miércoles, 12 de noviembre de 2014

''Bueno, carallo, bueno’' - Juan Tallón

''Bueno, carallo, bueno’' - Juan Tallón

ME ASOMBRA LA gente que hace cosas, aunque sea vender tornillos o ganar Winbledon. Pero, ¿y los que no hacen nada? También me asombran. Viven en una tonalidad distinta al resto. No creo que sea fácil alcanzar ese estado de ánimo con el que te pasas los días diciendo «esto no», «esto tampoco», «ni loco», «ni que me paguen», «en otro momento», «bueno, carallo, bueno». Cualquiera tiene una semana inhóspita, en la que va del sofá a su habitación, de la habitación de nuevo al sofá, de casa al bar, y entremedias se masturba cinco veces al día para alejar los fantasmas personales. Son escenas casi alucinantes. Todos atravesamos períodos oscuros en los que nos abandonamos y preferimos no hacer nada, salvo cinco cositas muy puntales para no perder los estribos. Pero transcurridos dos meses, esa vida te cansa. Empiezas a advertir que los minutos saben a cerveza caliente. De pronto, echas de menos quedar atrapado en un atasco, las colas para abonar un recibo en el banco, e incluso las miradas displicentes de tu jefe, sugiriendo que eres un inútil que no sirves ni para estar tirado en la cama.
No hacer nada, en ocasiones, también puede ser un trabajo. En Ourense, cerca de mi casa, hay una tienda de filatelia, numismática y minerales, en la que nunca entra nadie. Cuando se tienta a la suerte, se asoma alguien por la puerta y pregunta si tienen baño, o dónde puede encontrar una farmacia. Inexplicablemente, hace décadas que la tienda permanece en la brecha, como si se tratase de un negocio boyante, en continua expansión. Es muy raro. Supongo que a la dueña, una señora gruesa y bajita, con gafas y pelo blanco, le va bien así, y que entre unas cosas y otras, le cuadran las cuentas a final de mes. El dinero es muy caprichoso. Cuando no lo tienes, a veces es cuando más abunda; no sabes qué hacer con él. Yo nunca sufrí tantas penurias como en la época que ganaba 5.000 mil euros al mes y me pasaba el día gastando sin sentido. Mi madre no entendía que llamase a casa para que me ingresaran 300 euros de cuando en vez, y yo no sabía explicárselo, sinceramente.
La tienda se acostumbró al silencio, a que la puerta no se abra, a que los paraguas no goteen en el suelo cuando llueve, a que no haya cambio en la caja registradora. Los días que me coincide pasar por delante, miro a través del escaparate y la dueña siempre está reclinada, con las tetas sobre el mostrador. Su gesto es de una desgana profunda. Parece lejanamente triste, con la mirada exiliada. Tal vez rece para que no entre nadie a molestar y que la máquina de hacer dinero no se detenga. En mi idea cándida de los negocios, temo que si un día se invirtiese la dialéctica, y de repente empezase a existir movimiento en el local, y gente entrando y saliendo con bolsas llenas, que obligase a facturar, y realizar más pedidos, y contratar personal, la tienda quebraría.

Si lo piensas bien, con la desgana se pueden hacer grandes cosas, además de dirigir un negocio a camino entre la desolación y la gloria. El Meursault de Camus, por lo pronto, comete con su apatía uno de los crímenes más bellos de la literatura. El protagonista de ‘El extranjero’ acaba con un hombre en la playa no de manera premeditada, expresa, sino vacilante, casi desinteresado en el tema, empujado a ese gesto por un sol deslumbrante que lo aturde.
La desgana provee. Yo mismo estuve a punto de enredar para que comprase mi libro a un comercial que se presentó en mi casa para venderme una tarjeta de crédito. Fue el lunes. No se podía sentir mas desinterés hacia el mundo que el que yo experimentaba ese día. Estaba en pijama, pues ya pasaban unos minutos de las cinco de la tarde, cuando el tipo tocó el timbre. Abrí con decaimiento, para no disimular. Llevaba tres días sin hacer nada, yendo del sofá a la cama, de la cama al sofá, de la casa al bar. En fin. En ese instante habría preferido saltar por la ventana. Si tienes suerte, puedes caer sobre los tendales de la ropa, precipitarte suavemente al toldo del bar, y al fin aterrizar sobre una silla, en la terraza, donde aprovechas para pedir al camarero una cerveza fría. Pero me faltó ánimo.

Intuí su sorpresa al verme con aquella pinta, pero reaccionó como un profesional y trenzó un bello y anodino discurso de veinte minutos sin puntos y apartes, solo comas, puntos y comas -conté al menos seis- y puntos y seguidos. Sonaba tan bien todo, a la vez que confuso, que pasados 20 minutos lo interrumpí para preguntarle qué vendía. «Pues un poquito de todo, como le digo», señaló, y guardó un reparador silencio, circunstancia que aproveché para contarle que acababa de publicar mi último libro. «Tal vez le interese comprarlo. ¿Le gusta el ensayo?».

China está ahí al lado - Ánxel Vence

China está ahí al lado - Ánxel Vence

Solía decirse años atrás que si los mil y tropecientos millones de chinos se pusieran de acuerdo en dar todos a la vez una patada al suelo las probabilidades de un terremoto aumentarían notabilísimamente en el mundo. Ya la han dado, aunque aquí tal vez no nos enterásemos todavía, ocupados como estamos en España por cuestiones de alcance parroquial más propias del siglo XIX que del XXI.
El gobierno de los herederos de Mao acaba de crear, efectivamente, un área de libre comercio en Asia y el Pacífico, madrugándole la idea a los Estados Unidos que también aspiraban a cortar el bacalao por allí (y por todas partes, en general). A ello hay que sumar aún el nuevo récord batido por Alibaba, multinacional china del comercio electrónico que ayer vendió en solo doce horas mercancías por valor de 6.500 millones de euros, aprovechando que en Pekín se celebraba el Día del Soltero.
No se sabe cuál de los dos asombros es mayor: si el de ver a un régimen comunista promoviendo la libre circulación de las mercancías en el planeta o el de comprobar que los chinos -antaño víctimas de la hambruna- tienen tantísimo dinero para gastar en un solo día.
Nadie lo habría sospechado hace algunas décadas, cuando los españoles dejaban caer unas monedas para los pobres chinitos en las huchas del Domingo de las Misiones, más conocido como Domund. Ahora es el Gobierno español el que pasa el cepillo para que sus colegas de la República Popular de China dejen en él donativos de miles de millones de euros destinados a comprar una parte de nuestra creciente deuda.
Sin necesidad de enviar misionero alguno, los chinos ya están aquí para ilustrarnos a estos capitalistas de medio pelo que somos los españoles sobre las ventajas del libre intercambio de mercancías. Más inspirados en las teorías de Adam Smith que en las de Mao, los nuevos gobernantes de China habían convertido ya a su país en la gran fábrica del mundo: y ahora están a punto de transformarlo también en una sociedad de consumidores.
Fácil es deducir el efecto que va a ejercer sobre el mercado la entrada de 1.360 millones de compradores con una capacidad adquisitiva que, aun siendo modesta, no para de crecer año tras año. Poco va a durar el petróleo, por ejemplo, llegado el momento en que la mitad de la población china disponga de coche. Y cuando solo una tercera parte de ella empiece a disponer de posibles para viajar al extranjero, mucho es de temer que no haya sitio suficiente en el mundo, y que las principales ciudades turísticas -tales que Venecia o Santiago- se vean obligadas a vender entradas para el acceso de los visitantes, por turno y con reserva.
Todo esto ya lo adivinó, proféticamente, el cineasta italiano Marco Bellochio en su película "La Cina é vicina" del año 1967, cuyo título traducido al castellano venía a sugerir que China está cerca, ahí al lado como quién dice, por muchos miles de kilómetros que los mapas parezcan poner de por medio.
Calladamente y con la amable discreción que les caracteriza, los chinos van copando los mercados del mundo sin más armas que las del comercio: mucho más eficaces y sin duda menos cruentas que las de la guerra tradicional de antaño. Aquí, mientras tanto, seguimos enredados en jaques y desafíos a propósito de cosas tan antiguas como la emancipación de los territorios, los reinos y los feudos. Así nos va.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Artur y Mariano: orgasmo simultáneo - David Torres

