martes, 13 de agosto de 2013

Rostro sin espuma - José Luis Alvite

Rostro sin espuma - José Luis Alvite

De aquella carta que ella jamás me remitió: «En estos pocos días ha pasado demasiado tiempo y has dejado de interesarme porque ya no eres el hombre que decían que no me convenía, el que juraba que la lluvia era agua en pelotas. Ahora sé que jamás me llevarás contigo a comprobar que en Los Angeles las calles son tan anchas que la acera de enfrente está en otra ciudad. Y también sé que si continua sea tu lado, seríamos como esas parejas estancadas en cuyos relojes son tres días seguidos las seis de la tarde, ese horrible momento del día en el que huelen como el cementerio las escuelas. ¿Qué puedo esperar de ti? ¿Una novela inacabada en la que cada página nueva sea justo lo que necesite para prender el fuego con el que arder la pagina anterior?¿Uno de esos hogares medicinales en el que te espere con tres horquillas en el pelo y un bizcocho de urea en el horno? No era eso lo que me decían que podía esperar de ti. Fue un error que te enamorases. Habría preferido que fueses el hombre poco recomendable del que me advertían mis amigas, el tipo amoral y desordenado que tuviese en el rostro el mismo dibujo que en las ruedas del coche, el que supuse que eras la noche en la que nos conocimos y prometiste que me harías feliz con las mismas cosas que me causasen dolor, como cuando de muchacha soñaba relacionarme con uno de esos tipos penitenciarios y rudos que descuartizan el agua al asearse, alguien de quien pudiese contar que pasé la noche con un hombre en cuyo rostro Dios era un fulano y jamás hacía espuma el jabón. Lo dejo antes de que por culpa de la rutina nos quedemos sin remordimientos y nos llenemos de efemérides.Eras mejor cuando el tipo que me interesaba no se parecía nada al hombre que me convenía».

sábado, 10 de agosto de 2013

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Por la naturaleza de mi trabajo he frecuentado los ambientes más diversos y compartido las inquietudes y los problemas de gente muy distinta. He encontrado buenas y malas personas en cualquier circunstancia y sin importar a qué clase social perteneciesen. No me importaría disculparme si alguna vez caí en la tentación de la demagogia para censurar con carácter general la actitud soberbia de los ricos, proclamar la honestidad global de la clase media y solidarizarme sin condiciones con la desesperada honradez de los pobres. He conocido a indigentes capaces de saciar el hambre con el cadáver de sus hijos y a tipos muy adinerados que a veces negaban haber comido para que nadie se sintiese ofendido, y hasta fui muy amigo de un importante empresario que salía adrede de casa con una mancha en la ropa y con frecuencia les hacía de chófer a los hijos del jardinero. Que unos y otros se comporten bien es cuestión de clase, de estilo, de saber estar en el mundo con una mirada simplemente humana y razonable. No importa que unos vivan en la eterna primavera del dinero y que para otros sea siempre fin de mes si saben que todo es relativo y si se aprende a quitarle importancia al valor de la ropa que lleven puesta o al precio de aquello que mastiquen. A mis amigas ricas –que las he tenido– al principio no les gustaba que en los sitios que ellas frecuentaban me presentase en compañía de chicas en cuyo rostro fuese explícito el motivo de su mala reputación. Una noche aparecí con una mujer negra a la que con las prisas casi no le había dado tiempo a borrar de su aspecto los rasgos maleados de su oficio, la fogotenia apaleada de su cara exhausta, y al sentirse observada rehusó pedir la copa. Se dio cuenta de que los hombres la miraban con fingido estupor y que las otras mujeres le daban la espalda a ella y a mi me hacían el vacío. "No tienes que hacer esto por mi –me dijo– Tendríamos que haber ido a otra parte. Quedarás marcado. Y cuando yo me haya ido, ya nada en este local será para ti como era antes de venir conmigo esta noche". Entonces le pedí papel al barman, escribí una nota y le rogué que se la entregase a una de aquellas monadas rubias llenas de dinero y de soberbia, de vanidad y de cosmética. No podría citar el texto con exactitud, pero más o menos le decía: "Mañana hará un mes de lo nuestro aquella noche en tu casa. Y tal día como hoy, dentro de treinta días, hará un mes que hice con esta chica lo mismo que contigo aquella noche. ¿Te vienes a tomar una copa con ella o prefieres que le cuente que la única diferencia entre vosotras es lo bien que, comparada contigo, mueve esta negra el culo?". Ahora dudo que pensase lo mismo, pero yo, a lo que hice aquella noche al poner en un brete a la chica mona del dinero, hubo un tiempo en mi vida en el que no me importó llamarle "estilo". Nadie de entre aquella gente supo por mi jamás algo de aquella nota. El caso es que a los dos minutos de leer con disimulo el papel, la chica rica se vino a nuestro lado y brindó muy sonriente con la muchacha negra. Después se sumaron los demás y la de aquel día fue una de las noches más hermosas que recuerdo haber vivido. Mi querida chica negra trabajaba en un club de alterne, pero al final de la velada me quedé absorto mirándola mientras hablaba con toda aquella gente y me pareció una hermosa y jovial antropóloga a la que le sentase como astigmatismo el sueño y como gafas las ojeras. Y supe que cualquiera con un poco de ayuda puede entender que nadie es mejor que nadie. Aunque reconozco que a veces para que la chica rica comprenda que no es en absoluto mejor, ni más digna, que la chica pobre, lo mejor que puede hacer un periodista insomne es demostrarle lo mucho que se abre la mente de una rubia rica y estúpida cuando, con un simple puñado de letras, alguien consigue que tenga la sensación de que Dios le está apretando entre las piernas los huevos de su marido con las tenazas del marisco. 

jueves, 8 de agosto de 2013

Los caracoles - Salvador Sostres



Los caracoles - Salvador Sostres
A ELLA no le gustaba cocinarlos pero me los preparaba cuando se lo pedía porque siempre me quiso más que a nada en el mundo. Me pasaba el sofrito por el chino para que no me encontrara los pedacitos de cebolla que tanto me disgustan. Le preocupaba que las cáscaras se rompieran y que me tragara una sin darme cuenta, así que después de hervirlos extraía cada caracol para que me los pudiera comer sin peligro, alegre y feliz como siempre que estaba con ella. Nadie me ha querido tanto ni tan desinteresadamente como mi abuela Rosario. Luego mis padres se divorciaron y todo saltó por los aires.
Pero si alguien cree que no hablar con tu padre es dejar de tener relación con él no puede estar más equivocado. El vínculo es tan obvio que no hablar con tu padre es también una manera de relacionarte con él, especialmente tortuosa y trágica. La mala conciencia. El vacío. La rabia. Y un pasado cada vez más desfigurado hasta el punto de que el principal inconveniente para retomar el contacto ya no es lo que sucedió sino el tiempo que ha pasado, el silencio, la distancia.
Ayer hablaba con un amigo de los distintos modos de cocinar los caracoles y me puse a pensar en mi abuela. En lo bestias que somos los hombres y en lo injusto que fue para ella. Al principio intenté mantener nuestra relación aunque no me hablara con mi padre, pero cada encuentro se convertía en una interminable súplica para que perdonara al que a fin de cuentas es su único hijo, y yo estaba tan enfadado con lo que él había hecho que la insistencia de mi abuela me ofuscó y dejé de ir a verla.
Me he dado cuenta de que de un tiempo a esta parte pienso mucho en ella, ahora que en mi vida estoy mucho más en la fase de conceder importancias que de reclamarlas. Me atormenta que no conozca a mi mujer ni a mi hija. A veces pienso en ir a visitarla pero me acaba deteniendo el peso de los 15 años que han pasado, y el descalabro emocional del reencuentro, a cambio de lo improbable que sería retomar el hilo.
Ella fue la única vez que he sido lo más importante del mundo. Los caracoles. El sofrito. La ternura como una casa abierta e infinita. Que te quieran así te da acceso a la verdad más profunda y nunca más te abandona una indestructible seguridad en ti mismo, ni esa fuerza como de Dios que te levantade cualquier caída.

Desconecta - Manuel Jabois



Desconecta - Manuel Jabois
UNA DE las razones por las que me hice periodista fue para no tener que leer periódicos. Después supe que aquello aún se podía superar: siendo periodista también evitaba leerme a mí mismo. Que hubiese una persona que se leyese mis páginas con un enorme rotulador rojo que era como un instrumento de castración fue una especie de liberación sexual, un orgasmo fallido en el cuerpo de otro. Siempre consideré un acierto que mi primer lector fuese un señor que me leyese por contrato para señalarme los fallos, a veces con horror. Y me parece aún mejor que en esta época, en la que la correspondencia al autor con su sello y su cartero ha sido sustituida por el Enter, ese señor que me grita no sólo sea el primero sino también el último, aunque éste ya no cobre. Ya es imposible escribir sin que haya detrás un lapicillo rojo que te vaya corrigiendo la ortografía y la moral, y a mí me parece bien; de hecho, internet es una bendición para los periodistas por la oportunidad de escuchar espantado argumentos e insultos. Más instructivos los segundos que los primeros, pues he aprendido más de un «gilipollas» bien tirado que de un sermón con voluntad didáctica. Si usted me encuentra en la cama con su señora, rómpame la cara o, si es hombre de honor, apuñáleme sobre las sábanas blancas, pero por favor no se siente en el sofá a contarme su vida apoyado por la Wikipedia. Claro que éstos son pequeños desajustes. La verdadera felicidad son las vacaciones. Una amiga se prohibía acercarse a 200 metros del periódico. Otros renuncian a internet, que es como cortar el cordón umbilical con el mundo; me parece verlos a veces separarse del planeta como un trozo desgajado y perdido en el espacio que luego, en septiembre, pretenden acoplar sin éxito. «¡No me estoy enterando de nada!», te dicen felices a mediados de agosto. «Y has tardado 30 años en darte cuenta», dan ganas de responderles. No reparan en que una de las razones por las que uno se hace periodista es para seguir siéndolo fuera de la redacción. El placer de consultar el Ipad cada cinco minutos sin que nadie pronuncie la palabra «desconecta», que retrotrae a la Edad de Piedra, y abrir el periódico no para leerlo sino para velarlo, como si la actualidad dependiese de si tú la miras. Eso sí: corre uno el riesgo de leerse a sí mismo por despiste, como me pasó una vez, que empecé a leerme creyendo que el artículo era de otro y ya estaba riéndome de él en la segunda línea.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Alcaldes bajo mínimos - David Torres



