sábado, 13 de septiembre de 2014

Sangre en el maletero - José Luis Alvite

Sangre en el maletero - José Luis Alvite
Muchas veces me he imaginado al volante del coche llevando mi cadáver desangrado como un cebú en el maletero. Supongo que esa obsesión tiene mucho que ver con que mi coche fue muchas noches el lugar en el que me sentía a salvo de los inconvenientes de la realidad mientras recorría de madrugada las calles vacías, como si se tratase de localizar exteriores para la filmación de un sueño. La sangre representaría las palizas que alguna vez me dieron, el navajazo que me comí aquella noche en un bar en el que hasta era clandestino el descaro, la herida al rasgar los besos con la espuela del ansia, y sobre todo, representa el viejo presentimiento de que, por lo que sea, acabaré mis días desangrado en la soledad casi maternal de mi propio coche, como un feto ensartado en el útero oxidado de una trampa para ratas. ¡El coche y las calles! ¡La soledad y la sangre! Y esas madrugadas infinitas en las que el tiempo transcurre oleoso y reacio, con la conciencia jodida y toda la lluvia en el suelo, en esos momentos en los que, como le dije a una amiga, en las aceras quedan apenas los parias, los poetas y los perros. Mezclada con el desencanto, la de la soledad en el coche es una sensación muy dolorosa, pero yo la he cultivado mucho porque siempre creí que aun habiendo llevado una vida reprobable y causado el sufrimiento ajeno, si muriese recogido en mi coche, y aunque al encontrarme solo quedasen reconocibles las gafas, las colillas y los huesos, al menos evitaría la deshonra de que mi cadáver empobreciese el suelo. En una de las muchas noches que dormí en el coche soñé que acudía al hospital por una minucia y que, para ganar tiempo, un tipo que me perseguía en su automóvil porque me las tenía juradas, me apuñalaba en la camilla del servicio de urgencias con la ayuda de una solícita enfermera con la que yo había tenido un asunto que acabó incluso peor que si saliese bien. Tuve un coche muy viejo en el que pasaba tanto frío que tenía que salir a la calle para abrigarme. A veces de madrugada lo arrimaba al cementerio y dormía en él, triste, perplejo y con la cabeza casi decapitada en el regazo. Conocí en aquella época a un tipo que me dijo que por muy perverso que sea un hombre, por ruin que a otros les parezca, nadie podría negarle el derecho a ser rehén de sus sueños y agonizar sentado al volante, aunque sólo sea para no morir atropellado por su propio coche.

Tarde bajo los plátanos - Jose Luis Alvite

Tarde bajo los plátanos - Jose Luis Alvite
Media tarde en Cambados, sentado a la sombra de los plátanos en la terraza de "Laya", 28 grados al sol, un autógrafo de prematuras golondrinas de septiembre rubricando el aire en la suave tisana de la penumbra, en el confín desabrido de un mes de julio que vino con agua y arrastra un sutil deje de lirismo y melancolía. Es un sitio que me gusta y frecuento en cualquier época del año. Suele atender mi mesa Javier Sánchez, un maduro camarero con porte distinguido de oficial de la Armada y exquisita voz de cine que ya se sabe al dedillo mi café con hielo y mi tabaco, mis placeres, mi abstracción y mis vicios, el gusto por la soledad y lo bien que, para no descomponer la figura, contengo las ganas de mear. Solo hay tres mesas ocupadas y un puñado de estorninos que a mí me parece que se alimentan picoteando la soriasis beige de esa tierra de Fefiñáns que si caen cuatro gotas parece un mortero de mica, sémola y pan rallado. Enseñorea la plaza el formidable pazo de los marqueses de Figueroa, que fueron siempre unos señores lacónicos y elegantes que nunca supe muy bien si lo que tenían era dinero, privilegios o abolengo, esa cosa que solo se da en los tipos que incluso si contrajesen una deuda despertarían la sincera gratitud de quien les fía. Este año se ha resentido el turismo y los visitantes traen racionado el dinero. En una mesa hay una pareja madura sentada con otra de edad casi octogenaria. No se sabe muy bien si están escépticos o lo suyo es solo cansancio, sumidos en un silencio afinado y unísono que parece la suave habanera de un orfeón de mudos. El octogenario rompe el silencio y dice que ha de andarse con muchos miramientos con la dieta porque tiene azúcar y se juega las piernas. De todos modos parece que no tienen mucho que decirse. A lo mejor es que llevan demasiado tiempo juntos, agotaron los temas de conversación interesantes y ya solo les queda el relativo aliciente clínico de contarse sus patologías. Mi amigo Javier abraza contra el pecho su bandeja de camarero, frunce el ceño y coincide conmigo en que las lluvias de julio, y ese aire que a veces refresca incluso el hielo, han dispersado al turismo y la gente no solo vive la incertidumbre del lugar a dónde ir, sino que tampoco sabe qué ponerse. Yo no digo nada, pero seguro que mi amigo camarero, que me conoce bien, se da cuenta de que ha cruzado por mi mente la idea de que a veces el del veraneo no es más que un tedio programado, un aburrimiento que se tiene lejos de casa, un asco controlado, y en algunos casos, la angustiosa sensación de que tu chica te dejará en la estacada si mañana no sube cinco grados la temperatura en el termómetro de la farmacia. No sé si Javier Sánchez se acordará ahora de que el año pasado le comenté que una mujer puede resistir la gastritis de dos malas comidas consecutivas, pero será difícil que se sobreponga a la trágica evidencia de que concluyó sus vacaciones con un vestido de sisas y escotado que no pudo estrenar porque en el último restaurante en el que cenaron camino de O Grove incluso parecían recién salidas de la nevera las brasas de la parrilla. Ayer por la tarde hacía calor al sol y refrescaba a la sombra en la terraza de "Laya", frente al pazo de Fefiñáns, vuelta y vuelta en el tic tac del tiempo que se escalfa en los relojes, en la fronda de los plátanos, en un lugar hermoso e irrepetible de Cambados, la villa en el que pasé los veranos desde mi nacimiento hasta el final de la adolescencia, en un tiempo lejano e irrepetible en el que todo ocurría tan decente y tan lento, que la pobreza se consideraba bienes gananciales, la muerte era una pausa sabática y hasta parecía bisiesta la prisa.

Buitre en llamas - José Luis Alvite

Buitre en llamas - José Luis Alvite
Yo imaginé hace tiempo la imagen de la muerte representada en el cadáver sedente de una mujer dándole de mamar al esqueleto de un buitre. Ahora veo en el televisor las noticias de la hambruna en Sudán y me doy cuenta de que aquella figuración estaba realmente lejos de ser demagogia, ficción o simple literatura. La realidad cunde en este caso mucho más que la imaginación, aunque, por desgracia, a veces uno tenga la impresión de que esos trágicos episodios del hambre son apenas el recurso del que se sirven los realizadores para ajustar en verano la escaleta de los telediarios. Se trata de emociones de temporada, sucesos estivales, sobrecogedoras escenas de horror que a la larga se sustancian en la noticia de que alguien ganó un merecido premio Pulitzer haciéndole una foto a la chiquilla hambrienta en cuyos ojos recordaremos que medraba como tiza el visillo de la muerte. Hablé del hambre africana hace ya unos cuantos años con un misionero comboniano que había estado destinado mucho tiempo en Mozambique y parecía haberse dado cuenta de que ni siquiera la idea osmótica de Dios puede calar en el ánimo de una persona en cuyo estómago no haya estado recientemente el pan. Conocí al misionero Claudio Crimi en una época en la que yo tenía relaciones sentimentales con una prostituta colombiana en cuya cama dejé muchas noches el dinero, el llanto y la piel. Una madrugada ella se extrañó de que yo fuese incapaz de corresponder con entusiasmo a sus caricias. En contra de lo que tantas veces me habían pedido el corazón y el cuerpo, una noche, mientras mi chica dormía, tomé la decisión de romper con ella. Me levanté de la cama sin hacer ruido, me senté a la mesa en la cocina y le coloqué al lado de su taza del café una nota que me consta que tenía la letra de mi conciencia: «Será mejor que lo dejemos. Te juro que lo que me ocurre es culpa mía. Lo he pensado mucho mientras dormías vencida por el cansancio. Mi insomnio de esta noche me hizo ver claro que cada vez que tengo sexo contigo, presiento que lo que hay entre tus piernas es la boca de tu hijo». Ahora veo en televisión a esos niños hambrientos de Sudán y me acuerdo sin remedio de mi querida prostituta colombiana, aquella muchacha hermosa, digna y mendicante en cuya mirada he visto desvelados de madrugada muchas veces los ojos de un niño puesto en cuclillas a la sombra incandescente de su agonía, acechado en un charco de sed por el merodeo desquiciado e invidente de un buitre en llamas.

Pantalones blancos - José Luis Alvite

Pantalones blancos - José Luis Alvite
No recuerdo mi edad de entonces, pero no tendría mas de diez años la primera vez que vi a un extranjero. Fue en Cambados, durante uno de aquellos largos veraneos en los que llegaba a finales de junio al pueblo con una maleta y la jaula de los pájaros y me quedaba en casa de tía Pepita hasta entrado el mes de octubre. Era un tipo alto y rubio, delgado, zancudo, la nariz más grande que cualquier pañuelo, de unos cuarenta años de edad, pantalones blancos, zapatos a juego y suéter rojo, de aire mundano y al mismo tiempo distraído. Los muchachos no podíamos creer que alguien así apareciese por un pueblo en el que ni siquiera la mar dejaba en los escollos de Tragove, o varado en el estiaje del puerto, el cadáver de un solo náufrago que no fuese de allí. Recuerdo que mis amigos y yo le seguimos un rato por la calle, guardando a sus espaldas las distancias con una mezcla de estupor y prudencia, como si vigilásemos las andanzas de una alimaña que se hubiese extraviado, pensando en apedrearle si se irritaba. Caminaba sin prisa, con una elegancia para mi desconocida, y se detenía en cualquier parte como sin motivo, sin necesidad, como a mi me parecía que lo hacía todo, con aparente interés y al mismo tiempo con relajada despreocupación, como si ser extranjero fuese un delicado acto de resignación, un cansancio que no viniese precedido de un esfuerzo, sino de la circunstancia de ser francés, como dijeron en el bar de Benito Silva unos señores estudiados que le habían escuchado hablar en el atrio de la iglesia con la gárgara inconfundible de un idioma que yo supuse que se lo podría curar el farmacéutico con cualquier jarabe que fuese expectorante. Yo preferí suponer que el señor de los pantalones blancos era alguien que se había confundido al doblar la esquina en cualquier calle de París y cuando quiso darse cuenta estaba al otro lado del mapa, en un país meridional y atrasado en el que no había dos relojes que marcasen la misma hora, ni un solo hombre que no tuviese en el cuerpo más pelo que su perro. Mis amigos desistieron de la vigilancia al atardecer y yo le seguí los pasos hasta llegar el cementerio de Santa Mariña Dozo. Estábamos solos; él, mirando de frente al Cristo crucificado sobre la llama hebraica de una vela en el ábside de las ruinas; yo, diez metros a sus espaldas. Anochecía y desanduve solo el camino hasta casa. A tía Pepita le conté que acababa de ver a un extranjero. Y tía Pepita, que era muy escéptica, sirvió la cena y me dijo muy seria que lo mío seguramente era anemia.