Artur y Mariano: orgasmo simultáneo - David Torres

Decía Woody Allen en no recuerdo qué película que el orgasmo simultáneo era un mito, que él sólo había conocido un matrimonio que hubiese disfrutado de uno: fue el día de su divorcio. Algo parecido ha ocurrido entre Mariano Rajoy y Artur Mas, quienes ayer domingo, mediante una muy premeditatada ceremonia de la confusión, lograron llevar al país (a uno de ellos por lo menos) a su nivel máximo de frustración, encono, y empecinamiento. Banderas quemadas, cerraduras bloqueadas, pintadas independentistas, urnas rotas. A la hora de sentarme a escribir, la participación rozaba los dos millones de personas. No está mal, teniendo en cuenta que se trataba de una votación con condón.
Las urnas eran de cartón, los votos también, lo cual da como resultado una encuesta de fogueo. Pero hay algo absolutamente real en este simulacro de sedición y es la gente que ha participado en él. Cientos de miles de catalanes que consideran finiquitada la relación histórica con el reino de España y que quieren iniciar un proyecto común. Da igual invocar la ley, el pasado y la historia: ése es un hecho y los hechos son tozudos, aparte de verídicos. Lo cómico es haber tenido que armar esta exaltación de la papelería sólo para subrayar una obviedad. Hay que ser muy español para detener un país, convocar manifestaciones, amagar con los tribunales, liarla parda, y luego quedarse exactamente en el mismo punto de partida. Cervantes tiene un soneto cuyo estrambote puede aplicarse al día de ayer, incluso traducido al catalán:

Esto oyó un valentón y dijo: “Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado,
y el que dijere lo contrario, miente”.

Y luego, incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese y no hubo nada.
El orgasmo simultáneo en este coito fingido consiste en que ambos púgiles han obtenido a expensas de los contribuyentes una victoria pírrica, una derrota pública y un ridículo total. Mariano ha logrado que por unos días se deje de hablar de la peste bubónica en que consiste su acción de gobierno sólo que a costa de agravar una fractura irreversible. En cuanto a Artur, ha conseguido llevar a la nación catalana al borde mismo del océano, lista para emprender la travesía, sólo que sin barcos, sin botes, sin remos y sin él.

Frente a los ingleses, que torearon con elegancia el miura de la independencia escocesa para devolver viva la vaca a los corrales británicos durante unas cuantas décadas más, Artur y Mariano han preferido ordeñar una corrida del bombero torero, que es un espectáculo cómico y lastimoso donde alguien puede hacerse mucha pupa y el público nunca sabe si reír o llorar. Ha sido todo un papelón, uno de esos pollos de restaurante donde una pareja escenifica sus agravios sólo para dar a los demás comensales una lección gratis de buenos modales y que además apunten el sitio donde no deben volver a comer. La política es, entre otras cosas, el arte de lavar los trapos sucios en casa, aunque el diálogo se complica mucho cuando la pareja no se pone de acuerdo no ya en de quién es la casa, sino de qué casa hablamos, cuáles son los trapos y donde está la suciedad. Mariano y Artur podían habernos ahorrado el bochorno y dramatizado su desavenencia en la intimidad, pero entonces no hubieran disfrutado tanto y nosotros tampoco. El gran José Luis Alvite escribió que él se había casado dos veces, una por la iglesia y otra por lo civil;  si lo hiciera una tercera, añadía, sería por lo penal. En ello estamos.

viernes, 7 de noviembre de 2014

España, subcampeona de la sisa - Ánxel Vence

España, subcampeona de la sisa - Ánxel Vence

Sabíamos ya que España es líder en la especialidad olímpica del robo a gran escala que suelen perpetrar políticos, jefes de cajas de ahorros, beneficiarios de tarjetas negras y gente así. Ahora se ha sabido que también en el ramo minorista del hurto los españoles ocupamos el segundo lugar de Europa y el quinto del mundo por nuestra habilidad a la hora de sisar cosas en los comercios.
Da fe de esta afición a cambiar las cosas de sitio -tan hispana como El Dioni-- una organización llamada Checkpoint Systems que elabora un Barómetro Mundial del Hurto. Hay barómetros para medirlo casi todo: y éste en concreto obedece al propósito de calcular la presión que ejercen los descuideros sobre las cajas registradoras de los comerciantes.
El resultado deja en excelente lugar a España. Los 2.574 millones de euros sustraídos al descuido en las tiendas durante la última temporada 2013-2014 la convierten en subcampeona de Europa de esta disciplina, solo superada en la clasificación por Finlandia. Si la comparación se hace a mayor escala, los españoles obtenemos un honroso quinto puesto en la liga mundial encabezada por México, si bien cumple advertir que la muestra se limita a solo veinticuatro países.
Tales datos podrían llevarnos a la tentación de pensar que el robo es un hábito socializado en este país que fue patria de Luis Candelas; pero quizá no convenga ir tan lejos. Poca comparación puede haber entre el atraco a manos llenas al que se han entregado los mandamases -ya fuesen políticos, tesoreros, extesoreros, parientes reales, alcaldes o príncipes de las finanzas-- y las sustracciones, de importe por lo general módico, perpetradas por una parte residual de la clientela en los comercios.
Dirán tal vez los más pesimistas que lo relevante no es tanto la cantidad que se roba como el hecho mismo de robar. De acuerdo con esta interpretación, la única diferencia entre un caco de postín y un simple descuidero de tienda residiría en que el primero tiene fácil acceso, por su cargo, a una caja llena de billetes. O a una tarjeta de dinero negro con la que pagarse de balde todos los vicios.
En Italia, nación latina y de parecida tradición en este aspecto, no faltan siquiera teóricos que establezcan similitudes entre los gobernantes y quienes los eligen. Sostiene esa aventurada opinión, entre otros, los politólogos Beppe Severgnini y Giuseppe de Rita, quienes afirmaron años atrás que el perfil del italiano medio se asemeja mucho al del entonces imbatible primer ministro Silvio Berlusconi. Coqueto, parlanchín, gesticulante y aficionado por igual al fútbol y las señoras, Il Cavaliere sería una imagen en la que, a modo de espejo, pudieran verse quizá reflejados sus conciudadanos y muchos de sus votantes.
De esto a sugerir que cada pueblo elige al gobierno que más se le parece hay tan solo un paso, aunque tal vez resulte exagerado darlo. En realidad, los españoles han escogido durante las tres últimas décadas a muy distintos gobernantes: y no hay razón alguna para pensar que lo hiciesen bajo la sospecha de que todos ellos se iban a dedicar al abordaje de los caudales públicos, el cohecho o la percepción de comisiones.
Alguna otra explicación habrá sin duda al dato algo perturbador de que, también por la parte de debajo de la escala, España sea subcampeona de Europa en la Liga del Hurto y la Sisa. Igual hay que cargar la culpa a la crisis.

Era una buena frase - Manuel Jabois

Era una buena frase - Manuel Jabois

EL PRIMER día que llegué a Madrid le hice ver a un gran empresario que tenía la sensación agobiante de que en Madrid para sobrevivir hacía falta mucho dinero. Respondió que no, que en Madrid lo que hacía falta no era dinero, sino talento, lo que me dejó aún más hundido. En casa me dio por pensar en la frase. Si la hubiese dicho un pequeño empresario tampoco hubiera pasado nada, pero era una buena frase.
Esta semana un ejecutivo me contó que en una de sus últimas reuniones un responsable presumió de haber aligerado su plantilla. Su éxito fue haber cuadrado los números dejando a la mitad de la gente en paro. Mi amigo ejecutivo pensó: «Eso también lo hago yo». Yo pensé que también, a pesar de no tener talento, y que incluso lo podría hacer un pingüino. Alguien lleva a un pingüino en una caja, lo suelta, el pingüino echa a la mitad de la plantilla y al año la empresa tiene menos pérdidas. O no, depende de cuánto tengan que pagar por el aire acondicionado. Volví a recordar la frase del dinero, que tenía algo de aquélla de Ruano: «No es que en España se folle poco, es que siempre follamos los mismos». Gracias a la observación me hice en todo este tiempo una perspectiva. Por ejemplo que hay un momento de la vida, cuando te rozas con el poder, en que si no quieres ser el pequeño Nicolás tienes que conseguir que lo sea el que está contigo. Y algo más: es verdad que hay poco talento, sobre todo donde debería haber más, que es precisamente donde menos se espera. Hay una repetición casi obsesiva de programas de radio y televisión, y los periódicos se han ido a la red con más de lo mismo pero con toque sabrosón, como si internet fuese el verano. Políticamente en situaciones de crisis, cuando se exige el talento creativo, no ha habido nadie que se atreviese a nada inesperado. Que tuviese, digamos, un golpe que fuese más allá de la ocurrencia. Toda la imaginación que hubo en las cúpulas de poder consistió en abaratar las cosas, empezando por la gente. El mensaje que se instaló rápidamente fue el de volver atrás, a los niveles de 2007, como si después no viniesen los de 2008 y 2009. Hay una cultura empresarial instalada en dos o tres mecanismos rudimentarios que refleja periódicamente la CEOE, y si uno busca en la hemeroteca comprueba que nunca han movido un pie desde los 80: piden lo mismo y de la misma forma.