Alcaldes bajo mínimos - David Torres

En Dorset (Minnesota), una población de unos treinta habitantes, han reelegido alcalde a Bobbie Tufts, un niño de cuatro años. Tufts ganó sus primeras elecciones sin apenas saber balbucear, cuando sacaron su papeleta de un sombrero donde estaban revueltos los nombres de todos los vecinos del pueblo. Este proceso electoral parece arbitrario pero no tanto como el de Ana Botella, por ejemplo, que ganó el cargo de rebote porque al anterior propietario le dieron una piruleta más gorda. De hecho, la noticia resulta rocambocalesca a cualquiera, excepto a un madrileño. Aquí un niño de cuatro años podría resolver prácticamente cualquier gestión municipal mejor que la señora de Aznar, empezando por la investigación del Madrid Arena.
El hecho de que un infante que acaba de abandonar los pañales lleve sin mayores apuros los asuntos de una pequeña alcaldía debería hacernos reflexionar sobre el sueldo que pagamos a nuestros servidores públicos. Tufts va que chuta con un bastón que casi le dobla el tamaño y unos cuantos tebeos. No necesita sueldo, ni sobresueldo, ni paga extra, ni comitiva con escolta para acudir a la peluquería. Aquí los políticos están sobrevalorados, y disculpen la referencia a Bárcenas. En España tenemos ayuntamientos cuya gestión la podría desempeñar perfectamente un loro, sin mayores gastos que una ración extra de pipas.
Gallardón dirigió Madrid durante dos gallardonatos y pico del mismo modo que podía haberlo hecho un niño malcriado con sus juguetes. Respaldado por lamentables melindres pedagógicos, se dedicó a mover hormigoneras sin ton ni son, al cubo y a la pala, sin que ningún adulto le endosara dos hostias bien dadas. Se pasó ocho años jugando al guá con las aceras, al escondite con los arqueólogos y al pilla pilla con los taxistas. Hizo de la M30 su scalextric particular y nadie le puso cara a la pared ni le quitó la tuneladora. Por puro capricho, porque le dio la gana, cambió la estatua de Colón de sitio para alzar una rotonda absurda igual que un crío amasa un castillo en la playa. Se gastó lo que no está escrito en invitar a sus amiguitos del Cómite Olímpico dos o tres veces, únicamente para ver si al final venían a jugar a su casa. Al final se hartó del scalextric, del lego, de excavar guás y del monopoly de la capital y se lo dejó a una amiguita suya para irse a jugar a otra cosa. Nos dejó una ciudad hecha cisco y un pufo acojonante para varias generaciones. Tufts nos habría salido más barato, eso seguro.
En uno de sus monólogos insensatos, mientras ejercía algún cargo político, Groucho examinaba unos papeles y decía: “Esto lo entendería hasta un niño de cuatro años”. Y luego, ya en voz baja: “Que traigan a un niño de cuatro años, a mí me parece chino”. Bukowski insufló a este pensamiento un sesgo filosófico: “Todos nacemos genios y nos morimos tontos”. Visto el currículum y el historial de buena parte de nuestros cargos públicos, propongo una enmienda a la ley electoral. Edad máxima para ejercer de alcalde, ocho años. Presidente, seis años. Requisitos: que no babeen, que no se tiren mierda unos a otros y que no se caguen encima.

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Desde que tengo memoria me gustó mirar a la gente mientras duerme, incluso si se trata de un muerto. De niño iba los domingos a echarle migas del pan a los difuntos del cementerio por si se les abría el apetito al resucitar. Me fascina la bondad genérica de la gente dormida, el sueño estoico y plomizo de los hombres derrotados, la abstracción de las fulanas del burdel cuando en mitad del asco las vence el cansancio y eso que regurgita en su boca no se sabe muy bien si es un eructo,una oración o el nombre confitado de un niño. Pocos placeres he encontrado más satisfactorios que el de aquella noche al arropar en su cama al hijo de la prostituta que me había llevado a su casa y me pidió que despertase suavemente al crío para que por una vez en su vida tuviese la sensación de que había en casa alguien que hablaba pausado, llevaba la ropa puesta y no hacía daño. O la madrugada en la que dejé de mi puño y letra sobre la cama de una niña un folio en el que al despertar creyó haber encontrado la letra fosca y encariñada del padre que la había abandonado al poco de nacer. Y recuerdo la muerte de aquel joven camarero que, vencido por el sueño, se estrelló al amanecer con su moto camino de casa.Me conmovió tanto el rostro encerado de aquel muchacho, que para quitarle gravedad a la escena, delante de los suyos pregunté qué tal había pasado la noche el muerto. Me puede la gente acorralada por el cansancio y doblegada por el sueño.Supongo que es algo que hago pensando también en mí, que he dormido muy poco durante treinta años y nunca tuve quien me hablase mientras me vencía el sueño.Y aunque ya no espero carta de nadie, no me importaría que me enterrasen en un féretro con una ranura para el correo.

lunes, 5 de agosto de 2013

Lucha libre en Gibraltar - David Torres


Lucha libre en Gibraltar - David Torres
Ya que el verano es una época excelente para pegarse de hostias, los gobiernos del PP suelen aprovechar para para desentumecer los músculos diplomáticos y hacer ejercicio. En el ministerio de Exteriores ven que los michelines se les derraman por la gomilla del bañador e inmediatamente organizan un simulacro de guerra. Les sirve para recordar las glorias de un imperio venido a menos donde antaño no se ponía el sol y ahora lo que no se pone es el ridículo.
En julio de 2002 fue el desembarco en Perejil, donde acudimos con fuerte viento de levante porque unos cuantos moros, con la ignominiosa pretensión de que ramonearan las cabras, nos habían usurpado un islote en la penúltima almorrana de España. Inmediatamente, el ministro Federico Trillo sacó un mapa del Caribe para localizar Honduras y envió una nutrida expedición con florida retórica desempolvada de los tiempos de las guerras de Flandes.
Para distraer al personal del bochorno internacional del caso Bárcenas, lo mejor hubiera sido un remake de Perejil, una pantomima de lucha libre con Marruecos en la verja de Melilla, tres o cuatro moros apaleados después del último incidente y unos cuantos gorilescos golpes de pecho para dejar claro quién manda. Pero la inoportuna visita del rey Juan Carlos a su primo marroquí, con el monárquico intercambio de cromos que ha dejado libre a una alimaña pederasta, nos ha dejado sin el contricante idóneo para tan prometedora velada de boxeo verbal.
Margallo ha tenido que optar entre invadir Cataluña o desempolvar el peñón de Gibraltar. Como Cataluña todavía no se ha divorciado de España, aunque no por falta de ganas, queda fuera de la competencia de Exteriores. Rápidamente Margallo ha llamado a Trillo para que le preste el mapa del Caribe, no vayamos a liarla otra vez con Honduras. Una vez localizado Gibraltar, que es esa roca gorda que está enfrente de Algeciras y que molesta sobremanera a los españolazos de toda clase y condición, Margallo les ha apretado las tuercas a los ingleses con reivindicaciones varias, entre las que destaca “nuestra obligación de controlar a rajatabla el contrabando, el blanqueo de dinero y el tráfico ilícito”. Lo de “controlar a rajatabla” suena un poco raro después de una amnistía fiscal general a los grandes defraudores españoles y no digamos después de descubrirse la inmensa fortuna en dinero negro que el antiguo tesorero del PP almacenaba en Suiza. A ver si los asesores de Margallo se han equivocado y en vez de un mapa del Estrecho le han dado uno de los Alpes.
Aparte de la cortina de humo necesaria para tapar las vergüenzas de un gobierno putrefacto cuyo pestazo llega ya a Nueva York, la conga gibraltareña puede servir también para pedir la nacionalidad española para los monos del Peñón, una de las pocas comunidades de antropoides europeos que todavía no se ha pronunciado acerca del caso Bárcenas, ni a favor ni en contra.

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Llevo más de cuarenta años en el ejercicio del periodismo y creo que puedo sentirme razonablemente satisfecho por lo que he conseguido, y sobre todo, por lo que he sabido evitar. En todo este tiempo solo he pretendido que el dinero obtenido estuviese mas limpio que mis manos recién lavadas. Como nunca me propuse grandes objetivos, tampoco he cosechado grandes decepciones. En realidad hubo momentos en los que me sentí tan atosigado por quienes me menospreciaban, que cada vez que conseguí un éxito, me creí en el deber de dar explicaciones. Me volqué en este bendito oficio hasta olvidarme de los míos y buscar en la calle el afecto de los perros. Por mi manera de entregarme al periodismo jodí mi matrimonio y aun ahora la hija que tuve entonces me mira con curiosidad y siente cierto pudor al abrazarme. Nunca supe muy bien a qué portal pertenecían mis llaves, ni recuerdo haberme lavado la cara diez veces seguidas en el mismo hogar.Amaba el periodismo y me entregué a él sin condiciones, incluso a sabiendas de que con el mismo entusiasmo estaba rompiendo amarras y alejándome sin remedio de los míos. Y todo eso a cambio de un sueldo miserable para el que ni siquiera necesitaba bolsillos, hasta el punto de que una noche me prestó dinero un mendigo. No me importaba. Disfrutaba buscando frases entre los marginales a los que frecuentaba y jamás reparé en lo que sería de mi vida.Era feliz en medio del dolor y los destrozos,como un soldado que en medio de la oscuridad corre hacia el peligro atraído por la luz de la artillería. Algo me decía que no haría bien mi trabajo si además de contar la vida de los miserables no corría el riesgo de contraer también sus enfermedades.A veces creo que mi mala reputación ha salvado mi prestigio. A fin de cuentas, este oficio consiste en saber elegir con quiendes planchar por la noche tu camisa.

sábado, 3 de agosto de 2013

Me cago en… - Juan José Millás



Me cago en… - Juan José Millás

¿Saben aquel que diu de un ope­ra­rio que era lle­va­do a jui­cio por blas­fe­mo? Se había ca­gado en Dios cuan­do su com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo, en un des­cui­do, dejó caer sobre su es­pal­da des­nu­da un cho­rro de plomo al rojo vivo. El acu­sa­do, que ne­ga­ba los he­chos, ase­gu­ró que al notar co­rrer por su piel el ar­dien­te lí­qui­do, se había li­mi­ta­do a decir: “Por favor, Pepe, lleva un poco de cui­da­do con el plomo”. El juez no le creyó. Tam­po­co nos cree­ría a no­so­tros si ne­gá­ra­mos ha­ber­nos ca­gado en todo al en­te­rar­nos de los so­bre­suel­dos que 40 di­ri­gen­tes del PP, en com­pa­ñía de Alí Babá, co­bra­ron entre 1990 y 2011: unos 22 mi­llo­nes de euros se re­par­tie­ron los mis­mos que pre­di­ca­ban la aus­te­ri­dad y pro­cla­ma­ban que vi­vía­mos por en­ci­ma de nues­tras po­si­bi­li­da­des, los mis­mos que ase­gu­ra­ban que era pre­ci­so mo­de­rar los sa­la­rios, los mis­mos que han aca­ba­do con los de­re­chos de los tra­ba­ja­do­res.

