuentas, a muchos hombres lo único que les importa de mi alma son los botones de mi blusa".

Una boca entre las piernas - Jose Luis Alvite

Una boca entre las piernas - Jose Luis Alvite
Si se habitúa a convivir con ellos, un hombre desvelado por los horrores de su biografía puede dominar sus remordimientos y conciliar tranquilamente el sueño. No hay en la sabiduría humana una sola enseñanza que no tenga su origen en el aprovechamiento moral de un error. Cuando la muerte es el resultado de una decisión legal, el verdugo no se inmuta al trinchar el pollo del almuerzo con la misma mano con la que horas antes ejecutó al reo. Me dijo de madrugada una fulana en un antro: "Si pienso en la educación religiosa que me dieron mis padres, mi oficio es una inmoralidad, pero cada vez que mis hijos se llevan algo de comida a la boca, entonces, amigo mío, entonces me quedo tranquila porque sé que lo que hago es un esfuerzo laboral. Con esto te quiero decir, cariño, que si yo no ejerciese de puta por culpa de mi conciencia, mis hijos no dormirían por culpa del hambre". Estaba claro que por razones de subsistencia, para ella la moral era la taquilla. Pensé ayer en esto mientras miraba al otro lado de la ventana el revoloteo de una gaviota venida tierra adentro desde el mar. Estaba lejos de su territorio, buscando comida en un lugar sin olas, en un paisaje sin pesca ni salitre que le era ajeno. Si la gaviota fuese culta y conociese al pie de la letra sus hábitos, no se habría alejado del mar. Pero la gaviota era iletrada, tenía hambre y seguramente remontó desde Arousa el curso del río Ulla, se plantó sobre Compostela y su instinto de supervivencia le aconsejó apostarse cerca de donde los chiquillos comen sus pasteles en las puertas de las panaderías. Yo pensé que si la gaviota había cambiado su teatro de operaciones sería porque su instinto es su cultura; y sobre todo, porque las gaviotas saben de si mismas más que los ornitólogos, del mismo modo que el caballo entiende de equitación más que su jinete, que a fin de cuentas llega a la meta gracias a la suerte de no caerse. En mi caso personal, mi afición a los clubes de alterne me planteó al principio serios problemas de conciencia, aunque he de reconocer que no tardé en darme cuenta de que mi conciencia daba más de si que mi dinero. Desde luego es más fácil acostumbrarse a los remordimientos que a la ceguera, así que a los pocos meses decidí mezclar el trabajo con el vicio y escribir sobre temas relacionados con aquel relativo mugre moral. No tardé en darme cuenta de que la bajeza moral solo se percibe desde determinados puntos de vista y que puestos en otro ángulo de observación no hay una sola decisión humana que aun siendo asquerosa no pueda resultar razonable. Aquel mundo era ahora mi lugar de trabajo, el sitio en el que me ganaba el sueldo, y mi conciencia podía admitir sin reparo alguno que lo que hacían aquellas mujeres era amasar saliva, semen y dinero para hacer pan. Puede que el ginecólogo viese entre las piernas de aquellas mujeres la umbría tronera de sus vaginas, pero, ¡demonios!, a mi la experiencia me demostró que teniendo en cuenta que ejercían su oficio para mantener a sus familias, el otorrino del ambiente lo que habría visto asomando a voces entre sus piernas sería sin duda la boca hambrienta de un niño. Y en mi caso fue aun más fácil. Me había metido en aquel submundo en mis primeros momentos como periodista, estaba empezando en el oficio y quería aprender. No niego que al principio aquello me pareció una inmoralidad y un vicio. Pero a medida que fui adquiriendo conocimientos, mi conciencia me permitió tener la certeza de que aquello que parecía una bajeza, una inmoralidad o un crimen, en realidad solo era una asignatura.

Fuego transeúnte - Jose Luis Alvite

Fuego transeúnte - Jose Luis Alvite
Todo este tiempo de ausencia lo he dedicado a pensar sobre mi vida y he llegado a la conclusión de que mi existencia solo ha sido hasta ahora una sucesión de odiosas facturas, documentos que caducan y desesperantes rutinas en las que incluso estaban siempre en su sitio el viento, el desorden y el olvido. Descartado que cambie de sexo, mi alternativa pasa por echarme a la carretera, cambiar de isobara en el mapa y abrir la ventana donde aun tenga alguna esperanza de que al menos sea distinto el aburrimiento. Tenía que haber tomado esa determinación hace años, cuando aun mis pies tenían hambre de camino, pero entonces se me metió en la cabeza que de aquel andén en Compostela solo salían trenes cuyo destino era aburrirse en el paisaje antes de perder fuelle y retroceder. El octogenario León Tolstoi se largó de casa en medio del crudo invierno porque estaba aburrido de que por culpa de la rutina no hubiese un solo abedul que tuviese de vez en cuando la sombra de un roble. Como por el almanaque era más viejo que por sus sueños, el pobre Tolstoi no fue muy lejos. Se sintió indispuesto en la estación de Astapovo y murió al poco tiempo. Por desgracia para el formidable escritor ruso, el tren fue más lejos que él. La libertad le costó la vida, como a un pájaro al que el peso de sus alas sin garra lo arrastrasen sin remedio a estrellarse contra el suelo. Ochenta años son muchos años para que un hombre se permita a deshora la rebeldía a la que por idiota renunció de joven. Hay cosas que conviene hacerlas antes, a tiempo de que tu proeza existencial no acabe en la página de las esquelas por culpa de que te haya parado los pies el frío. Yo aun estoy a tiempo de procurarme una vida distinta en un lugar diferente, en cualquier arruga del mapa en el que me esperen otras razas, banderas distintas y enfermedades nuevas. Además de a compaginar en el retrete el pensamiento y la orina, aprendí muchas cosas en el periodismo. Una de ellas, que todo va tan deprisa, maldita sea, que llega un momento de la vida de un hombre en el que todo lo que cree que sucede hoy en realidad ya fue noticia en el periódico de ayer, como un pescador que atrapase un poco más abajo en la corriente el cadáver de la trucha que había evitado su sedal doscientos pasos río arriba. ¡Que envidia he tenido siempre de los viejos aventureros! Eran gente templada y temeraria a la vez y vivieron en un mundo casi a estrenar en el que había demasiada tierra para tan pocos muertos y todo resultaba tan novedoso que casi era la primera vez que a la hoguera le ocurría el humo y acaso nunca había llegado el polvo al suelo. Estuvieron en sitios frondosos y sin nombre en los que antes solo había estado de paso el fuego invidente y transeúnte, en desiertos que ellos atravesaron llevando en la mano el temblor novicio de la incertidumbre, y en bandolera, una cantimplora cargada con sudor. ¿Y qué he hecho yo? Apenas nada. Muchos sueños, una muda cada día y pocas cosas que me duela olvidar. He tenido un par de graves depresiones que casi me convencieron de que al portal de casa es mejor llegar saliendo por la fachada y varios miles de madrugadas en las que llegué a la conclusión de que por muchas vueltas que le demos, la vida vale la pena sobre todo si caes en la cuenta de que las cosas materiales tienen un valor relativo y admites, amigo mío, que para descansar tranquilo lo que cuenta no es la cama en la que duermes, sino la conciencia con la que te acuestas.