Todo el talento que tienen los partidos se pone al servicio de la obtención del poder, y como ese talento es nulo, se desarrolla al mismo tiempo otro más oscuro y efectivo que consiste en perder el poder. A veces me parece detectar cierto talento en el robo, pero cuando se hacen públicos los sumarios no hay más que una banda de gángsters sin estilo ni honor entre ellos: sólo chalés, viajes, señoras impresionadas y fotos, muchas fotos. Cuando no hay talento, o cuando se considera que el talento es una virtud artística y que quien lo tiene debe ir corriendo a un cuadro en lugar de a un ministerio, la primera consecuencia es que no hay evolución. El problema del sistema es ése y alcanza la política, los grandes medios y el mundo empresarial. No ha habido evolución, y como no hay evolución llega un momento en que la especie colapsa. Cuando se habla de riesgo se habla de invertir millones que no se tienen en cosas que paga la gente que no las necesita, y cuando se habla de renovación hay cambio de viejos por jóvenes para empujar la misma rueda. Pero no hay ideas, y si las hay se debaten hasta conseguir que parezcan medidas sensatas, o sea antiguas.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El Fabra y la Pantoja, pareja a rayas - David Torres

El Fabra y la Pantoja, pareja a rayas - David Torres

Poseedor de varias plusmarcas mundiales en la lucha contra la ley, Carlos Fabra también ha batido el record de velocidad en concesión de indultos: lo ha pedido antes de que la sentencia se pusiera en marcha y se lo han concedido antes incluso de que lo pidiera. La justicia en España es que va con un poco de retraso: no me refiero sólo a la hora sino al día, a la semana y al mes. La relación del PP con la dama ciega de la balanza siempre ha sido complicada, algo así como un matrimonio bien avenido, que ni follan ni se hablan pero siempre salen juntos en la foto. Es igual que mi amiga Lucía, que tiene un buen amigo al que llama “mi marido” precisamente por eso mismo: porque la lleva en coche a todas partes pero ni se acuestan juntos ni nada de nada.
A Jaume Matas, que le quedan, puestos en fila, un chorro de juicios por delante, también le han concedido el tercer grado, probablemente para ir haciendo sitio a los próximos corruptos populares que están por aterrizar entre rejas. De cumplirse todas las previsiones, según indican las últimas operaciones policiales, las cárceles podrían abarrotarse de alcaldes, banqueros, ex presidentes y políticos profesionales que acabarían por inundar las prisiones y corromper a la población reclusa. Dos operaciones de limpieza más y vamos a tener que soltar a unos cuantas cuadrillas de asesinos, ladrones y yonquis no sólo para hacer sitio sino para que dirijan las principales instituciones del país. Lo cual, avizorando el desgobierno de las últimas décadas, esa larga horda de delincuentes de luxe que va de Roldán a Granados, tampoco va a cambiar mucho las cosas.
Todavía Fabra no ha pisado la prisión y Matas ya tiene un pie fuera: parece que fue ayer, quién lo diría. Es lógico que este curioso método de aplicación del código penal provoque agravios comparativos y que Isabel Pantoja pida un tratamiento especial como asesora sentimental de un alcalde. Además, la célebre tonadillera también ha solicitado un aplazamiento de su ingreso en prisión para cumplir con su gira de conciertos. Como decía mi querido y desaparecido amigo Rafael Martínez-Simancas, la gente iba a volverse loca: “¡Qué bien cantas, condená!”

Si le conceden el aplazamiento a la Pantoja, el juez podría sentar un peligroso precedente, ya que nada impediría a Carlos Fabra solicitar para sí mismo una prórroga que le permita desarrollar su principal actividad artística durante la campaña navideña: “Yo es que esos días trabajo de talismán, señor juez. No lo parece pero todo yo soy una pata de conejo”. La estadística demuestra que los décimos premiados en Castellón y alrededores no se venden con la misma alegría con Fabra que sin Fabra. El calvo de la lotería, que siempre se ha dado un aire a Kung-Fu, ya está pidiendo un relevo a gritos y lo mejor es que le sustituya un tuerto. Lástima que en la cárcel subsista ese decimonónico residuo de la segregación por sexos, porque, en caso de coincidir en la misma prisión, la Pantoja y Fabra serían capaces de montar una pareja artística que iba a incendiar el patio: ella cantando tonadillas y él vendiendo décimos de Navidad.

domingo, 2 de noviembre de 2014

La sopa boba - Juan José Millás

La sopa boba - Juan José Millás

Es tal la sobreabundancia de casos de corrupción que la boñiga no nos permite ver el vómito, o al revés, ahora no caigo. En el Ayuntamiento de Sevilla, por poner un ejemplo de boñiga (o de vómito), han decidido castigar con multas que irán de los 90 a los 750 euros a quienes hurguen en los contenedores de las basuras en busca de comida. Las sanciones son elevadas porque es sabido que quienes se dedican a estos menesteres son personas de clase media alta dispuestas a vivir de la sopa boba. Lo de la sopa boba es un decir: de los contenedores se extraen residuos sólidos tales como cáscaras de naranjas, huesos de pollo previamente roídos por las ratas y papeles de periódicos empapados en esa grasilla tan sabrosa resultante de limpiar la sartén. Hay pobres que se alimentan de estas hojas de la prensa, ricas en proteínas, sin darse cuenta de que, al tiempo de ingerir el aceite quemado, se tragan también la noticia de los 750 euros de multa. La sociedad actual se divide entre quienes leemos el periódico y quienes se lo comen. Tanto a los unos como a los otros nos hacen comulgar a diario con ruedas de molino.

El Ayuntamiento de Sevilla arguye en favor de su tesis que las basuras son un bien público. Sustraerlas, por tanto, aunque sea para saciar el hambre, equivale, no sé, a apropiarse de un banco del mobiliario urbano o de la bombilla de una farola. Un bien público, pues, quizás un negocio. Ignoramos quién tiene la concesión de la recogida de basuras en esa ciudad, pero nos acordamos de que en las películas de gánsteres ("Los Soprano", por poner un verbi gratia) la gestión de residuos constituye un monopolio de las mafias. Los guionistas de las series tienen mucha imaginación, pero a ninguno se le ha ocurrido que a un mendigo más pobre que a una rata se le pudieran meter 750 euros del ala por disputarle a un roedor el cartílago de un filete de pavo: la maldita realidad, que siempre lleva dos pasos de ventaja a las imaginaciones más calenturientas. La noticia, en fin, resulta tan delirante, tan asquerosa, tan sumamente corrupta, que uno la ha tenido que leer varias veces antes de escribir estas líneas, por si la hubiera soñado. Pero no, es tan cierta como el resto de los casos de corrupción que nos asuelan.