Azafata de bacaladero - Jose Luis Alvite

Azafata de bacaladero - Jose Luis Alvite
En un tiempo en el que todo el mundo dispone de medios técnicos para comunicarse de manera instantánea, incluso para relacionarse a cualquier distancia en formato audiovisual, ahora que incluso lo inmediato a veces nos parece lento, resulta que la gente se siente más sola que nunca y tiene graves problemas para expresar sus sentimientos, hasta el punto de que la comunicación fulminante por medio de la telefonía móvil amenaza con la destrucción de la gramática elemental después de haberse saltado sin el menor reparo las normas ortográficas y de tergiversar la estructura tradicional de la sintaxis. Los medios que facilitan la comunicación son, irónicamente, los mismos que amenazan con la destrucción del idioma o su transformación en una enfermedad de la garganta. En el caso de mantenerse la progresión de las conquistas tecnológicas y la consiguiente regresión del lenguaje, al cabo de un horizonte temporal no muy lejano nos encontraremos con la paradoja de que los seres humanos dispondrán de enormes posibilidades técnicas para comunicar ideas de las que en realidad carecen. Será como proporcionarle un megáfono a un mudo para que le comunique sus pensamientos a un sordo. Ocurre también que aumenta el número de consumidores de tecnología que al margen de entender la telefonía móvil como una formidable conquista científica, la consideran también un deber, hasta el punto de que se sienten vacíos, o inútiles, en el momento en el que no están haciendo uso de sus medios para comunicarse. Parejas que en sus encuentros físicos apenas hablan entre sí están deseando retirarse a sus domicilios respectivos para conectarse por el teléfono móvil o para coparticipar mediante el ordenador en alguna de las esas redes sociales en las que convergen millones de personas incapaces de decirte algo a la cara, pero verdaderamente locuaces si se trata de hablar enmascaradas en la sofisticada maleza del ciberespacio. Es difícil comprender que la comunicación necesite con tanta urgencia del aislamiento.

Yo dispongo de teléfono móvil desde hace años, pero me resulta por lo general tan útil para comunicarme como lo sería un pisapapeles porque soy reacio a lo urgente. Ese teléfono me vino en cierto modo impuesto porque mi familia necesitaba conocer mi paradero por culpa de mi costumbre de estar tres días sin aparecer por casa y temían telefonear a las funerarias y hacer el ridículo por no haberse asegurado antes de que estuviese depositado allí mi cadáver. A pesar de su disponibilidad, a menudo estoy incomunicado porque no considero que merezcan la pena la mayoría de las llamadas que recibo. A mí lo que me gusta es vivir de un modo relajado, sin prisas, con arreglo a la idea de que casi nada es tan apremiante como parece, ni tan perentorio que no pueda esperar. Un amigo mío se echó una novia que era azafata de vuelo. Salía de copas aprovechando que ella tuviese vuelo, pero siempre con el temor de que una inoportuna cancelación la devolviese inesperadamente a casa, le saliese al encuentro y se llevase una sorpresa desagradable. Su novia era una chica hermosa, pero trepidante. A mi amigo le gustaba la vida sin urgencias, los compromisos sin agobio, y resulta que buscando a la mujer de su vida sin darse cuenta se había enamorado de un tambor. Rompió con ella cuando ya no pudo resistir más el estrés de las cancelaciones y el consiguiente cambio de planes que le alejaba inesperadamente de sus amigos, unos tipos aplomados que en caso de incendio solo darían un paso más que el fuego. Ella le preguntó los motivos por los que rompían. Y él no se anduvo con rodeos: "Es por tus prisas, por tu estilo de vida trepidante. No puedo con eso, nena, lo siento. Tú resuelves angustiosamente por el móvil las cosas que yo arreglaría tranquilamente por correo. Yo sabía que eras azafata de vuelo cuando te conocí y por eso no puedo culparte de ese vertiginoso modo de vida, hoy aquí y mañana allí, el dichoso jet lag y todo eso􏰀 ¿Sabes?; me gusta que seas azafata. El problema es que para conciliar tu ritmo con el mío tendrías que ser la paciente azafata de un bacaladero". Lo dejaron al final de una agradable noche de copas. No volví a saber de ella. En cuanto a él, me dijeron que tomó la decisión de convivir con una serena chica sin prisas, una mujer que en caso de incendio pediría la vez para alejarse del fuego, una preciosidad que con treinta años de edad le prometió tomar la vida con tanta calma que tardaría por lo menos otros veinte en cumplir cuarenta.

Furiosos y turistas - José Luis Alvite

Furiosos y turistas - José Luis Alvite
Se cumplen hoy setenta y cinco años del que se llamó Alzamiento Nacional, es decir, de la insurrección del general Fracisco Franco contra el Gobierno legítimo y constitucional de la II República. Fue el comienzo de una guerra de casi tres años en la que abundaron por ambos bandos los gestos heroicos, las decisiones desesperadas y en la que sin duda se cometieron atrocidades que escandalizaron a las fieras. Tal día como hoy comenzó una guerra fratricida que sirvió de campo de maniobras para la II Guerra Mundial. Nunca supimos muy bien cuántos fueron los muertos de la contienda, ni los que siguieron luego con motivo de la dureza de una paz hiriente y sangrante en la que la justicia se mezcló indiscriminadamente con la venganza. Lo que parece claro es que, a juzgar por la actitud de algunos, la guerra no ha terminado y sólo disfrutamos del prolongado beneficio de un alto el fuego en el que aún se discuten los remordimientos y las culpas; un tiempo de furia contenida en el que nos hemos revelado como un pueblo incapaz de entender la vida sin la venganza de los muertos. Como en cualquier país salvaje, en España nos hemos demostrado a nosotros mismos que, con el pretexto de la justicia, es indudable que la demagogia y la ira pueden prolongar impunemente los destrozos de la artillería. Lo triste es que se trata de la furia maniquea de unos pocos, de un resquemor interesado que ha convertido el remoto dolor de la guerra en un pretexto para transformar en ideología la muerte y el recuerdo, en rencor. Tendrían que explicarle su actitud a mi abuelo materno, que se fue a la guerra sin conocer muy bien el motivo, ajeno a la geografía, indiferente a la doctrina. De regreso del frente, miró un mapa y comprendió con espanto lo mucho que había caminado, lo lejos que había estado de casa y lo poco que sabía de los lugares en los que había sufrido. Mi abuelo era un tipo tranquilo que se llevó las manos a la cabeza al conocer los estragos de la guerra y sufrió luego cuando de regreso en casa mi abuela le recibió con una bronca por lo mucho que había tardado en volver, como si la guerra hubiese sido una infidelidad y la muerte, una señora. Yo tenía sólo doce años cuando murió aquel hombre y no recuerdo que me hablase mucho de la guerra. Era como si entre la gente de mi infancia la guerra fuese un pretexto para olvidarla, una patología de la que no quisiesen conocer el diagnóstico y prefiriesen vivir en silencio el dolor, un recuerdo que les produjese amnesia. Tanto tiempo después de aquellos días de irracionalidad y espanto, algunos españoles se empeñan en mantener intacto el rencor y sienten la interesada tentación de enfurecer la Historia. La guerra civil española habrá terminado sólo cuando los lugares que aún recorren los furiosos los pisen por fin los turistas.