Como agua masturbada - José Luis Alvite

Como agua masturbada - José Luis Alvite
Como yo lo recuerdo ahora, el mundo de mi infancia era algo que ocurría de una manera elemental, lleno de emociones y de instintos, cercano y hormonal, como si incluso la ropa de abrigo estuviese desnuda. Todo tenía alguna clase de aroma o de olor porque no había nada que no produjese alguna emanación. Las fruterías olían en la calle con la puerta cerrada, en septiembre al sexo se le excitaban los pies con el aroma de la vendimia y el agua de los ríos bajaba limpia, deletreada y descalza. Cuando yo era niño, los soldados del cuartel de infantería llevaban las mulas a que abrevasen en las aguas del río Sar y yo me apostaba en la maleza a escuchar cómo juraban los militares mientras las hembras escalfaban su sexo incandescente en los labios de la corriente. Me resultaba excitante aquella mezcla de sexo y vulgaridades, el calor fisiológico de las mulas y la incontinencia verbal de los soldados. Hasta descubrir aquellas estivales tardes de agua con mulas a mí me parecía que mi vida sexual se reduciría a untar la boca en el flujo casi vaginal de las sandías, en aquella pulpa roja por la que yo imaginaba que un día podría entrar con la cabeza meada y los ojos abiertos al interior de una mujer carnal, obscena y malograda. Después los soldados retiraban las mulas del río y regresaban caminando en columna a su cuartel . Y yo los seguía un buen rato pisando sobre el agua que escurría en las pisadas de las mulas, que a mí me parecía que era un agua lúbrica y amoral, el agua cruda y sobada que goteaba como sexo en calderilla desde el gineceo piloso de las mulas y se extendía por el suelo como una gigantesca ameba de membrillo y mercurio en la que saciaban luego su sed los apaleados perros de la calle. Al final perdía el paso de los soldados y de las mulas, desandaba el camino hasta el río, entraba desnudo en él, entornaba los ojos y con el mosto del sol sobre los hombros imaginaba que la vida sería siempre aquello, sólo aquel instante, la bendita sensación de llenarme del olor de las ingles de las mulas y esperar a que el mundo se esfumase a mi alrededor mientras sentía pasar entre mis piernas aquel río por el que bajaba en tropel aquel agua desnuda, caballar y masturbada.

Gatos vacunos - José Luis Alvite

Gatos vacunos - José Luis Alvite
España es un maravilloso país casi sin humos, un territorio de sol y camareros, un espacio para el ocio que vivía en falso y ahora se nos viene abajo como aire con anemia. Fuimos sacrificando el ganado, los astilleros, la siderurgia, la pesca, porque era el precio a pagar por entrar en Europa. Hace muchos años un tipo que venía del País Vasco y coincidió conmigo en Compostela me dijo que su tierra estaba sucia y a simple vista parecía territorio hostil, pero que «apestaba a riqueza». Hablo de mi tierra porque es el caso que mejor conozco. En Galicia ha disminuido drásticamente la flota pesquera y los gatos se han ido apartando de la orilla del mar porque escasea el pescado y ahora comen casi lo mismo que las vacas. No es que las aves marinas se hayan retirado del litoral, pero ahora es muy probable que a los turistas que visitan Compostela les caguen las gaviotas que remontan los valles desde las rías para comer cacahuetes en las terrazas de los bares y robarles su merienda a los niños de los parques. El campo está a merced del abandono y donde no crece la desidia avanza con la lluvia la maleza y prospera en verano el fuego. A pesar de ser gallego el ministro de Fomento, se sospecha que no habrá Ave entre Galicia y La Meseta antes de seis años o siete años. A consecuencia de una vieja tradición de despropósitos, se ha gastado el dinero en tres aeropuertos que diversifican tanto la oferta que al fragmentarla la hacen estéril y sólo sirve para que mejore sus estadísticas el aeropuerto de Oporto. Es de dominio público que los gobiernos de la Xunta se suceden sin que nadie haga nada por detener tanta estupidez. Ni siquiera la opinión pública se moviliza, entre otras razones porque Galicia es España y en España ya sólo de vez en cuando salen a la calle los presos, antes de que por desgracia dejen de hacerlo también el pan y los periódicos. Es una suerte que todavía queden en este país símbolos con capacidad internacional de seducción. Es el caso de la Ruta Jacobea, que sobrevive a pesar del peligroso interés que en el Año Santo puso la Xunta en potenciarlo. Por tratarse de un fenómeno que viene casi desde la noche de los tiempos, el Camino de Santiago sigue siendo una formidable industria y un excelente negocio. Muchos gallegos se felicitan de que se trate de un fenómeno muy viejo, ajeno a las componendas de la modernidad. Yo opino como ellos. Incluso creo que si fuese por los políticos que tenemos, el Camino de Santiago no acabaría en Compostela, sino en Varsovia, en Dubrovnik o en Livorno. El Apóstol no está muy al tanto de lo que ocurre. Sus restos se dice que se custodian en la urna de plata depositada en la cripta de la catedral compostelana. De momento, el mito está a salvo, al menos mientras Europa no nos exija reducir las leyendas, el incienso y los santos.

Temblor de piernas - José Luis Alvite

Temblor de piernas - José Luis Alvite
No seré yo quien niegue que el sexo es maravilloso incluso a pesar de que no surja con la excusa del amor. No hay que ser muy listo para entender que el cuerpo humano es una fantástica máquina de dar y de recibir placer que funciona al margen de cualquier pensamiento, sobre todo en el caso de los hombres, que, como es bien sabido, le damos a menudo menos importancia a las ideas de las mujeres que a su lencería. Puede que se trate de un caso extremo, pero yo tuve en la adolescencia un amigo que se excitaba mirando las curvas de las lámparas de flexo en el escaparate de la ferretería. Conozco hombres casados que si tienen sexo con sus esposas es por su probada facilidad para imaginar que en ese momento están solos en cama. Aman a sus mujeres pero no se sienten estimulados por ellas. Resulta más fácil evolucionar hasta el amor a partir del sexo, seguramente porque ocurre lo mismo que con algunos pescadores, que a veces se aficionan a la pesca a fuerza de frecuentar las márgenes del río. No hay motivo para descalificar a quienes le dan prioridad al sexo sin necesidad de sentir antes el amor. Si la clave para convivir en pareja fuese que el otro ejerciese fascinación sobre ti, lo más probable sería que a mí me hubiese dado por pedirle relaciones a Javier Marías, por poner el caso de alguien con cuyas ideas por lo general simpatizo casi a ciegas. En mi caso he de reconocer que mi afición al talento femenino como desencadenante de la atracción física me viene desde hace relativamente poco tiempo y supongo que eso me ocurre porque he descubierto que nada hay tan apasionante como una lúcida conversación sobre el «Ulysses» de Joyce después de que ella me halague reconociendo que me he comportado en cama como un bisonte. Como me dijo de madrugada una fulana en un garito, «cariño, ahora que tengo confianza contigo no me importa reconocer que no hay como una buena frase para compensar un mal orgasmo». Fue con ella con quien hablé de madrugada sobre el sexo y el amor. Yo quise resultar inteligente y ella me atajó con la simple y expresiva franqueza que aquella noche me faltó a mí: «Podría meterme en cama con un hombre que con sus palabras me conmoviese el corazón, pero te aseguro que luego esperaría a que se olvidase del amor e hiciese lo posible para que además de latirme el corazón, me relinchase la vagina y me temblasen las piernas».