Casas - Manuel Hidalgo

Casas - Manuel Hidalgo

SE PODRÍA hacer una foto cenital de la corrupción en España, una foto del territorio español desde las alturas, en la que se pudieran señalar las casas de los corruptos. Y ése sería el cuadro visual y sinóptico de la corrupción, no tan vagamente relacionado con la burbuja inmobiliaria.
A los corruptos los detienen en su casa, por lo general, y esa casa no es un piso o un pisazo urbano, sino, eso, una casa de varias plantas en la periferia acomodada de ciudades y pueblos. Se ve que el corrupto quiere casa -casoplón o casa mediocre con apariencia de suntuosa-, pues ése es el objeto primordial de su deseo, un castillete que confirma su acceso a un estatuto superior. Superior al de su padre.
La casa del padre (poeta Gabriel Aresti) es un elemento esencial de la cultura y la mentalidad vascas, pero, metáfora del país, representa la conservación y el respeto por el legado del trabajo y de la tradición paternos: el caserío, y su tierra, y su ganado, y su huerta.
Esto que vivimos con las casas de los corruptos es otra cosa. Nunca volveré a ser pobre, como mi padre agricultor, obrero o pueblerino, tendré otra cosa, otra casa. Otra casa que significará que nunca más volveré a pasar hambre -como dijo aquélla de la película-, que habré progresado, pero no fruto del estudio, ejerciendo como médico, biólogo, ingeniero o abogado -aspiración, con ayuda de becas, de la gente de mi generación-, sino con la trampa que se derive de mi dedicación fingida y pronta al partido y sus ideales -que me la soplan-, a las concejalías, vocalías y asesorías que me permitirán, no conservar la casa de mi padre, sino tener otra con balaustrada, jacuzzi, garaje, piscina, césped y enano de alabastro en el jardín. Y ese objetivo lo conseguiré dejando atrás la sopa y el filete honrados de mi madre, y entrando en el carrusel del restaurante de cinco tenedores, el club nocturno, la tienda de gourmet, los viajes a Cancún y las señoritas de pago, putas mayormente.
¡Qué cambio! Qué cambiazo desde los tiempos en que mejorar era acceder honradamente a un nivel de vida mejor, estudiando, trabajando y cumpliendo con ideales, para que los padres sacrificados se sintieran orgullosos del esfuerzo y la nación mejorara, y estos otros en que mejorar es traicionar la honradez y principios -todos, de cualquier signo- de padres y abuelos, e instrumentalizar los mecanismos de un partido concebido como carrera para medrar y flotar en la abundancia hortera.

Y ahí está la casa, la casa que habrá que dar cuando la detención, el embargo y la fianza. ¡Es patético!

viernes, 31 de octubre de 2014

'Jabois, supongo' - Juan Tallón

'Jabois, supongo' - Juan Tallón"

EMANAS me presenté en casa de Manuel Jabois con una botella de vodka, que en ruso significa agüita, por la afición eslava a los diminutivos. Y al humor. Me he acostumbrado a llevar una botellita de algo cuando le hago una visita, para satisfacer nuestra adicción moderada. Manuel es de esa clase de escritores que hallan sus mejores frases en mitad de la resaca, con vistas al desierto. Completamente a oscuras, escribe con las manos, tanteando la sintaxis, y de ahí su grandeza.

Cuando me abrieron la puerta, apareció un señor con pelo largo, diadema y barba, que me sonaba de una novela de Edward Baker. Iba en pijama y era evidente que no llevaba nada debajo. «Jabois, supongo», aventuré con suavidad, mientras el tipo me atraía hacia él y me abrazaba, quizá para asegurarse de que no llevaba un micrófono encima. «El día menos pensado te pones de parte de la ley», le faltó decirme. Sin acabar de fiarme, pregunté si estaba Ana en casa, y me alejé por el pasillo mirando atrás de vez en cuando.

Me despisté medio segundo y ya tenía a Manolito en brazos, para encargarme de su educación. En esta casa es costumbre que las visitas se hagan cargo de una parte de la instrucción del chaval, y viceversa. Por desgracia, me ocurre lo que a Humphrey Bogart, que en un trance parecido, preguntó: «¿Qué se puede hacer con un niño, si no bebe?». Solo por afán de experimentar, senté a Manolito en el sofá y dejé la botella de Bagoa Doce a su alcance. «Vod-ka,vod-ka», pronuncié muy despacio, con la esperanza de que aprendiese a decir «agüita» en ruso antes que «Jabois» en gallego. Nos acercábamos al objetivo con un estilo rudimentario, cuando el padre salió de una habitación y me preguntó si me quedaba a dormir en casa. A punto estuve de decir «sí» con alegría, sin embargo, en ese instante estival y eterno que a menudo precede a los monosílabos, recordé lo que había sucedido meses atrás en aquel piso con la canguro. Me tomé algunos segundos para enfriar la respuesta y admitir que, en realidad, ya había quedado para dormir en otro sitio.

Me apresuré a inventar un nombre de mujer, enigmático y extranjero, pero no demasiado, que él no conociese por si me preguntaba con quién. Entretanto, pues sabía que el tema le causaba desazón, me interesé por la suerte de su novela. Lleva varios años empezando a empezar una. Se produjo un silencio de armario de hotel, tan perfecto que casi pudimos oír cómo Manolito arrancaba a pronunciar sus primeras palabras coherentes y decía: «Papá no va a escribir nunca una novela mientras se siga levantando a las dos de la tarde con resaca».

¿El episodio de la canguro? Es vox populi. Lo contó el propio Manu, omitiendo algunos detalles superfluos, que por ser superfluos, resultan de vital trascendencia. Jabois tampoco sabe muy bien qué sucedió. Aquella noche llegó tardísimo a casa, aturdido por algunos acontecimientos propios de periodistas. No quiso despertar a Ana y se echó a dormir en la cama de invitados. Se desnudó sin matices, sin encender la luz, y se dejó caer como columna en la cama, donde dormía la canguro, una anciana de 70 años que se despertó aturdida, gritando. Jabois huyó no menos desorientado mientras la mujer farfullaba «¡Pero qué querrá este hombre de mí!»

Ya había acabado de darle la cena al niño, y pronto me tocaría acostarlo -y tal vez costearle la universidad más adelante- cuando volvió a aparecer Jabo por el salón. «Por qué no le echas un vistazo a la crónica de la Audiencia Nacional antes de que la envíe», sugirió. No había ni abierto la botella de vodka, aunque acepté. «Pero adónde vas con este titular, hombre de dios», lamenté apenas sentarme ante el artículo. Me lo cargué de un plumazo, en uno de esos accesos de exasperación que borda Elizabeth Taylor en ‘Quién teme a Virginia Woolf’. Después añadí un par de adjetivos, sustituí algunos verbos, cambié varias comas de sitio e incluso puse mal una tilde. Sobrio estaba resultando más peligroso que después de cinco vodkas. Me faltó un tris para arrojarle la página a la cara, como una vez había hecho conmigo una jefa de sección en Ourense. Era uno de mis primeros trabajos, en un especial sobre el boom de la construcción, y quise lucirme. Visité una obra para charlar con el promotor, un encofrador y un par de albañiles. Cuando llegué al periódico me puse a escribir sobre la construcción, aunque sin escribir de la construcción. Empleé más de cien adjetivos, algunos del siglo XVI. Aun así me parecieron pocos. No tardó en sacarme del error mi jefa, que rompió la hoja en ocho trozos y arrojó al aire los copos de nieve. «Escríbelo otra vez, pero mal, como si fueses el albañil». Si Jabois llega a concederme medio minuto más habría enviado su crónica firmada por El Zorro.

