viernes, 19 de julio de 2013

Ya fue 18 de julio - Pedro Narváez



Ya fue 18 de julio - Pedro Narváez

Tenemos canción del verano. Las hordas militantes cocinan «La barbacoa» a las puertas de Génova antes de llegar a «El chiringuito». Anoche se inspiraban con unos chorizos a la brasa y quién sabe si a estas horas ya están para que les den morcillas. Génova con Colón acabará en el tour turístico de Madrid como la esquina del terror donde los manifestantes se van convirtiendo en fantasmas al asalto de la casa encantada. Los fantasmas creen estar vivos y sólo caen en la cuenta de su suerte cuando notan que los demás sienten el olor a podrido y los envuelven en papel de periódico. Que hayan elegido el 18 de julio no es sino un signo más de la parodia nacional que quiere dar el golpe y que asocia sin desánimo a la derecha con la caverna y el fascismo que no desemboca. Es fácil ahora y hasta legal, como acaban de fallar los tribunales, meter una escultura de Franco en la nevera. Lo difícil hubiera sido intentarlo cuando estaba vivo. Pero hay una pregunta crucial: ¿a quién le interesa la temperatura de Franco cuando nos estamos friendo en nuestro propio aceite? Cierta España ha perdido los papeles y lleva camino de ser una fotocopia de otra. Parece que todos nuestros males fluyeran de la cuadrícula de una libreta. No negaré la magnitud del escándalo convertido en espectáculo, pero cuesta aceptar la reacción carnavalesca, el rancio sabor de los entremeses que sirve la política traspasado ya el umbral de la Virgen del Carmen. Entre cabritos y cabrones con pintas, el verano invade este desierto delincuente acechado por la jauría humana que se excita con la sangre como si fuera gazpacho del masterchef. Bárcenas es ahora un perro atado con longanizas. Ya imagino a Rubalcaba hurgando con el palillo entre los dientes escupiendo lo que le sobre.

El instante decisivo - Rosetta Forner



El instante decisivo - Rosetta Forner

A cualquier persona provocar involuntariamente la muerte de semejante, tiene que suponerle un mazazo difícil de soportar. El conductor del autobús se durmió un instante, y se desencadenó la tragedia. Basta un instante para deslizarnos al otro lado de la vida. Queremos encontrarle sentido a los acontecimientos que nos dejan sabor a hiel en el corazón. ¿Hubiesen evitado los cinturones de seguridad la muerte de esas nueve personas? Quizá sí, quizá no. Sólo el cielo lo sabe. Somos máquinas imperfectas, porque de no serlo, nadie se dormiría al volante. Empero, ¿dónde estaban los ángeles de la guarda de esas personas? ¿Acaso no tenían? O, como creen algunas culturas andinas del Machu Pichu, eran almas que, por alguna razón que sólo ellos conocen, habían acordado irse juntas en grupo –así lo cuenta Shirley MacLaine en su libro «Out of the limb»-. Debido a la necesidad, que tenemos de hallarle alguna explicación a los acontecimientos envueltos en la dureza de la tragedia, elaboramos teorías, imaginamos escenarios donde podría haberse evitado, y sobre todo, buscamos a alguien o a algo a quien cargarle con la responsabilidad de la culpa. Es lo que tiene la muerte, que no gusta a nadie, tanto si es esperada como si nos pilla viviendo nuestras vidas cotidianas. ¿Tenemos un destino marcado? ¿Hubo alguien que ayer se durmiese y perdiese, por ello, el autobús? En casi todas las historias suele haber quien «se libra» por una u otra razón. Desde aquí, les envío ángeles de consuelo, para consolar la inconsolable pérdida de un ser querido, a esas personas que ayer hubiesen preferido no despertar, y a los heridos, cuyas heridas físicas quizá sanen más rápido que las invisibles que tiene ese ser humano que conducía el autobús, cuya conciencia estará envuelta en dolor preguntándose: «¿Por qué tuve que provocar eso?».

¿Quién miente más? - Juan José Millás



¿Quién miente más? - Juan José Millás
Si reforma eléctrica significa subida de la luz y, reforma laboral, bajada de los salarios y, reforma educativa, subida de tasas y, reforma sanitaria, copago de medicamentos y, reforma de las pensiones, disminución de las mismas, ¿qué significaría, no sé, reforma política, por poner un ejemplo? En todo caso, la palabra reforma ha quedado, la pobre, hecha cisco en tan solo año y medio de Gobierno del PP. Le han arrancado el núcleo, como en los experimentos genéticos, y lo han trasplantado a contextos en los que significa todo lo contrario de lo que significaba antes. Si ahora llamas a un operario para que te reforme la cocina, se presenta el hombre con una panda de brutos y te la destroza:
–Ya tiene usted su cocina reformada –te dirá luego entre cascotes.
–Pero si me ha roto usted todos los muebles y el agua se escapa a chorros por las tuberías.
–Usted dijo "reforma", ¿no? Pues aquí la tiene. Son cincuenta mil euros.
–¿Cincuenta mil euros?
–Sí, porque con la crisis hemos abaratado los precios. ¿Le damos el IVA a Rajoy o nos lo repartimos entre nosotros?
El problema de las reformas gubernamentales es que vienen todas con IVA. El IVA de la bajada de las pensiones, por ejemplo, consistirá en que no tendrán obligación alguna de actualizarlas de acuerdo con el IPC. Así que cuando escuchamos la palabra reforma no echamos la mano a la pistola porque no tenemos licencia de armas, pero nos echamos a llorar. Luego pasa lo que pasa, que Cospedal se extraña de que la gente crea más a un individuo que está en la cárcel, como Bárcenas, que a un señor que preside el Consejo de Ministros, como Rajoy. Se trata de una cuestión estadística: el señor que preside el Consejo de Ministros ha mentido, hasta ahora, más que Bárcenas. Es posible que si a Bárcenas le damos tiempo, acabe sacándole ventaja, pero hoy por hoy el récord de trolas lo tiene el presidente. Cada vez que pronuncia la palabra reforma, por volver al principio, sale un escorpión de su boca. Y la pronuncia varias veces al día. De hecho, dice que tiene un programa de reformas. Dios nos asista.

miércoles, 17 de julio de 2013

El futuro de la vivienda - Emilio J. González


El futuro de la vivienda - Emilio J. González
El Fondo Monetario Internacional acaba de dar a conocer su tercer informe sobre los progresos en el proceso de reestructuración de la banca española, en el que discrepa abiertamente con la perspectiva de evolución de los precios de la vivienda que estima la Sareb, o banco malo. Según la Sareb, el precio de la vivienda caerá ligeramente en 2013 y 2014, se estabilizará en 2015 y 2016 y crecerá a partir de entonces. El FMI, sin embargo, considera que este escenario no es realista y que se deben adjudicar precios más bajos a los activos inmobiliarios, con todo lo que ello implica para el saneamiento del sector financiero. ¿Quién tiene razón?
Si se observa la experiencia de otros países que sufrieron en el pasado burbujas inmobiliarias todo indica que la corrección en el precio de la vivienda no concluirá hasta que la caída haya alcanzado niveles de entre el 70% y el 80% sobre los precios máximos de 2007, como mínimo. Pero es que, si se hace un análisis tanto del lado de los costes como desde la perspectiva de la oferta y la demanda, el panorama tampoco es mucho mejor. Empecemos por los costes. El precio del suelo, que suponía el 50% del coste total de construcción, ha caído un 90%. Hoy se pueden contratar trabajadores para la construcción por entre 700 y 800 euros al mes, frente a los 3.000 euros mensuales que se llegaron a pagar en el pasado. Las empresas fabricantes de materiales de construcción hoy están dispuestas a aplicar descuentos de no menos del 25% sobre los precios de 2006 con tal de vender algo. Y, desde luego, es impensable que, hoy por hoy, los promotores inmobiliarios puedan aplicar márgenes de beneficio del 100% y hasta el 200% de los costes de construcción. Todo esto significa que el precio de una vivienda que se empiece a construir hoy puede ser del entorno de un 70% inferior al de hace seis años.
Ahora vayamos a la oferta y la demanda, las fuerzas que determinan el precio. En estos momentos en España hay viviendas para satisfacer la demanda de los próximos doce años; es decir, hay exceso de oferta y cuando esto se produce, el precio baja. En cuanto a la demanda, con más de seis millones de personas en paro, con medio millón de personas que se fueron de España en 2012, con los sueldos congelados o a la baja, con el crédito restringido y con los bancos concediendo, como mucho, hipotecas por el 80% del precio de mercado, del real, de la vivienda, la demanda va a ser muy débil o va a permanecer estancada.
En este contexto, por tanto, es imposible que el precio de la vivienda suba, excepto, si acaso, en las zonas turísticas de playa, pero siempre y cuando se recupere la demanda internacional. Por lo demás, la caída dista mucho de haber concluido y, desde luego, los precios van a tardar lustros en volver a los niveles de 2007.

martes, 16 de julio de 2013

Milagros marca España - David Torres



Milagros marca España - David Torres

En su carrera post-mortem hacia la santidad, Wojtyla va a anotarse un segundo milagro sin que todavía esté muy claro el primero. Los incrédulos dicen que ese primer milagro certificado (la curación de una mujer que padecía Parkinson) quedó invalidado ante la evidencia de que luego Juan Pablo II no pudo curarse el Parkinson a sí mismo. Un argumento absurdo y que demuestra escasa teología, pues los santos no barren para casa. Además un milagro consiste precisamente en la vulneración de las leyes naturales, una intromisión directa de Dios en los planes terrenales. Es decir, que una cosa es que el Papa hiciera un milagro y otra muy distinta que montara una clínica.

Es verdad que como prueba de santidad lo del Parkinson no parece gran cosa. Antes los santos rescataban moribundos de la agonía, reconstruían de la nada miembros amputados e incluso resucitaban muertos si hacía falta. Ahora es poco más o menos como si dijeran que Wojtyla había curado una gripe, que en vez de nombrarle santo tendrían que darle su nombre a un antihistamínico o a una versión polaca del Frenadol. En cualquier caso, los especialistas del Vaticano han decidido guardar el segundo milagro bajo llave. A lo mejor el segundo milagro es que colara el primero. También podría ser una variante de aquel misterio de Fátima que profetizaba la conversión de Rusia y que Wojtyla organizó entre los astilleros de Gdansk y el santuario de Chestokova.

