Ocurrió muchas veces en mi infancia y no estoy seguro de haberlo superado. Mi madre ingresaba con frecuencia en un sanatorio para ser operada. Desde Cambados venía tía Pepita para que hubiese una mujer en casa. Aunque fuese media mañana, nada más llegar ella, irrumpía la noche y aquel silencio casi abacial que sólo se interrumpía para que se dirigiese a mí con un aviso que nos concernía a todos: «Tenemos que estar preparados para lo peor». No decía otra cosa, ni expresaba nada con aquel rostro tan austero en el que se plisaban sin idioma las facciones reglamentarias de un conserje. Después se levantaba la mesa y yo me iba a la habitación de mi madre, abría el ropero y miraba con tristeza la caja de su pamela y sus vestidos vacíos. Solo un rato, casi abrir y cerrar el ropero, el tiempo justo para darme cuenta de que estaba a punto de convertirme en el huérfano de un puñado de ropa, en el expósito perplejo de una mujer hermosa, dulce y vulnerable con la que temía encariñarme por miedo a echarla de menos si se cumplía el vaticinio mortuorio de tía Pepita, que esperaba de mí la entereza de un soldado enlutado por la muerte de su comandante, el ácimo dolor institucional de un niño que no perteneciese a una familia, sino a un escalafón. «No entiendo cómo con su mala salud, tu mujer no le tiene ropa negra a estos niños», le escuchaba decirle a mi padre en la cocina. Y volvía el silencio, aquel silencio descalzo en el que mi respiración sonaba como si cavase una sandía en mi pecho la azada del enterrador. A los pocos días mi madre regresaba a casa débil y demacrada, con el vientre recogido en el cuenco de una mano sin tacto. Entonces tía Pepita se volvía a Cambados y yo me veía vestido de negro en el reflejo medicinal de los ojos grises de mi madre...
"El amor eterno es aquel cuyo fracaso se recuerda siempre" José Luis Alvite
sábado, 8 de junio de 2013
El diario de Verónica - Federico Quevedo
El diario de Verónica - Federico Quevedo
No sé cuántos años tenía Verónica cuando su propio padre la asesinó de un golpe en la cabeza para posteriormente descuartizarla en pedacitos, después de haberla violado y dejado embarazada… “Mi tío me quemó con la plancha y tú te reías, le dijiste que me quemara con la plancha y no me curaste, ¿te acuerdas?”, escribía Verónica en su diario refiriéndose a él. Este diario ha dejado una profunda huella en aquellos que han podido leerlo, porque en él se relata una auténtica galería de los horrores sufridos por esta joven cuyo 68% de discapacidad mental no le impedía ser consciente de la tortura continua y sistemática a la que la tenían sometida su padre, su madrastra y las familias de ambos.
A Verónica le pegaban, la violaban, la utilizaban como sirvienta, le escupían, la insultaban, se reían de ella, la abandonaban en la calle hiciera sol, frío, lluvia, viento… La dejaban sin comer y sin beber, desnuda, sola, terriblemente hurtada de cualquier resquicio de compasión y ya no digamos de amor. Fue su hermano, nacido de la misma madre y a quien también propinaron una tortura insufrible plagada de palizas y quemaduras de cigarrillos, quien sospechó que algo extraño pasaba en la desaparición de Verónica. Durante diez años la buscaron, hasta que finalmente encontraron su cuerpo descuartizado en una mochila escondida en un cuarto de aperos de labranza.
Ni siquiera pudo tener la paz de una cristiana sepultura y sí el desprecio y la violencia post mórtem de su madrastra y los hijos de esta, que fueron capaces de ocultar su cuerpo durante años. Tanto tiempo pasó que el principal causante de su increíble sufrimiento tuvo lo que le negó a su propia hija: una muerte digna que le ha librado de la cárcel -aunque mi fe confía en la Justicia divina- y del escarnio público que merecía haber provocado tanto horror. Yo no sé a ustedes, pero a mí la historia me ha conmovido hasta el extremo. Las imágenes fabricadas por la capacidad de ficción se agolpan en mi cabeza como si ciertamente lo hubiera vivido.
Es verdad que cada día nos sorprenden historias como esta, pero -no sé si por las especiales circunstancias que rodean el infierno sufrido por Verónica- el caso es que no he podido resistirme a dejar fluir los sentimientos que tanto horror me producen y hacerme la pregunta con la que en un primer momento titulé este post: ¿cuánta maldad cabe en el corazón humano? ¿Por qué permite Dios semejante ejercicio de crueldad? La única explicación que mi razón admite es la de que la víctima recibirá una compensación proporcional al castigo infligido contra ella y que el verdugo será castigado, igualmente, con un infierno semejante al que hizo pasar en vida a Verónica.
Si no fuera así, ¿qué nos impediría actuar con la misma violencia ante semejante atrocidad? La herencia fundamental del humanismo cristiano nos llevó a concluir que la ley del Talión no era la respuesta adecuada al delito por parte de una sociedad que busca darle todo el sentido positivo posible a la convivencia. Pero es inevitable sentir un asco profundo, una rabia contenida, un deseo -incluso- de humana venganza hacia quienes son capaces de cometer tan brutales atrocidades. Y una pena infinita, un dolor incurable por quien fue objeto de semejante crueldad y desde la inocencia inherente a su limitada capacidad sacó fuerzas de flaqueza para dejar escrito el relato de tal infamia.
No sé si algún día podremos leer completo el Diario de Verónica, ojala sea así, aunque solo sirva para aumentar nuestro dolor y nuestro asco hacia tan inhumano comportamiento. Verónica es un ejemplo de vida, de por qué la eugenesia es casi tan brutal como el infierno sufrido por esta niña-joven a manos de su padre y su madrastra. Verónica debería llenarnos de fe en la persona, porque incluso cuando la persona parece tan lejos de nuestra capacidad de entendimiento es capaz de darnos lecciones de entereza y de fortaleza.
Verónica, su muerte y la causas de la misma, no deberían circunscribirse a un relato breve en la mitad de las páginas de un periódico, sino que debería ocupar ya las portadas de los telediarios y ser objeto de análisis en esas tertulias en las que solo parece que interesa otra clase de miseria humana vinculada a la fama fácil, la riqueza y el poder. Verónica debería despertar nuestras conciencias y obligarnos a pensar qué tipo de sociedad estamos construyendo y a actuar de inmediato para evitar que casos como el suyo se olviden en el oscuro cajón de una hemeroteca.
Ese diario, ese terrorífico diario, debería ser best seller en nuestras librerías para que no olvidemos nunca qué extremos de maldad, de tamaña crueldad, es capaz de albergar el corazón del hombre y nos haga reflexionar sobre el sentido de la vida y la hermosura de su protección. Descanse en paz Verónica.
viernes, 7 de junio de 2013
Y a ninguna le interesa - Arcadi Espada
Y a ninguna le interesa - Arcadi Espada
JULIA, mi zahorina en estas delicadas cuestiones socialdemócratas, me adelanta en la radio lo que va a suceder. «¿No le parece», me pregunta respondiendo, «que es una forma de criminalizar el sexo?» Se refiere a las declaraciones de un Douglas sobre el sexo oral, práctica a la que se ha dedicado con interés y a la que atribuye la causa de su cáncer. No pasan muchas horas. Douglas, ya por completo criminalizado, retira sus declaraciones iniciales y dice que el sexo oral es inocente. Yo creo que a su retractación en plena regla le faltó un punto de ironía. Debió decir: «Me equivoqué. El sexo oral no tiene la culpa. La prueba es que mi mujer se encuentra perfectamente».
A diferencia de médicos y especialistas situados a miles de kilómetros del historial clínico de Mr. Douglas nada sé sobre la causa del cáncer que nos ocupa. Mr. Douglas fumaba y bebía, esos crímenes. Pero es una hipótesis científica muy plausible que el virus del papiloma, alojado, a veces secretamente, en el cuerpo de algunas mujeres puede provocar cáncer a sus compañeros sexuales, cuando estos hunden allí su boca. Un riesgo que también existe, aunque es menor, cuando alguien se llena la boca de hombre. Una mala noticia, sin duda. Especialmente para lesbianas, adolescentes y señores mayores, mucho más si son promiscuas. Pero una mala noticia que ha de combatirse con ciencia y no con ideología.
Las acusaciones paupérrimamente progres de estar criminalizando el sexo contribuyeron, en su momento, a la diseminación del sida. A fin de no criminalizarlo nuestros paupérrimos incluso se mostraron dispuestos a aceptar que el sida se había propagado desde algún oscuro sótano de la CIA. El resultado fue un incremento en el número de muertes. Nobles, eso sí; orgullosas víctimas refractarias a cualquier criminalización. La promiscuidad sexual, alegre como fiesta entre semana, tiene sus reglas. Y la principal es que hay cosas, tipo hamburguesas, que mejor comerlas solo en casa. La promiscuidad y la ingenuidad, sin embargo, van con mucha frecuencia de la mano. Hay aún el que piensa que la puta no quiere besos porque los guarda solícita para el amor.
«La promiscuidad sexual, alegre como fiesta entre semana, tiene sus propias reglas»
Multar a los padres por la borrachera del hijo - Antonio Robles
Multar a los padres por la borrachera del hijo - Antonio Robles
Si lo que querían era provocar un debate social, lo han conseguido. Por el contrario, si van en serio con la ocurrencia, una vez más nuestros políticos ponen normas donde deberían poner arrestos.
Si hay alguien más interesado, implicado y comprometido con evitar que un adolescente beba o se drogue son sus padres. Primero, porque buscan lo mejor para lo que más quieren, y porque son los que más cercan están para impedirlo. ¿A quién se le puede ocurrir multar a los padres, si son ellos los primeros en sufrir la desolación de un hijo en estado etílico? ¿Suponen que lo provocan, o está en su mano impedirlo?
