lunes, 13 de octubre de 2014

Algo que leer - José Luis Alvite

Algo que leer - José Luis Alvite
No recuerdo haber sentido nunca verdadera preocupación por los estragos físicos que pueda causarme el paso del tiempo. Aun sabiendo que, a diferencia de algunos inmuebles, a los seres humanos se nos arruina el cuerpo sin que podamos sacarle provecho, la verdad es que no he dedicado mucho tiempo de mi vida a quejarme de que se haya esfumado la juventud. Son cosas que pasan y que no tienen remedio. Uno echa cuentas, sabe que ha perdido algunas facultades y a veces duda si cruzar La Castellana en hora punta. Pero sólo un idiota no contaría con eso. Lo importante es relativizar las pérdidas. El envejecimiento sólo significa que hay que desistir de algunos proyectos. Yo, por ejemplo, no hago planes para muy adelante. Sé que a cierta edad un hombre dispone de un tiempo tasado. No hay que ser muy listo para caer en la cuenta de que cuando éramos jóvenes ni nos habíamos fijado siquiera en la enorme cantidad de funerarias que había en la ciudad. Una amiga se me quejó de las arrugas de su piel y parecía muy abatida. Traté de tranquilizarla diciéndole que no tiene sentido que se preocupe por el visible deterioro de su cuerpo porque al mismo tiempo que se vence la piel de su rostro, se le habrá estropeado la vista a los hombres que podrían fijarse en ella. Le recomendé que fuese consciente de la edad que tiene y no pretendiese objetivos que le correspondería haber intentado de joven. «La vida es como es, los cuerpos claudican y de lo que se trata, amiga mía, es de que el esfuerzo que antes podrías haber hecho al adoptar posturas acrobáticas con un hombre en la cama, lo administres de manera que aún seas capaz de la proeza de arrodillarte en misa». E insistí: «Si te miras con detenimiento en el espejo, te darás cuenta de que tu belleza es ahora otra, más blanda y arrugada, es cierto, pero piensa que lo que ocurre no es otra cosa que el hecho irremediable de que se te ha subido a los ojos la piel de los codos». Yo sé que lo entendió a la primera y no fue necesario insistir, entre otras razones, porque a cierta edad la franqueza se parece horrores al mal gusto. Mi amiga está casada y no es feliz porque su marido ya no se comporta en la intimidad como cuando eran jóvenes. No tendría que amargarse por eso. Suele ocurrir. Se dice que un rostro arrugado es la obvia demostración de haber vivido mucho y que en una tez marchita hay mucho que averiguar. Una fulana me dijo hace años: «No me vengas con la puta historia de que cada arruga es un párrafo de una novela. Vivo de mi cuerpo, cielo. Y a los hombres que me pagan, por lo general no les gusta leer».

Belleza con arañas - José Luis Alvite

Belleza con arañas  - José Luis Alvite
Después de mi visita de una semana me he dado cuenta de que en verano Praga es la ciudad ideal si uno quiere ver rusos, alemanes, húngaros, italianos, incluso si echa de menos el civismo de sus compatriotas españoles, igual que en cierto modo tienen razón quienes dicen que para aprender rumano no hay nada mejor que escuchar a Julio Iglesias cantando en inglés. Fueron siete días de un calor insoportable, siempre por encima de los 30 grados, pateando una ciudad en la que incluso son hermosos los restos decadentes de la prolongada influencia del sórdido realismo soviético. Los checos son unos señores contenidos, lacónicos, que hablan lo justo para que se distinga el silencio y ríen con la boca cerrada. Muchas mañanas me senté en la terracita de hotel y me entretuve mirando el paso deletreado de las vecinas de Praga. Las muchachas son delgadas, altas, rubias, y aparentan una adolescencia interminable, como larvas que en su frágil plenitud biológica fuesen a esperar la muerte en la húmeda vigilia azul del interior de una lombriz. Tienen el aspecto algo precario de esas mujeres hermosas en cuyos rostros uno no sabría decir si lo que se trasluce es una emoción contenida, el recuerdo doloroso de un amor fallido o una enfermedad elegante, lenta e incurable que, además de con tristeza, cursase con melancolía, con pudor y con fotogenia. No son carnosas y tienen el rostro muy limpio, con ese poco color que los pintores clásicos reparten por el retrato de la muchacha abatida y romántica en cuyos rasgos no parece que vayan a despertar nunca las arrugas taquigráficas de la vejez. Sentado en mi terracita de la avenida Narodni cerraba los ojos al paso de las muchachas y escuchaba con devoción el fuelle suave e inalámbrico de sus pisadas de talco, como si desfilase por mis sienes el paseo sedoso y levitante de una procesión de intangibles bailarinas de soda. En Praga solo me resultaron más ingrávidos, más flotantes, los patos escalfados bajo el sol en los remansos del río Moldava. Después caía la tarde, amainaba el calor y las balaustradas y los puentes del Moldava se llenaban de inquietantes arañas de todos los tamaños, como garrapiñadas forradas de pelo. Y yo esa mezcla de repugnancia y belleza la recuerdo ahora como haber estado ingresado a la intemperie siete días en una hermosa ciudad en la que las muchachas –lánguidas, catarrales y decentes– sonríen con una mezcla de dolor y dulzura, como si con el nombre del ser amado se les fuese a subir a la boca el sabor de los supositorios.

El físico - José Luis Alvite

El físico - José Luis Alvite
Tiene razón Francisco. Dice que la técnica se ha depurado tanto que lo que menos se le mira a un tipo para firmarle un disco es la voz. Hemos alcanzado un nivel técnico tan depurado, que se le podría grabar un CD de éxito a un tipo que llevase menos de ocho años muerto. En el mercado ahora lo que importa es la presencia física y abrir las cervezas con el ano. A las chavalas les miden el talento por la talla del sujetador y a María Callas le dirían: «¡Lástima de voz! Te falta el careto y las proporciones. Vuelve cuando tengas tetas, nena». Además, a los treinta años eres viejo en España. Dentro de poco, en los asilos las monjas sólo admitirán a tipos de menos de cuarenta. Las viejas figuras de la música ligera sacan sus trabajos a escondidas y matan el tiempo plantando mármol en el jardín. Con un taburete y una guitarra ya no vas a ninguna parte, muchacho. Tienes que recorrer el escenario a saltos, lanzarte contra el público, sudar como un minero, si quieres llegar lejos en las galas de verano. ¡Dios Santo!, Serrat y compañía casi parece que no existieron nunca y que sus últimas fotos artísticas se las hizo el fotógrafo de «La última cena». No podrían competir con Bisbal, con Bustamante, con Chenoa, por citar sólo a tres de esos muchachos que alcanzaron la cima cuando apenas habían leído algo más profundo que las instrucciones del Clearasil y su currículum eran tres cursos de taekwondo por correo y tres maneras distintas de usar el papel higiénico con los pantalones puestos. Les pilló tan jóvenes la posteridad, maldita sea, que la última foto de Bustamante antes de salir en la portada de un disco, probablemente, se la hicieron sentado en el coche de la autoescuela. Y ahora, ahí les tienes, amigo, en lo más alto, recorriendo España y cruzando el charco, tersos como lacones, triunfantes, arrolladores y fluorescentes, ¡tan creídos!, tan autopropulsados, ¡joder! que como si tal cosa, serían capaces de contratar a Dios de telonero.

Azucar y sangre - José Luis Alvite

Azucar y sangre - José Luis Alvite
Con las naturales y consabidas excepciones, por lo general los hombres y las mujeres se unen por la misma razón por la que tarde o temprano muchos de ellos se separan: el sexo. Al cabo de un tiempo de relación en pareja, a muchas mujeres les parece excesivo el sexo que poco antes les sabía a poco. El caso es que mientras ellos aprietan e...l acelerador, ellas pierden velocidad. Descubren entonces que su sexualidad tiene ritmos distintos y un desarrollo peculiar. Eso significa que si se acuestan el miércoles en la misma cama, él disfruta como un loco esa noche y ella tiene su orgasmo el viernes, seguramente mientras él arrastra en su oficina el lento tanteo de la contabilidad. ¿Se puede tener un orgasmo simultáneo con media hora de autobús entre ambos? Puede que sí, que sea posible, pero sólo en el caso de que se le llame orgasmo simultáneo al que un hombre y su pareja tienen con dos semanas de diferencia en la misma estación del año. Según la doctrina matrimonial de la vieja escuela, el hombre casado era feliz si su mujer cocinaba bien, tenía la casa limpia y planchaba a tiempo sus camisas. El tiempo se ha encargado de demostrar que eso era mentira. Los hombres casados no tardan en descubrir que el orden doméstico es enemigo directo de los placeres y que la plancha es un impedimento sexual de primer orden. Ya no quieren compartir su vida con la mujer que ordena su ropa, sino recuperar a la que desplanchaba sus camisas cuando se abrazaban. De estas cosas hablo a menudo con la veterana escritora Kate Sinclair cuando me tomo un fin de semana en su casa de la costa. Sus fracasos sentimentales le han dado una visión de los hombres descontaminada de los prejuicios feministas que tanto daño le hicieron en el pasado. Fue ella quien una tarde me confesó como cosa propia el arrepentimiento que muestran en su obra narrativa la mayoría de sus personajes femeninos: «Me educaron en una visión romántica de la relación con los hombres y no consideraba decente que me sedujesen sin traerme flores en su mano. ¡Bobadas, cielo! Me gustaba que me dijesen cosas bonitas y que se apartasen a mi paso. Decía mi madre que de las manos de un hombre sólo hay que tocar sus regalos. ¡Qué idiota fui, Al! Ahora me doy cuenta de que los hombres elegantes que te abren las puertas para que pases delante son menos excitantes que aquellos otros que se plantan frente a ti y te cortan la retirada. ¿Sabes qué te digo, viejo amigo? Te digo que a mi edad te das cuenta de que los hombres que merecen tu amor son por lo general los mismos que en determinado momento merecen también tu desprecio. Y eso es así, cielo, porque el azúcar de un beso es más fácil de olvidar que la sangre de su mordisco».

