viernes, 30 de abril de 2021

Roberto Fraile, aguerrido reportero de guerra que captó el horror de Siria - Roberto Zamarbide

Roberto Fraile, aguerrido reportero de guerra que captó el horror de Siria  - Roberto Zamarbide


El cámara salmantino fallecido en Burkina Faso había resultado herido en Alepo en 2012 por la metralla de una granada

L.G. /

Roberto Fraile, el cámara salmantino de 47 años asesinado este martes en Burkina Faso, tenía en su historial periodístico los principales conflictos armados que se han vivido en el planeta en los últimos años. Padre de dos hijos, nacido en Baracaldo aunque afincado desde años en Salamanca, Fraile resultó herido en 2012 en la localidad siria de Alepo debido al estallido de una granada cuya metralla le alcanzó la pelvis. Fue operado de urgencia en un hospital de la misma localidad y posteriormente evacuado a Turquía.

En una entrevista concedida al suplemento ‘Muy Salmantino’ de LA GACETA, Roberto Fraile contaba cómo se produjo el ataque: “Alguien encendió una granada y se olvidó de tirarla. Yo estaba muy cerca y me pilló. Un francotirador había causado varias bajas en la mañana y un grupo de rebeldes estaba intentando tomar su posición para volarlo por los aires a base de granadas de mano”, aseguraba Fraile.

“La única forma en el barrio viejo de acercarse era entrando en las casas haciendo agujeros en las paredes para pasar de una a otra. Cuando estábamos al lado de donde se supone estaba el francotirador fue cuando pasó la explosión”. El salmantino relataba la dureza de los siguientes momentos al estallido. “Era una granada de mano que iba a lanzar gente del grupo rebelde con el que estábamos nosotros y se la olvidaron. Fue una explosión muy fuerte, no te enteras. Me levanté, vi que tenía restos encima del chico que intentaba lanzar la granada que desapareció. Me vieron los compañeros, Antonio y López y me sacaron por un agujero cuanto antes, yo podía ir andando, salimos de las casas y llegamos a una calle muy estrecha”.

Pero Roberto no pudo soportar la situación y se desmayó, pero pudo ser evacuado y llevado a un hospital de Alepo donde fue operado. “Después me evacuaron a Turquía en una furgoneta con una niña que estaba muy mala. Éste ha sido calificado por el salmantino como “el peor momento con diferencia”.

La ofensiva tuvo lugar el 6 de febrero de 2012 en un barrio con unos 15.000 civiles que ayudaban a los rebeldes. “Entramos por el alcantarillado de unos 3 kilómetros hasta llegar al lugar del ataque. En una hora se dispararon entre 500 y 600 morteros, que no son selectivos y que mataron a mucha gente que estaba en el salón de sus casas. El Hospital estaba lleno de muertos y heridos. Yo he visto morir a mucha gente”.

Tras este trance, Roberto Fraile firmó junto a David Beriáin, también fallecido en el ataque en Burkina Fraso, la serie de documentales “Clandestino”, de Discovery Max. Sobre esta experiencia, el cámara contaba para LA GACETA uno de los momentos más tensos que vivió durante la grabación: “En México me entrevisté con un chico de unos veinte años que estaba hasta arriba de coca. Le sentó mal una de las preguntas que le hicimos, entendió que nos estábamos riendo de él, se puso muy nervioso, sacó el arma y quiso disparar a las cámaras, menos mal que le calmaron algunos de los suyos”.

Donde las papas queman - Ignacio Camacho

 Donde las papas queman - Ignacio Camacho


Está de moda denostar el periodismo. Pero aún hay gente que se juega la vida, y la pierde,por este oficio público tiende a minusvalorar lo gratuito. La otra gran equivocación corporativa ha consistido en aceptar un juego de doble filo: la frecuente conversión del género de opinión -ay, las tertulias- en un espectáculo de debate político que se desliza demasiadas veces hacia un correlato casi lineal de la dialéctica de partidos. Ciertos líderes ebrios de sectarismo pretenden pescar en ese río, donde se bañaron ellos mismos, situando a presentadores y comentaristas en su línea de tiro.

En general esos denuestos y amenazas rebotan sobre la piel chapada de un oficio al que no se viene a hacer amigos. Los dirigentes propenden a olvidar que ellos pasan, caen en desgracia, pierden elecciones, y nosotros seguimos. El peligro real está en otro sitio y lo corren tipos realmente duros que no firman columnas ni aparecen en los platós televisivos. Se llaman reporteros y a menudo se juegan el pellejo en lugares donde el ser humano o la naturaleza enseñan su lado más siniestro y donde se percibe el verdadero alcance de la palabra miedo. Catástrofes, migraciones, revoluciones, guerras; esa clase de dramas que nos hemos acostumbrado a contemplar con indiferencia en los informativos de sobremesa. Escenarios y circunstancias donde la vida no vale nada y donde el carné de prensa hace mucho que dejó de proteger de las balas.

Si a los demás no nos quieren tener respeto, podemos sobrellevarlo. Pero esa gente sí se lo ha ganado aunque sus nombres no brillen bajo los focos del estrellato. Son la estirpe de Capa, de Kapuscinsky, de Fallaci, de Meneses, de Quadra Salcedo, de Leguineche. La piel del tambor, que diría Reverte, cuyo redoble recuerda a nuestra confortable conciencia burguesa la existencia de un mundo zarandeado por la tragedia. La voz y la mirada que cuentan el relato del dolor, la desgracia o el conflicto a una sociedad ensimismada en sus problemas frívolos. David Beriain y Roberto Fraile, asesinados en Burkina Faso -búsquenlo en el mapa-, eran parte de ese spengleriano pelotón de voluntarios que defiende la civilización cámara en mano donde las papas queman: en la última frontera de los bárbaros. Y aún dicen que el pescado es caro.

jueves, 29 de abril de 2021

Los ‘ex’ de Ayuso - Ángel Antonio Herrera

 Los ‘ex’ de Ayuso - Ángel Antonio Herrera

Madrid nos gusta, porque tiene la culpa de todo. Eso escribió un día un poeta, y eso lo dice ahora Ayuso de otra manera, porque incluso para poeta ella cita fija, como buena ideóloga de ilustración ciudadana, escorada de simpatías hacia Vallecas. Nos vamos enterando de todo lo que concierne al político, incluidas amenazas, y no tanto de lo que afecta al ciudadano, que quisiera saber algo más allá de cuándo le toca la cola para el chute de AstraZeneca. Menos mal que en medio de este frenesí del tedio, o el hartazgo, ha salido Díaz Ayuso para regalarnos alguna alegría inesperada. Ha dicho, donde Alsina, que Madrid, tan densa en población, ofrece la libertad de cambiar de pareja y no volver a encontrártela nunca más. Esto no entraba en su programa electoral, pero ahora ya sí. Me gusta casi tanto como la promesa de dejar los impuestos quietos. Como ya ha ganado Ayuso las elecciones, viene celebrando la doble condición de musa y poeta de la ciudad, una ciudad donde hay mucha terraza, pero nunca un ‘ex’, o una ‘ex’. Madrid nos gusta, porque tiene la culpa de todo. Eso escribió un día un poeta, y eso lo dice ahora Ayuso de otra manera, porque incluso para poeta ella. Ayuso está inventando muchas cosas que Madrid ya tenía, y hace bien. Los atascos, la libertad, la terraza. Y ahora el ‘ex’, o la ‘ex’, que ya nunca más veremos. Memorable campaña ésta, sí. Donde participan los tronados de epístola, las gogós de ‘primetime’, y los divorciados felices de no volver a ver a quien fue el amor de su vida.

Héroes marchitos - Gabriel Albiac

 Héroes marchitos -  Gabriel Albiac

No habían entendido nada. Y estaban tan contentos de ignorarlo todo. Decididamente, no es posible trocar en docto un bobo

Era primavera. Hacia 2011, creo. Y yo me jubilaba de mi cátedra de Filosofía en la Complutense. Tuve mi homenaje. El mejor de todos: pocos han tenido uno así. Al llegar al edificio de la vieja Facultad de Letras, que fue mi madriguera de medio siglo, pasé sobre una pintada que no estaba allí dos días antes. Llenaba todo el paso de peatones que lleva a la puerta principal: «Albiac de siiempre fascista». Ignoro si la reduplicación de la ‘i’ era un tropiezo debido a las prisas del autor o un hallazgo enfático. Me pareció encantador como despedida.

 antes; reviví las carreras y el miedo de entonces, también la exaltación que sigue a las grandes descargas de adrenalina cuando uno es muy joven. Sonreí: supe que era un alivio que la edad nos libere de esas sobreabundancias hormonales. Busqué a un amigo que me hiciera una foto posando ante aquella declaración de amor. Es, desde entonces, la pantalla inicial de mi ordenador. Ni en mis más vanidosas fantasías hubiera podido imaginar un homenaje tan desmesurado.

Sabía que era obra de la mano de jóvenes artistas: alumnos de los que fueron mis alumnos cuando los jóvenes eran ellos, ahora trocados en sólo aburridos profesores. Hijos que arengan a nietos para que linchen, en su nombre, al padre del padre: la metáfora freudiana, aun en su exceso, no podía dejar de divertirme. Pensé que los aún no tan viejos profesores titulares que maquinaron la obra plástica habían asistido durante años, con tozuda regularidad, a mis seminarios sobre el ‘Capital’ de Marx y sobre el ‘Más allá del principio de placer’ de Freud. Y me sentí en paz conmigo mismo. No habían entendido nada. Y estaban tan contentos de ignorarlo todo. Decididamente, no es posible trocar en docto un bobo.