No sé qué experiencia tienen la ministra Ana Mato y el responsable del Plan Nacional sobre Drogas sobre el comportamiento adolescente. Pero barrunto que escaso, porque si tuvieran que convivir a diario con sus problemas se darían cuenta de que cada día miles de familias se desesperan porque son desbordadas por sus hijos. No porque no se preocupen de su educación, o los desatiendan, sino porque los sistemas educativos desde la Logse han sido demasiado permisivos con los niños; y las redes sociales y la televisión basura hacen estragos a diario en los valores necesarios para hacerles responsables de sus actos. Es seguro que hay padres delincuentes, drogadictos e irresponsables. Me temo que multar a estos no arregla el problema, porque el problema no se reduce a estos casos, sino que abarca a la totalidad de la sociedad y a la totalidad de los padres. Nadie puede estar seguro de que no le pase mañana a él.
Cuando se instala un problema social entre nosotros, siempre es demasiado tarde. No fue el pasado sábado cuando perdimos el control sobre nuestros hijos, sino hace dos décadas, cuando impusimos un sistema educativo Logse nacido de la falta de compromiso con el esfuerzo, con la responsabilidad ante nuestras propias acciones, con la desaprobación de la autoridad y las jerarquías familiares y la sustitución de la libertad responsable por el hedonismo más ramplón. Los padres eran amigos, y los maestros colegas, todo estaba permitido, menos hacerse cargo de los propios errores. No son los padres, es la sociedad entera la responsable de esta borrachera colectiva. A un niño lo educaba la tribu, y hoy la tribu está demasiado ocupada en sacar en pantalla a los referentes más extravagantes y menos edificantes. Y si no, fíjense en las audiencias de Sálvame o toda esa basura de las mil versiones de Gran Hermano.
Esta ocurrencia del Gobierno de Rajoy me recuerda a aquella campaña de pegatinas que se pegaban en la trasera del coche con el eslogan de "No a los accidentes". ¡Como si pudiéramos hacer algo con solo desearlo! O esa otra del sistema educativo catalán, que ante la falta de coraje para imponer disciplina, autoridad y respeto en las aulas hace firmar a los padres una "carta de compromiso con la escuela". Como si los padres que la firman no lo tuvieran. ¿Valdrá para algo firmarla, aparte de como justificación a los responsables de educación que se oponen a expulsar del aula a quienes la convierten en un infierno?
Soy muy consciente de la responsabilidad de muchos padres por no haber sabido poner límites mientras aprendían poco a poco a gestionarlos por sí mismos. Son responsables, y han de ser conscientes de ese error. Pero bastante castigo tienen ya con el coma etílico del hijo como para que encima venga el Gobierno a culpabilizarlos. Educación y prevención. Unos son niños y los otros son padres, ni los unos ni los otros delincuentes. Ni la una ni la otra se consiguen con multas, sino con generaciones educadas en valores responsables. Y libertad.
jueves, 6 de junio de 2013
Banqueros sin fronteras - David Torres
Banqueros sin fronteras - David Torres
Es muy curioso que las cajas de ahorros, que empezaron siendo instituciones sin ánimo de lucro y con carácter social, hayan acabado en manos de individuos como Miguel Blesa, que apenas tiene carácter social y sí mucho ánimo de lucro. Se da la curiosa paradoja de que los mismos ahorros que fueron ingresando nuestros abuelos y bisabuelos en aquellas pequeñas sucursales de pueblo han terminado desembocando en los bolsillos de Miguel Blesa, de Rodrigo Rato y de otros célebres escultores de pelo.
En España la banca siempre ha sido una cuestión de estética capilar. Aquí hay dos tipos de banqueros: los que usan gomina y se echan el pelo para atrás (Blesa, Conde) y los que ya no pueden echarse atrás más pelo (Botín, Rato). También está Goirigolzarri, pero Goirigolzarri es que parece todo él hecho de postizos, desde el peluquín a la nariz pasando por el apellido. Resulta trabajoso hasta el punto de que probablemente el hombre necesite un DNI desplegable, pero al menos no es uno de esos apellidos que ya indican la futura proyección semántica del usuario. Vamos, que no hacía ninguna falta preguntarle a Botín o a Rato qué iban a ser de mayores. Ya se les veía venir, igual que a José Luis Pego, que se llevó 18 millones y medio de indemnización de Novacaixagalicia tras nueve meses de trabajo; o como Adolf Todó, que tiene un blindaje de más de ocho millones de euros. Adolf es que tenía cara de banquero desde antes del bautizo.
Yo siempre he sido muy supersticioso con esto de las palabras y lo que significan, y en la vida bautizaría a un perro con el nombre de Adolf, aunque sea con acento catalán, no te digo nada a un niño. Nos pasamos días y días para buscar un nombre a un cachorro de cocker hembra, negro como la tinta, y al final, después de muchas opciones, acabamos llamándolo Sombra, que resultó el nombre perfecto porque te sigue a todas partes, te metas donde te metas, y en el parque siempre se echa a retozar bajo los árboles. Si la llego a llamar Pirata, como pretendía uno de mis amigos, lo mismo el perro se me hace banquero.
Tan arraigada tengo esta creencia que de niño buscaba misterios ocultos en palabras sonoras y hermosas pero absolutamente inanes, como palangana, e incluso me quedaba mirando la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, pensando que allá, a lo lejos, debía alzarse un monte donde se almacenaba la piedad y hábiles mineros que la extraían cuidadosamente a paladas. Pero la piedad la sacaron toda, del monte no quedó más que terreno urbanizable donde levantar unos aparcamientos, los ahorros han volado en jubilaciones indecentes e indemnizaciones pútridas, y al final, después de tanta sustracción, sólo nos queda la caja.
De Miguel Blesa poco más se puede decir, excepto que su segundo apellido es de la Parra, donde seguimos todos.
Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite
Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite
Ya estaba ella sentada en el trono de Inglaterra cuando empecé yo a ir a la escuela y creo que seguirá ahí mientras no acabe con ella cualquier enfermedad de la madera. En muchos países modernos hay monumentos más jóvenes que ella, más frágiles y, desde luego, menos arrogante de su porte no parece que se haya desmoronado aun el Imperio Británico. Tiene la reina Isabela II de Inglaterra la ambigua expresividad heráldica de alguien que sabe a ciencia cierta que pertenece a un mundo augusto y antiguo en el que lo que importa de las manos no es su calor, sino los modales. Es algo que le viene de cuna y por haber vivido en un ambiente familiar en el que no era extraño encontrarse por la mañana una perla en la escupidera de su padre y una corona entre la loza del desayuno. Acaba de cumplir sesenta años de reinado y no hay síntomas de que piense abdicar. Se mantiene encaramada en un alto índice de popularidad entre los británicos y no parece que nada vaya a moverla del trono si ni siquiera han conseguido que se resienta su entereza los dibujantes del «The Times». Ella es la madre, la abuela o la bisabuela de todos los británicos y ha conseguido que sientan por ella esa mezcla de fascinación, curiosidad y adicción que suelen despertar las leyendas, los narcóticos y los sellos de Correos. Hasta que un día su médico de cabecera encuentre el alabastro de su cuerpo en el lecho palaciego, mire el reloj de leontina y certifique que Su Graciosa Majestad acaba de fallecer víctima de una de esas enfermedades que ahuecan los robles de Hyde Park.
Los «gin tonic» - Alfonso Ussía
Los «gin tonic» - Alfonso Ussía
Se me antoja exageradísimo el tinglado que se ha montado en torno a los precios de los «gin tonic» que se sirven en la cafetería del Congreso de los Diputados. Un clamor demagógico ha colapsado las redes sociales y los medios de comunicación, escandalizados por el precio, después de la subvención, de esta agradable bebida en el recinto parlamentario. España no va a mejorar su economía aumentando en un euro el precio de los bebercios que se trasiegan sus señorías. Es más, mi propuesta es que en lugar de 3,45 euros, el precio descienda a 2,30 euros por consumición alcohólica, con el fin de incentivar el ingenio parlamentario de los diputados, que en general, es muy limitado. Mejor borrachos que borregos, que es la condición más habitual del parlamentarismo español. No estaría de más, que amén de la rebaja, se aprobara una remodelación de la cafetería patricia, dotándola de luces espasmódicas, música a todo volumen y secuencias de rayos láser al estilo de las discotecas. En una comunidad mansa, con la libertad sometida a la disciplina de partido, y la capacidad parlamentaria resumida a la lectura de un texto previamente impreso y distribuido entre todos los congresistas, los desahogos que procura la alcoholemia son imprescindibles. Eso sí, con un tope de alcohol en la sangre previamente pactado por todos los grupos y aprobado por la Mesa del Congreso.
Cuando Peces-Barba se cargó la «Taberna del Cojo», el bar del Congreso así bautizado por la asidua presencia en su recinto del conde de Romanones, la cafetería se instaló en el feísimo edificio adyacente. Se puede acceder al viejo palacio vigilado por los simpáticos leones por una pasarela o bien, por el patio principal que separa la tradición de la novedad. Ahí podrían ubicarse dos parejas de la Guardia Civil – en la pasarela y en el patio–, para exigir a los parlamentarios provenientes de la cafetería que soplen por el canuto del alcoholímetro, y a los que superen el límite establecido de alcohol, devolverlos a la cafetería impidiendo su acceso al hemiciclo. Creo que el tope máximo autorizado tendría que ser el correspondiente al tercer grado de la tajada hispana. El primero no es otro que la verborrea convincente, el segundo la exaltación de la amistad, el tercero los cantos regionales, el cuarto el tuteo a la autoridad y el quinto, el insulto al clero. En los cantos regionales se puede imponer el tope. Séame reconocido – e incluso aplaudido–, que es mucho más saludable para España una canción popular de Argamasilla de Alba entonada por Cayo Lara, que una intervención del mismo personaje en la tribuna de oradores. O de Rubalcaba cantando una montañesa, o Rajoy una balada celta, o Duran Lleida alegrando la Cámara Baja con una bien principiada «cançó» de sus Pirineos leridanos, bellísimos por cierto. Y como remate final de la sesión parlamentaria, sin distinción de partidos e ideologías, todos los parlamentarios andaluces bailando en torno a la mesa de los taquígrafos unas trepidantes sevillanas. No excluyo la posibilidad del chotis para los madrileños, ni la folía para los canarios, ni la jota para los aragoneses. Mejoraría en gran medida la imagen de nuestro Parlamento.