La mercería y el Códice - José Luis Alvite

La mercería y el Códice - José Luis Alvite
Algunos críticos surrealistas consideran que el secuestro por amor tendría que ser considerado un acto de buen gusto, un arrebato propio del carácter poético de quienes se enamoran de manera narcotizada e impulsiva, un derroche sublime y proteico del amor, casi a veces un género literario. Mas benevolentes tendríamos que ser entonces si por culpa de la pasión alguien sustrajese el retrato pictórico de ese ser amado para admirarlo en la soledad de su retiro doméstico, en la solitaria vigilia de sus aposentos. La de la belleza es siempre una tentación excusable que puede arrastrar a un crimen contemplativo, a la clase de delito que lo que supone es un derroche de admiración, una malformación de la sensibilidad artística, quien sabe si incluso una admirable desviación morbosa de la inteligencia para convertirse en talento. Contemplada desde la óptica del coleccionista ávido de singularidad y de belleza, el robo del Códice Calixtino constituiría un acto en el que el calor irreflexivo del entusiasmo pesaría más que la fría calificación del crimen. Los prebostes de la burguesía comercial tenían por costumbre la captura de la belleza obstétrica de la criada sirviéndose de la tentación que en su presa despertaban el confort y el dinero. No era necesario que el propietario de la tienda de electrodomésticos incurriese en el secuestro para cautivar a la mujer deseada; a menudo bastaba con que le pusiese una mercería o la instalase en un pisito con la temperatura justa para que ella se sintiese al menos a salvo de los jodidos sabañones. Es distinto plantarse en el Louvre y robar el cuadro de La Gioconda, que es una señora enmarcada que lo que necesita no es una tienda de medias y puntillas, sino una pared en la que ejercer el magisterio de su hipotética belleza, el señorío de su antigüedad, la autoridad incuestionable de su prestigio pictórico, el rejoneo algo romo de su rostro ventrudo. ¿Y el Códice Calixtino? ¿Cuál es la excusa en ese caso? ¿Hay gente dispuesta a robar una belleza con páginas y disfrutar luego con un placer para cuyo goce, además de saber latín, seguramente son inexcusables las gafas de leer? Por otra parte, es evidente que el poseedor de la belleza disfruta de ella solo en el momento que se sabe que es su poseedor, del mismo modo que cuando un hombre tiene intimidad con una mujer hermosa sabe que el placer natural del sexo está incompleto sin el inefable placer de la divulgación. Igual que nadie puede considerarse rico sin hacer el gasto que demuestre su liquidez y su solvencia, el poseedor de la belleza artística está sin duda obligado a que se sepa que es el mecenas depositario de ese portentoso óleo impresionista que tanto dice del exquisito gusto de quien lo posee. ¿De qué sirve hacerse con el Códice Calixtino si no se puede presumir de su tenencia? ¿A quién pretendes fascinar sentado con una levita azul y un chaleco amarillo frente a un piano con el teclado precintado por culpa de un embargo? ¿Se puede disfrutar de algo en si mismo exquisito sin que alguien comparta contigo el placer de su degustación? En el negocio del arte es difícil comerciar con una belleza robada, tan difícil como enseñar la obra sin levantar sospechas, así que quien haya robado el Códice Calixtino se quedará sin el disfrute del placer de enseñarlo, con lo cual el goce es menor y angustiado, casi diría que clandestino, como el disfrute de aquel seminarista amigo mío que se masturbaba con el retrato del papa Julio II retocado para la ocasión con la melena fotográfica de Jayne Mansfield, que era una belleza rubia y exuberante, una voluptuosa nodriza del Séptimo Arte que yo nunca supe muy bien si lo que despertaba en aquel muchacho eras sus bajas pasiones, como una fulana, o sus jugos gástricos, como un guiso. ¿Existe un onanismo del ladrón de arte? No conozco estudios al respecto, pero no hay que descartarlo. Esa sería la razón por la que no aparecen tantas y tan valiosas obras de arte sustraídas hace ya muchos años en importantes museos o en afamadas colecciones particulares. Desde luego, el rapto de la mujer amada es romántico, pero sale carísimo si a la señora tienes que operarle los juanetes, ponerle una mercería e instalarla en un pisito apañado en el que al menos no salga por los quemadores de la cocina el apestoso clorhídrico marrón del retrete. El Arte tiene muchas de las ventajas de la belleza y ninguno de sus inconvenientes. El tipo audaz que consiga robar el retrato de La Gioconda no podrá presumir ante su conciencia de tener un lío de faldas con la mujer más hermosa del mundo, es cierto, pero al menos tendrá la absoluta certeza de que llegado el delicado momento del sexo, a la vieja señora ni se le ocurrirá alegar jaqueca. Puede que la lascivia del arte no comporte las mismas emociones húmedas y glandulares que la exultante lubricidad de la señora de la mercería, pero tiene sobre ella la ventaja de que en el fragor de los revolcones puedes estar seguro de que aunque su posesión regurgite la sensación de culpa en tu mala conciencia y ensucie tus manos ante la ley, al menos no te manchará de pintura el cuello de la camisa. Claro que el erotismo del Códice Calixtino es discutible y muy dudoso que desate la libido de su secuestrador. Pero, ¡demonios!, ¿quién al contemplar a una mujer hermosa no sintió alguna vez la sensación de que lo mejor del sexo no es el sudor, ni los jadeos, como se dice, sino la intuición de haber estar apunto de leer los antecedentes penales de su alma en la blancura sumarial y algo sobada de su ropa interior? ¿No es acaso cierto que a veces lo que de verdad nos fascina de una mujer no es cuanto de superfluo, inerte y ortopédico hay en ella? El Códice Calixtino no es una sugerente belleza carnal, no, no lo es, pero yo soy de los que siempre han pensado que a veces la mujer hermosa que huye de su perseguidor ignora que lo que él trata de poseer no es la charcutería efímera de su carne, ni la excitante sémola de su saliva, sino el fino tafilete de sus zapatos de tacón.

Pájaros de rimel - José Luis Alvite

Pájaros de rimel - José Luis Alvite
A los más jóvenes de cuantos lean esto les parecerá que algo semejante nunca ocurrió en esta tierra, pero lo cierto es que en las rías gallegas los rellenos no existían y en algunos lugares la orilla del mar estaba mucho más cerca que ahora, las mareas se bastaban para depurar el agua y era tal el silencio en el paisaje, que podías escuchar el viento pronunciando en las blusas de las mujeres y aplaudiendo en las velas de las dornas. Yo no sé muy bien como sucedía aquello, lo reconozco, pero a veces en la noche de Arousa ardía el monte Curota y la gente contemplaba sin alarma desde Cambados aquel escabeche de fuego reflejado en la mica de la ría. No había bomberos, ni aviones, ni estaban para eso los soldados, pero lo cierto es que el monte se apagaba solo y mermaban sobre el cuenco de su propio regazo aquellas benditas llamas, lentas y dóciles como ganado exhausto, que mismo parecían hilaturas de lino. En la dentición de los escollos de Tragove rompían las olas con una espuma muy blanca que se volvía luego sobre su estela formando un impecable plateresco como de sedosas amebas de blonda. Podías hurgar entre las algas en la seguridad de que incluso la mierda acorralada por la bajamar en los recodos estaría más limpia que tus propias manos apenas estrenadas. Recuerdo haber corrido desnudo en O Serrido detrás de las robalizas, pisando como un caballo de cobre y saliva en un palmo de agua, y ver el sol reflejado en sus lomos mientras viraban como cartabones hacia Mar de Frades, aquel paraje azul y verde, sirope de mar y de pasto, en el que desembocaba el Umia, un río en el que entonces incluso desovaban las piedras del fondo. Desde Castrelo bajaban los muchachos de los salesianos y se metían en el río con las sotanas arremangadas, formando una catequética marimba de risas que a mí me sonaban como las meadas de los niños cayendo en sutiles trenzas de ámbar en el paladar desconchado de sus orinales de porcelana. A veces en aquel sagrado verano de Cambados me imponían la siesta vespertina y mientras conciliaba el sueño escuchaba al otro lado de la calle, como un ferrocarril de toses, el aliento bronco de los marineros cavando a destajo el sexo de boj de sus mujeres mientras resbalaba en pelotas por sus espaldas la yegua caldosa del sudor. Al anochecer prendían en las casas las cocinas de leña en aquel litúrgico instante inenarrable en el que en el cuerpo de las niñas cuajaba en grumos la cucaña de la pubertad y ser retiraba a sus paraderos por la calle en penumbra una reata de silencio, una pandilla de viento, un párrafo de perros en cuyo aliento ¡Oh, Dios!, en cuyo aliento te juro, amigo mío,.. ¿sabes?, en cuyo aliento te juro que repetía, como un eco azucarado, como el rebufo de un hambre comestible, el suculento sabor de la merienda mamada de los niños. Y todo esto fue cierto porque yo estaba allí y lo vi. Y no hace tanto de todo esto. Ocurrió cuando yo era apenas un muchacho, en un tiempo hoy inconcebible en el que cada vez que reventaba una cereza era para que de su hueso brotase una de aquellas fresas en las que se desplegaban de azul y amarillo las alas de la mariposa que se metía a ciegas en el incendio del monte Curota y salía luego por la otra parte del fuego convertida en un posta de aquellos pájaros con ojos de mujer que yo sé que existieron porque dejaban a lápiz en el aire un estrambote de rimel. Después se hacían a la mar los barcos de los marineros con las redes estibadas como bocios a babor. Y a los niños del paraíso nos vencía el sueño mientras se esfumaba mar adentro aquel orfeón de motores y en el pecho de las adolescentes se garrapiñaba la talabartería del sexo.

El pararrayos - José Luis Alvite

El pararrayos - José Luis Alvite
Nunca he entendido muy bien la obsesión de algunas personas por arremeter contra las creencias religiosas de otras, ni ese empeño en ridiculizar su fe contrastándola con las irreprochables certezas de la ciencia. Aun sin ser creyente, comprendo que otras personas lo sean y que mantengan su actitud a despecho de cualquier comprobación científica de la existencia de Dios. ¿Quién podría sostener que no hay ocasiones en las que la sabiduría se basa irónicamente en la ignorancia? Que a los edafólogos les interese mucho conocer las propiedades técnicas del terreno que pisan, no significa que, si se lo proponen, no puedan disfrutar de un paisaje sin necesidad de conocer la composición del suelo. Pues algo parecido ocurre con los creyentes, que están seguros de la realidad de Dios gracias precisamente a no plantearse técnicamente su existencia. Han llegado a esa certeza partiendo de la base de que Dios es una emoción, no un conocimiento. A veces la fe es incluso la consecuencia de una necesidad, una desesperada conquista que procede de la angustia, igual que en las guerras ocurre a menudo que la valentía no es otra cosa que el resultado de no haber calculado bien los peligros de una acción arriesgada, de modo que lo racional sería la cobardía. No todas las decisiones tienen que ser razonadas, ni mucho menos. De hecho, muchos de los mejores hallazgos del hombre se debieron a decisiones tomadas sin criterio. ¿Por que considerar la fe en Dios como un déficit científico pudiendo considerarla como una emergencia? A veces en la desesperada circunstancia de un naufragio, la tripulación de agnósticos y ateos vuelven sus ojos hacia el único creyente a bordo por si surtiesen efecto sus oraciones. Ninguno de ellos ignora que en el caso de que el barco se hunda los tiburones se darán un festín sin necesidad de tener conocimientos religiosos, ni culinarios. Y no pensemos que la fe es incondicional y que no tienen ningún recelo los creyentes. Hace ya unos cuantos años me encontré a un párroco tomando copas en un club de alterne. Por propia iniciativa me dio una explicación que yo jamás le habría pedido: «Las fe no cubre todas las necesidades de un hombre. Siempre queda un resquicio para la duda razonable. Cada vez que hay tormenta, las mujeres de la parroquia vienen al templo y rezan para que Dios las proteja. Tienen fe, pero no son idiotas. Esa es la razón por la que además de rezar en la iglesia, han contribuido sin rechistar a la colecta para instalar un pararrayos. ¿Y que diablos hago yo en este lugar de perdición? Muy sencillo: No se puede juzgar el pecado de la carne sin conocer a la carnicera. A veces al alma de la gente sólo se entra de verdad por su cama».