A algunos de aquellos mentores pictóricos los he ido viendo luego pasar, como hojarasca de otoño, en los cíclicos vendavales madrileños de la autodestrucción bolivariana: Podemos contra Anticapis, Masmadrides contra moños. Se expulsaban alegremente unos a otros: lo de siempre. Se lanzaban a la cabeza chalés majestuosos o sórdidos arrumacos con los herederos del González sobre cuyo escaño ejerciera el jefe Iglesias su ‘performance’ de la cal viva.

Otros dimos la batalla judicial contra esa cal viva. No fue fácil en los noventa: por aquel entonces, todavía no salía todo gratis. Pero esos ‘aquéllos’ éramos los ‘de siiempre fascistas’ del alucinado presente populista. Los vi mutuamente expulsarse: tratarse unos a otros como no tratarían a una cucaracha. Me apenó. Pero, en fin, lo siento chicos, tenéis ya edad más que de sobra para cargar con vuestros pequeños dramas y vuestras grandes ridiculeces. Como cualquier adulto. Lloriquear por insultos y amenazas no os queda nada bien.

miércoles, 28 de abril de 2021

Resiliente - Manuel Marín

Resiliente - Manuel Marín


La psiquiatría lingüística de Sánchez deja de colar

A ver. Se puede ser resiliente una vez y prolongar ese estado de catalepsia durante un tiempo. Pero serlo 191 veces, que son tantas como Pedro Sánchez repite el ‘palabro’ en su plan de reconstrucción de la república democrática de España, y además pretender que ese reclamo convenza a la concurrencia, no es una feliz reincidencia semántica para maquillar el drama con una pizca de humor político. Sánchez debe de creerse la sandez, y nos ahoga en resiliencia con la agotadora repetición bovina de una propaganda cuya chistera ya no escupe conejos blancos, sino engendros de sofisticada psiquiatría lingüística. Mansos los quiere Dios. Y Sánchez.

 aplicación del móvil (eso es el poder para Sánchez), el truco falla. Repetir una y otra vez al ciudadano que está condenado a ser resiliente para ganar galones de progresista modélico, incluso aunque ya no aplauda desde su balcón ni hornee magdalenas, resulta tan enternecedor como inútil. Nadie en su sano juicio plagiaría una tesis doctoral 191 veces salvo que una interpretación delirante de la resiliencia lo aconseje. Alguno sería capaz. Pero el neomodernismo lingüístico recreado en la mente de los gurús de la prestidigitación para motivarnos ha empezado a generar rechazo, por si en Moncloa no lo habían notado. Ya, ya sé que el CIS aún no lo ha percibido. No se impacienten. Denle tiempo. Pero en la cola virtual del paro, en tele-ERTE ‘on line’, la sororidad impacta tanto como las ‘políticas palancas’ y la ‘economía de los cuidados’. O sea, nada. Sin dinero en mano, sin expectativas, la dichosa palanca empoderada es tan inútil como una rueda de prensa de María Jesús Montero.

El proceso de idiotización del resiliente causa estragos. Sánchez aún no ha averiguado que nadie come pistachos con cáscara. Que la mortadela no es jamón. Su efecto, incluso como opositor de Gabilondo, se diluye. En uno de esos ratos de ocio que la resiliencia nos concede, abra el plan de reconstrucción y donde lea resiliente, ponga zombi. Resilientes de verdad son las residencias, los jueces, la alerta antifascista, el cuñadismo, el seat-toledo y Odriozola, el del Madrid. Poco más. Resilienta, resiliento, resiliente… para un desperdicio que sí le cuadraría a la otra Montero, no lo usa. Lo abusa Sánchez.

martes, 27 de abril de 2021

El puñal ensangrentado - Marta Robles

El puñal ensangrentado - Marta Robles


Tras toda la polémica del fin de semana sobre las balas del Cetme, las amenazas de muerte y la salida de Pablo Iglesias del estudio de La Ser, tras la afrenta de Rocío Monasterio, no de no condenarlas -que lo hizo- sino de ponerlas en duda, la estrategia de la izquierda en Madrid dio un giro inesperado acuñado en un eslogan: “fascismo o democracia”, frente al “comunismo o libertad” de Ayuso. Me pregunto ¿acaso la izquierda considera fascista a todos los que no les votan? ¿Y acaso Ayuso considera que en tanto en cuanto los comunistas formen parte de cualquier Gobierno no habrá libertad? Tanto una premisa como la otra son, sin duda, tan terribles como para poner en guardia a la ciudadanía y para procurar eso que parecen querer nuestro políticos: “o estás conmigo o contra mí”, que no lleva más que enfrentar y dividir España. No se puede hablar ni de democracia ni de libertad sin entender la libertad del otro por tener otro pensamiento y sin respetarlo aunque sea diferente, siempre y cuando respete lo establecido en nuestra Constitución. En este contexto de cosas, resulta que las balas del Cetme parecen, desgraciadamente, darle un aire a la izquierda. No le vienen bien a la derecha. De ningún modo. No van a amedrentar a los candidatos y solo van a conducir a una consideración de que todos los de derechas son agresivísimos y capaces de amenazar a sus adversarios.

¿De verdad alguien se cree que esto es cierto? ¿Qué en la derecha solo hay fascismo y en la izquierda solo comunismo? ¿Que los buenos están en un lado y los malos en otro? Caramba, no sé si es ingenuidad o maldad manifiesta. Pero, claro, en el amor y en la guerra todo vale y en campaña se aprovechan hasta las conversaciones de las máquinas del café. Las balas del cetme le van a costar su puesto a un pobre trabajador de correos (no al amigo de Sánchez que puso al frente de la institución con sueldo millonario) y una revisión de todo el sistema. Y tendrá que ser una revisión exhaustiva, porque, por lo que parece, la ministra de Industria, Reyes Maroto, ha recibido un sobre nuevo con una navaja tintada en rojo (“ensangrentada”) en la hoja... ¿Amenazas fascistas? ¿O tal vez un boicot a la derecha al servicio de la estrategia de Pablo Iglesias? No dudo de la amenaza y menos aún dejo de condenarla. Se ha producido, sin ninguna duda pero, ¿a quién beneficia que se repita? ¿Quién está moviendo los hilos? Las fuerzas vivas del PSOE y de Podemos salen a gritar “no se puede dejar pasar al fascismo” ¿De verdad creen que toda la derecha de España (millones de personas que no les votan) es fascista e incluso capaz de mandar balas de cetme o puñales ensangrentados a modo de amenaza? La pantomima está servida. Así que condenemos toda la violencia (esta, la de los escraches, la de la calle, la machista, la de ETA...), pero sepamos que en España no hay tantos violentos, ni tantos asesinos, ni tantos fascistas. No nos dejemos engañar.

Iglesias víctima tampoco cuela - Isabel San Sebastián

Iglesias víctima tampoco cuela - Isabel San Sebastián


Si alguien carece de autoridad moral para denunciar amenazas es quien expresa su admiración a ETA y justifica las pedradas

Pablo Iglesias, el ‘querido’ a quien apela Gabilondo en un desesperado intento de evitar el batacazo que le auguran todas las encuestas, dejó de dar el pego como representante de los desheredados en el mismo momento en que abandonó su piso y su barrio de siempre para trasladarse a un chalé con piscina y jardín individuales en un pueblo de la sierra noroeste donde, según él mismo decía antes de auparse al poder, residían los ‘pijos’ que no pisan la calle. El autoproclamado azote de la casta se hizo con una Vicepresidencia y colocó a su señora en un ministerio creado ‘ad hoc’ para ella, de modo que entre los dos juntaban sendos coches oficiales con sus correspondientes conductores, una

 niñera a cargo del Estado, escoltas fijos en su domicilio así como en sus desplazamientos y unos quince mil euros limpios a fin de mes, tirando por lo bajo, suficientes para acumular en algo más de dos años un patrimonio que sobrepasa el millón de euros y triplica el del propio Sánchez. ¿Qué trabajador de verdad va a comprar su discurso hueco de ‘haz lo que yo digo, no lo que yo hago’? ¿Cuántos españoles formados y con experiencia pueden aspirar a semejante ascensión meteórica fuera de los pesebres que pagamos con nuestros impuestos? Iglesias vendió su alma populista al diablo del lujo que condenaba en cuanto estuvo en posición de hacerlo. Y como ahora ya nadie cree en su palabrería falsaria, como pierde votos a espuertas en los distritos obreros que creyeron ingenuamente en sus promesas de regeneración, ha cambiado de papel para interpretar el de víctima, lloriqueando por los platós ante las amenazas sufridas.

