lunes, 25 de marzo de 2019

Doblar cucharas, parar el brexit - David Torres

Doblar cucharas, parar el brexit - David Torres

En El himno nacional, el primer episodio y quizá el mejor de la teleserie Black Mirror, un terrorista secuestra a una princesa de la familia real inglesa y amenaza con matarla a menos que el primer ministro se folle a un cerdo en vivo y en directo, ante las cámaras de televisión y en horario de máxima audiencia. Al final, como suele suceder, nada es lo que parece: el terrorista se destapa como un artista conceptual y el acto zoofílico no resulta tan divertido como los espectadores se creían. Muchos apartan la mirada, avergonzados o asqueados, de las pantallas donde el cerdo y el líder británico mantienen relaciones íntimas.
Toby Haynes, uno de los directores de Black Mirror, ha sido el encargado de llevar a la pantalla Brexit: The Uncivil War, un telefilm de hora y media que indaga en las vísceras del referéndum donde el Reino Unido votó por separarse de la Unión Europea. La cinta ha recibido críticas entusiastas y varapalos tremendos, pero de entrada puede decirse que quizá el realismo no sea la mejor perspectiva para enfrentarse a un proceso tan complejo y estrafalario como el brexit. Charlie Brooker, guionista de Black Mirror, ya había vaticinado algunos de sus aspectos esenciales, aunque ni siquiera alguien tan imaginativo como él pudo imaginar que era el cerdo el que se iba a follar al primer ministro.
En efecto, el brexit viene a demostrar una vez más, como si hiciera falta, que la realidad siempre es más extraña que la ficción y además va mucho más lejos. Más de dos años y medio después de la votación, la política inglesa sigue paralizada por esa especie de harakiri democrático en que ni las tripas acaban de salir ni la sangre llega aún al Támesis. Desde aquel aciago 23 de junio de 2016 da la impresión de que buena parte del electorado británico votó a ciegas o borracho perdido o en plan de coña, a ver qué pasaba, igual que esos hooligans de vacaciones en Ibiza que se arrojan de un balcón a una piscina a ver si aciertan. Un dato revelador es que, horas después de la victoria del brexit, las dos frases más buscadas en Google en el Reino Unido eran “¿Qué significa salir de la UE?” y “¿Qué es la UE?”
Muy probablemente la solución, si es que hay alguna, pase por hacer otro referéndum, como reclamaban ayer cientos de miles de manifestantes en Londres. Lo cual vendría a corroborar no sólo que el primero fue de fogueo sino que la democracia tendría que ejercerse con preservativo antes de mirar si en las urnas ha salido niño o niña. Llegados a este punto, no es extraño que Uri Geller haya hecho su aparición para pedir a los británicos que lo ayuden a parar el brexit mediante telepatía, igual que en aquel espectáculo televisivo en que invitaba a la audiencia a reparar relojes o doblar cucharas usando sólo el poder de la mente.

Geller dice que fue él quien profetizó la victoria de May tres años antes de que sucediera, al pedirle que tocara una cuchara que había pertenecido a Winston Churchill. Cuando salió en el programa de José María Iñigo, allá por 1975, muchos españoles juraron que habían conseguido doblar la cuchara en casa, aunque no fueron tantos los que dijeron que habían logrado que un reloj parado echase a andar otra vez. De momento, deshacer el brexit no está resultando tan sencillo como doblar una cuchara, probablemente por la misma razón que romper un reloj siempre es más fácil que arreglarlo. Especialmente cuando lo has roto a martillazos.

sábado, 23 de marzo de 2019

No me digas que no - Juan José Millás

No me digas que no - Juan José Millás

Los productos congelados también tienen fecha de caducidad, sobre todo si llevan bechamel. En la pechuga de pollo villaroy, por ejemplo, se pudre antes el envoltorio que la carne. La homeostasis, según la Wikipedia, es el "conjunto de fenómenos de autorregulación conducentes al mantenimiento de una constancia en la composición y las propiedades del medio interno de un organismo". Pero la homeostasis no es eterna. De ahí la muerte. Morir es perder la homeostasis, que queda mejor que perder las llaves de casa.
-He perdido la homeostasis.
-Intenta recordar cuándo es la última vez que la has usado. Y dónde.
Todo esto era para decir que unos científicos de la universidad de Sídney han inseminado a 34 ovejas con un semen congelado de 1968 y han salido corderos jóvenes. Deben de usar congeladores extraordinarios porque el semen, como la bechamel es muy inestable. Si esos espermatozoides se hubieran utilizado en su día, los corderos resultantes tendrían ahora 51 años. Un poco añejos para la cazuela. Llevarían varios años muertos, pobres. Significa que han nacido con efectos retroactivos.
Supongamos que usted va a un restaurante y le ponen un lechazo que acaba de nacer, pero cuyo semen llevaba almacenado medio siglo. Si no le dicen nada, igual se lo come sin rechistar, aunque le note un no sé qué. Pero si está al tanto de la situación, si conoce el origen de esa pierna de cordero al horno con patatas, ¿cómo evitar la sensación de estar tragándose una especie de brazo incorrupto, una reliquia? Por mucho que los congeladores australianos sean capaces de mantener la homeostasis indefinidamente, un semen de medio siglo es un semen de cinco décadas, no me digas que no.
Se pregunta uno si la revuelta de los "chalecos amarillos" en Francia no tendrá que ver con la congelación de Mayo del 68. Las cosas que cuajan se descuajan. Aquí, cuando murió Franco, congelamos la Ruptura en favor de la Reforma, y la semilla de Franco se acaba de manifestar en VOX.
¿Una homeostasis invers?

martes, 19 de marzo de 2019

El negro que blanquea (a Vox) - David Torres

El negro que blanquea (a Vox) - David Torres

Al nutrido ecosistema de la fauna hispánica (donde abundan los obreros de derechas, las mujeres machistas, los socialistas monárquicos y los neoliberales en paro) se ha sumado ahora un nuevo ejemplar, el negro de Vox, una rareza política que cuenta al menos con dos individuos, ya que hay uno, Ignacio Garriga, de origen guineano, candidato por Barcelona, y otro, Bertrand Ndongo, un inmigrante camerunés que de momento va por libre. Ambos han venido para intentar distraer con su presencia esos incómodos principios del programa de Vox que abogan por la anulación de la sanidad gratuita para inmigrantes ilegales, el copago para residentes legales que no cuenten con al menos diez años de residencia y la deportación inmediata de los díscolos, vagos y maleantes. Eso por no hablar de “los españoles primero”, de la fobia a los extranjeros y de toda la carga de odio xenófobo que supura cualquier partidario de Vox apenas abre la boca.
El propio Abascal dijo hace más o menos un año: “No es lo mismo un inmigrante procedente de un país hermano hispanoamericano, con una misma cultura, una misma lengua, una misma cosmovisión del mundo, que la inmigración procedente de los países islámicos”. Quién iba a decir que Abascal habla desde la perspectiva de un camerunés. Sin embargo, después de Auschwitz y de la metamorfosis del estado de Israel en una nueva versión del apartheid, a la ultraderecha española no le quedó más remedio que renunciar hace tiempo a la gilipollez franquista de la “conspiración judeomasónica internacional”, reemplazando a los judíos por musulmanes y a los masones por comunistas. En esto, como en tantas otras cosas, la saga de Torrente, el brazo tonto de la ley, ha sido la inspiración ideológica de Abascal, especialmente esa escena de no sé cuál de ellas en la que Torrente ve cómo un terrorista islámico intenta secuestrar el avión donde viaja y se levanta a buscar la pistola mientras murmura entre dientes: “Moros, moros”.
Por supuesto, Abascal, igual que Torrente, puede hacerse amigo de un musulmán siempre que traiga dinero negro en las alforjas, aunque sean billetes iraníes de un grupo de resistencia marxista-islámico, lo cual es algo así como un ateo recalcitrante rezándole a la Santísima Trinidad esculpida en lingotes de oro. A esta misma especie de pilates mental donde las mujeres aceptan servilmente su inferioridad secular y los pobres la bota del señorito pertenece también la proclama ultraderechista de Bertrand Ndongo, un filósofo de Camerún que advierte del peligro del efecto llamada y que durante todos estos años en España dice haber sufrido racismo únicamente por parte de una latinoamericana.
No es nada raro encontrar a un Tío Tom integrado perfectamente en la maquinaria propagandística diseñada por Steve Bannon, arquitecto de la campaña electoral de Donald Trump, más aun cuando el voto latino fue una de las grandes sorpresas de su victoria. El razonamiento de Ndongo, como el de los mexicanos que votaron por Trump, es el mismo de los capataces judíos que ayudaban a los nazis en los campos de concentración: una vez me haya colocado yo en la pole position, se cierra el chiringuito y el que venga detrás que arree.