viernes, 6 de junio de 2014

WhatsApp, Telegram, LINE... el guirigay de las 'apps' de mensajería - José Mendiola

WhatsApp, Telegram, LINE... el guirigay de las 'apps' de mensajería - José Mendiola

La que se ha liado a raíz de la keynote de Apple del pasado lunes. Como recordarán, entre toda la cacharrería de novedades en torno a las plataformas de la casa, la firma vitaminó de una forma contundente iMessage, su aplicación de mensajería para OS X e iOS. No se trataba de un leve restyling de la aplicación, sino de la incorporación de una serie de mejoras que situaban el servicio a la altura de WhatsApp, el rey indiscutible entre las apps de mensajería.
Ya se sabe, después de un elogio continuado de casi dos horas y terminar Tim Cook al borde de la lágrima en agradecimiento al esfuerzo de los desarrolladores, la casa no tiene empacho en fagocitar una de sus apps estrella y presentar las mejoras de iMessage como algo revolucionario. No es la primera vez que sucede, pero terminada la demostración del producto, a todo el mundo le vino a la cabeza WhatsApp.
La historia habría terminado ahí y en unos pocos días a prácticamente nadie le interesaría ya el efecto de la apisonadora de los de Cupertino, y de hecho, la aplicación creada por Jan Koum y compañía seguiría siendo el referente en materia de mensajería e iMessage, un producto de nicho para los equipos de la manzana.
Muy halagados al descubrir que Apple ha tomado prestadas muchas de las funciones de WhatsApp en iMessage
Sin embargo, y ahora que hablamos del cofundador de WhatsApp, el ucraniano perdió una ocasión de oro para no decir nada o al menos arrimar el ascua a su sardina, pero no, ya se sabe que Twitter es un arma incendiaria y no pudo resistirse a escribir en su cuenta: “muy halagados al descubrir que Apple ha tomado prestadas muchas de las funciones de WhatsApp en iMessage”. O dicho de otra manera, la pataleta de quien se ha sentido copiado, y con razón. Pero el emprendedor no cayó en la cuenta de que sin quererlo había otorgado mucho más peso a iMessage del que realmente tiene.
Lo que les faltaba a algunos para animarse: la red se llenó de artículos en los que se destacaba la indignación de Koum y poniendo en evidencia que Apple había copiado muchas de las funcionalidades de su producto, algo que todo el mundo había atestiguado, pero que en realidad no afecta para nada la imagen de la firma.
¿Quién vence en la batalla por los mensajes?
Esta mejora notable en la aplicación ha puesto de nuevo la lupa sobre este peculiar servicio que sentenció a una muerte segura al SMS: ¿qué aplicaciones se usan realmente? En este sentido, contemplamos atónitos a principios de año de la brutal entrada de Telegram en el mercado: se convirtió en pocos días en la aplicación de chat más descargada en las diferentes tiendas, y bajo la bandera de la seguridad y el open source por un momento algunos vieron peligrar los sólidos cimientos de WhatsApp.

En su momento ya pusimos en entredicho esta posibilidad ya que el servicio de Koum jugaba con la baza de ser los primeros y acumular un número de usuarios suficiente como para convertirse en estándar entre los usuarios. Y parece que el paso de los meses ha confirmado este extremo. Salvo LINE y WhatsApp, el resto de servicios de mensajería no hace mucho ruido a la hora de publicitar su número de usuarios activos y en este sentido, nos interesaba mucho conocer la realidad del recién llegado obra del magnate ruso Pavel Durov: la última cifra oficial la encontramos en marzo: 35 millones de usuarios activos según la cuenta oficial de Twitter de Telegram.
¿Mucho? Depende de la perspectiva: si consideramos que vio la luz a finales de 2013 se puede hablar de crecimiento espectacular, pero si tenemos en cuenta que se está batiendo el cobre con WhatsApp (500 millones de usuarios medidos en abril) y LINE (400 millones de usuarios activos), los registros de los rusos suenan a broma.
¿Hasta qué punto es importante el número de usuarios activos en un servicio de mensajería? Realmente, en este tipo de productos no importa ni el segundo ni el tercero, sino el que ostenta la primera posición: WhatsApp se ha convertido en un estándar y será difícil, salvo catástrofe o mejora competitiva determinante de alguno de sus rivales, que pierda esta posición.
Con el paso de las semanas comprobé que tanto LINE como Telegram únicamente me notificaban nuevas altas o alguna incidencia aislada, pero quien realmente quería ponerse en contacto conmigo lo hacía mediante WhatsApp
Un servidor ha vivido la emoción de la fuerza con la que comenzaron sus rivales, LINE primero y Telegram después, e incluso llegué a crear algo que cada vez se ve con más frecuencia: una carpeta con todas las aplicaciones de chat. Aquello fue una prueba que duró poco tiempo. Con el paso de las semanas comprobé que tanto LINE como Telegram únicamente me notificaban nuevas altas o alguna incidencia aislada, pero quien realmente quería ponerse en contacto conmigo lo hacía mediante WhatsApp.
Ese fue el día en el que decidí desinstalar el resto y rendirme a la evidencia: estar en WhatsApp era una necesidad, pero en el resto era casi un capricho. ¿Quiere esto decir que LINE o Telegram no cuentan con usuarios activos? Ni de lejos, de hecho Telegram se ha hecho fuerte en nuestro país y goza de mucho éxito, algo semejante al cosechado por LINE en Asia. Pero la perspectiva nos la da de nuevo los datos globales: GigaOM recogió los datos de uso de las aplicaciones de mensajería (finales de 2013) y WhatsApp se había coronado como la más utilizada en todo el globo, y atentos al dato, superando al Messenger de Facebook, y como recordarán el gigante de Mark Zuckerberg se hizo con WhatsApp en una de las adquisiciones más sonadas del momento.  
Así las cosas, el guirigay montado en torno a las aplicaciones de mensajería es considerable, y se trata sin duda de una carrera de fondo en la que dos elementos irán depurando los ganadores finales: la retención de usuarios y la capacidad de monetizarlos por parte de los desarrolladores. Fijándonos en estos dos aspectos, WhatsApp era ya un negocio boyante antes de ser adquirido por Facebook, obteniendo generosos ingresos mediante la venta de las aplicaciones en las distintas plataformas, mientras que LINE hacía lo propio a través de la venta dentro de la app (stickers y demás parafernalia que entusiasma a los usuarios en especial de Asia
Pavel Durov, creador de Telegram
Pero… ¿y Telegram? Durov presentó su producto como algo sin ánimo de lucro y en definitiva, sin planes de ingresar un solo euro por su uso o descarga. ¿Es sostenible este modelo a largo plazo? Si nos atenemos a la fortuna de su creador, es posible pensar que el servicio estará en activo durante mucho tiempo, asumiendo él los considerables costes de mantenimiento del producto, pero ¿es realmente fiable a largo plazo un servicio que no es sostenible económicamente?