A más mujeres, más salud - Ánxel Vence

A más mujeres, más salud - Ánxel Vence

Acostarse con más de veinte mujeres reduce notablemente el riesgo de padecer cáncer de próstata, según un concienzudo estudio de la Universidad de Montreal que exalta las ventajas de la promiscuidad para los varones. No aclaran los investigadores de Canadá si, para obtener tan feliz resultado, es necesario practicar con las veinte al mismo tiempo o si basta con ir probando de una en una; pero esas son cuestiones de detalle en las que no vamos a entrar ahora.
Lo relevante de este hallazgo es que da carta de naturaleza científica a los picaflores que van por ahí cambiando de pareja como quien muda de calzoncillos. Así se explicaría, por ejemplo, el saludable aspecto de algunos latin-lovers como Julio Iglesias, a quien se le atribuye haber mantenido relaciones con no menos de tres mil mujeres. Si con veintiuna ya va uno bien servido desde el punto de vista prostático, hay que convenir en que esa cifra haría de Iglesias un atleta y a la vez un apóstol de la prevención sanitaria. De casta le viene al cantante, habida cuenta de que también su padre tuvo un par de hijos cuando ya rondaba los noventa años de edad.
Igualmente se comprende el fanatismo de ciertos guerreros de Alá que practican la desagradable costumbre de inmolarse con el propósito de matar al mayor número posible de infieles en sus atentados. Lo hacen bajo la promesa de disfrutar de setenta huríes, muchachas perpetuamente vírgenes que el profeta les reserva en el cielo para compensarles de lo poco que fornican en la tierra los mártires de la yihad. El único inconveniente, en su caso, es que han de morir como paso previo: de modo que no podrán beneficiarse de las ventajas para la próstata que ofrece la promiscuidad en este mundo.
Explica Marie-Elise Parent, directora de la investigación desarrollada por especialistas de la Universidad de Montreal, que el beneficio de ser promiscuo podría deberse al mayor número de eyaculaciones emitidas por un varón cuando tiene la oportunidad y la suerte de acostarse con más de veinte féminas. Constata la doctora que la frecuente emisión de esperma ejerce un efecto bienhechor sobre la próstata; pero esto ya lo había descubierto Galeno o tal vez Hipócrates en su famosa máxima "Semen retentum, venenum est".
De ahí a recomendar la conveniencia de que un hombre busque relaciones con más de una veintena de señoras por el bien de su próstata va un largo trecho que los investigadores de Montreal no se atreven a recorrer, como es lógico. Preguntada por la oportunidad de que las autoridades sanitarias inviten a los varones a dormir con el mayor número posible de mujeres, la doctora Parent optó por la evasiva. "Aún no hemos llegado a eso", se limitó a decir.
Lo malo de estas investigaciones basadas en la estadística es la posibilidad de que los consultados fanfarroneen más de lo que sería aceptable por la ciencia cuando se les pregunta por su conducta erótica. Resulta difícil comprobar si es cierto o no que un determinado varón -aunque no sea el desaforado Julio Iglesias-- dice la verdad sobre el número real de señoras con las que ha compartido sábanas.
De dinero y santidad, la mitad de la mitad, sentencia cierta y famosa máxima a propósito de quienes alardean de tener esas dos cosas. Y de conquistas sentimentales ya ni hablamos, claro está. Igual los doctores de Canadá tienen que revisar sus conclusiones.

Gente que invita - Manuel Jabois

Gente que invita - Manuel Jabois

HACE DOS semanas observé en un restaurante que el cocinero salía y se preocupaba por un hombre anodino, Francisco Granados. Este chef le agasajaba y el hombre se dejaba agasajar. Hay algo cetrino en ser obsequioso con alguien, sobre todo si no hay terceros, pero nada supera el rasgo primitivo del hombre que cede su voluntad al magreo. Que eso ocurra con las mentes más brillantes no deja de ser un misterio: lo adivinan todo a la primera, tienen el instinto de detectar a un talento y a un mediocre, pero nunca ven venir a un pelota. Es más: lo instalan junto a ellos. Dudan cuando un sabio les habla de Dios, pero no se les ocurre dudar cuando un tonto les dice que Dios son ellos. Un día, ante la escena grotesca de un subordinado con su ministro, le pregunté a su jefe de prensa:
-¿Cómo aguanta esto?
-¿Él? No lo sabe. Es nuestro secreto.
Nunca supe si lo que no sabía era que había llegado a ministro o que los que le rodeaban le mentían. Años después, viendo su gestión, descubrí que un poco de todo.
La trama del pequeño Nicolás se ha construido en el reflejo que devolvían cientos de personas del establishment de este país. Son élites poderosas financiera y políticamente, con capacidad para hacer lo que quieran, generalmente sin sentimentalismo. Que se les haya colado un niño como la estafa piramidal de Maddof hecha cuerpo revela su mandíbula de cristal. A la gente que invita no hay nada más desconcertante que obligarla a dejarse invitar, ser llevado de un lado a otro como ellos llevan a tantos, y hacerlo además inconscientemente, sólo por oscuro placer.
Hay un artículo de 2002 de Shere Hite en El País Semanal, 'El erotismo masculino oculto', que dice: «Una de las partes del erotismo masculino de la que menos se habla es del placer que el hombre obtiene cuando le estimulan analmente. La cuarta parte de los hombres incluye alguna vez la penetración anal en su masturbación, y otra cuarta parte emplea alguna vez la estimulación anal externa». Sigue Hite: «En el sexo tradicional los hombres dicen que quieren penetrar a la otra persona, empujar, estar al mando y decidir que el objetivo del sexo es su orgasmo, pero al mismo tiempo desean lo contrario, perder el control, dejarse dominar por la otra persona. Controlar algo, sea en el sexo o en una relación, es aburrido a largo plazo».
Cuando Telemadrid recuperó las primeras imágenes del pequeño Nicolás vi que allí, mientras contaba a los 10 años que había sacado a sus padres de cama para velar al Papa a Colón, empezaba a dar por culo. Lo que siguió fue una carrera vertiginosa en la que cuanto más poderosos los hombres, y más grande su impunidad, más disfrutaban con el pequeño trilero que les estimulaba el sistema límbico.

España es un país peligroso para un hombre con mucha agenda. La tenía Granados, la tenía Nicolás, la tiene cualquiera que aspire a ir a la cárcel. Aquí se está conociendo mucha gente. Se ha perdido al hombre solitario, huraño, que desconfía cuando alguien saluda con una sonrisa. Las primeras impresiones, el piropo, los contactos y el «no te preocupes». Gente que invita y que se deja invitar. Cada vez que en una mesa no se paga a escote arranca un delito: ya hay dos hombres desabrochándose el cinturón, y uno de ellos no lo sabe.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Ese arquitecto del que usted me habla - David Torres

Ese arquitecto del que usted me habla - David Torres

No nos asusta el ébola sino el alzheimer. La epidemia de ignorancia total que asola al PP empieza a tomar rasgos épicos. Los hay que no recuerdan si las tarjetas de Caja Madrid se las han bebido o se las han esfinado, mientras que otros prácticamente ya no distinguen ni el cargo por el que cobraban tres millones de euros anuales. Antes sus continuas incongruencias y dudas de abuelete, el juez tuvo que recordarle a Blesa que no era el botones sino el presidente de una caja de ahorros, y a Blesa, teñido de estupor, por poco se le ocurre preguntar: “¿De qué caja me habla?” Últimamente Génova es una sucursal de Macondo en aquel tiempo aciago en que cayó sobre la aldea la plaga de la desmemoria y la gente fue olvidando hasta el uso del diccionario. No hay más que ver a Mariano Buendía, que ya no conoce ni a sus amigos de toda la vida, y simplemente los nombra con un socorrido circunloquio: “Esa persona de la que usted me habla”. Cualquier día de éstos, Rato, Bárcenas y los demás imputados van a colgarse un cartelito con su nombre y apellidos en el pecho; pero les va a dar lo mismo, que Mariano no entiende su propia letra, como para entender la ajena.
El último en caer en la trampa traicionera del olvido ha sido Ángel Acebes, un hombre al que la confusión le viene de antiguo, por lo menos de cuando era ministro, y que aún no tiene muy claro si los etarras son yihadistas o los yihadistas etarras. Cuando el juez Ruz le preguntó si conocía a Gonzalo Urquijo, el arquitecto que reformó la sede central del PP con una tonelada de dinero negro, Acebes negó muy cristianamente, al estilo de Pedro después de la crucifixión. Se ruborizó cuando el juez le enseñó una fotografía donde sólo faltaba el Gólgota y las tres cruces: estaba él mismo, sonriendo, estrechando la mano del arquitecto, y Mariano en medio, como Cristo en vísperas de subir a los cielos. Acebes insistió en que él a ese señor no lo conocía de nada, que él, en las recepciones del PP, saludaba a muchos invitados, tantos que se le acalambraba la mano. Si llega a desconocer un poco más, niega a Mariano y a sí mismo de paso. Eso sí, le concedió al juez el beneficio de la duda: “Yo no sé si es el señor Urquijo porque no lo conozco, pero si usted dice que es él, será”. A continuación podía haber pedido el comodín de la defensa y solicitar una búsqueda rápida de arquitectos llamados “Gonzalo Urquijo” en Google y en Facebook para quedarse tranquilo.