De todas formas, con mucho menos que eso, San José María Escrivá de Balaguer se convirtió en el santo más rápido de la historia sagrada. Lo canonizaron a toda hostia, nada más que con un par de curaciones, la fundación del Opus Dei y unas gafas. Los santos del siglo XXI corren que se las pelan: ni siquiera hizo falta que fundara el Opus Night. No obstante el papa Francisco ha batido todos los records al decapitar él solo, casi sin despeinarse, la cúpula completa de la Banca Vaticana. Sólo con ese tanto en su haber, un revival de la expulsión de los mercaderes del templo, tendrían que nombrarlo santo en vida.

Los evangelistas no dedicarían ni un versículo al milagro del Parkinson, menos aún una nota a pie de página a Escrivá de Balaguer. En cambio, a Bárcenas, para salir de secundario entre los apóstoles, no le faltan más que las sandalias. Jesucristo, en sus mejores momentos, parecía una precuela del Gürtel: mutaba el agua en vino igual que Correa organizaba juergas y multiplicaba panes y peces con la misma facilidad que capitales Bárcenas. Amasar treinta y tantos millones de euros de la nada (sin contar los que quedan por aparecer) sí que es un milagro marca España. De momento, la entrada del ex tesorero en Soto del Real ha sido como el Domingo de Ramos. No lo canonizan porque, según se viera coronado, San Luis trincaría el halo de santo y lo encestaría en una peineta.

Frases a patadas - Jose Luis Alvite



Frases a patadas - Jose Luis Alvite

Es cierto que durante muchos años, hasta superar la adolescencia, fui fiel a la idea de que, además de tener relación con lo que come o con lo que le enseñaron sus maestros y sus padres, la personalidad de un hombre está incompleta sin la influencia de los libros que haya leído. Aun reconociendo que fui un lector arbitrario y discontinuo, sin otro criterio que la simple curiosidad, creo haber asimilado bien los libros que en aquellos momentos cayeron en mis manos, aunque reconozco que fueron muy pocos los que leí completos. La ansiedad en mi relación discontinua y precaria con las mujeres tiene un cierto precedente en la facilidad con la que me cansaba de un libro y me volcaba en el siguiente, del que, por supuesto, desistía al cabo de haber leído unas pocas páginas. Con el paso de los años me he dado cuenta de que siento por las lecturas incompletas la misma nostalgia que me dejaron para siempre los amores inacabados. Soportaba mal de adolescente las novelas de muchas páginas y cuando me hice mayor me di cuenta de que también se me hacían arduas las relaciones de mucho tiempo, así que la nostalgia editorial se empareja en mi carácter con un cierto remordimiento sentimental. En un caso y en el otro supuse que volcarse en una emoción solo sirve para perderse otras muchas sensaciones. Hay sentimientos que adquiridos en la vida resultan más excitantes y más duraderos que aquellos otros que percibimos de manera pasiva con la lectura de los libros. Yo he supuesto siempre que el valor de la vida lo percibe con más nitidez quien se enfrasca hasta el cuello en ella, igual que la importancia de la anestesia la ve con más claridad la persona que sufre un terrible dolor. A veces el tiempo que dedicamos a leer es el que tendríamos que haber empleado en adquirir esos mismos conocimientos por la vía de la experiencia, como hacen los pájaros, que trinan sin necesidad de haber estudiado canto, o los gallos, que nos despiertan con sorprendente regularidad a pesar de no tener conocimiento alguno de relojería. Un tipo que carecía del más rudimentario conocimiento de las ciencias físicas me dijo una madrugada que lo que cuenta al cambiar de piso los enseres no es la densidad de la mercancía, ni el peso molecular de cada objeto, sino la voz aguda de la suegra y el cansancio de quien descarga el camión de la mudanza. Y fue el rudo Pepe Bahana, mi mentor en el submundo de la noche, quien me lo aclaró de una vez por todas: "Llevo muchos años en este oficio y sé como ser eficaz en el trato con la gente que se pone rebelde. A ciertas horas, y en sitios como este, muchacho, sirve de muy poco lo que hayas aprendido en los libros y hasta te diría que por tu bien es recomendable que lo hayas olvidado. Porque te aseguro, amigo mío, que, por muy brillante que sea, no hay una sola frase que esos hijos de perra entiendan mejor que una simple patada en los huevos". No le faltaba razón a mi instructor nocturno. A veces lo determinante de un pensamiento no es la frase que te lo describe, sino el tamaño del pie que te lo inculca.

La chica de la escoba - Jose Luis Alvite



La chica de la escoba - Jose Luis Alvite
   
La de hoy será una columna corta, sencilla, con menos pretensiones que si la escribiese con una goma de borrar. Se trata de regalársela a una chica que barre cada día las calles en Purchil, un pueblecito de Granada en el que ni siquiera cabe la mitad del viento que pasa. Se llama Ana Estévez, es andaluza y una noche contactó conmigo en Facebook para pedirme que le felicitase su cumpleaños por teléfono. "Sólo quiero que por una vez sea sólo para mi la voz que tantas veces he escuchado contando en la radio de Carlos Herrera las historias del Savoy", escribió en mi pantalla del ordenador. Como viera que tardaba en contestar, se explicó: "Sólo soy una chica pueblerina que barre las calles de mi pueblo. No soy importante para casi nadie. De chiquilla estudiaba por la mañana y recogía papas de la tierra por la tarde. Pero soy buena chica. No he tenido suerte con los hombres. Yo sólo quiero que alguien se siente a mi lado en la mesa por la mañana y me mire un rato mientras enfría la leche. Si me llama usted por teléfono prometo no darle nunca más la lata". Pensé hacerlo pero era tarde, muy tarde, y lo dejé morir. Algunos días después recapacité y le pedí por Facebook que me diese su número de teléfono. "Te llamaré casi con toda seguridad mañana", le prometí mientras marcaba aquel número al mismo tiempo que deletreaba con la otra mano una frase con la que tenerla distraída. "Un momento. Tf.", dijo ella en la pantalla del ordenador para que no me fuese mientras ella atendía su llamada. Descolgó y preguntó con cierta rutina, casi con desánimo, como si temiese que una voz automática le fuese a dar la mala noticia de que le cortarían el servicio. Entonces le completé por el teléfono la frase que había comenzado a escribir en el ordenador. Ana casi no pudo decirme nada. "Me tiemblan las piernas, lo siento. Es la primera vez que me telefonea alguien de cuya amistad quise siempre presumir. Esto era muy importante para mi. Esa voz ha sido hoy la única cosa que no he tenido que recoger del suelo. Mañana me levantaré más temprano, así tendré más tiempo parta contarlo. ¡Se van a enterar estos pueblerinos!".
Lo nuestro es de hace unos pocos días, pero Ana Estévez es ahora una de mis amigas de toda la vida. De vez en cuando me cuenta en el chat del Facebook sus problemas, sus emociones, incluso me cuenta la merienda de su hijo y el cáncer de huesos de su mejor amiga. Como cada día, Ana estará barriendo esta mañana las calles de ese pueblo pequeño en el que ni siquiera la muerte se queda mucho tiempo. Y yo le envío por sorpresa este segundo regalo para que sepa que no bromeaba cuando le dije que sería su amigo para siempre. Y no me dejará mentir si recuerdo aquí lo que ayer mismo le escribí en su pantalla del ordenador: "Lo de vernos en persona es más complicado. De todos modos, estas cosas nunca se saben. Cualquier día te encontrarás con mis zapatos al final de tu escoba, levantarás la mirada y verás media docena de rosas en mi mano de escribir. Y te prometo que esa día cenaremos juntos en uno de esos restaurantes en los que incluso huele a limpio la basura". 
Yo no sé qué pensará ella de todo esto, pero por primera vez en mucho tiempo yo he tenido la sensación de que tropezarme con ella en el anonimato de Facebook ha sido como encontrar dinero en esa basura que ella barre cada mañana en Purchil (Granada), uno de esos pueblos sencillos y pequeños en los que sólo muy de tarde en tarde deja su olvido el viento.h

Literatura acatarrada - José Luis Alvite


Literatura acatarrada - José Luis Alvite 

Proliferan los talleres de escritura para personas interesadas en el oficio de la literatura. Yo los miro con recelo porque creo que la escritura no es una afición que se adquiere, ni un oficio que se perfecciona, sino una necesidad que se padece, algo que sobreviene por pura fatalidad, a veces por una simple carencia, como sucede con el bocio. El escritor lo es instintivamente y habrá de extremar las precauciones para que las normas no malogren su actitud. A veces los monitores de esos talleres de escritura explican la necesidad de que el mensaje resulte claro y preciso, que la idea expresada sea inequívoca, de modo que si uno describe la plancha de la ropa, el lector no entienda que se trata de un pisapapeles. El consejo es ideal para redactar un pedido comercial y que al encargar por correo una merluza del pincho, no te traigan una liebre. Al escritor le conviene reservar un papel relevante al instinto, a lo que le pide el cuerpo, sin importarle siquiera que el resultado pueda parecer confuso, incluso precisamente por eso, dando por cierto que quien se siente escritor acaba siempre por encontrar su punto de literatura sin necesidad de instrucciones, instintivo para acertar, igual que de manera natural el caballo detenido frente a una hoguera no huye jamás hacia el interior del fuego. Me gusta la gente que escribe sin obediencias académicas, libre como el agua del manantial que no pasa por el grifo. Lo digo por experiencia. Mi mejor momento en relación con las chicas lo tuve en los comienzos de mi carrera profesional, cuando se sentían tan halagadas gracias a lo mal que entendían lo que yo les escribía, igual que le sucedía a aquel cantante del Savoy al que las mujeres se le rendían por lo bien que sonaba su voz cuando estaba acatarrado. Y eso es así por la misma razón que la mejor descripción de Praga se consigue recordando confusamente las calles de Lisboa.