Para ello, es fundamental y absolutamente necesario que se rebajen los precios actuales. Un aumento de los mismos, como se pretende, terminaría con nuestras esperanzas. Con que acertaran a votar lo que ordena el Grupo al que pertenecen, todo seguiría igual. ¡Chin-chin!
Dar ejemplo - Reyes Monforte
Dar ejemplo - Reyes Monforte
No acierto a entender qué hace un chaval de 12 años ingresado por un coma etílico en las urgencias de un hospital de manera reiterativa, pero supongo que sus padres tendrán una idea. El Gobierno quiere multar a esos padres y aunque a priori puede sonar un poco intervencionista, puede albergar una cierta lógica. Pero aquí o jugamos todos o rompemos la baraja, y al Gobierno de turno se le da muy bien repartir el juego pero no siempre participa del «fair play». Vale que el Gobierno se preocupe e incluso se inmiscuya en la tutela que los padres ejercen sobre sus hijos, pero que no olvide sus obligaciones. Hace unos años anunciaron que no se permitiría la publicidad de bebidas alcohólicas en la televisión, y mucho menos en las televisiones públicas, y sólo hay que ver los patrocinios de los partidos de fútbol a cargo de una determinada marca de cerveza para saber que no se ha cumplido. Eso sin entrar en el detalle de que en nuestra televisión pública no hay publicidad. Otra cosa es lo que vemos diariamente, que pueden disfrazarlo de menciones o patrocinios, pero en mi pueblo eso es publicidad pura y dura. A diario vemos en diferentes programas las declaraciones de algún personaje ante un forillo de publicidad con el nombre de alguna bebida alcohólica. Y eso es aún peor porque entra dentro de la llamada publicidad subliminal, esa que sin mostrarlo de manera fehaciente va entrando poco a poco en el subconsciente. El movimiento se demuestra andando, así que estaría bien que nuestros políticos dieran ejemplo y se dejara de vender alcohol en el Parlamento y menos a esos precios. O eso o vamos a tener que pensar seriamente en montar un control de alcoholemia en la entrada. Quizá así entenderíamos ciertas cosas.
miércoles, 5 de junio de 2013
El Papa y el guardia - Raúl del Pozo
El Papa y el guardia - Raúl del Pozo
El domingo, Francisco, desde la Basílica de San Pedro, recitó una plegaria global, conectada a la Red. Su sermón no sonó a miss recién elegida, sino a sotana socialista. Llegó a la cruel mandíbula de los tiburones, al trigo negro de la estepa, a los sótanos-fábricas donde los gamines sudan el oro de los paraísos. «La riqueza no hace fácil el camino hacia el Reino de los Cielos», proclamó. En la Casa de Santa Marta anunció que las quejas de los indignados han llegado a Dios y, como anuncian los libros sagrados, la polilla empieza a comerse el oro.
Ayer, prescindiendo del paraguas bajo la lluvia, como prescindió de la silla gestatoria, el amigo del barrio vino a anunciar que los corruptos, los políticos y banqueros que han estafado son el Anticristo. Un hombre de Estado dice: «Se ha ganado la credibilidad, lleva a la Iglesia al lugar de donde nunca debió salir».
¿Se ha convertido la tiara de tres coronas en la gorra del Che? Los apellidos vascos le van a acusar de ser jesuita-peronista y le van a cantar «Sos el primer trabajador».
El cimborrio de los cardenales, con más poder que los antiguos dioses, prepara el veneno en los anillos. La oligarquía argentina teme que beatifique a Evita, a la que el general conoció en un quilombo, y a la que ven tan prostituta como Magdalena.
El Papa no sólo ha leído a San Ignacio o el Martín Fierro, sabe por La divina comedia que cuando Dante estuvo en el infierno vio a papas y cardenales, ladrones, reinonas y bujarras.
«Es porteño y sagaz, su programa es el amor a los pobres, se escapa del Vaticano. Se toma con calma los nombramientos y no le gusta viajar», explica un cardenal de paisano. Camina por las calles de Roma como un cura de aldea, montando el show de la proximidad. Este Papa, que habla español, no quiere parecerse nada a Alejandro Borgia, que fue más disoluto que Calígula. Lo que más sorprende en Roma es el trato que les da a los guardias con trajes diseñados por Miguel Ángel, los que se enfrentaron a muerte a los lansquenetes alemanes hinchados en el saco de Roma, cuando los españoles querían linchar a la «puta roja».
Francisco hizo un elogio de la heroicidad de su guardia y, al ver delante de su dormitorio a uno de ellos sin parpadear con su yelmo, su lanza y su pluma roja, le ofreció una silla, pan y jamón al que guardaba su sueño. El guardia se negó, el Pontífice le recordó que él era su capitán y el soldado dejó la lanza y su yelmo y se puso a roncar como una vaca suiza.
Shaolín, Cambados - José Luis Alvite
Shaolín, Cambados - José Luis Alvite
No he entendido nunca que para aprender a meditar haya que recluirse con una túnica anaranjada en un monasterio chino, decir aforismos enigmáticos y disculparse con las acelgas antes de comerlas. Don José Ortega y Gasset razonaba muy bien con traje y corbata, Oscar Wilde hacía formidables aforismos casi sin probar el arroz y tía Pepita tranquilizaba a las parturientas con una frase bien poco tibetana pero de una eficacia concluyente: «¡Deja de gritar, maldita sea, y empuja!». Tía Pepita no sabía nada del monasterio de Shaolín, ni creía que hubiese algo más cosmopolita que el cartero. Se había hecho comadrona durante la Guerra Civil en un curso de urgencia en la Facultad de Medicina de Compostela y tenía del sexo la idea aproximada de que era algo un poco hidráulico que funcionaba casi como la bomba del pozo. La acompañé de niño a muchos partos en las aldeas de Cambados y no recuerdo una sola queja de sus pacientes por aquel temperamento tan práctico. Concluida la tarea, tía Pepita se enjuagaba las manos y resoplaba con una mezcla de alivio y satisfacción, como si, además de traer a un niño al mundo, con las mismas herramientas hubiese desatascado un obús. Luego me volvía con ella al pueblo y en la aldea quedaba la madre con su bebé recién nacido, feliz y relajada, la cara limpia y la cama recién mudada, mientras en la cocina alguien prendía un faldero fuego de leña en el que hervía la leche y se adormecía el gato. Nadie hablaba entonces del monasterio de Shaolín. El hambre era laxante y la gente se relajaba en el retrete con las mismas muecas de contenido placer que recordaba haber visto en el rostro de su padre aquella lejana tarde en el campo. Y en el rostro de tía Pepita regurgitaba la señorial serenidad amodorrada de aquel mundo elemental en el que con la pachorra le brotaba al fuego la misma lana que a las ovejas.
martes, 4 de junio de 2013
Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite
Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite
Conozco a muchas mujeres que estarían dispuestas a romper con su vida familiar de muchos años y dar un paso hacia delante en busca de la libertad y del placer sin importarles siquiera que al otro lado de la niebla acaso les esperen la decepción, el remordimiento o el abismo. Sólo unas pocas al final se deciden a dar el paso, echan dos mudas en una bolsa, queman en un cenicero la última lista de la compra y salen al encuentro del tipo con el que esperan compartir la emoción de la incertidumbre, la indescriptible excitación del caos, enfrentadas a partir de ese instante a una existencia aleatoria en la que sólo queden a mano las cosas que estén fuera de su sitio. Pero esa clase de mujer son casos contados. El resto hacen conjeturas, sopesan las ventajas y los inconvenientes, y aunque aprietan los dientes y parecían dispuestas a no volver la vista atrás, lo cierto es que recogen otra vez la llave del felpudo y prefieren renunciar. Ellas dicen que se quedan porque se deben a los suyos, pero yo creo que en esas circunstancias mis amigas llaman responsabilidad a lo que ellas y yo sabemos que sólo es cobardía. Esa actitud claudicante y miedosa recuerda en cierto modo la angustia de los esclavos negros de Virginia o de Alabama al enfrentarse a la incertidumbre de la libertad tras la derrota del Sur y el desmoronamiento de aquel mundo señorial, soñoliento y esclavista en el que si bien se sabían atados a la disciplina de las oprobiosas plantaciones de algodón, al menos estaban seguros de cenar cada noche cualquier cosa que diese pena vomitar y mejorase al menos la comida de los perros. Una de esas amigas mías se hace trampas para vencer la tentación de romper amarras y no le importa reconocerlo. Una madrugada me la encontré de copas en la barra del «Corzo» y me dijo: «Me da miedo que mi conciencia no me reproche la decisión de abandonar a mi familia y cambiar de vida para ser feliz. Para que eso no ocurra me creo compromisos estúpidos que me obliguen a seguir en casa al día siguiente. ¿Por qué diablos crees que pongo tan a menudo a funcionar la lavadora sin ropa y dejo cada noche seis puñados de lentejas en remojo? Puede que sea muy triste, pero necesito convertir mi aburrimiento en un deber». Mi amiga ya no ama a su marido y sus hijos viven lejos. Pero no se larga de casa porque, aunque ella no lo diga, yo sé que lo que de verdad le preocupa no es tener un buen motivo para marchar, sino que no acierte luego con una buena razón para volver.