El caso de iMessage de Apple la historia es bien distinta: la firma de Cook pretende cerrar aún más el cerco de sus clientes envolviéndoles con un servicio que funciona a la perfección dentro de los equipos de la casa, pero que es incapaz de comunicarse con usuarios de otra plataforma. Se trata, en definitiva, de una barrera de salida adicional para los que se acomodan dentro de los productos de la casa. Así las cosas, si tuviera que apostar por qué servicio pervivirá a cinco años vista, lo tendría bastante claro.

El catolicismo se puede curar - David Torres

El catolicismo se puede curar - David Torres

El controvertido psicólogo estadounidense Frederick K. Morton ha cancelado su seminario para curar el catolicismo que iba a tener lugar este fin de semana en un céntrico hotel de Sevilla. Las amenazas y presiones de diversas cofradías de costaleros, asociaciones de teólogos y fabricantes de crucifijos, así como un escrito firmado por altas autoridades eclesiásticas han hecho reflexionar a Morton sobre la conveniencia de dictar su conferencia “Dios, ese viejo camelo”.

Morton, que lleva treinta y dos años impartiendo sus enseñanzas por todo el mundo, afirma que él mismo fue católico hasta los diecinueve años, cuando se descubrió de rodillas en una iglesia, rezando a una imagen de la Virgen para aprobar un examen de estadística en la facultad: “Pensé que no era una actitud muy racional pedirle a un cacho de palo pintado que me echara una mano en mi carrera. Tampoco era justo, ya que, en lugar de estudiar, yo me había pasado la semana entera bebiendo cerveza, jugando a las cartas y persiguiendo chicas en los bares”.

A raíz de estas reflexiones, Morton suspendió tres asignaturas pero escribió un artículo en la revista The Atheist Observer: “Los santos sordomudos”. Es un primer acercamiento a su terapia, al que luego siguieron: “Da lo mismo que chilles, que ahí arriba no hay nadie” y “Es sólo un pedazo de madera, bobo”, en el que, entre otras cosas, contaba sus tremendas experiencias en un colegio católico de Boston: “Nos enseñaban estupideces tales como que hay un señor barbudo sentado en las nubes que mira todo lo que haces, un señor que te quiere con amor infinito pero que te mandará al infierno por toda la eternidad como te pases un pelo”.

En su autobiografía, Si Dios existe, menudo fontanero, Morton relata una infancia de maltratos y abusos físicos y psíquicos por parte de los sacerdotes: “Nos contaban que si nos tocábamos nuestras partes íntimas, iríamos a parar a un río de lava hirviente donde nuestra carne y nuestros huesos se quemarían a cámara lenta por los siglos de los siglos. Yo empecé a sospechar el día en que, mientras me lo explicaba, el padre Everett empezó a sobarme la entrepierna. Hijo, esto es distinto, decía él. Esto es amor divino. Tú disfruta”.

Morton (sobre el que pesa una fatwa por su libro El islam también se cura, y que tiene prohibida la entrada en varios países asiáticos tras la publicación de Budismo para tontos) se ha ganado una merecida reputación de polemista. Aunque, según él, hay pruebas científicas y filosóficas de sobra para desmontar la falacia religiosa, Morton prefiere un argumento más original, la idea de que la religión va contra la naturaleza: “Si te fijas atentamente no verás iglesias en la jungla. Tampoco sinagogas en el desierto, ni templos en el polo. Los chimpancés, los mejillones y los osos pardos no adoran a seres sobrenaturales. Lo que sí verás en la naturaleza es un amplio y variado comportamiento homosexual entre muchas especies. Por ejemplo, hay leones machos que copulan entre ellos, aunque todavía no se ha visto ninguno que viole a cachorros de león ni aunque le pongas alzacuellos”.

miércoles, 4 de junio de 2014

Juegos de palabras - Amando de Miguel

Juegos de palabras - Amando de Miguel
No hay nada más divertido que jugar con las palabras: todos ganan. José Luis García-Valdecantos recuerda que la polisemia, ese gran entretenimiento, también alcanza al inglés. Así, el famoso cuento El asno de oro, de Apuleyo, no se tradujo como donkey sino como ass, que parece más culto, pero que también indica el trasero. Añade don José Luis que una cosa es la polisemia y otra la invención caprichosa de nuevos significados. Aduce este titular de El Mundo: "No se ha producido la abstención que preconizaban las encuestas". (De paso digo que en esta misma página, antes de las elecciones, yo advertí que podía darse el caso de la "profecía autoderrotante" y que la abstención no caería como se venía diciendo). ¡Con lo fácil que hubiera sido escribir que las encuestas pronosticaban, predecían, preveían o auguraban! Cierto es, las encuestas no pueden preconizar nada. Aunque a veces preconizan o encomian indirectamente cuando se levantan para agradar al cliente o al medio donde se publican.
David Sequeira hace un loable ejercicio de imaginación al utilizar las repeticiones como motivo retórico. Así, "vivir la vida, sentir un sentimiento, aprender el aprendizaje, recordar el recuerdo". Añado que es ingenioso el ingeniero o socialista el sociólogo.
Dionisio Pérez-Villar me cuenta su entrevista con una alta directiva japonesa en Edimburgo, que hablaba perfectamente el español. Queriendo ser cortés, don Dionisio le dijo que hablaba un castellano estupendo. La japonesa se sorprendió: "¿Castellano? No, yo hablo español". En efecto, muchos extranjeros han aprendido el español, del cual el castellano es sólo un rincón en el mundo. Octavio Paz decía que él hablaba español, pero le costaba pronunciar el castellano, es decir, el español de una parte de España.
Luis Cáceres, a propósito de los "cuartos de baño sin baño", amplía la lista: "caballeros sin caballo, mecheros sin mecha, braseros sin brasas, neveras sin nieve, plumeros sin plumas, plumillas sin pluma". Es una estupenda ilustración de cómo las palabras se desprenden de la imagen original y adquieren vida propia. Se podrían añadir muchas más: coches sin caballos, cafés sin cafeína, profesores que no profesan, tejados sin tejas, carteras sin cartas, bomberos sin bombas.
Ignacio Frías me recuerda la riqueza léxica de las letrinas: "trono, retrete, excusado, garita, jardín, tigre, ciento, felipe". (Las dos últimas versiones son de Cataluña, por la guerra de 1714). Se podría añadir: aseo, servicios, lavabo, wáter, urinario, evacuatorio, w.c.
José Antonio Martínez Pons observa la vieja costumbre de que las mujeres, cuando están en un local público, "suelen ir al baño de dos en dos". Es una constante atávica. Cuando no había agua corriente y las mujeres tenían que salir al corral a hacer sus necesidades, lo prudente era ir de dos en dos. Así, una vigilaba y la otra evacuaba. No es una situación demasiado antigua. Yo la he visto cuando era pequeño.