Las cenizas amarillas de un monje budista - José Luis Alvite

Las cenizas amarillas de un monje budista - José Luis Alvite
No somos gente de muchas palabras pero nos tenemos cerca para lo que se nos puede ofrecer. Mi amigo Anxo Fortes es sicólogo y tiene una mirada profunda y escrutadora que si te la echa encima te entra ganas de confesar el asesinato de los Kennedy y el terremoto de Agadir. Anxo jamás pierde la calma y suda lo justo para mantener la piel mas húmeda que la correa del reloj. Capaz de las frases más cortas y expresivas, mi sicólogo de "Corzo" podría resumir El Quijote en un telegrama de dos euros. Dios no lo quiera, pero estoy seguro de que si un balazo amenazase con desangrarle una pierna, Anxo Fortes sería capaz de hacerse un torniquete con la femoral de la otra. Muchas madrugadas me quedé mirándole creyendo que no se daba cuenta y comprendí que los ojos del sicólogo pontevedrés podrían ser la distancia más corta entre los míos. A veces Anxo le echa una mano a las cartas a Susiño Oitavén, el jefe del local, y las bazas se suceden a su favor como si viese el juego de su rival reflejado en la humedad del aire. Tipos como él no sería de extrañar que reventasen una caja fuerte utilizando una llave de mantequilla y la combinación de la bonoloto. Me gustan los tipos aplomados y penetrantes como Anxo Fortes, que jamás pierde la calma ni el control sentado en su taburete con la inexcrutable cerrajería de sus piernas cruzadas como dos frazadas de acero. Los tipos como él lo que se merecen no es una tumba, sino una novela. Tiene mi amigo sicólogo una sonrisa escondida, intestina, sorda, la expresión como mosqueada de alguien cuya sonrisa fuese una inflamación del esófago. Anxo Fortes se toma las copas en "Corzo" a metro y medio de mí, dejando espacio para el humo y para cualquier mujer vanidosa, pero lo mismo podría tomárselas en la página 120 de una novela de James M. Cain. En una de esas ocasiones en las que se pone cáustico, Anxo Fortes me dijo que la mitad de mis problemas mentales los habría resuelto meando a tiempo. Naturalmente, no me lo tomé por la tremenda. A un tipo como yo, la causticidad diagnóstica de alguien tan inteligente como Anxo Fortes le sienta como si le mordiese los labios Ava Gardner. O como si le apretase los huevos un tipo con las manos paganas y venéreas de Rita Hayworth. El otro día se me vertió la copa sobre sus flamantes pantalones color vainilla y Anxo se limitó a sacudirlos con el revés de una mano, como si le hubiese derramado las cenizas amarillas de un monje budista. No perdió la compostura. Me disculpé y creo que ni siquiera me hizo puto caso. Sabe que no había maldad. Y que todo es relativo. Anxo Fortes es la clase de hombre tan entero y tranquilo que si se le cayese encima la cagada de una paloma, se querellaría contra la Ley de la Gravedad...

Días de calor y literatura deshuesada - José Luis Alvite

Días de calor y literatura deshuesada - José Luis Alvite
En los mejores momentos de su indecisa facilidad para conquistar mujeres, un amigo mío le dijo a su chica de ocasión: "Me tomaré una copa para atreverme contigo, nena, con el convencimiento de que las dos siguientes las necesitaré para olvidarte". Era verano, como lo es ahora, y aquel tipo entendía que el calor banaliza las cosas, incluso las sagradas cosas del amor. Estaba convencido que del mismo modo que hay canciones para el verano y ropa para sobrellevar el calor, habría que aceptar la existencia de mujeres estacionales con quienes el alcohol del daiquiri suele ser más eficaz que los aforismos y que los versos. No comparto la actitud de mi viejo amigo pero tiene algo de razón. No hace mucho estuve a firmar libros en unos grandes almacenes. Hacía buen tiempo y los ciudadanos se habían ido a la playa o a las terrazas de los cafés, así que no le oculté al jefe de relaciones públicas de los grandes almacenes mi convencimiento de que habría sido más interesante firmar toallas de baño. En verano muchos lectores consideran denso cualquier texto que no quepa en el fuelle de un abanico. A Proust lo leerían únicamente en el supuesto de que sus obras las comercializasen en filetes. En verano lo que se vende es esa prosa como de Porcel, esa literatura balear con coches encarnados y las carreteras bajando hasta el mar como rizos de brea, pobladas por cuatro personajes en los que lo más profundo sea la piel, banal literatura de azaleas y terracitas, encuadernada en algo resistente al helado de vainilla y al espermicida. Hay tipos a quienes no parece improbable que el sudor les borre la frente. "¿Cómo puede pretender usted que lea algo de Faulkner con una sardina asada en una mano y el libro en la otra mano? Estamos en verano, cielo, y en verano incluso a las lápidas con las cagadas de las palomas se les borran los epitafios". Mi amiga T. nunca fue una gran lectora pero en verano extrema su aversión a los textos. Dice que en realidad los libros sólo sirven para tener localizado el polvo del salón. No me faltan razones para creer que a Umberto Ecco sólo lo leería si sus novelas se las deshuesasen en la jamonería. De "El crepúsculo de los dioses", a mi pobre amiga sólo le resultó interesante la imagen de William Holden tendido boca abajo en el agua de la piscina. Leo cada verano "La muerte en Venecia" y siempre me sobrecoge esa mezcla de lirismo y malaria, el niño polaco en cuya sonrisa azulea la víspera de la muerte, y la desidia terminal del hombre maduro en cuya lascivia es como si le regurgitase en las ingles el sudor de un conejo engordado con el mercurio de un termómetro. Es como  si Thomas Mann lo hubiesen escrito con el lápiz de ojos de una mujer con presbicia.

Viento a favor - José Luis Alvite

Viento a favor - José Luis Alvite
Era tarde. Se presagiaba en el horizonte la lactosa del amanecer. De la magnífica velada a bordo quedaba el pianista con las sobras del repertorio y un encantador desorden campal en las mesas. Dos extenuadas parejas bailaban como en defensa propia. Le sugerí al pianista una de esas melancólicas melodías de Jobim que ayudan a pasar el último martini. Yo sabía que la bossa nova me hacía más persuasivo. De smoking y lazo al cuello, incluso un tipo quemado como yo tenía la certeza de que su cuerpo era viento a favor. Fue nuestro último amanecer a bordo. Mientras cavilaban los dedos del pianista se me acercó Jerry Marini con una copa en cada mano. «Brindaremos por este último instante de confraternidad, amigo». ¡Jerry Marini! Aquel tipo tosco cuyo cuerpo parecía contrabando de wolframio, había prosperado en el negocio mortuorio hasta regentar una cadena de funeral home. Cuando le conocí en el 54 su tarjeta de visita decía «Jerry Marini. Funeraria». Con el tiempo mejoraron su contabilidad y su gramática y aquella última madrugada se despidió con una encantadora cartulina: «Jerry Marini. Baños de tierra». Unos minutos más tarde se incorporó Kate al lacónico instante del adiós. La melodía de Jobim sonaba como tibias paladas de arena en su pecho. ¡Último día a bordo! ¡Dios Santo! Kate se echó algo sobre los hombros en ese instintivo gesto tan femenino con el que las mujeres se sacuden de encima el frío y la premonición, y salió a cubierta. La alcancé al instante. Y ella me dijo: «Me he puesto algo en los hombros porque no soportaría fracasar de sisas». Rociaba en sus labios la diapositiva del llanto y en sus ojos amargaba el dolor. «No soportaré tu recuerdo en brazos de mi marido», dijo. Apenas se encaprichaba el mar con la brisa. En el borroso sudor de la costa viraba en hebreo, como un pésame de alpaca, una esquela de cormoranes. A medida que levantó la niebla, se delató por estribor el postrado txangurro de una playa desierta.

La lazada fucsia de su sonrisa - José Luis Alvite

La lazada fucsia de su sonrisa - José Luis Alvite
Le dije a mi querida Ch.: "En realidad no aspiro a grandes cosas en la vida. Me conformaría con un par de novedades cada tres sorpresas, la amistad pasajera de una fulana poco de fiar y la indescriptible posibilidad de sentirme distinto si al amanecer mis pies tuviesen la sensación de volver a casa pisando al tacto sobre las calles de otra ciudad". A mi querida Ch. se le vinieron encima los años como sacos de mármol y no tiene grandes proyectos: su vagina es un topo con peluca y del último hombre que se acostó con ella sólo recuerda el ácido sabor de un beso baldeado con el potaje de un vómito. Comparado con el mío, el techo de sus sueños es bien poca cosa: "¿Sabes, cielo?, yo me conformaría con operarme las tetas y separarlas tres palmos de las rodillas". Las mujeres escépticas y prácticas como ami amiga Ch. serían capaces de cavar la tierra aunque sólo fuese para entrerrar el polvo de sus pisadas. ¡Pobre Ch.! A mi trágica amiga las tetas le tapan el pecho. En una ocasión telefonée a M. desde "Corzo" con el ruego de que resucitase media hora para tomarse una copa a mi lado. "¿Sabes que son las seis de la mañana, cielo? ¿Qué esperas de mí a las seis de la mañana en un local de copas?". "Te necesito a mi lado, nena. No querría pasar por tu casa. El cuerpo me pide mentirte de pie". M. se puso algo por encima y bajo a "Corzo". Eran las seis y cuarto de la madrugada. La encontré limpia y deslumbrante, como si se derramase sobre el "rafting" de su melena la lisérgica luz de la publicidad. Hacía calor y el ventilador verde cambiaba de sitio la pirueta de mi aliento marrón. M. tomó distancia entre mis brazos y sin soltarse, me dijo: "A esta hora y en un sitio así, creo que incluso a un tipo de tu calaña le sentaría bien el gabán amarillo de Dick Tracy". Volví a fijarme en ella. Estaba hermosa y con los ojos a estrenar. Pensé que en un rapto de crueldad podría permitirme crucificarla en el caballete de un pintor. Hacía calor en "Corzo" y en el fondo de mi copa latía el el hielo como una flema de goma arábiga. A M. se le pasó por la cabeza la perfidia de una imagen fugaz: "A veces cierro los ojos en el retrete e imagino que orino sentada en la porcelana blasfema y peligrosa del regazo de un hombre". Suso Oitavén, el jefe de "Corzo", mató algo la luz sobre la barra. Era media mañana en Moscú y anochecía sobre Chicago. M. rehizo con carmín la lazada fucsia de su sonrisa. Se cernía sobre sus ojos la infusión azul del sueño. "¿Sabes, nena, que a las afueras de Niza a los rompeolas de la Costa Azul les crecen juntas la buganvilla y la espuma?". A las siete de la mañana me pareció que a M. el vuelo de la falda le novelaba a lápiz las piernas...