Y no es que co­bra­ran esa pasta en con­cep­to de suel­do o como com­ple­men­to de pro­duc­ti­vi­dad, qué va, esta gente no ha pro­du­ci­do nada que jus­ti­fi­ca­ra tales emo­lu­men­tos, sig­ni­fi­que lo que sig­ni­fi­que emo­lu­men­tos. Co­bra­ban por­que sí, por se­ño­ri­tos, y para com­ple­men­tar la es­ca­sa nó­mi­na que ya les pa­gá­ba­mos usted y yo por apre­tar un botón en el Con­gre­so. To­da­vía una cosa: el so­bre­suel­do os­cu­ro pro­ve­nía asi­mis­mo, en gran me­di­da, de los fon­dos pú­bli­cos ali­men­ta­dos por los im­pues­tos de usted y los míos. Esa panda de la­dro­nes (pre­sun­tos), ahora en el Go­bierno o en sus cer­ca­nías, son los mis­mos que nos han ba­ja­do el suel­do para re­sul­tar com­pe­ti­ti­vos, los mis­mos que nos han subido los im­pues­tos para sa­car­nos los hí­ga­dos y los mis­mos que están a punto de es­tran­gu­lar a base de pen­sio­na­zos a los vie­jos. Una mafia, en fin, com­ple­ta­men­te ins­ta­la­da bajo apa­rien­cias de­mo­crá­ti­cas. Pero yo, señor juez, se lo juro, me he li­mi­ta­do a decir que lo que han hecho está muy feo.

jueves, 1 de agosto de 2013

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Si me gusta este Papa es porque rompe, con su estilo tan cercano, una larga tradición de pontífices que predicaban la humildad encaramados en la cúspide de una Iglesia adinerada y clasista, enjoyada y bien comida, poblada de orondos cardenales premamá que a su paso dejaban una estela de incienso y Margaret Astor. La cúpula eclesial desmentía con su boato la sencillez de miles de párrocos flacos y sacrificados que predicaban el Evangelio con los bolsillos vacíos y la boca sin saliva. Yo recuerdo con frecuencia al cardenal Fernando Quiroga Palacios, que era un hombre alto y corpulento, un leñador de púrpura que comparecía en los actos de palacio con el rostro empanado por una mezcla de bechamel y maquillaje, obstétrico y luminoso como si con el sobrecogimiento de la inspiración divina le hubiese bajado la regla en su útero de terciopelo. Monseñor desprendía un penetrante olor a jabón y a especies, a soprano y a pinche de cocina. Y cada vez que impartía la bendición, al girarse para difundirla me llegaba hasta la cara aquel ácido vaho episcopal en el que se mezclaban la toilette de Bette Davis y el resuello de Jack Nicklaus. Francisco es un Papa sin aliñar. Habla con suavidad y dice cosas drásticas que nos devuelven la esperanza en una Iglesia en la que la palabra de los prelados deje más huella que el aliento de esos almuerzos palaciegos en los que uno imagina al camarlengo trinchando el pavo de Navidad con la cresta del crucifijo. Le deseo suerte al Sumo Pontifice. La va a necesitar para recuperar entre los católicos la imagen del Cristo que de niño me enseñaron en la escuela, aquel tipo sencillo y expresivo al que tantas veces imaginé repartiendo con naturalidad el gel y las toallas en la penumbra del burdel. Porque no es buen camino el que sigue esta Iglesia golosa y vertical en la que parece que los cardenales tengan a Dios de cocinero.

El gel y las toallas - José Luis Alvite

El gel y las toallas - José Luis Alvite
  
Un sacerdote me recriminó ayer públicamente en Twitter el retrato que dos días antes había hecho de Cristo «repartiendo con naturalidad y el gel y las toallas en la penumbra del burdel». Al padre Antonio Romero le pareció una blasfemia lo que para mí sólo se trataba de una imagen concebida y plasmada con fines literarios. Al cabo de un breve intercambio de comentarios,cada uno mantuvo su postura. Por mi parte le hice ver que mi manera de escribir responde exclusivamente ante mi conciencia,por lo que consideraba fuera de lugar que su moral y su doctrina pretendiesen estar por encima de mi pensamiento y de mi manera de ejercer un oficio cuya esencia reside de manera irrenunciable en la libertad de expresión.Al final nos cruzamos invitaciones para que cada uno visite la ciudad en la que le recibiría como anfitrión el otro y el incidente no pasó a mayores, de modo que nos demostramos a nosotros mismos que dos personas pueden entenderse sin necesidad siquiera de estar de acuerdo. Ya sin las restricciones expresivas a las que obliga Twitter, quiero felicitar al padre Romero por la convicción con la que defiende sus creencias y espero que comprenda que con ese mismo entusiasmo defienda yo las mías. También deseo que sepa que tengo poco que ver con quienes con cualquier pretexto arremeten contra la Iglesia y consideran el Evangelio una antigualla intelectual, y la fe, poco menos que una perversión de la inteligencia.La suya y la mía sólo son maneras distintas de entender la vida, eso es todo, y comprendo que su idea de trascender y alcanzar el cielo es tan natural y tan legítima como en cada viaje que hago vencido por el sueño lo es mi deseo de llegar con vida a la siguiente gasolinera. Por último, padre Romero, creo que estaremos de acuerdo en que no son el gel y las toallas lo peor con lo que podría mancharse Cristo las manos.

lunes, 29 de julio de 2013

Trenes rigurosamente abandonados - David Torres



Trenes rigurosamente abandonados - David Torres
En España la culpa siempre es del chófer. España es un país donde no hay causas, sino culpas. No hay responsables, sino culpables. No hay investigaciones, sino linchamientos públicos. A las pocas horas de la mayor tragedia ferroviaria del último medio siglo ya circulaba una broma que el maquinista había colgado en facebook, como si una foto de unos años atrás valiese lo mismo que unos antecedentes penales. Como si el hombre fuese un conductor suicida que sólo esperaba el momento idóneo para echarle una carrera a la muerte. Renfe, Adif, el ministerio de Fomento y demás siglas rimbombantes le han cargado todos los muertos de un plumazo a Francisco José Garzón, como si él también hubiera diseñado el trazado de la vía, decidido suprimir las balizas de seguridad en una curva terrorífica y ahorrar así unos cuantos millones siempre necesarios para los buenos asuntos de gobierno. Si la responsabilidad por los casi ochenta muertos, y los que puedan venir en los próximos días, es exclusivamente del maquinista, me imagino entonces que su sueldo debe calcularse acorde con su responsabilidad. En ese caso, sería estratosférico y más aun, astronómico. Ni el propio Dios podría cargar con tanta culpa.
Pero en España, perdonen que me repita, la culpa siempre es del chófer. En la catástrofe aérea de Spanair en Barajas los culpables fueron exclusivamente los pilotos, no la compañía, por ahorrar tiempo y dinero en una revisión más, ni del aeropuerto, por obligar a otro chequeo de seguridad. En el accidente de metro de Valencia, la culpa también fue del maquinista, no tuvo nada que ver la planificación previa ni la falta de una señalización adecuada. En ambos casos, los culpables obtuvieron su merecido y resultaron muertos. Garzón ha tenido la mala suerte de sobrevivir al accidente. La mala suerte de no haberse desmayado un par de kilómetros antes de la curva, de no haber perdido el conocimiento ni de haber sufrido un infarto. Porque yo, la verdad, no tengo ni puta idea de seguridad ferroviaria pero me imagino que los muy altos responsables de Fomento, de Adif, de Renfe y de las demás siglas rimbombantes habrían previsto esas circunstancias con su sabiduría y su presciencia incomparables. No me puedo creer que todo, absolutamente todo, dependa de la salud y la atención de un solo hombre. ¿No había dinero para otra baliza de seguridad? ¿No había dinero para pagar a un copiloto a setenta euros el billete?
Al final, lo más terrible de la tragedia de Santiago es que acabará convirtiéndose en una metáfora de este triste país donde los aeropuertos se construyen al tuntún, para que caguen las palomas y se paseen los nietecitos de los caciques locales, mientras que las líneas ferroviarias se confían a las manos de un pobre hombre falible que lleva un tren como si llevara a sus espaldas el mundo. Al final, mira tú qué pena, Renfe se va a quedar sin vender otro tren de alta velocidad a los brasileños. Una vez más, señores, hemos viajado por encima de nuestras posibilidades.

Mi esposa - Salvador Sostres



Mi esposa - Salvador Sostres
HACÍA DÍAS que no éramos capaces de mantener una conversación sin enredarnos en una u otra discusión, siempre leve pero muy molesta, y la situación estaba empezando a ser desmoralizante para los dos. Sin embargo, y a pesar de que luego no era capaz de contenerme para tratar de evitar el siguiente mal humor, me emocionó profundamente de ella, durante todo este tiempo, el cuidado con que intentaba que las discusiones no fueran nunca a más, la paciencia con que reanudaba el diálogo con la mejor voluntad posible por ver si éramos capaces de avanzar a pesar de su torpeza y de la mía. Algunas veces quise enfadarme con ella pero nunca pude. Llegó un momento en que de un lado casi todo lo que hacía o decía me irritaba y del otro sentía que la quería con todo mi amor y toda mi razón, como jamás había amado a nadie, ni a ella misma. No sabía cómo hacer promedio entre los dos sentimientos, tan encontrados, hasta que la mañana de un miércoles cualquiera, todavía en la cama, acabados de despertar, le dije que la quería y que estaba intensamente enamorado de ella; que la necesitaba, que con ella todo lo tenía y sin ella todo me faltaba. Algunos matrimonios, le dije, admiten que el amor que antes se tenían se vehicula luego a través de los hijos. «Tú sabes lo que quiero a nuestra hija y hasta qué punto es el centro de nuestras vidas. Pero tú eres mi mujer, libremente te elegí, y saber que estás es mi forma de ser libre, y feliz. Dios nos ha agraciado con una niña fantástica y todo vamos a dárselo, incluso la vida si es el caso. Pero no espero nada de ella, porque así es la vida, y cuando sea la hora emprenderá su camino, como así tiene que ser y será».
Ella me miraba con su cara hinchada de las mañanas, la que más me agrada, y me dijo que nunca le había hablado tan serio ni diciéndole cosas tan bonitas.
Refundemos todos los matrimonios volviéndole a decir a nuestras esposas lo que San José le dijo a la suya: «Tú eres mi mujer, tu eres mi esposa, tú eres María». Los niños son el fruto pero el amor con que amamos a nuestras esposas y maridos es el amor fundamental y creativo en el que se basa la Historia de la Humanidad. El amor que protege y da sentido y camino a los hijos, y les prepara para amar y dar vida, muchos años más tarde, como si fueran los primeros padres del mundo.

domingo, 28 de julio de 2013

Probando Windows 8.1 - Julio Miravalls


Probando Windows 8.1 - Julio Miravalls
Estamos como el año pasado por estas fechas: en crisis, esperando un nuevo Windows. ¿Será el 8.1 la salvación? Microsoft lo lanzará tras el verano (con actualización gratuita para el 8). Los expertos lo ven como reparación de errores y desde hace un mes hay versión preview, para probarlo. Que es lo que hemos hecho, usando un tablet que viene al pelo: el Acer Aspire P3 (el fabricante lo llama ultrabook), con procesador i-5 y pantalla táctil de 11,6 pulgadas, que se integra en una funda con teclado, pero, ojo al dato, sin ratón.
La novedad clave es de lógica aplastante: Windows restablece el añorado «botón Start», con parte de sus funciones (pulsando el botón derecho del ratón). Es fácil configurar el arranque para que se inicie directamente en el escritorio clásico de siempre.
El salto al vacío de Windows 8 como sistema operativo táctil supuso relegar a segundo plano la informática «de trabajo» con máquinas sobre una mesa, teclado, ratón y pantalla normal. Ahora se podrá ignorar por completo que existe ese interface con enormes botones para dedos gordos al que llaman Modern UI.
El resto de la prueba indica que el nuevo software es un «punto algo», una mejora de versión. El 8.1 se deja configurar más al gusto del usuario, integra el almacenamiento en nube SkyDrive como si fuera un disco del equipo, redecora la tienda y parchea detalles. No remedia la esquizofrenia de un SO para usar con los dedos, mientras las aplicaciones serias siguen pidiendo ratón y escritorio. Intenten manejar Photoshop con los dedos.
El problema con Windows 8 es de hardware: la precisión de las pantallas táctiles capacitativas hace muy difícil acertar para minimizar, maximizar o cerrar una ventana clásica, o atinar con los menús. No digamos seleccionar un texto, copiar, pegar, arrastrar... todas esas cosas. Y encima se pierden las funciones de «mouse over», esas cosas que ocurren al pasar el ratón por encima de algo.
No se entiende que Microsoft lanzase Windows 8 sin haber «traducido» a la vez su software estrella Office (la nueva versión táctil, dicen, está en el horno), ni el magnífico e ignorado programa de reconocimiento de texto a mano Journal, que está ahí desde la edición tablet de XP. Windows 8.1 seguirá en la línea de fuego.