Los sueños y las heces - Jose Luis Alvite

Los sueños y las heces - Jose Luis Alvite
En algunas congregaciones religiosas, la pobreza supone una conquista moral y sus militantes la consideran tan natural que ni siquiera presumen de haberla conseguido. Para muchos españoles que no contaban con ella, la pobreza se ha convertido en una circunstancia odiosa a la que es difícil verle la salida en un momento histórico en el que incluso escasea la carroña en los descampados y, a falta de otro sustento, los buitres se comen en los nidos a sus crías. Proliferan los mendigos en las calles, en muchos hogares nunca hay una tartera al fuego y en los comedores de la beneficencia incluso por la noche hacen cola las ratas porque en las basuras abundan las facturas y ha empezado a escasear la mierda. Hay trabajos tan mal pagados, maldita sea, que con razón muchos mendigos temen que les salga un empleo. Algunos antiguos amigos míos se pasan el día en chándal, dando paseos de un lado para otro, cambiando de acera aunque solo sea para dar la sensación de estar ocupados en algo por lo que merezca la pena sudar. No hay una sola calle en la que no estén a la venta media docena de pisos, ni un solo lugar de la ciudad en el que no haya echado el cierre un negocio porque a su propietario solo le merecía la pena encender la luz para saber donde apagarla. Mucha gente almuerza cada día la casquería que antes incluso dudaban si dársela de comida a sus perros. Sé de un tipo que duerme de espaldas a su mujer para que ella no le escuche llorar. También sé que ella no ignora lo que ocurre, pero disimula porque no quiere que a él, además del fracaso, lo hunda en la miseria la destrucción de su orgullo. Tienen suerte los creyentes si son capaces de aliviarse de la pobreza volviendo sus ojos hacia Dios, confiados en que la Providencia les dará la mano o resignados a la idea de que la miseria sirve para poner a prueba la fortaleza moral del hombre. Yo no sería capaz de semejante presencia de ánimo y, seguramente en vez de recurrir a Dios, robaría un rifle en la armería de la esquina para atracar al día siguiente uno de esos bancos en los que un público desencantado y culposo hace cola casi con los brazos en alto. Conviene no perder la calma, es cierto, pero en según qué circunstancias, un hombre se da perfecta cuenta de que el gatillo garantiza mejores resultados que la oración. ¿Qué te espera la prisión? Bien, ¿importa mucho perder la libertad si es a cambio de tres comidas al día en un momento en el que en los cementerios incluso bostezan de hambre los muertos? A los reos de la miseria les da igual de quién sea la culpa de lo que ocurre. Es difícil razonar con hambre y tener criterio con la nevera vacía, a sabiendas de que en algunas autopsias el forense solo encuentra el grisú fénico de los barbitúricos y la horma del ayuno del ayuno. Realmente es muy triste que de ser un país que soñaba sin haber dormido, estemos a punto de convertirnos en un pueblo que vomita sin haber comido. Algo convulso tendrá que ocurrir tan pronto demasiada gente de la nuestra se dé cuenta de que después de haberse visto privada de sus sueños, se ha quedado también sin sus heces. De momento nos salvan el orgullo y la apariencia de ser un pueblo con un elevado sentido de la esperanza, un país con modales en el que la gete aún se sienta a la mesa y despliega la servilleta para la estoica liturgia de pasar hambre tres veces al día.

Un sitio dentro de mí - Jose Luis Alvite

Un sitio dentro de mí - Jose Luis Alvite
En el acto de presentación de “Humo en la recámara” me emocioné dos veces frente al público congregado en el auditorio del Club Faro y reconozco que me costó mucho recuperarme y seguir. Fueron dos angustiosos momentos de bajón e incertidumbre en los que ni yo mismo sabría decir qué ocurrió exactamente dentro de mi cabeza para que me derrumbase de ese modo y no fuese capaz de desviar el llanto a la orina. En una de las ocasiones me emocioné al recordar los amargos momentos de las depresiones que sufrí y que me mantuvieron apartado del oficio durante dos años y medio; en la otra creo que me conmoví al reconocer que después de haber luchado durante cuarenta años por hacerme con el afecto de los lectores, me daba cuenta de que era un perfecto desconocido en mi propia casa y que los míos apenas saben de mí que soy el tipo que firma esas columnas ásperas y sentimentales que a toda costa evitan leer. Supongo que los míos se resisten a la idea de que soy un tipo errático que ha puesto con frecuencia los placeres por encima del deber, un periodista que si recela de la gente es porque teme encariñarse y que luego por su propia culpa salgan mal las cosas. En un momento del acto en el Club Faro me armé de valor y admití que en la tesitura de elegir entre la escritura y la familia, no dudaría en preferir mi oficio. Una confesión así hace mucho daño en quien la admite, pero yo ya hace mucho tiempo que elegí la sinceridad por encima de la conveniencia y no entendería mi espalda sin llevar cargado en ella, como un fardo moral, la sensación abrumadora de la culpa, el peso a veces insoportable del remordimiento. Muchas veces he pensado que ya que con no pocos esfuerzos me hice a mí mismo, ahora estoy en mi derecho de ser yo quien dirija personalmente la voladura de mi conciencia y coloque meticulosamente la dinamita que asegure mi propia destrucción. A mi siquiatra le dejé bien claro en su día que no seguiría ningún tratamiento si había la menor posibilidad de que pudiese afectar a mi manera de entender la vida y de ejercer la escritura. Mi siquiatra lo comprendió y no dijo nada en contra. Ambos sabíamos que la escritura es algo que se malogra si se pretende que tiene cura, como si fuese soriasis, sinusitis o fimosis. Le dije que ya que por mí mismo había generado una determinada patología mental, estaba en mi derecho de elegir la manera de administrarla, cuidando desde luego de no echarla a perder, porque yo siempre he creído que su propia mente es el único lugar en el que está a salvo un hombre. Respecto de cómo me consideran los míos, he de reconocer que comprendo su actitud y solo deseo que entiendan ellos la mía. La verdad es que ya no estoy muy seguro de que esperen algo de mí, ni podría jurar que lo que desean es que les deje en el garaje un coche en buen estado. Con la tralla que llevo encima puedo hacerme a la idea de que sea así y luchar para sobreponerme a ello. Me gusta la oscuridad y no rechazo la dulzura. Siempre quise ser un topo atravesando a oscuras un saco de azúcar. No estoy seguro de haber conseguido mi objetivo. No importa. Los míos saben que a pesar de mi desorden suelo llevar encima algo de dinero para que el coste de mi funeral no les deje sin sus merecidas vacaciones. Sé que mi muerte no les alegrará la vida, pero no descarto que digan de mí que al menos sucumbí a tiempo de aligerar sus gastos. Creo que lo que saben con certeza es que entre mi pecho y mi espalda tengo a mi nombre un corazón ciego que mastica la sangre y un sitio decente en el que morir. A veces creo que mientras duermo soy por dentro la garita oscura en la que desde mi infancia hace guardia la muerte.

Pubis de Abedul - José Luis Alvite

Pubis de Abedul - José Luis Alvite
Se dice que en el calor meteorológico está el origen de la felicidad callejera de algunos pueblos y la raíz de su envidiable salud mental, incluso la explicación de cierta pereza existencial que produce regocijo y placer y nunca ha sido bien entendida por las sociedades septentrionales y albigenses, que son frías, metódicas, contenidas, y sólo se acaloran con el esfuerzo de recobrar la calma y enfriar la pasión hasta volverla amianto. A lo mejor es por eso que mientras en la Europa fría y cartesiana prosperan el pensamiento y la ciencia, en ese otro orbe cálido y meridional proliferan la hostelería, la genitalidad y las flores. Yo nací y me crie en un ambiente norteño de temperaturas moderadas, abundante humedad y gente comedida que hace más ruido al rezar que al enfadarse. No soporto bien las temperaturas por encima de los veinte grados y al llegar el verano tengo serias dificultades para escribir porque me obsesiona la idea de que el calor sea bueno para estimular las bajas pasiones, pero incompatible con la literatura. Me resultaba más llevadero el calor cuando era niño y disfrutaba sintiendo el domingo desde la calle el aroma de los plátanos y los melocotones, que traspasaba el escaparate de la frutería cerrada a cal y canto. Con el calor de mi niñez, con el clima de mi adolescencia, cerraba los ojos y percibía el olor láctico e inguinal de las mujeres, aquella culposa emanación del sexo, e imaginaba el hormiguero de sus caldosos pubis de abedul recorridos por la babosa arábiga del placer, legradas por la lengua del sexo, deshuesadas por el vicio. Me pregunto por qué, si el calor me reconforta como recuerdo, no puedo soportarlo ahora en el momento puntual de escribir. ¿Es acaso más literaria la temperatura conmemorativa que la otra? ¿Será que la verdadera literatura es a veces una secreción recordatoria del calor y que lo que desprendían aquellas mujeres con los rigores del verano no era olor, sino gramática? Tendré que reflexionar sobre ello. A lo mejor resulta que mis reservas profesionales hacia el calor son un simple y estúpido prejuicio. Porque si con la levadura del sol se vuelve hojaldre el mármol meridional de los sepulcros, ¿qué razón puede haber para que no medren con su influjo las frases? Revisaré mi actitud frente al calor. No hay que descartar que la literatura sea una destilación exquisita del sudor, la consecuencia de ese bendito instante neófito del verano en el que uno imagina el cadáver de tía Pepita tendido decúbito supino en la cucaña de un refrescante catafalco de mercería, con su bruñido pubis de abedul recorrido por la hidra malteada de una sintáctica procesión de hormigas invidentes y albinas salidas de un tintero con semen.

