lunes, 20 de julio de 2020

Elogios - Juan José Millás

Elogios - Juan José Millás

Los fanáticos de la monarquía se refieren a ella como los ecologistas a la tortuga laúd del Mediterráneo, que se ha extinguido o está a punto de hacerlo. Hablan de Felipe VI como si padeciera una enfermedad terminal cuyo diagnóstico prefieren ocultarle. Pero Felipe VI es un adulto: deberían explicarle la situación sin eufemismos ni paños calientes. Cuando mi abuelo estaba agonizando, la gente no se cansaba de decirle que tenía toda la vida por delante, siendo evidente que la tenía toda por detrás. Contaba 102 años y había sobrevivido a tres infartos y a un sinfín de disgustos familiares. Los borbones tienen varios siglos de existencia y una familia completamente desestructurada. Se podría decir de ellos que, a base de trabajar y trabajar, o como quiera que se llame lo que hacen, han llegado a la más profunda de las miserias. Solo mencionar a Marichalar se le ponen a uno los pelos de punta. No digamos si a continuación aludes a Undargarín, o Urdangarín, ahora no sé dónde cae la primera erre, o buscas el Google el cuadro de Goya titulado "La familia de Carlos IV". Pero si te gusta la droga dura, puedes indagar en las aventuras juveniles de Felipe Juan Froilán, el del tiro en el pie.
Una vez, en la Feria del Libro de Madrid, se acercó una anciana como de un siglo para que le firmara un ejemplar. Escribí: "Para Felisa, con mis mejores deseos de futuro". No lo hice con intención irónica, sino por rutina, pues siempre pongo lo mismo. Al día siguiente apareció el hijo de la mujer blandiendo con indignación el libro dedicado a su madre. Me reprochó que le hubiera hablado de futuro a quien era evidente que carecía de él. La mujer, por lo visto, se había pasado la noche llorando en la creencia de que había tratado de burlarme de ella. Le pregunté al hijo si prefería que le cambiara la dedicatoria o que le devolviéramos el dinero y eligió lo segundo. Luego tuve que abonárselo al librero, que ni siquiera tuvo la cortesía de resistirse un poco.
Cada vez que nuestros dirigentes hablan de la solidez de la institución monárquica, me acuerdo de la dedicatoria que le puse a aquella señora. Si no fuera porque carecen de sentido del humor, pensaría que están tratando de resultar mordaces. Alguien, en la Casa Real, debería analizar seriamente esos elogios.

viernes, 17 de julio de 2020

Sánchez en Bruselas: esto son lentejas... - Césari Lumbrersas

Sánchez en Bruselas: esto son lentejas... - Césari Lumbrersas

Supongo que Pedro Sánchez se habrá caído del burro ya y habrá constatado la dura realidad a la que se enfrenta tras los encuentros que ha mantenido con algunos de sus colegas durante los últimos días. Y la realidad, de la que debemos ser conscientes todos, es esta: España acude a Bruselas, a la Cumbre Europea que comienza hoy, a pedir, sin contrapartidas que ofrecer y, por lo tanto, nos tocará tragar con lo que nos impongan. Le guste, o no, a Sánchez y, de rebote, a los españoles. La cosa es muy sencilla: vamos a pedir dinero y apoyo y nos impondrán condiciones, que serán más o menos duras, dependiendo de lo que consigan sacar adelante los Estados mal llamados “frugales”, a los que yo denomino “ahorradores” o como “el eje del mal”, que están encabezados por Holanda, y con Suecia, Dinamarca o Austria como miembros declarados del mismo.
Es evidente que los componentes del “eje del mal” tienen en el punto de mira a España e Italia. Sin embargo, se da un factor adicional que nos perjudica más a nosotros. Se quiera ver, o no, el actual Gobierno de España está formado por “los socialsanchistas” y los comunistas de Podemos. Y hablar de comunistas en Bruselas, y especialmente en todos los países del centro y del este de Europa, comenzado por la propia Alemania, provoca sarpullidos. Ahí va un ejemplo: la propia canciller Merkel procede de la Alemania que fue comunista y que estuvo sometida a la dictadura correspondiente durante más de cuarenta años. Pero es que pasó lo mismo con Polonia, Hungría, Rumania, la Republica Checa... Hablar en estos países de comunismo es “mentar la bicha”. Y eso hace que se pongan en guardia, por lo que pudiera suceder. Este, el de la presencia de comunistas en el Gobierno español, es un hecho que aquí se puede considerar normal, pero que por ahí fuera genera una honda preocupación y bastante desconfianza.
Y ya se sabe que, cuando vas a pedir un crédito o una ayuda, el hecho de generar desconfianza no es la mejor tarjeta de visita precisamente. Y así es como están las cosas hoy, cuando los jefes de Estado y de Gobierno de la UE comienzan su Cumbre para intentar alcanzar un acuerdo sobre el Marco Presupuestario 2021-27 dotado con cerca de 1,1 billones de euros y sobre el Fondo de Recuperación, para el que se quieren destinar 750.000 millones de euros. Tanto si se alcanza un acuerdo hoy, como si se convoca una nueva reunión, llegará un momento en el que dirán a Sánchez aquello de: “estas son lentejas, si quieras las comes y, si no, las dejas”.

martes, 23 de junio de 2020

¡Hasta el culo! - Olga Seco

¡Hasta el culo! - Olga Seco

La realidad actual está impregnada de inercia destinada a sobrevivir. Nuestras acciones son deseos espontáneos que claudican junto al miedo. En realidad, no parece verano, nuestra vida (la de ahora) es postulado de resignación y duda. No tenemos deseo de novedad, además, creo que a muchos les resulta complicado ejercer de turistas. Sin una cierta estabilidad es imposible reanudar la vida; junto al reposo, muchas veces, está el barullo invisible de lo negativo y el orden de las prioridades. ¿Cómo narices vamos a ir a poner las lorzas al sol si mañana igual no tenemos ni para comer? Hay dolores graves, dolores que nos sinceran con nosotros mismos, dolores que nos roban la alegría y nos convierten en renuncia constante. ¿A qué saben de lo que hablo? La indecisión (opinión subjetiva) es una fiera rumiante enjauladas junto a la paradoja...
Otros veranos acudíamos a las playas a derramar el sudor junto a la toalla, pero lo hacíamos tranquilos, sabiendo que lo terrenal es un placer que enciende todos los sentidos; ahora (sin embargo) todo es fuerza impostada por el momento y las circunstancias, una especie de profunda huella marcada en la tierra que no se borra ni con el agua del mar. Las personas, normalmente, junto a la certidumbre encontramos "motivos" pero junto a lo incierto no reparamos más que en lo fundamental. Es imposible asociar el verano a la presuposición; hasta hace un par de días estábamos pidiendo "socorro" y ahora resulta que tenemos que pedir un mojito. Es complicado cambiar de registro solo por una "explicación" conceptual: verano. Hay cosas (opinión subjetiva) que no se pueden desescalar... Una cosa es la ensoñación sonriente que en verano viste con pareo y otra es la dolorosa amargura de lo que hemos vivido, y las condiciones en las que muchos han quedado: sin padres, sin abuelos, sin trabajo y así sucesivamente. Sí, la lista es larga. Se empaña la vista con lágrimas al pensarlo.
No seamos ingenuos y veamos con claridad que el calor que más abrasa es el de la vida. No hacerlo puede llevarnos a tener un pie en el mar y otro en la charca de la muerte.
Me he probado el bikini, ¿y saben qué me ha pasado? No me entran las nalgas, sí, lo del confinamiento (sonrío) ha sido similar a la picadura de una avispa, nos ha dejado todo "inflamado". ¡Hasta el culo!

viernes, 19 de junio de 2020

Lo cotidiano buscará nuevas formas de abrirse camino - Olga Seco

Lo cotidiano buscará nuevas formas de abrirse camino - Olga Seco

Un grupo de científicos de la Universidad de Harvard nos advierte de la importancia de ponernos la mascarilla a la hora de tener sexo. Por lo visto, la "nueva normalidad" viene con ganas de turbación; ahora, sí, resulta que lo más recomendable es practicar el onanismo. Hombre, puestos a entender, no hay nada más valoroso que hacerlo con uno mismo. 
No sé si son curiosidades intelectuales o personales (sonrío) pero les confieso que he leído todas las recomendaciones de cabo a rabo. La verdad, debo decir, que junto al pretexto de la curiosidad (muchas veces) está el morbo. ¿Qué será lo próximo? ¿Hervir preservativos? 
En realidad nuestra existencia se escora al aniquilamiento de todo contacto físico. Pronto nuestro vivir será un ilusorio "ver de lejos" y poco a poco iremos sepultando interiorme todo tipo de deseos y ganas. Es curioso, siempre se desdeño la individualidad, y ahora se aplauda. Fíjense, lo que durante todo la vida se ha dicho sobre la masturbación, y ahora resulta, que debemos de incorporarla a nuestra vida para protegernos de un virus. Lo cotidiano, lo veo venir, acabará sirviendo al recuerdo y buscará nuevas formas de abrirse camino. Aquí ya no hay cuerdos, ni locos: vamos a acabar todos (sonrío) igual que las cabras. 
Hagan acopio de juguetes sexuales (por supuesto individuales) que los cortejos, al paso que va todo, en un futuro pueden llegar a ser motivo de multa. Y así nos ha compensado tanta modernidad, nos creíamos superiores, y resulta que a día de hoy somos esclavos de un puto virus y sus derivadas. Igual (opinión subjetiva) es el momento de tener ideales más profundos y ver en lo superficial una forma de inexistencia. No, no existen realidades concretas; ahora lo estamos viendo y viviendo con la experiencia... Considero que el hoy y el ahora son la única realidad que va modelando nuestra vida y nuestro mundo. ¿Lo demás? Nombres aleatorios que le vamos dando a la nada. 
El pensamiento siempre nos acerca lo que no tenemos a mano. Se me antoja darle un final "sublime" a la columna de hoy y terminar con un beso. Sí, pero un beso con lengua; de los que te dejan trastocado muchos días. Creo que besar con mascarilla es similar a beber una cerveza sin alcohol.