Jesús Laínz arremete irónicamente contra mi delirio de reivindicar el gentilicio de españuelo. Su desahogo consiste en proponer una alternativa: expañol. Y ya de paso añade: "De esa España sodomizada y residual también me querré separar. Reclamo mi condición de kántabru, y la anchoa será mi escudo". Supongo que quiere decir que la humilde anchoa será su animal totémico.

martes, 3 de junio de 2014

El monarca que supo pedir perdón - Fernando Ónega

El monarca que supo pedir perdón - Fernando Ónega
La primera vez que tropecé con el rey Juan Carlos (literalmente, tropecé) fue en el Palacio de La Moncloa, en la vieja antesala del Consejo de Ministros. Supongo que nos dimos los buenos días, y me froté los ojos para comprobar que estaba despierto. ¿Qué hacía el rey allí? Después me lo explicó el presidente Suárez: había ido a dar ánimos al Gobierno. Eran días terribles, de constantes asaltos del terrorismo y el joven monarca hacía eso: se ponía el casco, cogía la moto y se presentaba en La Moncloa sin avisar. Sentía los problemas del Gobierno como propios. Era muy joven.
La segunda o tercera vez que estuve con él en el Palacio de La Zarzuela fue por un rumor. Corría el año 1985 y se había extendido la especie de que don Juan Carlos tenía un problema de salud tan singular como complicado: un tumor o algo así en los testículos. No era fácil desmentirlo ni quizá había por qué hacerlo, porque no se había publicado; pero estaba en el chismorreo nacional. Los servicios de prensa de la Casa Real nos convocaron a los directores de medios sin explicar para qué. Cuando estábamos todos en el salón de audiencias, se abrió la puerta, entró Don Juan Carlos, hizo como que se desabrochaba la bragueta y preguntó: «¿Os los tengo que enseñar, o qué?» Se acabó el rumor. Nunca más se habló de estado de salud testicular el rey.
Un hombre campechano
Cuento estas anécdotas para acercarme al perfil humano de su majestad. Es, ante todo, como se ha definido ayer en su declaración institucional: un hombre que quiere a España. Esto es una obviedad en el rey, pero conviene no olvidarlo. Su seguimiento de lo que ocurre en su país es constante y creo que apasionado. En segundo lugar, es un tipo campechano, hasta el punto de rozar los límites del riesgo por la franqueza de sus expresiones. Desde luego, se gana la voluntad de sus interlocutores en sus conversaciones y audiencias. Incluso en los peores momentos de salud sabía arrancar una sonrisa de las personas que saludaba. Y, en tercer lugar, disfruta de una memoria privilegiada. Es un espectáculo verlo en las masivas audiencias de la fiesta del 12 de Octubre y comprobar cómo saluda a cada invitado por su nombre. He llegado a pensar que tenía un artilugio electrónico que le iba «soplando» los nombres y empleo de cada persona, pero no, es su prodigiosa memoria.
He tenido la fortuna de hablar con él en diversas ocasiones, y este es el Juan Carlos de Borbón y Borbón que he encontrado. Pasó los primeros 35 años de su vida en la situación más extraña en que se puede encontrar una persona: aspirante a la Jefatura del Estado, pero viviendo en media clandestinidad, con movimientos y reuniones con personas vetadas por el régimen. Utilizó a un sobrino de Franco, Nicolás Franco y Pascual del Pobil, para contactar con Carrillo. Conoció el pensamiento de la entonces oposición política en conversaciones personales y secretas. Y tuvo que burlar a los servicios de inteligencia del régimen como si fuera un activista de izquierdas.
Su gran preocupación inicial, cuando vio acercarse el momento de la sucesión, fue que el Partido Comunista no boicotease la coronación con protestas populares y lo consiguió a base de diálogo y compromisos de legalización. Por eso sostengo que su papel en la legalización del PCE fue fundamental, aunque Suárez haya sido el arriesgado ejecutor. Y gracias a la transmisión de su firmeza en construir un sistema democrático en España logró lo que ha sido el gran prodigio de la transición: que la izquierda que había defendido hasta la muerte la legalidad de la Segunda República aceptase una monarquía como sinónimo de democracia. Eso fue lo que hizo posible el éxito de la transición.
Y en esa transición, él fue el motor. No se hizo nada sin su inspiración. Dotado de un finísimo instinto de captación de las necesidades de la sociedad, sugirió los cambios y marcó la meta: una democracia plena, normal y con participación de todos los partidos. Le he preguntado en una ocasión si había un plan detallado, con todas las medidas previstas, y me respondió que no; que había una meta que requería las medidas necesarias para alcanzarla, pero no un detalle de las normas, ni siquiera del calendario. Desde ese punto de vista, la transición tuvo mucho de genial improvisación.
Ideológicamente, es un monarca al que no se le puede colocar ninguna etiqueta, como parece lógico en quien quiso ser el rey de todos los españoles. Los socialistas que fueron presidentes de Gobierno, González y Zapatero, afirman que jamás puso un inconveniente a su trabajo ni se inmiscuyó en su tarea de gobernantes. Aunque debo decir (y esto se lo escuché al rey en una reunión con otras personas) que sí tuvo su etapa izquierdista; «un poco rojeras», dice él con su tono desenfadado. En los últimos tiempos, ya doliente de sus problemas físicos, lo he visto quejoso de la falta de diálogo en algunos de los problemas nacionales.
Debilidades carnales
Y, en su conjunto, es o ha sido un hombre con sus debilidades carnales en las que nunca entraré, porque también los reyes tienen derecho a su vida privada y a sus espacios de intimidad y quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Lejos de esos episodios, la imagen que me queda del rey Juan Carlos es la de hombre que sabe escuchar; que debe la mitad del juancarlismo a su simpatía personal; que ha tenido los redaños suficientes para hacer la peineta a un grupo de batasunos que le gritaron por la calle en el País Vasco, para preguntarle en público a Hugo Chaves por qué no se calla o para ordenar a Milans que devolviera los tanques a los cuarteles; que ha sido escrupuloso en el respeto al marco constitucional en las competencias atribuidas a la Corona; que a veces se equivocó de amigos, pero supo reaccionar a tiempo; que sufrió lo indecible con sus enfermedades, pero no por el dolor físico, sino por miedo a perder facultades para su reinado; que sufrió por Urdangarin y la infanta Cristina, pero no utilizó su poder para detener la investigación judicial; y que se equivocó como todos, pero tuvo la humildad de pedir perdón, algo insólito en un rey.
La gran injusticia histórica con su persona es reducir sus servicios a la transición y el golpe de estado del 23-F. Para este cronista ha sido mucho más que eso. Ha sido el garante de las libertades y de los derechos cívicos. Y su reinado pasará a la historia como tantas veces se ha dicho: como la etapa de mayores libertades y prosperidad de la biografía de este castigado país.
juan carlos i el rey que pilotó la transición democrática
Su preocupación inicial era que el PCE no boicotease su coronación con protestas populares
Ideológicamente, es un rey al que no se le puede colocar ninguna etiqueta