sábado, 27 de julio de 2013

Los perros de Angoras - José Luis Alvite

Los perros de Angoras - José Luis Alvite

Antes de ocurrir la desgracia del tren, la de Angrois era una de tantas aldeas de Galicia, lugares entrañables y apacibles en los que la vida transcurre tan tranquila, tan silenciosa, que hay perros que mueren de viejos sin haber aprendido a ladrar. Es en sus aldeas donde radica la esencia de esa galleguidad recelosa y a la vez hospitalaria, el lugar emocional del que surge ese tipo humano que te recrimina que robes un puñado de uvas de su parra y después del reproche colma tus brazos con dos docenas de racimos y te da conversación hasta que se echa encima la hora de cenar y se ofenderá mucho si no te sientas a su mesa. Dentro de la terrible desgracia que supuso, el Alvia ha ido a descarrilar en un buen sitio, en Angrois, la aldeíta próxima a Compostela a la que tantas veces fui caminado cuando era niño porque me suponía cruzar el río Sar con los pantalones arremangados y adentrarme en aquel orbe silvestre en el que, como en tantos lugares de Galicia, había unos señores calmosos que jugaban a las cartas con los naipes repetidos y unas mujeres muy trabajadoras y entusiastas que a mí me parecía que tenían la santa paciencia de hervir la leche con el fuego apagado. Fueron los hijos y los nietos de aquella gente quienes bajaron a las vías a socorrer con mantas a las víctimas del Alvia, consolaron a los heridos y dudaron si ofrecerles a los muertos un poco de conversación y un sitio en su mesa para compartir con los ancianos la cena invertebrada de los niños. Ni siquiera con el estruendo del tren ladraron los perros de la aldea. Fue hasta en eso un pasmoso ejemplo de silencioso civismo, de sobrecogedora y callada solidaridad. Y ahora Angrois saldrá de los telediarios y recobrará la calma antigua de esos sitios de Galicia en los que incluso la muerte es donante de sangre.

Héroes y villanos - J. A. Gundín



Héroes y villanos - J. A. Gundín

Entre las vías de Santiago yacen para siempre retazos de heroísmo y la memoria de un peregrinaje cercenado a 190 kilómetros por hora cuando tocaba con sus dedos las puertas de la Gloria. No hay consuelo posible en la tragedia, ni dolor más hondo que el del peregrino al que la adversidad le niega el abrazo del Apóstol. A veces, la curva final de la vida sale al encuentro, insidiosa y cruel, antes de tiempo, en la estación que no era y en el día equivocado. Es el absurdo de ir tan deprisa para no llegar nunca. Pero es entonces cuando aflora lo mejor de quienes nos rodean, la determinación de los vecinos en plantarle cara a la catástrofe, la carrera contra reloj de los primeros auxiliadores para disputarle a la muerte aunque sea unas migajas de vida, el desvelo de cientos de personas para reconfortar a los deudos, las colas insomnes de donantes de sangre, la compasión unánime de un país golpeado, otra vez, por trenes desventrados que nunca llegan a su destino.
En medio del llanto y de la tristeza sin final, aún queda espacio para sentir el orgullo de pertenecer a un país de gentes ejemplares. España lo es. Aunque siempre haya excepciones. En accidentes como este, como en otros de los últimos años que se han cobrado decenas de vidas o graves daños medioambientales, nunca faltan los zopilotes que planean sobre la tragedia para arrancar algún trozo de carne política, para rasgar la piel del adversario y arrojar sobre él la desolación de las víctimas como condenas infamantes. La utilización partidista del dolor colectivo ha sido demasiado frecuente y demasiado vil, quién no lo recuerda con cierto asco en el estómago, y no hay que descartarla tampoco ahora. Como es natural, la Justicia debe investigar a fondo y con celeridad las causas de la catástrofe de Santiago, dirimir responsabilidades y reparar daños. Pero por respeto a las víctimas y a sus familiares, sería deseable, al menos por una vez, que mientras tanto nadie utilice el llanto de todos como arma de combate político. La demagogia partidista no entiende de piedad ni conoce la decencia, magnifica las dudas razonables y eleva a condena la más débil sospecha. Aplaudamos a los héroes de Santiago, pero reservemos nuestro más profundo desprecio a los carroñeros y politicastros. Entre los rieles compostelanos se quebró la vida de muchas familias y de entrañables amigos, como el querido Enrique Beotas, con quien tanto demorábamos las tardes de verano mientras las espumas fatigaban las arenas del sur. No será mucho pedirle a los vivos dignidad y respeto a su recuerdo y a la memoria de todos.

A mayor velocidad, más muertos - Matías Vallés



A mayor velocidad, más muertos - Matías Vallés
El consenso humano se establece alrededor del materialismo, administrado por los sumos sacerdotes científicos. La única religión verdadera se decora a menudo de adherencias espirituales o espiritistas. La materia posee un inconveniente capital, no sabe estar quieta. Su agitación incesante arranca de las partículas subatómicas y se transmite a sus manifestaciones más evolucionadas. En una de sus variantes más cómicas, este movimiento se llama sexo.
No llevamos la velocidad en nuestros genes, sino en nuestros electrones. En cuanto ejecutamos la movilidad, competimos con otras porciones de materia. Y sobrevienen las inevitables colisiones, por la impenetrabilidad que prohíbe a dos masas la ocupación del mismo espacio. Resulta curioso que los choques de objetos, sobre todo si uno de ellos transporta seres humanos, se llamen accidentes pese a que operan en obediencia rigurosa de las leyes físicas.
La teoría de las colisiones ha sido desarrollada por el sanedrín científico en todos los estados físicos de la materia. Al margen de la intensidad de las ecuaciones, los choques se multiplican conforme aumenta el número de partículas y su velocidad. En la tragedia ferroviaria de Santiago se ha manifestado dolorosamente que el responsable último de la cifra de muertos reposa en el velocímetro, como desencadenante y como agravante de las consecuencias.
A mayor velocidad, más muertos. Cuando Airbus y Boeing empezaron a promocionar sus titanes aéreos, un filósofo sentenció que los nuevos ingenios "sólo garantizan que el próximo accidente de aviación curse con 800 fallecidos". Levantó una notable polvareda, pero se limitaba a extrapolar la teoría de colisiones que gobierna la velocidad. Paul Virilio ha poetizado las repercusiones subjetivas de la rapidez creciente del transporte, que también disloca las mentes en una confirmación de su entidad material.
La sociedad se estremece ejemplarmente ante la tragedia de Santiago, pero acepta sin derramar ni una lágrima colectiva los dos mil muertos anuales -un santiago semanal- en las colisiones de carretera. El PP identifica incluso velocidad con virilidad, y propone un levantamiento de las cifras límite que conllevará obligatoriamente un aumento del recuento de víctimas, no todas votantes populares.
La materia es insensible. El error, flagrante en las bravatas lanzadas en facebook por el maquinista del tren estrellado, consiste en pensar que el ser domina a la materia, invencible porque obedece a leyes ciegas. A toda velocidad.

viernes, 26 de julio de 2013

Morir en un tren - Pedro G. Cuartango



Morir en un tren - Pedro G. Cuartango
Cuando era niño me gustaba sentarme en un andén de la estación de Miranda de Ebro y adivinar por qué vía iban a entrar los trenes y de dónde venían. Tenía un pequeño martillo y golpeaba las ruedas de los vagones como solían hacer los ferroviarios. Hoy la estación de Miranda está vacía, pero hace medio siglo estaba llena de vida. Familias que esperaban con sus maletas para coger los expresos, vendedores ambulantes, parejas que se besaban furtivamente y siempre esa mezcla de olor a vapor y carbonilla que nunca podré olvidar.
Las estaciones son un escenario para el encuentro y las despedidas, para el amor y el desamor, para el comienzo y el final de una historia. A mí me han pasado muchas cosas en los trenes y en las estaciones, pero una de las que se me ha quedado grabada para siempre es la muerte del hermano de mi abuela, atrapado en una máquina que descarriló cerca de Miranda.
Recuerdo como si fuera hoy a mi abuelo en la estación, dando órdenes frenéticas por teléfono para movilizar a sus compañeros y lograr que sacaran a su cuñado del amasijo de hierros al que había quedado reducida la locomotora que se había salido de una vía en mal estado.
Un primo de mi madre y otro hermano de mi abuelo fallecieron también en accidentes ferroviarios por descarrilamiento, la causa que provocó ayer la muerte de decenas de personas en Santiago.
Se puede morir en la carretera o en un accidente de avión, pero perder la vida en un tren es algo absurdo y sin sentido, no ya porque desafía todas las leyes de posibilidades sino porque cuando uno se sube al vagón siente instintivamente una sensación de seguridad y protección que invita al abandono o la ensoñación.
Pero el ferrocarril tiene también esa dimensión dramática que nos golpea y nos hace tomar conciencia de la fragilidad humana. Hace unos años, el despiste de un guardagujas en Albacete provocó una masacre. Y hace unos días una pieza defectuosa en la vía fue la causa de otro descarrilamiento en París en el que murieron siete personas.
Desde que tengo uso de razón, guardo el recuerdo de muchos accidentes con decenas de víctimas y ello siempre me hace pensar que los trenes funcionan como un mecanismo de relojería en el que el fallo de una pequeña pieza o un despiste humano pueden provocar una catástrofe. Los ferroviarios siempre han sido conscientes de ello.
Pero estas reflexiones no dejan de ser absurdas frente al hecho de una muerte inesperada y el drama concreto de cada familia que ha perdido a alguien en el accidente de Santiago. Hoy los medios intentarán desentrañar las causas de lo sucedido y tal vez exigirán responsabilidades si es que hay algún culpable. Pero al final, viajar en tren es también como una tirada de dados en la que el destino juega con nosotros.
Las estaciones, los trenes y las vías son la metáfora de ese viaje de nuestra vida que nunca sabemos cómo va a acabar.

Descarrilamiento en Santiago de Compostela - Libertad Digital



Descarrilamiento en Santiago de Compostela - Libertad Digital

El conductor del tren Alvia siniestrado anoche cerca de Santiago reconoció que iba a una velocidad de unos 190 kilómetros por hora en una zona limitada a 80 kilómetros por hora, han informado a Efe fuentes de la investigación. Según las fuentes, la curva en la que ha tenido lugar el siniestro está limitada a 80 Kilómetros por hora y el convoy entró en la misma a una velocidad que podría oscilar entre los 180 y los 220 kilómetros por hora. Claro que, según expertos consultados por Libertad Digital, la velocidad a la que se entró en dicha curva no tuvo por qué ser estrictamente responsabilidad del maquinista, ya que la velocidad de estos trenes se regula automáticamente desde la propia vía.

Tras el siniestro mortal, el conductor mantuvo comunicaciones por radio en las que aseguraba que iba a mucha mayor velocidad de la que indicaba la curva en la que se produjo el accidente.

Los equipos de investigación tratan de esclarecer, a estas horas, las causas de la tragedia que ha sucedido a pocos kilómetros de Santiago de Compostela, al descarrilar el tren Alvia que cubría la ruta Madrid-Ferrol.