Un discurso bastante distinto al de Serigne Mamamdou, un inmigrante africano afincado en Sevilla que le explica a Abascal que mucho hablar de españoles primero, pero que es él quien se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar. A trabajar en el campo, con un frío que pela, no a limpiarle el culo a Franco en el programa de Susana Griso. Ndongo lo ha blanqueado tanto y tan bien que hasta se ha mimetizado con el paisaje: asegura que aquí lo defienden los españoles y lo atacan los negros, igual que en aquel chiste en que un negro se sometía a un experimento para volverse blanco, le daba una pastilla a su mujer, se volvía blanca también, pero el hijo de ambos se negaba en redondo y el padre al final saltaba: “Mira, llevo media hora de blanco y ya tengo problemas con el negro de mierda este”.

sábado, 16 de marzo de 2019

La obra cumbre de Sánchez – Fernando Ónega

La obra cumbre de Sánchez – Fernando Ónega

No fue un viernes de decreto-ley, pero el Consejo de Ministros tenía preparado algo muchísimo mejor y con parecidos efectos electorales: hurgar en el calendario, encontrar una fecha aceptable y marcarla con un rotulador, naturalmente rojo. La fecha elegida fue el 10 de junio, lunes, y sobre ese día se escribió: salida de Franco del Valle de los Caídos. Lugar de destino, Mingorrubio, que es una colonia situada detrás del palacio de El Pardo, y donde Patrimonio Nacional tiene un pequeño mausoleo donde ya descansa la viuda del general, doña Carmen Polo. Franco volverá a su barrio. Los demás tardaremos mucho tiempo en olvidar el nombre de Mingorrubio. Frente al cementerio hay un restaurante al que probablemente le ha tocado la lotería de tantos fieles que acudirán al nuevo sancta sanctorum del franquismo.
Veremos si se puede cumplir el anuncio, porque habrá recursos de la familia, que no quieren al abuelo en tanto descampado, sino en un lugar de honor como la cripta de La Almudena. Veremos también si los jueces dan alguna sorpresa, cosa que no sería extraña después de todos los retrasos producidos. Pero el gabinete de diseños estratégicos y propagandísticos de la Moncloa lo hizo razonablemente bien. Es decir, de forma aceptablemente cínica: la ministra para Asuntos del Dictador, doña Carmen Calvo, justificó la fecha del 10 de junio en su buenísima intención de «no interferir en las elecciones», pero ella sabe mejor que nadie que su anuncio es una grandiosa oportunidad de interferir en las elecciones: lo importante es la decisión de echar a Franco del Valle; eso es lo que valoran los votantes de la izquierda, que son los que hay que movilizar si se quiere ganar el 28 de abril. Y Sánchez trata de acumular méritos aceleradamente ante ese electorado para que no le pase lo de Andalucía.
Estamos, pues, ante la obra cumbre de los nueve meses de gestión del Gabinete socialista de los 84 diputados. Lo anunciado ayer es como el testamento político del presidente: «Ahí os lo dejo; lo que depende de mí, lo cumplo; lo que nadie consiguió hacer durante 40 años, yo lo hago con arrojo y como lección para las nuevas generaciones y toda la Humanidad; en la España de Pedro Sánchez no cabe la honra a un dictador». ¿Y si la estrategia no funciona, si después de abril hay un cambio de gobierno y el nuevo equipo quiere a Franco donde estuvo estas cuatro décadas? ¡Oh, no hagáis esa pregunta! Cuando se plantean esas dudas, la respuesta oficial está escrita en los libros de estilo de los políticos: «Eso no se contempla». Carmen Calvo repetirá: «Estamos en un Estado de Derecho». Y de lo que se trata es de otra cosa: de sacarle a Franco el último tributo en forma de victoria electoral.

viernes, 15 de marzo de 2019

Que conste - Juan José Millás

Que conste - Juan José Millás

La mujer no era consciente de mi escucha porque en un vagón de metro cada uno va a lo suyo, a su móvil, a sus apuntes, a su conversación, a sus preocupaciones
La mujer telefoneó al instituto de su hijo y pidió hablar con su tutor. Todos, en el vagón de metro, iban a lo suyo, menos yo, que iba a lo de la mujer. “Soy la madre de Samuel”, dijo, “necesito saber cómo va porque según él saca de notables para arriba, pero no me lo creo”. La mujer calló y escuchó, y mientras callaba y escuchaba lanzaba suspiros de desesperación que rompían el alma. Miré en derredor y todo el mundo seguía en lo suyo. Solo yo continuaba en lo de la mujer, pobre, que se tapaba la cara con la mano izquierda mientras sostenía el móvil con la derecha. Gemía de impotencia al escuchar lo que el tutor de Samuel le decía y que yo podía imaginar perfectamente: que el chico faltaba a clase, que cuando iba no prestaba atención, que lo había suspendido todo…

Tras colgar se encogió en el asiento a punto de romper a llorar, de romper a llorar tan cerca de un desconocido como yo. No era consciente de mi escucha porque en un vagón de metro cada uno va a lo suyo, a su móvil, a sus apuntes, a su conversación, a sus preocupaciones. Pasado lo peor de la crisis, telefoneó a Samuel. Le dijo en voz baja, aunque en un tono de enorme violencia, que se cagaba en la madre que lo había parido y que lo sabía todo porque acababa de hablar con su tutor del instituto. Y que cuando ella llegara a casa ajustarían cuentas. “No digas nada”, cortó tajantemente las excusas, supuse, de Samuel, “no digas nada que estoy que me subo por las paredes, embustero, me vas a matar si no te mato yo antes”. La mujer colgó y ocultó con desaliento el rostro entre las manos. Este triste suceso ocurrió entre las estaciones de Ciudad Lineal y Alonso Martínez de la línea 5 del metro de Madrid un jueves de febrero del año en curso. Para que conste.

viernes, 8 de marzo de 2019

Agresivo - Juan José Millás

Agresivo - Juan José Millás

No resulta fácil reconocerse en la imagen de “país más saludable”, a menos que el diagnóstico se refiera solo a las cuestiones de orden físico
Siendo como somos los españoles los primeros de Europa y los segundos del mundo en el consumo de ansiolíticos, deberíamos estar más sedados. Claro, que vaya usted a saber cómo están los griegos, por poner un ejemplo. Me pregunto si los astronautas, al contemplar la Tierra a vista de pájaro, perciben una suerte de lentitud zen en nuestros movimientos. Tal vez no corremos con desesperación detrás del autobús que acaba de arrancar, como los italianos, ni bajamos las escaleras del metro a velocidad suicida para colarnos en el vagón antes de que cierren las puertas, como los franceses. Sería interesante averiguar si las ratas de alcantarilla españolas, al alimentarse de nuestras heces, son más tranquilas que las de los alemanes, no sé, o que las de los suecos. Y si las plantas que crecen gracias a la humedad de las aguas fecales patrias se estiran al sol para desperezarse más que para crecer unos centímetros

Nos acabamos de enterar de que somos el país más saludable del mundo gracias a la dieta y al sistema sanitario. Al sistema sanitario, añadimos, dispensador de los ansiolíticos que ingerimos masivamente con resultados no del todo satisfactorios. Porque, a ver, tensiones tenemos, no hay más que asistir a una comida familiar. Vivimos en un sobresalto permanente y tiramos de insulto a la menor provocación. No resulta fácil reconocerse en la imagen de “país más saludable”, a menos que el diagnóstico se refiera solo a las cuestiones de orden físico. ¿Estamos fuertes? Sí. De hecho, aguantamos jornadas laborales infinitas (y regalando a las empresas las horas extra), madrugones criminales y polución a pulmones llenos sin pronunciar un ay. ¿Pero cómo andamos de la cabeza pese a un tratamiento farmacológico tan agresivo?

sábado, 16 de febrero de 2019

El santo y el cínico - Jorge Bustos

El santo y el cínico - Jorge Bustos

Contra el prestigio martirial de Junqueras conspira una frase terrible de Oscar Wilde: "Nadie muere por lo que sabe que es cierto". Al exquisito irlandés le repugnaba el mecanismo religioso por el que el sufrimiento personal legitima una impostura intelectual. La cruz solemniza cualquier ficción. El ilustrado sabe que una causa es buena o mala en sí misma y no en función del dolor invertido en su reivindicación; pero la razón pura no opera fuera de la ciencia y desde luego no en la política, hábitat impuro donde la emoción mueve a diario voluntades contra toda lógica. El propio Wilde experimentó la necesidad de aferrarse a la trascendencia en la cárcel de Reading, donde su prosa más profunda se despojó de ironía.
Junqueras cree que su padecimiento es el peaje que Dios y la Historia le exigen para realizar en la tierra la república catalana. Y quizá el sacrificio -el mismo al que no están dispuestos ni Puigdemont ni Torra ni Torrent ni la mayoría filistea de los catalanes que los votan- sea para la independencia una condición necesaria, pero nunca suficiente. De la obsesión pueril que delata el anhelo de martirio ya nos advirtió, riéndose de sí misma, esa catalana llamada Teresa de Ávila que a los siete años partió a pie hacia Granada para que la descabezasen los moros; alcanzar la santidad le costó bastante más. Junqueras es libre de creer que su cautiverio aproxima la desintegración de la nación que dice amar, pero eso solo sucederá si el público -si todos los españoles- se rinde al espectáculo de su tormento y accede a liquidar la soberanía en referéndum constituyente. Acierta en cambio cuando declara que una condena no resolverá "el conflicto", lo cual es como decir que castigar a un ladrón no conviene a la redistribución de la riqueza. Oiga, apliquemos la ley sin desatender la fiscalidad.

Ahora bien. El martirio, para que surta su efecto proselitista, ha de obedecer a una elección libre. Y no está claro que Junqueras abrazara el castigo como manda su papel: más bien desafió al Estado en la convicción de que nadie se atrevería a encarcelarle. Luego, ya dentro, reescribió el relato para adaptar su dramático error de cálculo al género de la hagiografía. Lo mismo ha hecho Sánchez con la convocatoria electoral: trata de que olvidemos su terca intención de agotar la legislatura mediante la escenificación monclovita de una decisión propia, cuando sabemos que a través de Iglesias mendigó el apoyo del separatismo hasta la misma víspera de la votación presupuestaria. De modo que no estamos ante un santo y un cínico sino ante dos cínicos: uno trascendente y otro a corto plazo. Uno sueña con presidir una república al salir del trullo y otro con mantenerse en vuelo al abrir las urnas. Pero todas las mentiras acaban aterrizando. Y el procés y el sanchismo parecen ya pedir pista.

martes, 12 de febrero de 2019

Colón activa el tictac contra Pedro Sánchez - Jorge Bustos

Colón activa el tictac contra Pedro Sánchez - Jorge Bustos

La víspera dormí mal. Carezco de experiencia sobre el terreno en los Balcanes o Sudán del Sur, y sin embargo mi periódico se empeñaba en enviarme a cubrir una manifestación que según el PSOE y sus terminales mediáticas iba a convertir Colón en Nüremberg 1933. Claro que mis miedos se mezclaban con la promesa de la adrenalina: 36 años escuchando alertas antifascistas y al fin amanecía la jornada epifánica en la que conocería el rostro de la bestia.
Nada más llegar, sin embargo, me topé con una señora que regateaba con el vendedor de banderas apostado junto al Museo de Cera. Donde debían resonar las botas encontraba mocasines, y la única muestra de agresividad que pude anotar la protagonizó una niña que llamaba «golpista» a su hermanito por haberle efectivamente golpeado. La niña habría leído la palabra en el cartel de «Golpistas, a prisión» adherido a la estatua de Blas de Lezo, un lugar de lo más pertinente para esa proclama. Como pertinente parecía el título de la serie que Netflix publicitaba en la fachada del edificio Barclays: Examen de conciencia. Una necesidad colectiva tras ocho meses de sanchismo.
El gentío me impedía avanzar. Yo no me explicaba cómo tantos españoles podían haber salido a la calle arriesgándose al reproche antifascista de Adriana Lastra, pero en ocasiones el ser humano nos sorprende por su temeridad. Ahora bien, fijar el patrón facha tal como nos encomendaba Adri resultaba imposible: había señoras con mechas rubias y otras con el pelo granate, muchachos con monopatín y señores con el loden, vejetes ateridos y guapas de Serrano.
A ver si va a ser verdad que la reivindicación de la España constitucional no traduce más que el empeño de vivir juntos los distintos. Les unía la bandera y ese aire de urbanidad con que se manifiesta la gente de orden: podría decirse que las manifestaciones de derechas son sumas de individuos y no de masas empoderadas, y por eso no dejan tras de sí cascos de botella y mobiliario agredido.
En realidad se pedían dos cosas muy concretas, fácilmente detectables cuando la megafonía mentaba a los jueces o a las urnas. Entonces de las gargantas más frías nacían ovaciones espontáneas. No hay que ser politólogo para advertir que lo que moviliza a tantos españoles hoy es el castigo al golpe y elecciones cuanto antes. Lo vimos ya en Andalucía.
Hace cuatro años cubrí la marcha de Podemos desde Atocha hasta Sol, donde Pablo Iglesias activó la cuenta atrás para el asalto a los cielos. Tictac. Los cielos los ha terminado asaltando el Falcon de Sánchez pero los de Colón de hoy son tan ciudadanos como los de Sol de ayer y ya le han puesto el reloj en la oreja a ese abuso terminal de la paciencia que llamamos sanchismo.
Tictac, tictac. La cadencia mecánica del minutero desquicia al coro de propagandistas gubernamentales empeñado en distinguir a la ciudadanía, que a su juicio no quiere elecciones, del fascismo, que es el que las pide a gritos. Extraño fascismo ese que además de amante del sufragio y practicante de un civismo de boy scout se ciñó a un guion escrupulosamente constitucionalista. Otra cosa es que proclamar que la soberanía no admite negociación porque pertenece al conjunto del pueblo suene en los oídos del sanchismo –el político y el mediático– como un avemaría susurrado a la niña del exorcista.
Pero además del fascista y el sanchista –entendiendo por fascista todo aquel que no es sanchista– hay un tercer animalito en este zoo que es el más entrañable: el equidistante. Ese que dice que Sánchez mal pero que la oposición peor, todo el mundo perdiendo el decoro en este país, señor, qué solo murió Jovellanos, y toda esa estomagante salmodia narcisista de tuitero en bata que luego se arrogará el mérito de haber forzado el anticipo electoral si se produce, yo ya lo dije, esto tenía que caer y tal. En fin. El equidistante sufre una inflamación crónica de su honorabilidad que arruina sus argumentos por la falacia de la confluencia: a los nazis les gusta Wagner, si me ven en un concierto de Wagner me llamarán nazi; a Abascal le gusta la unidad de España, si me ven en una manifa por la unidad de España me llamarán Abascal. Y así todo en un país de marujas con un hipertrófico y paralizante sentido del ridículo.
Del tercerismo parece definitivamente arrancado Manuel Valls, que flanqueó a Rivera junto con Vargas Llosa y un puñado de banderas arcoíris interpuestas a modo de ajo progresista ante la amenaza vampírica de Vox que el sanchismo atiza sin descanso. Sólo una mente irrecuperablemente suspicaz ante la exhibición del rojigualda constitucional puede obviar el papel gregario –y perfectamente alineado con el 78– que ayer le cupo a Abascal y los suyos. Bajo el mínimo común denominador pactado persistieron las diferencias ideológicas dentro de la oposición, y así debe ser: hay muchas maneras de que no te guste Sánchez.
La foto de familia que cerró el acto se antojaba una encerrona diseñada por el PP para atraer a Rivera a la instantánea con Vox que el PP sí concedió en Andalucía; a lo que Rivera reaccionó subiéndose con medio partido para diluir el efecto. La uniformidad entre Cs, PP y Vox, más allá del rechazo al cambalache con Torra, es imposible y así debe ser.

Luego vendría la guerra de la propaganda disfrazada de recuento de asistentes. Seguramente Tezanos también predijo que llovería. La única manera de contarse es en las urnas: de eso iba esto. Entretanto la faz de Julia, la airosa escultura de Plensa, puede dar fe de la multitud que vino y vendrá a parafrasear aquello que los podemitas predicaban con acierto: porque fueron somos, porque somos serán. Españoles.

martes, 5 de febrero de 2019

Poco a poco - Juan José Millás

Poco a poco - Juan José Millás

Los hospitales madrileños realizaron un total de 820 trasplantes de órganos a lo largo de 2018. Trasplantes de riñón, hepáticos, cardíacos, pulmonares, de páncreas y hasta multiviscerales. Una barbaridad de carácter mecánico, pero también químico y fisiológico, no sé. Una proeza cotidiana, valga la contradicción, porque una hazaña diaria es una anti-hazaña. Todavía recordamos los primeros trasplantes de corazón, cuyos beneficiarios vivían unas horas, unos días con suerte, tal vez unas semanas. Ahora hay gente que lleva veinte o treinta años usando unos riñones ajenos, un corazón extraño, un páncreas intruso, y no pasa nada. Ahí están, a nuestro alrededor Hace años, un familiar mío entró en el hospital con muerte cerebral. Los médicos nos dijeron que su hígado se encontraba en muy buenas condiciones para ser trasplantado y dijimos que sí, que se lo dieran a quien le hiciera falta.
Leo la noticia de los 820 trasplantes en el metro, de camino a la radio, y luego levanto la vista para observar a mis contemporáneos (y contemporáneas, que con el genérico no alcanzo). Es posible que alguna de estas personas lleve dentro de sí el hígado del ser querido cuyos restos incineramos después de que le sacaran la preciada víscera. Tal vez esta señora que acaba de sentarse a mi lado esté viva gracias al órgano de mi familiar muerto: al pedazo de mi ser querido. Estamos hechos de pedazos que creemos propios, pero que sirven para cualquiera, no importa su sexo ni su nacionalidad ni su carácter. Funcionarían igual en un francés que en un catalán, en un individuo extrovertido que en un tímido.

Los hígados no tienen nacionalidad ni psicología. Los riñones tampoco, ni el páncreas, ni el corazón. Pieza a pieza no somos norteamericanos ni uruguayos, no somos nerviosos ni tranquilos. Pero el conjunto sí. El conjunto necesita una bandera, una individualidad, un yo. La señora se baja en Gran Vía y voy detrás de ella por los pasillos del subterráneo, que tienen algo de intestino. Tomamos las mismas escaleras mecánicas y, ya en la calle, ella se va hacia la derecha y yo hacia la izquierda. Me despido mentalmente de su hígado como si fuera el de mi madre y regreso poco a poco a mis preocupaciones cotidianas.

domingo, 3 de febrero de 2019

Pulpos - Juan José Millás

Pulpos - Juan José Millás

Se habla mucho de la sabiduría de los pulpos, que tienen un cerebro o así en cada tentáculo, pero nosotros tenemos un encéfalo en cada dedo. Miren, he cambiado de ordenador y apenas he tardado un par de horas en adaptarme al nuevo teclado. Pero no me he adaptado yo: lo han hecho mis dedos. Yo me limito a asistir, atónito, al proceso. Mientras escribo estas líneas, observo mis manos sobrevolando, como las dos alas de un pájaro, la superficie del portátil. Cada uno de sus apéndices es como la pluma de un pájaro: basta que se mueva ligeramente para que el ave gire o para que la pantalla del ordenador se llene de palabras que de izquierda a derecha y de arriba abajo van llenando la página. No soy yo, son ellos, los dedos los que saben dónde se encuentran las letras, los números y los signos de interrogación. Tan solo un par de horas, y las teclas se han hecho amigas de las yemas de mis pulgares, mis índices, mis anulares, y hasta de mis meñiques, pobres.
Yo no soy tan sociable como mis dedos. Yo no me llevo bien con las máquinas expendedoras de billetes del metro, no las comprendo, no comprendo a la mayoría de las máquinas, pero ahí están mis dedos para echarme una mano, o ahí están mis manos para echarme unos dedos. Yo observo con extrañeza mi nuevo portátil de 1.090 euros que contiene avances increíbles. Puedo dictarle, por ejemplo, y al momento aparece en la pantalla lo que yo acabo de decirle en voz alta. En esto entra mi mujer.
-Qué haces -dice.
-Dictándole un artículo al ordenador.
-Vale, vale, recuerda que hay que ir a la ferretería.

Pero mi lengua carece de la habilidad de mis dedos, porque donde yo dicto "he leído", el ordenador escribe "me he ido". Y no me he ido, sigo aquí, de modo que cierro el programa del dictado y regreso a los dedos, que no me decepcionan nunca, nunca. Gracias a ellos y a mis manos en general no soy completamente autista. Con mis extremidades he querido y me he hecho querer porque acarician muy bien. Pregúntenselo ustedes a mi gato, que ve la tele mientras lo manoseo. En fin, que queda inaugurado el nuevo aparato de escribir artículos, novelas y, con suerte, hasta alguna que otra poesía.

miércoles, 23 de enero de 2019

Cristiano y la magia del fútbol - David Torres

Cristiano y la magia del fútbol - David Torres

El fútbol tiene la virtud de embellecer todo lo que toca. Es como esos ambientadores con olor a pino, que algunos los colocan en una estantería cuando deberían ponérselos en el sobaco, o como esas pastillas que anuncian por la televisión, que enmascaran el olor a mierda para que el siguiente usuario piense que en el retrete crecen rosas. No hay más que ver las fotos de Cristiano Ronaldo en sus comienzos, cuando parecía un yonqui recién desembarcado de Madeira, y las de ahora, que le está haciendo la competencia a Cher. Es la magia del fútbol.
Cristiano temía el paseíllo ante el público y la prensa en la Audiencia Provincial de Madrid, por eso había solicitado que le dejaran entrar a los juzgados por el garaje. Visto lo visto, no tenía por qué. A la salida de la vista, le pidieron autógrafos, firmó camisetas y faltó únicamente que lo llevaran a hombros. La prensa española, en uno de sus momentos más altos, le preguntaba qué tal había ido el partido y si echaba de menos al Madrid tanto como el Madrid lo echaba de menos a él. Cristiano, siempre onomatopéyico, respondió: “Ya está, ya está, todo perfecto”. No era para menos: dos años y tres meses de prisión, que no cumplirá, y una multa de casi 19 millones de euros.
El ideario de la ultraderecha proclama que los inmigrantes nos roban y ahí está la prueba: un jugador de fútbol portugués autor de cuatro delitos fiscales en los que defraudó casi quince millones de euros a la Hacienda pública. En aquellos tiempos, Cristiano, siempre onomatopéyico, confesaba a los micrófonos al final de un partido: “Estoy triste”. Se ignoraba si lo decía por el monto total de la estafa, por la bajona del equipo o porque el Bernabeú no lo adoraba lo suficiente. De la tristeza a la perfección encarnada en la sonrisa cristalina de Cristiano, un tipo encantado de haberse conocido y que se tuneó la jeta barriobajera de sus comienzos a base de sesiones de cirugía estética hasta conseguir ese cutis multimillonario.
Pueden llamarme demagogo si quieren, pero yo creo que con catorce millones y pico de euros se pueden hacer muchas cosas, entre ellas, un montón de centros de ayuda a los refugiados. Esta semana nos despertamos con la noticia de un naufragio frente a las costas de Libia que se llevó la vida de más de cien personas, claro que ninguna de ellas sabía marcar un gol de chilena. El pasado viernes la ONG Caminando Fronteras anunció la desaparición de 53 inmigrantes tras el naufragio de una patera en el mar de Alborán que se encontraba perdida desde hacía una semana. Ese mismo día, la ONG alemana Sea Watch denunció la falta de colaboración de las autoridades italianas tras el hundimiento de una barcaza en la que viajaban casi treinta personas. En cambio, para buscar el avión privado donde viajaba Emiliano Sala, el flamante fichaje del Cardiff, y que se perdió en el Canal de la Mancha, cerca del paraíso fiscal de la isla de Guernsey, se movilizaron dos helicópteros, dos aviones y un bote salvavidas. Es la magia del fútbol.

viernes, 11 de enero de 2019

Cierra los ojos - Juan José Millás

Cierra los ojos - Juan José Millás

Las exploraciones interestelares en busca de una fotografía de la cara oculta de la Luna o de la Última Thule (excelente aliteración por cierto) tienen algo de colonoscopia, lo sabe cualquiera que se haya dejado examinar los intestinos. Curiosamente, las imágenes obtenidas no son muy distintas de las de una inspección gástrica: menudillos, tumores, rugosidades? Todo alude a una situación patológica. El Universo parece el resultado de una diarrea: gases, líquidos, residuos en descomposición, un guisante sin digerir? Uno de esos vestigios sólidos es la Tierra, donde las condiciones de su corteza han dado lugar a la aparición de patógenos clasificados por ellos mismos en vertebrados, invertebrados, etc. La Tierra es la bola de un escarabajo pelotero. Está llena de nutrientes (usted y yo, quizá), pero también de sustancias tóxicas (nosotros, tal vez). Y se expande. El universo se expande fruto de aquella ventosidad brutal conocida como el Big Bang. Continuará expandiéndose y nos iremos alejando de ese pedazo de fósforo que nos calienta y al que llamamos Sol. Por algo los artilugios que enviamos al espacio se denominan sondas. Es lo que son. Como la sonda que el médico ha introducido en tu cuerpo y que ahora se encuentra en la zona del colon enviando a la base, o sea, al monitor imágenes que el gastroenterólogo interpreta sagazmente. Ahí está la cara oculta de tu cuerpo y también tu Última Thule. Llama la atención el modo en que el ser humano se investiga a sí mismo. Al espejo de toda la vida, en el que nos vemos la piel, se suma ahora el espejo de dentro, el de las vísceras. Al telescopio de siempre, que nos proporcionaba excelentes vistas de la superficie, se suceden ahora estas sondas que constituyen un modo de meterle el dedo por el culo al Universo para comprobar el tamaño de la próstata. -Le acabo de quitar unos pólipos que no tenían buena pinta -te dice el médico cuando vuelves de la anestesia. -¿Y al Universo? ¿Qué le han quitado al Universo? El médico se vuelve a la enfermera: -No se ha despertado todavía. Tú cierras los ojos y ahí está, una vez más, la Última Thule.

lunes, 31 de diciembre de 2018

El pollo rey y el gallo viejo - Raúl del Pozo

El pollo rey y el gallo viejo - Raúl del Pozo

UN DÍA DE LOS AÑOS 90 me llamaron de Zarzuela diciendo que me iba a recibir el Rey Juan Carlos. Cogí un taxi y me presenté en La Zarzuela. Esperé en una sala de madera hasta que me pasaron adonde esperaba el Monarca. Durante unos minutos viví una situación absurda. Me habían dicho que al Rey no se le debe preguntar ni decirle la verdad, y yo no hablaba, ni Juan Carlos tampoco. Sospeché que él había olvidado para qué me habían citado. Pronunciamos monosílabos confusos sobre el tiempo, sobre restaurantes y sobre Madrid, hasta que pensé que había que decir algo fuerte para llamar la atención de Su Majestad. Le dije de sopetón: "Señor, se ha dicho estos días que se había fugado a Suiza con Lady Di". Y el Rey, sin pensarlo dos veces, contestó: "Si Lady Di no tiene culo. La he visto en Marivent en bikini y te lo digo como macho: no tiene culo".
A partir de este momento la conversación fue disparatada, indiscreta, sorprendente, pero cuando terminamos de hablar y yo me iba, el Rey debió recordar por qué estaba yo allí y dijo con energía: "Cuando tengas que hablar algo relativo a mi hijo, el Príncipe de Asturias, llámame para confirmar la noticia aunque sean las dos de la mañana. Yo ya me he ganado el reinado, pero mi hijo tiene que ganárselo".
Al Rey lo que le preocupaba era el futuro de la institución tan expuesta a las abdicaciones, los exilios y las restauraciones. Recordé mientras salía de palacio que unos días antes yo había escrito que Felipe de Borbón estaba enamorado de Eva Sannum y había amenazado a sus padres advirtiéndoles de que era capaz de renunciar a sus derechos dinásticos si no le dejaban casarse con la modelo. Nunca olvidé aquel recado de Juan Carlos I y tampoco nunca creí aquello que escribió el guardaespaldas de Lady Di sobre el intento de Juan Carlos de seducirla ni las palabras de Diana de Gales diciendo que el Rey de España era un sobón.
Lo han destronado por su mala conducta, pero Juan Carlos sigue siendo la referencia universal de nuestra democracia
Siempre tuve presente aquella advertencia sobre su hijo y el inmenso cariño con que lo mencionó, y sobre todo lo tuve en cuenta cuando se ha sabido que la relación entre los dos ha pasado por momentos difíciles. En la historia de los reyes de Shakespeare suelen estallar celos y hasta guerras entre príncipes y bastardos, reinas y favoritas, y sobre todo, entre padres e hijos cuando está en juego la corona. Quizás hubo celos, complicados con el complejo de Edipo y el amor a la madre Doña Sofía, entre el pollo y el gallo viejo destronado. Dice Sancho, "el rey es mi gallo", pero cuando hay dos en el mismo corral se disputan el palo más alto del gallinero y se convierten en basiliscos, porque los dos simbolizan la arrogancia y la majestad.
Hubo incomunicación y recelo, errores de protocolo, necesidades de Estado y de apariencia y se intentó quitar de en medio, de las fotos y los fastos, al Rey cesado cuando en la calle se gritaba: "Hay que tumbar el régimen del 78", "no hay dos sin tres, República otra vez". Esta vez a la Monarquía-nómada, itinerante, se la querían cargar los nacional-populistas y la izquierda comunista que fue el gran apoyo de Juan Carlos en la Transición. Era un mal momento para desencuentros y disgustos entre padre e hijo. Los estúpidos áulicos siguieron desairando a Juan Carlos impidiéndole que fuera a veranear a Mallorca con la familia o borrándole del aniversario de la democracia. Luego, por fin, le dieron su sitio en la ceremonia del aniversario de la Constitución.

Motero, piloto de combate, golfo, ha sufrido accidentes en cacerías o practicando el esquí. Ha tenido cientos de amantes. Lo han destronado por su mala conducta, pero Juan Carlos sigue siendo la referencia universal de nuestra democracia, uno de los pocos reyes buenos de la Historia, un estadista heterodoxo y castizo, inteligente y cautivador. Y sobre todo, siempre ha amado a su hijo y ha trabajado por el futuro de esta institución. Me cuentan que está feliz. Va a las cacerías y sólo tira a pluma, ha abandonado las monterías y ya no mata elefantes. "La relación con su hijo es magnífica aunque le preocupen el futuro de la Monarquía y la inestabilidad de España. Cree que Felipe VI lo está haciendo muy bien".

lunes, 17 de diciembre de 2018

Casado resucita al PP - isabel San Sebastián

Casado resucita al PP - isabel San Sebastián

El centro-derecha vuelve dividido, aunque con fuerza, al escenario que abandonó hace una década
Frente a un Pedro Sánchez nervioso, de manos inquietas, vacuidad argumental revestida de verborreica solemnidad y actitud arrogante a falta de razones de peso, Pablo Casado apareció ayer en el Congreso como un político sólido, de convicciones firmes y discurso bien armado. No solo un gran parlamentario, capaz de hablar sin papeles como hacen quienes creen de verdad en lo que dicen, sino un auténtico líder, dispuesto a conducir nuevamente a su partido a las posiciones ideológicas que abandonó el marianismo en aras de un relativismo suicida.
El nuevo dirigente del PP propinó al presidente del Gobierno una paliza dialéctica de las que duelen. Lo derrotó en todos los frentes: el europeo, el económico, el nacional y el catalán. Mientras Sánchez, como es habitual en él, se refugiaba en la chulería, la vaguedad y un buenismo infantiloide, Casado desgranó un rosario de hechos inapelables. Le faltó una gran dosis de autocrítica, tal como le reprochó Albert Rivera, dado que la situación de ruptura a la que ha llegado España se debe en buena medida a los errores cometidos por el Ejecutivo de Rajoy, pero acertó en el fondo, acertó en el tono, acertó en el diagnóstico y acertó en el tratamiento. Si el discurso de Casado recoge el contenido de su pensamiento y expresa sus intenciones, si refleja la línea de actuación que está dispuesto a seguir a partir de ahora, prescindiendo de los peones que encarnan precisamente la posición contraria, cabe confiar en que de su mano resucite el Partido Popular que conocimos antaño, antes de que los complejos y la debilidad vaciaran de contenido sus siglas.
El centro-derecha vuelve por fin con fuerza al escenario que abandonó inexplicablemente hace una década. Regresa dividido en tres, pero regresa. Si la irrupción ruidosa de Vox en el panorama político ha producido ese efecto, bienvenida sea. Porque hacía tiempo que muchos españoles anhelábamos oír hablar de España con naturalidad, sin que nuestro patriotismo, homologable al de cualquier vecino europeo, fuese asimilado a posiciones fascistas. Hacía tiempo que ansiábamos escuchar en la sede de la soberanía nacional una refutación convencida y contundente de las tesis separatistas, más allá de las basadas en la mera conveniencia económica. Hacía tiempo que soñábamos con asistir a un debate en el que varias fuerzas pugnaran por representar mejor a quienes amamos a España, creemos en los principios que consagra la Constitución y exigimos que el Gobierno los defienda con todos los medios a su alcance, sin recular ante los dogmas impuestos por la dictadura de lo políticamente correcto; sin regresar una y otra vez a un «diálogo» absurdo y estéril, abocado a chocar contra un muro de supremacismo cada vez más envalentonado; sin claudicar ante las exigencias liberticidas del independentismo, como hizo Zapatero ante ETA; sin abandonar a su suerte a quienes, pese a todo lo ocurrido, siguen confiando en el Estado de Derecho. Ayer, después de mucho esperar, vimos al PP y Ciudadanos protagonizar brillantemente esa pugna, frente a un sanchismo impotente, enterrador del PSOE en Andalucía, echado en brazos del golpismo y rehén del populismo podemita, que balbucea frases copiadas de algún manual de citas y apelaciones al lobo de la extrema derecha, en lugar de cumplir con su obligación de gobernar. ¡Nunca es tarde si la dicha llega!

España ha reaccionado. Harta de agresiones, harta de provocaciones, harta de desafíos y de ofensas, la Nación ha recuperado la voz a través de los líderes orgullosos de representarla. Ahora falta que quien ocupa el poder merced a un pacto con sus enemigos permita hablar a la ciudadanía.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Los desacostumbrados - Manuel Jabois

Los desacostumbrados - Manuel Jabois

Si una persona le corta el clítoris a su hija de once años, o la obliga a casarse con un señor de cincuenta, o la mata, se le juzga no en atención a nuestras sagradas costumbres sino a nuestra sagrada ley
Si Pablo Casado estuviese rodeado de buenos asesores, o asesores sin más, o simplemente rodeado, alguien le habría hecho llegar el sábado un ejemplar de Yo tuve un sueño, de Juan Pablo Villalobos. Ese día, Casado pronunció una de las frases que marcan la vida política de una persona y veremos si la de un partido: “O los inmigrantes respetan las costumbres de Occidente o se han equivocado de país. (…) Aquí no hay ablación de clítoris, aquí no se matan los carneros en casa y aquí no hay un problema de seguridad ciudadana”. Ni de izquierdas ni de derechas, efectivamente, pero con dramático giro de guion.
Olvida Casado que si España permitiese eso, huirían también. La ablación del clítoris y la seguridad ciudadana son dos de los muchos motivos por los que los inmigrantes escapan de sus países: quieren entrar en España para que no les mutilen y para que no los maten en una guerra, amén de otras ventajas, ninguna de ellas fiscal.
Huyen no de sus costumbres, sino de sus anomalías, y lo hacen para dirigirse a una sociedad en la que los crímenes no son juzgados por Dios ni por terroristas, sino por los tribunales de justicia. En España, como sabe Casado, no se castigan las costumbres, se castigan los delitos. Por eso, si una persona le corta el clítoris a su hija de 11 años, o la obliga a casarse con un señor de 50, o la mata, se le juzga y se le mete en la cárcel no en atención a nuestras sagradas costumbres, sino a nuestra sagrada ley. Decir lo del carnero ya es directamente sacarse la careta y pisarla.
Al otro lado del Atlántico, el escritor Juan Pablo Villalobos ha construido una crónica sobre el viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos. Hay pocas cosas más idénticas que la desesperación y el miedo de un migrante. No es un ensayo, ni una ficción, ni enseña a pensar: sólo muestra. Se levanta sobre el testimonio real de 10 menores que no lo abandonan todo, sino que van en busca de lo que les abandonó a ellos, casi siempre sus familias. Es un libro corto y seco, quizás el libro que más se parece a su tiempo político y el que mejor explica las cosas, precisamente porque deja que se expliquen solas.
Uno de los niños cuenta el viaje frustrado de su madre a Estados Unidos; allí trabajaba para mandarles dinero, un dinero que las maras, en su país de origen, reclamaban para ellas. “Mi mamá trabajaba para pagarles a los pandilleros y por eso mi abuela se cansó y ya no quiso pagar y la mataron. Y también mataron a mi tío. Por eso mejor nos venimos. Kevin decía siempre que prefería morirse en México que en Guatemala. Siempre me decía: Nicole, prefiero morirme en el camino”.

La versión lujosa que Casado dio sobre la inmigración se contrapone, como tantas otras versiones lujosas de problemas que afectan a los demás, a la realidad. Pero cala, vaya si cala. Hay pocas cosas más peligrosas que una sociedad permeable a los delirios: una sociedad a la que se le inocula un miedo artificial. Por eso el peligro de la ultraderecha no es su existencia, sino la resistencia a definirla como lo que es, asumir su agenda hasta elevarla al centro del debate y homologarla como pieza parlamentaria de utilidad. Citar como ha citado Casado literalmente el “no hay sitio para todos” o esgrimir la falacia del aprovechamiento de las “ayudas sociales” coloca al PP más cerca de costumbres antidemocráticas que de la ley, y es sabido que quien hace eso se equivoca de país, por el bien del país.

Juego de patriotas - Juan Manuel de Prada

Juego de patriotas - Juan Manuel de Prada

Con patriotas como estos se hacía antaño un patio de Monipodio como de perlas; y hogaño se hace un «gobierno bonito» y paritario
Afirmaba Julio Camba que en España hay muchas personas de cuyo patriotismo no tenemos otra noticia que las gallinas que se engullen, las copas que se sorben o los cigarros que se fuman. A estas formas de falso patriotismo habría que añadir la de aquellos de los que no tenemos otra noticia que los euros que escaquean. El gobierno del doctor Sánchez, por ejemplo, es un parque temático de este tipo de patriotismo: tenemos a Pedro Duque, el ministro astronauta, que después de saltarse alegremente la ley de gravedad, decidió saltarse todas las leyes fiscales; tenemos a Isabel Celaá, la escamoteadora de Villas Meonas; tenemos a Nadia Calviño, que baraja los testaferros como si fuesen naipes; tenemos a María Luisa Carcedo, más experta en dietas que el dómine Cabra… Y tenemos a Borrell, al que hay que echar de comer aparte.
Con patriotas como estos se hacía antaño un patio de Monipodio como de perlas; y hogaño se hace un «gobierno bonito» y paritario. Entre toda esta olimpiada de ministros patriotas ninguno nos causa tanto pasmo como Josep Borrell, de quien podría decirse aquello que Talleyrand decía de su rival Fouché: «Desprecia tanto a la Humanidad porque se conoce bien a sí mismo». En Borrell, sin embargo, todo el mundo ve, misteriosamente, un nuevo Talleyrand al que se concede licencia para perpetrar todo tipo de trapisondas, desde las más veniales hasta las más gruesas. Así, por ejemplo, se le perdona la pantomima que montó en el Congreso, a costa de un escupitajo fantasmal que exageró como si lo hubiesen nevado a gargajos. Y se le perdonan sus lastimosos devaneos con ese poderoso caballero «que da y quita el decoro / y quebranta cualquier fuero». Ya antes de que fuera ministro, se supo que Borrell había sido palomo en un chirlata de interné, donde primero le excitaron la avaricia y después le madrugaron una fortuna. Y ahora sabemos que hizo un birlibirloque muy patriótico con acciones de una compañía que administraba, al saber que estaba a punto de quebrar (y, según se cuenta, la información privilegiada se la pasó otro patriota como la copa de un pino, entonces presidente de la compañía en quiebra y hogaño secretario de Estado).

A todos estos lastimosos enjuagues, que delatan al hombre patéticamente corroído por el gusanillo de la codicia, añade Borrell una ejecutoria grimosa como ministro, con episodios de indolencia y chapucería superlativos, como el reciente fiasco de Gibraltar. Pero todo este ramillete de fechorías se le perdona a Borrell porque se le tiene por un gran defensor de la unidad de España, que al parecer consiste en dejar España hecha una escombrera, a merced de especuladores y garduñas bursátiles, mientras nuestro dinero toma las de Villadiego. Pero lo cierto es que Borrell no cree en la unidad de España, sino en el blindaje del Estado-Leviatán al servicio de la plutocracia europeísta. Alguien que, en contra de la estelada (bandera inventada a medias), enarbola la bandera de la Unión Europea (que es una invención completa), como hace Borrell, demuestra que no ve en España una patria digna de ser amada, sino un engendro artificial, un Frankenstein putrefacto que sólo puede despertar aborrecimiento entre quienes aún no tengan tupidas las meninges por el patrioterismo pauloviano. Pues esta visión hórrida de España, contraria a su historia y tradición política, contraria a su realidad biológica y espiritual, es la mayor fábrica de independentistas que uno imaginarse pueda. Sólo el patrioterismo pauloviano puede tener por paladín a Borrell, quien podría ostentar como lema aquellas palabras que Pío XI dedicó al dinero apátrida, que allá donde encuentra su provecho funda su patria: Ubi bene, ibi patria est.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Gordos fuera - David Torres

Gordos fuera - David Torres

Durante varias horas, ayer martes, planeó la noticia de que la Conselleria de Sanitat de Valencia había prohibido la incineración de cadáveres con obesidad mórbida, con lo que daba la impresión de que los pobres gordos moribundos deberían ir pensando emigrar a Murcia o a Albacete justo antes de su deceso. La noticia sonaba rara incluso para Valencia, que es una tierra propensa a los fenómenos paranormales: la Ciudad de las Artes y las Ciencias, Terra Mítica, la visita del Papa y cosas así. No se entendía que la grasa, con lo bien que arde, fuese vetada en la patria de Las Fallas y más o menos en la misma costa donde Chirbes ambientó una novela llamada precisamente Crematorio. La muerte nos iguala a todos excepto a los gordos.
Al rato, alguien en la Conselleria reaccionó al revuelo mediático y dio marcha atrás al veto, especialmente cuando se hizo público que el motivo de la prohibición era la elevada cantidad de combustible requerido para incinerar a un gordo y lo que iba a contaminar luego el medio ambiente. El comunicado de Sanidad especificaba además que la cremación de corpachones demasiado voluminosos podía generar problemas técnicos en las instalaciones, una excusa que parecía calcada de Ryanair y sus tarifas abusivas por exceso de equipaje. Verdaderamente, el concepto de que un gordo a la parrilla gasta un montón de cerillas, cuesta mucho quemarlo y produce más humo que tres flacos de una tacada da una idea de lo necesarias que son las Consejerías, por no hablar de ciertos consejeros.
Esta noticia mortuoria se corresponde en el plano vital con el desafío médico propuesto por el municipio de Narón, en el que el pueblo entero (39.000 almas, el 40% de ellas con sobrepeso) se ha comprometido a bajar cien mil kilos de peso en dos años. Se trata -dicen las autoridades responsables- de promover el ejercicio y fomentar hábitos saludables de alimentación, pero qué quieren que les diga, a mí eso de suprimir los gordos del paisaje urbano me suena a totalitarismo, igual que lo de pesar los muertos, como si para acabar en un tarro de ceniza tuviesen que desfilar primero por la Pasarela Cibeles. Ni siquiera Hitler, cuya plana mayor estaba formada mayormente por esqueletos en diversos estados de descomposición, consiguió que adelgazara el mariscal Göring.
Una tarde que no tenía otra cosa qué hacer, zapeando por esos canales perdidos de la televisión profunda, di con un reality increíble titulado Mi vida con 300 kilos. Tuve que frotarme los ojos cuando comprobé que el título no era una hipérbole y que allí había pacientes que arrastraban su propio campo gravitatorio. Prácticamente todos ellos se concentran en Estados Unidos, quizá por la mala alimentación o porque, como dice mi mi amigo Jesús Llano: “No hay gordos en Etiopía”. Salían una madre y una hija que pesaban entre las dos más de media tonelada y cuya dieta principal consistía en una especie de bocadillo de ensalada. La hija había mejorado la receta original envolviendo filetes empanados de cerdo en unas enormes hojas de lechuga. No entiendo cómo lograron engañar a la báscula, pero al cabo de unos meses ambas habían perdido ciento y pico kilos, una proeza alucinante cuando pienso en lo que me costó a mí bajar de los noventa. “No estoy gordo, estoy fuerte” o “No estoy gordo, soy de pecho bajo” son algunas camisetas que podía haber llevado entonces, aunque me hubiera gustado más una que dijera “No estoy gordo, estoy cerca”.
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jueves, 8 de noviembre de 2018

La moto de Pedro Sánchez - David Torres

La moto de Pedro Sánchez - David Torres

¿Qué es robar un banco comparado con el Tribunal Supremo? El órgano máximo de la judicatura acaba de darle un nuevo empujón a la famosa máxima de Bertolt Brecht, según la cual todo lo que pueda extraer un ladrón de un banco siempre será en defensa propia y además tiene cien años de perdón. Hace unas semanas, el Supremo pegó un gatillazo espectacular tras follarse a la banca en una sentencia sobre el impuesto hipotecario. Fue un caso único tanto en la literatura médica como en la judicial, ya que había que rastrear con lupa para encontrar un caso semejante de gatillazo post-coitum, incluidas la retirada del semen a la bolsa escrotal y disculpas públicas al respetable que aquella noche llenaba la sala porno.
Fue Bismarck, el imponente canciller alemán, quien advirtió que nadie obedecería las leyes ni comería salchichas si supiera cómo se hacen unas y otras. Estas últimas semanas, el pueblo español no sólo ha tenido un atisbo demasiado explícito de cómo se cocinan los apaños judiciales sino que además ha visto a través de la rendija del dormitorio cómo se daba la vuelta a la tortilla y al final era la banca la que se follaba al Tribunal Supremo. Sin condón ni medidas de protección sexual ni métodos contraceptivos: a fondo, a pelo y hasta la última gota. Perdonen los detalles y las disculpas, pero así es la banca, digo, la vida.
Nada más conocerse la decisión, Pedro Sánchez anunció que arreglaría los desperfectos gracias a una maniobra inédita en la sala de máquinas: ya que el poder judicial se había atascado en plena jodienda, Sánchez, desde el timón del ejecutivo, bajará hasta la sentina del legislativo para hacer los arreglos pertinentes. Con lo fácil que sería eliminar el impuesto y agilizar los trámites hipotecarios al estilo sueco, tal y como sugería Rikard Anderson en este mismo diario, es decir, obligar al sector financiero a que cumpla su función social a la hora de conceder un préstamo. Sánchez, en cambio, en previsión de que la banca vuelva a cargar los costes a lomos del sufrido contribuyente, ya ha untado de vaselina su filípica apelando para que esto no suceda a “la responsabilidad del sector financiero”. Como siempre, el psocialismo en España consiste en vender una moto, descubrir los problemas treinta años tarde, señalarlos con mucho escándalo y dejarlos luego en el mismo sitio. El impuesto hipotecario es como el cadáver de Franco, putrefacto, maloliente e inamovible.
Sánchez es un tipo que sale indemne de cualquier batacazo, incluso apuñalamientos por la espalda, así que tampoco se espera que en esta ocasión se haga mucho daño. Ha subido a la palestra igual que Evel Knievel, aquel legendario motorista de acrobacias que saltaba por encima de ristras de automóviles, murallas de fuego, hileras de autobuses y piscinas llenas de tiburones. A lo largo de su dilatada carrera y a través de diversos y vistosos accidentes, se fue rompiendo la pelvis, el fémur, la cadera, el cúbito y el radio hasta acabar ingresando en el Libro Guiness de los Records como el hombre con más fracturas de hueso contabilizadas en el planeta: 433 para ser exactos. Knievel dijo una vez que cualquiera puede saltar con una moto, el problema llega a la hora del aterrizaje. Sus motocicletas no salieron tan bien paradas como él, pero tranquilos, que en este caso la moto somos nosotros.
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domingo, 28 de octubre de 2018

20 años de erecciones - Jesús Ruíz Mantilla

20 años de erecciones - Jesús Ruíz Mantilla

NACIÓ COMO un fracaso. Lo que se intuía como un simple alivio fue una revolución. Así surgió el Viagra. Fue un efecto secundario que se convirtió en una descarga de felicidad universal al llegar hace 20 años a las farmacias. Y a las alcobas. Cuando sus precursores, comandados por el ­premio Nobel estadounidense Robert Furchgott, buscaban remedio a las enfermedades cardiovasculares con el sildenafilo, se dieron cuenta de que apenas ­producía efectos sobre la angina de pecho, pero sí de bulto en el pene de quienes lo tomaban. Apesadumbrados pero medio sonrientes, intuyeron que podían alargar muchos sueños…
Uno suele rehuir la entrada en los hospitales. Cada cual tiene sus razones. Pero el deber llama para el aniversario de los 20 años de la llegada del viagra a España y ahí que nos presentamos en el 12 de Octubre para consultar al doctor Javier Romero Otero. Es toda una autoridad en urología. Cuando lleva cinco minutos de conversación específica, divulgativa, directa y adornada a base de dibujos instantáneos con todo tipo de vasos sanguíneos y aparatos reproductores bien marcados sobre el folio en blanco, mira de reojo y tira diagnóstico:
—En los años en que se ha asentado el viagra, aparte de la disfunción eréctil, ha cambiado el paradigma de otras enfermedades, como las cardiovasculares. Quienes presentan síntomas de lo primero es muy probable que en dos años o así puedan padecer problemas de corazón. Así que quienes llevan vida sedentaria y van sobrados de peso quedan sobre aviso…
Agradecida la prevención, fuera del despacho recapitulamos: ¡el viagra fue la bomba! Lo han comprado 66 millones de personas en todo el mundo, según el laboratorio Pfizer, y solo en España, calculan, ha favorecido 50 millones de relaciones sexuales desde su aparición. La marca pionera se forró inicialmente: de los 100 millones de dólares previstos para el primer año pasó a 1.000. Resultó ser el primer potenciador a escala global. Luego se le unieron otras marcas con distintos efectos y fórmula —Levitra, Cialis…— para elegir lo que más convenga. Incluso los genéricos en los últimos años, a un precio mucho más asequible, junto a los timos por Internet. Aunque en Pfizer ahora afronten el bajón por culpa de un mercado mucho más variado, el laboratorio ya ha pasado a la historia como pionero.
Además, con el tiempo, el medicamento mutó también hacia sus propósitos iniciales y transformó el diagnóstico de la disfunción eréctil. Lo hizo pasar del terreno de la enfermedad psicosomática al campo coronario de nuevo, porque comenzó a verse como síntoma de problemas cardiovasculares.
Bien… Si es así, ¿por qué, tal como cuenta un varón activo con 70 años —nadie quiere dar nombres a su experiencia en este reportaje, salvo los expertos—, los de su quinta aún tienen reservas para probarlo? Más si, como dice Ramón Abascal, urólogo también del hospital Central de Oviedo, “está claro que la medicina ha dado más gustos que disgustos”.
Este hombre de 70 años anduvo sin ayuda hasta los 62. “Empecé a fallar en 2012”. Por entonces tenía pareja estable, pero como monógamo propiamente no se le puede calificar. Ahora tampoco abusa, aunque lo ha probado casi todo en el campo de la disfunción, aparte del Viagra: “Todos producen el mismo sofoco. Pero para relaciones estables viene mejor el Cialis. Mientras que para esporádicas, el Levitra”, aconseja hecho todo un oráculo. “Aunque, bueno, yo con cuatro o cinco veces a la semana voy que chuto, no soy de los que andan dando el salto del tigre”.
¿A la edad que tiene? Inevitable recordar a Luis Buñuel cuando en sus memorias confiesa que estaba deseando llegar a ciertos años para librarse de la tiranía del deseo: ¿Qué hubiera sido del maestro en la era del viagra? Misterio.
Sin embrago, con nuestro amigo septuagenario se impone la naturalidad sin aditivos doctrinarios ni traumas oscuros. Pertenece a una generación que creció preparándose para que un día la fiesta se acabara. Había que aprovechar lo máximo entre los huecos que dejaba la mala conciencia de las primeras masturbaciones con obligada penitencia de confesión, una expectativa de matrimonio y el ocaso. Él ha tratado de rebelarse contra esa hoja de ruta. Por eso, cuando conoció el invento que en octubre de 1998 se introdujo en España, lo recibió como un milagro.
En España han tenido lugar 50 millones de coitos gracias al viagra, calcula el laboratorio Pfizer
Aquel primer año batió marcas pese al precio: se vendieron 1,5 millones de pastillas a 7.000 pesetas (42 euros) la caja de cuatro unidades de 50 mg. Una buena acogida para un país en el que se calculaba que dos millones de hombres sufrían disfunción eréctil. Las ventas aumentaron el año siguiente a velocidad desaforada, con un incremento del 60% en los siguientes 12 meses. Nada más aparecer, como quien dice, entre 40.000 y 50.000 españoles optaron por probar. “Ha cambiado la vida de mucha gente. Hablan de jóvenes suficientemente preparados, pero resulta que ahora los jubilados también nos sentimos suficientemente preparados”, comenta nuestro setentero. “A mí el viagra me ha venido muy bien. Me ha aportado mucha seguridad, por eso me resulta raro que a algunos de mi quinta les produzca reparo, sientan que si lo toman les puede dar algo. Claro que a muchos los comprendo. Cuando llevas 35 años casado, a lo mejor lo que falla es la libido, no otra cosa. Y no es que yo sea Tarzán, a ver si me entiendes. La perspectiva que te pone por delante es como la de las nuevas tecnologías. Uno no queda condenado. Con este invento, a cierta edad, tú decides cuándo parar, no tu cuerpo”.
Lo llamativo es cuando aparecen datos de consumo precoz. El remedio, que se había concebido para edades avanzadas, se extiende sin freno entre los jóvenes. Una paradoja implícita a su descubrimiento como efecto secundario.
Así como el equipo de Furchgott entendió su eficacia contra la disfunción eréctil y se olvidó de su propósito inicial, los veinteañeros y treintañeros lo utilizan como un seguro infalible ante las sorpresas inesperadas de la noche en edades donde debería instalarse la despreocupación. El viagra ha roto las fronteras de la edad, aunque este aspecto espante a los médicos, a los sexólogos, a los responsables de la salud pública. Fue también una prueba. Después pasó a ser un hecho. Ahora, entre muchos menores de 40 se ha convertido en hábito.
“Hoy cualquier buen camello contemporáneo que se precie ofrece viagra como mercancía junto a otros productos”. Lo comenta un catalán de 40 años con trabajo nocturno que comenzó a probarlo a los 31. “Me lo ofreció gratis un familiar que era visitador médico”, confiesa. Aquello tenía visos de parecer un test de mercado premeditado. Él empezó en plan lúdico con el Levitra. “Era mucho más agresivo que el Cialis, con el que estoy ahora. Viene bien para las primeras citas, cuando no conoces a la persona. Por una cuestión psicológica. A la segunda o tercera puede que ya no te haga falta. Lo que más me gusta es la erección continuada, en plan extended version, y que puedes liberar tu cabeza de la presión. Elimina el pudor, te hace sentir más viril”.
Aunque también, en lo que afecta al Levitra, dice, hay que andar con ojo. “Los efectos no deben llevar a engaño ni a que crean que eres un superhéroe. Al fin y al cabo, es una forma de doparse que te hace muchas veces sentirte confundido. ¿Es esto real?, te preguntas. Y no sabes responderte bien”. Por si acaso, nuestro trabajador nocturno confiesa poco a la otra parte si se mete la dosis o no. “Aunque cuando ya vas cogiendo confianza lo puedes llegar a comentar: ‘Esta noche, pastillita, ya verás’. Como una forma de amor incluso, de generosidad compartida y complicidad dentro del juego de pareja”.
No es lo que algún médico le ha dicho a otro hombre de 64 años que quiere compartir su experiencia: “Un urólogo me contó que al recetarlo en consulta contrastaba la sonrisa de ellos con la cara de terror de ellas, calibrando quizá cierto exceso de pasión”. Él lo probó hace siete años porque los efectos secundarios de otro medicamento le producían bajón. “Fue poco tiempo, pero muy útil. Soluciona el problema cuando se presenta. Ahora, desde luego, puede producir un priapismo sospechoso. La mujer con la que estaba entonces lo detectó. Pero he de decir que venían a ser erecciones nada molestas. Un descubrimiento, vamos. Para mí, el viagra ha sido un pequeño hito que ha hecho feliz a mucha gente. Te metes algo para poder llegar a más lugares y conocer otras cotas. De hecho, supongo que también habrá dado pie a muchas infidelidades, aprovechando las ganas”.
Infidelidad, maldita palabra. O viceversa. Casi integral, específica e identitaria dentro del mundo gay. Como tal se define quien nos ofrece el siguiente testimonio: 58 años y jamás osó acostarse con una mujer. “Como dicen mis amigos norteamericanos, soy un gay gold star”. Por no dar, no debió ni consentirle un beso a su única novia cuando ambos tenían 21 años: “Le dije: ‘Mira, no. Me gustan los hombres”. Y eso no se estilaba mucho en el pueblo norteño donde creció. Quizá por eso no le costó apenas adaptarse al ritmo de la capital. “Los gais, ya sabes: primero follar y luego ya, si eso, hablamos”. El sexo es el centro. Y en su caso, la penetración activa es fundamental. La única opción. “En eso pesa la infancia en el pueblo. Es cuestión de educación. Nos sentimos más machos. Nosotros la necesitamos; un pasivo, no lo creo. En mi generación esa distinción era importante. Ahora no tanto. Son mucho más versátiles”.
Comenzó a tomar las píldoras por recomendación de un psicólogo. “Los homosexuales de mi quinta somos algo neuróticos. Todo se encadena. La inestabilidad lleva al alcohol y de ahí a la disfunción. Comencé a tomar las pastillas y me producían náuseas, dolor de cabeza. Llegan los problemas de orgullo. Y, claro, también si se lo comentas a tu pareja, él puede pensar que puede ser un problema suyo, que no te excita o atrae lo suficiente. Al contrario también. Si tienes un amante más joven y casado con una mujer, como es mi caso, no se lo digo. ¿Dónde queda la autoestima?”.
Para él, la diferencia entre tomar y no tomar afecta. Prefiere seguir disfrutando del juego. “No someterme todavía a la eutanasia sexual, como dice un amigo. Pero tampoco me frustraría perder el deseo. Dejé de fumar, dejé de beber y ya no practico sexo tanto como practicaba. El tiempo lo lleno cocinando o yendo al cine”.
“Lo que más me gusta es que elimina el pudor y la presión, te hace sentir más viril”, comenta un hombre de 40 años
También parece cierto que en el mundo gay el efecto de una pastilla nunca se desaprovecha. “La urgencia la resolvemos sí o sí. Sabes que entras a las cinco en una sauna y puedes salir a las nueve de la noche. Siempre encuentras algo. Por no hablar de las aplicaciones. Yo no soy muy aficionado porque están acabando con los sitios de ambiente. Pero para un apretón sirven”. Otro aspecto donde aprecia el declive de esos locales es en una afición que no se daba entre los de su generación: “A los gais de mi edad no nos gustaba el fútbol, pero ahora entras en cualquier local de Chueca y están poniendo un partido. Hay sitios en los que, cuando aparezco, salto: ‘Pero ¿qué bar de maricones es este?”.
Puede que dentro del mundo gay se hable tanto de sexo como de sexualidad. Ana Flora Álvarez, terapeuta sexual, sabe por sus trabajos de campo a diario que entre los heterosexuales no ocurre. “Sobre todo, entre los hombres. Nosotras sí tratamos la sexualidad. Si supieran que la mayoría de las mujeres somos clitorianas antes que coitales, necesitarían menos viagra y lo reemplazarían por más trabajo de boca y manos”. También tiene reproches para ellas: “La masturbación no se da con la frecuencia ideal en las mujeres. Si no conocemos bien nuestro cuerpo y nuestros puntos erógenos, tampoco podremos transmitírselo a ellos”. Se cansa de advertirlo en sus terapias de grupo o sus reuniones de tupper sex, con todo tipo de artilugios propicios para la fantasía táctil.
Para fantasías, Estefanía, pocas. Lleva 20 de sus 51 años ejerciendo en la calle por el centro de Madrid. Su clientela oscila entre los veinteañeros y los octogenarios. En el bolso mete cada mañana preservativos y viagra. “La consigo porque me la procura un farmacéutico a cambio de un servicio”. Lleva mucha rabia encima. Desde niña: “Yo que no quería hacer el amor salvo con la persona que realmente quisiera, mira dónde he acabado”. En el oficio, dos hijos muertos y enterrados lejos y otro al que mantener. “No hace nada en la vida, pero si no le mando dinero y no me quiere hablar, yo ni duermo”. Así sobrevive ella amargada, pese a que muchas veces, más que sexo, lo que procura es psicología: “Lo del viagra muchas veces es cabeza. Los jóvenes van a lo que van, pero con las personas mayores hay que tener paciencia. Contratan el servicio, se toman la pastilla, se dan una vuelta y regresan. Muchos tienen esposa, por no contar casi todos, que yo les digo: ‘Si usted tiene su mujer, ¿a qué se viene acá?’. Me dicen que por morbo, así que yo les finjo. En la calle hay hombres que no le dan importancia a la belleza, sino al trato”. Aunque también abundan peligros: “Algunos viejos que con el viagra exigen hacerlo a pelo porque creen que sienten más profundo. Yo jamás trabajo así. Es para darles un cuascazo”.
Para pocos trotes anda este nuevo invitado a compartir sus experiencias con 65 años. Accede con gusto, porque presume de ser un experto provisto de 10 dedos y lengua. En su caso, el exceso de alcohol y drogas le llevaron demasiado pronto a tener problemas: “Con 45 años me di cuenta de que no me respondía bien ese amigo con quien tan maravillosamente me había entendido siempre: mi pene”. Un psiquiatra le dio el remedio. “El deseo no había desaparecido; las ganas, menos”. Pero el efecto tampoco fue tan deslumbrante como para otros: “Me dio confianza, pero el sexo, a veces, pasaba sin pena ni gloria”. Lo tomaba a hurtadillas. En alguna ocasión, precipitadamente. “Entonces me veía abocado al bendito onanismo. Otras funcionaba como un enorme afrodisiaco. Ahora ando retirado; si vuelvo a encontrar pareja, recurriré de nuevo a ello y dejaré mi vida de ermitaño”.
Si no fuera porque esta mujer de 52 años residente en Cataluña empujó a su pareja hacia el viagra, también él llevaría quizás una existencia de retiro. Pero ella siempre confió en el poder de la pastilla para prolongar sus relaciones, aunque tuviera sus decepciones: “Al abrir el maletero del coche de mi exmarido, descubrí bajo la alfombrilla esa que cubre la rueda de repuesto un paquete de Viagra. Si lo utilizó conmigo, no lo noté. Puede que fuera con otras…”. Aun así, no le tomó manía al medicamento. Al contrario, una vez divorciada y metida en otra relación, decidió utilizarla como regalo. “Mi pareja me invitó a un fin de semana romántico en las montañas. Era un poco chapado a la antigua. Yo no tenía ni idea de si lo había utilizado o no, el caso es que a mí él me encantaba y estaba decidida a disfrutar de su compañía”.
Fue a la farmacia y se asesoró. La noche pedía cena íntima y descorche de vino. “Te traigo un detalle, ábrelo”. Había envuelto el paquete casi con lazo. “¿Qué es?”, preguntó él. “Lo que llaman el éxtasis de la vida”, respondió ella. Se lo explicó con tacto, por si acaso se sentía ofendido en su virilidad, y él aceptó. Cuando llevaban una copa de vino y se disponían a servirse la segunda, él frenó. El alcohol estaba contraindicado para los efectos. Así que agua. Bailaron… “Entonces yo noté que aquello hacía efecto”, comenta ella, “por el roce”. Aun así, yo me di cuenta de que la cara le cambiaba de color. Siguieron, pero al entrar la madrugada el tono rojillo de los calores era morado: “Como el del vino tinto. ¡Coño! Me asusté. ¡Ay, Dios…!”. Para colmo, se le había inflamado un testículo.

Pero no entraron en pánico. Se fue al baño, leyó los efectos secundarios y se calmó. No le hizo ni caso a los síntomas. La experiencia había merecido la pena: “Había roto su apatía y descubierto una especie de fuego interior que permanecía apagado. Le salió el hombre”, comenta ella. Ni discutieron la conveniencia de seguir o no seguir tomándola. Aquello rompió un tabú en él y abrió un mundo para esta mujer madura que, con un divorcio a cuestas, tiene toda una segunda vida de plenitud por delante.