Vaya por delante mi condena sin paliativos a cualquier forma de violencia, incluida la intimidación. Viví once años con la espada de Damocles etarra pendiendo sobre mi cabeza, luego sé bien de lo que hablo. Pero si alguien carece de autoridad moral para hacer tantos aspavientos por un sobre con cuatro balas, es el líder de Podemos. Un Pablo Iglesias que jamás ha expresado su solidaridad con quienes durante cuatro décadas recibieron balas similares no en el buzón, sino en la nuca. Un Pablo Iglesias que expresó públicamente su rendida admiración a la organización terrorista ETA por haber sido «la primera en darse cuenta de que la Transición y la Constitución no eran, en realidad, sino una continuación del franquismo» (‘sic’). Un Pablo Iglesias emocionado al ver a una turba de manifestantes apalear a un policía caído y presto a justificar las piedras lanzadas contra sus adversarios culpando a los apedreados de haber ido a provocar. Un Pablo Iglesias que señala a periodistas con nombre y apellido y que denominaba al acoso ‘jarabe democrático’ hasta que empezó a padecerlo él. Ahora pretende encarnar la democracia amenazada a ver si rasca algún voto, aunque tengo para mí que Iglesias víctima tampoco cuela.

domingo, 25 de abril de 2021

Debate mortuorio - Joaquín Leguina

Debate mortuorio - Joaquín Leguina


Es una pena que en la contienda política madrileña se estén utilizando como arma arrojadiza los muertos a causa del virus chino. Y lo peor no es eso, sino que se usen indicadores brutos, que, para un estadístico como quien esto escribe, son un engaño. No hay una sola media aritmética ni una sola tasa bruta que explique absolutamente nada y eso se sabe desde los romanos, que ya recomendaban la comparaciones ceteris paribus, es decir, con todas las demás cosas iguales.

Y en este caso de la mortalidad por causa del virus hay que tener en cuenta, entre otras variables, la concentración de la población, no la densidad. Alemania tiene una densidad de población de 224 habitantes por kilómetro cuadrado, Gran Bretaña tiene 262 hab/km2, Francia tiene 114, Italia tiene 197 hab/km2, y España con 46.791.000 habitantes, sólo 93 por kilómetro cuadrado. Polonia, el último gran país en extensión, tiene una densidad de 123 hab/km2 con una población de 38.447.000 habitantes. Pero esos países (Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia, Portugal o Polonia) tanto en superficie como en población agrupan a sus habitantes en una franja comprendida entre el 45 y el 60% de la superficie. Sólo algunos países se salen de esos límites: son los del Benelux, que han urbanizado hasta el 80% de su territorio, pero sobre todo España, que tiene a sus habitantes hacinados en el 12,5% del país.

Hace un par de años, Alisdair Rae, de la Universidad de Sheffield, utilizó datos de Eurostat para hacer un descubrimiento demoledor. Cuando se disminuyó el área analizada utilizando una cuadrícula de un kilómetro cuadrado, se topó con el dato de una densidad de 53.119 habitantes en el kilómetro más poblado de Europa, que resulta estar en Hospitalet de Llobregat. El siguiente punto más habitado se encuentra en París, en sus barrios más populares, donde se agrupan 52.218 personas. Y entre los lugares más concentrados de Europa está la villa de Madrid y sus alrededores.

Por otro lado, el 65 % de los españoles vive en pisos, mientras que sólo es el caso de poco más del 50 % de los italianos, del 30 % de los franceses o el 14,4 % de los ingleses. Los españoles vivimos apilados y así, no es de extrañar que encabecemos también la estadística mundial de ascensores por habitante. Todo ello no es sino el resultado de un desarrollo urbano insensato.

También escribí sobre ello en estas páginas el 13 de diciembre de 2020 y lo repito ahora en contra de los falsos argumentos que se siguen exhibiendo contra Isabel Díaz Ayuso.

domingo, 18 de abril de 2021

Un lío incomprensible - Joaquín Leguina

 Un lío incomprensible - Joaquín Leguina


Deberíamos llevar a los altares a los científicos que se han dejado la piel para crear unas vacunas en un tiempo récord, pero la administración que las instituciones políticas de todo el mundo han hecho respecto a la vacunación ha sido un desastre.

El miedo que ha producido tanta confusión sería el mismo que si uno leyera los prospectos de gran parte de los medicamentos que se consumen normalmente y los tomara al pie de la letra. Un ejemplo: “reacciones alérgicas que pueden ser graves y, en ocasiones, producir la muerte. Diversas erupciones y otras reacciones cutáneas graves. Efectos adversos graves en el hígado. Inflamación del intestino grueso” son algunos de los posibles efectos secundarios de la amoxicilina, que es uno de los antibióticos más extendidos. Se consideran muy raros porque solo afectan a una de cada 10.000 personas que la toman. En cuanto al medicamento más popular del mundo, la aspirina, el prospecto oficial indica que entre una y 10 de cada 100 personas “pueden sufrir trastornos gastrointestinales (úlceras, sangrados), respiratorios (asma, espasmo bronquial), urticaria, angioedema y alteraciones de la coagulación”.

Las primeras reticencias surgieron con la vacuna AstraZeneca. Tras la administración de millones de inyecciones de esa vacuna se han documentado rarísimos casos de trombos con fallecimientos, a razón de un caso por cada millón de personas que la recibieron. Cualquier anticonceptivo oral presenta ratios mucho más elevadas de trombosis potencialmente mortales. Mientras que por cada millón de vacunados con AstraZeneca se evitan 120.000 contagios, 4.100 ingresos hospitalarios y 800 muertes.

Así las cosas, ¿cómo es posible que tanto la de AstraZeneca como más tarde la de Janssen se hayan puesto en tela de juicio? Una tesis nada despreciable es que se ha abierto la lucha entre las farmacéuticas. La clave estaría en el precio de las vacunas: cada dosis de la vacuna de Moderna cuesta alrededor de 50 euros; la de Pfizer, en torno a 35 euros, y la de AstraZeneca, 6 euros. Una diferencia tal que incita a someter a AstraZeneca a un acoso brutal para sembrar el temor y la desconfianza hacia ella.

AstraZeneca no fue capaz de desplegar una buena estrategia de comunicación, ni siquiera para defenderse de los ataques. Y eso ha sido un desastre pues, hoy, la sombra de una duda publicada en cualquier periódico y ampliado su eco por las redes sociales (con unos cuantos mensajes bien programados) vale para fabricar una noticia que dé la vuelta al mundo.

sábado, 17 de abril de 2021

En caso de duda consulte a su médico o farmacéutico - Javier Gallego

 En caso de duda consulte a su médico o farmacéutico - Javier Gallego


La frase la hemos escuchado una y mil veces. El latiguillo cierra cualquier anuncio de un medicamento en la radio o la televisión. Ese último aserto, al final de la venta de un paracetamol o de un antigripal, a parte de un consejo obvio supone el reconocimiento de que no hay remedio sin efectos adversos.

En la medicina, como casi todo en la vida, no existe el riesgo cero. Seguramente usted mismo haya firmado, espero que no muchas veces, ese folio que nos dan en cualquier centro médico antes de la anestesia o de una prueba radiológica. Con él consentimos la exposición a un peligro inevitable si queremos curarnos o saber qué tenemos. El beneficio es mayor que el remoto perjuicio y la mayoría, ni siquiera, nos paramos a leer detenidamente esa retahíla de contratiempos, porque pensamos en el objetivo último que es superar la enfermedad.

Por eso me extraña que esta pandemia haya acabado también con esa regla universal, hasta hoy aceptada sin debate por la mayoría de los mortales. Los contados episodios de trombos, que siguen en estudio, asociados a dos vacunas han puesto el foco en sus efectos adversos en lugar de en sus millones de beneficios. La balanza se ha decantado por el lado de las sospechas, sin tener en cuenta los millones de vidas que esas mismas vacunas ya han salvado.

Si usted ha tenido la tentación de ser uno de los que estos días ha pensado en rechazar la inyección le recomiendo dos lecturas. La primera es la del prospecto de la aspirina y la segunda la del Ibuprofeno. Si después de hacerlo se deja dominar por la hipocondría, acabará condenado al dolor eterno por no tomar medicamentos o al insomnio perpetuo por haberlo hecho. Así que no se sienta un kamikaze por querer, como yo, que le pongan cualquier vacuna y a ser posible a la mayor brevedad de tiempo. Y si conoce a alguien que duda, que está en su derecho, dígale que para ser justo renuncie también a subirse a un coche, a entrar de pie en la bañera, a comer alimentos fuera de casa en verano y por supuesto a fumar. Porque con cualquiera de estas actividades tiene muchas más probabilidades de dañar su salud con una dosis de las vacunas.

Es mucho más sencillo echar otra cuenta. En nuestro país ya han muerto más de 80.000 personas, más de 300.000 han ingresado en un hospital y más de 30.000 han acabado en una UCI, por el maldito virus. Es infinitamente más probable que le alcance la enfermedad o alguno de sus múltiples daños económicos. Esa es la verdadera amenaza y las vacunas son la única solución y no parte del problema. Y si aún así, sigue vacilando con la inmunización, solo le pido un favor: en caso de duda consulte a su médico o farmacéutico. Eso es lo que se ha hecho toda la vida.

Lascivia municipal - Juan Carlos Girauta

Lascivia municipal - Juan Carlos Girauta


«La alcaldesa de Getafe ha trascendido la cosa pública y está ya en la gestión de la cosa púbica. De la cosita, porque el Ayuntamiento de Getafe (¿qué hago yo hablando del Ayuntamiento de Getafe?) se dirige a las niñas con este lema memorable en una de sus guías: “Apaga la tele, enciende tu clítoris”. Vayamos por partes» lema memorable en una de sus guías: «Apaga la tele, enciende tu clítoris». Vayamos por partes.