Atasco en Times Square - José Luis Alvite

Atasco en Times Square - José Luis Alvite

No penséis que os estoy vendiendo el cartel turístico de mi tierra si os digo que todavía hay en Galicia lugares en los que los perros ladran con la boca dentro del culo y sentimentales ancianos que tienen entre las de sus familiares la foto de un viejo roble al que cada noche le llaman hermano. A mis seguidores tuiteros les he dicho también que hay en esta tierra lugares en los que ni siquiera el humo ha visto alguna vez el fuego. No sabría como demostrarlo, pero es rigurosamente cierto. Tan cierto como que en algunas playas solitarias deja a veces la marea el correo póstumo de los náufragos. Créeme que no exagero, amigo mío, si te digo que he visto en la costa unos cuantos de esos lugares apartados en los que con el relente de la noche cruzan la carretera la maleza, el viento y una tamborrada de caballos con el aliento esmerilado en una niebla pelirroja en la que se presiente la placenta del fuego. Recuerdo que una noche me perdí circulando por carreteras secundarias y en el requesón de una bruma espesa se me cruzó un taxi amarillo de Nueva York. Lo conté al amanecer en un bar de aldea y al tipo que lo regentaba sólo le extrañó que el dichoso taxi no fuese de Chicago. Dijo que, «por lo visto, emplearon un asfalto americano al reparar la carretera y ocurren cosas así desde entonces». Parecía un tipo tranquilo. Le pedí el periódico del día y me dijo que allí el periódico del día era el de unos cuantos meses atrás, así que «estamos en diciembre, de modo que si quiere usted el diario de hoy, será mejor que me lo pida en julio». En aquella ocasión volví a casa con dos días de retraso. No hubo problemas. En Galicia todo el mundo sabe que cuando alguien llega tarde de madrugada a casa, será porque había atasco en Times Square...

miércoles, 10 de julio de 2013

Una nuez con cerezas - José Luis Alvite


Una nuez con cerezas - José Luis Alvite

Estuve dos veces a tratamiento psiquiátrico porque me sentía muy perdido y, sin embargo, en ambos casos hice lo posible para seguir como estaba. Ni entonces supe muy bien lo que me sucedía, ni estoy seguro de saberlo ahora. A veces pienso que me ocurre como al tipo que se aferra al vértigo sólo porque le gusta vomitar. En la etapa de mi vida en la que quise ser boxeador, me dijo el entrenador: «Tienes los brazos largos, muchacho, y una pegada discreta, pero te falta convicción para pelear. Es como si te diese miedo vencer. ¿Qué coño te ocurre? ¿Acaso quieres que toda tu carrera transcurra caído en la lona? Te noto ausente, pensativo... Esto es un gimnasio, muchacho, no una biblioteca. Mucho me temo que has hecho una mala elección. Creo que eres un jodido boxeador de letras». Aquel tipo tenía razón. Jamás he tenido lo que se necesita para ser un triunfador. Incluso con la suerte de cara, se me da mejor tomar las peores decisiones. Soy enemigo de entrometerme en la vida de la gente por la misma razón que soy reacio a saber cosas de mí. Prefiero sentirme culpable de un fracaso antes que verme en el apuro de dar explicaciones por un éxito. En mis días de tratamiento psiquiátrico, la mujer que me amaba cogió una madrugada mi cabeza con fuerza entre sus manos y me dijo: «Cada día sé menos cosas de ti. Eras un desconocido cuando te vi por primera vez y con el tiempo te has convertido en un extraño. ¿Quién hay dentro de ti? ¿Cuántos sois tu cabeza y tú, por el amor de Dios? Me desespera la idea de que cuando lo nuestro se haya acabado, ni podré saber a quién he amado, ni sabré siquiera a quién tendré que odiar». No recuerdo que le contestase nada convincente. Entonces, como ahora, mi cabeza era una nuez en cuyo interior tratasen de abrirse paso las cerezas...

sábado, 29 de junio de 2013

Que estudien otros - Pedro Narváez


Que estudien otros - Pedro Narváez

El expediente académico del que esto firma es tan corriente que serviría de papel de estraza en el mostrador de una tienda de ultramarinos. Tan normal para el canon de entonces que hasta había algún sobresaliente en Literatura o Historia, que es mérito para una memoria de pez, y un diploma en redacción del que mejor no presumir. Como si Nadal ganase en Wimbledon. No todos podemos alardear como Posada de poseer un cerebro digno de donar a la ciencia. ¿Qué no haría el doctor Frankenstein hoy con las cabezas de sus señorías, que sólo alcanzan a desear mal fario, más que crear un monstruo analfabeto? No es tiempo de cadáveres exquistos. Ocurre que los debates inaplazables como el de las becas se convierten en brutas polémicas y «all the rest» es ruin y patético. Se ha impuesto la máxima de que todos tenemos derecho, pero para obligaciones ya están las del Tesoro, que nos sacan del apuro. Resulta peligroso que estemos peleándonos por un 6,5 mientras se destinan partidas para los comedores escolares porque hay niños que tienen hambre sin que los devore el «The New York Times». Y así, los universitarios comen de la sopa boba y engordan su ignorancia a la vez que flaquea la ayuda a la dependencia. La universidad se convierte en un campus de mediocridad donde el talento es una María y el ministro de Educación, el hombre del saco. O sea, los héroes son villanos. Como en las películas de Scorsese, la mafia educativa le acabará dando una pala a Wert para que cabe su propia fosa después de arrancarle la lengua. La universidad debería ser una fábrica de talentos pero se convierte en el remedo de «Fuga de cerebros», en la que el más listo no sabe ponerse un jersey del derecho porque no conoce el revés. España se ha contagiado del síndrome del cinco «pelao» y no sólo no saltan las alarmas sino que se celebra con recochineo el estudio de la pocilga como germen de la revolución del tonto del pueblo.

viernes, 28 de junio de 2013

El arte conceptual de Barcenas - David Torres


El arte conceptual de Barcenas - David Torres
Al parecer la mayor parte de la fortuna de Bárcenas proviene, en efecto, de la fortuna, una espectacular serie de carambolas que hacen sospechar si las leyes de la probabilidad, la inercia y la gravitación universal no estarán amañadas a su favor. Ya que la evolución está encaminada desde el paramecio hacia formas de vida cada vez más inteligente, parece que con Bárcenas hemos tocado techo. Aterrizan Bárcenas, el suertudo, y Fabra, el lotero ilustrado, juntos en Las Vegas y a la mañana siguiente Las Vegas parece Móstoles. Pero si jugaran una partida final a todo o nada tirando una moneda al aire, y Fabra apostara a que cae cara o cruz y Bárcenas que cae de canto, no lo duden. El dinero ni se crea ni se destruye pero siempre cae del lado de Bárcenas.
Bárcenas explicando el origen de su fortuna es como un gran jugador de póquer intentando aclarar su estrategia de juego. Todo depende de los primos. Fundamentalmente el ex tesorero recurría tres fuentes de financiación, a cual más estrafalaria: una serie de jugadas afortunadas en la Bolsa, unos inversionistas que le daban dinero porque sí y unos cuadros que compró por unos eurillos y luego revendió por una millonada. Lo mismo podía haber dicho que el dinero le llovía del cielo, igual que a Dánae, que le cayó Zeus encima en forma de lluvia dorada. A falta de hipótesis mitológica parece claro que el desplome mundial de la Bolsa fue, ante todo, culpa de Bárcenas.
Lo que ya resulta más raro es que en Suiza haya unos señores que no sabían qué hacer con tantos millones y se los acaben regalando a Bárcenas. Inversionistas los llaman, que debe de ser el término suizo para “tonto del culo” y “alma de cántaro”. A lo mejor es costumbre en Suiza regalar maletines forrados de billetes igual que aquí es costumbre darle unas monedas al pobre de la esquina. Es la diferencia entre pedir limosna a la salida del Ahorramás o a orillas del lago Lemán, que debe de ser primo de los Lehman Brothers.
Por último, el mercado artístico, que nunca será lo mismo después de Bárcenas. Dice Isabel Mackinlay, la pintora y restauradora argentina, que ella no ha visto los cuadros que el ex tesorero le encargó vender ni en pintura, pero ¿dónde se ha visto a estas alturas del milenio que haga falta pintura en un cuadro? Los cuadros inexistentes eran arte conceptual, sin óleo, sin marco y sin más tela que un cheque repleto de ceros, ya que Bárcenas no hacía más que seguir las consignas del arte contemporáneo. Demian Hirst empanó un tiburón blanco en metracrilato, le puso un título chulo y se forró de arriba abajo. Piero Manzoni, artista conceptual italiano, envasó noventa botes de su propia mierda, los firmó, los numeró y los vendió a tocateja. No pretendía engañar a nadie porque la etiqueta de cada bote lo decía bien clarito: “Mierda de artista”. Transcurridas varias décadas, un buen amigo de Manzoni sugirió que en realidad contenían yeso pero nadie ha osado recurrir al abrelatas por si el mito se desbarata. A la mierda se le pasó la fecha de caducidad, como a la mayoría de los delitos fiscales en España. Lo que importa en el arte conceptual es el concepto, le dijeron. Lo mismo que dice Bárcenas.

jueves, 27 de junio de 2013

Cuidado con las bodas - Alfonso Ussía


Cuidado con las bodas - Alfonso Ussía
Antaño, la gente se casaba por la Iglesia y se conocía de verdad en el viaje de novios, lo que los cursis denominan luna de miel. En muchas ocasiones, poca luna y menos miel. He conocido a recién casados, que a la vuelta del viaje de novios se han devuelto los rosarios de sus madres y todo lo demás, regalos de pedida de mano incluidos. Mi vieja amiga Amaya Ipurdi-Aundi, gran culona, se casó en San Sebastián con un opositor a Notarías y escaparon después de la cena de la boda a una playa del Caribe. Ahí estuvieron veinte días. Volvieron separados. Amaya experimentó una gran decepción cuando él, paseando por la orilla de la playa blanca, el mar azul celeste y las palmeras de rigor –todas las playas del Caribe son iguales–, le confesó que no sabía nadar ni montar en bicicleta. Había estudiado tanto que no tuvo tiempo para aprender a nadar ni a montar en bicicleta, habilidades imprescindibles para toda mujer donostiarra. Para colmo, en la primera noche, el opositor a Notarías, en lugar de proceder al sacramentado fornicio se puso a estudiar con la excusa de las inmediatas oposiciones, y ella se quedó a dos velas. Un desastre. Otros en cambio, volvían felices de sus viajes y ella, algo abrumada por el pudor, le confesaba a su madre en el aeropuerto: –Creo que estoy esperando, mamá–.
Ahora, los recién casados de retorno a la Madre Patria, tienen un nuevo inconveniente impuesto por el Partido Popular. Un requerimiento de la Agencia Tributaria en el que se les exige toda suerte de datos y facturas concernientes a la boda. Unos ilustres abogados me han facilitado la copia del requerimiento a unos clientes.En el impertinente documento se les requiere la fecha y lugar de realización del banquete. Si han instalado carpas para los invitados. Formas de pago y nombre de las personas a quienes se extendieron las facturas, así como una fotocopia de las facturas del restaurante o «catering» y los justificantes de los medios de pago de las mismas. En lo que respecta al transporte, se les demanda información del alquiler del coche nupcial, alquiler de autobuses para el desplazamiento de invitados, nombre de la empresa autobusera, muestra de la factura y fotocopias y justificantes de los medios de pago de las susodichas. En el apartado «Flores», nombre y dirección de la floristería donde se encargaron los arreglos florales relativos a la ceremonia religiosa y banquete, y facturas, y más facturas, así como la justificación del pago. En otro apartado «Fotografía, Vídeos, Disco Móvil y Orquesta» lo mismo de lo mismo, e igualmente por conceptos de «Trajes de Boda». Y finalmente, para no dejar puntada sin hilo y dinero para pagar los sueldos de los asesores de los políticos, El apartado «Joyería, Alianzas y Arras» con todas las exigencias anteriores. La novia y cliente de este despacho de abogados tuvo una pequeña charla discordante con su investigador. –Necesitamos la factura de las arras–; –imposible; informe de mi parte al señor Montoro que las arras eran de mi bisabuela, que falleció hace treinta años, y no tengo factura ni idea de donde las compró–; –pues aquí vamos a tener un problema. Las facturas hay que guardarlas y adjuntarla al bien heredado. Y sin factura no hay prescripción posible–. Una manera amable, optimista y positiva de iniciar el largo camino del matrimonio.
Y todo para pagar a mangantes, a chulos del sistema, a organizaciones amigas, y a golfos redomados que viven a costa del contribuyente. A partir de ahora, cuidadito, mucho cuidadito con las bodas.