Sexo escrito - David Torres
Sexo escrito - David Torres
Con una sola frase Michael Douglas ha inaugurado un nuevo deporte de riesgo. De seguir a este ritmo, va a acabar titulando sus memorias: “Por la boca muere el pez”, o mejor: “Con pelos en la lengua”. Ahora bien, si fuese verdad que el sexo oral provoca cáncer de garganta, casi todos los amigos que conozco llevarían un agujero en la tráquea. Luego, leyendo atentamente la entrevista al señor Douglas, comprendí que con la expresión “sexo oral”, el escriba se refería erróneamente a la esotérica práctica del cunnilingus, popularmente conocida en estos lares por amorrarse al pilón, bajar a la fuente o, como dicen los cubanos, hacer el fueraborda.
En realidad el auténtico sexo oral tiene muy poco que ver con el sexo. En España suele practicarse en grupos de cuatro o cinco tíos, todos ellos vestidos, sentados en diversas posturas, generalmente en bares o en sus casas, bebiendo, fumando, y sin más contacto físico que una esporádica y brutal palmada en la espalda de uno de ellos al concluir antológicamente el relato de sus proezas amatorias. Consiste en la narrativa pormenorizada y exagerada de una serie de fantasías sexuales con una o varias féminas, generalmente inaccesibles, en la que la cantidad sustituye a la calidad en todos los órdenes y que suele ser culminada por aplausos, gritos de burla o abucheos. Básicamente es muy parecido al parchís: te comes una y te cuentas veinte.
Uno de los primeros y más célebres practicantes del género fue Luis Miguel Dominguín, quien se ufanaba de que no había hecho más que rematar su primera noche de amor con Ava Gardner cuando ya estaba de pie al lado de la cama, anudándose la corbata. “¿A dónde vas?” le preguntó Ava, espléndidamente desnuda entre las sábanas. “¿A dónde voy a ir? Al bar, a contárselo a los amigos”. En buena ley, el alarde de Dominguín fue sexo oral a la segunda potencia porque, como explicó luego a algún biógrafo, había que ser muy necio para desperdiciar una juerga a solas con una señora como Ava por una sesión de pavoneo ibérico, por muy amigos que fueran. (Dicho sea de paso, Dominguín era famoso, aparte de por su muleta, por su valor insensato y su impenitente bocaza. Una vez le operaron de una cornada en el escroto y se negó a que el médico le pusiera anestesia por ese prurito tan torero de la cobardía. Dominguín apretó la boca para no gritar y se rompió varios dientes. Otra vez estaba de cacería con el Caudillo cuando a uno de los invitados, por gastarle una broma muy española, se le ocurrió preguntarle en voz alta cuál de sus otros dos hermanos era el comunista. Dominguín se fijó en que Franco parecía vagamente interesado y sin cortarse un pelo respondió: “Los tres, excelencia, los tres lo somos”.)
Lo del sexo oral también es algo muy español y bastante extendido en este gremio mío de escritores, poetas, periodistas y perdularios de la pluma. Eso sí, al único que le he oído contar que llamara a una puerta a las tres de la mañana para protestar por el ruido, le abriera una vecina estupenda que iba casi en pelotas, le agarrara de las solapas y se lo llevara a la cama sin apenas abrir la boca, fue a un novelista argentino. Todos nos quedamos sin saber qué decir, excepto otro novelista argentino: “Pero pibe, eso más que sexo oral, fue sexo escrito”
domingo, 2 de junio de 2013
Soldadito - Jesús Nieto Jurado
Soldadito - Jesús Nieto Jurado
A ARTUR MAS lo pensamos bien peinado, a punto de revista y de besar la senyera sin lengua. Puede que en la explanada de Montjuic. Le veo marcial, con ese mentón altivo que le brota a la burguesía catalana desde tiempos del Condado y que esculpió Marsé en Últimas tardes con Teresa: cuando hacía lírica o sociología con las barbillas y las contraponía al moreno picado de liendres de un charnego que, hoy, le bailaría el agua electoral o a Pere Navarro o al honorable Pujol y a esa prole suya tan inequívocamente emprendedora en el business–honorable también– de revisar la junta de culata o los frenos de mi SEAT Cuenca.
A Mas, retratado como un mariscal frente a la Plaza Roja de Moscú, puede que le sienten como un guante los galones que se inventa en esa patria de juguete que ya hasta nos enternece por tanto empecinamiento y tantas deudas. Aunque tenga que comulgar en el camino a la Libertad junto a la ikurriña coyuntural y el trueno de Junqueras, Artur Mas es un principito a quien le resbalan las faldas escocesas, a lo Wallace, y le ponen los uniformes, tanto o más que a su paisano Eugenio D’Ors. La percha de Mas, modelo como salido a fumar en el convite de una boda, no admite, obvio, el sarga legionario o el polvo de las guardias africanas, pero puede combinar su tupé menguante con un modelo a lo Kaiser Guillermo, combinable con el casco prusiano si hay gala sin abucheos en el Liceo o así va la moda macho de la Gaudí este año. Quiere Mas un ejército a la sombra de la OTAN, pues su Arcadia con barretina es un peligroso enclave geopolítico; de Creus a Tortosa apuntan unos misiles que no silencian ni las rosas de las Ramblas ni la leyenda ñoña de que Messi es la paloma unicef de Picasso.
Mas, de los quintos del cuartel del Bruc, nos da el perfil de un soldadito de plomo derretido sobre quien se arremolinan diariamente las boutades o las ocurrencias con la imaginación disparada de quien tiene las arcas vacías y ha de entretener las hambres con el ensueño. Quizá desconozca que, frente a Els Segadors, la tropa va mejor con Concha Velasco en el MP3 y Marta Sánchez en el portaaviones.
@jesusNjurado
«Mas es un principito a quien le resbalan las faldas escocesas y le ponen los uniformes»
sábado, 1 de junio de 2013
Esquela con lilas - José Luis Alvite
Esquela con lilas - José Luis Alvite
Estaré en la Feria del Libro de Madrid, esta vez para firmar ejemplares de «Lilas en un prado negro», que es un título recopilatorio de relatos urdidos en la penumbra de mi cabeza en un momento de mi vida en el que hasta me parecía que fuese yo el único excremento que no se atreviesen a comer los cerdos. Contiene pasajes amargos y otros jaspeados son la llamarada ignífuga de un humor sin demasiadas esperanzas, como ese gesto de vago y remoto placer que veríamos en el rostro de un muerto al que le hiciesen cosquillas las lombrices que devoran tenazmente la gomosa flacidez de sus vísceras. Pero eso es lo de menos. Soy devoto de la Feria porque me acerca a un público lector al que, además de las alubias, le debo el remanente de mi precaria felicidad, incluso la vida. En absoluto me mueve el ansia de un éxito editorial, no porque desprecie sus dividendos, como cualquier esnob, sino porque me he concienciado desde muchacho de que la vida es un viaje a bordo de un tren con humo que avanza al tacto sobre las vías gracias al recurso de ir alimentando las llamas del fogón con la madera de sus vagones. Lo que de verdad me interesa es ese rostro plural de los lectores, la mirada colectiva de quienes siendo tan distintos entre sí, en el fondo tanto se parecen a mí. Lo digo porque del mismo modo que los veo frente a mí en una de las casetas del Retiro, con la misma naturalidad, y tanto efecto, podría imaginarlos echándole con cariño un vistazo a mi cadáver en el tanatorio. Les regalaría a todos ellos el libro si pudiese. Mis lectores se ahorrarían un dinero y yo sería el de siempre, un tipo que escribe sin ambiciones materiales, si acaso con la razonable esperanza de que con motivo de su muerte a los suyos les hagan un descuento en la esquela del periódico.
viernes, 31 de mayo de 2013
Era Maria - Salvador Sostres
Era Maria - Salvador Sostres
SOSTUVE opiniones mucho más ligeras antes de casarme y de acudir al ginecólogo con mi esposa la primera vez que nos quedamos embarazados. No puedo estar orgulloso de algunos episodios de mi pasado y aunque sólo sea por ello no me atrevo a dar lecciones sobre el aborto.
Sí que puedo decir que aquella primera vez, en el ginecólogo, vi una forma y escuché un latido, aunque tampoco crean que muy claramente, porque mi esposa y yo llorando, emocionados, hacíamos mucho más ruido. También puedo decir que al mes siguiente tuve el peor disgusto de mi vida cuando la ginecóloga no pudo darnos buenas noticias. «Ahora, justo ahora empiezas a ser padre y a entender lo que se sufre», me dijo uno de mis mejores amigos, padre de tres hijos, y cuyo primer embarazo tampoco prosperó.
No me siento moralmente capaz de dar lecciones pero estoy en condiciones de afirmar que cuando nos volvimos a quedar embarazados, y volvimos al ginecólogo, la ilusión de volver a escuchar el latido nos hizo volver a llorar, y nos hizo sentir padres ya de aquella personita. En las siguientes visitas, cuando Maria fue tomando forma, hablábamos con ella, le poníamos música y mi mujer se movía con cuidado consciente de que la transportaba, tal como hacemos ahora que ya está fuera de su barriga. Exactamente lo mismo para la misma Maria.
Era Maria. Fue Maria desde el primer día. Fue mi hija en todas sus fases, y como tal la cuidábamos y seguíamos sus progresos, y nos preocupábamos cuando pasábamos una hora sin notar sus pataditas. Recuerdo la prueba morfológica de alta precisión, comprobando que todas las partes de su cuerpo estuvieran en su sitio. Estaba viva, ¡claro que lo estaba!, y crecía tal como está creciendo todavía.
Su nacimiento fue una etapa más de su vida, no la primera, y cuando la ginecóloga me la puso en los brazos ya hacía tiempo que nos conocíamos.