Sufrió con la infanta, pero no utilizó su poder para detener la investigación

lunes, 2 de junio de 2014

¿Te gusta conducir? - David Torres

¿Te gusta conducir? - David Torres
Gran aficionado a la albañilería, Gallardón dejó Madrid como un parque temático de Hiroshima antes de frotarse las manos y acometer una reforma de la justicia que todavía no se sabe dónde nos puede llevar, salvo a algún lugar más allá del río Pecos. Se trata de un saneamiento radical que hubiese asustado al mismísimo Roy Bean, aquel juez de la horca que impartía justicia con ayuda de una Biblia y asesorado por un oso. Entre soltar a narcotraficantes y empapelar a ladrones de hortalizas, es difícil saber por qué se hubiese decantado el juez Bean, pero Gallardón no sólo se deja aconsejar por osos sino también por madroños.
Lo más extraño de todo es que en el PP hayan empezado las reformas por el código penal, cuando está claro que la más urgente para ellos es la del código de circulación, que al paso que lleva esta gente no va a dejar ni un artículo sano. El juez Enrique López conducía una moto sin casco, se saltó un semáforo en rojo y cuando le hicieron la prueba de alcoholemia, casi sopla un matasuegras. Menos mal que no le hicieron un análisis de sangre, porque en vez de RH positivo le sale denominación de origen. López confesó que había circunstancias personales que podrían justificar los hechos, pero no logramos imaginar qué circunstancias pueden llevar a alguien, a las siete y media de la mañana de un domingo, a cuadruplicar la tasa permitida de alcohol, treparse acto seguido a una moto y lanzarse por la Castellana a cabeza limpia a reventar semáforos. Lo único que se nos ocurre es una prueba a tumba abierta para ingresar en la filial hispánica de Sons of Anarchy.
Al menos hay que agradecerle al juez López su buena disposición con los agentes, porque llega a conducir la moto la señora Aguirre y enfila Castellana adelante a lo Evel Knievel, quemando llanta por todo Madrid hasta que la atrapen los guardias como a Steve McQueen al final de La gran evasión. Se pone uno a repasar la lista de infractores al volante, de Carromero a Miguel Angel Rodríguez, y de Nacho Uriarte a María Pilar Araque, y se pregunta si ha caído en un partido político o en unos autos de choque. La conjunción estelar entre el código de circulación, el alcohol y el PP empieza a ser preocupante, sobre todo para los peatones. La gran pregunta es por qué no habrán hecho ministros a Farruquito y a Ortega Cano.

Decía Nabokov que nunca hay que fiarse de un poeta que sepa conducir, una temeraria afirmación que me llevó a hacer una encuesta entre mis colegas en la cual descubrí una abrumadora y sorprendente mayoría de no conductores. Entre los políticos de derechas, por lo que se ve, también abundan los analfabetos del volante, sólo que a ellos no les da ningún miedo sentarse a los mandos de un coche, borrachos perdidos, y que sea lo que Dios quiera. El miedo, de hecho, es todo nuestro porque empezamos a sospechar que esto de la conducción kamikaze no es más que una metáfora de cómo llevan el país, dando tumbos, a toda hostia, sin leyes, sin casco y sin frenos.

viernes, 30 de mayo de 2014

Hambre con raíces - José Luis Alvite

Hambre con raíces - José Luis Alvite
Yo estoy convencido de que a los hombres de mi generación nos cuesta poco dominar los vicios, perder las costumbres o renunciar a las ganancias. Desde que se prohibió fumar en los bares le he demostrado a más de uno que aunque fumo a un ritmo de un cigarrillo cada diez minutos, puedo permanecer cuatro horas seguidas sin encender un solo pitillo. Significa eso que no soy un consumidor vicioso, como algunos pretenden, sino un fumador vocacional. Sin ánimo de servir de ejemplo, a mis amigos ya les he dicho que en mi caso dejar el tabaco no sería una proeza sino un acto de desidia, la dejación de algo que forma parte de mis cualidades más reconocidas. ¿Por qué no dejo el tabaco si me resulta tan fácil prescindir de él? ¡Que tontería! ¿Y por qué no dejo el coche si puedo desenvolverme perfectamente sin su recurso? No dejo el tabaco porque me gusta fumar y porque me traen sin cuidado sus malas consecuencias. En el caso extremo de que el exceso de consumo me impida usar las manos, estoy dispuesto a cierta moderación, aunque solo sea para dejar de ser un fumador compulsivo y convertirme en un fumador empedernido. Agradezco que quienes me quieren se preocupen por mi salud, pero, ¡demonios!, también espero de ellos que comprendan que a la postre tendré que elegir mortaja y un sitio entre la tierra, y la verdad es que prefiero morir después de haberme divertido y no enfrentarme con espanto a la idea de morir rebosante de salud. Como decía, los hombres de mi generación estamos preparados para las renuncias y el fracaso. Incluso quienes ahora nadan en la abundancia recuerdan con claridad que en su día fueron apenas los hijos de los mendicantes de hace cincuenta años, aquellos tipos iletrados, cálcicos y marrones que sabían que la solvencia puede ser una conquista relativa y que nadie está libre de mendigar con una mano lo que necesite gastar con la otra. No seré yo quien hinche mi biografía alegando lejanos días de hambre en casa, pero conservo la amistad de unos cuantos de aquellos niños que hace cincuenta años tuvieron que aprender a dormir con hambre y descubrieron que por extraño que parezca, con la alucinación psicosomática del hambre un hombre puede vomitar alubias llevando tres días en ayunas. Por eso digo que aquella gente está preparada para el retorno a los malos tiempos. El problema lo tendrán quienes nacieron y crecieron en los días de la abundancia. Mucho me temo que todos esos españoles adocenados por los excesos ni siquiera podrían prescindir de la pasta de dientes. No sé como van a resolver el problema, pero creo que ha llegado el momento de que comprendan que todavía vivimos en un país en el que muchos recuerdan haber soñado con comerse sin pestañear las hojas ciegas que se suponía que brotaban a oscuras en las raíces de los árboles.

Días sin humo - José Luis Alvite

Días sin humo - José Luis Alvite
Dentro de dos días habrá acabado el tiempo de la tolerancia y ya no podré fumar en los bares. Tengo la opción de acudir a pesar de la prohibición o renunciar a mi vida en los cafés. También podría ocurrir que en un descuido encendiese un cigarrillo, alguien lo denunciase y al poco rato se me echase encima un fornido policía dispuesto a reducirme de la manera más expeditiva, como si en vez de un cigarrillo hubiese sacado del bolsillo una pistola. Lo que era un vicio se convierte ahora en un delito y a los fumadores se nos considerará un peligro social, además de un quebranto sanitario. Vivimos una era de hipocresía en la que la salud individual importa más que la decencia pública, un tiempo en el que ser nazi se considera menos peligroso que ser fumador, probablemente porque entre la pudibunda casta política prolifera la clase de idiota que considera que los vicios son siempre más peligrosos que las ideas. Tal vez olvidan que los grandes dictadores fueron siempre declarados enemigos públicos de los vicios y llevaron sus vidas con arreglo a una sobriedad que ni siquiera a sí mismos se imponían los santos. Yo creo que un hombre sin vicios tiene disponible a mayores el tiempo que necesita para tener ocurrencias como la de prohibir fumar, que es una tentación muy acorde con la personalidad de quienes –como Franco, como Hittler, como Mussolini, como Pinochet...– siempre consideraron que los vicios son una imperdonable flaqueza del espíritu, una lacra psicológica que les impediría ejercer el poder con la permanente dedicación y la férrea entereza con la que ellos lo ejercieron. Curiosamente, ninguno de los grandes dictadores tuvo jamás la ocurrencia de prohibir el consumo de tabaco en los bares. Sabían que el pueblo soporta que le racionen la cultura, pero es muy reacio a que se le restrinjan los vicios. Yo he tomado unas cuantas decisiones equivocadas en mi vida. Raras veces se me puede ver sin un cigarrillo en la mano, pero estoy seguro de que la mayoría de esos errores los cometí en uno de esos contados momentos en los que no me quedaba tabaco en el bolsillo. No es que el tabaco me vuelva más sensato, no; lo que pasa es que siempre he empleado en los vicios el tiempo que por suerte no dediqué a ser tan sensato como esos tipos de la política que se empeñan en hacernos creer que la libertad es algo que se conquista como consecuencia de ignorar sus beneficios y padecer sus restricciones.