América puritana - José Luis Alvite

América puritana - José Luis Alvite
Anoche debutó en el Savoy un tipo de cincuenta años de carrera a cuestas y varios lustros de ostracismo. Bobby Jennings perdió el pelo de la cabeza hace mucho y lo sustituyó por un espectacular bisoñé de otra talla que le sentaba como una rata con gases. Hace dos temporadas, Bobby Jennings desistió del peluquín. Ahora el viejo cantante luce una calvicie con la piel poco ceñida al hueso, una circuncisión como fuera de sitio, algo que le sienta como una calva postiza. Fue una noche muy evocadora. Bobby alteró la línea tradicional del Savoy con un repertorio para colegiales de los años cincuenta y primeros sesenta. Cantó «Diana», «Put your head on my shoulder», cosas de Paul Anka, temas de Frankie Avalon, aquellas dulces partituras que se bailaron en las graduaciones de los bachilleres durante la Administración Eisenhower, cuando por los alrededores de San Francisco descendían hasta Sausalito pandillas de coches azules y amarillos sobre el asfalto fucsia de aquella América puritana y segura que izaba sus banderas con el palomar aleteo del cancán antibiótico de Sandra Dee, la América feliz y abstraída en la que no perdías el tiempo si decidías esperar a que diesen cerezas los cipreses del cementerio. ¡Dios Santo!, dice Bobby Jennings que en su América de entonces los ríos todavía estaban buscando los cauces en los que quedarse y los últimos tipos de la frontera vadeaban la corriente cargando a sus espaldas una leña de caballos muertos. Al final de su actuación, Bobby tomó café en nuestra mesa y nos dijo: «Muchachos, estas cosas suenan falsas pero fueron ciertas. Fue cierto, maldita sea, que podía llegar al despacho oval de la Casa Blanca un tipo sin recursos que la noche anterior a subirse con la Biblia y un sombrero de copa a la escalinata del Capitolio, hubiese cenado la sopa sorbiéndola de sus propias manos. Conocí en la «high school» de Tulsa a una muchacha dulce y entera. Sé que parece un sueño, pero lo cierto es que a aquella chica tan decente le lastimaba el himen al bailar».

Frases con mala letra - José Luis Alvite

Frases con mala letra - José Luis Alvite
"La elección de los placeres tiene mucho que ver con los instintos y también con la cultura"
Sería difícil decidirse por un placer determinado en el caso que uno se viese en la disyuntiva de elegir. Hay placeres instantáneos que a pesar de su brevedad son de un efecto formidable, como ocurre con el placer del sexo. Otros, como el placer de la comida, resultan agradables pero son en cierto modo más fáciles de sustituir temporalmente por otras sensaciones placenteras, siempre y cuando la alternativa a su disfrute no sea exactamente el hambre. La elección de los placeres tiene mucho que ver con los instintos y también con la cultura, además de que en algunos casos se requiere de cierta capacidad física. Para el sexo no bastante con la intención. Además de deseo, se necesita tener cierta resistencia física, capacidad para un esfuerzo entusiasta y sin miramientos que se verá recompensado en la respuesta correlativa del otro. Claro que tampoco hay que exagerar. Para el sexo se necesita algo más de entusiasmo que para la filatelia, es cierto, pero no tanto como para partir una tonelada de leña. Es más llevadero el esfuerzo físico que se requiere para la literatura, que es el origen de un placer inigualable en el caso de leerla, y de un disfrute inmenso si se trata de escribirla. Aunque carece de sentido su comparación con el sexo, la escritura produce un placer inefable, una emoción difícil de narrar, sobre todo cuando uno acierta con la frase perfecta, con la imagen precisa, y en ese instante siente que la literatura podría equipararse con el sexo y tener sobre él la ventaja de que causa placer sin necesidad de producir manchas. Es discutible que un escritor prefiera una buena frase antes que un buen orgasmo, aunque no hay que descartar que el regusto de un buen párrafo resulte para algunos autores más agradable que el lance sexual más excitante. Desde luego puedo jurar que no es mi caso. Me gusta mi trabajo y creo que hay pocas emociones que superen al placer de lograr una frase acertada o una imagen literaria brillante y rotunda, pero debo admitir que siempre consideré la literatura un deficiente sustitutivo del sexo, el refinado resultado de alguna frustración erótica, incluso un brillante eufemismo del verdadero placer. ¿Sexo o literatura? ¿Es necesario elegir? ¿Qué tal una solución de compromiso? ¿No es acaso a veces su fino instinto literario lo que les sirve a algunos autores para contar a su favor los fracasos en el sexo? Como no estoy legitimado para hablar en nombre de mis colegas, me conformaré con reconocer que si algunas de mis frases me dejaron satisfecho, fue porque el escorzo de su sintaxis recordaba de algún modo su origen en alguna agradable postura en la cama. De todos modos, aunque muchas de esas posturas se convirtieron en aceptables columnas para los periódicos, debo reconocer que la mayoría fueron solo manchas con las que poner a prueba la calidad de la lavadora. El sexo produce a veces una conmoción indescriptible. También es cierto que una buena frase puede disimular un terrible fracaso en cama. Lo ideal es que el sexo mejore tus frases, aunque su estremecimiento joda tu letra.

Psiquiatra con perro - José Luis Alvite

Psiquiatra con perro - José Luis Alvite
He tenido dos depresiones severas a lo largo de mi vida. Una de ellas me mantuvo más de un año apartado por completo de la escritura y me sumió en un estado de desaliento tan agudo que al vestirme por la mañana ni siquiera le encontraba sentido a la rutina de pasar los brazos por las mangas de la camisa. Como no quería parecer un hombre derrotado, procuraba evitar cualquier demostración publica de abatimiento, pero quienes me conocen saben que aquel fue el año que menos entusiasmo demostré por lo que ocurría a mi alrededor y que en semejante estado de agónica estupefacción habría soportado sin pestañear que el viento de enero metiese a puñados el polvo en mi boca y el granizo en mis ojos. Acudía de vez en cuando a pasar consulta con el doctor Emilio González, le detallaba la evolución de mis síntomas y él me escuchaba con ese aplomo tan profesional que en los siquiatras de valía no excluye los matices que hacen de la práctica de la medicina una actividad verdaderamente humanista. Una de aquellas mañanas le confesé que mi visión de la vida era tan pesimista, que ni siquiera creía que en las circunstancias que me habían llevado ante él, un hombre, cualquier hombre, yo mismo, pudiese encontrar en el perplejo dolor de su existencia un buen motivo para intentar llorar con alguna posibilidad de conseguirlo. Ahora resulta incluso divertido recordarlo, pero en una de aquellas conversaciones le conté que la del suicidio era una vieja idea recurrente a lo largo de buena parte de mi vida pero que jamás había tomado la determinación de quitarme la vida porque detestaba hacer cosas de las que no pudiese acordarme pasado un rato. "Eso es lo malo de la muerte -me siguió con humor el doctor Emilio González-, que perjudica sin remedio la memoria". Por aquellos días soñaba con frecuencia que subía en ascensor hasta la azotea de un rascacielos con la decidida intención de saltar al vacío, pero al asomarme cien metros sobre el espectáculo de la ciudad aplastada, indiferente y congénita, la cobardía podía más que la firme resolución de suicidarme, de modo que le echaba un vistazo al paisaje y bajaba luego lentamente por las escaleras hasta el portal, donde me esperaba el entorchado conserje del inmueble seguro de escuchar de mis labios la explicación que sin duda cabía esperar de un tipo reacio desde niño a la rutina: "No es que no haya tenido el coraje necesario para suicidarme, ¿sabe usted?, lo que pasa es que la distancia entre la azotea y el asfalto es tan grande, que temí que si saltase al vacío, me aburriría en el aire". Cada vez que me entrevistaba con el siquiatra, volvía luego a la calle poseído de la incipiente esperanza que me infundía la conversación de aquel hombre inteligente y sensible que en una de las sesiones me dijo con absoluta sinceridad que el recurso de las pastillas servía para paliar los síntomas de la depresión, pero que solo podía ser mía la decisión de aceptar un tratamiento que mermase al mismo tiempo aquella parte de la personalidad en la que suelen brotar juntos los trastornos de la mente y el lisérgico latido de la propensión artística. Emilio González me lo dijo con meridiana claridad: "Tengo la razonable sospecha de que uno de los síntomas más inquietantes de tu depresión es la literatura y que un tratamiento farmacológico a fondo no podría mitigar el cuadro emocional sin perjudicar al mismo tiempo tu manera de ver la vida y describirla". Parecía claro que en el mismo lance estaban en juego mi salud y mi sintaxis. Acordamos entonces un tratamiento cuya eficacia médica no mermase seriamente mis facultades al escribir. Al aceptar la sugerencia, hice una leve salvedad que a mí me parecía crucial: "Recétame cualquier cosa que no perjudique mi vida sexual. Ten en cuenta que así como detrás de un intelectual que se precie suele haber un libro de Joyce, en mi caso es obvio que la referencia cultural más profunda de cuanto escribo es por lo general una simple y miserable erección". Era importante para mí vencer la depresión dejando a salvo los aspectos más esenciales de mi estilo. Mi querido siquiatra me recetó con tal motivo dos cajitas de unos comprimidos estupendos que encajé con la misma gratitud que sentiría un diabético si el endocrinólogo le estuviese recomendando un suculento surtido de pasteles rociados de fogueo con azúcar de pega. Con el tiempo y con la adecuada posología, y gracias sobre todo a las inolvidables charlas con mi admirado Emilio González, pude volver a escribir algunos meses más tarde. Recuperé luego en unas pocas semanas el tono y la manera de contar que tanto temía perder. Y en cuanto a las chicas, bueno, en cuanto a las chicas, gracias a pequeños e inevitables efectos secundarios del tratamiento, y aunque me seguían gustando todas, durante algún tiempo me fijé algo menos en las feas, como si llevase entre las piernas un perro con instintos de cazador y gustos de gourmet. Algún tiempo después tuve la primera sensación fiable y sostenida de que estaba saliendo de aquella jodida depresión. Lo supe tan pronto noté que el cabrón del perro volvía a comer de todo...