En ese momento es posible que incluso el juez Ruz empezara a dudar. Todos hemos pasado alguna vez por el mal trago de hojear un álbum de recuerdos y contemplar al desconocido que fuimos en una foto, uno de esos momentos que intentamos olvidar con tanto éxito que al final lo logramos. Para unos es una mujer, para otros una caja negra, un amigo del alma, un arquitecto. Mariano le tecleó un correo de ánimo a Luis Bárcenas y al dar al botón de enviar borró todo el disco duro. Acebes se podría disculpar con Urquijo mediante aquella excusa genial de Oscar Wilde: “Perdóneme, no lo había reconocido: he cambiado mucho”.

200.000 gallegos de pérdida - Ánxel Vence

200.000 gallegos de pérdida - Ánxel Vence

Como si un maremoto estuviera a punto de caer sobre este reino, Galicia perderá 207.000 habitantes durante los próximos quince años: o eso sostienen al menos los contables del Instituto Nacional de Estadística. La cifra, de proporciones catastróficas, sugiere algún inesperado desastre; pero quiá. Lo grave del asunto consiste precisamente en que se trata de una evolución natural del censo.
El extravío de esa población a la que nadie podrá buscar en una oficina de objetos perdidos es, según observa el INE, la consecuencia de la ociosidad de las cunas y del mucho gasto en ataúdes que se hace en este gran geriátrico al aire libre también conocido por el nombre de Reino de Breogán.
Engendramos muy pocos críos por útero disponible, debido a que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas ya no están para tales trotes; y, a la vez, los cementerios se siguen llenando a medida que crece el envejecimiento de la población. Las sepulturas ganan por goleada a las cunas, con el infausto resultado de que Galicia perderá 207.472 habitantes de aquí al año 2029, si hemos de dar fe al minucioso cálculo de los expertos en Estadística.
Tamaño agujero demográfico equivale a la suma de habitantes de las ciudades de Ourense y Lugo, lo que acaso dé una idea de lo que vamos a perder en apenas década y media. Para cuando se termine por fin el AVE a Galicia, mucho es de temer que ya no haya pasajeros suficientes con los que amortizarlo.
Todo esto lo había intuido ya hace un cuarto de siglo el entonces monarca Don Manuel I, que a su llegada al palacio de Rajoy fijó como prioridades de su reinado la batalla contra los incendios y la repoblación forestal -y sobre todo, humana- de Galicia. Pretendía Fraga remediar simultáneamente la pérdida de árboles y de gente que afligía al país, aunque los resultados fueron dispares.
Los bosques se han conservado en grado suficiente como para considerar un éxito la reforestación de los montes, pero en lo tocante a la natalidad las cosas han ido a peor. La producción interior bruta de críos se mantiene bajo mínimos, y no parece que los llamamientos a la procreación hechos por Fraga y sus sucesores en el cargo hayan excitado el celo reproductor de los ciudadanos.
Nos quedaba el recurso a los inmigrantes, que aun siendo relativamente pocos, mantuvieron el equilibrio del censo durante el reciente boom de la construcción. Al calor de la especulación con el ladrillo, varios millones de trabajadores llegados de fuera engordaron de forma un tanto engañosa el censo de España e incluso el de la remota Galicia, que creció en 50.000 habitantes durante la década inaugural del siglo.
Infelizmente, el espejismo de prosperidad que trajo consigo la burbuja inmobiliaria se ha disipado con la misma rapidez que llegó. Los inmigrantes han empezado a regresar por donde habían venido: y la consecuencia inmediata es una sangría anual de población que en los próximos quince años sumará pérdidas de más de 207.000 gallegos.
Puestos a hacer de la necesidad, virtud, siempre queda consolarse con la idea de que cuantos menos seamos los pobladores de Galicia, a más tocaremos en el reparto de empleos, bienes y servicios disponibles. Y hasta puede que se resuelva, de una vez por todas, el problema de la vivienda. Si es que de aquí a medio siglo queda alguien para habitarla, claro está. El INE no lo deja claro.

domingo, 26 de octubre de 2014

Pregúntale a otro - Juan José Millás

Pregúntale a otro - Juan José Millás

Cuando uno decide cambiar de vida, suele ocurrir algo que da al traste con los buenos propósitos. Si has pensado en hacer ejercicio, te acatarras; si comer de forma saludable, te descompones; si dejar de fumar, ese día recibes un encargo imposible de acometer sin la ayuda inicial de un Camel. Introducir cambios en la rutina significa en realidad adoptar una rutina nueva. Ser otro. A ese otro, hay que soñarlo durante un tiempo antes de convertirse en él. Si piensas, por ejemplo, que sería estupendo madrugar, tienes que imaginarte muchos días saliendo de la cama pronto, aunque sin moverte de ella. Lo mejor es que pongas el despertador a las 5,30 o las 6,00 y cuando lo oigas sonar entre las sábanas calientes, fantasear con la idea de levantarte. No te levantarás porque en la cama, a esas horas, se está en la gloria. Pero si persistes en poner el despertador y en imaginarte debajo de la ducha, tarde o temprano un sentimiento de culpa te arrancará de entre las sábanas.
El problema es qué hacer luego. Supongamos que tienes el proyecto de escribir y que te pones a hacerlo. Lo normal es que a la segunda línea regreses a la cama (escribir es muy duro). No importa, cierra los ojos e imagina que escribes. Visualízate inclinado sobre la mesa, tecleando el ordenador. Un día y otro y otro. Al final, gracias de nuevo al sentimiento de culpa producido por la distancia existente entre cómo te imaginas y cómo eres en realidad, decides escribir. El problema, ahora, es sobre qué rayos escribes. Pero supongamos incluso que tienes una historia en la cabeza. La cuestión es por qué frase empezar.

Decido entonces hacer un concurso de frases en el taller de escritura creativa. Frases para empezar una novela, se entiende. Gana el concurso, por votación mayoritaria de los alumnos, la siguiente: "Mi padre estaba calvo". Me llevo a casa la frase, pongo el despertador a las 5,00, me levanto y le empiezo a darle vueltas, a ver cómo sigo. Al cuarto de hora, enciendo un cigarrillo (había dejado de fumar el día anterior), y a la media hora decido regresar a la cama. Cuando me levanto, dos horas más tarde, después de un sueño pegajoso, siento que estoy acatarrado. Creo que cogí frío al salir de la cama tan temprano. Quiere decirse que si decides cambiar de vida, pregúntale a otro cómo se hace.

viernes, 24 de octubre de 2014

Desobediencia civil - José María Albert de Paco

Desobediencia civil - José María Albert de Paco

Este verano remozaron el patio interior de la finca y, mientras duraron los trabajos, los vecinos hubimos de poner a secar la colada en los balcones exteriores, que en nuestra escalera es un humilde pleonasmo. Como quiera que en julio pasé unos días fuera de Barcelona, al regreso no me percaté de que la faena había llegado a su fin y seguí aireando la ropa donde no correspondía. Al punto, el presidente de la comunidad sancionó mi actitud mediante una nota en el ascensor en que me advertía de que la normativa prohibía tender ropa en los balcones. El escrito no se dirigía a mí de modo explícito, pero me bastó echar un vistazo a nuestra fachada para constatar que, en efecto, yo era el único vecino que tenía ropa en el balconcillo (no sobre la barandilla, sino en un tendedero portátil que compré a tal efecto al comienzo de las obras en el patio interior). Síganme: esto es una columna política y no, no me he vuelto loco. Todavía no.
Cuatro días después del aviso, y ante mi palmaria insubordinación, llamaron al timbre. Era el presidente de la comunidad, que se había hecho acompañar por otro vecino al que presentó, con presunción notarial, como su secretario. Dado que hace apenas unos meses que vivo en la finca, encarrilaron la charla dándome la bienvenida y recordándome que estaban a mi entera disposición. Por un instante, me recordaron a esos periodistas que arrullan de primeras al entrevistado para, una vez que lo tienen ablandado, saltarle a la yugular.
-Verá, también queríamos hacerle una observación.
-Díganme.
-Supongo que vio la nota en el ascensor.
-La vi, sí.
-¿Y bien?
-¿Les importaría que bajáramos a la calle? Me gustaría mostrarles algo.
Accedieron a mi petición, no sin antes cruzar una mirada recelosa.
Ya en la acera de enfrente, desde donde teníamos una mejor perspectiva, les pedí que observaran la fachada.
-Sí, claro, a eso nos referíamos, a la ropa que tiene usted tendida en el balcón. El caso es que la normativa lo prohíbe.
-Por estética -me aclaró el vicepresidente.
-Me consta, sí, pero, ¿qué me dicen del tercero segunda, el quinto primera y el ático segunda? ¿O acaso no es ropa lo que cuelga de esos balcones?
-No, perdone, ropa no es; son banderas independentistas.
-En lo que a mí respecta, trapos.
-¡Hombre, no es lo mismo!
-O sea, que tender la colada en el balcón es una aberración, pero tender una bandera independentista, no. ¿Es eso?

Dejé a mis convencinos colgados de la brocha y mientras me alejaba volví de nuevo la vista a la fachada. Era Magaluf. Y lo que es peor, con ínfulas.

jueves, 23 de octubre de 2014

La función de los bancos - Ana Botín

La función de los bancos - Ana Botín

La magnitud de los desafíos a los que se enfrentan actualmente los bancos no tiene precedentes. Son cambios profundos y de calado. Y todos exigen un cambio en la manera de hacer banca. El mayor desafío proviene de los nuevos hábitos del consumidor. El cliente siempre ha sido el rey, pero el rey tiene ahora más poder que nunca. Eso es consecuencia en buena parte de la tecnología digital. La revolución digital da al cliente más posibilidad de elección e información que nunca. Este cambio exponencial es creativo y disruptivo a la vez: desplaza modelos de negocio legendarios y crea otros en cuestión de meses, incluso semanas.
Mientras tanto, la confianza en los bancos nunca ha sido tan baja y la avalancha de nueva regulación para evitar que se repita la crisis financiera nunca ha sido tal alta. Y, además, nos enfrentamos a la posibilidad de un menor crecimiento en los países desarrollados con baja inflación constante, bajos tipos de interés y poco crecimiento del crédito.
¿Qué se puede hacer para extender la recuperación a más países de forma que los beneficios del crecimiento favorezcan a todos los sectores y hogares?
Para apoyar la recuperación, es positivo el que las autoridades monetarias y fiscales sigan desarrollando políticas que apoyan la demanda y aumentan la confianza. En cuanto a los Gobiernos, continuar con las reformas estructurales para aumentar la flexibilidad, la inversión, la productividad y el empleo. Apoyar a los empresarios, grandes o pequeños, es prioritario, porque son las empresas las que impulsan la creación de empleo. España es un buen ejemplo de los beneficios de estas reformas, como se mencionó repetidamente en las reuniones del FMI en Washington a principios de octubre.
La unión bancaria dotará a la eurozona de mayor eficiencia, integración y competitividad
¿Cómo deberían responder los bancos? Para empezar, habría que recordar algo muy sencillo: nuestra función. Los bancos existen para contribuir al progreso de las personas y las empresas. Está en nuestra mano apoyar el crecimiento, generar riqueza, crear puestos de trabajo e invertir en la sociedad en la que desarrollamos nuestra actividad. Si no cumplimos nuestra función, no progresan ni los bancos ni la sociedad a la que servimos. Y si actuamos con negligencia se destruye la confianza de la sociedad. Demasiados banqueros perdieron de vista su función básica antes de la crisis. Para restaurar la confianza, tenemos que repensar la forma en que trabajamos y nos comportamos. En Santander, queremos hacer una banca sencilla, cercana y transparente.
Para cumplir adecuadamente nuestra función, y para crecer y retener clientes en la era digital, lograr la fidelidad de los clientes es esencial. Tenemos que ser capaces de anticiparnos y crear relaciones estables a largo plazo. Esta es la manera de obtener un retorno sostenible para nuestros accionistas.
Para ello, los bancos deben innovar. Al mismo tiempo que construimos relaciones personales, cara a cara con nuestros clientes en las sucursales, ahora también debemos ofrecer un servicio excelente por Internet y por teléfono. Nuestros procesos deben cambiar. Puede que seamos grandes empresas, pero necesitamos el espíritu de una start-up. Debemos adaptarnos a la revolución digital y, al mismo tiempo, tomar siempre decisiones prudentes.
El papel de los reguladores está siendo fundamental para hacerlo. Cuando el G20 se reúna en noviembre en Brisbane, el programa de reformas que se lanzó en 2009 estará prácticamente terminado. Los requisitos de capital de los bancos (teniendo en cuenta la cantidad y la calidad del capital) se han multiplicado por siete como resultado de estas reformas, según el Consejo de Estabilidad Financiera.
Esta nueva regulación debe ser capaz de responder a las siguientes cuestiones. ¿Permite a los bancos cumplir con su función, ayuda al progreso de personas y empresas, y contribuye así adecuadamente al crecimiento? La nueva estructura regulatoria, ¿permite que los bancos quiebren sin necesidad de ayudas públicas?
Encontrar el equilibrio adecuado entre objetivos que compiten entre sí: reforzar el capital y la liquidez; reducir la complejidad; aumentar las posibilidades de resolución, y mejorar la conducta en los negocios, al tiempo que se permite a los bancos apoyar el crecimiento, no es tarea fácil.
Por ejemplo, la separación o prohibición de algunas líneas de negocio puede ser necesaria para reducir la complejidad en determinadas entidades pero, si se aplica a todos los bancos, podría limitar el acceso a los servicios bancarios y aumentar el precio de determinados productos a clientes minoristas y pymes.
Puede que seamos grandes empresas, pero necesitamos el espíritu de una start-up
Por otra parte, un ratio de apalancamiento puede ser necesario para evitar el exceso de endeudamiento del sistema en su conjunto. Pero si se convierte en la principal restricción de capital para algunas entidades podría poner en cuestión la premisa fundamental de “a más riesgo, más capital” y, por tanto, crear incentivos perversos para los bancos. Aunque tenga sentido a más largo plazo tener un requerimiento de capacidad de absorción de pérdidas que asegure que el coste de una crisis bancaria lo paguen los acreedores y no el contribuyente, eso no debería implicar cambios en las estructuras de financiación que favorezcan tomar deuda en lugar de depósitos.
Dicho todo esto, obviamente necesitamos cambiar. En Europa, la crisis demostró que el crecimiento y la estabilidad requieren no sólo bancos sólidos, sino un marco institucional europeo reforzado. Desde entonces, hemos dado pasos muy importantes para poner las bases de una unión bancaria, que nos ayudará a eliminar incertidumbres por medio del control de calidad de los activos (AQR), las pruebas de resistencia (stress tests) y el supervisor único. Además, facilitará la reestructuración ordenada o la resolución de los bancos en crisis. La unión bancaria preparará el escenario para una mayor integración, eficiencia y competitividad.
Esto plantea a los bancos el desafío de pensar de forma diferente. Hemos visto la eurozona como si se tratara de la suma de diversos mercados, pero para el Banco Central Europeo, y para nosotros en Banco Santander, a partir de ahora será uno solo: un reglamento, un supervisor, un mercado. Esta nueva estructura debería impulsar el crecimiento de la economía europea, algo que no se reconoce suficientemente.
El éxito a largo plazo de Banco Santander será juzgado en función de nuestros beneficios y nuestra rentabilidad. Pero lo que realmente impulsará nuestro negocio y generará crecimiento sostenible serán las relaciones que tengamos con nuestros empleados, nuestros clientes, nuestros accionistas y con la sociedad a la que servimos. Si nuestros empleados se sienten motivados, comprometidos y reconocidos, se esforzarán al máximo por los clientes. Si estos reciben un servicio excelente y sienten que estamos de su lado, contarán más con nosotros. Si esto ocurre, los resultados mejorarán y los accionistas se quedarán con nosotros e invertirán más. Esto ayudará a que podamos hacer más para apoyar a la sociedad y el círculo virtuoso volverá a empezar.
El objetivo es común para autoridades y entidades: bancos estables y prudentes, pero innovadores y ágiles. Al tiempo que terminamos de definir la nueva regulación, confío en que no olvidaremos a los millones de personas, particulares y empresas, a los que tenemos que servir y apoyar.

Ana Botín es presidenta de Banco Santander

martes, 21 de octubre de 2014

Estadísticas - Juan José Millás

Estadísticas - Juan José Millás

De vez en cuando, a alguien se le ocurre hacer cálculos sobre esto o sobre lo otro. Acaba de publicarse uno según el cual los españoles permanecen al volante una de media de 11 días por año. Alguien que antes de fallecer hubiera conducido, pongamos por caso, 50 años, se iría al otro mundo con una experiencia notable. Podría sustituir a Caronte. Bien, hay asimismo cálculos acerca de cuántas horas de nuestra vida pasamos frente al televisor, en la cama, en el metro, en el mercado, en la cola del cine, en la sala de consulta del dentista, cocinando, cuidando el jardín, leyendo, haciendo un trabajo que detestamos, etc. Usted mismo puede buscar las estadísticas en google e ir haciendo sumas. Pero no se lo aconsejamos. Viene a ser como cuando calculamos nuestro presupuesto de gas, de electricidad, de agua, de transporte, de ocio? Jamás salen las cuentas. Siempre gasta uno más de lo que gana. Es mejor, en fin, no saber.

Si al final de la vida, en el lecho de muerte, se nos apareciera un ángel, con un libro de contabilidad en la mano y nos informara del tiempo que perdimos en afanes inútiles, nos quedaríamos tan horrorizados como si alguien nos dijera lo que gastamos al mes en tabaco y gin tonics. La vida es corta y tiene más relleno que una almohada. Entre todo ese relleno, aparecen grumos de sentido. ¿Cuántos? Pocos. Es verdad que un solo acto puede justificar una existencia, pero ha de tratarse de un acto algo heroico, ¿no?, de un acto verdaderamente digno. No tiene por qué ser grande, ni escandaloso, puede pertenecer al ámbito privado, incluso al íntimo, pero su calidad debe quedar fuera de toda duda. Que se te aparezca el diablo, por ejemplo, y te ofrezca la muerte de aquella persona que más odias a cambio de un pellizco de tu alma. Si tú le respondieras que aquellos a los que odias tienen todo el derecho a existir, habrías justificado seguramente tu vida entera, habrías dado sentido a las horas que pasaste frente al volante, frente a la tele, tirado de cualquier forma en el sofá, o rellenando los huecos de la bonoloto (en el caso de que la bonoloto tenga huecos). Pero el diablo se aparece poco y jamás te hace propuestas tan ventajosas. De aparecerse más, sería uno de los grandes proveedores de sentido.

Tarjetas black', el castigo necesario - Javier Carballo

'Tarjetas black', el castigo necesario - Javier Carballo

Hace años conocí a un tipo que, en el calor de una barra de bar, me contó que era chófer de algún alto cargo y que sus ojos, sólo sus ojos, podrían provocar una crisis de Gobierno. “Si yo pudiera contar simplemente lo que veo a diario”, decía el buen hombre. “Ayer mismo –contaba– llevé a mi señorito de putas y me tuvo esperando en la puerta del puticlub hasta las tantas de la madrugada”, confesaba entre ruegos persistentes de secreto absoluto. “Me juego el pan de mis hijos, ¿sabes?, que si no fuera así, ya te digo…”
Aquello de las putas hasta las tres o las cuatro de la madrugada, con el coche oficial esperando en la puerta, le parecía la anécdota más relevante, acaso porque también constituía la situación más humillante, pero las intercalaba con otras que le parecían menores, más usuales, como las puñaladas del partido o las sospechas de comisiones ilegales. “Mi señorito…” La expresión ya lo decía todo; todo lo esperable de quien como ese tipo convirtió el coche oficial en el zaguán de su desvergüenza.
El coche oficial, como se está constatando ahora con el escándalo de las tarjetas black, el dinero negro del que disponían los directivos de Caja Madrid, siempre ha sido el símbolo principal del poder y no era extraño, por tanto, que en su degeneración aquel alto cargo del que me hablaba su chófer hubiera extendido hasta la puerta misma del puticlub la ostentación de su mando. Que te lleven hasta la puerta y que el chófer espere con el aire acondicionado encendido hasta que se acabe la faena. Luego, en el recuento oficial, el único rastro que quedaba de la juerga era el número desorbitado de horas extras que pasaban los conductores de vehículos oficiales.
Lo esencial de este escándalo no son los desvergonzados que utilizaban sus tarjetas, sino aquellos que idearon el sistema que lo hizo posible
Si algún día, que no ocurrirá, esos tipos hablaran, si detallaran los excesos de los coches oficiales, obtendríamos un listado tan obsceno como el de las tarjetas opacas de Caja Madrid. Que esa y no otra es la razón por la que el escándalo de las tarjetas de Caja Madrid ha caído en la sociedad española como la gota que ha colmado el vaso de la bilis acumulada. La obscenidad de ver a tipos con sueldos de nueve mil euros que, además, utilizaban tarjetas de dinero negro que les proporcionaba la propia entidad para comprar bragas de seda, pagar bebidas de importación y codearse en restaurantes de lujo. Dirán como aquel de Córdoba al que pillaron cargando al ayuntamiento las facturas de sus noches de juerga en los farolillos rojos de las carreteras: “A mí es que me da reparo gastarme mi dinero en esas cosas”. Y se quedó tan pancho.
Pero, no nos engañemos, la ostentación grosera del privilegio es sólo la parte visible de la desvergüenza principal, que no son los gastos que se incluyen en esos listados que se han hecho públicos. No, lo esencial de este escándalo no son los desvergonzados que utilizaban sus tarjetas, sino aquellos que idearon el sistema que lo hizo posible. Por eso ahora, como siempre ocurre, la reacción pomposa de las direcciones de los partidos políticos sólo podrá convencer a los incautos de que los únicos responsables de este desmadre son los titulares de las tarjetas black. Que no, que esa es la consecuencia, la parte visible de un sistema de privilegios instalado por igual en los partidos políticos, en los sindicatos y también en la patronal que premiaba a un puñado de elegidos con esos cargos de postín.
El abuso es sólo la consecuencia; lo esencial es el sistema ideado, permitido y utilizado por quienes ahora quieren aplacar los ánimos como césares que arrojan cuerpos a los leones
A ver, que no se trata, en absoluto, de exculpar a quienes han hecho uso de las tarjetas black, que no es eso. El derecho al abuso no existe, y da igual que los directivos puedan esgrimir que les dieron esas tarjetas como parte de sus emolumentos. Pero el abuso es sólo la consecuencia; lo esencial es el sistema ideado, permitido y utilizado por quienes ahora quieren aplacar los ánimos como césares que arrojan cuerpos a los leones.
Sucedió en Caja Madrid y en otras muchas cajas de ahorro, como en tantos otros destinos políticos conocidos que se reconocen en política como premio o retiro dorado. Con tarjetas opacas o sin ellas. Lo esencial de las tarjetas black no son las bragas o los vodkas con caviar; lo fundamental es la creación de un modelo político de privilegios. Y que ahora se improvisen juicios sumarísimos para expulsar a los implicados en el escándalo es tan desvergonzado como lo ha sido, durante años y años, el mantenimiento de ese maná de dinero opaco reservado sólo a unos pocos de la cúpula.
Hace unos días, en una la gira de entrevistas que está realizando para promocionar su libro de memorias, Antonio Garrigues Walker decía que, tras el emponzoñamiento de la vida política española, con el descrédito generalizado de los partidos políticos tradicionales, la irrupción de un grupo político como Podemos supone “el castigo correcto” de la sociedad. Si lo sabrá Garrigues, que él mismo tiene a alguno de los abogados de su afamado bufete implicado en el escándalo de los ERE de la Junta de Andalucía. Pero es verdad, en definitiva, que todo lo que está ocurriendo es el castigo correcto, pertinente, a tantos años de desmadre con el dinero público. Podemos como caso particular, visible, y la apatía general y el descreimiento como fenómeno social, latente. El vaso de bilis social se ha colmado con las tarjetas; no era para menos.

La fábula de la corrupción, que podría escribirse ahora, como aquellas que dictaba Esopo, narra la historia de un zorro que se disfraza de hombre público y se confunde entre el gentío con la piel de un cordero. Uno más de la manada quiere parecer, aunque lo único que pretende es llenar la barriga. Hasta que el pastor, una noche, al verlo tan lustroso, lo confunde con una de sus mejores ovejas y lo sacrifica para la cena. La moraleja de aquella fábula ya advertía, seiscientos años antes de Cristo, que “según hagamos el engaño, así recibiremos el daño”. Pues eso, el castigo correcto.