El habla común - Amando de Miguel



El habla común - Amando de Miguel
Una cosa es lo que enseñan los gramáticos y otra lo que habla la gente. Cierto es que todos cometemos errores de sintaxis, y habrá que esmerarse para corregirlos. Pero dejemos que la lengua fluya sin demasiados diques en el habla corriente.
Jorge González y Argüelles de Miranda reconoce que hay algunos refranes muy pertinentes, pero muchas veces son contradictorios unos con otros. Eso es así, pero opino que es una bendición. Pasa lo mismo con las palabras: unas son admirativas y otras despectivas. Echamos mano de una y otra según convenga a nuestro argumento. Lo mismo hacemos con los refranes y los dichos. Sancho Panza era un maestro en ese difícil arte de recurrir a los refranes que le convenían.
Me escribe David, un barcelonés que estudió con los jesuitas de la calle Caspe, vivero de tantos escritores y otros hombres públicos. Recuerda que un profesor (nacionalista él) les dijo que llamar Raimundo Lulio a Ramon Llull era algo malintencionado. No lo creo. El nombre germánico Raginmund se latinizó como Ragimundus o Raimundus. En la antigua Corona de Aragón se utilizó la versión de Ramón o Ramon (catalán). En castellano se dijo Ramón o Raimundo. En el caso de algunas personas eminentes, su nombre original se traduce limpiamente al castellano cuando hablamos en ese idioma. Por ejemplo, Juan Jacobo Rousseau, Tomás Moro o Alejandro Magno. No hay ningún ánimo peyorativo en esa traducción. Por lo mismo, Ramon Llull es para los castellanoparlantes Raimundo Lulio, y no se hable más. No es un demérito para el famoso escritor, filósofo, franciscano y mallorquín; más bien todo lo contrario.
Pablo Barrantes Gordo da en el clavo al señalar que algunas expresiones correctas resultan estragantes cuando se repiten mucho en el habla pública. Por ejemplo, el "mire usted". Creo que lo lanzó en su día Aznar y ahora lo repite Rajoy y todos los hoplitas que le siguen. Otra muletilla es "la verdad que…". Reconozco que yo acudo a ella algunas veces. Don Pablo sostiene que es típica de las declaraciones de los futbolistas de renombre. Otra manía que señala don Pablo: el verbo acercarse para indicar desplazarse a un sitio. Efectivamente, es un abuso. Hay una versión más castiza y útil: la de llevar a alguien a un lugar favorable aprovechando un trayecto. Por ejemplo, yo puedo preguntar al final de una reunión: "¿Alguien me acerca a Moncloa?". Siempre hay alguien más elegante que contesta: "Yo te llevo donde sea. No soy de los que acercan sino de los que llevan".

Como ejemplo extremo del habla dislocada está el parlamento de un gitano que acude con su mujer al ginecólogo. Me lo envía un libertario que desea permanecer anónimo por el temor a que pueda pasar por "políticamente incorrecto". Pero el razonamiento del gitano no tiene desperdicio. Copio solo algunas frases. Debe respetarse la ortografía auténtica:
Ayy miíre, dotor, es que tenemo un problema: mi mujer y yo quereemo tener condescencia y no podeemo, pero no sabeemo lo que es. Porque o yo soy omnipotente o mi mujer es histérica. Otro dotor nos dijo que mi mujer tenía la vajilla rota y la emperatriz subida. A mí, hace años, me operaron de la protesta, y a lo mejor me han dejado escuelas en el cuerpo. A mi mujer le hicieron una coreografía y el médico nos dijo que hiciéramos el cojito a diario. Otro doctor nos recomendó hacer vida marítima más endeseguido, pero na de na. Además mi mujer hace tiempo tuvo un alboroto y le nació el féretro muerto. Yo creo que personarmente que tol problema es que mi mujer es frigorífica, porque nunca llega al orégano.
Creo que no hace falta traducir los tecnicismos que emplea el gitano.