Expertos consultados por Libertad Digital, estiman que –como se ha apuntado ya– el exceso de velocidad puede ser una de las principales causas del descarrilamiento, pero matizan mucho esta información y buscan explicaciones de acuerdo al funcionamiento de los trenes Alvia, la vía en la que ha sucedido y los sistemas de seguridad que emplean estos ferrocarriles.

La vía y la velocidad

En primer lugar, "el maquinista no tiene la libertad para manejar la velocidad a la que viaja" y en segundo lugar, "el punto crítico de este accidente es la localización del mismo" ya que ha ocurrido "en la salida de una línea de alta velocidad" y no en una vía de alta velocidad propiamente dicha. La ruta Madrid-Ferrol no es una infraestructura de alta velocidad completa de principio a fin como sucede, por ejemplo, en el tramo de AVE Madrid-Sevilla, sino que se compone de tramos de alta velocidad y otros de línea convencional. En este caso, tras la salida del túnel previo a la curva del siniestro, la vía deja de ser una línea de alta velocidad para convertirse en una línea convencional y está debidamente señalizado.

Tal y como explica a Libertad Digital el experto en ferrocarriles Francisco Díaz Pardo, de Geotren, justo antes de la transición, se señaliza la vía por la que circula el convoy y el propio sistema de seguridad regula la velocidad a la que debe ir el tren, es decir que antes de la curva está señalizado que "va a cambiar de sistema, de la alta velocidad a una red de velocidad convencional española".

Según Díaz Pardo, "el hecho objetivo es que el maquinista, al salir de ese túnel vio que iba a 190 km/h", según ha declarado el propio maquinista, lo que indica que algo no funcionó bien. "Antes de llegar a esa curva, hay un túnel y hay unas balizas del sistema ERTMS y otras del sistema ASFA. Ambas tienen que indicar que el tren ha de bajar a 80 km/h y de forma automática tenía que bajar a 80. La Alta Velocidad es automática, el conductor únicamente está de apoyo".

Otros expertos consultados corroboran que el sistema ERTMS -propio de la alta velocidad- aparece en todo el tramo previo a la curva, pero no está en el "entronque con la línea convencional". En cambio, en ese momento, sí que debería haber actuado el sistema ASFA, que en caso de exceso de velocidad actuaría sobre los frenos del convoy para parar el tren. Esta fuente, bien conocedora de la red ferroviaria española, destaca que el sistema ASFA no automatiza el funcionamiento completo del tren, pero sí actúa automáticamente sobre los frenos en caso de exceso de velocidad. "Ahí ha tenido que haber un error, el ASFA hace actuar el freno de los trenes. Parece que ha debido fallar o la baliza ASFA o ha fallado el receptor de radio de la cabeza tractora".

Fallo en el sistema de balizas

Con todas las cautelas, y dejando claro que aún falta por conocer la información oficial que ofrezcan los técnicos que están investigando el siniestro, el experto Díaz Pardo conjetura a modo de hipótesis que, conociendo de cerca el funcionamiento de los trenes, cabe pensar que, o bien fallaron las balizas de señalización de los sistemas ERTMS y ASFA, o bien falló el sistema de detección mediante el que el propio tren recibe la señal de radio que emiten las balizas a través de la vía. De haber funcionado correctamente, el tren debía haber disminuido la velocidad de forma automática, o bien -en caso de que en el entronque no exista ERTMS- tendría que haber actuado el frenado automático que dispara el sistema ASFA.

Más expertos consultados por Libertad Digital insisten en que los trenes funcionan mediante un sistema de información continua entre la cabina y la vía. Otras fuentes, maquinistas experimentados, reafirman que "como maquinista no puedes sobrepasar esa velocidad máxima que te marca el display del tren". Un indicador que informa de la velocidad que debe llevar el convoy en cada tramo del recorrido. Para este experto maquinista, la hipótesis pasa también por un fallo en la señalización, bien en la cabina, bien en la vía.

Una vez pasado el punto crítico, tras el túnel, el tiempo de reacción del maquinista para frenar el tren es muy corto, considera el experto en ferrocarriles Díaz Pardo, ya que la distancia de frenado de un tren a esa velocidad puede ser más de 3 kilómetros. Así pues, "parece que lo que habría fallado es la indicación de limitación de velocidad de que había que pasar de 250 a 80 antes de la curva a izquierdas que es cuando se sale de la línea de alta velocidad", dice el experto.

Sistema ERTMS y sistema ASFA

Los sistemas de señalización que emplea la vía del tren siniestrado son el ASFA (Anuncio de Señales y Frenado Automático) que monta la mayor parte de la red ferroviaria española y el ERTMS (European Traffic Management System, o Sistema Europeo de Gestión del Tráfico) que es el sistema de señalización empleado, además, para los tramos de alta velocidad y homologado con la normativa europea.



(Foto: Baliza ASFA De Santiago Martínez Aznar publicado en Ferropedia bajo los términos de la licencia Creative commons)

Es un sistema que funciona con balizas periódicas instaladas en el centro de la vía y que da información a los trenes de los tramos desde ese punto hasta la siguiente baliza. Una de las informaciones principales que ofrecen estos sistemas es la velocidad que ha de llevar el convoy. En los casos de trenes de Alta Velocidad, funciona de modo automático, es decir, que la velocidad es marcada por la baliza y ejecutada automáticamente por el tren.



(Balizas ERTMS, recogidas por la web de ADIF)

En la línea de Santiago hay instalado un sistema ASFA y un sistema ERTMS de nivel 1, muy similar al ASFA, lo que cambia es que tecnológicamente es compatible con la UE. Funciona más rápido y mejor, aunque la filosofía es la misma. El ERTMS de nivel 2 (como el que hay instalado en la ruta Madrid-Sevilla) permite una información constante e instantánea entre la vía y la cabina. También con la central de Adif.

En este caso, los expertos consultados sugieren que las balizas ASFA del tramo convencional del trayecto (zona en la que se ha producido el siniestro) deberían haber actuado -en buena lógica- activando automáticamente los frenos del convoy.

El sindicato de maquinistas pide prudencia

Por su parte, el secretario general del Sindicato de Maquinistas (SEMAF), Jesús García Fraile, ha querido mostrar su "solidaridad con las víctimas y los familiares" del accidente de tren ocurrido en Santiago de Compostela.

Entrevistado en Es la mañana de Federico de esRadio, García Fraile ha afirmado que "mientras no tengamos datos claros" no harán ninguna valoración de lo ocurrido. "No podemos decir nada. Habrá que ver la caja, todos los registros. Sabemos que antes de la curva hay una velocidad de hasta 200 y, después de un tramo, hay que bajarla a 80 kilómetros. No sabemos la velocidad a la que iba el tren ni qué ha ocurrido", ha dicho.

El secretario general del SEMAF ha señalado que no saben si saltó la alarma del tren o no. Tampoco ha querido referirse a ninguna circunstancia, porque "la seguridad es una garantía, el mayor pilar que tenemos" y la formación de los conductores "es maravillosa". "No sabemos qué ha podido pasar", ha repetido.

Vecinos del lugar en el que ocurrió el terrible suceso habían criticado la curva en la que el tren descarriló. García Fraile ha dicho al respecto: "Entras en un túnel en una línea recta y, al final, te encuentras una curva. Adelantar elementos de juicio... no podemos hacerlo".