A este lado de mi - Jose Luis Alvite

A este lado de mi - Jose Luis Alvite
A mi amigo Alejandro Diéguez, editor de mi obra, le he discutido muchas veces sus proyectos de promoción, no porque no me pareciesen razonables, sino por mi vieja resistencia a desplazarme a lugares que me alejasen demasiado de mi lugar de residencia, de los sitios que frecuento, y sobre todo, de mi barman de cabecera. Aunque lamentando que fuese en días de calor, accedí siempre a firmar ejemplares en la Feria del Libro de Madrid y poco más. Al salir ahora a la calle “Humo en la recámara”, mi editor y yo tuvimos ocasión de darnos un buen apretón de manos cuando sugirió que la presentación en Galicia se hiciese en la ciudad de Vigo. Llevo diez años como columnista en este periódico y lo único que lamento de mi estancia aquí es que no se produjese antes, cuando en otros periódicos gallegos me apretaban las clavijas y trataban de torcerme la mano para que escribiese como nunca supe ni quise escribir. Aquí firmaron mi abuelo y mi padre y aquí me gustaría acabar mi vida como columnista en la prensa gallega, si es que mis jefes están dispuestos a soportar a un tipo que a veces confunde la integridad con la indisciplina, que sufre depresiones que le ponen boca abajo contra el aliento ácimo de su sepulcro y nunca sabe muy bien si los compradores del diario se quedarán ciegos por culpa de leer sus textos. “Humo en la recámara” es una colección de historias relacionadas con el “Savoy”, el local nocturno eminentemente literario en el que me refugio desde hace doce años para superar las decepciones sufridas durante las madrugadas reales de una vida tantas veces contradictoria y casi siempre disipada. Fueron publicadas en la prensa de Madrid porque fue allí a donde me llevaron mis pasos cuando en Galicia se me cerraron las puertas, antes de que una madrugada arrimase el coche al arcén en la Autopista del Atlántico, me armase de valor y en la dolorosa duda de decidirme por el suicidio al volante del coche, le pidiese trabajo al director de “Faro de Vigo”. Aquella noche estaba a menos de una hora de mi ciudad, pero con la emoción de que el periódico vigués me abriese sus puertas sin hacer ninguna objeción, recuerdo que prolongué tanto la madrugada que tardé dos días en pisar el portal de casa, donde la verdad es que llevaba años dado por muerto. Una semana después firmé por primera vez mi columna “Aspero y sentimental” en estas páginas y empecé la etapa de mi vida profesional de la que me siento más satisfecho porque se me permitió una autenticidad absoluta, una manera de escribir cruda y sin embargo soñadora, dura y al mismo tiempo conmovida, a la que estaba a punto de renunciar cuando se me abrieron estas puertas y me consta que salvé la piel en un momento de mi carrera en el que a veces me vencía el sueño, y por no volver derrotado a casa, muchas madrugadas dormía en punto muerto con el coche arrimado a la tapia del cementerio. No me importa reconocer que en algunos de los personajes fracasados de “Humo en la recámara” he volcado con piedad el aliento compasivo y solidario que tantas veces yo eché de menos en mis colegas, del mismo modo que con frecuencia me sirvo de “Aspero y sentimental” para ventilar las frecuentes inmundicias y las escasas alegrías de mi pasado y dejar que mi conciencia me ajuste las cuentas sin volverle jamás la cara. El título del libro que se presenta ahora en Vigo se debe a una feliz ocurrencia de Rocío González, una amiga y colaboradora andaluza a quien antes había convertido yo en el único personaje vivo y real que alguna vez estuvo de madrugada en las ficciones del Savoy. También ella creyó en mi y se hizo lectora de “Faro de Vigo”, seguramente persuadida de que es en los textos de “Aspero y sentimental” donde mejor se me puede conocer sin necesidad de padecerme. Ella comprende también ahora por qué es Vigo la ciudad elegida. Sabe que fue aquí, en esta ciudad, en este periódico, donde pude ser verdaderamente libre en mi tierra, el lugar y las páginas en las que por fin he podido ser sincero sin necesidad de sentarme a llorar estreñido en el retrete de cualquiera de esos periódicos en los que a un tipo como yo solo se le permitiría decir la verdad con la condición de que la verdad fuese mentira. Pasé muchos años lejos de mi conciencia. Ahora, por fin, sé que estoy a este lado de mí.

El hedor y la esperanza - José Luis Alvite

El hedor y la esperanza - José Luis Alvite
Creí en el movimiento de los «indignados» porque, como a tanta gente, también a mí me parece que el país necesita una regeneración moral y política que les devuelva a los ciudadanos la ilusión por los valores irrenunciables de la democracia. Esos miles de personas parecían representar un inesperado brote de sentido común, una llamada a la franqueza en la vida pública, una brisa incontaminada que se llevase por delante el hedor insoportable de una podredumbre creciente en la que sólo es previsible que medre a su antojo la desidia, la náusea y la muerte. Muchos de esos hombres y mujeres son jóvenes descreídos de una sociedad que no les ofrece otra cosa que la esperanza de perder lentamente la fe. Se presentaron con sencillez y espontaneidad, sin los vicios que acarrea la edad, libres de codicia, como un puñado de colonos ansiosos por remover el secarral estéril hasta convertirlo en fértil tierra de labor. Creía en ellos y aún creo. Ya sé que al amparo de esa actitud bautismal, escudados en esa aura casi agraria de lo que empieza, se cometieron atropellos y errores intolerables. Preguntémonos a quién beneficia el descrédito de los «indignados» y acaso sepamos entonces quiénes están detrás de los desmanes, quiénes son los que se colaron en la entusiasta tripulación de remeros neófitos para bogar a contrapelo en la trainera y joderles cualquier posibilidad de éxito en el desenlace de la regata. No se puede maldecir un banquete sólo porque alguien haya derramado una copa en el mantel. Más decepcionante que cometer errores al luchar por algo es la cómoda decisión de renunciar a la lucha. Es evidente que alguien trata de desacreditar a los «indignados» arrojando sobre ellos toda clase de dudas y sospechas. Es también inevitable. Cada vez que alguien intenta coger la flor más hermosa del jardín, se corre el riesgo de que pise el césped. Hay que contar con los errores, igual que cuando alguien quiere limpiar una mancha del pantalón y se arriesga a que quede bien visible en la tela el horrible cerquillo de la limpieza. Vivimos en un bendito país en el que la gente es capaz de reír sin motivo e incluso a veces nos sabe dulce la sal. Como somos un pueblo viejo, sabemos de la vida más que la muerte, y conocemos el mar mejor de lo que lo conoce el agua. Nuestro problema es que nos estamos pudriendo mientras los «indignados» cometen el error casi adolescente de no fijarse en que mientras intentan que corra el aire fresco e inodoro sobre las basuras, entre ellos hay gente expresamente dedicada a clonar la mierda.

El tiempo para ayer - José Luis Alvite

El tiempo para ayer - José Luis Alvite
Llega un momento en el que hay que pensarse bien los esfuerzos que conviene hacer. Es absurdo que un octogenario se obsesione con conservarse así otros treinta años, tan absurdo por lo menos como lo era que mi amigo obeso saliese cada mañana a correr varios kilómetros pensando en adelgazar y desistiese cuando se dio cuenta de que el único que perdía peso con tanto esfuerzo era el perro que le acompañaba. A veces repaso mi vida y me hace feliz recordar cosas que me ocurrieron hace cuarenta o cincuenta años. Me ocurre a menudo que la evocación de aquellos acontecimientos me produce más placer que el que recuerdo haber sentido en el momento de ocurrirme, seguramente porque la ilusión cubre las lagunas que sin remedio va dejando la memoria. Sobre todo cuando flaquea la memoria, el de la evocación es un esfuerzo muy agradable porque nos permite reconstruir el pasado conforme a nuestros deseos, ignorando la minucia y el detalle, configurando una realidad de conveniencia que suele resultar más agradable que la otra. La vida de la mayoría de las personas no sería en absoluto apasionante si no fuese por lo bien que mienten al contarla. Un hombre puede esforzarse por vivir una vida interesante si está dispuesto a los sacrificios que supone salirse del confort de la rutina. La mayoría de los hombres se pliegan a lo cotidiano porque en el fondo saben que resulta más cómodo el esfuerzo relativo de vivir de manera ordinaria y mentir luego al contarlo. Yo no sabría muy bien como clasificarme, si entre los que llevaron una vida interesante o al lado de aquellos otros que necesitan mentir al recordarla. A veces recapacito sobre lo que hice en todos estos años y creo que he llevado una vida desordenada, a menudo caótica, porque necesitaba saber qué se siente al echar de menos la familia, el afecto y el orden. Enseguida me doy cuenta de que eso no es cierto y que en realidad me he limitado a dejarme arrastrar por las tentaciones sin oponer la menor resistencia. La verdad es que con la vida que llevaba iba derecho al pozo, hasta que de manera inesperada descubrí que los motivos por los que me estaba arruinando en todos los sentidos eran los mismos por los que, sin esperarlo, cotizaba al alza. El de mi salvación fue por lo tanto un esfuerzo pasivo, una lucha ajena a mis propias decisiones. Lo mío fue como si al final del aliento me encontrase respirando a oscuras en el interior de un buzo. Pero no he sido feliz. La verdad es que no necesito esforzarme mucho para darme cuenta de que mi vida fueron demasiadas camas para tan poco sueños. A veces me miento para recordar haber llevado una vida más corriente, como el meteorólogo que se equivoca al pronosticar el tiempo que hizo ayer.

La bandera del Waldorf - Jose Luis Alvite

La bandera del Waldorf - Jose Luis Alvite
Eran las diez de la noche y a ella la esperaba un vuelo en Lavacolla a primera hora de la mañana para devolverla a una ciudad al otro lado de la doblez más lejana del mapa. Recuerdo que pasé a recogerla en la puerta del aeropuerto y que deslicé su equipaje en el maletero del coche. Por como caía de acostado el sol a aquella hora creo que fue por estas fechas. Era tarde para tomar café y demasiado temprano para cenar, así que sintonicé música en el coche y busqué la primera salida de la ciudad hacia la costa. “Si hemos de cenar fuera, preferiría pasar primero por el hotel para cambiarme de ropa”, dijo poco convencida, sin duda informada de que no todos sus planes entrarían necesariamente en los míos. Nunca entendí que después de volar hora y media en un avión limpio como una farmacia las mujeres se sientan tan sucias como si hubiesen llegado a su destino encaramadas en un tractor.