Fuego meado - José Luis Alvite

Fuego meado - José Luis Alvite
Sería por culpa de la ambigüedad moral que te invade al cabo de tantos meses de insomnio, el caso es que aquellos fueron sin duda los momentos en los que estuve cerca de acertar con mi vieja idea de unir mi destino al de una mujer ambiciosa, atractiva y perversa en la que incluso fuese imperdonable la bondad, alguna de aquellas fulanas ambiciosas y desalmadas, maduras y desesperadas, aun hermosas, en cuya compañía siempre pensé que incluso la muerte podría parecerme un premio, y mi cadáver, el trofeo. Se llamaba R. y necesitaba unirse a un hombre que le ayudase a desplazar de su lado al tipo rudo y vulgar con el que llevaba quince años casada. «Bésame –me decía– y sentirás como un anticipo de la gloria el placer de escupir en la boca de mi marido». Acudí a su casa unas cuantas tardes aprovechando que aquel tipo trabajaba por horas acarreando equipajes en un hotel. Me gustaba correr el riesgo de que apareciese su marido y hubiese una trifulca. Sabía que me estaba engatusando y que aquella historia podría acabar muy mal, pero en el fragor de la lujuria, en la berrea de su cama con las patas desiguales, de repente me sentía redimido por el olor de la fruta que llegaba desde la cocina mientras en la boca de aquella mujer maduraban la saliva y las blasfemias y se apoderaba de mi conciencia el deseo de no parar, el ansia de insistir en el riesgo, como un atleta que si corre hacia la meta es por temor a que por la espalda te alcance de nuevo el fracaso. «Tienes que sacarme de aquí y ocultarme a tu lado en alguna parte», me pidió una de aquellas tardes. «Será lo mejor –insistió– antes de que mi marido sepa lo nuestro y pierda la cabeza». Me gustó que hablase de «lo nuestro». Sonaba cómplice, amoral y excitante, como si estuviese robando en sus bolsillos mi propio dinero...
Ella era una pasión para mí, una tentación arriesgada que yo sabía que me perdería interés tan pronto dejase de suponer también un peligro. Deseba compartir su intimidad, pero no quería cometer el error de formar parte de su rutina. Y tampoco estaba seguro de que sus sentimientos no fuesen más que la falsa apariencia de su ambición, la ganzúa en la que a veces me parecía que se convertía su sonrisa cuando pensaba que yo jamás sería capaz de tomar una decisión que no fuese copia literal de la suya. «Podríamos alquilar un piso en el otro lado de la ciudad, en una de esas calles que tanto te gustan en las que ni siquiera estuvo más de cuatro veces el cartero», me propuso una de aquellas tardes de lujuria y tensión en su alcoba. «Tú disfrutarías con más calma del placer y yo estrenaría cada noche lencería», dijo con aquella voz saciada que olía como su pelo. Me defendí como pude: «No funcionaría. Suele ocurrirme que me produce más placer viajar cuando, sentado en mi automóvil, imagino que voy al volante de un coche robado. ¿No estamos bien así? Me atrae el riesgo que corremos. Creo que un hombre como yo sólo puede ser feliz si para conseguir la felicidad necesita agallas». Escuchó mi contraoferta ladeada en la cama, con un cigarrillo en la mano, sin perder la compostura, segura de sí misma, sin duda convencida de que sucumbiría a su proposición tan pronto volviésemos a encontrarnos en su alcoba y mis manos descubriesen otra vez en su cara el mismo tacto irresistible que si pasase la mano por sus medias. Solía ocurrir, sobre todo cuando pasaban algunos días sin vernos y al sentir su sensualidad invertebrada pensaba que incluso si me disparase en la boca me habría parecido sexo oral. Una tarde me dijo: «Los vecinos hablan y mi marido escucha cosas. Un día se me escapará tu aliento en su boca...».
Me desentendí de sus sugerencias como pude y seguí visitándola en su casa. La idea de alquilar un piso al otro lado de la ciudad no era desde luego lo que esperaba de ella. Necesitaba una alternativa más fuerte, algo que en vez de disminuir la tensión aumentase el peligro y nos obligase a tomar una determinación dramática, un giro inesperado que, además de confirmarnos como amantes, nos uniese en la custodia del secreto de algo verdaderamente inconfesable. Mi idea era entonces que dos amantes no podrían conseguir el placer de la gloria si camino de alcanzar el paraíso no les saliese al encuentro el grave riesgo de pisar la cárcel. Se lo había dicho la primera vez que bailamos juntos en aquel húmedo local sin gente en el que la pista se oscurecía aún más al encenderse la lepra de la luz. «No sabría decirte qué es exactamente lo que me ocurre contigo, pero creo que por primera vez me doy cuenta de que eres la clase de mujer tentadora y complicada con la que sería feliz compartiendo al mismo tiempo mi dinero, tu codicia y un cargo de conciencia». Ella se refugió con ahínco entre mis brazos como si con aquel pensamiento la hubiese cogido el frío. «¿Matarías por mí?», preguntó casi con rutina, sin darle demasiada importancia, como si supiese la respuesta. Enterré mis narices en el aliento pecuario de su abundante mata de pelo negro y aspiré su olor a caballeriza, el perfume carnal y cobrizo de aquella melena en la que me pareció que contenía su estampida la yeguada ciega del sexo. ¿Por qué diablos no habría apalabrado con ella aquella noche el crimen que además de confirmarnos como amantes nos convirtiese en cómplices? Comparada con aquella posibilidad, la idea de mudarnos a un piso a las afueras me resultaba un riesgo sin la menor emoción. Era como asaltar un banco y abrir allí mismo una cuenta con el dinero del botín...
Al ver que yo no me decidía a dar el paso que esperaba de mí, buscó una excusa para espaciar nuestras citas. Sin duda, pensaba que el racionamiento me haría entrar en razón de la manera como solemos hacerlo los hombres cuando nos puede el deseo: perdiendo la cabeza. Aunque llevábamos poco tiempo juntos, me conocía bien. Sabía que la buscaría aun a sabiendas de que ella fuese sólo el cebo al final de la ratonera. Nuestra relación estaba aún en ese punto en el que, antes de convertirse en una costumbre, lo que uno siente por una mujer es un capricho. Era justo ese momento de ambigua moralidad en el que una mujer nos resulta fascinante por lo que desconocemos de ella, el tiempo no muy largo, pero intenso, en el que una mujer nos parece una diosa gracias a no haberla visto nunca repasando la lista de la compra sentada en el retrete. Ambos sabíamos que aquella atracción no tardaría en resentirse por culpa de la rutina y que entonces mi entusiasmo iría a menos. Por eso cuando nos reencontramos una noche en el mismo local en el que habíamos bailado aquella vez, me dijo ella: «O nos decidimos ahora o no lo haremos nunca. Con el tiempo nos volveremos sensatos y ya no encontraremos razonable perder el sentido. Nos volveremos rutinarios y mansos. La nuestra sería entonces una relación aburrida por la que pasarían diez años cada día. Incluso podríamos tener la desgracia de que mi marido ni se entere de lo nuestro, de modo que, como me dijiste una noche, habremos vencido con el extraño sinsabor de no haber derrotado a nadie». Bailamos de nuevo la canción de entonces y acordamos que yo alquilaría un piso a mi nombre al otro lado de la ciudad. Nos dimos un largo beso deshuesado y sentí como por su boca pasaban a la mía su conciencia, su alma y las vísceras de su saliva.
De repente irrumpió un verano cálido y húmedo, la meteorología carnal y caldosa que alienta la infidelidad, afianza los vicios e incita al crimen. Pensé entonces que la temperatura que me impedía concentrarme para escribir solía ser en mi caso la misma que me llevaba a relajarme y temí que mi conciencia fuese incapaz de reprocharme nada que en cierto modo me alentase a cometer el calor. Recordé que en las estribaciones de mi adolescencia el verano era el momento de la vida en el que prevalecía la lotería de los instintos y me podía permitir el olvido impune de los preceptos reglamentarios del catecismo. Por encima de los treinta grados centígrados mi conciencia se sentía libre de perder el control y Dios se esfumaba como un gramo de sal en un plato de sopa. Fue entonces cuando nos instalamos en aquel piso al otro lado de la ciudad, en una calle anónima en la que era como si las fachadas de los edificios estuviesen escondidas dentro de sus portales, un rincón en el que con el viento se agrupaban el olvido, la mierda y los perros. Ella lo consideró «un primer paso» en sus planes. Aspiraba a más, a mucho más. «Me gusta que hayas tomado esta decisión por mi, cariño –dijo– pero creo que no merezco que este placer momentáneo se convierta en un castigo duradero... Necesito vivir a tu lado el tibio calor refrigerado de la gente con clase, compartir en algún momento el placer de lo exclusivo en uno de esos lugares elegantes en los que tú me dijiste aquella noche que se escucha a lo lejos, como un cuco, el peloteo de las chicas tontas dando indolentes raquetazos en sus pistas de tenis... ¿Recuerdas?, un sitio como el Gran Hotel de La Toja,... ese refinado ambiente sin ruido en el que en la luz del bar inglés medra como maleza la cretona de la penumbra...».
En medio del calor insoportable de aquel verano tuve un momento de lucidez y comprendí que mi conciencia era más elástica que mi economía, y que si seguía el ritmo que marcaba ella, llegaría el momento en el que no podría costearme mis instintos. Ella insistía en el capricho de una vida elegante. «No soy una mujer cualquiera. Jamás habías imaginado tu vida al lado de alguien como yo. Tenemos que salir de este horno y que se nos vea. Nuestra cama es como acostarse en una llaga. Tenemos una nevera que asa el hielo. ¿Para qué me tienes? ¿Para ocultarme? ¿Serás tan idiota de tener un coche de lujo parado en el garaje?»... «No puedo pensar con este calor –me defendí– Tampoco sé muy bien qué pretendes. ¿Ya no te sirve el dichoso piso al otro lado de la ciudad? ¿No se trataba de evitar a tu marido? Te dije que no sería una buena idea. La Toja no es nuestro mundo. Estamos donde nos corresponde, en un piso en el que solo valdría la pena robar la basura. Somos llamas distintas de la misma hoguera y estamos condenados a abrasarnos en uno de esos fuegos meados que dejan en el suelo un rastro de orina al arder». Se ausentó al dormitorio y regresó al poco rato cambiada de ropa. «Es el único vestido que tengo sin estrenar. Comprenderás que no me lo he puesto para asistir elegante a nuestro fracaso. Arréglate y nos largamos. Tengo algo de dinero en el bolso. ¿Me subes la cremallera?». Me volvió la espalda y se recogió con las manos el pelo sobre la nuca. Yo no quería ceder, pero lo hice. Fue como si le hubiese subido la cremallera del vestido con las manos de otro hombre. Sentí como si con el calor de su cuerpo fuese a salirme por el pecho el sudor de la espalda. Pensé que en La Toja estaría a la sombra el sol.
Cenamos sin problemas en el Gran Hotel de La Toja. Aunque elegí una mesa al final del comedor, mi chica llamaba tanto la atención que fue como si aquel rincón estuviese en la mitad del salón. Ella me sugirió que le pidiese «algo elegante, ya sabes, una de esas recetas francesas que no sabría pronunciar». Me pareció una buena idea, así que al ordenar el menú le sugerí al camarero que nos trajese «algo a juego con su vestido, para ella, y para mí, si es tan amable, cualquier cosa que al salpicar no perfore mi corbata». El camarero sonrió con una mezcla de profesionalidad y cachondeo, se dio la vuelta y desanduvo sus pasos con esa elegante y silenciosa elasticidad que en un soldado sería sin duda cobardía. Miré a mi chica y pensé que, en medio de aquel silencio, tan sólo una semana antes se habría escuchado con absoluta claridad el litúrgico goteo de su ovulación, como un estribillo de amatistas derramándose en la patena de la comunión. Entonces ella buscó mis ojos con su mirada y me dijo: «No volveremos a vernos. Sólo necesitaba una noche así, algo elegante en lo que pensar cuando esté de regreso en mi dormitorio y me cueste conciliar el sueño en esa cama en la que decías que relinchaban el aliento, el somier y los besos. Siempre supe que jamás matarías por mí. Sé que un día contarás lo ocurrido entre nosotros y que entonces tu cobardía parecerá que fue inteligencia. No importa. Nunca creí que lo nuestro saldría bien. Nos destruiría la rutina de la felicidad. Somos como esos jugadores que apuestan atraídos por el riesgo de perder. No digas nada. Devuélveme a la calle en la que vivía y si algún día nos encontrarnos, por favor, repíteme lo que me escribiste aquella noche en un posavasos de papel: ''¿De verdad no eres un escalofrío de niebla al final del humo?''».

miércoles, 26 de junio de 2013

El empollón - Antonio Lucas



El empollón - Antonio Lucas
El ministro José Ignacio Wert parece ir por la vida como uno de esos tertulianos frívolos e inflamables que sueltan incandescencias por los platós a ver si les crece el Twitter. El último chispazo lo dio ayer en TVE sugiriendo que un universitario que no llegue al 6,5 de nota media debería plantearse dejar o cambiar los estudios porque, principalmente, no tendrá derecho a beca si la necesita. El fondo del asunto es atroz. Perverso. Mucho peor que agarrar el sintagma «golpismo universitario», dejarlo caer aquí, en la columna, y esperar a lo que venga. Más o menos a la manera alegre de Wert, pero haciendo menos daño.
El respeto a la educación pública y la obligación de preservar el derecho a su acceso es otra de las reglas democráticas que están siendo sometidas a una demolición controlada. Diríamos, en homenaje a Mandela, que la medida del ministro establece un apartheid académico que no puede ser casual, pues se van a joder no los que no alcancen el 6,5, sino los que no puedan pagarse el no llegar a la nota por los motivos que sean. Eso lo propone el ministro de un Gobierno que ha forzado a algunos de los mejores licenciados de este dudoso país al fabuloso mundo de la «movilidad exterior» (hallazgo de su compi Iluminada Báñez), como si los huidos de alto expediente estuviesen en Mallorca de balconing con un tanga por manguito.
Wert, tan propenso al starlettismo, ha encontrado por fin la bomba de relojería que iba buscando en sus apariciones: la segregación entre quienes pueden financiarse la carrera desde el cinco pelao y la puta calle de quienes se tengan que retirar de los estudios con un 6,4, por insolventes. Está disimulando la discriminación con esa cursilada de la excelencia. Pero en el fondo ruge el rencor académico que impulsa a algunos empollones, según se reconoció en este periódico el ministro/tertuliano. Algo así como un ajuste de cuentas del Pepito Grillo de turno, de los que creen en la enseñanza como negocio y apostolado. Pues lo de la formación y la igualdad de oportunidades les parece cosa de clases medias y sólo genera Ni-Nis. Por cierto, Ni-Nis que votan.
Este nuevo zafarrancho de combate con el que inaugura el verano el peor valorado del Ejecutivo es, aún, más infame e injusto que el show que ha dado en la cartera de Cultura. Al final, con asuntos así, uno se pregunta de qué sirve un ministro de Educación (y de lo otro) como JIW. Quizá, a la manera de los tertulianos, viva tan sólo de eso. De malbaratar. De confundir. De dejarse ver.