miércoles, 24 de julio de 2013

Yo, Leonor - María José Navarro



Yo, Leonor - María José Navarro

Se lo solté a mi madre el otro día cuando vi las fotos nuevas que se han hecho estos dos: sois el vivo reflejo de la monarquía, puro cartón piedra. Y estoy castigada, me ha dicho, hasta los 15 años. No es ninguna novedad porque yo me paso la vida penando. Tengo la lengua muy larga y, con los años, también la mano, y así me luce el pelo. Hace poco le di un collejón a mi prima Irene porque desde que está viviendo fuera me habla en inglés y bastante tengo yo con entender al abuelo para que encima me venga ésta con tontunas, y mi madre diagnosticó que tengo problemas de comportamiento. Yo. Problemas de comportamiento yo, que voy a misa en Mallorca y ni grito ni nada. Yo, que beso al obispo y ni me limpio. Yo, que no he tenido ni pizca de pelusa de esa croqueta andante, de ese sollo humano que es mi hermana. Pues nada, soy problemática, que lo sepan Vds. El caso es que vinieron mis primos los cosmopolitas porque estaban de vacaciones escolares (que a saber a qué antro de colegio van para estar a estas alturas de parranda) y propuse ir al Museo de Cera y a mi padre, que se le cae la baba conmigo, le pareció una idea estupenda, pero apareció mi madre y dijo que ni hablar. No, que nos conocemos, dijo, y me han dejado con las ganas de saber qué han puesto en el sitio que ocupaba el tito Jaime y si el tito Iñaki sigue allí, que dice Peñafiel que está la cosita muy mala. Con lo bien casadas que estaban las titas y ahora resulta que nos vamos a quedar los últimos de Filipinas, qué cosas pasan. Total, que como me enclaustraron, pillé un ordenador abierto y he visto las fotos de mis padres y he flipao en colores. Se aficionaron al Photoshop cuando me cortaron una pierna y hala, dale que te pego Perico al torno. Que yo soy partidaria del retoque, ojo, hasta donde sea necesario, empezando por mi hermana, que no cabe en el plano, pero vamos, lo de mi padre con los trajes de Mariquita Pérez es un pasote. Parece que está asomado, como cuando en las ferias metes el cabezón por un agujero y debajo hay un vestido de gitana. Aun así, lo que me ha provocado una risotada chabacana han sido las críticas de los editorialistas republicanos y modernos que temen que se pueda dar sensación de monarquía virtual. Ea, pues voy a ver si la lío parda, súbditos. Ciaooooo Me trajeron mis padres una vuvuzela de Suráfrica del primer partido de España y estoy pegando una turra importante por la Casa del Príncipe. En realidad, me la compró mi padre, que me da todos los caprichos y le saco hasta los ijares, porque si llega a ser por mi madre, lo que me trae es un diccionario zulú y voy que chuto. Está empeñada en que sea una heredera culta, ya ves tú, si yo lo que quiero es vivir del cuento y no pegar un palo al agua, o sea, lo lógico y habitual en un caso como el mío. La trajo mi padre escondida en la maleta y me ha pedido de rodillas que no la toque, que a mi madre se le puede poner un carácter como el de un schnauzer enano y para qué queremos más, pero yo veo esa trompeta y luego la oreja de mi hermana, y falto a todas mis promesas. La tengo medio sorda a la pobre. Como yo le digo: no llores, bolo humano, que el abuelo también está teniente y lo lleva de maravilla. Ahora que acaba el colegio se van a enterar, hombre, voy a estar todo el santo día pegando pitíos por los pasillos y ni castigos ni porras. Además, los labios se hinchan como dos bratwurst y me ahorro el bótox. Todo sea por gastar menos, que noto a Anasagasti preocupadísimo por los dineros que ha costado llevar a los titos, a la abuela y a estos dos a la boda en Suecia. Yo es que sigo mucho a Anasagasti porque me hace muchísima gracia. Se pone así como faltoncete con la familia y me parto la caja con toda esa atención que nos presta, que es que no tenemos otro seguidor más fiel. Deberíamos subvencionarle. O eso, o animarle a que se presente al concurso «¿Qué es un rey para ti?». El caso es que aquí ha ido todo quisqui al bodorrio menos yo, con las ganas que tengo de echarle el guante al hermano de la novia, que es guapísimo. Quería además ver de cerca a la tal Magdalena, que se la trataron de endilgar a mi padre antes de conocer a la famosa periodista que es ahora mi madre, porque dicen que es muy mona, aunque yo la veo parecida a Peggy en «Cerdada espacial» de los Teleñecos. Se lo dije al abuelo, que se quedó en tierra: que me lleven ahora que igual se acaba el chollo y nos extinguimos. Y me dio un pellizco doble. Imagino que ustedes ya se habrán dado cuenta de que en esta familia soy una mujer objeto. Se lo he dicho a mi madre, elevando un poquito la voz y levantando el dedo índice: Luego diréis que si la privacidad y que si tal y que si cual, pero llega el verano y soy un mono de feria. A mí, en realidad, no me importa salir en las portadas porque yo soy muy estrellona y además estoy pacomerme, pero lo que no soporto es que se me dosifiquen los saraos. Porque a mí no me molesta aparecer en el barco y lucir melena al viento y fondo de armario marinero, pero no hay derecho a que me chupe todas las regatas sin llorar ni nada y sin marearme, y vaya a misa sin gritar ni correr entre los bancos y luego vengan las Obama y yo me tenga que enterar por la prensa. Bien es verdad que esto pasa porque a mi padre le pilló la visita en Colombia y no pudo interceder por mi presencia en la comida que le dió el abuelo a esta gente, porque si llega a estar mi padre, me lío a berrear y vaya que si me llevan, já. Pero mi madre no tiene corazón. Le da igual ocho que ochenta y ocho y aunque me provoque hipo del llanto no cede, la muy estricta. El caso es que vino la mujer de Obama a vernos y por lo visto mide lo mismo que un pivot de la Cibona. Bendito sea Dios, qué hechuras, le he oído decir al abuelo. He estado leyendo que esta buena señora y su hija se han pegado cinco días de vacaciones a todo tren, incluido el avión presidencial, pero no seré yo la que ponga el grito en el cielo por la cuenta que nos trae a nosotros, que no estamos tampoco para dar ejemplo por esos detallitos. Pero en fin, me dejaron aparte y llevo unos días con un morro que se me puede atar con una manta, porque encima no me faltaba nada más que el regalito que nos dejaron. Unos peluches. Un peluche a mí. A mí. Eso a mi hermana, hombre, que es pequeña y oronda, pero yo ya estoy más para un brillo de labios o unas Ray-Ban Wayfarer. Pues no: un peluche. Claro, como ven en las revistas a mis padres besuqueándose románticamente, se deben pensar que todos en casa somos así de pastelosos. Y encima ahora se van de vacaciones. De vacaciones de qué, le he dicho yo a mí madre. De qué tenéis que descansar, criaturas, vamos a ver. Y me ha quitao la hucha y no me puedo comprar el Cuore. Se lo he soltado a mi padre (que con estas pataletas de su ojito derecho se viene abajo y sufre) y luego he pegado un portazo muy digna. «A mí me estáis quitando la vida. Ahora un libro sobre mi republicana madre. Qué será lo próximo que vea, eh. Que mi hermana se lía con Fran Rivera, el duro de pelar, que es ya lo que me faltaba. Pues nada, ahora voy y no duermo. O mejor, duermo y sueño y mañana estoy mala y va al colegio Rita». Pun. Portazo. Yo soy muy de portazo, ojo. Y me gustaría mucho colgar de malas maneras sin despedirme, pero a los teléfonos fijos no alcanzo sin silla y aún no me dejan tener móvil. Por qué. Pues no lo sé. Porque yo me podría retrasar perfectamente un par de horas al día con mis cosas y mis quedadas con el Ríchar, llamar a los escoltas para que estén tranquilos y aquí paz y después gloria bendita y yo a lo mío. Pues no. No puedo tener móvil aún, señores. Eso sí, me han metido ya en el colegio al sollo de mi hermana y bien que tengo que vigilarla en el recreo para que no coma bollería industrial. Que es lo que yo digo: siempre será mejor que se coma un cuerno o un canuto de chocolate a que muerda a un ser humano. Pues tampoco. Que cuide de ella que es pequeña, me dice mi padre. Ya ves tú, si es como una tuneladora, si podría descargarse el muelle del puerto de Alicante en dos viajes, la muy animal. Pues aquí me tienen. Todo con tal de no contarme lo del libro sobre mi madre, caracoles, que son capaces de mandarme interna como a Froilán, oigan. Pobre primico. Con los buenos ratos que hemos echado pegándonos patadas en las iglesias y con la de páginas que hemos dado juntos a las revistas de evasión, que dirían los finos. Pero vamos, que a mí el libro me parece una chorrada. Si hasta Peñafiel la ha defendido, que ya es para pensarse si denunciar a la editorial y al autor, por el amor de Dios. A mi madre le pasan estas cosas por tener personalidad y ser mona y por haber tenido una vida de las que se tienen normalmente antes de saber que vas a conocer a un principito, pero que no cunda el pánico, porque cuando yo llegue a su edad igual he pegado siete petardos de los mundiales aposta y me quedo más ancha que larga. Y lo mío sí sería gordo porque yo por lo visto voy para reina. Que es lo que le he dicho a mi padre. Para qué voy a ir al colegio si yo no lo necesito, que voy a ser soberana. Qué rollaco, macho. No me dejaron ver el episodio de «CSI Miami» donde salía Pau Gasol y pedí explicaciones a los sirvientes. Yo llamo así al servicio para estar insoportable y por encima, como corresponde al título, pero en cuanto se me encabritan, me pongo a llorar muchísimo, me acunan y se acaba mi reinado enano. Por qué, dije, no puedo ver a ese peazo español, prieto de carnes, saliendo en una serie extranjera y con un acento pasable, eh, vamos a ver, que me den una razón, que voy a ser la reina, concho. Pues lo que me dieron fue un azote y a la cama. Apareció mi hermana comiéndose unos torreznos con cuchara y en patatas revolconas y comprendí que lo que querían era dormirnos a ambas. A ella le dan comida para que llene ese espacio vacío, ese agujero negro, ese pozo sin fondo, y a mí, me acojonan. Ayer volví al colegio y estaba la clase que se partía la caja y yo le dije a la señorita que, o se proyectaba en filminas lo de Telecinco, o hacía unas declaraciones explosivas sobre la merienda de plátano podrido y, ojo, claudicaron, los muy mierdas, que diría Arturo, el Pérez Reverte. Me llevaron a un pupitre con un escudo, me sentaron con la espalda recta y me dijeron que Juanjo Puigcorbé se había enfadado porque no se reconocía haciendo del abuelo. Si Azcona se levantara de la tumba le daba un capón a este tío por vinagre y por mierda, también. Y por idiota, porque en sus películas estaba prohibido justificar la seriedad. Y me la pusieron la cosa, o sea, la serie. Nenita, dijo una voz, allá vamos, como el que te da la vez en el Dragon Khan. Así que acosté a mi hermana en agua salada como a un atún, me coloqué la almohada mariposa detrás del morrillo y me dispuse a seguir la historia de mis padres jamás aún nunca contada pero perpetrada. Ala mañana siguiente del desenlace, le fui a dar un beso al abuelo mientras trataba de contener la risa. A todo esto mi hermana, que come como un boxer, le pegaba un palo a la caja de Chiquilín. Noté que estaba la cosilla tirante porque nadie abría el pico y todos pasaban las hojas de los periódicos a tirones, así que, para romper el hielo, tomé la iniciativa. «Cuando yo sea mayor supongo que también podré decir “acojona”, ¿no?». De pronto oí que se corría una silla e intuí a mi madre abalanzarse sobre mí cual bala humana y me refugié en las piernas de mi padre, que, cuando me nota asustada, se viene abajo. Yo creo que me voy a divertir un montón con esto de la serie de la tele, porque de vez en cuando voy a soltar una puya, a ver cómo respira esta gente. Por ejemplo. Mucha verdura y poco toro, pero la abuela fuma como un notario. Je. Lo vamos a pasar guay. Le pediría refuerzos a mi hermana, pero no sabe hablar. Se pasa el día haciendo digestiones. Que no es manca la cuestión, porque cuando rueden mi historia tendrán que buscar a una niña esbelta y con pelazo para que me represente y a otra al contrario para ella. Hombre, también pueden contratar al mero Pancho, le ponemos unos leotardos y clavaíta. Teniendo en cuenta lo de mis tíos los perfectos, esos que viven en el extranjero, me espero cualquier cosa. Porque, vamos a ver, es que no hay actores rubios en España, por lo visto, por lo visto no quedan, no, tampoco debe de ser fácil localizar a unos niños rubios por ahí que hayan podido hacer de mis primos, no, todos color Farruquito. Pero en fin, tampoco me esperaba yo ver al presidente de la comunidad de «Aquí no hay quien viva» y ahí estaba, el buen señor, de mano derecha de la abuela. Lo mejor de todo ha sido saber y comprobar que mis padres le tiran a los aviones que da gusto, a pesar del disimulo del zumo de tomate. Que se lo he dicho a mi madre: tú mucha flexión matutina y mucho tipín y no soltabas la copa de vinazo, guapa. Resumiendo: que estoy castigada, aunque sea mi cumple. Cinco añazos. Y sin dar un espectáculo aún ni nada. Sin dar que hablar, no como otros. Ay, señor, sólo espero que esté ya muy mayor para hacer de niña Melody, la de los gorilas. Me largo, que me han dejao la versión del director.
Me ha dicho mi madre que a los Reyes hay que pedirles pocas cosas y por eso precisamente estoy escribiendo una carta larguísima y me estoy pasando quince pueblos. Para empezar y abriendo la lista, «Felipe y Letizia, la serie», pero en versión Tim Burton. Jejeje. Ains. Seguidamente, el armario entero de la Nancy Carbonero y de todas las presentadoras de deportes con novio famoso, que por lo visto se ponen las botas y empiezan a ser legión. Luego, un carro de supermercado que le sirva a mi hermana de camarera para el desayuno. Para el «sollo» de hermana que tengo he pedido un montón de cosas, ojo, que yo soy muy desprendida. El carro, un plato de torreznos, tres hogazas, panceta a cascoporro y un bono en Pronokal, porque se está poniendo que el Milán la va a cambiar por Cassano. Muy mona y todo lo que Vds quieran, pero tendrían que ver lo que me costó hacerme sitio para salir en la felicitación de Navidad, que es que ocupa la tía que ni un descargador de muelles. Yo, sin embargo, que soy una sílfide, salgo espectacular.
Empieza a preocuparme el mechón Grecian 2000, que yo creo que me lo tinta mi madre por las noches cuando estoy sopa, pero vamos, por lo demás, es que no puedo estar más tremenda. Con un poco de suerte llega pronto Pérez, se me caen los piños y dejo de tener esos colmillos crepusculeros tan alfileres, pero no me quiero obsesionar porque estoy «pa comerme».
He pedido también para el abuelo un contorno de ojos de los caros, que la otra noche le noté un poco neumático. No estuvo mal el abuelo, la verdad, aunque cada vez habla menos. Que es lo que yo le dije: a ver si para cuando me toque a mí voy a tener que mandar un telegrama, leñe. Y me ha «dao» mi madre un pellizco, porque aquí es que no se puede ser espontánea, la verdad. Que es lo que yo le digo a mi hermana. O sea, que tú puedes ser un tocino con patas y yo no puedo ser desenvuelta. Pero ella no entiende nada, la pobre, porque, de momento, sólo sabemos que traga. En fin, que han venido mis primos, esos que son todos iguales, y luego esos dos que son altos y tristes, y aquí estamos, pasando las fiestas tan ricamente. «¿Vamos a esquiar, pelotita?», me preguntó mi padre con cara de «enamorao». Odio que me lo llame, pero es Príncipe. Qué quieren. Pues un cursi, hijos míos.
Adivinen. Efectivamente: estoy castigada. Es la historia de mi vida, hijos, no hay día en el que esta gente no me monte un problema y me haga una montaña de un grano de maíz Bonduelle, que es el que devora mi hermana, la reina del carbohidrato, cada vez que el pediatra la pone a dieta. Y todo porque me pilló mi madre hablando por teléfono. «Hola, buenas. ¿Está la nadadora o ha huido despavorida dejando plantado al tito Alberto? Ah, que se lo ha pensado mejor, la pobre. Bueno, mire, que soy la rubia que sale siempre monísima al lado de los Reyes de España, la del mechón, y que sí que puedo ir a la boda, que esta gente mía es que es de un estirado y de un tiquismiquis que no hay quien la soporte. ¿Puedo llevar a mi hermana? Hombre, la ponemos boca abajo, le abrimos el sobre y sin enchufe, es un aspirador. Come bien y traga como un coche escoba. Incluso comida francesa, con lo mala que está. No. No devuelve, jamás. Otra cosa es que se ponga hasta las patas y un muslo invada otro país, avisen a la guardia fronteriza, oigan. Otro tema, mire. ¿Puedo llevar vestido sin calcetines? Es que mi madre no me deja aún, pero como ella no va, pues igual hago de mi capa un sayo. Ya. No, no, que lazo llevo, que no voy a ir como una mamarracha. Muy bien, pues entonces nada. Que le digan al tito Alberto que yo no soy rencorosa y que me da lo mismo aquella pregunta tan impertinente que hizo cuando nos iban a dar los Juegos Olímpicos porque yo, la verdad, suspendo la gimnasia. Hala, pues nada, hasta mañana si Dios quiere».
Total, que cuelgo y que noto dos ojos clavados en la nuca y era mi madre. Ya se pueden Vds. imaginar la que montó: que si un reformatorio, que si un campamento militar, que si ya no me va a pintar las uñas nunca, que se acabaron los pintalabios y que ya veremos si no me mandan interna a un colegio donde cortan el pelo nada más entrar. En fin, un dramón que no era para tanto porque me había acercado en un momento a Mónaco y habríamos quedado como unos señores. Pero nada, yo castigada y esta gente tratando de castigar al tito Alberto, con lo hermoso que está el tito Alberto y con la cantidad de ex novias que van a ir a la boda. Tú fíjate, cuando pensábamos que el tito no sólo no se iba a casar, sino que apuntaba a bata de cola. Ha venido mi padre luego a consolarme los lagrimones. Chiquitita, es que la agenda nos lo impide. Padre, más que los Grimaldi ya curráis, pero tampoco es de hernia de disco. Resumiendo: que, al final, me he «llevao» un azote.