Media hora más tarde rodábamos por la costa con una lentitud desusada para mí, como si transportase para la mafia una carga de nitroglicerina que pudiese explotar con cualquier acelerón o en un giro brusco al mamar el pómulo de cualquier curva. Me gustó que el sol de poniente velase mi rostro con la sombra perfumada del suyo. El tiempo se nos fue echando encima mientras yo conducía pensando en ella, sin fijarme en la carretera, orientado apenas por el astigmatismo del arcén mordido por la hierba, con la misma precisión con la que en la espalda de una mujer se arrastra el tirador a lo largo de la cremallera de su vestido. Hablamos de cine, de paisajes, de pintura, de literatura... Pero si he de ser sincero, yo lo que mejor recuerdo son las cosas que creo que jamás le dije, unidas a las respuestas que ella no tuvo ocasión de dar. De vez en cuando recobraba el sonido real y su voz rogándome que retrocediese en el camino hasta su hotel porque necesitaba cambiarse para la cena. Pero perdí contacto con su ruego y seguí rodando como si lo hiciese por una carretera asfaltada con la pantalla de un cine a punto de echar el cierre. No sé si se lo dije, pero yo recuerdo que le sugerí que se olvidase de su idea de volver a la ciudad. “¿Ves aquel puente punteado en sus pasamanos por una luz que parecen las anginas de la lumbre? Al otro lado está la isla, y en la isla, el Gran Hotel con sus paredes merengadas y los toldos amarillos. Estamos algo lejos de la ciudad para volver y sería un desperdicio salir de aquí. No sé muy bien qué me espera a tu lado, pero todo el tiempo del viaje he venido pensando que tú eres lo más cerca que estoy del lugar al que siempre quise ir”. Seguramente no dije nada semejante o ella no supo que se lo decía porque viajábamos en sueños distintos. El caso es que me pidió que le trajese su equipaje del maletero del coche y se pasó con él al asiento de atrás. Acabábamos de cruzar el puente con su compota de luz y dejamos atrás la caseta de vigilancia de la isla. Me dijo que se cambiaría de ropa allí mismo. Arrimé el coche al arcén, lo bastante cerca de una farola para que ella supiese lo que hacía y lo bastante lejos para que la penumbra azul del coche pareciese un biombo. Al ver su torso desnudo en el retrovisor del coche me miré las manos con ese gesto instintivo con el que les mira los puños a los clientes la chica que vende los guantes. Me sinceré: “Estás tan radiante, amiga mía, que es evidente que la de esta noche es la primera vez que tengo la sensación de llevar en el asiento de atrás la cartelera robada de un cine”. Entonces reanudé la marcha con el coche casi parado, tan lento que podrían haberme adelantado las lucecitas de la ría reflejadas en el retrovisor. Ella se pintó los ojos como si repasase el ojal de su mirada con el lápiz de Gauguin y se dio luego carmín en los labios mientras yo conducía cuidando de que un bache no echase a perder en la dulce acupuntura de su pulso aquel portentoso autorretrato. No contaré hoy el final de aquella historia, no porque no haya sucedido, sino, ¡que demonios!, porque de momento será suficiente con que diga que se llamaba María, era hermosa como el resplandor huérfano de luz que precede a la epilepsia y seguramente era por ella por quien preguntaban aquella noche los neoyorquinos al echar de menos la bandera más vistosa en el vestíbulo del Waldorf.

Cuestión de amistad - José Luis Alvite

Cuestión de amistad - José Luis Alvite
Jamás he recurrido al auxilio económico de los amigos y la verdad es que no me importó atender a las necesidades de unos cuantos. Con el tiempo me he dado cuenta de que si tuviese que hacer una lista de los amigos a los que les presté dinero, sería la misma que la de aquellos que jamás me lo devolvieron. Podía haberles exigido el justo reembolso de la deuda, pero con relativo buen sentido pensé que en ese caso la recuperación del dinero iba a suponer sin duda la pérdida del amigo.
Como de todo se aprende, ahora sé que cuando alguien te pide dinero pensando en que serás lo bastante amigo como para prestárselo, él tendría que comprender que lo que esperas de él es que sea a su vez lo bastante buen amigo como para no pedírtelo. Pero, claro, ¿de qué sirve entonces la amistad? A lo mejor es que la verdadera amistad es la que une a dos personas dispuestas a no ponerla jamás a prueba. Yo he alternado mucho de madrugada en ambientes llenos de humo, con gente pasada de copas que tiene un generoso sentido de la amistad y enseguida cogen confianza. Fue en uno de esos ambientes donde conocí a P., que se hizo amiga mía intercambiando frases entre cigarrillo y cigarrillo mientras yo pagaba las copas y el tabaco.
Al cabo de algunas semanas de pedirme cigarrillos durante toda la noche, le pregunté si por curiosidad alguna vez había comprado tabaco a sus expensas. «Soy tu amiga.¿Le vas a negar tu tabaco a una amiga? ¿Vas a ser tan miserable conmigo? ¿Sabes?, yo no compro tabaco porque quiero dejar de fumar». Entonces repartí los dos últimos cigarrillos del paquete y mirándola reflejada en el espejo empañado de la barra del bar, le dije: «Está bien, amiga. Entiendo que quieras dejar de fumar, pero no sé si te das cuenta de que, con el gasto que me supones, me vas a sacar de fumar a mí». Se comprenderá que en el grave riesgo de renunciar a un vicio, opté por renunciar a una amiga.
Al margen de mi facilidad para olvidar los compromisos y las citas, la verdad es que nunca he sido un tipo con muchas amistades. En los bares que cierran tarde, mi amigo de verdad lo es por lo general el barman. Tuve una sincera amistad de muchos años con Tino Landeira, el desinteresado barman del «Corzo» que sabía de mí unas cuantas cosas que incluso yo ignoraba. He estado tan unido a él, que llegado el momento de mi muerte nadie tendría que extrañarse de que mi querido barman reclamase la correspondiente pensión de viuda.

Risa apaisada - José Luis Alvite

Risa apaisada - José Luis Alvite
Sentí fiebre esta mañana al levantarme, consecuencia de un resfriado con el que no contaba, y pensé que a medida que aumentase mi temperatura tendría una mejor disculpa para el empeoramiento de mi columna. En el caso de alguien que se deja llevar a menudo por la imaginación, la convulsión de la fiebre supone la ocasión perfecta para volver a la realidad, que no es otra cosa que el delirio patológico de quienes tienen por costumbre vivir la vida como si fuese un sueño. Mis fiebres infantiles en el verano de Cambados me permitieron descubrir desde la cama ruidos callejeros en los que antes nunca había reparado, como si todos aquellos niños y el tránsito de los marineros fuesen una enorme chamarilería, una manada de realidad pisando descalza sobre una marimba, una horda de voces, el trajín diverso y latoso de una cacharrería en la que deambulase una soviética turba de campesinos, una voluptuosa procesión de coces. Eso pensaba entonces y la verdad es que aún ahora me doy cuenta de que la fiebre despierta en mí emociones que creía olvidadas, sensaciones a medio camino entre la sordidez real de la calle y la literatura del desvarío, como cuando de niño en aquellas febriles siestas cambadesas imaginaba que al otro lado de la ventana en falleba hervía en sus heces de caballo un mundo heterogéneo y confuso, una demografía de chinos pregonando sus mercancías con el tintineo de un idioma que a mí me sonaba como las cortinillas de cuentas de los burdeles asiáticos del cine. Los ruidos transcribían una realidad en la que la fiebre superponía emociones fantásticas, de modo que al borde de los cuarenta grados yo me daba perfecta cuenta de que los ruidos de la calle reproducían una realidad que yo jamás había tenido en cuenta, una realidad que a mí, que soñaba tanto, me parecía ficticia. Hasta que el médico comprobaba en el termómetro que la temperatura había remitido y yo salía entonces a la calle preguntándome con desilusión dónde diablos se habrían metido todos aquellos pies ligeros, deshuesados e indochinos que hasta horas antes habían desfilado como insectos de mica pisando en procesión sobre la lejana marimba de la fiebre. Ahora tengo 39 de temperatura y no sé si esta última frase será literatura o el sirope amarillo del sudor deslizándose como una culebra de semen sobre el torso de un buey agonizante. Ni siquiera puedo saber a cuántas reses ciegas corresponden las pisadas de mi corazón acelerado. Sólo sé que me llega desde la calle la risa budista, apaisada e inalámbrica de todos esos niños chinos a los que jamás vi en el portal de casa.

La bomba del pozo - José Luis Alvite

La bomba del pozo - José Luis Alvite
No tengo mucha fe en los sexólogos. Comprendo que hacen su labor y que le ponen interés, pero yo siempre he pensado que para mejorar las relaciones sexuales en lo que hay que inspirarse no es en los apuntes tan científicos del sexólogo, sino en como lo hacen los iletrados cerdos en su establo. Muchas parejas fracasan porque se entienden mal en cama y otras se resienten por culpa de un colchón mal elegido. Hay fracasos sexuales incluso pintorescos, como el del matrimonio que disfruta sólo en el caso de que ambos imaginen que están en cama con un desconocido. O como disfrutaba aquella amiga mía que gozaba pensando que en ese momento su marido le estaba poniendo los cuernos a su joven amante. A una señora de la buena sociedad compostelana le escuché decir de madrugada en su cama que lo que le encendía el cuerpo era la certeza de estar haciendo algo que si se supiese en el hoyo siete del golf de La Toja podría perjudicar seriamente su reputación. En realidad nunca disfrutó en serio de las enormes posibilidades que se le abrirían si tuviese una mente que comiese de todo. Su conciencia le impedía hacer cosas que sin embargo le permitía su cuerpo, de modo que en el momento crucial, cerca del éxtasis, imaginaba que su postura en cama era la misma que en el reclinatorio de la iglesia y entonces todo se venía súbitamente abajo. Tenía también un problema de vocabulario. No llamaba a las cosas por su nombre funcional, sino por su referencia científica. Suele ocurrir que muchas mujeres se frustran en cama por la sencilla razón de que no se atreven a pronunciar en voz alta las cosas que en cambio gimen sin rubor. Se atreven a cualquier novedad, incluso a variantes acrobáticas, y sin embargo se quedan paralizadas por culpa de su remilgo gramatical. «Ya sé que eso se llama así, cariño, pero yo no puedo pronunciarlo; es como si su nombre vulgar no me cupiese en la boca, cielo. Compréndeme, por favor. Puedo hacer contigo lo que quieras, pero no me pidas que después intente leerlo». Aunque el somier era de garantía y nos entendíamos bien, al final nos distanciaron su pudor y la semántica. Su terminología no era coherente con la mía y en nuestra afinidad se entrometió un insalvable problema de vocabulario. ¡Lástima! Aquello salió mal porque mientras yo pensaba en los elementales e iletrados cerdos del establo, ella se abstraía en la estival evocación de su casa de campo e imaginaba el funcionamiento de la bomba del pozo. Nunca abrigué la menor esperanza de tener con ella un orgasmo al mismo tiempo. En realidad nuestro mayor logro sexual habría sido sin duda la decisión de compartir a oscuras la traducción simultánea.