Con el primer mandato imperativo no puedo estar más de acuerdo. Es decir, si los entes locales tuvieran algún modo de influir en los índices de consumo televisivo, acomodaría mi natural liberal para hacerle un hueco a este intervencionismo benéfico. A fin de cuentas, las preocupaciones últimas de Karl Popper atañeron a la televisión, abriendo la puerta a la censura. Pocas cosas peores para la receptora del mensaje de la alcaldesa Sara que ese veneno que están sirviendo al pueblo a costa de la hija de una folclórica. Sucede que no hay pruebas de la eficacia de campañas tan ambiciosas, y no me refiero a la invitación a encenderse los bajos, sino a la de apagar la tele. Pasa como con la publicidad que invita a la lectura en general. Que no. Que nadie lee porque lo diga una valla publicitaria.

Ahora bien, yendo a la segunda parte del lema de Getafe, y suponiendo que las niñas apaguen alguna vez la tele o el móvil, lo que Sara quiere es que enciendan su clítoris. Todo esto puede resultar obsceno, soy consciente, pero es Sara quien nos ha traído aquí. Es Sara con su nuevo concepto de la socialdemocracia y de las administraciones locales quien nos obliga a entrar en este lugar oscuro del sexo infantil. Y para que no quede ninguna duda, conste aquí lo que Sara respondió a un concejal que le afeó la campaña (disculpen la falta de sindéresis y de sintaxis de Sara, su intolerable abuso de los adverbios de modo): «Es gesto [sic] claro de este equipo de Gobierno el que todos los niños y niñas de Getafe, todos los adolescentes, todos los jóvenes y las jóvenes de nuestro municipio tengan relaciones sexuales evidentemente y claramente satisfactorias y evidentemente y claramente igualitarias». Una vez desbrozado su descuidado jardín mental, la conclusión es inevitable: Sara quiere que los niños de Getafe tengan relaciones sexuales.

Bueno, Sara, te voy a dar un disgusto, pero encenderse el clítoris no es tener una relación sexual. De todos modos, atendiendo al principio general del Derecho que reza «quien puede lo más puede lo menos», no negaré que el masturbarse de la niña de Getafe es menos polémico que el mantener relaciones sexuales de esa misma niña. Ha llegado el momento, Sara, mujer, de preguntarle muy seriamente: ¿quién se ha creído usted que es? Oh, veo otro de los lemas a cuya concepción y difusión dedica usted el dinero de los contribuyentes: «Un poquito de autocoñocimiento, por favor». Ay, fíjate qué graciosa, ‘autocoñocimiento’, qué humor tiene Sara, si es que es única. Espera, Sara, que acabo de reírme y te lo vuelvo a preguntar, pero más en tu línea: ¿quién coño te has creído que eres?

Porque hay algo insultante en Sara que debe examinarse una vez analizadas las dos partes de su mensaje antitelevisivo y promasturbatorio. Algo inadmisible: el tuteo. Imaginen el mismo mensaje con un poquito de respeto: «Apague la tele, encienda su clítoris». Pues oye, Sara, no queda tan mal. Por un lado, respetarías por primera vez a tus administrados. Por otro, no sería tan evidente que pretendes interferir en las actividades sexuales de los niños, justificando los crecientes recelos de un gran segmento social que tiene la mosca detrás de la oreja por culpa de guías como la tuya. En tu seno interno, Sara, maja, sabrías que tu público es el que es.

Cuando yo iba al cole, a mediados del siglo pasado, nos llamaban de usted. Llego a los siete años a los jesuitas y me llaman señor Girauta los curas, los profesores, las camareras que nos servían un poquito de vino con la comida. Imagínate, imagínese. No, a ti no puedo sino tutearte. No veas en esto una contradicción, te tuteo porque eres tú, alcaldesa, porque te lo has ganado. Todos deberían tutearte. Es más, todos deberían tratarte con la misma confianza y desparpajo con que se habla a un amigo de infancia, pues tú te has metido en su intimidad. Es una cosa bastante repulsiva, si lo piensas: la alcaldesa de Getafe se ha metido en la intimidad de todos los menores de su municipio para animarles a la realización de prácticas sexuales.

Pero, ¿qué te importará a ti lo que hagan, Sara? Pues de algún modo te importa. Mi problema es opuesto al tuyo: no quiero meterme en lo que libremente se practica en dormitorios y baños. Y ni siquiera me permito pensar en ello cuando se trata de niños. Porque eso tiene un nombre, Sara. Y yo no te lo voy a colgar porque, como te decía, mi problema es el contrario del que tienes tú: una contención infinita cuando se habla de lo sagrado, como el sexo y como la infancia. Pero una cosa me reconocerás, Sara, tía: si uno trata de imaginar qué tipo de contraestímulos son capaces de apagar el deseo sexual, de desmotivar ‘ipso facto’ al excitado, de cortar la libido por lo sano, es difícil dar con algo más eficaz que un mensaje del Ayuntamiento de Getafe diciéndote que te pongas cachondo.

sábado, 3 de abril de 2021

Ayuso madrileñea - David Torres

 Ayuso madrileñea - David Torres


A Ayuso se la veía encantada el otro día con su muñeco Funko Pop, una versión de sí misma que seguramente va a echarle una mano en estos días tan ajetreados. Últimamente, entre unas cosas y otras, Ayuso no para de trabajar y alguien pensó que necesita un doble de acción a la hora de inventar nuevos lemas de campaña y repescar fichajes de Ciudadanos. La presidenta de la Comunidad de Madrid lleva una carrera meteórica, sobre todo teniendo en cuenta que empezó en esto de la política poniendo la voz a un perro. Tal y como van las cosas, no sería raro que terminara dentro de un muñeco, como Chucky o como esas películas de terror en las que el muñeco maneja al ventrílocuo. De hecho, es posible que el Funko Pop de Ayuso sea uno de los pocos muñecos que tiene más funciones que el original.

A los politólogos lo del muñeco les parece un mensaje subliminal, ya que algunos de ellos sostienen la tesis de que Ayuso no es más que una marioneta de Miguel Angel Rodríguez, el titiritero del PP madrileño, el gurú de la comunicación que disfrazó de Cid Campeador a Aznar y de nazi al doctor Montes. Sólo a un tipo capaz de jugar a los coches de choque cuadruplicando la tasa permitida de alcohol se le ocurriría la brillante idea de llevar adelante la campaña de Ayuso mediante una proclama como "comunismo o libertad", entendiendo por comunismo la perversa alianza entre la corbata de Sánchez y la coleta de Iglesias, y por libertad la de pedir una caña y una plaza en el tanatorio. ¿Habrá mayor expresión de libertad que morirse a pleno sol, en una terraza de la capital, saboreando una cerveza y una tapa de calamares? Parafraseando a Ambrose Bierce, eso es eutanasia y no lo del doctor Montes.

Por eso, estos días en que disfrutamos de una Semana Santa a medio gas y calentamos motores para un San Isidro calentito, han cambiado la libertad por "madrileñear", que para ellos viene a ser lo mismo. Es decir, transformar la capital en una terraza gigantesca donde los madrileños puedan volver a celebrar el 2 de mayo, los franceses el 3 de mayo y el coronavirus la barra libre. La oferta cultural madrileña es tan apabullante que a Macron no le ha quedado más remedio que confinar Francia de arriba abajo durante un mes para evitar quedarse sin franceses. Es cierto que en el tema de las vacunas andamos muy retrasados, con un porcentaje inmenso de población virgen de pinchazos y montones de ancianos octogenarios que todavía siguen esperando a Godot al teléfono, pero como el retraso es general y además viene con una tapa de calamares, sea bienvenido. O bien bebido, como dice mi amigo, el cocinero Abraham García.

Ayuso prometió en su día que en Madrid se iba a vacunar día y noche, 365 días al año, pero no especificó si iba ser con Pfizer, con AstraZeneca o con San Miguel, (con Sputnik no, eso seguro). En cualquier momento, en otro alarde libertario, se extiende el permiso de implantación masiva de terrazas a los ambulatorios, para que los camareros hagan un cursillo rápido de enfermería y ayuden también con las inyecciones. Ante el mosqueo generalizado por la historia de los trombos, la farmacéutica británico-sueca ha decidido cambiar el nombre de AstraZeneca por el de Vaxzevria, un nombre casi igual difícil de pronunciar y una solución de mierda, pero en fin, no iban a llamarla Cruzcampo. A la marcha que vamos, cualquier día la propia Ayuso se pone a vacunar. Ella o el muñeco.

domingo, 28 de marzo de 2021

Mañueco, el hombre tranquilo - Julián Ballestero

 Mañueco, el hombre tranquilo - Julián Ballestero


De la entrevista que publicamos hoy en LA GACETA se deduce que el presidente de la Junta ha superado la moción de censura sin un rasguño, incluso se siente más fuerte tras el gatillazo del socialista Luis Tudanca. A juzgar por sus palabras, Alfonso Fernández Mañueco estuvo siempre tranquilo, convencido de que Inés Arrimadas mantendría su palabra y de que no habría más tránsfugas que la ya conocida procuradora mirobrigense. Feliz él, porque hubo muchos castellanos y leoneses, entre ellos algunos destacados dirigentes de Ciudadanos en la Comunidad, que no lo tenían tan claro.