Verano de manga larga - José Luis Alvite

Verano de manga larga - José Luis Alvite
Mis amigos andaluces se vinieron este verano a Galicia a sabiendas de que aquí el sol es una lotería que no toca con demasiada frecuencia y que en lo que va de vacaciones ni siquiera es seguro que vaya a dejar la pedrea. En este verano de manga larga, los miles de turistas decepcionados por la falta de sol benefician con su visita a la ciudad de Compostela, siempre atractiva para los viajeros y ahora abarrotada gracias al mal tiempo que vacía las playas. Procedentes de la costa llegan incluso cada día las gaviotas, no sé muy bien por qué, seguramente porque la ecología anda revuelta o, tal vez, debido a que encuentran tierra adentro la comida que escasea en su territorio de siempre, al borde del mar. Mis amigos andaluces se instalaron en la margen derecha de la Ría de Arousa, al borde de una playa de arena fina flanqueada por una discreta masa forestal que si es que no ampara del sol, al menos resguarda de la lluvia. Hacen una vida tranquila, tal vez demasiado tranquila por culpa de una meteorología que si cambiase es casi seguro que sería para empeorar. Pasan algunos minutos de las cinco de la tarde mientras escribo mi columna y al otro lado de la ventana la luz es la que correspondería a cualquier día de noviembre. Mucha gente pide café en las terrazas de los bares y aprovecha la taza para calentar las manos. Al pasar por delante de los restaurantes, a los turistas se les van los ojos al marisco, pero abarrotan las pizzerías porque por el precio del centollo encuentran joyas más baratas en cualquier orfebrería de la ciudad. Dicen que la catedral está siempre abarrotada. Puede que se trate de un rebrote de la fe, pero yo desconfío de que esa afluencia tenga más que ver con la lluvia que con la mala conciencia. Mis amigos andaluces han aceptado su destino con una mezcla de rutina y resignación, como si supiesen que a Galicia no se viene a tomar el sol, sino a huir de él. De todos modos, es un verano extraño, el peor en mucho tiempo. Y es, sobre todo, un verano más pobre que otras veces. Un barrendero de Sanxenxo me aseguró que nunca habían sido tan pobres las basuras de los ricos, ni habían estado jamás tan delgados sus perros. Donde se mantiene el nivel es entre los residentes en A Toxa, esa isla modernista, elegante y termal en la que todavía puede verse a señoras muy ricas con los modales refinados por el peso de sus joyas. Ahí pasa unos días cada verano mi amigo y compañero Josemi Rodríguez Sieiro, un tipo tan correcto, tan exquisito, que yo creo que sería incapaz de estornudar sin haber aprendido antes solfeo.

Los dichosos mercados - José Luis Alvite

Los dichosos mercados - José Luis Alvite
Yo no sé muy bien qué es eso de «los mercados», ni estoy en absoluto seguro de que adelante mucho si me preocupo de saberlo. Puedo vivir sin ese conocimiento, del mismo modo que durante toda mi vida fui capaz de salir adelante desinteresado por viajar al centro de la Tierra y sin conocer el peso atómico del vanadio. Una vecina mía dice que los grandes conocimientos por lo general son innecesarios para llevar una vida satisfactoria y decente, y que desde que tiene memoria, y a pesar de las naturales restricciones de la vida rural, su familia salió adelante sin necesidad de un conocimiento más profundo que el del funcionamiento de la bomba del pozo. A veces basta con tener cierta facilidad para la deducción y adoptar decisiones en función de un mínimo sentido de la corazonada. En una aldea de Galicia le escuché decir a un campesino que «más a menudo de lo que se cree, el ser humano pierde el sentido común por culpa de razonar demasiado las cosas». Un amigo mío muy aficionado a la música estaba convencido de que las plantas de su salón disfrutaban de Mozart tanto como él y se desarrollaban en función de que acertase con sus gustos al elegir los discos que pinchaba. Una de sus plantas melómanas se vino inesperadamente abajo y dio con las hojas en la tierra del tiesto. Le pregunté entonces qué había ocurrido para que, a pesar de Mozart y de Mahler, aquella planta estuviese camino de mustiarse sin remedio. Entonces aquel tipo reaccionó con sentido común, sin dejarse llevar por razonamientos que no venían al caso: «Lo que le sucede a esta planta, amigo mío, no es nada distinto de lo que le sucede al diez por ciento de las plantas que conozco: A todas les gusta Mozart, pero pasado un tiempo, el diez por ciento de las plantas se vuelven sordas». ¿Se puede aplicar ese razonamiento al asunto de los dichosos «mercados» que tanto nos afligen? Para contestar a eso creo sensato recurrir a la sabiduría de una amiga de mi madre que tiene de la vida la idea de que se trata del tiempo que necesitamos para hacernos a la razonable idea de morir. Esa amiga le dijo en una ocasión a mi madre: «Verás, Leonor: La vida está llena de altibajos económicos que nos producen disgustos y alegrías. No hay que descorazonarse por nada. Se trata de saber adaptarse, sólo eso. Son cosas que si no se aprenden con el escarmiento, se asimilan con la edad. Cuando vienen mal dadas, de lo que se trata es de llamarle de otro modo a la pobreza, igual que a cierta edad sustituimos el sexo por la gimnasia de mantenimiento».

Agua pervertida - José Luis Alvite

Agua pervertida - José Luis Alvite
"En mi infancia, el de la feminidad era un capítulo confuso y vedado, un asunto sagrado, casi clandestino"
En mi infancia no estaba bien visto interesarse por ciertos aspectos de la intimidad de las mujeres. El de la feminidad era un capítulo confuso y vedado, un asunto sagrado, casi clandestino, del que solo hablaban con cierta confianza los mayores y del que únicamente estaban por completo seguros los ginecólogos. Gracias a la imaginación podías figurarte cosas y hacerte una idea sobre cómo eran ellas en su más estricta intimidad, pero sabías que se trataba de un atrevimiento inconfesable, un pecado gravísimo que, además de suponerte un destino en el infierno, podía costarte un insomnio cuyas ojeras fuesen luego difíciles de explicar. En un libraco médico que mi padre había heredado del suyo encontré en una ocasión un capítulo dedicado a las patologías de la feminidad. Busqué entonces en sus páginas la desnudez explícita de alguna mujer. Fue en vano. Solo conseguí encontrar un dibujo que reproducía un corte longitudinal del útero y me sentí profundamente decepcionado al descubrir que lo que en realidad había en las procelosas y místicas honduras de las mujeres eran unos cuantos cables que se parecían mucho a los que manipulaba el señor Montero cada vez que venía a casas a reparar las bujías y el condensador del receptor de radio. En los corrillos de los muchachos de más edad se decían cosas fascinantes sobre los placeres de acertar con las claves que daban acceso a los resortes hedonistas de la feminidad, pero después de ver aquella reproducción del útero de las mujeres a mi me pareció que todos aquellos comentarios adolescentes solo eran murmuraciones sin sentido y que en realidad la pelágica hondura casi espeleológica de la feminidad no serviría para otra cosa que para sintonizar la atiplada voz de Franco en el "Diario Hablado" de Radio Nacional de España. A falta de la explícita carnalidad de las mujeres reales, recuerdo que me contentaba con la contemplación de sus ropas puestas al clareo, expuestas a que las cachease el viento en los tendales, sonando como una bandada de aplausos en aquellas blusas en las que muchas veces recuerdo haber husmeado a solas el aroma almidonado y apócrifo de la feminidad. A veces venían a casa mis primas y se aseaban en el baño mientras yo escuchaba a este lado de la puerta el ir y venir del agua de las abluciones y la higiénica liquidez de sus risas casi colegiales, que a mi entonces me parecían sugerentes e inconfesables como si fuesen las risas de aquellos pubis inaccesibles que yo imaginaba que eran de abedul. Después de la higiénica liturgia de mis primas yo entraba al baño y me quedaba pasmado mirando el agua lúbrica y glandular de la bañera. Y cuando estaba seguro de que nadie me vería hacerlo, me arrodillaba delante de la pileta, metía las manos en la tibia sopera abdominal de aquel agua pervertida, cerraba los puños en la entraña del húmedo gineceo jabonoso, entornaba los ojos y estaba seguro de haber atrapado la pulpa mística de la feminidad al sentir como escurría entre mis dedos la hembra amniótica y gomosa de la higiene sacrosanta de las mujeres. A partir de aquella experiencia excitante y clandestina no dejé de ir a la iglesia, pero, por si Dios entraba en detalles, tomé la decisión de confesar mis pecados con las manos en los bolsillos.

sábado, 11 de octubre de 2014

No toques ese cajón - Juan Tallón

No toques ese cajón - Juan Tallón

Mal se tienen que dar las cosas para que a lo largo de una vida, plagada de errores y algunos aciertos, no se nos presenten dos o tres buenas ocasiones para cometer un delito. Hay que tener los nervios plateados e inhóspitos para saber esperar el minuto idóneo. Es fácil precipitarse. En realidad, también resulta sencillo postergar la hora. Si no pones algo de tu parte, el delito se pasará la vida entera ignorándote, aunque permanezcáis en la misma habitación. Su soberbia es perfecta. Cada vez que tuve la oportunidad al alcance de la mano, me desmoroné como esos trozos de ceniza muerta que los cigarros encendidos empujan al abismo. Me provoca un miedo insuperable la posibilidad de un registro domiciliario. Tengo la alambicada sospecha de que podría sobrevivir a la cárcel con un poco de alcohol, los mundiales de fútbol y dos o tres cartas que reciba cada mes de alguna conocida de vista. En cambio, me entra fiebre solo de pensar que un día la policía irrumpe en casa y se pone a revolver en los cajones.
Las infamias que has cometido, y que no has conseguido destruir, pues para eso se necesita valor, acaban siempre en algún tipo de cajón impenetrable, aunque el acceso sea franco. Sabes que ahí dentro, absolutamente cerca, están lo bastante lejos de ti. Cuando no quieres volver a tener noticias de algo, simplemente lo mantienes a tu lado. Es más fácil que acabar con él de una vez y para siempre.
Nadie debería hurgar jamás en tus cajones. Ni siquiera tú. Están hechos de un silencio por dentro que, solo imaginar que no se rompe, me ayuda a dormir por las noches. Me pongo en la piel de todos esos criminales que conducen esposados a su casa, mientras la revuelven de arriba abajo, y me entran escalofríos. Hay cosas en mis cajones que nunca más quiero encontrarme en la vida, como algunas novelas inéditas de juventud, fotos, y hasta alguna carta de amor escrita a mano. Las destruiría, pero tendría que abrir los cajones y ensuciar ese silencio puro y antiguo que reina dentro. A veces pienso en esos escritores que murieron, y al día siguiente sus herederos abrieron todos los cajones en busca de manuscritos abandonados en la oscuridad que hiciesen ruido por dentro, como las huchas.
Hay experiencias ajenas que te hacen recapacitar. En una comida con otros periodistas alguien contó una vez, al llegar a las copas, que el mayor error de su vida había sido abrir el cajón de una mesilla de noche. Nos volvimos muertos de curiosidad, como si acabase de entrar Sofía Loren en el restaurante. Uno de los comensales hizo un gesto sabio al camarero, largamente ensayado, para que rellenase los vasos. Entonces, nuestro colega empezó a contar que, hace algunos años, había estado irremediablemente enamorado de una compañera de trabajo sin dejar que ella lo sospechase. En la oficina aparentaba indiferencia, y cuando llegaba a casa, enloquecía ante aquella belleza porque estaba lejos y no podía mirarla. Una noche, que sería larga de explicar, y aun así carecería de sentido, acabaron en su apartamento. Follaron como si no tuviesen a qué agarrarse, casi a la deriva. Al día siguiente era sábado y ella madrugó. Había quedado para comer con su madre, y le dijo que no se diese prisa en irse. Él escuchó con los ojos cerrados cómo ella se duchaba, se vestía y se iba. «Hay de todo en la nevera», añadió casi al mismo tiempo que se cerraba la puerta, con sonido a fin de novela de Tolstoi.
La persiana permanecía entreabierta y pudo observar el dormitorio desde la cama. La mañana había adoptado aspecto de lentitud y no se apresuró en levantarse. Cuando al fin lo hizo, tan despacio que parecía que le pesase la complacencia, se sentó en la cama y se buscó los pies, cual un idiota. Fue inevitable no sentir curiosidad por los cajones de la mesilla de noche. No pretendía hacer ningún hallazgo, ni siquiera saber algo de ella que no sospechase, sino confirmar, como en un juego, que todos guardamos objetos ridículos, incluso inútiles, en cuya posesión, sin embargo, parece que nos va la vida.