El yelmo de niebla - Raúl del Pozo



El yelmo de niebla - Raúl del Pozo
La palabra ya no es carne, como en Mallarmé, sino cifra e insulto, proverbio e injuria. Se ha agrandado el castellano con escraches, minijobs y pareados injuriosos («Reforma laboral para la Casa Real». «Que la Europa de los mercados se vaya al coño de su puta madre»). Cada día nacen y mueren cientos de palabras y maldiciones. Abuchean a la Reina en ferias y conciertos; a los ministros, banqueros y hombres de Estado les llaman estafadores a cualquier hora del día.
La verdad es que los silbidos a la Reina son pequeñeces si las comparamos con Los Borbones en pelota, donde se ve a Isabel copulando con un burro, o las burlas de Galdós, Valle-Inclán o Blasco Ibáñez acusando a los reyes de corruptos y déspotas. El idioma se enriquecerá aún más a medida que nos vayamos empobreciendo con el calor porque las primas son para el verano; lo explica José Carlos Díez, abierto como las farmacias 24 horas; escribe que con las vacaciones se dejan los mercados en manos de los especuladores que provocan el «efecto rebaño» o los búfalos perseguidos por hienas. También podría explicarse como la estampida de los carneros de Panurgo. (Para vengarse de Panurgo, Pantagruel le compra un carnero y lo arroja al mar, los otros carneros del rebaño al oírle balar se tiran también al mar).
Al final, seremos una desbandada infame de borregos que vamos donde nos dicen cuando la economía, más que ciencia, es un género literario. Ya se compran más los libros sobre la recesión que sobre crímenes. Entre las 10 obras más vendidas de no ficción hay cuatro sobre este asunto: Lo que debes hacer para que no te roben la pensión, Hay vida después de la crisis, Escuela de Bolsa y Empresa familiar.
En un reciente congreso de lingüistas dijo un académico que la recesión constituye un fértil humus no sólo para la filosofía, sino también para la lengua. O sea, que el castellano no es un idioma sólo para hablar con Dios y seducir novicias sino el segundo idioma en transacciones comerciales, como ya es el segundo en la Red. Algunos necios declaran en eso de la Marca España que el idioma castellano es un «activo» cuando es la más gloriosa lengua del mundo, la que cantó las hazañas de héroes verdaderos, no de ficción como los griegos.
El idioma que acompaña mejor las quejas de la guitarra se ha hecho más fuerte en la plaza que en la Bolsa; el lenguaje de los brókers y banqueros es en realidad un argot con pedanterías léxicas, una jerga para estafar con preferentes y sawps a los jubilados y justificar las subidas de impuestos, el yelmo de niebla para ocultar a los ladrones.

sábado, 22 de junio de 2013

La beca, para quien la trabaja - J. A. Gundín



La beca, para quien la trabaja - J. A. Gundín

Admitamos que el ministro Wert no es el chico más popular de la clase, que incluso tiene un aire de repelente niño Vicente poco recomendable a la hora del recreo. De hecho, algunos dirigentes populares están esperando a que Rajoy se dé la vuelta para ajustarle en el patio algunas cuentas. Y sin embargo, Wert tiene razón al elevar el listón académico para recibir una beca. En concreto, propone que la nota media para ser becado sea de un 6,5, en vez del 5,5 actual. No parece que el ministro requiera del universitario un esfuerzo sobrehumano capaz de causarle una apoplejía. Todo lo que reclama es un aprobado alto, ni siquiera un notable. Pero como la izquierda, CiU y ciertos barones del PP se han lanzado a su yugular con hambre atrasada, es de temer que el duro, el implacable y el sacamantecas al que ha sido reducido Wert por sus adversarios, acabe reculando. Sería una lástima.
Un país que debe casi un billón de euros está obligado a sopesar con mucho tiento hasta el último céntimo de sus arcas, porque de lo contrario no podrá devolver los créditos, quebrará y se hundirá en la miseria. El despilfarro de hoy será la ruina de mañana. Las becas no son ningún despilfarro, sino una necesidad social de primer orden. Tampoco son un gasto, sino una inversión de futuro en lo más valioso de una nación: sus jóvenes. Por esa misma razón deben concederse con rigor, con responsabilidad y con equidad. Es obligado sostener económicamente al estudiante no sólo porque carezca de medios suficientes, sino porque además trabaje duro y coseche unos resultados académicos irreprochables. Las becas no pueden ser el refugio de los mediocres, ni el pienso de los parásitos, ni el alpiste de los vagos, sino un acto de justicia que exige reciprocidad: de la sociedad hacia el alumno que necesita apoyo y del alumno hacia la sociedad ante la cual debe justificar que el dinero del contribuyente no ha sido malversado. Toda beca es un contrato de lealtad y de solidaridad mutua que ninguna de las partes está autorizada a romper. El estudiante tiene derecho a conquistar el futuro, sin que la falta de dinero sea un obstáculo, y la sociedad tiene derecho a reclamar el fruto de su inversión. La beca es como la tierra: para quien la trabaja. Según sea la calidad intelectual y el rendimiento del estudiante, así será la España del futuro. Puede ser una sociedad resignada al aprobado raspado o puede ser un país con ambición de notable. A lo primero es a lo que aspira la izquierda. Pero no parece que ninguna universidad logre así entrar en el ranking de las 200 mejores del mundo; serán, sencillamente, universidades de 5,5 de media.

Títulos universitarios y otras falsificaciones - Francisco Pérez Abellán


Títulos universitarios y otras falsificaciones - Francisco Pérez Abellán

En Alemania hay un comando que se ha impuesto la tarea de revisar las supuestas tesis doctorales de los jerarcas y ya han hecho dimitir a dos ministros. Van los tíos, se hacen con las tesis de los susodichos y se las leen, como se lo digo y por difícil que parezca. Son un puñado de héroes anónimos. La inteligencia enmascarada. Enseguida encuentran las trampas y pillerías y se las arrojan a los tramposos a la jeta. Normalmente, los tramposos suelen tener vergüenza y dimiten. El segundo cayó hace poco: era la titular de Educación.
En España eso no pasaría, porque hay muchos ministros que ni siquiera son doctores, y además, apuesto que algunos, los capaces de delinquir, siempre una minoría, como tienen el rostro de cemento armado, si les arrojasen una falsificación, se quedarían tan panchos.
Resulta que los ministros alemanes, tan educados ellos, tan fríos y eficaces, copietean y se sirven de los rincones del vago de internet para conseguir la excelencia universitaria. Es lícito sospechar que eso pasa aquí también, el reino del licenciado Vidriera, la improvisación, la picaresca, el patio de Monipodio y la patria de Rinconete y Cortadillo.
Aquí nadie es lo que parece y a menudo se suplantan cargos, títulos y funciones. Hay falsos títulos aristocráticos detentados por timadores, pero más a menudo hay quien compra títulos universitarios por la red o en apaño y se los adjudica sin haber pasado ni por la puerta de la Universidad. La Meretérica, según Chiquito, dicho así sin otro afán que definirla a lo popular, porque yo soy hombre de tricornio, ha detenido hace unos días al jefe de la Policía Municipal de Pinto por un presunto delito de falsificación de título universitario para presentarse a la oposición en la que ganó el puesto que desempeña. Cosa que ha dejado a mil timadores temblando.
El procedimiento fue artesanal y simple: un montaje fotográfico en el que quitó un nombre y puso el suyo. Pero hay mil y un trucos para hacerse con un falso título universitario en España, país de tráfico de títulos, en el que, aunque es un delito penado con hasta tres años de cárcel, muy rara vez la Meretérica o la pasma o la pestañí capturan a nadie por ser un falso doctor (no sólo médicos) o un falso licenciado.

Esa es una de las principales causas de lo mal que va todo. Numerosos individuos sin control pueden pastelear, darte el santo, engañarte, desvalijarte, desempeñar funciones, quitarte una oposición, hacerte competencia desleal, suplantando la personalidad o representación de otro.
Hay un mercado de tesis doctorales y unos sinvergüenzas que se sirven de becarios o estudiantes meritorios para copiar tesis de aquí y de allá, de modo que el exclusivo club de los doctores, siete u ocho mil en cuarenta millones, crece en parte envenenado. Traicionado por falsos investigadores que nada investigan, a no ser el mercado negro de la venta de dignidades.
España tiene leyes que favorecen a los delincuentes, eso ya no es ningún secreto, pero en concreto hay normas que impiden que cualquiera pueda aclarar sus sospechas llamando a una universidad para saber si don Cojoncio doctor o licenciado, según una ley de protección de datos que se pasa tres pueblos.
A ver, ¿qué daño le hace al honor de cualquiera que se pregunte si es o no licenciado por la Complutense? Pues la Complutense no te lo dice, a menos que seas el interesado. De forma que los que han falsificado títulos pueden estar de momento tranquilos, porque lo mismo pasa en las demás universidades públicas y privadas.
Malas noticias sin embargo para los que compran doctorados copieteados, porque acaba de constituirse en España el comando cazador de falsos doctores. Gente que buscará las tesis en las bibliotecas, allí donde deben estar, y las entregarán a expertos en la materia, y descubrirán a los inútiles que no fueron capaces de defender la tesis en la universidad que les corresponde y tuvieron que viajar para encontrar una con tragaderas, algunas de las cuales ya las olfatea la Meretérica, que a la vez que tiene una ciberpolicía, como cuerpo moderno que es, ya tiene agentes tras los suplantadores y falsificadores de títulos, como en lo de Pinto.
Los suplantadores que hasta ahora han dormido como un niño tras un atracón empiezan a estar en peligro, porque serán descubiertos. Guerra a los doctores ful (no sólo médicos). Incluso algunos de los negros utilizados para la falsificación podrían ser perseguidos por los guardias jóvenes de Valdemoro, porque ya se sabe que entre Pinto y Valdemoro anda la cosa.
En España, un director de la Guardia Civil se hacía pasar por licenciado en Económicas e ingeniero, cuando no había pasado del bachiller, y el que más y el que menos maquilla su curriculum, añade o redondea, ajeno al peligro. Algunos frikis que hacen de periodistas en la TV han tenido que quitar a toda carrera los títulos de licenciados de su curriculum en las redes sociales, porque solo están licenciados en golfería.
Ha habido en España ministros, y más, que se han doctorado mientras llevaban ministerios, dictaban leyes, viajaban sin cuento, se peleaban con la oposición… Sin ninguna duda, todo este tropel son genios capaces de mascar chicle y caminar a la vez, y no como ese presidente norteamericano que si mascaba chicle no podía doblar las rodillas. Los cazafantasmas ya están tras sus pasos. La hazaña no ha pasado inadvertida. Se van a enterar.
Doctorarse, hacer la tesis doctoral, es la amargura de entre tres y cinco años de miles de licenciados universitarios. Hasta el autor de bestsellers Umberto Eco tuvo que hacer in hilo tempore, deprisa y corriendo, un manual de Cómo se escribe una tesis doctoral. El caso es que la mayoría nunca termina, porque escribir cuatrocientos folios de lo que sea, con una investigación de por medio, referencias científicas y la demostración de las conclusiones, es una prueba de solvencia de la que no todo el mundo es capaz. Al hilo del prestigio universitario y aprovechando las leyes mal hechas que protegen datos, cuya ocultación amenaza a todos, se ha establecido un nido de suplantadores, licenciados vidriera, frágiles hasta decir basta, una vez que la Guardia Civil ha decidido tirar de la manta. Es tan grave que en el momento de meterles mano se terminará con la crisis, tanto la de excelencia como la otra.