Porque la deserción de María Montero no era sino un primer paso al que deberían haber seguido al menos otras dos componentes del grupo naranja. Sucedió que, a pesar de las maniobras en la oscuridad de Tudanca y otros procuradores socialistas ‘cercanos’ a las procuradoras ‘tentadas’, al final las invitadas optaron por continuar sometidas a la disciplina de partido y la moción de censura se convirtió en un sonoro fracaso, el colofón vergonzante a una ola de desestabilización promovida desde Moncloa.

Allí, entre almohadones, sigue jugando a pirómano Pedro Sánchez, asesorado por el ilusionista Iván Redondo. Ahora la pareja gobierna a sus anchas, una vez que Pablo Iglesias se ha forrado el riñón y ha decidido disfrutar de ese capitalito de millón doscientos mil euros que ha acumulado junto a su señora ministra. La espantada del vicepresidente comunista ha sido a la postre una jugada maestra: tanto Iglesias como Sánchez duermen ahora mucho más tranquilos, el uno amasando bienes, activos y planes de pensiones, y el otro dedicado a disfrutar del sol de la presidencia del Gobierno sin ningún titiritero que le haga sombra.

En las próximas semanas veremos al Doctor Sánchez dedicado en cuerpo y alma a echar a Isabel Díaz Ayuso, utilizando para ello cuantos medios terrestres, marítimos y aéreos están a disposición del Gobierno, que son muchos y de muy grueso calibre.

A Moncloa no llegan los gritos desesperados de los autónomos, de los pequeños empresarios, los empleados en ERTE, los hosteleros y los comerciantes, que a millones se desangran por las restricciones entre la tercera y la cuarta olas. Sánchez está a lo suyo, que no sabemos exactamente qué pueda ser, aparte de disfrutar del cargo.

De la pandemia no se ocupa, porque Redondo ha diseñado una estrategia de dejación de funciones en favor (más bien ‘en pavor’) de las autonomías, y la ministra Darias no hace sino seguir la línea Poncio Pilato de su predecesor, el fracasado aspirante a la Generalidad Salvador Illa.

De lo más urgente y necesario, que es conseguir vacunas para acabar cuanto antes con esta pesadilla, se ocupa (es un decir) la Unión Europea. El Gobierno de España no está ocupado ni preocupado por conseguir más vacunas. No va con él. En ningún momento hemos visto a Sánchez presionando para que Bruselas despierte de su letargo y adopte medidas contundentes para acabar con el timo de las farmacéuticas, que se están riendo a la cara de 450 millones de europeos. Hubo hace unos meses un intento en la Organización Mundial de Comercio de liberar las patentes de las vacunas para permitir una campaña rápida y masiva en todo el mundo, y España votó a favor de los intereses de las farmacéuticas y en contra de la liberalización. Y así nos va: en Gran Bretaña y Estados Unidos han vacunado ya a tres veces más porcentaje de su población que en el conjunto de la Unión Europea.

En lo único que se ocupa, y poco, este Gobierno, es en repartir los fondos covid, y lo hace con el criterio habitual desde que Sánchez asaltó los colchones monclovitas: concediendo la parte del león a los golpistas, supremacistas y separatistas, y dejando las migajas para los pobres, entre ellos Castilla y León. Eso sí que le debería estar quitando el sueño a Fernández Mañueco.

jueves, 25 de marzo de 2021

Traficantes de vacunas - Alberto García Reyes

Traficantes de vacunas - Alberto García Reyes


Las dosis escondidas en Italia evidencian la reventa de la poción mágica

La vacuna del Covid es como la poción mágica de Panorámix. Todos quieren robarla porque es la llave del poder. El alijo que los inspectores italianos hallaron ayer en el congelador pantagruélico de Anagni, un pueblo del Lacio italiano, esperando salir hacia el Reino Unido a través de sabe Dios qué redes de distribución es la demostración palmaria del trapicheo que se ha montado con la pócima sanativa. Los chinos, que son los grandes piratas del siglo XXI por mor de su comunismo capitalista, que es algo así como el catolicismo islamista, mueven cargamentos de su hechizo salvador con la misma alegría con la que al comienzo de la pandemia vendían al mejor postor cacharros para hacer PCR que simulaban

 matasuegras. AstraZeneca ha desatado el contrabando de vacunas sacando a subasta, con garfio y parche al modo Villarejo, su producción, lo que ha generado una tensión en el mercado farmacéutico que resulta casi troglodita. En cualquier rastro del mundo hay mercachifles más fiables que los matuteros de este laboratorio anglo-sueco, maestros del agiotaje que se pasan por el forro lo que han firmado si a la hora de soltar su mercancía aparece un pujador con más guita en el bolsillo. Pero si para algo está sirviendo esta pandemia es para actualizar y modernizar los vicios atávicos de la condición humana. Desde el australopiteco, cada vez que un homínido ha tenido en su poder un objeto deseado por el resto ha especulado con él. Y eso no ha cambiado. Basta con ver a Jorge Javier dando jipíos mientras escucha los lamentos hiperventilados de Rociito y un segundo después sorteando 12.000 euros entre los que llamen al cinco, cinco, cinco, no sé qué.

El descubrimiento de los fardos de vacunas ocultos en Italia es también una depravación ancestral. Dedicarse al mercadeo cuando está en almoneda la vida de la gente es rupestre y al mismo tiempo vanguardista. En términos mafiosos, esta reventa de las ‘narcodosis’ se denomina vuelco. Ahí tiene Scorsese una escena antológica: mientras la gente palma, los traficantes de vacunas juegan al póquer en la lavandería de un decrépito hospital abandonado.

lunes, 22 de marzo de 2021

La pandemia silenciosa - Pablo Montes

 La pandemia silenciosa - Pablo Montes


No ha venido mal que un borrego llamado Carmelo Romero protagonizara la pasada semana uno de los momentos más bochornosos (y ha habido muchos) de la historia del Congreso de los Diputados. Su “vete al médico” a Íñigo Errejón ha obligado a poner en la agenda política uno de los más graves problemas que sufre la sociedad desde antes del coronavirus, pero que se ha agravado de un año a esta parte. Estoy en las antípodas del pensamiento de Errejón, pero hay que agradecerle que llevara al Parlamento la pandemia silenciosa. Por eso resulta más deleznable que un señor diputado estigmatice todavía más a los que la padecen. Al menos, horas después pidió disculpas, pero intuyo que más bien fue por indicaciones del PP que por voluntad propia.

Cada día se suicidan en España diez personas. Estamos hablando de una cifra superior a la de víctimas de accidentes de tráfico. Más muertos que los provocados por el tabaco y la violencia de género. Sin embargo, no verán ni una sola campaña financiada por el Gobierno. Y por supuesto, nadie informa de que se ha producido un suicido. Creo firmemente que los medios de comunicación nos deberíamos replantear el veto que ejercemos a esta realidad. Un veto comprensible hasta la fecha, que tiene el objetivo de proteger a la víctima y a su familia. Pero cubrir con un tupido velo algo que está sucediendo, no hace que desaparezca.

Cuando alguien se quita la vida se ha producido un fallo en el sistema. Esa persona no ha recibido la suficiente atención para evitar el fatal desenlace. No estamos hablando de un proceso rápido que se desencadene en cuestión de una semana. Según la OMS, en el 90 por ciento de las ocasiones la depresión se encuentra detrás de esta decisión tan drástica. En muchos casos, ese paciente ni tan siquiera ha abierto su corazón por miedo al qué dirán. La maldita estigmatización que dejó patente el diputado Carmelo y que habita en gran parte de la sociedad. Las enfermedades que no se ven parece que no existen. “Anímate que eso se pasa pronto”, se suele decir. O, lo que es peor. Se ve como una burda excusa para obtener una baja laboral por la ‘jeta’. Mientras sigamos estancados en este estadio tan primario, no hay nada que hacer.

Una sociedad que no cuida su salud mental es una sociedad destinada al fracaso. Los expertos hablan de casos de trastornos en personas de todas las edades. Desde niños que han visto cómo de la noche a la mañana su vida daba un vuelco de 180 grados hasta adultos y ancianos que han dejado de dar un simple paseo y no han podido despedir a sus seres queridos. Así lo aseguraba hace unos días Teresa Sánchez en LA GACETA. La catedrática de Psicología de la Universidad Pontificia de Salamanca insistía en que una muerte no acompañada provoca negación e incredulidad. Asimismo, remarcaba que la salud mental ha sido la hermana pobre de esta pandemia.

En un momento en el que al fin nos hemos concienciado de que no se puede escatimar ni un euro en Sanidad, la atención de la salud mental debería convertirse en un objetivo prioritario. Dotar al sistema de psicólogos y expertos que lancen un mensaje claro: hay un lugar al que acudir. Igual que si nos duele una muela vamos al dentista de inmediato, nadie debería sentirse señalado o apestado por hacer lo mismo con el psicólogo. Ese es el principal hándicap. Si dejamos que una muela nos duela cada día más, probablemente nos la tendrán que extraer o derivará en una infección más complicada. Con una patología mental sucede igual. La depresión se irá agravando sin que nadie lo vea. A partir de ahí llegarán consecuencias. Desde dejar de comer, recurrir a la bebida o al juego y el propio suicidio.

Hay que tener clara una cosa. Nadie está exento de sufrir una enfermedad mental. Incluso el que se crea anímicamente invencible. Toca por lo tanto cambiar el chip y dejar de mirar para otro lado. Ir al médico y demandar ese servicio tan vital como cualquier otro.