En el fondo, los abrió porque todos los cajones son el mismo cajón, y de algún modo te contienen a ti. La pasión que sentía por aquella chica, moldeada durante meses a fuego lento, se heló de repente, en dos segundos, al descubrir entre sus braguitas una colección de películas en las que mujeres y caballos mantenían relaciones sexuales entre sí. Todos en la mesa nos volvimos al camarero, reclamando gin-tonics con la mirada, desconcertados. No sabíamos si había que reírse, en una señal de normalidad, o sobrecogerse, como signo de lo contrario. Él estaba tan enamorado de la mujer, que al día siguiente de dormir con ella abandonó su trabajo y nunca más volvió a verla.

domingo, 5 de octubre de 2014

Como un quinqui cualquiera - Salvador Sostres

Como un quinqui cualquiera - Salvador Sostres

Desolado porque con el iPhone 6 Apple ha ingresado de un modo total y absoluto en la vulgaridad, e ir hoy por la calle con uno de estos aparatos, tanto el normal como el Plus, es exactamente lo mismo que ir con un Samsung, como un quinqui cualquiera. 
Si Steve Jobs insistía en no aumentar el tamaño del iPhone era porque lo sabía. Sabía que Apple no podía caer en la horterada como sus competidores, y que su marca es tecnología pero también belleza. Y clase, esa clase que forma parte de la esencia y del atractivo de Apple y que el iPhone 6, y el iPhone 6 Plus han echado por tierra. Cómo se nota cuando no están los genios. El iPhone 4S fue el último iPhone perfecto. El 5s que yo tengo es aceptable, pero está ya ligeramente desproporcionado y causa una cierta inquietud tenerlo en las manos, como esos penes largos y estrechos. 
No compré el iPhone 6, y es el primer iPhone que no tendré. Igual lo acabo comprando, con el tiempo, pero no creo. Me disgusté mucho al tocarlo y verlo. No cabe en la mano, no se puede escribir un mensaje cómodamente, y ya no digamos un artículo entero. Es un objeto descompensado, como alguien que en los últimos meses ha engordado. Recuerda a lo que una vez fuimos, pero lo recuerda con tristeza. Tener un iPhone 6 en las manos da nostalgia.
Es importante que Apple entienda que ha fracasado con su teléfono, y que a un genio no lo puede sustituir por un empleado. Es urgente que la compañía contrate inmediatamente a un genio. Se puede discrepar de Jobs siempre y cuando la idea que uno tenga sea superior. Cuando es inferior no es discrepancia, es un error. 
Los genios son el motor de la Humanidad. Sin genios sólo hay derrota, tristeza, provincia, Samsung, barriada. Sin talento estamos vendidos ante la vulgaridad, como lo demuestra este iPhone 6 intolerable.  
Apple siempre nos había hecho sentir especiales. Apple siempre nos había tratado como si fuéramos su único cliente y todo lo hiciera por nosotros. Con este iPhone 6 hemos sido degradados a masa, a carne amontonada, a turba. No me extraña que se esté vendiendo tan bien, pues en el mundo hay mucha más racaille que espíritus delicados. 

El iPhone 6 ha resquebrajado la más bella historia de amor que la tecnología jamás ha contado.

sábado, 4 de octubre de 2014

El palanganero de Mahoma - José Luis Alvite


El palanganero de Mahoma - José Luis Alvite

En alguna parte he leído que hay lugares de Bélgica y de Dinamarca en los que se ha decidido suprimir en la calle el árbol de Navidad para no herir los sentimientos religiosos de los residentes musulmanes. La noticia no me produce demasiado estupor; en realidad creo que lo que me sorprende es que, con la prolongada y evidente decadencia de los valores europeos, algo semejante haya tardado tanto en ocurrir. Obsesionados con el cambio climático, nos hemos olvidado de prepararnos para una novedad no menos previsible e inquietante: el cambio cultural. Y no se trata sólo de que el islam pueda expandirse en Europa merced a la fecundidad de sus preceptos, sino, y sobre todo, por la jubilosa  y trepidante fertilidad de sus mujeres. A los musulmanes la idea de tener cuatro hijos todavía les seduce más que el capricho de engendrar un solo hijo y tener tres coches, que es como se entiende ahora en la Europa materialista la evolución demográfica. Hemos sustituido la familia por la metalurgia; y el pensamiento, por el dinero. Sobrecoge la indiferencia con la que abandonamos nuestros criterios morales y renunciamos a las conquistas hechas con la inteligencia, para ceder ante el empuje de ese islamismo radical en el que las discrepancias no se resuelven con un debate, sino que se zanjan con un degüello. Es triste pensar que la última gran obra colectiva de los europeos haya sido la II Guerra Mundial y que después de aquello hayamos vegetado en medio de la indolencia general, entregados a una decadencia que amenaza con dejar los valores de nuestra civilización en manos de quienes se permitirían el lujo y el festín de destruirla. Ahora escondemos el árbol de Navidad y mañana les cubriremos el rostro a nuestras mujeres y les pondremos un burka a nuestras catedrales. Y a mí, que no soy creyente, me entristece la idea de que vayamos a permitir que Cristo acabe de palanganero de Mahoma.

viernes, 3 de octubre de 2014

Palabrotas - Salvador Sostres

Palabrotas - Salvador Sostres

MI HIJA está aprendiendo a decir algunas palabrotas y mi mujer asiste con disgusto al espectáculo. Como no podía ser de otra manera, también esto es culpa mía. Concretamente, porque a veces jugamos a decirlas y nos reímos. La virtud no puede depender de la ignorancia sino del criterio. La bondad sin inteligencia no tiene ningún mérito. Ni yo ni nadie que esté en sus cabales puede pretender que una niña no aprenda a decir tacos, y que no disfrute jugando con ellos. Las palabras son fantásticas, todas sin excepción, y hay que aprender a usarlas en cada escena.
Cuando era más joven escribía muchos tacos y escenas de sexo explícito. Con el tiempo he preferido no hacerlo, porque me he dado cuenta de que la palabra malsonante no resiste el paso del tiempo. En aquel momento te hace gracia pero relees el artículo al cabo de unas semanas y notas que hay algo que chirría y es el taco.
Crecer significa saber que hay un momento para jugar con las palabras, como para chapotear en la piscina, y que en ambientes más formales la elección del vocabulario tiene que ser distinta; del mismo modo que no podemos andar salpicando por todas partes. Y educar consiste en explicarle a tu hija esta diferencia, y su alcance, y sus consecuencias.
Se aprende viviendo, se aprende equivocándote y lo más difícil es aprender a ser libre y para ello tienes que disponer de la máxima información posible. Se aprende civilización aprendiendo a diferenciar los registros, los ámbitos y lo que se espera de ti en cada caso. Una niña educada, una dama, no es la que no sabe decir tacos, sino la que conociéndolos, hace de ellos un uso adecuado.
Se puede y se tiene que educar desde el prejuicio y desde el miedo. Hay mucha gente que dice que no hay que tener miedo, pero yo pienso que desde el temor de Dios, que es el temor fundamental, lo que más ha contribuido a que nos hayamos llegado a comportar como personas razonables, generosas y hasta espirituales, ha sido el miedo, y la mala conciencia, y los prejuicios que, como la fe, heredamos de nuestros padres.

Pero nunca se puede educar desde la estrechez de espíritu, ni desde la irrealidad, ni desde la ocultación del mundo. Es absurdo. Y demencial. El mar siempre acaba llegando y hay que saber nadar.