Holaaaaaaa. Ea, pues ya estoy aquí. Después de un montón de meses castigada, amordazada, sin proporcionarme un instante de paz para contarles chismes, después de un verano infernal y de un inicio de curso que intuyo me va a condenar a un internado inglés con una estricta gobernanta en la puerta, comparezco a desahogarme, que ya no puedo más. Porque puede que Pocoyó lo flipe viendo diariamente bailar a una elefanta con mochila, pero es que lo mío no tiene nombre, españoles.
Lo mío es una ristra de sobresaltos con esta familia que Dios me ha dao, que esto es un sinvivir continuo. Porque Vds. no hacen más que quejarse y ponernos a caldo pero, ¿no les damos pena? ¿No les doy pena yo, que cargo con esta gente que no hace más que meterse en charcos y cometer penalti? ¿Les parece normal que personas que podrían vivir divinamente me tengan a salto de mata, sin poder disfrutar de mi reinito del futuro, sin permitirme soñar con mi armarito de Felipe Varela, sin tener un día en el que no se le salte a una un diente de leche? Que es lo que le he dicho yo en una carta al ratón Pérez: yo no quiero dinero, nene, lo que quiero es que me dejen tranquila, que, porque soy de metabolismo agradecido y estoy como una sílfide y la ansiedad ni me roza, pero mi hermana, con los nervios, va a ensanchar que aquello no lo remedia ni el photoshop de Terelu.
No hay derecho, oigan. Yo, este verano, ni se dónde he ido, ni si hemos estado todos juntos, si el abuelo aún nos aguanta, si la abuela ha pedido ya asilo en Harrods definitivamente o qué. Desde que el abuelo tiene chunga la pata, aquí es que no hay forma. Que si le duele sólo si está en España, que si por ahí danzando está como una rosa, que si prefiere andar sobre ascuas ardiendo antes que aguantarnos. Yo entiendo al abuelo, la verdad. Esta es la casa de tócame Roque y se van turnando para pegar petardos. Esta pareja mía de padres tiene también lo suyo, no se vayan a pensar. Se me ocurrió preguntar si era verdad lo que decía una revista sobre su crisis y para qué queremos más drama. Tres semanas sin dirigirme la palabra. Vino mi padre a advertirme que como siguiera largando por los pasillos de Palacio/Casa del Rey/ Casa Real/Casita del Príncipe/Zarzuela/ Palacio de Oriente y aledaños, mi madre, seguramente, entraría en parada cardiorespiratoria y me pilló subrayando con un rotu fosforito unos papeles de un bisnes que le quité al tito Iñaki. «Vaya tela lo de los Duques de Palma Arena», se me escapó en voz alta. Antes del infarto, a mi madre le ha dado tiempo a llamar al 11811 preguntando si quedan reformatorios abiertos.
A mí no me miren, que yo también lo he flipao. Es más, tengo seis años y creo que no hay día que no me levante sobrecogida. Y tampoco hay día que no me acueste castigada. Habrán comprobado que llevo meses callada como una muerta. En silencio. No lo hago queriendo. Voy por la vida prácticamente amordazada. A mI madre le falta nada más que llevarme interna al colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. O eso o te mando de refugiada con tus primos en Washington, dice. El caso es que esta familia, queridos, es un no parar de emociones, es una fuente inagotable para los humoristas, una inspiración para el chiste fácil, un oasis contra el aburrimiento del republicano medio. ¿Cómo es posible que haya un escalón en un safari? Se lo he dicho a mi padre esta mañana: no hacía falta tampoco que el abuelo se rompiera la cadera para evitarse la pitada de la final de la Copa del Rey, que es que se os va la mano enseguida. La verdad es que se ha montado una muy gorda porque estaba el hombre cazando en Bostwana, pero yo no lo veo tan grave. Se ponen Vds. como lobos por unos elefantes de nada, cuando el que debería estar como una hidra es Juanjo Puigcorbé. Ya me contarán con qué cara llega ese hombre a la segunda temporada de la serie. O Marisa Paredes, con un personaje al que todo le pilla fuera. Hemos tenido, no obstante, mucha suerte. Nos coge lo del abuelo y el primo con el copago sanitario y se nos va el presupuesto a hacer puñetas. A los monárquicos no se lo ponemos fácil. Mecachis, con lo campechanos que somos.
Anda que se quejarán Vds. Anda que no se están pasando unos meses de risas a nuestra costa. Anda que no les damos argumentos para pasarlo pipa, so mezquinos. Eso sí, a mí me tienen más muda que a Belinda y llevo todo el verano callada como una muerta pero, ojo, posando divinamente. Se lo he dicho a mi padre. «Heredero: yo creo que me usáis, que utilizáis mi belleza para despistar. Voy a empezar a cobrar por portada y a lo mejor me abro una cuenta en Suiza». A mi madre le han salido de pronto sapos y culebras de la boca e inmediatamente me ha puesto de ejemplo a mi hermana-sollo que es muy buenina y que ya han visto Vds que está muy alta. Otra cosa diferente es que haya estilizado la pobre. La verdad es que llevamos unos meses muy entretenidos, para qué negarlo. No llegamos a lo del primo Harry en Las Vegas pero porque no nos hemos puesto a ello. Nosotros somos más de Botswana, Andorra, cosas así. Somos más de puertas para adentro, de montarla sin que nos hagan fotos ni nada. Y cuando nos las hacen, pues cogemos el coche del Vaquilla para salir de casa como el tito, o de pronto, vamos vestidos de punta a cabo de Amancio Ortega como la tita y santas pascuas, pobre gente. Ahora han montado Vds, pueblo llano, otra muy gorda con el episodio del abuelo y el chófer. Que es lo que yo le he dicho a mi padre. «Mira bien, no vaya a ser que la nueva reforma laboral admita el manotazo al empleado». Me ha dicho mi madre que estoy de reformatorio. Hartita me tienen.
Sosa. Sosa, yo. Esto ya es lo más grande. Ahora resulta que soy una sosa, según mi señora madre. Y va y lo suelta con aquello lleno de gente. Sosa. Yo, sosa. Como si ella fuera chispeante, no te fastidia. Eso por no hablar de mi padre, que tiene la gracia por castigo. He visto funerales de Estado mucho más alegres que estos dos, pero ahora resulta que soy yo la sosa. La próxima vez que me vayan a dejar suelta por el colegio, eh, lo prometo, me voy a meter el dedo en la nariz hasta que se me deje de ver el índice, hala. O mejor, voy a decirle a mi padre que me deje hablar. O me lío a decir tacos y me quedo sola. De esto a mi hermana no le puedo decir nada porque si yo soy sosa ella es directamente una esponja de baño andante, pero vamos, que la venganza va a ser de traca. Pues seré muy sosa, pero mira cómo me usan para la portada de la web, que luego no se podrá enseñar a los niños pero a mí ni me han puesto dos tomates en los ojos ni nada. Eso sí, estoy divina. Le doy un barniz a la página esa impresionante. Lo demás es un truño, desde aquí lo aviso. Y aviso también de que se van a hartar los súbditos de mi madre, los vestidos de mi madre y los recogidos de mi madre. Cumplen años y se ponen como bobas, oyes. Sosa. Sosa yo. Así como si a ellos no les viniera bien que hubiera alguien en esta familia que pecara de prudente. Estos campechanos es que son superingratos. Puag.
Acabo de llamar a La India. «Que se ponga Arístegui, oiga», he dicho muy seria al propio que ha cogido el teléfono. «Que se ponga el embajador, que soy reinita». Yo tengo mucha confianza con Gustavo y me gusta mucho la boquita que pone para hablar francés y su pelo de color jabonero. Como siempre, me ha tocado solucionar el asunto de la estampida de elefantes que se produjo nada más aterrizar el abuelo. Dicen que los vieron salir pitando sobrecogidos a esconderse en la selva y que no han pegao ojo esas criaturas en los días que ha durado la visita. La verdad es que el abuelo es muy entretenido y cada vez que sale o entra monta un pollo que tiembla la sota de oros. Ains, qué hombre este. Ahora ha soltado que como fuera de casa en ningún sitio, porque dentro está el pueblo de un triste que dan ganas de hartarse de llorar. Se lo he dicho a mi madre: eso no es así del todo, que el tito Iñaki ya se encarga de que nos riamos un montón. Me ha puesto seguidamente un rato de cara a la pared y me ha amenazado con cortarme el pelo, que sabe que es por donde me puede chinchar y hacerme rabiar un montón. De pronto, se me ha venido a la mente Magdalena la sueca, esa que decían que gustaba al personal para casarse con mi padre, y he pensado que no me puedo quejar. Ha resultado morena, frescales, y con algunos rasgos parecidos a Peggy, la cerdita teleñeca, con lo que mi hermana pesaría ahora el doble. Te digo yo que aún me tengo que dar con un canto en los dientes de leche.
Cuando tengan Vds. un ratillo libre, pueblo ingrato, háganme el favor de pasarse por una comisaría y denuncien mi desaparición. Se lo pide su futura reinita, bellezón de melena rubia a la que su familia mantiene oculta y con bozal y que se pasa las horas muertas asistiendo al crecimiento desmesurado de su hermana, esa persona que se ha empeñado en sacarme dos cabezas en cuanto me descuide gracias a un apetito que no lo iguala ni El Tenazas. Luego me pedirán que sonría en las fotos de las vacaciones hasta que se me oxiden los pendientes, pero cualquier día de estos me rebelo y saco malas notas aposta. Que me tienen muy harta. Estoy loca por que me castiguen como al primo Froilán y me manden de monitora a un campamento, con lo monísima que estaría yo de monitoría con las rodillas llenas de costras y los brazos de picaduras de mosquito. Que yo pido poco, que yo lo que pido es que acabe este secuestro y me dejen salir aunque sea con la abuela a que me piten los mineros. O que el abuelo me hubiera llevado a Marruecos, que fueron ciento y la madre y resulta que no puede ir servidora, qué casualidad. Lo que hubiera yo disfrutado con Mohamed y sus gafas de sol, que más que un rey parece La Niña de la Puebla. Pues nada, encerrada como una pantera. He leído, por cierto, que mi abuelo ha dicho que ahora va a pensar sólo en él y en lo que sea bueno para él y le he preguntado a mi madre si es que en algún momento ha dejado de hacerlo. Huelo a internado inglés que tiro para atrás.
Bueno, pues nada. Ya estamos en Mallorca. Habrán visto por las fotos que tengo las piernas tipo top model brasileña. Lo que hay al lado es mi hermana So y debajo de un sombrero está la tía Elenita. Mi look marinero es envidiable, lo sé, pero de poco me va a servir tener el tipín que luzco porque me acaba de castigar mi madre. Esta familia, de verdad, es que tiene muy poquito sentido del humor. Se me ocurrió decir que ya estaba tardando la tía Cris en llamar a Bárcenas a preguntarle qué tal se come en Suiza y a que le recomendara la caja de ahorros que regalara una vajilla con la nómina y el plazo fijo y noté los ojos de mi madre clavados como una daga en mi nuca. Aquí no se puede abrir la boca, ya ven Vds. Aquí no se puede más que poner sonrisa hasta que se le oxiden a una los pendientes y posar como si estuviera disecada. No se crean, que ya venía amenazada con no pisar la calle desde Madrid. Se me escapó una carcajada a destiempo. «Iñaki prefiere quedarse en Barcelona» decía por teléfono la abuela. Comprendo que mi risotada quizá fue un poco ordinaria y poco apropiada para mi condición, pero vamos, es que estoy esclavizada en esta casa. Cualquier día se me va la cabeza y acabo como Marta Luisa, la de Noruega, casada con un chiquilicuatre y que ahora resulta que ve ángeles y que es clarividente. A mí me pasa también. La clarividencia me está fastidiando la «juventú». A ver si se me nubla la mente y me dedico a la pamplina infantil. Hala, que me toca un rato de cara a la pared, majos.
Se quejará Vd. luego, pero he tenido menos vacaciones que un pobre de los de pedir. Estamos en un plan que cualquier día de éstos me ponen en agosto a coser balones o a vendimiar. Qué barbaridad, qué escueto todo. Se lo dije el otro día a mi padre: el abuelo se podía haber esperado veinticinco años o treinta para renunciar al barco, que es que no pensáis nada más que en vosotros, oyes. Porque este verano, en vez de estar luciendo tipo por esas aguas, con mi pelazo al viento, ya han visto que me han sacado para ir a una granja. Yo, en una granja, já. Pues eso es lo que he pisado la calle. Que encima volví de la visita llena de pellizcos de mi madre, que se empeñó en que había que enseñar dientes para las fotos. Eso sí, con esto de que me han devuelto a Los Madriles me he quitado de encima a los primos estos rubios jartibles que tengo, que estoy loca porque se larguen a Suiza y nos dejen ya tranquilos. Por cierto, en lo del pincho moruno voy con Pipe, más conocido como Froilán El Enterrador en el Pressing Catch. Poco le dio para mi gusto al otro. Además, que ni hubo sangre ni nada, o sea, que no fue para tanto. Mi hermana, por ejemplo, que se estaba poniendo como El Tenazas a palitos de merluza, ni se coscó del tema. Ahora le han mandado al pobre a Sotogrande con los pijos y con el tito Mari, pero yo creo que lo que quieren es que esté cerca de Gibraltar, por si hay que ponerse a repartir collejas. Me voy, que tengo el Tuenti ardiendo.
Ains, qué bien se está sola, así, de reinita total por los pasillos. Sin nadie que te pegue pellizcos cada vez que dices algo chisposo, sin tener unos ojos clavados siempre en la nuca. Se lo dije a mi madre el otro día: a ver si viajas más con mi padre, que estáis dando otra vez un canteo gordo con tanta libertá y tanto espacio, coño. Me cayeron tres semanas sin pisar la calle, sin el «Cuore» y sin Tuenti, pero como se han ido, estoy saltándome todo a la torera y chinchando a mi hermana todo el rato. El caso es que los tengo en Argentina desde hace unos días, con mi padre paseando ese porte que Dios le ha dado por aquellos mundos y con mi madre luciendo dientes y melenón y ausencia de lorza y mejillas pronunciadas. Porque mi madre tiene unas mejillas que cualquier día la contrata un ballenero para ir haciendo huecos entre el hielo. Antes de ponerla en el avión, le encargué que le dijera a Ana Botella que hay planchas para el pelo muy fáciles de usar, y mascarillas para las puntas abiertas, y horquillas y gominas y un sinfín de complementos capilares que ayudan a disimular los efectos del Río de la Plata en los cabellos foscos. Yo hubiera querido ir, pero he preferido empezar el colegio en condiciones. Es que el mandarín lo llevo regular. Y luego está lo de los titos. Alguien tiene que ocuparse de coger el teléfono cuando llame gente preguntando por el pisito de Pedralbes. Sí, tiene terraza-lavadero y la cocina es a butano. Puerta blindada, primeras calidades. Precio a convenir. Les dejo, que tengo taekwondo extremo.
Que risa el viernes, eh? Les voy a decir una cosa: luego se quejaránn Vds. y tal, pero no puede tener más arte esta familia. Si no fuera por nosotros, vivirían mucho más aburridos y mustios, así que ya está bien de tonterías, que somos súper entretenidos. Lo dicho, lo que me pude reir. Y eso que por la mañana no tenÌa yo la cabeza centrada. Me dijo mi padre: hoy viene Koke el del Atleti a verme pero te tienes que ir al colegio. Total, que no di pie con bola. Porque esta es otra. Mucha reinita y mucha cosa pero una no se puede quedar en su casa a ver a Koke, no. Menos mal que luego el dÌa se arregló. Menos mal que se enderezó la cosa con lo del abuelo y se me pudo cambiar el carácter. Madre mía, qué risa. Esos confidenciales diciendo que se habían activado los protocolos de seguridad, esos periodistas hablando de Houston, esa gente loca por la abdicación, esas fuentes bien informadas, esa emoción general. Oh, qué maravilla. Que día dimos, y que gracia tenemos, por favor. Se lo dije a mi padre: yo hubiera cerrado el espacio aéreo de broma, a ver qué pasaba. No gustó la idea, no entiendo por qué sobre todo a mi madre, que me tiene censurada. La otra tarde también tuvimos pollo. Vino la tita Máxima y el tito Guille y se me escapó un hay que ver que lustre, espero que aprendáis y para qué queremos más. Las primas no vinieron, una pena. Guapas no son, pero es que llegar a mi nivelazo no es fácil. Me voy, que tengo que seguir leyendo especulaciones.
Perdonen que insista: se puede estar más mona, más elegantona, más impresionante que servidora? Vds. me han visto con mi melenón y mi camisetilla marinera, visitando al abuelo? Se lo dije a mi padre: Menos mal, hijo mÌo, que me tenéis a mí, que adorno por donde paso. La otra es mi hermana, efectivamente. No está mal tampoco, pero yo soy más alta. Ella tiraba un poco al principio a caballo de picar pero se ha ido estilizando y
ahora me trata de imitar. Ya han visto que le ha salido el mechón ese tan estiloso que tengo yo en el pelazo, pero vamos, que aún le queda para igualarme. De momento va por la vida como Belinda. Muda, la pobre. Yo tengo ya, sin embargo, un discurso muy elaborado. El viernes ya pude decir unas palabras a los súbditos periodistas. Está muy bien el abuelito, solté. Y el personal babeó. Estuve a punto de añadir mirando a mi padre ‘dejame hablar’, pero mejor no removamos episodios pasados. El caso es que fuimos a ver al abuelo, que está muy gracioso con el andador. Mejor carácter no ha ‘echao’ estos días, no vayan a pensarse que el médico gallego ese que vino de América hace milagros. Le llevamos unos dibujos que nos obligó a pintar mi madre a base de pellizcos y que tuvimos que cambiar a última hora porque yo puse demasiados elefantes y parece que eso no cae bien en esta familia. Total, que todo bien. Ahora le estoy enseñando a mi hermana a decir ‘abdicar’, para que lo suelte así como de indirecta la próxima vez
que veamos al abuelo, a ver qué pasa. Jo, es que me aburro.