Vente pa España, Klaus - David Torres

 Vente pa España, Klaus - David Torres


La decisión del gobierno español de permitir la entrada del turismo alemán en Semana Santa al mismo tiempo que se restringen los viajes entre las diversas comunidades autónomas pudiera resultar paradójica de no ser porque nuestros gobernantes saben muy bien lo que se hacen. Hasta tal punto el coronavirus ha puesto patas arriba un montón de creencias médicas y echado por tierra la lógica, la prudencia y el sentido común que nuestros dirigentes han decidido imitarlo, para que se joda. Cada vez más cuesta distinguir de qué lado de la pandemia están, igual que aquel paralítico de una novela mía, Punto de fisión, que estaba un día parado en un semáforo y vinieron unas chicas con una hucha y unas pegatinas a que les ayudara con un donativo contra el cáncer: "No, no -decía Domingo-. Yo estoy a favor".

En Madrid, el fantástico lema electoral de Ayuso -"comunismo o libertad"- se ha materializado en una barra libre generalizada donde la curva se está doblegando a base de convites, borracheras y botellones, una estrategia que es la envidia de medio mundo y mediante la cual, desde Baviera, vamos a importar la Oktoberfest a lo largo de buena parte de nuestras costas hacia finales de marzo. "Vente pa España, Klaus" puede ser el eslogan de esta Semana Santa, ilustrado con una cama de hospital conectada a un tanque de cerveza. Si el alcohol desinfecta las heridas y fumiga a las bacterias, cómo no va a desanimar al coronavirus.

Estamos poniendo en práctica aquel viejo refrán ("si no puedes con tu enemigo, únete a él"), no sólo con el coronavirus sino también con Ayuso, vacunándonos a base de cubatas y transformando el país entero en un bar. Gracias a la ayusización, en menos de un año hemos pegado el mismo bandazo ideológico que Unamuno, quien primero dijo que teníamos que europeizar España y luego dijo que no, que nos salía más a cuenta españolizar Europa. En el momento en que los contagios suben en Alemania como la espuma en las jarras, nos traemos un montón de alemanes a Mallorca, a Málaga y a Alicante, a ver qué pasa. Al fin y al cabo los alemanes no vienen aquí buscando estudio, calma, reflexión, científicos y Unamuno, sino más bien sol, diversión, copazos, camareros y Alfredo Landa. Este experimento de la Semana Santa nos permitirá comprobar, de paso, si las cepas germánicas son resistentes al calimocho.

Día tras día, Pedro Sánchez, Fernando Simón y el nutrido equipo de especialistas van repitiendo las mejores secuencias de Lloyd Bridges en Aterriza como puedas. "Elegí un mal día para dejar de fumar" dice Bridges ante las primeras señales de catástrofe e inmediatamente se mete tres o cuatro cigarrillos por la boca, la nariz y las orejas. "Elegí un mal día para dejar de beber" añade, cuando las cosas se tuercen, y a continuación se casca una botella de aguardiente de un buche. "Elegí un mal día para dejar de aspirar pegamento" comenta, con los pelos electrificados del subidón, resignado a los batacazos de nuestro gabinete de sabios con la cosecha de ataúdes en verano y en navidades. Al señalarle que deberían encender las luces del aeropuerto para que el piloto pueda ver la pista de aterrizaje, Lloyd Bridges sonríe astutamente y profetiza a Fernando Simón explicando por qué, en lugar de cerrar las fronteras, van a dejar que vengan una legión de turistas teutones en tromba justo en el momento en que se dispara el pico de contagios en Alemania: "No. Eso es justo lo que ellos esperan".

sábado, 20 de marzo de 2021

Camino de muerte - Isabel San Sebastián

Camino de muerte - Isabel San Sebastián


Ofrecer al enfermo una inyección letal como única alternativa al dolor es abocarlo al suicidio

Al principio de su andadura legal, el aborto fue regulado como la despenalización de un delito en determinados supuestos, que a muchos, incluida yo, nos parecían muy razonables. Se trataba de aplicar el principio de legítima defensa ante un embarazo peligroso para la salud de la madre, causado por una violación o bien inviable en razón de malformaciones graves, circunstancias extraordinarias que justificaban la licitud de impedir que el concebido llegara a nacer. Porque en eso consiste un aborto voluntario; en liquidar a una criatura y no en ‘interrumpir’ lo que no podrá reanudarse. Pronto se vio que los citados supuestos se convertían en un coladero al que se acogía cualquiera que deseara abortar, alegando riesgo para su salud, y

 que el concepto ‘malformación’ se aplicaba indiscriminadamente a trastornos genéticos como el síndrome de Down, perfectamente compatible con una vida plena y feliz hasta que se dio vía libre al exterminio masivo intrauterino de los afectados por él. Entonces, en lugar de rectificar, proteger, multiplicar las ayudas a las embarazadas en situación de vulnerabilidad, ofrecer alternativas o agilizar las adopciones, el gobierno de Zapatero tiró por el camino de en medio y convirtió el aborto en un derecho sacrosanto de la mujer, borrando de un plumazo a las otras dos partes de la ecuación: el ‘nasciturus’, tratado como un «ser vivo pero no humano» (Leire Pajín ‘dixit’) y el padre, privado de voz, voto y responsabilidad. Ahora hasta las menores de edad pueden dar ese paso sin que sus progenitores se enteren. Una gran conquista feminista, a decir del ‘progresismo’ oficial.

El jueves, el Congreso de los Diputados abrió de par en par otra puerta a ese camino de muerte. En este caso, la del final de la vida. Una nueva apuesta de la izquierda por la vía fácil y barata, revestida de honorabilidad mediante la utilización del eufemismo al uso: ‘muerte digna’, en lugar de ‘eutanasia’, práctica consistente en matar al paciente sin causarle dolor, a la que el propio Hipócrates se opuso hace veinticuatro siglos. De momento, según el texto jubilosamente aprobado, quienes reciban la inyección letal deberán hacerlo libremente, bajo unas garantías estrictas. Eso aseguran los promotores de una medida tan drástica y controvertida que únicamente cinco países del mundo la han incorporado a sus legislaciones, mientras la gran mayoría han rechazado adoptarla. ¿Por qué? Muy sencillo. Si la deriva de esta ley se asemeja mínimamente a la del aborto, no tardaremos en ver cómo se va abriendo la mano, el concepto ‘dignidad’ se va perfilando a conveniencia de la autoridad de turno, muchas personas dependientes sufren coacciones para poner fin a sus ‘sufrimientos’ y se multiplican las decisiones tomadas por terceros. Entre otras razones, porque España está a la cola de Occidente en lo que atañe a los cuidados paliativos, que son los que garantizan una vida digna al enfermo, librándolo del dolor. Ofrecerle la muerte como única alternativa es abocarlo al suicidio.

viernes, 19 de marzo de 2021

Síndrome de enajenamiento - Ignacio Camacho

 Síndrome de enajenamiento - Ignacio Camacho


El alejamiento de la realidad es el rasgo clave de una política afectada por un cuadro grave de alteración perceptiva

Antes y después de que un diputado cabestro del PP («persona torpe o ruda», cuarta acepción del DRAE) le faltase el respeto a Íñigo Errejón gritándole que fuera al médico, pasaron tres cosas muy significativas en el Congreso. La primera, que la oposición abroncó al portavoz izquierdista por sacar a colación un asunto, el de la salud mental y la atención psiquiátrica, que escapaba de la reyerta sectaria de trazo grueso en que se han convertido las sesiones de control al Gobierno. Es decir, por llevar a la Cámara de las broncas un problema práctico, objetivo, concreto. La segunda, que el presidente despachó la pregunta con una evasiva displicente, apenas un par de frases huecas demostrativas de que la cuestión

 le importaba lo mismo que al resto. Y la tercera, que el parlamentario faltón fue de inmediato linchado en redes y medios por la misma izquierda que lleva meses tildando de loca a Díaz Ayuso sin el menor miramiento. Si se juntan los tres aspectos sale un diagnóstico desolador sobre la psicología de una clase política ensimismada en un síndrome de bipolaridad aguda y de alejamiento de la realidad que sólo puede definirse como un trastorno esquizofrénico.

Porque aunque una parte relevante de la sociedad española se halle enfrascada en un enconado debate cainita, que los profesionales de la agitación disfrazan de batalla cultural (?) o de confrontación ideológica, la mayoría de la población vive perpleja ante el desdén con que los gestores públicos se desentienden de su tarea representativa para centrarse en sus propios conflictos y cuitas. El vértigo de los últimos diez días, la rebatiña de mociones de censura, deserciones, traiciones, transfuguismo y frenesí electoralista, encaja en la evaluación clínica de una subjetividad hipertrofiada, una suerte de alteración perceptiva que ignora las situaciones reales para entregarse a un enajenamiento de consecuencias suicidas. Una nación atribulada por una pandemia persistente, un colapso institucional, una crisis socioeconómica pavorosa y un torbellino extremista está dirigida por una pléyade de propagandistas facciosos que se dedican -unos más que otros, ciertamente, en una triste escala de insolvencia frívola- a cavar trincheras banderizas y a conspirar para repartirse canonjías. Y no es una hipérbole demagógica ni una simplificación al uso populista: el relato informativo de cada jornada arroja conclusiones bastante más sombrías.