Insensatez - José Luis Alvite

Insensatez - José Luis Alvite
Hay muchas maneras de medir la sensatez de un hombre y de establecer el momento en el que el sentido común sustituye en su vida a los impulsos. Se admite casi como norma que con el paso de los años los hombres se vuelven más conservadores y no toman una sola decisión sin haberla meditado antes, hasta el punto de que incluso los tipos que hacen discursos dedican horas a preparar minuciosamente sus improvisaciones. También se obsesionan con la salud y se preocupan mucho por cualquier manchita en la piel, temerosos incluso de que se les desarrolle un tumor maligno a partir de un ornamental beso de carmín en el cuello de la camisa. Yo tengo un amigo que vive obsesionado con la salud y jamás olvida comprobar el color y la textura de sus heces. Se muere literalmente de miedo, tanto, que a veces defeca a oscuras por temor a que sus heces no sean las que convienen a su edad. Yo no le hago mucho caso, sobre todo porque jamás me he preocupado seriamente por mi salud y porque estoy seguro de que la obsesión por estar sano es sin duda el origen de graves desequilibrios nerviosos. Me defiendo con el argumento de que la sensatez suele acarrear decisiones prudentes y alego que a mi me parece que en la vida de un hombre sus mejores momentos son por lo general el resultado de algún descuido, como cuando por culpa de llegar demasiado tarde a una cita nos encontramos en la mesita del café a una mujer desconocida y maravillosa con la que no contábamos. Si uno le echa un vistazo a la historia más reciente y se fija en Italia, se dará cuenta de que a los italianos su insensatez les ha servido para alimentar esa proverbial indecisión militar que les lleva a pelear a ambos lados de la batalla y a elegir definitivamente el bando cuando ya está decidida la guerra y solo se requiere algo de esfuerzo para el jubiloso brindis de la victoria. Supongo que esa actitud se parece mucho a la de quienes, como yo, creen que el sentido común sólo se necesita para tomar a tiempo la sabia decisión de prescindir de él. Puede que a alguien lo que voy a decir le resulte una frivolidad, pero yo creo que es la insensatez de casarte por tercera vez lo que te hace ver lo razonable que fue equivocarse dos veces antes.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Oculten el currículum - David Torres

Oculten el currículum - David Torres
Un estudio ha concluido que en España es mejor no tener estudios. No estudios estadísticos sino cualquier tipo de estudios. Es el estudio definitivo, el que nos lanza directamente al barranco, a la ignorancia, a la Edad de Piedra y a Telecinco. Dicho de otro modo: aquí cuánta más cultura, menos trabajo, menos dinero y menos posibilidades de acabar de consejero político. La prueba del algodón es la exigencia del inglés para un puesto de barrendero mientras que una alcaldesa lo habla al nivel Alfredo Landa, dos presidentes no alcazan ni el chapurreo y uno escribe español en gallego, que nunca se sabe si sube o si baja.
Hay una escena maravillosa en no recuerdo exactamente qué secuela de Superman en que una rubia espléndida está tumbada en el sofá leyendo a Kant, intentando rasgar los velos del fenómeno y el noúmeno. De repente se abre la puerta, entra el gángster con sus esbirros y la rubia guarda a toda leche el tomo de filosofía bajo el cojín mientras se pone a hacer mohínes y a limarse despreocupadamente las uñas. El chiste es universal, aunque es evidente que esa mujer ha estudiado filosofía en una universidad española y sabe que es mejor enseñar el culo y ocultar el currículum. En España aquello de “¿estudias o trabajas?” siempre fue un chiste incomprensible, lo mismo que aquella maldad genial de Paul Groussac, quien una vez escribió en una crítica que temía que el hecho de que un libro se hubiera publicado fuese un serio obstáculo para su difusión. Aquí la lectura es un vicio que se paga con dioptrías y los libros un lastre desde aquellos gloriosos tiempos en que una estantería con media docena de ellos sólo despertaba el interés del Santo Oficio.
Durante el servicio militar un sargento me dio la clave de nuestra desconfianza secular hacia la letra escrita. Dos o tres soldados nos ofrecimos para enseñar a leer, escribir, sumar y restar a unos cuantos analfabetos que acababan de llegar al cuartel, pero el sargento receló de inmediato. Le explicamos que, por supuesto, no íbamos a cobrar nada, que daríamos las clases en las horas libres y que el ejército únicamente tenía que prestarnos las aulas. El sargento torció la boca en una mueca de ministro y soltó una coz verbal que ha sido el lema de la educación española desde Atapuerca: “¿Y para qué quieren éstos aprender a leer, si yo sé y no leo?”

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he encontrado una y otra vez con distintas formulaciones de la misma pregunta: “¿Y eso cómo lo sabes? ¿Lo has leído en un libro?” Es una elegante variación de aquella reprimenda clásica: “Hijo, tú eres muy listo para los libros pero muy tonto para la vida”. Nuestros padres se preocuparon de darnos una educación, a algunos incluso una carrera, aunque sólo fuera para intentar paliar el vacío de una generación condenada al catecismo. En un capítulo profético del Quijote un cura y un barbero limpian una biblioteca con cerillas para que la enfermedad de la lectura no se extienda por La Mancha. No sé qué hacen aquí leyendo.

Felipe se moja por la E.L.A.

Felipe se moja por la E.L.A.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Apple tropieza con la nube

Apple tropieza con la nube
Justo unos días antes de la fecha elegida para presentar una nueva tanda de novedades, la compañía Apple ha sufrido un tropiezo en su sistema de seguridad que está afectando gravemente a su imagen y ya le ha costado una pérdida de valor bursátil de 25.000 millones de dólares. El incidente ha puesto de manifiesto de la forma más estridente posible que la nube no es un lugar seguro para las intimidades de nadie.
Un centenar de actrices y modelos han visto de repente circular por la red fotografías y vídeos que creían a buen resguardo. Las imágenes fueron robadas de iCloud, el servicio que permite a los usuarios de Apple almacenar contenidos y acceder a ellos desde cualquier dispositivo que lleve el icono de la manzana mordida. El FBI está investigando el asunto, pero de momento no ha descubierto a los autores del robo. Lo que sí se ha podido averiguar es que ha sido un asalto en grupo y desde distintos puntos. Los hackers entraron con el nombre de usuario, las contraseñas y las preguntas de seguridad de las propias artistas. ¿Cómo los obtuvieron? Ese sigue siendo el gran misterio.
En cualquier caso, la noticia ha tenido efectos demoledores para la firma, que se ha visto obligada a reforzar la seguridad. Pero poner nuevas barreras es un camino que parece no tener final.
Algunos grandes operadores ofrecen ya un sistema de doble contraseña: una vez introducida la clave, el operador envía otra al móvil del usuario que solo puede ser utilizada durante un tiempo limitado. Esto refuerza la seguridad, pero hace mucho más engorrosa la gestión de los archivos.
Muchos países han endurecido en los últimos años las penas por atentar contra la intimidad. El hacker Christopher Cheney fue condenado hace poco a 10 años de cárcel por divulgar fotos de la actriz Scarlett Johansson, a cuyos ordenadores había logrado acceder.
Pero tampoco esta amenaza parece disuadir a quienes comercian en mercados que no destacan precisamente por sus escrúpulos morales, como ha podido comprobar Jennifer Lawrence. Cuando la actriz se ha dirigido a una página web pornográfica para que retire los desnudos que le fueron robados de iCloud, sus gestores se han negado a hacerlo retándola a que demuestre que posee los derechos de autor. Ese es el mundo que hay debajo de la nube con la que Apple acaba de tropezar.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Valérie y Francois, amor francés - David Torres

Valérie y Francois, amor francés - David Torres

En Francia existe un subgénero literario que consiste en acostarse con un presidente de la república y luego contarlo. En España no apuntamos tan alto ya que aquí lo habitual es follarse a un torero. La excepción se llama Dominguín, quien se levantó corriendo después del primer polvo con Ava Gardner y cuando ella le preguntó a dónde iba tan deprisa, él le respondió abrochándose la chaqueta: “Mujer, a dónde voy a ir. Pues a contárselo a los amigos”. En realidad, la exclusiva de Dominguín fue una broma meditada y preparada a posteriori; siempre que un periodista le preguntaba si la anécdota era verdad, el matador se lo quedaba mirando como si fuese idiota: “Claro que no, lo que pasa es que queda gracioso. ¿Pero de verdad usted piensa que yo iba a desperdiciar un rato de cama con Ava Gardner para ir a fardar en el café?”
Nuestro país vecino está tan impregnado de amor por las letras que la literatura chorrea hasta de las alcobas del Elíseo. La sensación de la temporada es el libro de memorias horizontales de Valérie Trierweiler, Merci pour ce moment, un tomo que oscila entre la alta política y el graffiti de barrio, ése que dibujaba la novia despechada en la plaza del pueblo con grandes letras mayúsculas y unos inequívocos genitales en minúscula: “Paquito la tiene pequeña”. La mujer que montó una opereta con intento de suicidio a base de pastillas y clínica de reposo el día en que se enteró que Hollande le ponía los cuernos con Julie Gayet, ha encuadernado el pollo en una tirada de doscientos mil ejemplares para que se entere hasta el tato. Por lo que cuentan las primeras críticas (que tachan al libro de “inmoral”, “ridículo”, “impúdico” y “patético”), Trierweiler afiló su pluma para despellejar a Hollande vivo pero de paso se ha trasquilado a sí misma. Mi amiga, la escritora Marta Rivera ha dicho: “La única diferencia entre Valérie Trieweiler y Belén Esteban es que una nació en el barrio de Moratalaz y la otra en el de Angers”.
Aunque cuenta, igual que Sarkozy, con un encanto adicional para atraer a bellas mujeres a su regazo, Hollande parece, más que el presidente de la república, el encargado de planta de unos grandes almacenes. De hecho, entre Sarkozy y él podían haber llevado a la ruina no sólo a Francia sino también a unos grandes almacenes. Trierweiler empieza retratándose como una celosa obsesiva que no puede aguantar ver a su amante del brazo de su esposa, Ségolène Royal, y que en el primer enfrentamiento entre los tres, cuando Ségolène les sorprende cenando juntos, le asegura a su rival que no se estaban riendo de ella: “Estábamos hablando del Tour de Francia”, dice, en la que probablemente sea la mejor frase del libro.
Trierweiler ha cocinado su venganza en secreto durante meses, mientras se alimentaba de una dieta exclusiva a base de rencor puro y sopa de letras. Es triste y también morboso asistir a la intimidad y las pequeñas miserias de una pareja que se mantuvo viva tantos años a base de humillaciones continuas. Es lo mismo que pasar cerca de un accidente de tráfico: los conductores frenan y nadie aparta los ojos. Según Valérie, el paladín de izquierdas que tanto la hacía reír resultó ser un clasista encubierto, frío y cínico que despreciaba a los pobres y que hacía chistes crueles sobre su familia (el padre de Trierweiler es un lisiado y su madre trabajaba de cajera en un supermercado). Cuando ella le sugiere que quizá pueda acompañarle al funeral de Mandela, Hollande replica: “No sé qué pintarías tú allí”. La historia no hay por dónde cogerla porque, si todo es verdad, el verdadero misterio es qué coño hacía tanto tiempo una mujer inteligente al lado de semejante memo. Pero Valérie aguantaba todo por amor, amor francés del que se practica con la boca.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Conservadores de cintura para arriba - Ánxel Vence