He llamado a los primos de Suiza. No me pregunten Vds cómo se llama cada uno de ellos porque no los distingo entre sí. Yo sé que son cuatro y uno es una nena, pero no me pidan más detalles porque yo no puedo estar a todo y menos con esa gente que son fotocopias. Bueno, el caso es que he llamado. «¿Está el primo, con perdón?». Y se ha puesto uno. No sabría decirles cuál, pero se me ha puesto al teléfono uno de los primos rubios esos. «Oyes, una cosa te voy a decir: no estéis preocupados. Aún hay esperanza. Mira Julián Muñoz, que va a estar un ratillo en la cárcel». Me ha pillado mi madre. No ha caído bien mi conversación con Ginebra, para qué nos vamos a engañar. Menudo drama. Que si me van a llevar a un internado, que si sigo así voy a acabar como Carlota de Mónaco, que si no ganan para disgustos, que si tal y Pascual. En resumen y para no aburrirles: que me he quedado sin Reyes. Me han entrado unas ganas locas de hacer un chiste con la frase pero no está el horno para bollos; así que, nada, me he peinado con el cepillo de los zapatos y me he ido a ver al abuelo, que está correteando por los pasillos a ver si vuelve pronto a los escenarios. Comer come fenomenal, así que esa preocupación parece que no hay que tenerla. Total, que lo del desfile le toca a mi padre, que en uniforme está muy agradable de ver. Le he pedido que me ponga en Neptuno, donde las autoridades, pero por si pasa Koke. Ains, qué nervios.