Luis Mariñas - José Luis Alvite

Luis Mariñas - José Luis Alvite
¡Que lástima que te hayas muerto, Luis Mariñas, viejo amigo coruñés! Si aún estuvieses aquí y pudieses echar un vistazo a los periódicos de la mañana o escuchar los boletines informativos y las tertulias de radio y televisión, verías lo mucho que te apreciaban incluso quienes en su día no disimularon su intención de moverte hacia el rincón o su ilusión por destruirte. A cambio de ese sinsabor, verías que la gente de la calle sentía verdadero aprecio por ti, colega, y lo mucho que en las comidillas de las peluquerías y de los talleres se echa de menos a los tipos como tú. ¿Sabes?, al leer los obituarios me he dado cuenta de que tenías menos premios que la mayoría de tus renombrados colegas de la televisión y la verdad es que me he llevado una alegría porque en este país y en este ambiente, amigo mío, hay poca gente que se libre de la lacra de ver reconocida su labor con algunos de esos galardones desacreditados que tendrían que pesar como losas en el pecho de quienes se consideran condecorados con ellos. Ahora comprendo por qué un viejo periodista me dijo hace ya algunos años que lo peor que te puede ocurrir en este oficio es que te sientas tentado por la gloria y amenazado por el éxito. Todos quieren asomar la cabeza donde mejor les dé la luz porque este trabajo es algo de esperanza, poco sol y mucho frío. Uno ya no sabe muy bien cuál es el mejor sitio en el que estar. Nos ocurre como al náufrago cuya única opción de salvarse es aceptar que lo recoja en su bote el tipo solitario, furioso y hambriento que con toda seguridad no lo considerará una víctima, sino un bocado. Recuerdo haber hablado de esto contigo hace ya algunos años, con motivo de haber coincidido en el despacho del director de un periódico gallego. Yo atravesaba un mal momento y era casi comida para perros, y tú te quejabas de que tu carrera parecía estancada en el lodo del éxito. Jamás hablé de ti en mis columnas del periódico, amigo. Tampoco me preocupé demasiado por saber cómo te iba la vida. Tú hiciste lo mismo. Cada uno tomó su rumbo y hablamos poco desde entonces. Ahora me encuentro tu cadáver rodeado de costaleros y de elogios. Y me pregunto, querido colega, viejo amigo, si en realidad muchos de esos tipos en el fondo no estarán resentidos contigo porque les haya pisado, sin vanidad y sin aspavientos, la noticia de tu propia muerte. Ambos sabemos, Luis Mariñas, que a más de uno tendrían que entrarle tus cenizas en los ojos.

El castigo de la libertad - José Luis Alvite

El castigo de la libertad - José Luis Alvite
Quedan pocos días para que entren en vigor las nuevas restricciones con las que se pretende combatir el consumo de tabaco. No parece que el sentido de esa lucha vaya a invertirse, de modo que a partir del 2 de enero va a ser imposible fumar en los bares, lo que supone que en su lucha contra el tabaco el Gobierno lo que conseguirá de mí es que deje de tomar café. Muchos fumadores se replegarán sobre sí mismos y consumirán tabaco en la vía pública o en la intimidad, renunciando a los bares y cafeterías a los que acudían habitualmente. No sé hasta qué punto la medida redundará en un descenso del consumo de tabaco, pero estoy convencido de que será decisiva en la caída de la venta de café. En una etapa anterior de su cruzada contra el tabaco, los políticos decidieron estampar en las cajetillas mensajes advirtiendo de que el hábito de fumar acortaba la vida o podía incluso matar. No sé si hay estudios serios acerca de la repercusión de aquellas advertencias, pero estoy seguro de que, lo mismo que me ocurrió a mí, muchos consumidores lo que hicieron en vez de dejar de fumar, fue dejar de leer. Nuestros gobiernos siempre consiguen éxitos inesperados mientras intentan conseguir otros resultados, lo que explica que al PSOE se le dé tan bien que gobierne el PP. Ahora me entero de que en su rigor persecutorio contra los fumadores, la Ley reconoce la excepción de las prisiones. Un pacífico ciudadano que cumple con todos sus deberes sin saltarse las normas tiene prohibido fumar en el bar en el que paga sus consumiciones, pero podrá hacerlo en la cárcel a la que le lleven por haber asesinado al camarero que le obligó a apagar el cigarrillo. En prisión todo serán facilidades para que estudie y podrá ganar algún dinero extra haciendo pequeños trabajos que sólo producen fatiga si los dejas. A los reclusos se les ofrecen también espectáculos teatrales a los que jamás habrían asistido si tuviesen que pasar por taquilla y juguetonas chicas de pago. Y ahora, según he leído, a los presidiarios se les permitrá fumar. Yo he llevado una vida irregular y algo turbia, lo reconozco, con vicios diversos y no pocas salidas de tono, temeroso de cruzar la finísima línea que me ponía a salvo de la cárcel. Si volviese a las andadas, creo que cruzaría esa dichosa línea, aunque sólo fuese porque el castigo de perder la libertad tal vez se compensase en mi caso con el premio de fumar. Los presidios se llenarán de ansiosos fumadores hartos de las horribles restricciones de la vida en libertad. Y de vez en cuando entrarán en la cárcel los antidisturbios de la Policía para desalojar a los reos que se resistan a la salir a la calle una vez cumplida su condena. Me pregunto qué clase de sociedad es ésta en la que la salud se ha convertido en un deber y la libertad se considera un castigo...