Conservadores de cintura para arriba - Ánxel Vence

Una de esas encuestas estivales con las que nos amenizan el tedio de las vacaciones arroja la conclusión de que los jóvenes españoles son gente de ideas más bien conservadoras. Nadie lo diría a la vista del muy considerable apoyo que prestaron a una fuerza antisistema en las últimas elecciones europeas; pero tal vez las apariencias engañen. O no.
Revela el sondeo del Centro de Estudios Reina Sofía que los mozos muestran una decidida querencia por valores tan clásicos como el del orden, hasta el punto de que más de la mitad estaría a favor de la pena de muerte para sancionar delitos especialmente graves. A la vez, y sin que exista contradicción alguna, los consultados exhiben una vena francamente liberal al declararse a favor del aborto, la eutanasia y la adopción de hijos por parejas homosexuales. Siempre que tales medidas las adopte un gobierno "fuerte", eso sí.
De creer a la mentada encuesta, los chavales españoles serían conservadores de cintura para arriba -en la parte que toca al bolsillo-- y liberales de ahí para abajo, que es la zona que afecta a la diversión. Nada nuevo, en realidad, si se tiene en cuenta que la mayoría de los partidos de derechas europeos se proclaman de ideología liberal-conservadora. Los demás se limitan a practicarla.
Conservador parecía, desde luego, el movimiento campista del 15-M del que podría ser heredero el partido -o similar-- que dio la campanada en las últimas elecciones al Parlamento de Estrasburgo. El lema de la Spanish Revolution de mayo de 2011 era: "No hay pan para tanto chorizo", con el que se pretendía denunciar, muy atinadamente, la corrupción que pudre a la política en España desde el más modesto concejal de base a las blindadas alturas de la realeza. Pero no pasaban de ahí.
Aparte de proclamar esa evidencia, aquel movimiento juvenil centraba sus preocupaciones en la dación en pago de los pisos y otras cuestiones relacionadas con la hipoteca que lo asemejan a un partido notarial antes que a una organización de carácter insurgente. Ni de lejos se escuchó que defendiesen la abolición de la propiedad o el reparto universal de bienes que, más de un siglo atrás, habían propuesto ya otros revolucionarios más osados en sus reclamaciones.
De ahí que la encuesta antes citada no aporte en realidad grandes novedades, aunque sí algún asombro. Los jóvenes encuestados están en esa edad que debiera implicar, siquiera sea por razones hormonales, la rebelión contra el orden imperante y la conspiración contra el Trono y el Altar. Se supone que tendrían que responder a la máxima del historiador François Guizot, cuando dijo que "si no eres liberal (o revolucionario) a los veinte años, es que no tienes corazón; si lo sigues siendo a los cuarenta, es que no tienes cabeza".
No parece que sea ese el caso de los chavales españoles que confiesan al encuestador su devoción por el orden y los gobiernos sólidos; salvo que el sondeo del Centro Reina Sofía carezca de las más elementales exigencias de rigor demoscópico.
Ser conservador resulta, después de todo, un lujo solo al alcance de quienes tienen algo que conservar: y de eso vamos sobrados jóvenes y mayores en una España a la que Franco inculcó el goce de la propiedad, aunque solo fuese de un piso y un coche. Desde entonces nos hemos hecho algo más liberales de cintura para abajo, eso sí. Pero en lo demás, igual lleva razón la encuesta.
stylename="070_TXT_inf_01">anxel@arrakis.es

martes, 2 de septiembre de 2014

Petroleros sin petróleo - Ánxel Vence

Petroleros sin petróleo - Ánxel Vence

Cuentan Reuters y otras agencias noticiosas que Venezuela se dispone a importar petróleo de Argelia para paliar la escasez de crudo ligero en un país que, paradójicamente, dispone de las mayores reservas de oro negro del planeta. Algo así como si Arabia Saudita importase arena para rellenar sus desiertos o Groenlandia se embarcase en una masiva compra de hielo. Esto ha de ser cosa del imperialismo, que no para de tramar maldades contra la revolución bolivariana.

No hay por qué darle mayor importancia a esa aparente contradicción. A fin de cuentas, también en los supermercados de la marisquera Galicia, pródiga en centollas, mejillones, almejas y santiaguiños, es frecuente ver nécoras llegadas de Escocia y hasta percebes de Marruecos. Se conoce que los gerifaltes de Venezuela son gente previsora que se pone la venda del petróleo argelino antes de que se produzca la herida del desabastecimiento.

El régimen bolivariano que actualmente conduce el chófer de autobús Nicolás Maduro ya había demostrado una competencia más que notable en el arte de desabastecer a su población de productos de primera necesidad como, un suponer, el papel higiénico. Inspirado por su predecesor el coronel Hugo Chávez, que unas veces se le aparece en forma de pájaro chogüí y otras en las paredes del Metro, Maduro atribuyó esa carencia a una sucia conjura de los contrarrevolucionarios, deseosos de minar la moral y la adecuada higiene del pueblo.

Resuelto a luchar contra esta peculiar variante de guerra sucia, Maduro anunció hace cosa de un año la importación de millones de rollos de papel bajo el convencimiento de que a la revolución se la defiende también en el íntimo campo de batalla de los retretes. Por desgracia, tales medidas no han alcanzado a paliar la escasez de tan necesario bien de consumo: y es que el imperialismo, como el demonio, nunca descansa.

Tanta es la saña con la que las grandes potencias capitalistas acosan al régimen fundado por Hugo Chávez que sus sucesores se han visto obligados a instaurar una especie de cartilla electrónica de racionamiento para evitar que los acaparadores de comida hagan fortuna con el contrabando. El efecto inmediato ha sido la proliferación de colas para adquirir cualquier mercancía, hábito que, lejos de resultar molesto, ayuda notablemente a la socialización de un país. En la fila del supermercado se intercambian opiniones, puede uno comentar la actualidad y hasta entablar relaciones amorosas durante las largas horas de espera por el litro de leche o el rollo de papel-tisú.

Infelizmente, la ley de Murphy funciona también en un país de suyo mágico como suelen serlo todos los de Latinoamérica, poblados de gallinazos, zancudos, hormigas voladoras y Tiranos Banderas, por no hablar ya de los niños-iguana imaginados por García Márquez. Todo lo que puede empeorar, inevitablemente empeorará, de tal modo que lo que empezó con una grave carestía de papel higiénico ha derivado en la mucho más enojosa -y paradójica-- escasez de petróleo que ahora amenaza a una Venezuela dotada de las más grandes reservas de crudo y gas del mundo.

Se ignora cómo han podido lograr tan alta proeza las autoridades al mando de ese rico país empobrecido por sus gobernantes; pero ya nos la explicarán, más pronto que tarde, los eruditos de las universidades europeas. Seguro que descubren a la CIA detrás de tan extraordinario quilombo.

stylename="070_TXT_inf_01">anxel@arrakis.es

lunes, 1 de septiembre de 2014

La pérdida de curas no tiene cura - Ánxel Vence

La pérdida de curas no tiene cura - Ánxel Vence

Un párroco de la zona de Ortigueira, allá por el norte de este reino, alcanzó años atrás gran notoriedad al dar positivo en un control de alcoholemia de la Guardia Civil, debido a la abundante cantidad de vino de misa que había ingerido en el cumplimiento de sus deberes sacerdotales.

Aquella anécdota certificó dos hechos. El primero, que ni siquiera el espiritual vino de misa escapa al escrutinio de la Benemérita; y el segundo, y acaso más importante, que Galicia se está quedando sin curas. Efectivamente, el tropiezo del clérigo con los agentes de Tráfico no hizo sino confirmar las sospechas sobre las graves carencias de mano de obra que padece la Iglesia en Galicia, donde un solo párroco ha de multiplicarse cada domingo para atender a un montón de templos sin pastor titular.

La situación no ha mejorado gran cosa desde entonces. Con una producción de apenas dos sacerdotes al año y unas reservas de poco más de 1.500 curas para atender a 3.600 parroquias, la Iglesia de este viejo reino pasa por una extrema carencia de personal, agravada por el hecho de que la mayoría de la escasa plantilla existente ande en edad próxima a la jubilación.

Lo de los curas empieza a no tener cura: y ni siquiera un partido tan reconocidamente cristiano como el que a la sazón gobierna Galicia está haciendo cosa alguna para poner remedio al rápido proceso que amenaza con dejar a las ánimas gallegas sin párrocos suficientes para pastorearlas. Luego nos quejaremos de que las almas así desasistidas se echen al monte para integrar las crecientes filas de la Santa Compaña.

Objetarán los comecuras de siempre que ese es un problema interno de la Iglesia y que allá se las arregle la jerarquía al mando con sus problemas en materia de formación profesional del clero. En realidad, las cosas no son tan sencillas. Este es un país que siempre anduvo detrás de los curas -ya fuese con un cirio, ya con una estaca-, de modo que su desaparición como casta sacerdotal constituiría una pérdida de lo más sensible, incluso para los anticlericales que los detestan.

Cierto es que los alérgicos al agua bendita del siglo XIX sostenían por entonces la idea un tanto bárbara de "ahorcar al último cacique con las tripas del último cura"; pero esos fueron tiempos en los que la Iglesia constituía un poder de hecho y casi de derecho, tan antipático como cualquier otro. Ahora que el mester de clerecía se extingue en Galicia entre la indiferencia general, no ha de extrañar que incluso los más escépticos librepensadores sientan -sintamos- una cierta ternura adobada de nostalgia ante la decadencia del poder eclesiástico en este que fue famoso país de curas y militares.

No es que los liberales, republicanos y masones vayan a solidarizarse con la difícil situación de personal y afluencia de público que atraviesa la Iglesia, naturalmente; pero lo cierto es que el declive de la institución no deja de suscitar cierta melancolía de otros tiempos. Tanto es así que quizá habría que ir pensando en proteger al clero con la declaración de especie gravemente amenazada, tal que se hace con el arao común o el lince ibérico.

Bien está que Galicia sea un pueblo de historia y tendencia inevitablemente paganas; pero de ahí a que nos quedemos sin curas con los que meternos va un largo trayecto. Seguro que el Apóstol pondrá remedio a estos enojosos asuntos de escasez de plantilla.