martes, 30 de septiembre de 2014

Referéndum interruptus - Ánxel Vence

Referéndum interruptus - Ánxel Vence

Sin más que pulsar el interruptor del Tribunal Constitucional, Mariano Rajoy va a dejar en suspenso la votación convocada por su colega Artur Mas para saber si los vecinos de Cataluña quieren o no la independencia. A la palabra latina referéndum le conviene en este caso el adjetivo "interruptus" que generalmente se aplica al coito cuando media la imposibilidad traumática de alcanzar el orgasmo.
Tal es el inconveniente de fijarse unas expectativas que, a fuerza de desmesuradas, encuentran un difícil encaje con la realidad. Los varones a la antigua, por ejemplo, solían imaginar un ideal de esposa que se desenvolvería con maneras de señora en el salón, con artes de cocinera en la cocina y con maestría de prostituta en la cama. Infelizmente, luego podía ocurrir que la elegida se comportase como una prostituta en el salón, como una señora en la cocina y como una cocinera en la cama, con la subsiguiente decepción para el marido.
Ese mismo riesgo de frustración lo corren aquellos que, entre el cero y el infinito, se marcan como ideal la consecución de la independencia, que viene a ser la más alta cumbre a la que puede escalar un país. El fastidioso interruptus acecha siempre en tales situaciones, como acaso compruebe en los próximos días el voluntarioso presidente de la Generalitat.
El problema está en crear un deseo de complicada satisfacción tal que, por ejemplo, el de la independencia. A eso se ha dedicado en los últimos años Artur Mas con no poco éxito, todo hay que decirlo. Del 33 por ciento de encuestados que hace apenas unos años se declaraban a favor de un Estado soberano en Cataluña, se ha pasado a más de un 54 por ciento en los últimos sondeos sobre tan delicada cuestión.
Debaten los sabios de Barcelona y Madrid -tan parecidos a los de Bizancio- sobre las causas de ese llamativo crecimiento de vocaciones independentistas en el viejo Condado, aunque es dudoso que lleguen a acuerdo alguno. Unos atribuyen la culpa (o el mérito) al Gobierno central, por su negativa a considerar siquiera la posibilidad de un diálogo que ofreciese alternativas a las demandas de los políticos catalanes. Los otros sugieren, en cambio, que el globo de la soberanía ha sido artificialmente hinchado por la propia Generalitat gracias a los abundantes medios escolares e informativos de los que dispone para hacerlo.
Los deseos pueden crearse, desde luego. Lo saben bien los publicistas que buscan el "target" del consumidor para convencerlo de la necesidad de comprar un coche, una lavadora, una marca de galletas o -ya puestos- un candidato a las elecciones. El maestro de la propaganda Joseph Goebbels, por ejemplo, logró persuadir a un pueblo tan culto como el alemán de su superioridad frente al de otras naciones, sin más que repetírselo una y otra vez en los medios.
Es natural. Los pueblos, al igual que los individuos, aceptan de buen grado las adulaciones a su vanidad y las prédicas de quienes les aseguran que son víctimas de la codicia y/o la envidia del vecino.
Lo malo de avivar estas querellas más o menos ilusorias es la posibilidad de que el proceso abierto desemboque en la frustración de un interruptus como el que está a punto de producirse en Cataluña, con el resultado -más bien ingrato- de que todos, acá y allá, salgamos perdiendo. El esfuerzo inútil conduce a la melancolía, aunque nadie recuerde ya los consejos de Ortega y Gasset.

lunes, 29 de septiembre de 2014

De exorcismos, cerveza, fútbol y otros vicios - Javier Cid

De exorcismos, cerveza, fútbol y otros vicios - Javier Cid

Como Pitita Ridruejo cada vez que alterna con la Virgen en los carrascales de España, yo mismo he tenido esta semana mi propia experiencia místico-esotérica: he comido una salchicha extra large, aderezada a la usanza bábara con sus pimientas y sus mostazas, en el restaurante de Múnich donde el monstruo Adolf Hitler orquestó el Putsch de la Cervecería. En otras palabras: me he embutido una bratwurst como un brazo de gitano sobre uno de los barriles donde se fraguó la Solución Final.
Ni un mísero canapé me he llevado a la boca desde que alterno en la crónica social
Me tiemblan aún las carrilleras no ya por lo suculento del embutido, que también, sino por soportar el peso mórbido de tanta Historia sobre el espinazo; tal fue mi sinergia con los fantasmas de la Vieja Europa, yo que siempre he estado en el bordillo de la esquizofrenia, que hasta me pareció ver al Führer atusándose el bigote fascista, primero, y echándome un bramido después, en el justo instante en que un churrete de ketchup se me precipitaba sobre la pechera.
Lo de Hitler no es nuevo, pues los cambios de estación siempre me perturbaron el juicio. Similar alucinamiento sufrí hace algunos inviernos en los remilgados salones del Hotel Palace, cuando tomaba un té inglés con Teófila Martínez, mandamasa de Cádiz city. No sé si en un milagro o en un delirio, la buena mujer se me transfiguró en Ava Gardner en mitad del trasiego de porcelanas y huevos benedictine, o acaso lo soñé, y hasta se le tiñeron los ojos de color esmeralda, como el verde que te quiero verde de Federico. Sólo después supe por boca del maître que estábamos sentados en la mesa misma en la que la que Ava, de puro golfa, le dio pasaporte a Luis Miguel Dominguín. Yen otra de mis crisis de litio, allá por Cannes una copiosa mañana de abril, me creí Brigitte Bardot al bajar las escaleras de La Croisette, y me pasé los días siguientes empapado en fiebres y musitando soflamas ecologistas con acento francés.
Vengo más teutón que nunca tras un viaje relámpago a la Oktoberfest de Múnich
En mi casa ya sospecharon de mis artes brujas desde que al nacer me faltase una costilla. Yde todas mis destrezas, que son tantas como infinitas, la de mimetizarme con el entorno es la que más me luce en estas alegres páginas de domingo. Tanto es así, que hoy me siento más teutón que nunca tras un viaje relámpago a la Oktoberfest de Múnich, una bacanal de cerveza y chucrut que me ha dejado la riñonada como un camión cisterna.
Como vengo siendo un desarrapado, ni un miserable canapé me he llevado a la andorga desde que alterno en los albañales de la crónica social. Yo que me imaginé envuelto en tafetanes y departiendo con Isabel Preysler sobre la revolución bolivariana -incluso me soñé rebañándole los Ferrero Rocher en alguno de los 13 inodoros de Porcelanosa que alicatan Villa Meona-, he tenido que conformarme con seguir las andanzas de la jet en el puñetero ¡Hola! Por eso no pude declinar la invitación de Paulaner, santo grial de la industria cervecera alemana, y me he dejado caer como una hermosa valquiria por las carpas prodigiosas que estos días también frecuentan Ernesto de Hannover, Alberto de Mónaco, Guardiola o Xabi Alonso.
Por esas mismas carpas transitan estos días Ernesto de Hannover o Guardiola
Gran país Alemania, vive Dios, con esos monjes paulinos que en el siglo XVII comenzaron a fabricar su propia cerveza para soportar los envites del ayuno mientras aquí nos dábamos al canto gregoriano. Así calzan los bábaros ese porte rubicundo y esas nervaduras de columnata jónica y esos escotes como balconadas de la Estafeta; no como nosotros, que nos quedamos en los garbanzos y el morcillo y ahí tenemos a Fernando Esteso.

Si seré sensible a los rigores de la cerveza que incluso me noto más talludo y más rojizo, yo que soy de natural chaparro, y he regresado de Baviera con la líbido de un regimiento de infantería. Hasta sus trajes regionales me embelesan, y cautivado estoy con esas pantorrillas teutonas al viento, esas enaguas con ribete y esos sombreros de terciopelo de Miesbach con plumas tirolesas. Por instinto, pienso en nuestro folclore de bandurria y gaita sanabresa, y se me abren las carnes al evocar a Esperanza Aguirre revestida de chulapa, aSusanaDíaz de cofrade o flamencona y a Rita Barberá de exuberante fallera. Y así nos luce el PIB...

La "singularidad catalana" se llama Jordi Pujol - Federico Jiménez Losantos

La "singularidad catalana" se llama Jordi Pujol - Federico Jiménez Losantos

El que desde hace unos meses actúa como líder del PSOE y el que dentro de unos días actuará como Ministro de Justicia han coincidido esta semana en la necesidad imperiosa de reformar la Constitución Española para "reconocer la singularidad catalana". Ni el flamante Sánchez ni el nebuloso Catalá han explicado en qué consistiría esa reforma, tal vez porque las constituciones son para defender singularidades individuales, no tribales o regionales; tal vez porque la nación española, formada por los cuarenta y siete millones de singulares individuos que en ella viven, es el único y singular sujeto de soberanía que define la legalidad del Estado.
El largo y brumoso artículo de Sánchez, tan intelectualmente débil que necesitó al día siguiente el apoyo de un editorial de El País, casi tan malo como el artículo, no nos aclaró en qué consiste esa "singularidad" catalana cuyo reconocimiento nos obliga a cambiar la Constitución, seguramente porque para Sánchez es algo previo y mucho más importante que el régimen constitucional de 1978. Tampoco explicó Sánchez por qué la catalana es más importante que la singularidad murciana, madrileña, vasca o navarra, aunque barrunto que a estas dos singularidades últimas el PSOE de Sánchez, como el de González, está dispuesto a concederles los mismos privilegios constitucionicidas. Más grave es el caso de Catalá, que pide reconocer la singularidad catalana porque, en unas clases que fue a dar a ESADE, conoció nada menos que al sentimiento catalán, amén de ricas peculiaridades culturales que convierten la Constitución en una antigualla deplorable y, como mínimo, reformable.
Temo que Sánchez y Catalá sean dos catetos con título universitario, la forma más grave de ignorancia humana y que, sin saberlo, ilustren la fábula célebre:
"Admiróse un portugués
al ver que, en su tierna infancia,
todos los niños de Francia
supieran hablar francés(…)".
Y lo temo porque es habitual que cuando llega un tipo a Barcelona y ve que los que mandan hablan normalmente catalán, queda admiradísimo y, tras la iluminación, hace suyos los tópicos de la propaganda nacionalista, que se resumen en uno: somos diferentes, todos tienen que reconocer lo diferentes que somos, no se puede discutir que somos diferentísimos y que a nadie se le ocurra tratarnos como si no lo fuéramos. ¡Ojito con nosotros, que nos diferenciamos más! Y el cateto universitario de Madrit se asusta.
Naturalmente, cuando alguien reivindica su singularidad es porque quiere exhibir o proclamar su superioridad. Nadie presume de ser distinto y peor que el resto. De ahí que todas las exhibiciones de lo muy diferentes que son los catalanes con respecto al resto de los españoles hayan ido siempre acompañadas de exigencias de antiguos o de nuevos privilegios. Igual que cuando dicen "queremos votar" quieren decir "queremos romper España", cuando piden que se reconozca su singularidad quieren que para ellos no rija la misma ley que para el resto de España. Ellos harán con la legalidad española lo que en cada momento les convenga: aprovecharla o incumplirla. Y chitón: para eso tienen derecho sagrado a la "singularidad".
Pero ya es cierta esa singularidad catalana. Este viernes, pocas horas antes de que Artur Mas rubricara oficialmente el comienzo del golpe contra el Estado Español del que forma parte, el Parlamento de Cataluña demostró que su "singularidad" no sólo existe como "sentimiento" o reivindicación sino que se encarna en una persona con nombre y apellidos, en un caudillo que por más de tres décadas ha convertido Cataluña en una dictadura que se dice democracia, en una legalidad instalada en la ilegalidad, a una política indiferenciable del delito y en una delincuencia inseparable de la política.
La gran mayoría de ese Parlamento catalán –con la excepción del PP pero con la única oposición implacable, creíble y legítima de Ciudadanos- se ha arrodillado ante Jordi Pujol Soley, un evasor fiscal que ha confesado que roba desde hace más de treinta años, un delincuente sin parangón en la clase política europea, un hombre cuyo paso por la Generalidad ha sido un paseo por el Código Penal, el Civil y el Mercantil, un personaje, en fin, que daba lecciones de ética mientras su familia hacía una fortuna de miles de millones de euros con una industria de una sola patente: la patente de corso para cobrar una mordida, coima, trinque o comisión a todo el que quería hacer un negocio, legal o ilegal, en Cataluña.

Jordi Pujol es la auténtica singularidad de Cataluña. Porque sólo a un ser singularísimo, a un caudillo indiscutido se le deja no sólo mentir a todo un Parlamento sino abroncar a los pocos que le critican... y salir a hombros. Pero esa singularidad ha sido reconocida siempre en Madrid, desde donde La Piovra Laiettana extendía sus tentáculos y colocaba sus ventosas: en las Cortes, en el Consejo del Poder Judicial, en la Zarzuela, en la Moncloa, en el IBEX 35, en el Imperio de PRISA, en la Iglesia, en los medios de comunicación… en fin, en cuantos poderes legales o fácticos pudieran hacerle sombra. Unos días antes de su obscena exhibición en el Parlamento de Cataluña, uno de sus hijos, pillado en monumental trinque, salió tranquilamente del juzgado madrileño, sin medidas cautelares, hacia su Ferrari, su mansión y su próxima comisión. Pero ese escandaloso trato de favor a los Pujol es tradición del Gobierno de España, de los jueces de España, de la misma Constitución Española, cuya vulneración se permite desde que Pujol llegó al Poder en 1980. ¿Para qué, pues, quieren cambiarla el flamante Sánchez y el nebuloso Catalá? ¿Les parece todavía poco reconocimiento a tan rica, riquísima singularidad? ¿Es que Cataluña no se ha envilecido lo suficiente? ¿Es que España no se ha humillado lo bastante?

El «lío»de Rajoy - Federico Jiménez Losantos

El «lío»de Rajoy - Federico Jiménez Losantos

POCO ANTES de que el representante del Estado español en Cataluña, un tal Mas, consumara su rebelión contra el Estado, el presidente del Gobierno, mientras subía esa cuesta que los chinos pusieron en la Gran Muralla para vengarse de los turistas (no cabe otra explicación para tan descarado atropello a la civilización horizontal), dijo una cosa que, tal vez por la distancia, no llegó a los oídos de Mas. De haberla oído, el susodicho hubiera abandonado a toda prisa sus planes sediciosos, no hubiera firmado el plebiscito golpista ni hubiera anunciado que, afanando los medios del Estado español, colocará dos mil trescientas urnas para votar ilegalmente la destrucción de España. De haber oído lo que no escuchó, tal vez hubiera detenido a Jordi Pujol el pasado viernes, cuando en el Parlamento presumió de sus delitos, insultó a los diputados y salió escoltado y aplaudido por De Gispert, Junqueras y el propio Mas como Don Vito entre los Corleone. Porque lo que Rajoy dijo a Mas en las afueras de Pekín fue tremendo: que al promover un plebiscito golpista contra España «se ha metido en un lío».

En un «lío», sí señor. Y el «lío», de creer al estadista pequinés, lo tiene Mas, no Rajoy, ni el Gobierno, ni España, ni la UE ante la demolición del más antiguo de los estados nacionales europeos. Y como le ha salido tan caro llegar a este punto de su plan separatista, Mas está muerto de miedo, o sea, de lío. Desde hace tres años ha usado todos los recursos del Estado español en Cataluña para promover la destrucción de ese Estado; y el Gobierno del PP, encargado de hacer cumplir la legalidad, no le ha hecho absolutamente nada. Ni suspenderle en el cargo por incumplir las sentencias judiciales, ni mandarle una citación de Hacienda o una docena de feroces agentes de movilidad madrileños: nada. Bueno, sí: Montoro le ha dado más de treinta mil millones de euros para remediar la ruina -debe sesenta mil millones - de la Generalidad. El «lío» financiero se lo tapa Rajoy; el «lío» golpista se lo perdona Rajoy; el «lío» institucional lo oculta Rajoy; y desde hace semanas el Gobierno del PP repite que «está seguro de que Mas cumplirá la Ley». Sucede justo al revés: Mas encabeza abiertamente un golpe de Estado. Y a eso le llama Rajoy «meterse en un lío». Ni España, ni Rajoy: el «lío» lo tiene Mas. ¡Menos mal!

jueves, 25 de septiembre de 2014

Carmona: "Hay un tapado” - Raúl del Pozo

Carmona: "Hay un tapado” - Raúl del Pozo

Carmona, de la quinta del plató, motero, colchonero y profesor, quiere ser alcalde del Foro. Los de Madrid pueden nacer en cualquier parte -se es madrileño desde que se pisan las calles de la gloria-, pero él vino al mundo con el puño cerrado en la calle de la Madera del barrio de Malasaña. Jugaba al fútbol en la plaza del Dos de Mayo.
Vio de niño las buhardas, tabernones, julandrones y reinonas del barrio-burladero de la Movida, cuando el cachondeo éramos nosotros y la Cibeles se sacó una teta ante el gentío, antes que Susana delante de Tierno. Piensa que Madrid es un sentimiento y que hay que resucitar la marcha, la cultura y la priva, después limpiar la ciudad.
Lo primero que pensó es que si llegaba a baranda, cambiaría el nombre de la plaza de Margaret Thatcher por el de Blas de Lezo que, según Carmona, andaba con los pies abiertos porque le pesaban demasiado los huevos.
Le digo que la llame Pulga o Fornarina para no asustar -acaba de saludarle un caballero diciendo: «Soy de derechas, pero le voy a votar a usted»-. Él insiste en que la plaza se llamará de Patapalo, que así nombraban al manco y tuerto, vencedor de los piratas del almirantazgo británico.
Está ya en celo electoral y, mientras como alubias rojas en De la Riva, contesta a la gente. Dice que en Madrid habrá librerías abiertas toda la noche, como en Buenos Aires. Olvida que Madrid es también una ciudad de golfos, bravía, con 300 tabernas y ninguna librería. A ver si va a salir Esperanza diciendo que quiere cerrar las tascas. «Sospecho que no van a presentar a Esperanza. Hay un tapado. O Margallo o Pío, o una cara nueva. Rajoy es como el gas sarín, mata despacio y silenciosamente. A Esperanza le puede ocurrir lo que a Gallardón», contesta.
«Dice usted que si es alcalde nos vamos a divertir -comenta un andoba-. Prometen mucho, luego firman la ley de desahucios con la derecha». «En Madrid -contesta- hay 400.000 pisos vacíos propiedad de los bancos. Les propondré que den una cantidad de pisos como bolsa de vivienda social o habrá subidón del IBI del 50% para los pisos vacíos».

Gusta su cara y en las municipales se eligen caras. Se sabe las alineaciones del Atlético, pero aspira a Cibeles, no a Neptuno. Piensa que la Alcaldía de Gallardón fue una ruina inolvidable. Le digo que gracias a esa ruina aquella corte castiza del batallón de modistillas y el tílburi se convirtió en una de las ciudades más modernas de Europa. Carmona insiste en que la derecha de Madrid ya es chatarra.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

De Apple Pay a Apple iBank - Vicente Lozano

De Apple Pay a Apple iBank - Vicente Lozano

APPLE HA vendido 10 millones de iPhone 6 en el primer fin de semana de su nuevo dispositivo, presentado el pasado 9 de septiembre. A una media de 800 euros, esto supone unos ingresos de 8.000 millones de euros. Los analistas de Credit Suisse estiman que el margen bruto -sin gastos financieros, impuestos...- que le queda a la compañía de Cupertino es del 41%. Es decir, unos 3.200 millones de euros logrados ¡en 48 horas! Para darnos cuenta de la magnitud de esa cifra hay que recordar que la empresa española que más ganó el año pasado fue el Banco Santander: 4.700 millones de euros... en 365 días.
Desde luego son cifras de otra división que muestran el potencial de Apple: una ingente cantidad de dinero que puede dedicar a investigar nuevos servicios. Pues bien, de lo que presentó Apple en la keynote del 9 de septiembre, más importante que el iPhone 6 o que el reloj inteligente Apple Watch, es el Apple Pay, el sistema de pagos electrónico que sólo necesita acercar ese reloj o el móvil al terminal de venta y pulsar un botón del dispositivo. Sin tarjeta de crédito o de débito, sin contraseñas, sin papeles... y casi sin enterarnos porque, por pura psicología, cuanto más fácil es pagar, más fácil es gastar. Apple ha llegado a acuerdos con los principales emisores de tarjetas -American Express, Visa y Mastercard- para la implantación del sistema, y volviendo a los grandes números, cuenta ya con 800 millones de clientes -tanto como la población de EEUU y de la UE juntas- con tarjeta de crédito identificada en sus archivos.
Apple no ha llegado el primero. Google tiene Wallet, existen empresas como Paypal o Simple y está bitcoin... pero su irrupción en este negocio -«no queremos ser los primeros, queremos ser los mejores», decía la semana pasada Tim Cook- puede suponer un cambio cualitativo en algo tan trascendental para la economía como el sistema bancario. La banca comercial tenía hasta ahora el monopolio de los pagos, de forma que incluso compañías importantes, como los grandes almacenes Wal-Mart, nunca han conseguido una ficha bancaria por la oposición del sector a la llegada de intrusos. Pero internet difumina las líneas de los negocios regulados. Como Uber en el transporte de viajeros, como Amazon en el gran consumo, como Airbnb en el negocio hostelero, la banca empieza a ver en peligro su posición de dominio en los pagos comerciales. Ya tenemos el Apple Pay. Estamos más cerca del Apple iBank.

@vicentelozano

martes, 23 de septiembre de 2014

Mejor que ´footing´, ´sexing´ - Ánxel Vence

Mejor que ´footing´, ´sexing´ - Ánxel Vence

Un rijoso investigador norteamericano de nombre Richard Smith ha descubierto que la práctica intensiva del "sexing" ayuda a adelgazar en mucha mayor medida que las carreritas a trote cochinero del jogging, que aquí llamamos footing. Mejor que correr a palo seco y en plan onanista es hacerlo reflexivamente, añadiéndole al verbo correr el pronombre reflexivo "se".
Todo esto ya se sabía, por más que el mentado Smith lo haya puesto en prosa y con el necesario acopio de números en su ensayo titulado: "La guía de la dieta para perder peso mediante el sexo". Por poner solo un par de ejemplos, aquí ya estuvieron de moda la dieta del cucurucho, consistente en comer poco y folgar mucho; o la de la pasta, que se resume en folgar y folgar hasta decir basta.
Mucho más detallado, el régimen que Smith aconseja en su best-seller humorístico incluye, lógicamente, el ejercicio del coito; pero eso es solo una parte del programa. Si el ayuntamiento carnal permite quemar 85 calorías, los preparativos del evento arrojan resultados todavía más prometedores.
Un beso, por ejemplo, nos libera de entre dos y cinco calorías acumuladas, de tal modo que si una pareja consigue morrear veinte minutos a diario durante un año, cada uno de sus miembros perderá hasta cinco kilos en ese período.
No acaban ahí, ni mucho menos, los beneficios adelgazantes del sexing. Quitarle la ropa a la pareja consume 12 calorías si se hace con su consentimiento: y hasta 187 si la parte que despoja de su vestimenta a la otra prefiere no pedir permiso. La simple maniobra de calzarse un profiláctico permite la pérdida de algo más de una caloría si el miembro está erecto y de más de 300 si se encuentra en situación más bien fláccida. Naturalmente, el orgasmo, a la vez que agradable, facilita la combustión de 27 calorías si es auténtico, aunque sube hasta 300 cuando la parte implicada de la pareja hace esfuerzos para fingirlo.
Finalmente, si uno de los dos fornicadores es sorprendido en el acto por su esposa o esposo, el gasto calórico ascenderá a 165 unidades en el caso de que uno trate de explicar que esto no es lo que parece y a 100 si el pillado -o pillada- en falta se limita a permanecer callado. Los nervios y sudores propios de la situación explicarían tan notable quema de calorías.
Infelizmente, estas recomendaciones no han de resultar de gran utilidad en España, país que otrora fue cuna de fogosos amantes y hoy no pasa de ser mustio refugio de gentes mayores, registradores de la propiedad y demás clases pasivas desde el punto de vista erótico.
Cierto es que la encuesta Durex, que mide anualmente el grado de bienestar sexual de los países, concedía años atrás a España un muy meritorio octavo puesto en lo tocante a frecuencia de relaciones. Un 72 por ciento de los españoles consultados dice entregarse a los dulces trances del folgar al menos una vez a la semana, aunque en estos casos conviene tener en cuenta que del dicho al hecho va a menudo un largo trecho. Aun descontando la posible fanfarronería, estaríamos lejos del rendimiento de los campeones griegos que, con crisis o sin ella, siguen practicando el coito semanal en una proporción del 87 por ciento.
Luego nos quejaremos de que la obesidad empiece a constituir en España un problema. No será porque el tan mentado Smith dejase de advertírnoslo.

lunes, 22 de septiembre de 2014

El Estado son los padres - Ánxel Vence

El Estado son los padres - Ánxel Vence

Aunque lo de los Reyes Magos ya se sospechaba, pocos habían caído en la cuenta de que también el Estado son los padres. Así lo demuestran las últimas sentencias judiciales en las que se condena a los progenitores de una treintañera a pagarle una ayuda mensual a su hija; o la que deniega tal subsidio a un mozallón de 37 años que, además de la pensión, exigía cobrar los atrasos correspondientes.
La urdimbre de lo que se llama un tanto exageradamente el Estado del Bienestar la constituye en España la familia. Ocho de cada diez jóvenes españoles por debajo de la treintena -y algunos, por encima- viven en casa de sus padres o incluso de la pensión de sus abuelos, y no precisamente por gusto. Muchos de ellos retornaron al hogar familiar cuando la crisis los dejó sin trabajo: y a los demás ni siquiera les había dado tiempo de irse para fundar la República Independiente de su propia casa. Cuesta menos independizar a un país que a una persona, por lo que se ve.
"Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos", sugería un viejo y muy imaginativo lema ideado por los hippies en la década de los sesenta. Medio siglo después, la primera parte de la sentencia parece haberse cumplido, aunque no sea esta, ni mucho menos, la intención de quienes han de permanecer por fuerza en el nido familiar.
Muy a pesar de los supuestos beneficiados por la acogida, la familia ha de suplir en España las funciones de un Estado anémico de fondos que ni siquiera alcanza a cubrir las necesidades del actual ejército de parados.
Los moralistas de guardia tienden a culpar a las víctimas -esto es: a los mocetones que viven bajo el amparo paterno- de lo que les sucede. Achacan tal fenómeno a la pérdida de valores de la juventud que, en su molicie, preferiría no dar palo al agua y entregarse al dolce farniente del botellón, el sexo y la droga en vez de trabajar y labrarse un futuro como Dios manda. Más que opiniones, son simplezas de carcamales que no llevan a parte alguna.
Excepciones habrá como en todo, naturalmente; pero ya quisieran los chavales irse de casa para organizar su vida de manera autónoma como cumple a quienes han superado de largo la etapa de la adolescencia. Infelizmente, lo único que se les ofrece a los jóvenes son contratos por semanas, días e incluso horas: y eso en el mejor de los casos. A la mayoría, simplemente, les resulta imposible conseguir un trabajo por mal pagado que esté.
Decía el siempre atinado filósofo Groucho Marx que la familia "es una gran institución? siempre que te guste vivir dentro de una institución, naturalmente". No se trata de broma alguna en el caso de España. Aquí, la familia sustituye ventajosamente el papel protector del Estado, al que ahorra decenas de miles de millones de euros en subsidios y en casas de acogida. Y, por si ello fuera poco, contribuye también a la financiación de las empresas, que gracias a la ayuda prestada por los padres a sus hijos pueden darse el gusto de pagarles a estos últimos un sueldo mucho más bajo del que les correspondería sin ese apoyo familiar.
A diferencia de esos raros países nórdicos en los que el Gobierno se ocupa de todo, aquí en España ha quedado claro ya que el Estado son los padres. Queda por esclarecer, si acaso, el misterio de los Reyes Magos.

Ajetreo sí, gracias - Nacho Mirás Fole

Ajetreo sí, gracias - Nacho Mirás Fole

No es el ajetreo lo que me destroza, que no; el ajetreo me mantiene animado, optimista, vivo. Lo que realmente me escaralla hasta el punto de incapacitarme por momentos es el tratamiento acumulado en este último año para intentar mantener a raya al tumor invasor y a sus daños colaterales: fotones radiactivos, citotóxicos, antibióticos… Todo un festival de la oncología esdrújula. Esa y no otra es la causa de que se me acantinflen las piernas. Por eso no llevo nada bien que, a la que me preguntan cómo estoy y respondo “cansado”, me repliquen: “Claro, amigo, es que con el ajetreo que te traes…” Ya sé que no va con mala intención, pero es precisamente el estar ocupado uno de los secretos de haber llegado al 22 de septiembre sin tener que plegar el tren de aterrizaje.
Cada paciente es su propia enfermedad. Y todos somos enfermos, pero todos somos ejemplares únicos. No me dio la gana de parar cuando el enterrador empezó a tomarme las medidas de las bisagras para el pijama de madera y no lo voy a hacer ahora. Y si trasciende mi cansancio es únicamente porque me preguntan, no porque me queje de nada. ¿O sería acaso mejor mentir y decir que uno está bien cuando no lo está? Gracias también a los que me cuentan que eso del cansancio es por la edad y que a ellos también les pasa. Yo, además, tengo el factor edad. Además.
El “ajetreo”, con unas cuantas presentaciones salpicadas del hijo en papel de este blog, está también a años luz de la jornada standard de un periodista cualquiera, de un obrero, de unos padres con prole… Y no es que viniera nadie antes a decirme que tuviera cuidado, a prevenirme. Os juro que yo soy el primer interesado en administrar esfuerzos, no hace falta que me vayan colgando carteles de “cuidado con el perro”, que ya sé yo lo que me hago. Así que tranquilos: el meneo me salva; la física y la química me cansan…Y asim você me mataaaaaa…
La presentación en el Hostal de los Reyes Católicos de El mejor peor momento de mi vida fue inolvidable. Expliqué el día 18 que escogí el parador porque ese edificio es el antepasado de la sanidad pública que mantiene vivos a tantos como yo. Y presentar unas memorias sanitarias en lo que fue una enfermería tiene su punto. Podía ser peor: visitad el Hostal y buscad los antiguos mortuorios, el observatorio de agonizados o el depósito de sanguijuelas. Qué diferente es ahora el olor de la morgue. Lo que dio de sí el acto lo resumió muy bien mi compañera de La Voz de Galicia Patricia Calveiro en este enlace.
Tengo hasta arriba el saco de los ánimos y vacía la caja de los libros. Lo primero es combustible para seguir pedaleando el resto de la carrera; lo segundo lo está arreglando Ediciones Paidós mandando género a las librerías que se habían quedado desabastecidas. ¡Cómo agradecer semejante despliegue humanitario! Lo intentaré abrazando y oliendo a todo aquel que quiera ser estrujado y olido, firmando dedicatorias en los sitios más insospechados o sulfatando ánimo a quien lo quiera recoger, que todavía ando sobrado de eso. Nunca salgo de casa sin llevar en el bolsillo un boli y una frase de guardia. El jueves nos vemos de nuevo en otra casa, la del Libro de Vigo, a las 20:00 y el viernes, a la misma hora, en el Liceo de Ourense.
Antes, y sin posibilidad de hacer novillos, mañana me pasaré buena parte de la jornada en esa segunda casa pública mía que es el Hospital Clínico, y desde bien tempranito. No me acostumbro a que me agujereen las venas, pero haré de chutes corazón y saludaré a otros supervivientes de este naufragio que ameniza, desde la cubierta, la orquesta acatarrada del Titanic.
Me ha gustado reencontrarme este sábado en Vigo con la mayor parte de los componentes de la agrupación folclórica Queixumes de A Salgueira, mi barrio, el grupo en el que toqué la gaita desde que era poco mayor que mi hija. Qué gran servicio le hizo su director, mi amigo José Manuel Oliveira Cabanelas, al vecindario de esta orilla salvaje de la Gran Vía. Treinta años de música, baile y compañerismo en una barriada sindical en la que, en aquellos primeros ochenta, era más fácil oír hablar del pico que del picado. Manolo se merece que le pongan su nombre a una calle. Ya verás un día, Manoliño.
Me retiro por hoy, no vaya a ser que alguien me llame al orden por exceso de ajetreo. Mañana, después de las banderillas, mojaré el churro a lo loco. Los churros del Clínico ya no los firma Valeriano García Temprano, pero todavía se dejan mojar. Seguro que me encuentro en el hospital a un montón de personajes de la guerra. Todo mi recuerdo para Pep Fortuny, compañero de la Televisión de Galicia, que este fin de semana nos tomó la delantera y cruzó al otro lado con la cámara al hombro.
Cántamela otra vez, Patsy.



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