El espectáculo de esta primavera es sólo la apoteosis de un gravísimo déficit de liderazgo que amenaza al país en un trance especialmente delicado. El delirio enfermizo de unas élites incompetentes, aisladas en un solipsismo tóxico, aboca a un enorme fracaso democrático. Y el consuelo voluntarista de pensar que los ciudadanos sean más sensatos que sus dirigentes no está del todo claro a tenor de la pasión con que los siguen (seguimos) votando.

domingo, 14 de marzo de 2021

Desayuno en Beirut - Arturo Pérez Reverte

 Desayuno en Beirut - Arturo Pérez Reverte


Hace un sol de invierno en Puerto Banús y estoy sentado en la terraza del Salduba, mirando los barcos. En una mesa cercana hay un hombre mayor que habla por teléfono, en árabe. Viste bien, con maneras europeas que se ven habituales; las de quien lleva muchos años aquí. En un momento determinado dice kus immak e ibn charmuta refiriéndose a alguien, y los dos viejos insultos levantinos, viejos como la vida, me hacen sonreír. El hombre advierte mi sonrisa y al terminar la conversación me pregunta en esa lengua si hablo árabe. Le respondo en español que no, que sólo conozco un centenar de frases y palabras, incluidos casi todos los buenos insultos. Se ríe, conversamos. Es libanés, de origen palestino. O para ser exactos, palestino nacido en el Líbano. En un lugar llamado Tal Zaatar.

–La Colina del Tomillo –apunto.

Se sorprende, me pregunta, le explico. Estuve allí en 1976, durante la batalla: norte de Beirut, treinta y cinco días de combates. Lo vi todo, o casi todo.

–¿Con nosotros?

–No. Esa vez me tocó estar con el otro bando. Pero vi los muertos y los fugitivos, mujeres y niños… A los hombres combatientes los mataron a todos.

–Yo fui uno de aquellos niños.

El Líbano, Beirut, los recuerdos comunes unen mucho, incluso tanto tiempo después. O precisamente a causa de todo el tiempo transcurrido. Durante un largo rato intercambiamos memoria, lugares, sensaciones. Y acabamos tuteándonos.

–¿Sabes lo que realmente añoro de entonces? –le confieso–. Los desayunos con manouche.

–¿En serio?

–Completamente. Para mí es el aroma de Oriente Medio: el de mis primeros viajes y mi juventud.

Hablamos otro buen rato sobre eso, recordando el maravilloso manouche con zaatar, tan popular allí: pan redondo y plano, con tomillo, orégano y aceite, que se come a mordiscos, enrollado y caliente. Le cuento a mi interlocutor que ése, la chawarma y el hummus eran la alimentación habitual –nutritiva y barata– del joven reportero que yo era entonces, pero que lo mejor llegaba con el desayuno. Según la zona de Beirut donde estuviese, el hotel Commodore en el lado musulmán o el Alexandre en la zona cristiana, salía cada amanecer a uno de los puestos callejeros donde hacían manouche, me ponía en la cola de la gente que aguardaba –a veces corría con ellos a buscar refugio cuando caían bombas demasiado cerca– y me sentaba a mordisquear mi desayuno con un café turco y un cigarrillo antes de empezar la jornada laboral. Y quizá porque aquel Líbano se quedó en mi piel como un tatuaje, marcando el resto de mi vida y mi trabajo, todavía hoy asocio el sabor y el aroma del manouche con los años de juventud, peligro y aventura.

De todo eso y de algunas cosas más hablamos mi interlocutor, que se llama Jalil, y yo en la terraza de Puerto Banús. Y cuando nos despedimos, se me queda mirando.

–¿Te gustaría desayunar manouche otra vez?

Le respondo que sí, claro. Que conozco un par de sitios en París, uno en la rue Saint-André des Arts y otro junto a Les Halles, a los que voy temprano y espero paciente hasta que abren, calientan la plancha y me hacen uno. Cuando escucha todo eso, Jalil sonríe y me da una tarjeta.

–Tengo un restaurante cerca de la playa –dice–. Ésta es la dirección. Si vas mañana a las nueve, te harán uno. Voy a telefonear para que te lo preparen… Yo no estaré, porque me levanto tarde. Pero será un honor si aceptas.

El honor es mío, respondo. Claro que acepto. Y al día siguiente, a las nueve menos un minuto, estoy en la puerta del restaurante, situado entre Banús y Marbella. Lo encuentro cerrado por estar fuera de temporada y pienso que he venido en vano, cuando se abre la puerta y sale un individuo sin afeitar, con cara de sueño, delantal de cocinero y cara de traficante de blancas de los años treinta. Sin decir una palabra me hace entrar, y en una mesa cubierta con un mantel veo una cafetera de café turco y un manouche perfectamente enrollado y caliente en su envoltorio de papel. Entonces me siento, rompo la parte superior del papel, aspiro el aroma del tomillo, el orégano y el aceite, y regreso a Beirut y a mi juventud, cuarenta y cinco años después.

Burros - Salvador Sostres

 Burros - Salvador Sostres


Sois unos burros. Burros castigados de cara a la pared con orejas de burro

El victimismo independentista salió el jueves soleado y sonriente del Tribunal Supremo. Si Meritxell Serret tuviera algo de mundo se habría ido a almorzar a Señor Martín, que está justo enfrente. Nada como su magnífica barra para brindar por la magnanimidad de la justicia española y estar de vuelta en casa. Me pregunto qué debe pensar la exconsejera de Agricultura de los cuatro años que ha tirado a la basura, lejos de su familia, en la absurda ciudad de Bruselas. A lo que el independentismo llama represión yo siempre lo llamé poca inteligencia, y Lorca, «vacilante expresión bovina». Hasta aquí llegó Meri, cuatro años huyendo de un fantasma. Si es así como los de Esquerra tratan sus propias vidas, imagínate

 cómo van a tratar la tuya. Esta chica no habría tenido que pasar ni un solo día entre rejas: tras cuatro años de fuga y rebeldía, el Supremo la dejó ir tras darle los buenos días y la bienvenida a España. Del mismo modo, Puigdemont sabía que su declaración de independencia no iba a ninguna parte, y no se ha arruinado la vida por la libertad de Cataluña, sino por hacer ante Esquerra la pantomima de que no se rendía. Junqueras forzó lo que no quería forzar y le explotó en las manos. No son independentistas. No son nacionalistas. No son de derechas. No son de izquierdas. No son exiliados. No son presos políticos. Sois unos burros. Burros castigados de cara a la pared con orejas de burro. Burros coceando contra vuestras vidas y vuestras familias a cambio de nada. Sois burros y por burros os habéis desgraciado la vida y habéis rebajado a Cataluña a un establo. Sois unos burros y Meritxell Serret saliendo libre del Supremo es vuestra ración de alfalfa. La justicia española no tiene ningún problema. Vosotros tenéis un problema, y no es político, y es la poca inteligencia. Vosotros tenéis un problema y son los fantasmas que veis y no existen, y las voces que oís y sólo hablan en vuestro extravío, el mito mal curado del supremacismo, la realidad que nunca entendéis, y un sueño falso del que en cualquier caso tampoco estaríais a la altura. Y esa desabrida vulgaridad personal que tratáis de sublimar en la gesta colectiva pero siempre la tara os hunde en el naufragio.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Aquí, mojándome - Arturo Pérez Reverte

 Aquí, mojándome - Arturo Pérez Reverte


Llevo unos años asomado a Twitter, y sigo en ello porque me parece una poderosa herramienta de comunicación para lo bueno, que es mucho, y para lo malo, que tal vez sea más. En pocos lugares como ése se advierte lo mejor y lo más despreciable de la condición humana. Por eso permanezco atento a la pantalla. Lo hice al principio de forma combativa y lo hago ahora de modo más contemplativo. No debato con nadie: planteo asuntos, miro y aprendo pese a mis años. También me hago viejo y me canso. Eso hace que algunos seguidores me lo reprochen. Mójese, don Arturo. No escurra el bulto, juzgue, opine. Olvidan, quienes eso plantean, que Twitter, o por lo menos el mío, no es un servicio público, sino un rincón propio y libre. La barra del bar donde tomo copas con los amigos. Y que a nada obliga. Pero hay algo más, y de eso quiero hablarles hoy.

En lo de mojarse, llevo haciéndolo casi 30 años, desde que dejé de ser reportero. Los viejos lectores de esta página y los tuiteros más veteranos lo saben: lamenté que Felipe González nos arrebatase la fe en las cosas hermosas, que la arrogante ambición de Aznar nos llevase al desastre, que la imbecilidad de Zapatero iniciase la demolición del Estado, que la desvergüenza de Rajoy y sus cuarenta ladrones dejase a España hecha una piltrafa, que la cínica chulería de Sánchez nos lleve al borde del abismo y que la siniestra catadura de Pablo Iglesias –el único que, paradójicamente, no pretende engañar a nadie– no haya disparado ya todas las alarmas democráticas entre quienes todavía lo aplauden.