martes, 16 de junio de 2020

La tercera Alejandra - Arturo Pérez Reverte

La tercera Alejandra - Arturo Pérez Reverte

Era la travesti –entonces se llamaban así– más guapa que vi nunca: morena, alta. Alejandra, se llamaba. Y según como la mirases podía parecerse a Candice Bergen y a Julia Roberts. Sólo cuando te fijabas mucho, sobre todo en las manos y la nuez del cuello, intuías que aquello tenía gato encerrado. Y realmente lo había; pues aunque ella ejercía la prostitución, o precisamente la ejercía por ese motivo, en realidad ahorraba para operarse lo que la naturaleza, que a veces es tan hermosa como malvada, le había puesto de sobra.
La conocí a finales de los años ochenta, haciendo unos reportajes para televisión sobre el lado más duro de las noches de Madrid. Ese mundo estaba entonces menos visto que ahora y era más noticia, pero mover una cámara en esos ambientes no era fácil. Durante un tiempo anduve entre putas, chulos de putas, drogadictos, camellos, atracadores y policías. A veces, los infiernos rondaban cerca. Era como ir en taxi a la guerra; a otra guerra no tan espectacular, pero casi tan cruda como las habituales. Me movía bien, respetaba las reglas, sabía escuchar y cómo hacer que la gente hablara. Mi oficio era hacerme aceptar, y lo conseguía con labia y pagando copas o lo que hubiera que pagar. Y fue así como me hice aceptar por Alejandra.
Decir que éramos amigos sería excesivo. Tenía información que yo necesitaba, sobre ella misma y sobre el ambiente en que vivía. Al principio la compensaba por su tiempo. Tomábamos copas en el Madrid peligroso o paseábamos conversando. Apareció en algunos reportajes de forma discreta, sin comprometerse y sin comprometerla. También fue a La ley de la calle, aquel programa de radio nocturno que tenía con mis compadres Juan el yonqui, Ruth la puta, Manolo el policía y Ángel Ejarque, ex boxeador, pícaro profesional y rey del trile callejero. Nos íbamos de copas todos juntos y Alejandra lo pasaba bien. Creo que me tenía afecto. Yo, desde luego, se lo tenía. Era buena persona. Conocí con detalle su vida desgraciada y terrible, despreciada por un mundo en el que tenía difícil encaje. Recuerdo una coletilla suya que surgía a menudo en la conversación: lo máximo a que aspiraba. Un buen hombre que me quiera, repetía. Un buen hombre que me quiera.
Lo pasábamos bien en aquellas noches de copas, cigarrillos y bares canallas. Se reía con mis chistes malos, y yo con ella. Una vez tuvimos bronca seria con mala gente de la que, en buena parte gracias a su temple, salimos bastante bien parados. A su lado aprendí la eficacia de un tacón de aguja como arma defensiva. Era ingeniosa, sarcástica, divertida y valiente, y muchas veces me pregunté cuánto de bueno podía haber habido en su vida de discurrir ésta por otros cauces. Sin este destino cabrón que tanto nos marca, nos enreda y a veces nos condena.
Dejé la radio, dejé la tele, dejé las guerras, escribí novelas y a Alejandra la perdí de vista. La encontré catorce años después, teñida de rubio, en la esquina de la calle de la Bolsa. Ya no era tan guapa. Seguía ejerciendo el oficio. Nos metimos en un bar como en los viejos tiempos y me contó aquellos años sin suerte: una operación de cambio de sexo que no salió como esperaba, un hombre no tan bueno que no la quiso tanto como soñó que la quisieran. Aun así, el viejo orgullo la mantenía erguida frente a mí, sin perder la compostura: digna como la señora que siempre fue, o siempre quiso ser. Nos despedimos tristes, y con sólo dos palabras detuvo mi ademán de sacar la cartera y dejarle algo en el bolso para ayudarla.
Transcurrieron otros doce años sin que volviese a verla. Y poco antes de la pasada Navidad la encontré en los soportales de la Plaza Mayor, donde se sitúan los vendedores de abetos. O más bien creí que era ella. Estaba sentada en una sillita ante una lona sobre la que había trozos de corcho de los que se venden para ambientar los belenes. De nuevo morena, avejentada, gorda, con arrugas en la cara y calentándose las manos en los bolsillos de un anorak sucio. Pensé que era Alejandra, y para comprobarlo me puse delante, contemplando los trozos de corcho. Pero no dio muestras de reconocerme. Me miró a los ojos y su mirada resbaló al vacío, perdiéndose en la plaza. Eso me hizo dudar, así que me agaché y cogí un trozo de corcho. «¿Qué vale?», pregunté. Me miró de nuevo como se mira a un desconocido. «Cinco euros», repuso seca. Le entregué un billete de 50 y movió la cabeza. «No tengo cambio», dijo. Respondí que daba igual, que el trozo bien podía valer esa cantidad. Sin manifestar sorpresa ni dar las gracias, se metió el billete en el bolsillo y volvió a mirar hacia la plaza. Entonces di media vuelta y me alejé con mi trozo de corcho en la mano. Sabiendo que me había reconocido y que era ella.

jueves, 11 de junio de 2020

El cocodrilo, el rey y otras cosas de no creer - David Torres

El cocodrilo, el rey y otras cosas de no creer - David Torres

Hay que reconocer que nos está quedando un año la mar de raro, un año apocalíptico en todos los sentidos del término, aunque también es cierto que la cosa ya venía de antiguo. Probablemente el motivo por el que muchos escritores hemos abandonado la ficción y nos dedicamos a escribir sobre la realidad es el mismo por el cual la realidad ha perdido su pátina habitual de tedio y rutina para dedicarse a escribir novelas. Hoy, por ejemplo, iba en el metro y veía a toda la gente en el vagón con la cara tapada con mascarillas, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo para ir a atracar un banco, cuando lo habitual es que el banco desvalije a la gente sin desplazamientos ni embozos ni pretextos de ningún tipo. Nos mirábamos unos a otros intentando reconocernos desde algún rincón del pasado, como concubinas perdidas en un harén subterráneo o más bien como niños jugando a indios y vaqueros en un túnel del tiempo donde no quedaba ya un solo indio.
Vivir en medio de la era del coronavirus es igual que tomar parte en una película fantástica cuyo decorado es el mundo entero, salvo para Casado, Abascal y otros conspiranocios que todavía creen que la pandemia la inventaron entre Sánchez e Iglesias en un laboratorio chino con la ayuda del lobby feminista y la intención de desestabilizar el orden mundial, dar un golpe de estado contra el capitalismo y proclamar una dictadura universal comunista con capital en Caracas. No son los únicos que lo creen, porque además hay gente que les vota. Estos días abres el periódico y te salta a los ojos la tontería más grande que te quepa imaginar, noticias del estilo de Javier Maroto diciendo que las residencias de ancianos son competencia directa del gobierno, que el 8-M era contagioso (ahí está él para demostrarlo) y que por eso se casó con su novio en diferido y dentro de un armario en Sotosalbos.
Aun así, día a día, la realidad se empeña en subir las apuestas a base de titulares completamente inverosímiles, el penúltimo de ellos, el del cocodrilo que tiene acojonado a Valladolid, con los diarios locales trasvasados a un tebeo de Tarzán y la guardia civil rastreando la confluencia del Duero y el Pisuerga. Tenía que ser precisamente en Valladolid, donde hace unos años había un alcalde, León de la Riva, que por sus comentarios machistas, homófobos y racistas, parecía haber salido de la misma charca que el cocodrilo. Entre el murciélago de Wuhan y el cocodrilo de Valladolid, la fauna del mundo entero no para de desmadrarse, ocupando portadas y saltando a las calles desde selvas, bosques, reservas naturales y documentales de la 2.
No menos inverosímil y no menos cocodrilo resulta la noticia de que la Fiscalía Anticorrupción podría iniciar diligencias para aclarar el tremendo lío fiscal del rey emérito y las acusaciones de cohecho por las comisiones del tren de alta velocidad en Arabia Saudí. Diligencias, un término muy adecuado para la justicia española, la cual, en relación a los borbones, viaja unas veces en calesa y otras en parihuelas. Han tardado lo suyo, aunque no tanto como la justicia sueca, que acaba de anunciar que próximamente va a resolver el asesinato de Olof Palme con 34 años de retraso. La globalización aplicada a la corona española viene a corroborar la velocidad de transmisión de un virus desde China: una investigación en Suiza puede terminar con un exilio en la Repúbica Dominicana. Sin embargo, conociendo el percal, lo más probable es que don Juan Carlos haga como Manolo Gómez Bur en aquella película en que, acusado de un crimen, prefería que le aplicasen un artículo de un código penal de la Edad Media: "El exilio, si pudiera ser a Zamora, es que tengo familia".

domingo, 17 de mayo de 2020

Malentendido - Juan José Millás

Malentendido - Juan José Millás

A un individuo que se presentó en las urgencias de un hospital de Madrid, donde dio positivo en la prueba de la Covid-19, le preguntaron dónde y con quién había estado durante los días anteriores. El hombre hizo memoria y detalló todos sus movimientos, ocultando un encuentro que había tenido con su amante en un apartamento prestado. Ahí se produjo un agujero en el tapiz de la seguridad sanitaria. En cuanto a la amante, que tardó una semana en dar síntomas, le contó al epidemiólogo en qué había ocupado cada una de sus horas, a excepción de las de aquella tarde de un miércoles dedicadas a la pasión amorosa extramatrimonial. El agujero se agrandó.
Entre tanto, el microorganismo infeccioso había alcanzado también los pulmones de la esposa del adúltero y la garganta del marido de la adúltera, quienes tenían a su vez amantes cuya existencia negaron ante las autoridades sanitarias. El amor, en fin, comenzó a sembrar la enfermedad y la muerte ajeno a su capacidad multiplicadora. Como una fotocopiadora a la que solicitas dos copias y saca por error dos mil, aquel conjunto de genes envueltos en una proteína iba reproduciéndose a mil por hora en las habitaciones de los hoteles, en los bares de la medianoche, en los apartamentos clandestinos.
En una de esas, los dos amantes primigenios, Eva y Adán, podríamos decir, coincidieron, gravemente enfermos, en la misma habitación del hospital, la cama de él junto a la de ella. Con los ojos opacados por la fiebre y los tubos atravesándoles los labios, se miraron y esbozaron una sonrisa de complicidad.
-Tu amor me mató -logró susurrar ella.
-Fue el tuyo el que acabó conmigo -se defendió él.
Luego permanecieron mirándose sin apenas verse hasta que la debilidad obligó a ambos a cerrar los ojos. Murieron con dos horas de diferencia y sus cadáveres, por error, fueron cambiados de féretro, de modo que la familia de él despidió el cuerpo de ella y la de ella el de él. De haberse podido encontrar en el infierno, en el cielo o donde quiera que fueran sus almas, si las almas de los adúlteros van a alguna parte, habrían echado unas risas al enterarse del malentendido final.

jueves, 14 de mayo de 2020

Casado en plan científico - David Torres

Casado en plan científico - David Torres

Casi me atraganto de la risa al leer que Pablo Casado ha propuesto un pacto de estado por la sanidad para fortalecer el sistema nacional de salud y la investigación científica. Es un chiste de tres toneladas, de los de mear y no echar gota, no sólo por el desmantelamiento de la sanidad pública que ha realizado el PP a lo largo de las últimas décadas en diversas comunidades autónomas, sino también por los cuantiosos destrozos en el terreno educativo y por su sempiterno desprecio hacia las artes y las ciencias. Algo que les viene ya de antiguo.
Anda que no tiene chufla que Casado denomine Plan Cajal a su proyecto de unidad cuando lo primero que hizo Franco tras el triunfo del golpe de estado fue exiliar, represaliar e inhabilitar a la mayoría de científicos y médicos al frente del Instituto Ramón y Cajal y de la Junta de Ampliación de Estudios. De los casi 600 catedráticos que había en la universidad española, unos 200 huyeron por patas al extranjero, 150 fueron desposeídos de su cátedra y 20 pasados por las armas. Y no fusilaron al propio Cajal porque se había muerto en 1934. Forges resumió en una viñeta magistral lo que era la cultura en tiempos del franquismo: se veía al dictador manejando unos títeres en un guiñol y cuando un edecán venía a informarle que le habían dado el premio Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez se oía su vocecita de eunuco: "Los trinquen".
Lo más cerca que Casado habrá estado nunca de un proyecto científico fue cuando le regalaron un Quimicefa por la primera comunión, hasta que la semana pasada visitó un laboratorio para hacerse varias fotos disfrazado con una mascarilla y una bata blanca. Está muy preocupado porque el plan de desescalada del gobierno le parece caótico y partidista, y ha pedido conocer los nombres de los supuestos expertos que asesoran a Sánchez. Necesita saberlo, ante todo, para iniciar una campaña de desprestigio contra ellos más o menos similar a la que han lanzado contra el epidemiólogo Fernando Simón, al que sus seguidores acusan de no tener ni puta idea de nada y mucho menos de luchar contra una pandemia. Para ello, Casado cuenta con un comité alternativo de expertos formado por Quique San Francisco, Pablo Motos, Ana Rosa Quintana, Javier Negre y muy en especial, Fran Rivera, que dice que hay que aislar al bichito, sacarlo a los medios, pegarle unas chicuelinas y matarlo de una estocada en toda la proteína. Eso si Teodoro García Egea no lo desgracia antes con un certero huesazo de aceituna.
Cuando casi tengo que llamar a urgencias es en el momento en que Casado ha puesto a Ayuso como ejemplo de gestión eficaz que debería seguirse en toda España: pensé que, viendo lo que ha hecho en Madrid con las residencias de ancianos, lo siguiente sería declarar una ley de eutanasia obligatoria en todo el territorio. Al menos Casado ha preferido desligarse de la iniciativa de manifestación automovilística propuesta por Vox para el próximo 23 de mayo, donde pretenden ahuyentar al bichito conforme a la estrategia típica de esta gente: gritos, banderas y bocinazos. Ya sabemos que la propuesta de Abascal consiste en una España avanzada científicamente con la ayuda de Dios, es decir, más o menos el mismo concepto que Franco, quien habría ordenado primero una misa y luego una batida contra la pandemia judeomasónica para cazarla a perdigonadas, como si los virus fuesen codornices.

jueves, 7 de mayo de 2020

Después de dos cañas - Juan Carlos García-Regalad

Después de dos cañas - Juan Carlos García-Regalad

Me llama mi amigo Daniel para comentar la nueva prórroga del estado de alarma arañada ayer in extremis por Sánchez. Los dos estamos en contra de seguir con esta medida de “venezuelización” de España, pues los dos sabemos que gran parte del país está, estamos, en la antesala del desolladero social y económico, no tanto por culpa de la crisis sanitaria causada por el virus chino, como por culpa de la mala y, sobre todo pérfida, gestión del Gobierno socialista-comunista que tenemos la desgracia -y la vergüenza- de sufrir.
Daniel habla de la necesidad de sacar este (des)Gobierno del poder más pronto que tarde, estando como estamos ya en el umbral de la ruina y el desvarío absolutos, aunque le preocupa que la gente (la masa adocenada, los “couch potatoes” españoles), se olvide de lo que está ocurriendo cuando llegue la hora de botar, perdón, votar. Y ante mi tesis de ¡Cómo es posible que haya quienes aún no se bajen del burro!, remata su teoría, reconozco que la mejor definición de la inconsciencia del español medio: la gente se toma dos cañas y ya no se acuerda de lo que ocurrió. La semana pasada, otra amiga defendía por mensaje lo mismo: “La gente no aprende, querido. Nada. Ni aprende ni cambia”. Uuuffff... Y aunque no me queda otra (la realidad, la cruda realidad) que darles a ambos la razón, no puedo aceptar que El Mal se haga con el control de nuestras vidas, de nuestras obras, de nuestros destinos, que es lo único que pretende el tándem Sánchez-Iglesias y la caterva de indocumentados y analfabetos que les sostienen, incluida la única persona que, de ese “grupo salvaje” (gracias Sam Peckinpah), es “normal”; aunque su normalidad no supere lo indigno de sentarse a una mesa con esos señores y señoras. Sincerely yours, no te entiendo Margarita.
Por lo tanto, desde los pocos, poquísimos medios que mantenemos la independencia y la libertad (bien hoy escaso), tenemos la obligación -escribir no es jugar- de hacer que dos cañas no nos hagan olvidar ni a los muertos ni a las víctimas, que somos todos.

jueves, 30 de abril de 2020

Brujos contra el virus - Ánxel Vence

Brujos contra el virus - Ánxel Vence

Es fama que la gripe se cura en una semana con medicinas y en siete días sin ellas; pero eso no impide que cientos de brujos estén ofreciendo fórmulas mágicas para acabar con el virus -mucho más letal- que actualmente nos aflige. Aunque los hombres de ciencia coincidan en que no hay vacuna, ni medicamento, ni antiviral que permita la prevención o el tratamiento del Covid-19, nada de eso disuade a los magos de proponer sus remedios, por lo general "naturales" y "alternativos".
Sugiere por ejemplo el todavía rey del mundo, Donald Trump, que un buen chute de desinfectante en vena o una ración extra de rayos UVA podrían espantar del cuerpo al virus de la corona; y en esto se conoce que lidera al Partido Republicano. No es Trump el único, aunque sí el más famoso e influyente de los devotos de la brujería que la epidemia en curso ha hecho emerger por todas partes.
Unos proponen el tabaco como excelente preventivo del contagio; otros el consumo de alcohol, de limón o de jengibre; y los más tradicionales ensalzan las virtudes del ajo y de la cebolla para ponerle freno a la epidemia.
Quizá el más animoso de todos sea el gobernador keniano de Nairobi, Mike Sonko, que se dedica a repartir botellas de coñac entre sus administrados en la creencia de que un buen lingotazo será mano de santo contra el coronavirus. Funcione o no la recomendación, al menos les habrá alegrado la vida un rato, aunque la resaca no se la va a quitar nadie.
Todo lo contrario a lo que ha propuesto una exministra de Educación del Perú, de nombre Marilú, quien recomienda a sus compatriotas beber agua -y no coñac- cada quince minutos. De acuerdo con su opinión, el agua, aunque sea del grifo, arrastra al virus hasta el estómago, en donde los jugos gástricos darán cuenta de él en un periquete.
Otros, como el antes mentado Trump, sugieren que el virus no resiste los efectos del calor, por lo que un buen baño de sol o la ingestión de bebidas calientes tales que el té o el café ayudarían extraordinariamente a mantenerlo a raya.
Mucho más moderado, el presidente de Turkmenistán, Gurbanguly Berdymukhamedov (con perdón) ha difundido un vídeo en el que aconseja a sus súbditos el uso de la pimienta y la quema de hierbas medicinales como prevención infalible contra el bicho. La medida es puramente profiláctica, dado que un anterior líder de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov, había prohibido ya por ley la existencia de enfermedades infecciosas, ya fuesen de origen vírico o bacteriano. Y la disposición sigue en vigor, aunque no es seguro que los virus lean el BOE de esa feliz república.
Infelizmente, los médicos y la OMS no paran de desmentir el supuesto efecto preventivo o terapéutico de cualquiera de esas pócimas milagrosas. La mera lógica sugiere, por ejemplo, que la exposición a altas temperaturas no le da ni frío ni calor a un virus que ya se ha propagado por países con todo tipo de climas, incluido el tropical.
La arribada de los brujos parece, en todo caso, un fenómeno natural en tiempos de confusión como los actuales, tan propicios al surgimiento de vendedores de crecepelo que desafían a la ciencia, siempre fría y poco dada al populismo. Inquieta, si acaso, que entre ellos figure el gobernante más poderoso del planeta; pero es que el mundo gira al revés últimamente. A este paso, los colegios profesionales de hechiceros van a acabar protestando contra esta intromisión en sus dominios.

lunes, 27 de abril de 2020

El coronavirus según Groucho - David Torres

El coronavirus según Groucho -  David Torres

Con el coronavirus pasa que cuanto más sabemos de él, menos seguros estamos. No hace falta propagar bulos ni inventarse datos porque los organismos oficiales, desde el gobierno chino al español, pasando por la OMS, son una auténtica fábrica de incertidumbres. Por ejemplo, el protocolo con mascarillas y guantes. Primero nos dijeron que había que ponerse mascarillas y guantes; luego matizaron que no, que podía ser contraproducente, que mejor colocarse la mascarilla y los guantes sólo a la hora de hacer la compra; después llegaron los expertos chinos y dijeron que en Europa no teníamos ni puta idea de hacer las cosas, que había que ir con mascarilla nada más asomar la gaita por la puerta de casa. Lo más seguro es que vete a saber, porque el kilo de mascarillas está desplazando al patrón oro y al barril de petróleo, y además las hay de tantos tipos que al final acabaremos extendiendo el carnaval hasta Nochevieja.
Para colmo, de los expertos chinos tampoco te puedes fiar mucho, porque lo mismo te venden mascarillas para disfrazarse de doctor Lecter que pruebas rápidas defectuosas por toneladas. El otro día una dio positivo en un señor de Manchester, quien no tenía síntomas de coronavirus pero resultó que estaba embarazado de mellizos. En cuanto a las cifras de víctimas que los chinos han manejado desde el inicio de la pandemia oscilan entre el farol y la coña marinera: tres mil y pico, chino arriba, chino abajo, contando despistados. Un poco menos y dicen que sólo se les ha muerto un gato. Las estimaciones oficiosas -hechas a partir de las urnas funerarias desplazadas en camiones y los números telefónicos dados de baja en los últimos meses- van desde unos cincuenta mil fallecidos en Wuhan a los más de 21 millones de celulares evaporados en todo el país durante los últimos tres meses. Suena raro, sí, pero a lo mejor se pasaron todos de golpe a Vodafone.
Por una vez hay que darle la razón a Donald Trump cuando suspendió la financiación de la OMS no sólo porque su director ha alabado la transparencia de Pekín (es verdad: no hay ni que rascar el cristal para ver la mierda), sino porque fallan más en sus recomendaciones y pronósticos que una escopeta de feria. Aparte de los guantes y las mascarillas, también la han liado parda con el ibuprofreno, sobre el cual al principio decían que agravaba los síntomas, después que no pasaba nada y ahora desaconsejan su uso aunque no ven que provoque ningún efecto negativo. Por momentos da la impresión de que la OMS la dirige el doctor Hackenbush, aquel personaje de Groucho Marx que le decía a una señora hipocondríaca que agitase todo el tiempo los brazos. "¿Y así me curaré, doctor?" "No, pero no quedará ni una mosca". Cuando la señora protestaba muy enfadada porque le habían enseñado una placa de rayos X que demostraba que no padecía ninguna enfermedad, el doctor Hackensbush replicaba: "¿Ah sí? ¿Y a quién va a creer? ¿A mí o a esos embusteros rayos X?"
Es verdad, la cosa no está para bromas, por eso no se entiende que casi cuatro meses después todavía no haya nada casi seguro sobre esta enfermedad, excepto que no, joder, no es una puta gripe. Se decía que no atacaba a los niños pero ya han muerto unos cuantos; que no se llevaba por delante más que a los ancianos, pero hay miles de jóvenes fallecidos; que no se contagiaba a los animales y se ha infectado hasta un tigre del zoo de Nueva York, como para no andarse con ojo con las mascotas.
Por no saber no se sabe ni el origen del bicho: que si un chino se había comido un murciélago en mal estado, imitando a Ozzy Osbourne; que si otro se había follado un pangolín con mala leche. Hasta hoy, una de las pocas certezas es que los especialistas descartan el origen artificial del coronavirus, pero el biólogo Luc Montaigner, premio Nobel de Medicina en 2008, asegura que se trata de una manipulación genética de un laboratorio de Wuhan donde hubo una fuga accidental mientras investigaban una vacuna contra el SIDA. Yo de vacunas sé lo mismo que José Manuel Soto, Fran Rivera o Quique San Francisco, pero ésta, la verdad, me parece la bomba: funciona igual que aquel sistema antirrobos de James Bond, que intentabas forzar la cerradura y el automóvil explotaba hecho cachos. A ver si la posverdad va a ser esto.

martes, 24 de marzo de 2020

Sánchez, por favor, no cojas el virus - Julián Ballestero

Sánchez, por favor, no cojas el virus - Julián Ballestero

Quién nos iba a decir que a estas alturas de marzo estaríamos rezando para que Pedro Sánchez no coja el virus, porque tras la baja de Carmen Calvo (otra enferma entre las pancarteras del coronavírico 8-M), Pablo Iglesias sería presidente en funciones y daría un golpe de estado al estilo caribeño, porque va en sus genes comunistas.
En fin. Quién nos iba a decir que a estas alturas estaríamos encantados de poder seguir hablando de las ocurrencias de los golpistas catalanes, como hacíamos hace menos de un mes, y de la España que se rompía ante las narices de un Gobierno tancredo, de los problemas de quiebra de la Seguridad Social o del crecimiento descontrolado de la deuda pública.
Todos esos asuntos han sido barridos por el viento de la pandemia. Llevo tres semanas opinando sin parar del coronavirus. He escrito de casi todo, casi siempre para criticar y muchas veces para pronosticar catástrofes. Lo cierto es que algunas denuncias fueron premonitorias. Por ejemplo, el viernes días 6, hace dieciocho días, escribí: “La epidemia de coronavirus lleva camino de convertirse en la fosa del Ejecutivo socialcomunista, cuya debilidad, falta de coherencia y capacidad para producir insomnio a los españoles se está confirmando a medida que avanza la enfermedad... Les han atropellado los contagios y van a acabar anunciando, tarde y mal, las prohibiciones que se negaron a aplicar cuando se veía venir la explosión de casos”. Augurio confirmado.
Dos días después, el 8 de marzo de nuestros pecados, decía en esta misma página: “El Gobierno tenía hoy domingo una buena oportunidad para demostrar su sensibilidad con la epidemia adoptando alguna medida para evitar el contagio en las manifestaciones del Día de la Mujer que se prevén multitudinarias. No lo ha hecho... Parece que el alineamiento sin fisuras con la ideología de género está muy por encima de la defensa de la salud de todos los españoles”. Otro pronóstico cumplido.
Y han sido críticas no solo al Gobierno, también a la Junta. El día 12 apunté: “El tiempo dirá si las recomendaciones aprobadas ayer resultan suficientes para evitar el contagio descontrolado en Castilla y León, aunque Mañueco se arriesga a quedarse corto y a tener que adoptar en los próximos días o semanas las medidas más duras”. En efecto, se quedó corto y ahora propone restricciones más duras que las aprobadas por el Ejecutivo sanchista.
Al día siguiente tocaba de nuevo mirar a Moncloa. Era el día 13 y en aquel artículo indicaba: “El presidente del Gobierno anunció ayer algunas iniciativas de medio pelo, tras un mes de esconder la cabeza en la arena. Sánchez debería declarar el estado de alarma, diseñado justamente ante crisis sanitarias, tales como epidemias y situaciones de contagio graves”. Esa vez el Ejecutivo de la nación acabó por moverse, pero como siempre tarde y mal, como censuraba en un “De calle” el domingo día 15: “Ayer mismo el Gobierno volvió a las andadas al retrasar veinticuatro horas la urgente y vital declaración del estado de alarma, en una jornada donde los afectados por el coronavirus se dispararon un 35%”. Y el día 17 martes desmontaba en estas páginas el mantra sanchista de que este Gobierno no hace sino seguir las indicaciones de las autoridades sanitarias y de los expertos: “La OMS insistió ayer en que no podemos luchar contra esta pandemia si no sabemos quién está infectado. El director general de la Organización Mundial de la Salud ha lanzado un mensaje muy simple a todos los países: pruebas, pruebas, pruebas. Y en España, en Castilla y León y en Salamanca, se han limitado las pruebas y por tanto se trabaja con cifras de afectados que nada tienen que ver con la realidad. Es solo un detalle revelador sobre en manos de quién estamos”.

Hace siete días me producía terror que estuviéramos en manos de Sánchez y ahora me produce pánico pensar que podemos estar en manos de Iglesias. Solo nos quedan las plegarias.

domingo, 22 de marzo de 2020

Mal humor - Juan José Millás

Mal humor - Juan José Millás

Una copa por videoconferencia
Quedo con un escritor amigo para tomarnos un gin tonic a las seis de la tarde. A esa hora, nos conectamos por Skype y brindamos rozando la pantalla de los ordenadores con el borde de nuestras copas. Los primeros minutos resultan un poco incómodos: o bien nos quitamos la palabra o bien nos quedamos mudos a la vez. La conversación no fluye como cuando nos citamos en el bar. Poco a poco, sin embargo, vamos acostumbrándonos a la situación. Los vapores de la ginebra ayudan. Los frutos del enebro poseen propiedades extraordinarias. Entonces, me fijo en lo que hay detrás de la cabeza de mi amigo: una estantería llena de libros por cuyos lomos identifico el título y el autor. Voy repasándolos uno a uno, disimuladamente, y no veo ninguna novela mía. Podría haber colocado una, pienso, aunque fuera por cortesía.
El asunto me irrita, pero lo disimulo. Hablamos durante media hora de la vida cotidiana y nos damos consejos para soportar con entereza el confinamiento. Él dice que lee mucho.
-Nada mío -le digo intentando no parecer disgustado.
-¿Por qué? -pregunta.
-Estoy viendo los libros que tienes detrás.
-Y yo -responde- también veo los de tu estantería. No hay ninguno mío.
Me doy la vuelta y compruebo que lleva razón. Estamos empatados. La situación nos obliga a echar unas risas y a reflexionar sobre la vanidad. Los escritores vivimos bajo la continua tentación de este vicio. No bajamos la guardia ni en los tiempos del cólera. En esto, mi amigo tose y me protejo la cara, como si los virus pudieran atravesar su pantalla y la mía para darme alcance.
-Te veo muy sensible -dice.

Lleva razón. La reclusión me vuelve irritable. Creo que busco excusas para enfadarme todo el rato. Incluso cuando estoy solo me cabreo conmigo mismo por cualquier insignificancia. Al despedirnos, mi amigo asegura irónicamente que la próxima vez podré ver detrás de su cabeza mis obras completas. Le doy las gracias, cuelgo, y apuro de mal humor el último trago de la copa.

sábado, 29 de febrero de 2020

Medidas sí, pero sin perder la calma - Julián Ballestero

Medidas sí, pero sin perder la calma - Julián Ballestero

El coronavirus se acerca. Ha llegado a Castilla y León y todo hace prever que pronto tendremos algún caso en Salamanca. Ante lo inevitable, conviene mantener la calma y que no cunda el pánico. Las autoridades sanitarias están preparadas para afrontar esta versión de la gripe y no hay motivos para adoptar medidas extremas. Sin embargo, el miedo es libre.
Lo peor de la epidemia, que pronto será pandemia, no es tanto su letalidad como las consecuencias de la ola de pánico que provoca. Pero, ¿quién ha causado el pánico en todo el planeta? ¿Los medios de comunicación, las autoridades sanitarias o los gobiernos? Quizás un poco los tres, aunque unos más que otros. Podemos acudir a los orígenes de ese miedo cerval que está paralizando el mundo, y preguntarnos quién comenzó por aislar a millones de personas, por enviar al ejército a acordonar ciudades enteras, quién suspendió el Mobile, quién clausuró aeropuertos, las fábricas y las escuelas en varios países quién ha cerrado las fronteras y ha puesto en cuarentena a todos los ciudadanos procedentes de zonas de riesgo.
Los medios de comunicación lo hemos ido contando, con mayor o menor acierto, pero, salvo vergonzosas excepciones surgidas casi siempre en tertulias de analfabetos, sin fomentar el alarmismo ni exigir medidas de control superiores a las ya adoptadas. No hemos sabido tranquilizar a la población, pero tampoco hemos sido los agentes principales en esta epidemia de pavor.
Desde luego, los datos facilitados por las autoridades sanitarias no justifican semejante alarde de medidas adoptadas por los gobiernos y que están causando ya un daño enorme a la economía mundial, tan grave que puede provocar cierre de fábricas, despidos, desabastecimiento, pobreza, hambre y más muertos que la epidemia.
La primera norma a la hora de abordar una crisis sanitaria como la del coronavirus debería ser deslindar con claridad lo que sabemos y lo que ignoramos. Sabemos que estamos ante un virus nuevo entre una larga lista de virus contagiados a humanos. No se trata por tanto de una sorpresa o de una circunstancia insólita, porque en las últimas décadas hemos detectado, sufrido y superado unos cuantos casos similares (el SARS, el MERS, la gripe aviar, la gripe A... todos ellos mucho más letales que el COVID-19).
También sabemos que el coronavirus pasó de animales a hombres en la ciudad china de Wuhan y allí el porcentaje de fallecidos sobre el número de enfermos ronda el 3%, mucho más alto que en el resto del mundo, donde los contagiados han sufrido una letalidad situada en torno al 0,7%. No está claro que el COVID-19 cause más mortalidad que la gripe común, que el año pasado mató al 1,2% de los españoles infectados (525.300 casos y 6.300 muertes), según el CSIC.
Las estadísticas indican que la inmensa mayoría de las muertes se producen en ancianos con patologías previas y que los niños apenas enferman, aunque no se sabe muy bien por qué. Tampoco hay conclusiones definitivas, por el momento, sobre la transmisión. Dicen los expertos que se está propagando más rápido que la gripe común pero que las vías de contagio son similares.

En todo caso, las estadísticas no avalan la alarma mundial ni las medidas drásticas adoptadas en China y otros países afectados. Hay ya expertos en este tipo de patologías que proponen rebajar las alertas y pasar a una segunda fase en la que se renuncie al control de la propagación del coronavirus y se empiece a considerar al COVID-19 como una gripe más y tratarlo con las mismas medidas generales recomendadas frente a la dolencia más común. Sería una decisión de riesgo, aunque más acorde con la opinión de los virólogos. De momento, preparémonos para adoptar medidas de protección sin perder la calma.

Cien años de la pandemia de la "gripe española" - Marisol López

Cien años de la pandemia de la "gripe española" - Marisol López

Más de 13.000 personas fallecieron en la provincia | Zamora registra los índices de mortalidad más altos del país por el virus
Aquel octubre de 1918, sobre Zamora parecía haberse descargado la ira de Dios. Las murallas de la bien cercada, que antaño se utilizaran para frenar invasiones del enemigo o de la peste negra de la Edad Media se habían convertido en muladares de una ciudad sucia con una gran mayoría de población analfabeta, sin condiciones mínimas de higiene, en la que se mezclaban las aguas sucias, los desperdicios y detritos humanos y de animales, pues era común que pleno casco urbano convivieran humanos y animales, de gallinas a cerdos.
Ese octubre de hace cien años, las calles hediondas y enfangadas se veían inundadas por nieblas más allá de las que emanaba el Duero: el humo de la pólvora con el que se pretendía desinfectar la ciudad, los cortejos fúnebres, sin ataúdes ya, con los muertos camino del cementerio colapsado con decenas de entierros casi a diario. Buena parte de las más de 13.000 defunciones registradas ese año se debieron a un virus de la gripe letal.
El agente causante de tan terrorífico escenario, que condujo a la población al estado de pánico, ha pasado a la historia como la gripe española. Un apellido inapropiado para una pandemia global que, según los estudios más recientes, llegó a afectar a 500 millones de personas en todo el mundo. Más de 50 millones fallecieron por su causa en Europa, es decir, el triple de los muertos en los campos de batalla de la I Guerra Mundial en cuyas trincheras anidó en verdad el virus letal.
Epidemiólogos e historiadores continúan, un siglo después, ahondando en el origen del brote, así como en las causas de su propagación y elevada tasa de mortalidad. Zamora tiene nombre propio en los estudios internacionales. Las muertes en el conjunto de la provincia, puesto que ningún pueblo se salvó, triplicaron la media nacional, alcanzando una tasa de diez muertes por cada mil habitantes.
Ese aumento de los fallecimientos tiene reflejo en los padrones de población que no recuperarían la normalidad hasta pasado 1919, como afirma el exhaustivo estudio realizado por el cirujano Javier García-Faria del Corral "La epidemia de gripe de 1918 en la provincia de Zamora". Tan elevadísima mortalidad todavía es objeto de estudio puesto que, aún registrándose gran incidencia de contagio, no se alcanzan cotas tan elevadas en provincias vecinas como Orense (con un tercio menos de casos mortales), Valladolid o Salamanca.
Afirma la periodista e investigadora Laura Spinney en "El Jinete Pálido", una de las últimas obras de divulgación publicada con ocasión de la efemérida de la pandemia, que la mal llamada "gripe española" supuso un colapso social equivalente al de la llamada "peste negra" de la Edad Media. Hoy día nadie duda de que el virus llegó de más allá de las fronteras españolas, pero fue aquí donde la prensa fue la primera en informar.
En el resto de Europa la censura impedía que salieran publicadas noticias que pudieran bajar la moral de los ejércitos. Todavía hoy se sigue debatiendo sobre el "paciente cero" y su procedencia. Los epidemiólogos apuestan a que el H1N1, como acabó siendo bautizado el virus (no bacilo, ni microbio, ni bacteria, como pretendieron identificar al principio los médicos de la época, desbordados por la situación y sin medios apropiados ni de investigación ni para tratamiento de la gripe y sus complicaciones secundarias), es de tipo A (el que es capaz de originar pandemias), de origen aviar. Asimismo, se especula con la posibilidad de que se iniciara en un país asiático y que de allí, pasara a Estados Unidos, lugar de inmigración, por ejemplo, para trabajadores chinos.
En el mencionado libro de Laura Spinney se recoge uno de los primeros casos documentados de la temible gripe. "El 4 de marzo de 1918, Albert Gitchell, un cocinero del campamento Funston, en Kansas, acudió a la enfermería con irritación de garganta, fiebre y dolor de cabeza. Para la hora del almuerzo, la enfermería ya trataba más de un centenar de casos similares, y en las semanas siguientes, enfermaron tantos, que el oficial médico en jefe del campamento requisó un hangar para acomodarlos a todos".
La gripe era ya, por tanto, una epidemia en Estados Unidos, en particular en el medio oeste y en las ciudades de la costa este, desde donde partían las tropas en dirección al frente de Francia. Del campamento Funston salieron buena parte de los soldados norteamericanos reclutados tras entrar en guerra los Estados Unidos en 1917. Abril de 1918 fue inusualmente caluroso. Los casos comenzaron a declararse, también entre las filas del enemigo, hasta preocupar al director de Higiene del Segundo Ejército alemán, Richard Pfeiffer, el descubridor del bacilo que lleva su nombre. La gripe se extendió rápidamente por Francia, Gran Bretaña, Italia y España. Hasta el rey Alfonso XIII, el presidente del Gobierno y varios de sus ministros cayeron víctimas de la enfermedad en mayo, cuando los expertos sitúan la primera de las tres oleadas de la gripe.
Zamora era entonces una ciudad pequeña, víctima del subdesarrollo del que participaba, en mayor o menor medida, el resto del país, aún no recuperado del Desastre colonial de 1898 y, por tanto, muy atrasado en aportaciones científicas y en condiciones socio económicas.
Sin embargo, en España se tuvo conciencia, rápidamente, de que la enfermedad venía de fuera y en concreto de las fronteras francesas. Hasta Francia se desplazaron no solo soldados portugueses que luego volverían a casa según avanzaba la guerra, sino trabajadores de uno y otro lado de la Raya portuguesa que acudían al sur de Francia como vendimiadores, ya que los hombres estaban en el frente y se necesitaban jornaleros para la cosecha. La mayoría de ellos hicieron el camino de vuelta a Portugal y a los pueblos de diferentes puntos de España desde Hendaya en tren. Hasta el punto de que, según Spinney, la superposición del mapa ferroviario de la época es un calco, prácticamente, del esquema de diseminación del virus. Meses más tarde, declarada ya la epidemia, "El Heraldo de Zamora" aseveraba que "el primer foco de infección se desarrolló en Medina (del Campo) por el paso de los repatriados de Francia y hasta la fecha no conocemos que se haya llevado a cabo la desinfección". La estación de Medina del Campo tuvo que ser clausurada.
Pero meses antes, en la primavera de 1918, en España la prensa hablaba libremente de lo que se conoció también como enfermedad del "Soldado de Nápoles", por coincidir la aparición de esa primera oleada del virus con el estreno de la zarzuela "La Canción del Olvido", a la que pertenece dicha tonada. Y se perañadía un tono jocoso incluso en los propios diarios zamoranos, donde se daba cuenta, por otro lado, de una situación sanitaria lamentable.
Formaban parte de la información general tanto las advertencias de las autoridades médicas como las noticias relacionadas con otras epidemias. Una, de tifus exantemático detectada en Portugal un año antes. Otra, la aparición de la viruela. El 6 de abril de 1918, bajo el titular "Noticias gravísimas", El Heraldo de Zamora da cuenta de un caso estremecedor ocurrido en el pueblo de Villarino tras la Sierra: "Hace cuatro días fue recogido en asa del juez municipal un portugués el cual falleció de la epidemia, contaminando al juez que también ha fallecido y a la familia de éste, que se halla en grave estado". El periódico exigía a las autoridades "que se den las más terminantes órdenes para que la frontera esté inspeccionada en condiciones, si no queremos que el tifus exantemático venga a dejar chiquita a la epidemia variolosa que reina en Zamora". El mencionado caso llama la atención por lo fulminante de las muertes y porque se produce solo un mes antes de que se dé por confirmada la llegada de la gripe a Zamora.
En su libro, Spinney describe que, en los casos más graves, además de los síntomas respiratorios y gástricos, se presentan lo que los doctores nominan como "cianosis heliotrópica", consecuencia de una complicación derivada en neumonía bacteriana. Los enfermos presentaban manchas de color caoba, que iba derivando en negro. Las primeras manchas empezaban por la cara, pero se extendía a extremidades y abdomen. El autor francés Apollinaire, muerto de gripe el mismo día en que abdicaba el káiser Guillermo, falleció "completamente negro", según descripciones de quienes lo visitaron en sus últimas horas.
La periodista, habitual firma de revistas altamente especializadas, especula con la posibilidad de que, en algún caso, pudieran confundirse ambas enfermedades y se diagnosticara tifus exantemático en lugar de gripe. ¿Podría ser este el caso de Villarino tras la Sierra? Una autoridad en el estudio del H1N1, el doctor Antoni Trilla, epidemiólogo del Hospital Clinic de Barcelona, duda de esa posibilidad puesto que los casos más graves se dieron a partir del mes de octubre y los primeros, más benignos, se detectan en el mes de marzo en Madrid, pero reconoce que el tifus exantemático no resulta, en principio, tan letal como la crónica reflejada en El Heraldo.
Y aunque fuera el tifus, la conclusión es igual de triste: Zamora hacía frente a tres epidemias a la vez en la primavera de 1918. El 13 de abril, El Correo de Zamora informa sobre episodios de viruelas y los centra en lo sucedido en un domicilio de los Barrios Bajos, donde han colgado un cartel advirtiendo "En esta casa hay viruelas". Se alude a "una familia gitana, procedente de Salamanca con varios hijos de corta edad" alojada en dicha vivienda durante la feria de Botijero. Uno de los niños cayó víctima de la viruela, pero la familia ocultó la enfermedad hasta que esta estuvo en pleno apogeo por miedo a ser expulsados de la ciudad. El niño, al parecer, superó la enfermedad, pero los periódicos aprovecharon para señalar, de nuevo, la falta de medidas de higiene y sanidad, al tiempo que reclamaban, como lo venían haciendo ya otras autoridades en la Junta de Sanidad, la existencia de un hospital dedicado a epidemias de este tipo.
Se extiende además cierta xenofobia al señalar, de nuevo, a los portugueses como portadores de enfermedades. Cargarán también con el mismo sambenito cuando se haga patente la también llamada Influenza, hasta el punto de ordenarse el cierre de fronteras con el país vecino. La misma determinación tomará, en el auge de la pandemia, el Gobierno central con la frontera francesa. Demasiado tarde para un enemigo que viajaba por el aire, sin que nada pudiera ser capaz de detenerlo.
A pesar de la proliferación de enfermedades, los servicios de desinfección en Zamora eran nulos. Incluso es frecuente lo que relata El Correo en la misma crónica del chiquillo afectado por viruela: "En las casas números 36, 27 y 50 de la calle de la Cárcaba, existen tres prenderías, llenas de ropas y muebles viejos, la mayoría proceden de personas que han fallecido de enfermedades comunes y otras de infecciosas. Estos industriales las han adquirido y metido en sus casas, sin desinfectar, las exhiben al público y las sacan a la calle como muestra de su mercancía".
La mayoría de los zamoranos se halla sumida en la miseria. La comida escasea, puesto que hay dificultades de abastecimiento. Los productores nacionales, también los provinciales, aprovechan la situación de guerra para exportar sus mercancías a otros países. Nacerá así una nueva burguesía, una clase emergente y enriquecida con prósperos negocios, pero la factura en materia de salud pública será exorbitante. Sin higiene de ningún tipo, debilitados, "El jinete pálido" tenía todo a favor para cabalgar a sus anchas por las tierras zamoranas.
En el mes de mayo, tanto El Heraldo como El Correo ya se hacen eco de lo que, casi en tono jocoso, llaman "La enfermedad de moda" o "La epidemia madrileña". Empiezan a proliferar los casos de lo que se denomina como "enfermedad indeterminada" al desconocerse "el agente o microbio productor de ella", con un cuadro sintomático indeterminado que incluye dolores articulares, fiebre que no dura más de 48 horas, abatimiento, "un poco de saburra gástrica y mejor que dolor de cabeza, amodorramiento". A pesar de que el mal ha aparecido ya también en Salamanca, no hay miedo: "Ningún temor, que nunca están justificados ni han sido ni son agentes terapéuticos", firmaba entonces el escribiente identificado como el doctor Laf en El Correo.
Se manejaban teorías que ligaban la aparición del mal a los gases y los cadáveres insepultos en las zonas de guerra, pero el buen humor imperaba. El Heraldo de Zamora bromeaba con la ocurrencia de que en Barcelona, puesto que la epidemia entró por el este peninsular, se llamara a la enfermedad "El Paseo Marítimo" y hacía chistes sobre las recomendaciones médicas de seguir dieta para combatirla por parte de una población en estado famélico por la escasez.
En junio, El Heraldo ya da cuenta en un artículo firmado por Eduardo Andicoberry, del alto índice de mortandad en Madrid. Relata casos de "hemostisis aguda. Abundan los vómitos de sangre repentinos en personas fuertes y sanas". Durante el verano, la influenza pareció tomarse unas vacaciones. Como si el descanso le hubiera valido para tomar fuerzas reaparecería en agosto y se manifestaría con toda su crudeza en otoño. El doctor Trilla mantiene que esta segunda oleada está causada por el mismo virus, el famoso A(H1N1), mientras el doctor García Faria apunta la posibilidad de que el mismo hubiera mutado (algo frecuente, según los expertos, en este tipo de virus) para volverse más agresivo.
Septiembre era el mes de las cosechas, en el que eran frecuentes las bodas, las fiestas y acontecimientos multitudinarios como las corridas de toros. También era la época en que se incorporaban nuevos reclutas a los Regimientos instalados en la ciudad. "Hay cólera en la frontera, gripe en España y, en este pequeño rincón de la península, fiestas", resumía El Correo en aquellos días. Los jóvenes soldados participaban en unas prácticas de artillería y comenzaron a enfermar. El 27 de septiembre el mismo diario ya informaba en su primera página de las epidemias en los cuarteles y recogía una serie de medidas preventivas para evitar los contagios como separar las camas de los reclutas. El inspector general de Sanidad de Zamora, Manuel Martín Salazar, reconocía, por su parte, la incapacidad de la administración y la dificultad de hacer entender a la población la facilidad de los contagios. No fue por falta de información: los dos diarios locales se esforzaban en publicar a diario explicaciones y consejos de higiene y médicos con el asesoramiento de los galenos de la ciudad. Algunas teorías resultaron un tanto extravagantes. El doctor Luis Ibarra sugirió "que la enfermedad era el resultado de una acumulación de impurezas en la sangre debido a la incontinencia sexual". Los diarios zamoranos, además, criticaron abiertamente a las autoridades locales por haber minimizado la situación.
Fracasaron los intentos de poner en cuarentena a los soldados en el Castillo. La gripe se extendía entre la población civil. Las autoridades se esforzaban en hacer cumplir las recomendaciones sanitarias que insistían una y otra vez en la facilidad del contagio y la necesidad de huir de los actos masivos. Por contra, la Iglesia consideró la epidemia una consecuencia de "nuestros pecados e ingratitud, por lo que el brazo vengador de la justicia eterna ha caído sobre nosotros" y comenzó a convocar actos religiosos que concentraban a una multitud aterrada. Y así, el obispo Antonio Álvaro y Ballano señalaba a la intervención divina en castigo por los pecados de los zamoranos en las mismas páginas de El Correo en las que el gobernador prohibía las grandes reuniones hasta nuevo aviso.
En octubre la plaga llegó a su momento álgido. El doctor Faria registra la máxima incidencia en cuanto a muertes entre el 12 y el 17 de octubre en el conjunto de la provincia. En un solo día se llegan a registrar 200 fallecimientos. Los más afectados, por edades, son los niños de entre 1 y 4 años y la franja de edad entre los 21 y los 30 años. En este último colectivo, el 80% de los fallecimientos de ese año están relacionados con la gripe. La falta de inmunización frente a otros grupos de mayor edad, que habían pasado por anteriores epidemias, pudo jugar un papel decisivo en ello, según los investigadores.
Los alimentos se encarecían, especialmente los que recomendaban los galenos para hacer frente a la gripe, principalmente la leche, pero también los huevos. Escaseaba el pan y la basura seguía reinando en las calles. Ese mismo mes de octubre las autoridades locales ponen en marcha medidas que incluyen poder cerrar negocios si incumplían las normas sanitarias, sanciones para quienes no mantuvieran los animales encerrados, como las gallinas y la advertencia, por parte de los rectores de la sanidad a los políticos, de castigar con cuantiosas multas la negligencia a la hora de registrar las muertes debidas a la gripe. El pánico en las calles se generaliza hasta bordear el desorden social. Las gentes, desesperadas, buscan consuelo en las numerosas funciones religiosas donde la oración "Pro tempore pestilencia" proclama que la enfermedad es voluntad de Dios y que solo su misericordia puede salvarlos.
Murieron más mujeres que hombres, hasta un 25% en la franja de edad con más defunciones. Como explica otra investigadora, la doctora Beatriz Echeverri Dávila, el aumento de la mortalidad femenina se debió a que se agudizaron las cargas que soportaban las mujeres, entre ellas, el cuidado de los enfermos. Alguna de ellas puede considerarse como una auténtica heroína: sor Dositea Andrés, religiosa de las Siervas de María murió mientras atendía a los soldados en los cuarteles, después de pasar días sin apenas descanso. Su figura y su labor siguen siendo recordadas en la capital zamorana. También les costó la vida a muchos sanitarios y a médicos de pueblos que se veían impotentes ante el avance del mal. Carlos Enríquez Contra, de Morales del Vino, Félix Gitrama, de Moreruela de los Infanzones, Aurelio Perlines, de Villamor de los Escuderos o Vicente Hernández de Fresno de Sayago, fueron algunos de los facultativos cuyos funerales fueron sufragados por el Colegio de Médicos como último homenaje a quienes dieron su vida por atender a sus pacientes.
Las notas necrológicas y las esquelas invadían las páginas de los periódicos. El horror se extendía por todas las localidades de la provincia y, especialmente, en la capital. Por entonces la parroquia de San Juan correspondía al centro de la ciudad, donde residía la mayor parte de la población. Esa razón, apunta García Faria, explica que fuera la zona más afectada, seguida de San Ildefonso, San Lázaro, San Vicente, La Horta, San Frontis y, la que menos, San Torcuato, que entonces coincidía con los límites de la urbe. Era tal el horror reinante que hasta las campanas dejaron de doblar a muerto para no traumatizar más a una población en situación de pánico colectivo que buscaba, inútilmente, refugio entre los muros de las iglesias sin saber que así, solo aceleraba las posibilidades de contagio y, por tanto, de morir.

El 24 de octubre la Diócesis sacó en procesión a la Virgen del Tránsito.
La última vez que la imagen había abandonado el convento del Corpus Christi había sido 30 años antes, durante una epidemia de cólera. Llegaron fieles desde los pueblos vecinos, la Catedral estaba abarrotada. Las autoridades provinciales intentaron utilizar las atribuciones recibidas para hacer cumplir la prohibición de actos multitudinarios, pero el obispo les acusó de interferir en los asuntos de la Iglesia.
La gripe fue remitiendo a lo largo del mes de noviembre. Todavía repuntaría una tercera oleada en la primavera de 1919. Zamora ya había quedado marcada para la historia como la provincia con mayor índice de mortalidad a causa de la gripe. Más de 13.300 zamoranos pagaron con su vida la maldita escala del Soldado de Nápoles en tan castigadas tierras.
Zamora, en tiempos de la peste del siglo XX
La provincia presenta los índices de mortalidad más altos de toda España por el masivo contagio del virus l Más de 13.000 personas fallecieron en la capital y en el resto de localidades
Sor Dositea Andrés, religiosa perteneciente a las Siervas de María, murió contagiada al trabajar sin apenas descanso atendiendo a los soldados enfermos de los cuarteles.

El Decamerón de Giovanni Boccacio - Olga Seco

El Decamerón de Giovanni Boccacio - Olga Seco

Por lo visto la brevedad de la vida nos hace vulnerables. Y en vez de refrescar el ánimo con todo aquello que mueve nuestro pensamiento, preferimos agrandar lo pequeño e insertar realidades absurdas dentro del miedo y la psicosis.
Resulta que ya no es el Satisfyer lo que más se vende en nuestro país; contengan la risa (no es para menos) a día de hoy lo que más se vende son todo tipo de mascarillas.
Creo que todo lo que rodea al coronavirus es un simple reflejo de nuestra falta de memoria. Hace pocos días, mi amigo Eurico Campano me envió un artículo de la periodista Marisol López del Estal y directora del diario "La Opinión de Zamora". El artículo se titula : "Cien años de la pandemia de la gripe española". Si tienen ocasión búsquenlo en internet y léanlo. Me parece un excelente trabajo periodístico; además, su autora nos desgreña los pelos de la cabeza y nos pone a pensar. ¡Falta nos hace! Lo que está pasando con el coronavirus (opinión subjetiva) es una crisis convulsa de nuestra imbecilidad. Hay cosas más letales que muchos virus, cosas que transforman y transfiguran la coherencia.
Me asusta ver la mueca de la ignorancia; junto a ella veo todo lo muerto...
Al ver lo que está sucediendo en Italia pienso en "El Decamerón", de Giovanni Boccacio. Diez jóvenes florentinos, huyendo de la peste de 1349 deciden refugiarse en la villa de uno de ellos; durante su "exilio" y para hacer más ameno el rato deciden contarse cuentos por turnos. El libro es brutal, con ironía sacude todas las partes del ser humano y las pone a cantar, aullar, gritar y hasta gemir. Las pestes, no se contemplan igual con cabeza o sin cabeza; a Giovanni Bocaccio le sirvió para creer uno de los mejores libros de la historia. A otros (sonrío) las supuestas "pestes" les sirven para comprar mascarillas y geles desinfectantes.

domingo, 19 de enero de 2020

La historia de Carmen - Susu

La historia de Carmen - Susu

Una vez más me siento obligada a escribirte. Me gustaría creer que será la última, pero lo dudo. Yo pensaba que las cosas iban mejor entre nosotros. Imagino que pasamos fases mejores y peores.
Alguien cercano me contó la historia de una mujer a la que llamaré Carmen para no desvelar su nombre real. Quiero que escuches esta historia atentamente y que olvides tu móvil por unos minutos.
Carmen lo daba todo por sus hijos. Todo es todo.
Les lavaba y planchaba la ropa. Les ayudaba con sus tareas. Les llevaba y recogía del colegio. Les preparaba las mejores comidas.
Cuando regresaban a casa sus cuartos estaban perfectamente recogidos y la casa olía a perfume. La cena, servida en el plato a las ocho en punto. Los pijamas, bien colocados sobre sus camitas.
Todos comentaban lo buena madre que era Carmen. Lo entregada que estaba a su familia. Y las visitas iban y venían deshaciéndose en constantes elogios. Carmen era una mujer popular y todos disfrutaban de su casa y de sus guisos.
¡Qué trabajadora y qué paciencia de Santa! Comentaban.
No había madre en el universo que pudiera compararse. Además, era sorprendente porque nunca pedía nada. Y casi nunca se enfadaba. Lo encajaba todo bien con una sonrisa siempre en la cara.
De sus hijos la más pequeña era también la más rebelde. La que tuvo más problemas en el colegio. La que dio más guerra porque no quería casarse y tardó en decidir qué hacer con su vida. También era la que tenía más sensibilidad y desde pequeña observaba a su madre con extrañeza y cierta melancolía.
Mientras Carmen fue joven todo fueron elogios. Su marido sacaba pecho y sus hijos se enorgullecían de tener a la mejor mamá del mundo. Una mamá que jamás pedía, ni se quejaba de nada y en cambio lo daba todo.
Pero el tiempo fue pasando y Carmen enviudó, y la vejez la asaltó a la velocidad del rayo. Casi como si de una maldición se tratara. Entonces fue dejando de cocinar y poco a poco desaparecieron los invitados.
Sus amigos y familiares ya a penas se acercaban a visitarla. Esto la puso muy triste. Tanto había dado a los demás que sentirse sola le parecía una condena injusta. Le costaba ver la casa vacía.
La tristeza aceleró la vejez y la vejez agrandó la tristeza. Y un día también dejó de ser guapa y le falló la rodilla. Y luego la vista. Y como una margarita que va perdiendo uno a uno todos sus pétalos, terminó postrada en una silla de ruedas.
Pero lo que fue sorprendente de verdad es que durante todo ese proceso de deterioro sólo la pequeña de sus hijos, la más rebelde, fue a visitarla.
Un día Carmen la telefoneó para que acudiera en su ayuda. Quería ducharse y no se atrevía a hacerlo sola. Ni siquiera con aquella silla. Ese día hablaron y le confesó su pesar.
-¿Por qué no vienen a verme el resto de tus hermanos? ¿Por qué tengo la casa vacía?
Por fin se atrevió a verbalizar su pena.
-No vienen porque les diste tanto que te olvidaste de enseñarles lo más importante.
-¿Qué era lo más importante, hija?
-Te olvidaste de enseñarles que tú también les necesitabas.
Mamá, nunca pediste un regalo por Navidad. Y dejaste de comer en más de una ocasión por darnos más comida. Tampoco reconociste nunca que estabas cansada y que necesitabas que alguien te ayudara. Nunca luchaste por tu lugar en la casa, por tu espacio en el sofá, por tus sueños, porque alguien te preparara un día el desayuno. Creías que dándolo todo ese lugar estaría asegurado. Pero no es así, madre. No nos enseñaste a cuidarte.
Entonces, escuchando aquellas palabras que se le habían clavado en el alma como puñales, Carmen se dio cuenta de cuál había sido el gran error de su vida, pero ya era tarde. Había criado a un montón de hijos egoístas y comodones que no hacían más que poner excusas para no ir a verla. Ni siquiera estaban dispuestos a pagar para que alguien externo pudiera ayudarla. Se quejaban de los míseros sueldos que cobraban aquellos cuidadores y se hacían mala sangre creyendo que encima se aprovecharían.
Al menos Carmen tenía a su hija y ella la acompañaría hasta el final de sus días.
Es importante que las mujeres dejemos de pretender ser como Carmen y reivindiquemos nuestro lugar dentro de la familia. Hay que pedir más y sin miedo.
Esta historia te la cuento a ti, especialmente a ti. Por todas esas veces que no respondiste. Por todos esos momentos en los que quise explicarte y no supe.

Tal vez para nosotros no sea aún demasiado tarde.