No puedo dar lecciones pero puedo decir que si hubiéramos abortado la habríamos matado, y que cada aborto implica una muerte; y que abortar es asumir que está justificado matar, y hacerlo. Una abortista que luego se oponga a la pena capital es una estúpida.
Hay que vivir sabiendo lo que hacemos. El peso de nuestra vida es el peso de nuestra conciencia. Dios nos hizo libres pero el bien y el mal existen, con todo su sentido. Era Maria, y nosotros sus padres desde el primer latido.
«No puedo dar lecciones pero puedo decir que si hubiéramos abortado la habríamos matado»
Gin&Tonic - María José Navarro
Gin&Tonic - María José Navarro
Imagino que estaban Vds esperando que esta columna de culto versara hoy sobre el Bosón de Higgs. Error. Voy a dedicarme más a lo mío: el cubata barato. Resulta que acaba de publicarse el pliego de condiciones para la nueva adjudicación del servicio de cafetería y restauración del Congreso de los Diputados. Los precios fijados para la comida son asumibles en Madrid, donde está situada la Cámara Baja y donde es prácticamente imposible entrar a un bar de menú sin que te cueste como poco nueve euros. Eso es exactamente lo que se pagará por el almuerzo en el autoservicio del Congreso. El problema es la lista de costes de los colodros, es decir, lo que cuestan los tiritos a los aviones. Para que al concesionario le resulte rentable, tendrá una subvención de un millón de euros para compensarle tanto chollo. Dirán algunos de Vds que ya se subvencionan otras cosas, por ejemplo, el gasóleo. Dirán también que no es el primer organismo oficial donde los funcionarios y trabajadores pueden disfrutar de precios muy por debajo del mercado. En ambas llevan razón. Pero no es lo mismo el gasóleo que el Larios, aunque con ambos se pueda entrar perfectamente en combustión. Y no es lo mismo que los beneficiarios sean curritos o que puedan serlo (ya sé que en el Congreso hay otros habitantes) sus señorías, que disfrutan de muchas prebendas que el común de los españolitos no van a oler en sus vidas. Por cierto, ¿es necesario el alcohol de alta graduación en el Congreso? Pensarán también muchos de Vds que lo mío es demagogia barata. Habrán acertado. Yo misma mataría por poder disfrutar de los copazos a cuatro lerus que se estilan en la sede de la soberanía popular. Lástima que no haya manera de acercarse con tanta valla y tanta policía. Mecagüen los asaltos, coñe.
jueves, 30 de mayo de 2013
El español gruñón - Eva Miquel Subías
El español gruñón - Eva Miquel Subías
El español es gruñón. Así, en general. De hecho, la mayoría de encuestas relacionadas con el sector del turismo, por poner un ejemplo pre-veraniego, reflejan que los españoles, fuera de nuestras fronteras, dejamos pocas propinas y nos quejamos permanentemente.
Lo cierto es que no me sorprende. Basta con ver la reacción de la sociedad ante catástrofes como la del huracán Sandy en Nueva York para percatarse al momento de que hay núcleos sociales preparados para desarrollar al instante mecanismos de ayuda mutua y de solidaridad manifiesta y otros, sin embargo, en los que los miembros que lo integran prefieren ir a ocupar un sitio en la plaza pública y bramar contra el Estado antes que acercarse al vecino a ofrecerle una buena ducha y unas toallas, como hacían los vecinos del Greenwich Village a los que se habían quedado atrapados en sus casas sin electricidad.
Y ahí está la diferencia entre un sociedad y otra. Básicamente. La primera, desde luego, confía antes en la persona que en el Estado.
El último informe de la OCDE al respecto del bienestar económico y social no deja lugar a ninguna duda. España ocupa un más que discreto puesto 20 de entre los 36 países que son objeto del análisis, y en cuya cola se sitúan Turquía, México y Chile.
Por supuesto, Australia, Suecia y Canadá vuelven a salirse de la tabla.
El denominado Índice para una Vida Mejor contempla diversas áreas entre las que figuran empleo, comunidad, vivienda, compromiso cívico, salud o satisfacción ante la vida. Y curiosamente, dos de los ámbitos en los que, aparentemente, el español cree moverse bien y presume de ello, tales como la satisfacción ante la vida o compromiso civil, cae estrepitosamente cinco puestos más allá de la veintena. O sea. La mayoría de países avanzados y de economía emergentes, nos pasan con creces.
Alguno de ustedes estará probablemente pensando en si este índice tiene relevancia o no. Y podría incluso echarme en cara que me disperse con esta clase de encuesta.
Pero es que, si me lo permiten, una servidora cree que este tipo de sondeos refleja mucho más de lo que inicial e inocentemente indican.
Y ya saben los tópicos típicos que lanzamos por ahí. Que si no se vive mejor en ningún sitio que en España. Que si somos los más solidarios. Que si somos súper demócratas. Pues miren. No. No es verdad. O por lo menos, mucho menos que países que para mi sí son una referencia, como lo pueden ser Australia, Canadá o Estados Unidos.
Con lo que regreso a como empecé. El español es, en general, gruñoncete. Un rondinaire, que decimos en mi tierra.
No es que ahora nos falten motivos, precisamente, para estar quejosos. La situación económica es la que es y el drama que se esconde detrás de cada familia desempleada es estremecedor. Pero me refiero, tal y como pretende indicarnos la encuesta de la OCDE, a nuestro comportamiento ante según qué situaciones y la manera que tenemos de abordar los diferentes ámbitos.
Y sí, claro. Tenemos buena nota en lo que vienen a denominar balance entre vida y trabajo, es decir, el número de horas que dedicamos a nuestro ocio con respecto a las horas laborales. El tema de la salud, que no es baladí, también nos es favorable.
Pero sería interesante comprobar en qué lugar estaríamos de haberse estudiado nuestra capacidad de arrimar el hombro, de hacer piña para salir de una situación complicada, de renunciar a la demagogia pensando en las próximas generaciones, y no en las siguientes elecciones, como diría aquél. Y mucho me temo, queridos amigos, que ahí nos saldríamos realmente de la lista. Empezando por la cola, desde luego.
Y no creo, lamentándolo mucho, desviarme demasiado. Muchos derechos y escasos deberes. Lo de siempre. Nada nuevo en el horizonte.
martes, 28 de mayo de 2013
El rey devuelve el casco - David Torres
El rey devuelve el casco - David Torres
Del mismo modo que la historia del PP se puede escribir en dos cuadernos (el azul de José Mari y el cuadriculado de Bárcenas), la historia del poder en la España contemporánea se puede resumir en unos cuantos yates: el Azor, el Bribón, el Fortuna y unos pocos más, entre ellos, aquel casi anónimo donde Feijóo y el capo Marcial Dorado se untaron el lomo de aftersun. Ignoro el nombre de la embarcación y tampoco me voy a poner ahora a buscarlo, pero, con semejantes antecedentes, no me extrañaría nada que se llamara Alimoche, Chiringuito III, o Campofrío. La historia de España es, en efecto, una travesía naútica que va del esplendor de Lepanto a la derrota de Trafalgar, de la Armada Invencible al fueraborda cutre que Narcís Serra intentaba arrancar a golpe de tripa.
Es una historia naval, con uve, aunque últimamente resulta más bien nabal, con be. Los empresarios que contribuyeron a comprarle el barquito a Juan Carlos I el Campechano se han enfadado porque, después de disfrutarlo unos cuantos años, el rey quiere devolver el casco. Son 25.000 euros cada vez que hay que llenar el depósito del Fortuna y lo del aparcamiento cada día está más difícil. El coro de empresarios se ha lanzado ahora al abordaje y todavía no se han puesto de acuerdo en si va a alquilar el yate por horas o directamente a desmenuzarlo de proa a popa. Pero el Fortuna todavía podría dar mucho juego como recuerdo, al estilo del Granma en el Museo de la Revolución en La Habana. Podría exhibirse en Palma junto a otras piezas históricas, por ejemplo, las escobillas de váter del palacete de Matas, que costaban 400 euros la pieza. Aquellas escobillas son el equivalente higiénico del Fortuna, el no va más de la aerodinámica. Es triste que, al final, las dos vayan a parar a lo mismo.
El Fortuna tiene una historia bien divertida y bien triste a la vez que Marcos Torío ha contado en su libro Veranos en Mallorca. En su cubierta han tenido lugar toda clase de encuentros de alto nivel, incluso la primera entrevista entre Clinton y Aznar, con el rey haciendo de intérprete porque Jose Mari todavía no había perfeccionado a fondo su acento tejano. Según cuenta Jon Lee Anderson en El dictador, los demonios y otras crónicas, cuando Clinton se enteró de que Jose Mari se había apuntado al paseo en yate hizo todo lo posible por cancelar el encuentro. Se conoce que le daba miedo quedar en último lugar en una competición de abdominales, pero al final la campechanía real se impuso. “Pasé cinco horas con el rey y con el presidente del gobierno hablando de la clase de mundo que queremos para nuestros hijos” dijo Clinton. Visto el resultado, no parece que aquella conversación a bordo del Fortuna sirviera de mucho. Al final una reunión de líderes mundiales sale clavada a una partida de dominó en el bar del pueblo, con la diferencia de que unos charlan en el bar y otros en un yate kilométrico.
En España los yates parecen siempre el mismo. Es el único país donde no sólo puedes bañarte dos veces en el mismo río sino que, con un poco de paciencia, acabas por ver flotar los mismos cadáveres. Esta semana, sin ir más lejos, han reaparecido Aznar, Alfonso Guerra y la ETA. Era Alfonso Guerra el que decía que a España no la iba a conocer ni la madre que la parió pero a este paso la va conociendo hasta la abuela.