viernes, 21 de junio de 2013

Sombrero de paja - José Luis Alvite

Sombrero de paja - José Luis Alvite

En sus labios aprendí de oídas a leer, compartimos de niños los libros y la ropa, estuvimos mucho tiempo en las mismas fotos y me gustaba sentarme a su lado en el muelle de Cambados porque mi hermano miraba el horizonte con una mezcla de ansia y resignación, como si el tiempo que estaba por venir fuese apremiante y al mismo tiempo innecesario, igual que un buey tirado por caballos. Tenía los ojos muy vivos y muy azules, tan limpios y tan traslúcidos que eran como esa poca agua en la que incluso hace pie la lluvia.
Sabía tocar la guitarra y dibujaba a tinta china unas mujeres con los ojos velados por una indiscreta ceguera como de vidrio, con un portal en el vientre, y en el portal, un mendigo con el esqueleto amarillo de un niño cenando hambre azul en su regazo. Una tarde se cayó al mar vestido al bordear la escollera del muelle y salió a flote sin reloj y sin zapatos. Fue aquella la primera vez que temí que se acabasen para siempre las fotos a su lado, el ábaco de la música presintiendo el tiempo en su guitarra y aquellas tardes de verano en las que nos sentábamos en la bajamar de Tragove y mirábamos como bogaba en su dorna un marinero a merced del cansancio, en un matorral de espuma. Me había dicho mi hermano que al retirarse la marea bajo el sol de agosto, con el agua seca y ardida podríamos hacernos un sombrero de paja.
Tendría que recordárselo cuando murió, pero me pareció tan pensativo que no me atreví a distraerlo. Mi hermano sabía tantas cosas que al ver su cadáver algo me dijo en mi interior que en realidad no era aquella la primera vez que se moría. Y si hoy le recuerdo aquí es porque cuando murió estaba yo tan ocupado en acabar aquel bendito sombrero de paja, que mis estúpidas manos no tuvieron entonces tiempo para las flores.

martes, 18 de junio de 2013

Al c... de su p... Madre - Fray Josepho


Al c... de su p... Madre - Fray Josepho

Este domingo, el parlamentario andaluz Juan Manuel Sánchez Gordillo soltó un discurso en el que pidió (¡gritó!) que "la Europa de los mercaderes se vaya al coño de su puta madre". Literal.
"Las partes de su mami cortesana.
De su progenitora vil, la almeja.
La concha de su pelandusca vieja
o su materna vulva de fulana.
La txirla de su amatxo barragana.
De su ascendiente, el chirri de pelleja.
El maternal parrús de su vulpeja
o er shosho de su mare casquivana".
Pudiendo decir esto, que es sencillo,
quisiste, Juan Manuel Sánchez Gordillo,
llenar de acentos líricos tu vaso.
¡Poeta y andaluz! ¡Ya estás, sin duda,
–con Bécquer, Juan Ramón y Luis Cernuda–,
en la gloriosa cumbre del Parnaso!


lunes, 17 de junio de 2013

El oro del becerro - Alfonso Ussía



El oro del becerro - Alfonso Ussía

«Para ser rico, es imprescindible levantarse cada mañana con la única intención de ganar dinero». Creo que fue Juan March el que acuñó tan interesante sentencia. No se me había ocurrido con anterioridad. He intentado seguir sus consejos y puedo adelantar, que hasta el momento, el fracaso no se ha separado de mí. Para colmo he leído que cada español nace con una deuda de veinte mil euros, por aquello de las obligaciones contraídas por el Estado. Son tantas las definiciones del dinero, que compiten con las del amor y el humor. «El dinero sólo sirve para arruinarse» es quizá, la que más me ha complacido. Es como una definición de mi familia, de mis antepasados, y todo lo familiar suaviza las aristas. Antaño, hubo españoles que ganaron mucho dinero honradamente. Ahora es imposible, por cuanto el dinero honrado sólo sirve para que Hacienda lo recupere. El becerro de oro es un sueño, una quimera, en tanto que el oro del becerro es una realidad incontestable. Pero se ubica en la meseta superior de la boina, y son muy pocos los que deambulan por ahí. Los que viven, se mueven, manejan y deciden encima de la boina, contraen un riesgo. En el caso, poco probable, de que sean sorprendidos contando billetes sustraídos al prójimo, pueden experimentar la eventual incomodidad de la cárcel. Pero no por mucho tiempo. El dinero procura los mejores abogados y siempre hay un juez que se deja intimidar.
Le estoy dando vueltas por mis neuronas a la frase de March, y no termino de ver el camino. Para tener dinero hay que ser influyente. Lo malo es que para llegar a ser influyente, hay que tener dinero, y que me aten esa mosca por el rabo. A Bárcenas le han documentado ya 47 millones de euros en Suiza. El extesorero del PP es un hombre inteligente que ha sabido aplicar la máxima de March. Y lo ha hecho vendiendo cuadros e invirtiendo en bolsa. Admirable rendimiento. Sucede que para vender cuadros hay que heredarlos o comprarlos previamente, y la segunda opción es inviable sin dinero. Me estoy haciendo un lío. Hoy se ha sabido que la familia del Pino, que es riquísima y no necesita ganar más dinero ni arriesgarse a quedar mal ante la sociedad, ha estado sobornando al partido del independentista Mas a cambio de concesiones de obras en Cataluña. Ante todo, presunción de inocencia, pero el contenido de la acusación de la Fiscalía Anticorrupción no es de agradable lectura: «Un acuerdo criminal que era relativamente sencillo pero institucionalmente demoledor». ¿Les compensa pasar por tan malos tragos cuando tienen dinero para que vivan siete generaciones sin dar con un palo al agua? El oro del becerro vuelve locos a muchos. ¿De qué les sirve más dinero y más poder si el mayor problema de la vida lo tienen superado? El mayor problema de la vida es conseguir un digno pasar por ella sin angustias. «El dinero es sólo un problema para los que no lo tienen», dijo Oscar Wilde. De ahí que no comprenda a los que lo tienen y se buscan problemas, porque esa actitud es de tontos, y los tontos sólo ganan dinero si son ricos, pero tontos. Un pobre tonto siempre será pobre, en tanto que un rico tonto siempre será rico, y lo dejó claro Paul Lafitte.
Los más ricos de España son aquellos que nadie conoce, y que viven holgadamente sin llamar la atención. Lo decía el gran actor Arturo Fernández, que acaba de recibir la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo. Del trabajo limpio y honrado durante decenios sin rozar un euro ajeno. «Para mí, la riqueza consiste en poder invitar a mis amigos a cenar y pagar puntualmente las facturas del sastre». Estos que quieren ganar muchísimo más de lo muchísimo que ya tienen, terminan por conseguir una situación poco apetecible. «El dinero no proporciona amigos, sino enemigos de mayor calidad». Y éstos son los que terminan denunciando, y se rompe el cántaro, y por necios de la avaricia conocen de primera mano el sinsabor del desprecio. En fin, que he decidido no hacer caso de la máxima de Juan March.

domingo, 16 de junio de 2013

Polillas - María José Navarro



Polillas - María José Navarro

En Madrid no se habla de otra cosa: ¿de Bárcenas? No. ¿De los problemas de Messi con el fisco? No. ¿Del nuevo look de Cristiano Ronaldo y sus gafas de secretaria del 1,2,3? Hombre sí, de eso sí, pero no es eso de lo que nos toca a nosotros ahora. En Madrid no se habla de otra cosa que de la invasión de polillas, ahora llamadas «Mariposas Gamma» como para darle más empaque al polillismo, cosas de los entomólogos. Estos días en Madrid una abre una ventana y entra una polilla gamma, abre un armario y salen dos polillas probándose un abrigo tres cuartos, mirándose de soslayo en el espejo. Se ve que los bichos en cuestión vienen de África migrando hacia tierras más frías y han parado en Madrid a tomar vermouth y visitar la Feria del Libro. Las polillas gamma, por lo que se ve amantes del cine Dogma, prefieren pasar el verano en Escandinavia, que se está más fresco. Lejos quedan los tiempos en que las suecas venían en verano a España; ahora el cambio climático y la crisis hacen que sean los bichos sureños los que se vayan al Norte a descansar. Un dato a resaltar: la última vez que hubo una invasión polillera como ésta fue el verano en que el Atleti ganó el Doblete. Entonces se achacó a que hacía tanto tiempo que no salían banderas rojiblancas a la calle que con ellas salieron todas las polillas de los armarios. Esta vez, dado que esa excusa ya no vale, pensamos que quizás los uruguayos del equipo hayan pedido la ayuda sobrenatural de aquel fino delantero centro, Polilla Da Silva, azote de porteros. Adiós, muchachas. Llamad cuando lleguéis.

‘Braveheart’ y ‘Mujercitas’ - Salvador Sostres



‘Braveheart’ y ‘Mujercitas’ - Salvador Sostres
Artur Mas capituló el martes anunciando que piensa agotar la legislatura, convoque o no convoque su consulta, dejando claro de este modo que no piensa convocarla, porque todo el mundo sabe que, después de un referendo secesionista, o declaras la independencia en caso de ganarlo, o dimites y convocas elecciones en caso de perderlo. Mas certificó el martes que ha fracasado y que ni él se toma ya en serio su propio proyecto.
No podrá Mas, en esta ocasión, practicar su habitual victimismo, que es el refugio de los mediocres, para culpar a España de su fracaso. El Gobierno no ha hecho nada que haya ido más allá de expresar su oposición al proceso. Aunque la aparente pasividad de Rajoy haya desesperado a muchos, su discreción ha sido crucial para provocar el fracaso del actual líder convergente, que se maneja mucho mejor sobrerreaccionando ante las supuestas ofensas de sus adversarios que siendo capaz de construir un proyecto valiente y sólido.
Mas ha fracasado en todo lo que ha intentado: le perpetraron dos tripartitos y, cuando por fin gobernó, no pudo hacerlo con mayoría absoluta. Durante sus años de oposición, condenó a los catalanes a un Estatut extravagante, rocambolesco y absurdo por culpa de haberlo laminado con Zapatero a cambio de que le facilitara llegar a ser presidente de la Generalitat, cosa que Zapatero, lógicamente, no cumplió, en una demostración más de su escaso sentido del honor y del poco valor que tuvo siempre su palabra.
Luego confundió una manifestación francamente multitudinaria con todo un pueblo y convocó elecciones anticipadas llevándose un monumental batacazo. Ahora se rinde antes de que la batalla haya comenzado.
Esto no significa que el independentismo haya muerto, ni que los independentistas hayan desistido. Esto tampoco significa que la independencia sea una opción ilegítima o necesariamente perdedora. Lo que significa es que la pasión no puede sustituir a la inteligencia y que, para conseguir lo que te propones, no basta con creer que tienes razón, sino que hay que ganar. Sin una articulación política madura, el catalanismo no hará nunca nada y dice muy poco de la sensatez de un pueblo seguir como ratoncillos acríticos y moralmente invertebrados al primer tarado que enarbola una estelada.
Antes de reclamar algo a los demás, y esto sirve para el independentismo y sirve para todo y todos, tenemos que estar seguros de que nosotros hemos recorrido nuestra parte del camino y que estamos a la altura de lo que exigimos. Antes de quejarnos, tenemos que asegurarnos de que somos mejores que lo que denunciamos. Hay que pagar siempre un precio y Mas se ha doblegado a la primera dificultad. Para conseguir la libertad de un pueblo no siempre es indispensable morir, pero es imprescindible estar dispuesto a ello. Mas se ha rendido porque el Estado le ha prohibido hacer su consulta, como si no lo supiera desde el principio. Estoy harto de estos Bravehearts de pacotilla que, al final, resulta que sólo son personajes secundarios de Mujercitas.
La mediocridad sólo conduce a la mediocridad, por mucho que la euforia te haga creer tan cerca de la gesta. Sin calidad sólo hay derrota y miseria. Nada es posible sin pagar el precio y sin inteligencia.