Mamie Van Doren - José Luis Alvite

Mamie Van Doren - José Luis Alvite
De muchacho me dejaba llevar por los impulsos, y aun así, que yo recuerde, mi impulso más determinante era siempre un impulso lírico y contemplativo, es decir, el impulso de no hacer lo que tendría que haber hecho. Supuse entonces que con el paso del tiempo recuperaría el retraso y haría todo aquello que para entonces aún tendría pendiente de hacer. Me equivoqué.
No perdí mis impulsos y todavía muy a menudo me dejo arrastrar por las corazonadas más que por las razones, pero cuando me pongo reflexivo pensando en la conveniencia de tomar decisiones inteligentes, lo único que consigo es pensar bien los planes que al final dejo de nuevo sin hacer. Sigo siendo cobarde para las cosas que me acobardaron en la adolescencia, sólo que ahora soy un cobarde más reflexivo, es decir, un estoico cobarde sin excusas.
Sólo me queda ante mí mismo la coartada de entender que mi cobardía de ahora ya no es el resultado de un atolondramiento, sino una conquista intelectual, del mismo modo que ciertos nacionalistas consideran un hallazgo ideológico lo que en realidad por lo general no es otra cosa que una patología mental. Yo reconozco haber tenido inclinaciones nacionalistas en una época de mi vida en la que me sentí descontento con el hedonismo de la adolescencia y pensé que un hombre no podría redimirse de su indigencia conceptual si se resignaba a creer que su techo ideológico era la masturbación. Un día al salir de la ducha rompí la foto de Mamie Van Doren y decidí invertir mis energías en la adopción del nacionalismo radical como método de redención vital. Fue uno de mis impulsos menos líricos y mi apuesta adolescente más arriesgada.
Con el transcurso del tiempo comprendí mi error y me pregunté sin éxito adónde diablos habría ido a parar aquella bendita foto de Mamie Van Doren con la que tan a gusto había cultivado mi indigencia ideológica.
Había llegado a la conclusión de que el nacionalismo no sólo no había llenado de sentido mis expectativas intelectuales, sino que había vaciado de contenido mis manos. Ahora soy mayor y, por suerte, lo bastante inmaduro para creer que los pensamientos que calientan la cabeza y envenenan la mente de un hombre, no son en absoluto más recomendables que aquellos otros que simplemente le vician la mano y le joden la letra.

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite

Abrazo con lluvia - José Luis Alvite
Fue en una oscura tarde de diciembre, hace ya algunos años. En pleno centro de Compostela un joven delincuente me salió al paso con las manos en los bolsillos bajo la lluvia. Habíamos tenido lo nuestro por culpa de lo que él hacía y de lo que yo contaba. Días antes me había seguido a los lavabos de una cafetería, cerró la puerta tras de sí y me puso una navaja al cuello. Me dijo: «Esperaré a que con el miedo se te suban los huevos a la garganta y entonces te los arrancaré con la punta de la navaja, los tiraré al suelo y los aplastaré como si fuesen dos putos caracoles». Me dejó sin aliento, luego retiró la navaja y se largó mientras yo intentaba recordar cómo meaba antes del miedo. Aquella tarde bajo la lluvia supuse que podría repetirse la amenaza y quise cambiar de acera. Entonces aquel tipo me alcanzó, me cortó el paso y me dijo: «Es Navidad y estoy solo. Eres un cabrón de mierda, pero, ¿sabes?, es Navidad y no tengo quien me abrace». Entonces sacó las manos de los bolsillos, abrió los brazos en cruz y esperó el abrazo que tuve el acierto de no negarle. Yo le pasé con mis manos el afecto que aún conservaba a pesar del susto de aquel café y él me hizo llegar a la gabardina el agua de su ropa empapada. No recuerdo que nos dijésemos nada. Tampoco sé si aquel tipo lloraba o era sólo lluvia aquel brillo en sus ojos maleados por la vida y pasmados por el cansancio. No volví a cruzarme con él desde entonces. Supe de sus fechorías y las conté en mi periódico pero ya nunca pude retratarle como lo hacía antes de aquel abrazo mojado. Cada vez que probaba a describirle me salía un tipo cordial, el muchacho solitario y navideño que mendigaba un abrazo bajo la lluvia. Era como si por culpa de sus actos criminales me remordiese a mí la conciencia y fuese incapaz de contar la realidad sin dejar que interfiriese en ella la piedad. Supuse que él agradecería aquella imagen más cordial, pero al mismo tiempo pensé que tal vez aquel perfil más sensible podría desacreditarle entre los otros delincuentes. Ni siquiera estaba seguro de que cualquier día no resistiese la tentación de intimidarme y me siguiese de nuevo a los lavabos de la cafetería, me señalase la garganta con la punta de su navaja y me dijese: «En aquella ocasión era Navidad y te pedí un abrazo. Bien, me diste el maldito abrazo y ahí tendría que acabarse todo. Pero ahora hablas bien de mí y me estás hundiendo. Mis colegas creen que soy tu confidente. ¿Sabes?, yo aquel día quería tu abrazo, joder, no tu reputación»...

Cadáver con moscas - José Luis Alvite

Cadáver con moscas - José Luis Alvite
De adolescente quería saber qué se sentía al estar enamorado. Después de aquello me enamoré y me entró curiosidad por saber qué se sentía con motivo de que me hubiese dejado una mujer. La verdad es que me he pasado media vida tratando de que fuese por completo distinta la otra media. En mis relaciones sentimentales he tenido siempre mucha suerte y no puedo decir que haya sufrido porque no me amase la mujer a la que deseaba, probablemente porque jamás me propuse mis objetivos más allá de donde estuviese seguro de que pudiese acertar mi discreta puntería. Supongo que eso significa que si fuese cazador, me habría dedicado a la captura de perdices con las alas de alpaca y a dispararle a los cadáveres de los jabalíes presos de los cuervos. También es cierto que una manera de evitar que alguien deje de quererte por iniciativa propia es hacer cuanto puedas para sugerirle que lo haga ella misma en tu nombre. Con esa actitud conseguí que me dejasen unas cuantas mujeres con las que yo jamás me habría atrevido a romper. Entonces reducía mis apariciones hasta que a ella se le hacía evidente que sobraban una entrada para el cine y un cubierto en la mesa. Reconozco que siempre me faltaron agallas para romper con una mujer mirándole a los ojos. También he de reconocer que si es ella quien parece decidida a acabar, me doy cuenta de que mis recursos para evitarlo no son tan sólidos como pensaba. Un amigo mío que presumía de conocer a las mujeres me dijo en una ocasión que para evitar un fracaso sentimental la literatura daba distinción y quedaba muy fina, pero que lo mejor era acudir a la última cita llevando para ella en un estuche un maravilloso reloj de pulsera. ¡Bobadas! Yo lo pasé muy mal con una mujer a la que adoraba pero al poco de conocerla supe que lo del reloj de pulsera no iba con ella. «Me has decepcionado y ya no puedo confiar en ti. He perdido la fe. Ya no me creo tus promesas», me dijo. Ni siquiera acerté con una sola frase con la que pudiese conmoverla. A mí su decisión me parecía exagerada e injusta, pero no hubo manera de ablandar su resistencia al perdón. Entonces desaparecí lentamente de su vida y convertí el dolor en literatura. Le dije adiós a lo lejos con una columna cobarde y cariñosa que le dediqué en el periódico. Nunca supe si ella llegó a leer aquello, pero, ¿sabes?, yo sigo donde solía estar y aún soy propenso a enamorarme, de modo que si acuerda cambiar de opinión no tiene más que desandar sus pasos y decirme: «He vuelto porque sé que estarás solo como un perro y porque un día me dijiste que te gustaría que espantase con mi abanico las moscas de tu cadáver».