Amor con flemas - José Luis Alvite
Amor con flemas - José Luis Alvite
Resulta sorprendente que nuestras modelos y actrices, nuestros toreros, los futbolistas, cantantes y otras especies de la vida mundana se enamoren con tanta facilidad, rompan enseguida unas relaciones que se suponían sólidas e idílicas y vuelvan a enamorarse sin haberse tomado siquiera un respiro, con una facilidad que no deja de asombrar a quienes, como yo, consideramos casi un exceso sentimental habernos enamorado cuatro veces en cincuenta años. ¿De verdad se enamoran tanto como dicen ellos y proclaman los programas televisivos o la prensa rosa? ¿No resulta sorprendente que muchos de esos enamoramientos suceden cuando se trata de relanzar la carrera decadente de alguien o se pretende promocionar su película más reciente o su último disco? Yo lo siento por mis colegas de la prensa rosa, pero creo que son cómplices de una gran patraña cuyos fines no son en absoluto sentimentales, sino descaradamente comerciales. El enamoramiento no puede ser ese asunto trepidante, frívolo y superficial que ellos retratan con una prosa recargada de frases hechas, ensambladas en textos manidos que tendrían que ser considerados la obvia demostración de que hay una prosa que más que para la lectura parece indicada para su fácil conversión en albóndigas o en flemas de menta para ser disparadas como goma arábiga en la escupidera. Esos excesos sentimentales urdidos por agencias especializadas y jaleados por la prensa rosa resultan tan artificiosos como que cualquiera de esas criaturas de veinte o treinta años publique sus memorias en un momento de su vida en el que ni siquiera ha tenido tiempo de que le ocurra la mitad de las cosas que le sucedieron a su abuela, aquella mujer silenciosa y abnegada que, ansiosa por disfrutar de un sentimiento sublime, hizo lo imposible por enamorarse de su marido un instante antes de que una bronquitis mal curada la dejase viuda. Yo preferiría no enamorarme por quinta vez, sobre todo porque temo que con el dinero de mi divorcio se quede con mi chica el abogado.
lunes, 27 de mayo de 2013
Demoi - Ángela Vallvey
Demoi - Ángela Vallvey
Éupolis era un graciosillo tocabolas que nació en el año 446 a.C. Formó un trío dinámico con un par de colegas (Aristófanes y Cratino) y con ellos brilló la «Comedia Antigua». Escribía piezas teatrales en las que aprovechaba para repartir estopa a diestra y siniestra y también a sus propios compañeros. Escribió, entre otras, la intitulada «Marikas» («Libertino») para poner a caldo a Aristófanes; en «Taxiarchoi» pintó al dios Dionisos como un pringado mortal que estaba haciendo algo así como una dura «mili» en tiempos de Franco. De sus obras, únicamente se conservan fragmentos pero, sólo por los temas que trató, ya resulta genial. Mi favorita es «Demoi», que se estrenó después del desastre ateniense de la expedición de Sicilia, en la guerra del Peloponeso, allá por el 412 antes de Cristo. El argumento es original, moderno y rompedor: ir al Hades (algo semejante a la morada de los muertos, o al otro barrio que diría aquél), y sacar de allí a los políticos más importantes del pasado de Atenas, devolverlos al mundo de los vivos y que tales padres de la patria, con su sabiduría, sentido común y experiencia, arreglasen la situación del momento, que entonces era un desastre de un calibre del nueve largo, que diría el maestro Alvite. Me he acordado de Éupolis al oír ese runrún que dice que Aznar amaga con volver. Y no porque yo piense que Aznar esté políticamente en el Hades. ¡No! Me he acordado de Éupolis porque su idea de resucitar políticos del pasado para que arreglen los problemas del presente me parece tan encantadora, ocurrente y descabellada como pretender que resuciten los políticos del presente para arreglar los problemas hoy.
Éupolis pereció porque lo arrojaron al mar tras estrenar una de sus ácidas comedias. Por eso no escribo yo teatro.
La otra casta - Manuel Llamas
La otra casta - Manuel Llamas
Trabajar en la Administración Pública tiene evidentes ventajas, desde contar con un puesto de por vida –en el caso de los funcionarios– hasta disfrutar de condiciones laborales ventajosas en comparación con las del sector privado, tales como sueldos más elevados (un 40% más de media), un horario laboral más reducido, una menor carga de trabajo o más días de asueto. El sector público ha sido el último en iniciar el necesario ajuste que vienen protagonizando familias y empresas desde el estallido de la crisis, y, de hecho, aún está muy lejos de alcanzar su tamaño óptimo. No en vano, los recortes salariales no llegaron hasta 2010, mientras que el adelgazamiento de trabajadores tan sólo empezó a producirse a finales de 2011. Y, pese a ello, la burbuja pública que sufre España todavía no ha explotado: el déficit superó los 100.000 millones de euros en 2012 por cuarto año consecutivo, la deuda ya roza el 90% del PIB –algo no visto desde 1910–, el gasto estatal equivale casi a la mitad de la economía nacional y el número de empleados públicos aún supera los 2,8 millones.
Es decir, todavía queda mucha grasa que eliminar, y ésta no se encuentra sólo, ni mucho menos, en los gastos políticos superfluos que denuncia la demagogia imperante de lo políticamente correcto –coches oficiales, dietas y demás chocolate del loro–, sino en el núcleo duro del mal llamado Estado del Bienestar. Hay que reducir de forma drástica el tamaño de la estructura estatal, y eso conlleva, ineludiblemente, prescindir de empleo público y rebajar condiciones laborales. Estos ajustes son la raíz de las protestas que desde hace meses protagonizan determinados colectivos en las calles. En este sentido, destaca especialmente la Comunidad de Madrid, con sus mareas blancas, manifestaciones educativas y huelgas de transporte. Médicos, profesores y conductores cargan contra el Gobierno regional de Ignacio González al grito de "La sanidad no se vende, se defiende" o "Por una educación pública y de calidad", cuando, en realidad, su único objetivo es mantener con uñas y dientes los privilegios obtenidos durante los engañosos años de bonanza económica.
No se engañen, el reguero de huelgas que sacude la región no busca, en ningún caso, garantizar la calidad de los servicios y la atención a la ciudadanía. De hecho, las protestas sanitarias ya han provocado la cancelación de más de 7.000 intervenciones quirúrgicas, así como de 60.000 consultas médicas, con todos los inconvenientes y perjuicios que ello conlleva. Lo único que buscan es proteger sus intereses particulares, y emplean torticeramente como excusa la defensa de lo público y del interés general. Le están utilizando, estimado lector; así de simple.
El sueldo de los médicos hospitalarios en España oscila entre los 2.600 y los 5.000 euros al mes en términos constantes (paridad de poder adquisitivo). El salario promedio se sitúa en algo más de 3.200 euros, en la media de la UE, por encima de lo que se paga en Italia, Portugal y Grecia (no más de 2.800 euros) y no muy por debajo de lo que se cobra en Francia o en Irlanda (cerca de 4.000 euros), según admiten los propios sindicatos del sector con datos de 2011. Es decir, los médicos españoles no están mal pagados en comparación con sus colegas europeos. Además, casi un tercio (unos 30.000 profesionales) trabaja también en la sanidad privada, donde, naturalmente, perciben otro sueldo. La posibilidad de compatibilizar ambos empleos es una excepción de la que no disfrutan todos los funcionarios. Ésta es, precisamente, una de las razones por las que rechazan privatizar el servicio, ya que no podrían trabajar para dos empresas distintas a la vez. Además, curiosamente, el absentismo entre los médicos de los centros públicos triplicó la tasa del sector privado en 2012, con una media de casi 22 días de baja.
El problema no radica en el sueldo de estos profesionales –los buenos médicos y cirujanos de la pública cobrarían mucho más en la privada–, sino en la baja calidad del servicio. La sanidad pública española se sitúa en el puesto 22, de un total de 32, en el Health Consumer Index, por detrás de Portugal, Chipre o Hungría y a años luz de Holanda, cuyos servicios están completamente privatizados. La prueba irrefutable de las graves deficiencias que presenta la sanidad pública es que el 82% de los funcionarios (médicos inclusive), los únicos que pueden elegir libremente, opta por la sanidad privada a través de aseguradoras. ¡Valiente hipocresía!
Algo similar sucede en la educación. Los profesores de la pública se manifiestan para apartar a las desvalidas familias de las malvadas garras de las empresas privadas, interesadas tan sólo en ganar dinero con la educación de sus hijos… O eso dicen. En realidad, es este colectivo el que propugna un egoísmo aberrante y contraproducente, al condenar a futuras generaciones a una educación pública mediocre con tal de mantener intacto su ventajoso statu quo. Para empezar, España es uno de los países que destina más gasto público per cápita a la enseñanza y el que presenta una menor ratio de alumnos por profesor de toda la OCDE. Lo relevante es que el 80% del dinero se va, única y exclusivamente, en gastos de personal, y el resultado es bien conocido por todos: España se sitúa a la cola de los informes PISA en calidad educativa.
¿Será, entonces, que están mal pagados y, por tanto, carecen de incentivos? No. Los docentes españoles tenían en 2008 una retribución superior en todos los niveles educativos a la media de la OCDE: los de ESO, un 12% más; los de Primaria, un 10% más; los de Bachillerato, un 7% más. La comparativa es aún más llamativa con la educación privada a nivel nacional. En 2008, según un estudio de UGT, cada hora de clase impartida por profesores de colegios concertados costó un 30% menos que en los colegios públicos. Incluyendo sexenios, y tomando como ejemplo la Comunidad de Madrid, los sueldos de los profesores públicos oscilaron entre los 28.000 y 37.000 euros al año, entre 1.500 y 8.500 euros más que un docente de la concertada, a pesar de contar con un horario más reducido. Y ello sin necesidad, en muchos casos, de demostrar un mínimo nivel de conocimientos para impartir clase.
Para terminar, otro par de ejemplos sangrantes. Los madrileños llevan tiempo sufriendo huelgas en el transporte público por parte de un colectivo cuyos privilegios son evidentes. Los trabajadores de Metro gozan de elevadas remuneraciones, amplios permisos, generosos anticipos y préstamos, seguros y hasta cargos hereditarios, y aun así reclaman nuevas mejoras laborales a costa del contribuyente. Por su parte, los 5.735 conductores de autobús de Madrid ganan una media de 46.000 euros al año, sumado el coste de complementos de pensiones y otras cargas sociales.
¿De verdad piensa que esta casta defiende el manido interés general? No se engañe ni se deje engañar.
sábado, 25 de mayo de 2013
Contra los profetas de la catástrofe - Federico Quevedo
Contra los profetas de la catástrofe - Federico Quevedo
Lunes, nueve de la noche. José María Aznar, expresidente del Gobierno de España y presidente de honor del Partido Popular -además de acaudalado empresario y consejero de no sé cuantas sociedades- se sienta delante de tres avezados periodistas a ninguno de los cuales puede ponérsele ningún pero -yo, al menos, no lo hago porque no me creo en situación de dar lecciones a nadie- que comienzan a someterle a un intenso interrogatorio frente a las cámaras de Antena 3 Televisión. Prime Time, máxima audiencia, y Aznar cumple con lo que se espera de él: da titulares. Sin parar, uno detrás de otro, y de ninguno de ellos cabe entresacar un mínimo elogio a su sucesor al frente del partido y del Gobierno, Mariano Rajoy, sino más bien todo lo contrario.
La entrevista se convierte en una crítica ácida, destructiva, que hace las delicias de los enemigos del actual inquilino de la Moncloa, que son unos cuantos -no muchos, pero muy ruidosos- dentro de su partido y en algunos medios supuestamente afines que desde hace tiempo le tienen ojeriza –los de enfrente son adversarios, políticos y mediáticos-. Rajoy no ve la entrevista. Me consta. Se la cuentan después y la despacha con un encogimiento de hombros y una sentencia breve y contundente propia del gallego: “Bien, pero el presidente soy yo”. Al día siguiente insistiría en público contra sentencia no menos breve e igual de contundente: “Voy a seguir con el mismo rumbo y la misma política”.
Primera en la frente a un Aznar vanidoso al que estos días se le habrá hinchado el pecho viéndose en las portadas de los diarios nacionales: no hay respuesta a su bravata, porque no la merece. Pero el discurso perfectamente calculado hasta la última coma del expresidente Aznar encuentra enseguida eco en los profetas de la catástrofe, y les convence de que con el mismo ha conseguido noquear al gallego. No le conocen… Al gallego, digo. Lejos de sentirse noqueado, el discurso de Aznar le ha reafirmado en su manera de entender la política y de manejar los tiempos que, sabe, transcurren a su favor. Porque aunque es cierto que la situación del país es dramática, también lo es que desde todos los puntos de vista empiezan a verse luces que iluminan el final del túnel en el que hasta ahora estábamos metidos, para desgracia de todos aquellos que siguen augurando el descenso de España por el agujero del abismo.
Ni discurso, ni programa
La principal acusación del Aznar al Gobierno de Mariano Rajoy se asienta sobre un doble eje: no hay discurso político y se incumple el programa electoral. A partir de ahí se descuelgan toda una serie de críticas que van desde la manida reclamación al Gobierno para que baje los impuestos -de la cual yo participo- hasta el reproche de no responder con la suficiente firmeza a la amenaza secesionista de Cataluña. Vayamos por partes. Es cierto que al Gobierno de Mariano Rajoy se le reprocha no tener un relato de la situación, o que esté tardando más de lo que muchos consideramos necesario para llevar adelante la reforma de la Administración Pública, pero la acción política no se demuestra con palabras, sino con hechos.
Y los hechos son tozudos, para unos y para otros, y basta un ejemplo: este Gobierno ha llevado al Parlamento en año y medio el doble de leyes y decretos que el Gobierno de Aznar en el mismo tiempo. Y está actuando en asuntos esenciales para la vida económica y política española con mucha mayor firmeza y celeridad de lo que hizo el Ejecutivo que presidió Aznar. Aznar no fue capaz de aprobar una reforma educativa hasta el final de su segunda legislatura, no tuvo la valentía suficiente para poner en marcha una reforma financiera que acabara con el papel de los políticos en las Cajas de Ahorros como ya entonces se le reclamaba desde muchos ámbitos y que hubiera evitado muchos de los problemas que estamos viviendo ahora, tampoco tuvo arrestos para tocar la ley del aborto como había prometido en su programa y se bajó los pantalones delante de los sindicatos cuando después de aprobar una minireforma laboral la retiró porque UGT y CCOO le hicieron una huelga general.
Y, ¿de ese comportamiento político vamos a aprender ahora? ¿Realmente puede Aznar dar lecciones de acción política, él que dilapidó una mayoría absoluta del PP en la mejor situación social, política y económica que tuvo nunca un Gobierno en España? A los profetas de la catástrofe, a esos que creen que Rajoy nos conduce al abismo, les vendría bien un repaso por las hemerotecas, porque algunas de las complicaciones que hoy vive nuestro país tienen su origen en los comportamientos políticos de antaño. No fue Rajoy quien entregó su primera legislatura a un pacto político con los nacionalistas de CiU y PNV que supuso el mayor traspaso de competencias a las comunidades autónomas conocido desde la Transición, entre ellas las de Educación que ahora tiene que compensar el actual Gobierno y que han tenido mucho que ver en el crecimiento del sentimiento nacionalista en esas comunidades, como lo tuvo la complacencia del Gobierno de Aznar con la Ley de Normalización Lingüística que expulsó el castellano de las escuelas catalanas.
La agenda reformista
Pero, vayamos a lo esencial de su discurso, el reproche por la política económica y, en especial, a la subida de impuestos decretada por el Gobierno de Rajoy nada más llegar al poder. Aznar se mostró especialmente duro en la crítica a Rajoy por el incumplimiento del programa y por el maltrato a las clases medias. Yo comparto esa visión, y lo he escrito en este mismo blog, pero no fue Aznar quien bajo los impuestos nada más llegar al Gobierno, sino que esperó tres años y en una situación económica mucho más favorable, y lo hizo después de haber llenado las arcas del Estado con las plusvalías generadas por la venta de la cartera industrial del entonces INI. Es cierta la afirmación de que ningún país en recesión ha bajado impuestos, pero el viernes el Gobierno dio un paso adelante en la buena dirección aprobando una Ley de Emprendedores que incluye importantes ventajas fiscales para los nuevos pequeños y medianos empresarios.
La agenda reformista de este Gobierno sigue en marcha, y aunque es verdad que la crisis y sus consecuencias le están haciendo sufrir un importante desgaste, no es menos cierto que a menos de la mitad de esta legislatura lo peor de la recesión ha pasado ya y el riesgo sistémico de la intervención se ha alejado casi por completo y el lavado de cara al que está sometiendo el Gobierno al país acabará por pasar una factura positiva que solo los enamorados del pesimismo se niegan a ver.
Una sombra oscura
Y sí, hay un ejercicio de deslealtad inconmensurable en la puesta en escena de Aznar: primero porque muchas de las cuestiones que critica las puso él mismo en práctica cuando gobernó, segundo porque buena parte de las actuales complicaciones tienen su origen en los errores de su gestión y, tercero, porque no hay en su tono un intento de crítica constructiva que por fidelidad a su partido tendría que haber hecho ante los órganos de dirección del mismo, de los que forma parte, sino una resentida actitud personal de reafirmación ante la evidencia de que bajo su mandato se cometieron importantes irregularidades en el Partido Popular.
Saben ustedes a lo que me refiero y no necesito ir más allá, pero en el repaso de su liderazgo al frente del PP, además de los éxitos a los que condujo a su partido y los fracasos que cosechó después, hay una sombra oscura que tiñe de negro su gestión, y eso tiene mucho que ver, pero mucho-mucho, con la calculada puesta en escena del pasado lunes por la noche. Ese es Aznar, el político vanidoso que puedo haber sido un gran presidente y se ha quedado con el título del peor expresidente que haya tenido este país. Hasta Zapatero le da lecciones, y muy contundentes, sobre cómo debe comportarse quien hizo honor al nombre de Presidente del Gobierno de España.
Ah, y una cosa más: ¿alguien se cree que Aznar dejaría de ganar la pasta que gana para volver a la política y perder -porque él sí las perdería- las próximas elecciones generales?
viernes, 24 de mayo de 2013
El Aznar que yo vi - Victoria Prego
El Aznar que yo vi - Victoria Prego
Fue a decir lo que dijo, ni una palabra más pero ni una palabra menos. Desde antes de que se encendieran las luces del plató y todos nos acomodáramos para las fotos, se notaba que venía decidido. Muy decidido.
Y, sin embargo, desde el momento en que se dio la noticia de que José María Aznar iba a ser entrevistado en Antena 3 hasta el instante en que la entrevista dio comienzo, habían sucedido unas cuantas cosas que tenían fuerza suficiente como para haber torcido los propósitos iniciales del presidente. La primera, cronológicamente hablando, la información publicada por El País, con un título capaz de tumbar la más inasequible entereza y que vinculaba la red delictiva Gürtel con la familia Aznar con motivo de la boda de la hija del ex presidente. Y la segunda, las declaraciones ante el juez Ruz de los primeros dirigentes del PP, en una de las cuales se hablaba de dinero en metálico entregado en sobres y sin registrar su procedencia. Asuntos vidriosos éstos que me hicieron pensar en las horas previas que Aznar podía verse obligado a defenderse de sospechas y acusaciones, lo cual debilitaría su posición a la hora del ataque y lo haría más tenue, más evanescente. Porque, que pensaba fijar contundentemente una posición en riguroso desacuerdo con la mantenida por el Gobierno, eso estaba cantado entre quienes nos estábamos ocupando del tema en los días previos.
Error craso de apreciación por mi parte. Es verdad que dedicó varios minutos a defenderse, pero de ninguna manera se amilanó, ni dio un solo paso atrás, ni siquiera pareció sentirse tocado por las noticias publicadas. Al contrario, estaba crecido, indignado. Y eso fue lo que añadió un plus de rotundidad y aspereza a sus declaraciones, a las de la primera parte pero también a las de la segunda.
Lo que dijo durante la entrevista ya todo el mundo lo sabe, no hay nada que aportar ahí. Pero un puñado de personas vimos lo que no vieron los demás y eso es lo que puede iluminar un poco más el contexto de la entrevista.
Llegó tranquilo, educado, sonriente y sin avanzar ni una palabra sobre lo que pensaba decir. Cordial y disciplinado, se sometió a la sesión de fotos y pruebas de sonido sin transmitir a los presentes la menor tensión. Esperó tranquilamente hasta el momento en que Gloria Lomana le lanzó la primera pregunta y a partir de ahí aquello fue el fuego a discreción. Impávido, pero con expresión muy severa, controlaba todo lo que decía. No se salió un milímetro del guión que se veía con nitidez que llevaba en la cabeza. A veces tuve la sensación de que era un militar ejecutando un plan ordenado por su Estado Mayor, aunque su Estado Mayor era él mismo.
La entrevista terminó y entramos en el segundo tiempo, que es el que a los periodistas nos gusta especialmente porque suele dar más juego. Ése es el momento en que, superada la tensión de lo oficial y lo público, la víctima –entiéndase la palabra en términos informativos– se relaja y empieza a hablar a calzón quitado.
Pues no. En absoluto. Nada de lo que siempre sucede sucedió esa noche. José María Aznar se levantó relajado y satisfecho, eso sí. Pero no hubo ni café, ni una copa de vino ni nada de nada, y no porque la anfitriona no estuviera dispuesta a agasajar a su invitado, sino porque quien no ofreció esa opción fue el ex presidente. Tenía prisa, aunque tampoco es que saliera corriendo. Ni siquiera en esos últimos minutos, todos de pie y ya recogiendo los bártulos, hubo modo de escuchar de su boca ni una consideración que fuera más allá de donde había llegado durante la entrevista en directo.
«Esto le va a sentar como un tiro a Rajoy», le dije en un aparte y en voz baja. Él esbozó una media sonrisa, como de inevitabilidad, como de «qué le vamos a hacer», y dijo: «Yo me debo a mi conciencia, a mi país y a mi partido». Es decir, exactamente lo mismo que había dicho a cámara. Ni una palabra más allá.
Era evidente que estaba decidido a que su mensaje no se le escapara de las manos por culpa de un patinazo fuera de hora. Y repitió otra cosa que ya había dicho en el estudio, pero que demuestra que el asunto está entre sus principales preocupaciones: «El partido tiene una mayoría absoluta que le ha sido entregada por los españoles para que haga lo que tiene que hacer». Una mayoría, apunté yo, que seguramente no se repetirá en las próximas elecciones. «Por eso mismo», me dijo. «¿Es decir, que o ahora o nunca?», sugerí yo. «Eso es». Punto.
Para entonces ya le habían quitado el maquillaje y enfilaba la salida de la sala en la que quedaba virgen e intocada sobre la mesa una fuente de buen jamón. Aznar había recuperado la cordialidad, su particular cordialidad, no especialmente expansiva, es cierto, pero una cordialidad muy fácilmente detectable por aquellos a quienes él distingue con su afecto. Y, ahora sí, se veía que estaba claramente esponjado. Consciente de que acababa de provocar un terremoto, pero conforme con haber cumplido con su objetivo.
Por lo menos con el primero de ellos: dar un campanazo de calibre catedralicio en la sociedad española, en las filas de su partido y también en las del Gobierno. ¿Para qué? ¿Para abrir el debate, para azuzar a la acción, para provocar una crisis interna, para advertir que hay otros modos de hacer política, para recordar que él sigue ahí y que puede que llegue a estar disponible? Puede que para todas esas cosas, pero es más probable que, de momento, lo que busque sea la primera y la segunda opción: abrir el debate y azuzar a la acción. Luego, ya veremos. Lo del debate lo dejó garantizado, no hay duda. Lo de la acción es más dudoso porque el Gobierno no se va a dejar guiar desde lejos; eso ya se vio ayer en los primeros comentarios de los ministros. Pero es muy probable que en el país se cree al final un estado de opinión en la dirección que Aznar apunta y que acabe por empujar al Gobierno.
Se marchó contento y pronto: pocas horas más tarde viajaba al extranjero. Y ahí quedó eso.
jueves, 23 de mayo de 2013
Los trucos retóricos de los políticos - Amando de Miguel
Los trucos retóricos de los políticos - Amando de Miguel
Luis Cáceres desvela la sarta de mentiras que se esconden bajo la apariencia del lenguaje tranquilizador de los políticos. Por ejemplo, llaman "austeridad" a seguir gastando en el Estado más de lo que se ingresa. "Si un año el déficit es del 6% y al siguiente del 5%, se dice que el déficit disminuye, cuando en realidad lo que pasa es que nos endeudamos más despacio que antes, pero la deuda sigue creciendo". Además, el déficit público no lo comparan con la base del gasto público, sino con el valor del producto de la nación. De esa forma el déficit se reduce artificiosamente a la mitad. Más aún, "el Gobierno viene a decir que bajar el déficit no es bueno para nosotros, sino que nos lo imponen desde fuera". Los argumentos de don Luis me parecen impecables. Espero que nuestros políticos tomen nota.
Para suavizar la polémica, José Luis García Valdecantos cuenta este sucedido. Resulta que un dictador hispanoamericano pidió a una delegación española que levantara un informe para remediar la grave situación económica del país. La delegación resumió el informe de mil páginas en esta conclusión: "No existe una auténtica clase media". Al oír tal dictamen, el dictador llamó a su edecán: "Ocúpese de que mañana sin falta se publique en el Boletín Oficial el decreto de creación de la clase media en todas las ciudades de la nación". Esa historia me recuerda lo que me comentó el otro día Juan Pablo Fusi, que Mussolini publicó un decreto obligando a todo los italianos a tutearse.
Jesús Laínz se enfrenta al argumento de los nacionalistas que basan la secesión de sus respectivas regiones en que muchos de sus habitantes hablan otra lengua. El aguerrido montañés considera que no se sigue la lógica de que con cada lengua aparezca un nuevo Estado. Tiene razón, si se impusiera ese principio surgirían cientos o miles de nuevos Estados de un día para otro. Sería el mito de Babel.
Íñigo Benjumea anota una nueva muletilla de los políticos y los sindicalistas. Cuando discursean sobre la grave situación económica del país, añaden como si fuera un descubrimiento: "Hay mucha gente que lo está pasando muy mal". El truco es muy interesante, pues de esa forma evitan tener que reconocer la culpa que les corresponde. Dice don Íñigo que se trata de una forma de mediocridad. Más bien dijera yo que de hipocresía.
Para desengrasar, bien valdrá la reflexión filosófica de Gabriel Ter-Sakarian Arambarri:
El éxito es, a los tres años, no mearse. A los seis años, recordar lo que hiciste en el día. A los 12 años, tener muchos amigos. A los 18 años, tener carné de conducir. A los 20 años, tener relaciones sexuales. A los 35 años, tener mucho dinero. A los 50 años, tener muchísimo dinero. A los 65 años, tener relaciones sexuales. A los 70 años, tener carné de conducir. A los 75 años, tener muchos amigos. A los 80 años, recordar lo que hiciste en el día. A los 85 años, no mearse.
Es lo que se llama "el carrusel de las edades", según la expresión de un famoso psicólogo, Erik Erikson.
miércoles, 22 de mayo de 2013
Agnosticismo con poleo - José Luis Alvite
Agnosticismo con poleo - José Luis Alvite
No recuerdo en qué momento de mi vida dejé de ser creyente, seguramente porque mi escepticismo no me pareció entonces una conquista inteligente, una proeza intelectual, algo que valiese la pena considerar inolvidable. Por mi buena memoria numérica, supongo que lo recordaría si, habiéndolo fiado todo a la tarjeta de visita de Dios, en algún descuido hubiese perdido su teléfono. Fui un niño creyente y practicante, un dócil y abnegado muchacho que les soplaba a las mariposas para ayudarles a volar y a veces hacía las cosas mal adrede porque quería sentir el extraño e incómodo placer del remordimiento frente a alguien superior que me hiciese reproches con mayor legitimidad moral, y más contundencia, que la roñosa bibliotecaria del instituto cada vez que le perdía un libro. Lo que tengo claro es que quien me alejó de Dios no fue la ciencia, ni el trato con los sacerdotes, ni que a las monjas les oliese en el aliento el requesón de su sexo fermentado en el nido ignífugo de sus bragas de amianto. Creo que fueron mis rodillas, que llevaban mal la repetitiva gimnasia del reclinatorio, sobre todo cuando iba con tía Pepita a la novena de San Bieito y volvía por la noche a casa diezmado por aquella fatiga litúrgica que tanto daño me hacía en los malditos meniscos. Pero no dejé de creer en Dios como resultado de una reflexión lúcida, ni movido por alguna lectura inteligente, de modo que no puedo presumir de mi agnosticismo, sino, simplemente, admitirlo como el resultado de una cierta pereza recreativa, supongo que también como la consecuencia de que en el camino de la parroquia alguien tuvo la ocurrencia de abrir un salón con futbolines. Supongo que creeré otra vez en Dios cuando en medio de la agonía no me importe que el jodido consomé venga mezclado con el poleo insípido de la extremaunción.
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