Apple stop - Arcadi Espada



Apple stop - Arcadi Espada
Querido J:
El último evento de Apple (convoca tres o cuatro por año en los que presenta las novedades de cacharros y programas) llegó en un momento de incertidumbre para la compañía. Su gurú, Steve Jobs, lleva casi dos años muerto. Las acciones han bajado de modo notable. Los graves errores de sus mapas la llevaron a un inexplorado territorio del ridículo, provocando movimientos traumáticos en la cúpula. Y Samsung y Google le están planteando por vez primera una competencia eficaz y feroz. El evento del lunes, aún rodeado de la habitual publicidad gratuita que la marca ha sabido desarrollar de modo incomparable, se anunció bajo el signo del software. Nada de nuevos teléfonos, tabletas u ordenadores. Sólo instrucciones nuevas. El presagio era bueno. Salvo los ordenadores, que necesitan incorporar de algún modo –difícil– el diálogo táctil; y salvo su siempre anunciada y aplazada entrada en la fabricación de televisores, el hardware de Apple es, por así decirlo, suficiente. Evidentemente, sus dispositivos podrán adelgazar, hacerse más nítidos y cubrir un amplio capricho de tamaños; pero hasta el desarrollo de las pantallas flexibles, o de cualquier otro ingenio comparable, la cacharrería no podrá ofrecer sorpresas tan radicales como aquel pellizco en el cristal que cambió el modo de ver ¡y de ser visto!
Las máquinas de Apple, y para qué hablar de las otras, subsidiarias, están por encima de la inteligencia que las hace funcionar y las aprovecha. Como tú, yo con esas máquinas leo, escribo y fotografío, y a eso voy a referirme. Naturalmente que la pantalla del iPad debe mejorar a la luz del día y hacer homogénea su iluminación en interiores. Naturalmente que el teclado y el zoom de la cámara son los que son. Pero las limitaciones se hacen intolerables cuando afectan al manejo de los libros, de los textos y de las fotografías que la máquina contiene. Es difícilmente creíble que habiéndose inventado el libro electrónico, uno no pueda buscar una palabra en el conjunto de su biblioteca; que no pueda manejar los créditos de un documento (título, autor, palabras claves, etc.) en el mismo aparato donde lo lee; o que en la tienda de libros, creada a imagen y semejanza de la Apple Store, cuyo aspecto de tómbola y organización de bazar chino es una afrenta ya célebre, sea imposible, por ejemplo, buscar racionalmente libros por idiomas. Eso por referirme a aspectos funcionales inmediatos. Por no referirme, por ejemplo, a que Apple no ofrezca películas en versión original con subtítulos ni haya firmado todavía un acuerdo con la New York Review of Books para que sus reseñas formen parte de la iBookstore. O, ya subiéndome a las alturas, por no aludir al aspecto, puramente fotocopiado, que ofrece su quiosco. Poco antes de morirse, dijo Steve Jobs que no quería una nación de blogueros. Bien está. Pero el movimiento se demuestra andando. No veo que los legendarios ingenieros de Apple se hayan puesto a trabajar con periodistas en el diseño y producción del periódico de nuestro tiempo.
Eso en cuanto a lo que leo. Escribir es otro sufrimiento. Apple tiene un programa de tratamiento de texto, el llamado Pages, que es lo que su desdichado icono indica: un anacrónico tintero con plumilla que mancha. Baste decir que es aún más pesado, más elefantiásico, más torpe, más confuso y más inútil que Word. Que Apple no haya dotado sus ordenadores, y sobre todo, a sus tabletas de algo parecido al simple lienzo blanco de IA Writer (sus virtudes son los innumerables defectos de Pages: pero sus limitaciones son excesivas) es prueba demasiado tajante de su incuria. Y en este punto, por piedad, evitaré referirme a su iBooks Author, ese programa que la compañía sacó hace tiempo con la noble finalidad de que cualquiera pudiera hacer libros electrónicos. En fin... No es que ni siquiera un programa llamado de libros electrónicos sea capaz de programar que se abra una ventana al clicar sobre una palabra (una entre las mil y una de sus limitaciones: basta compararlo con The Atavist); es que ni siquiera pueden hacerse libros. Como en el caso de los periódicos, tampoco veo a los ingenieros de Apple trabajando con las editoriales. No veo, en fin, esa necesaria alianza, ¡histórica!, entre las soluciones y los problemas, esa dura y fértil negociación que todo escritor mantiene con su maquetista. Quedan las fotos. Para los que hemos tirado de carrete es inverosímil que un rectángulo de vidrio pueda fotografiar como lo hace. Ahora bien: respecto a su orden y catalogación, estamos como con aquellas esquineras adhesivas, tan morosas. Lo cierto es que este lunes Apple susurró a sus monaguillos que iba a dar señales inequívocas de la renovación de su inteligencia. Cuando acabó la llamada keynote, los impúberes empezaron a dar saltitos y palmas, mientras gritaban ¡Ive, Ive!, por un John Ive que dicen ha renovado el diseño del sistema operativo de los ordenadores y, sobre todo, de los aparatos móviles. Los impúberes no han aprendido aún que el diseño de las cosas son las cosas, como ejemplifica tan bellamente el caso de Rafael Marquina, muerto esta semana, y autor de una aceitera para contener y verter el aceite sin mancha. Lo cierto es que la gran novedad de la siempre pomposamente llamada conferencia de desarrolladores de Apple ha sido la renovación de la paleta (ahora pastelera) de colores del sistema operativo, con una nada desdeñable adición de transparencias, gasas y tutús. Es verdad que parece en trance de desaparición el hórrido skeumorfismo, más cursi e injertado que una nectarina, porque las desdichas nunca son completas. Pero la puerilización general del nuevo aspecto de Apple es un hecho indiscutible, y un símbolo inquietante cuando se combina con la ausencia de noticias de renovación potentes sobre las cuestiones que te he reseñado más arriba –y que son sólo algunas de las cuestiones–. Ahora bien. Sí han anunciado, con grandes tambores, que Siri tendrá voz de hombre. Una decisión comprensible. Era muy incorrecto que un robot dotado de esa paupérrima inteligencia (aunque comilón de energía... ¡como tonto!) tuviera sólo voz de mujer.
A mí, como comprenderás y aunque sea cliente, que Apple se pare me trae más o menos sin cuidado. Pero es que su estancamiento es sospecha fundada del Estancamiento.
Sigue con salud.
A.
«El estancamiento de la compañía es sospecha fundada del Estancamiento»

sábado, 15 de junio de 2013

La Feria - Raúl del Pozo



La Feria - Raúl del Pozo
La Feria del Libro es muy importante, más que aquellas en las que los cartujos vendían yeguas de raza. Este mercadillo del ingenio y la vanidad congrega a príncipes, concejales y gente que muchas veces se va con las bolsas de plástico llenas de aire.
No todos los autores escriben por vanidad, algunos escriben para vivir, cuando por fin descubren que la egolatría es el principal género literario y que los lectores admiran sobre todo los pensamientos que coinciden con los de ellos mismos. Alguien tendría que investigar la diabólica relación entre autor y lector, y la voracidad con que consumen ediciones de pronto, inesperadamente, de un libro. Camilo José Cela veía ése como un hecho misterioso e ignoraba las causas de la delectación o el rechazo. Pascal, ludópata antes que filósofo, aconsejaba a los escritores que no pensaran tanto en sí mismos y no provocaran al lector porque el lector suele tener tanto ego como el escritor.
Cuando estás en una caseta como el niño que vende naranjas en una autopista o la pantera en una jaula de Ámsterdam, puedes ver cómo pasan algunos visitantes increpándote con la mirada mientras se dirigen, orgullosamente, a que les firme un libro el que está al otro lado de la caseta. No es paranoia, es real. Por eso es casi un placer no tener libro en la mesa de novedades; así la editorial te pondrá a hacer la carrera con el título que te ha premiado después de pactarlo con un jurado de pega o atrezo. En la feria se trabaja de dependiente para tu editor, para tu representante, y sólo envían taxis y flores a los best y a los shares. La feria son unos ejercicios espirituales sobre la vanidad, bajo los árboles, entre mujeres que leen la mano.
Me han contado que algunos escritores de culto han sido aplastados por Revilla y por la madre de Jesulín. Vete tú a contarles a estos príncipes de las letras que los libros más vendidos de la Historia, a excepción de El Quijote y algunos relatos piadosos, fueron los anuarios de Hacienda, los almanaques y los libros de cocina.
A mí me hubiera gustado ser un best seller, pero exigiendo a los editores que no me llevaran al Retiro como a los monos, aunque tuviera que olvidar la fuente pura de la prosa y sin llegar a la audacia de relatar el lobby gay del Vaticano, lo cual resultaría un trabajo de riesgo.
Un best seller, qué sueño, aunque dijera Borges que en su época no había best sellers y así no podían prostituirse los escritores. «De mi libro Historia de la infamia–escribe– vendí 37 ejemplares en un año. Podía imaginar mis 37 lectores. Pero 5.000, 10.000 son ya la abstracción, la nada».