Todo eso lo dije por escrito y de viva voz, nunca por defender a los míos frente a los otros, pues los míos están en mi biblioteca y nada tienen que ver con tanta basura. Por decirlo he pagado los precios correspondientes, algunos muy altos e incómodos. No fui el único, por supuesto, pero sí de los pocos. Ahora decirlo suena raro, pero apelo a la memoria de ustedes para recordar que durante muchos años quienes se la jugaron en público fuimos cuatro gatos. Otros opinadores y/o novelistas, algunos de ellos mostrando una admirable capacidad de succionar lo que hiciera falta, navegaban entre dos aguas, barrían para casa, hablaban muy bajito para su pandilla e incluso afeaban el desgarro de quienes dábamos la cara. Ahora es diferente, claro. En el descojone general están más arropados y cacarean. Pero esos humos podían haberlos soltado en Despeñaperros.

Este año cumpliré los setenta y estoy cansado. España no se respeta a sí misma y ha conseguido que nadie la respete fuera, convirtiéndose en el pitorreo de Europa y América. Pese a los repetidos toques de alerta de quienes lo vimos venir, este patio de Monipodio es al fin un disparate en manos de demagogos, oportunistas e irresponsables de todos los colores y parlas. Que, no lo olvidemos, son elegidos por aquellos millones de españoles a los que sin duda representan. Por eso quiero que esta página sirva hoy de manifiesto personal. Me borro de debates y otras mierdas. Me aparto del debate político, de la pandemia, del feminismo ultrarradical que tanto perjudica al de verdad, de las palabras con tilde o sin tilde. Me niego a comentar la actualidad, a puntuar el día a día de nuestra estupidez y nuestra vileza. No excluyo que si alguna vez se me sube la pólvora al campanario alce la voz para ciscarme en los muertos de alguien; pero quiero envejecer tranquilo, y gracias a ustedes puedo hacerlo. Seguiré tecleando artículos semanales, tuiteando y escribiendo novelas, mientras las lean. Y cuando quiera aludir al presente, ya que mis propias palabras me aburren de tanto repetirlas, buscaré hacerlo como hago últimamente en Twitter, con voces tomadas de esa biblioteca que es a la vez consuelo y analgésico. Demostrando que somos tan estúpidos que creemos nuevo lo que, simplemente, ignoramos o hemos olvidado.

Así que ya saben. Quienes quieran buscarme, aquí me encontrarán mientras la salud y la vida lo permitan, imaginando y contando historias, que es mi oficio. En cuanto a largarme a Andorra o a Groenlandia, que también podría, no entra en mis planes. Ésta es mi tierra y ésta mi gente. Amo a España por desgraciada, como a esas huerfanitas de las radionovelas antiguas: por lo mucho que sufre y ha llorado, y todavía va a llorar. No quiero mirarla cobarde y a salvo, desde lejos. Y no estoy dispuesto a que una pandilla de hijos e hijas de puta –seamos paritarios en eso– a los que financio cada año con la mitad de mis ingresos, logre echarme de mi patria. Aunque como español ya sólo tenga fe en el jamón ibérico, en Miguel de Cervantes y en la Guardia Civil.

domingo, 28 de febrero de 2021

Señor, qué cruz - Santiago Juanes

 Señor, qué cruz - Santiago Juanes


Si alguien puede ponerle banda sonora a nuestra entrada en los felices veinte post pandémicos es “Lulu and the rockets” con su cantante, Clara Martín y su encantador aire “vintage”. Un nuevo tiempo en el que ya podremos prescindir de vivir como si no hubiera Semana Santa, ni gimnasios, barras en los bares y mesas en los restaurantes, ni centros comerciales, por ejemplo, como acaba de sugerir nuestro Gobierno regional, que en lógica consecuencia prepara un decreto suprimiendo las vacaciones y el carácter festivo del Jueves y Viernes Santo. Espero que ese decreto no elimine las torrijas. Vivir pensando en mañana es más aburrido que hacerlo como si no hubiera un mañana, que a veces pensamos que no lo habrá. Nada como swing y rock and roll para oficiar esa entrada en los nuevos felices veinte, y una buena sesión de soul con Victoria Mesonero -“No cantes Victoria”- para el momento de quemar las mascarillas en un auto de fe público en la Plaza Mayor y pasar de pantalla. Y a partir de ese momento, vivir lo que venga con el pellizco flamenco y gitano de nuestra Begoña Salazar, voz de las Migas, y olvidar lo que habremos dejado atrás, que es mucho e inolvidable. Canciones para después de una pandemia, podría decir nuestro Basilio Martín Patino, que tuvo entre sus discípulos a Chema de la Peña (imprescindible su 23-F) y formando parte de su cadena de valor a Mariela Artiles, la directora del documental que esta noche emite la “2” de nuestra Carmen Martín Gaite, y que nos recomienda en su Twitter el libro de David González Couso “El rastro del verano” como itinerario para leer a la escritora de “Entre visillos”. Ahora que el alcalde, Carlos García Carbayo, ha vuelto al tajo tras pasar la enfermedad, debería considerar el que la Plaza Mayor tuviese un medallón de nuestra escritora para inaugurar la verdadera normalidad y de paso incrementar el tono femenino de nuestro medallero. En su caso, también feminista. Lo que Alberto Estella escribió ayer de ella aquí debería ser suficiente para acreditar méritos. El relieve deberá tener muy en cuenta la melena y la boina de nuestra escritora, esa boina que uno vio cómo la agitaba mientras cantaba eufórica “Salamanca la blanca” el día que recibió el reconocimiento de la Institución Cultural “Alfonso X”, del inolvidable José Luis de Celis. Estuve en su entierro en la Sierra de Madrid, supongo que con su inseparable boina, en una tarde de verano luminosa y muy triste.

A Carmen, las salmantinas “Estrugenuinas” le hubiesen parecido divertidas y necesarias. La suya sí que es música para un 8-M, música “chirll-out” (no lo voy a traducir, pero póngase en lo peor) la que hacen las hermanas Ángeles y Carolina Álvarez, María Gómez y Elena Nieto, protagonistas esta semana del programa rodado en Salamanca por Ariel Roth, que ya no es aquel “tequila” que vino a volver del revés el pabellón de La Alamedilla en los años ochenta. No entraré en detalles, pero en aquel vestuario del grupo iban las botellas de mano en mano, que unas eran de fans y otras de ellos. Eran los ochenta.

Ariel ha derivado en un buen cronista musical y un extraordinario guitarrista Con él estuvieron nuestras “Estro” y su “chirll out” en el programa salmantino que veremos esta semana, casi coincidiendo con la llegada de las orondas esculturas chinas de Xu Honfei y el inicio de un pórtico cultural de la Semana Santa venido a menos, porque, insisto, hay que hacer como si no hubiera Semana Santa, que es un tiempo de potajes, bacalao y torrijas, que culmina en la estación de los hornazos. La pregunta al portavoz de la Junta si cree que después de la Semana Santa empezamos a vivir como si no hubiera verano. Señor, qué cruz.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Aniversario ambivalente - José María Carrascal

Aniversario ambivalente - José María Carrascal


Convendría, además, recordar la máxima romana «Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla»

Hay fechas ilustres, que honran la historia de una nación. Como las hay deplorables, que la denigran. El 7 de marzo de 1467, cuando se firmaron las capitulaciones de boda de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, pertenece a las primeras al sentar las bases de una nación que poco después tendría el primer imperio en el que no se ponía el sol. Mientras la de cualquiera de nuestras guerras civiles señalaban la irremediable decadencia. Hay, sin embargo, fechas que combinan ambas cosas. El 23 de febrero de 1981 sin ir más lejos, cuyo cuarenta aniversario acabamos de, no me atrevo a decir celebrar, por lo que tuvo de deplorable, pero tampoco puede calificarse de lastimosa, porque al final

 no se cumplieron los peores designios y España pudo continuar su andadura hacia la democracia que acababa de emprender.

Los actos estuvieron acorde con esa tónica de recuerdo de los enormes riesgos corridos y de alivio por haber salido indemnes. Quiero decir, sin jolgorio ni gimoteo. Todo muy escueto, muy medido, muy meditado, pero sin olvidar ninguna de las piezas importantes. Aparte de que el país, con una pandemia que retrocede, pero está lejos de ser vencida, y de una situación económica que invita a todo menos a tirar cohetes, tiene asuntos tan graves como un problema territorial que cuestiona su integridad y unas diferencias brutales entre sus ciudadanos. Que ocho partidos no asistieran a la ceremonia advierte del ánimo, o más bien acrimonia que reina entre ellos, incluidos los afines ideológicamente. Con decir que los dos que forman gobierno encuentran cada día un nuevo asunto sobre el que discrepar, está dicho todo.

La atención estaba centrada en las palabras del Rey. Concretamente, en si aludía a su padre y de qué forma lo enfocaba. Felipe VI se mantuvo fiel a la línea que nos tiene acostumbrados: claro y preciso, Además del obligado llamamiento a la unidad, recordó que la democracia es una flor delicada que hay que cuidar y defender. Lo que le dio pie a recordar que fue la firmeza y determinación de Don Juan Carlos I lo que permitió, hace cuarenta años, el triunfo de la democracia. Seguro que a alguno no le ha gustado. Que hubiesen preferido que se refiriera a los últimos episodios de su reinado, incluida la salida del país y buscar refugio en otro donde todo tiene que serle extraño.

Pero lo que se conmemoraba este 23 de febrero era lo que ocurrió hace cuatro décadas y hace falta ser muy olvidadizo o resentido para obviar que Don Juan Carlos trajo la democracia a España y aquella noche, la salvó. Convendría, además, recordar la máxima romana «Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla».