martes, 6 de octubre de 2020

Donald Trump después de muerto - David Torres

 Donald Trump después de muerto - David Torres


La sobrecarga de noticias sobre la salud de Donald Trump no significa nada, entre otras cosas porque lo que interesa es su salud mental y, no hay visos de que ésa vaya a cambiar. Quién sabe, los efectos del Covid-19 son tan misteriosos que a lo mejor Donald Trump reaparece curado, dejando atrás lo de ser un idiota, pidiendo perdón al mundo y retirándose a las montañas a pasear y a leer a Thoreau. La verdad, no parece probable. Los primeros rumores apuntaban a que quizá estaba fingiendo los síntomas para escaquearse de los debates con Joe Biden, pero tampoco se entiende por qué iba a querer Trump escaquearse, una vez probado el terreno de insultos y exabruptos donde se desarrolló el primer enfrentamiento entre ambos. A ningún cerdo le desagrada un buen revolcón en el fango, si es con un colega, mejor.

De manera que todo apunta a que, en efecto, Trump está realmente hospitalizado con el coronavirus, algo que resulta verdaderamente preocupante para su gabinete, para su equipo de campaña, para sus seguidores y, sobre todo, para el coronavirus. El positivo del hombre más poderoso del planeta puede ser el argumento definitivo contra los negacionistas, del mismo modo que el contagio de Magic Johnson significó el punto de inflexión en la lucha contra el SIDA: sólo entonces muchos berzas recalcitrantes cayeron en la cuenta de que no se trataba de un castigo de Dios específico contra los homosexuales y los drogadictos, que si el base de los Lakers había caído presa de la enfermedad cualquiera podía hacerlo.

Que Trump haya llegado al sillón presidencial de la Casa Blanca no debería sorprendernos tanto como que haya aguantado cuatro años en el cargo a base de trolas, paparruchas, fanfarronadas, gilipolleces y pedorretas. Es un triunfo absoluto de la democracia estadounidense, aquella sobre la que discutieron una vez Nixon y Kruschev, cuando el primero le dijo al segundo que en Estados Unidos cualquiera podía llegar a presidente y Kruschev se dio un golpe en el pecho y respondió: "¡Pues fíjese en mí, que mis padres eran campesinos más pobres que las ratas y ahora soy Secretario del Comité Central!" Lo grandioso del sistema americano frente al comunismo soviético es que permite que gente con un grave déficit de estudios, cultura, vergüenza y modales, un botarate racista, machista, clasista, homófobo y megalómano alcance la cúspide del poder sin otro requisito que ser multimillonario.

Muchos se preguntan qué ocurriría si Donald Trump muere antes de presentarse a la reelección, aunque lo que nos inquieta a otros es qué pasará si sobrevive. No sólo es él quien sigue sin tomarse la pandemia en serio, como demuestran las circunstancias en que tuvo lugar el contagio, sin guardar precauciones elementales ni tomar distancia, sin ninguna medida de seguridad, en medio de un acto de campaña que más bien parecía un botellón. Los partes médicos son a la vez optimistas y confusos: no descartan que se halle fuera de peligro aunque de momento su estado no reviste gravedad.

Tal y como reacciona la ciudadanía estadounidense ante el fantoche que ocupa actualmente la Casa Blanca no se sabe si una enfermedad grave, incluso una agonía, redundaría en su beneficio o no. No sería extraño que Trump celebrara un reality en el hospital militar donde está recluido y se mostrara ante las cámaras bebiendo lejía a morro, en directo para toda la nación, y que la lejía la paguen los mexicanos. Que falleciera repentinamente podría darle el empujón que necesita en las encuestas. Todo sería cuestión de resucitar en el momento oportuno o de presentar un cadáver aceptable, una posverdad de rigor mortis ataviada con una pelambrera de castor. Los Simpson profetizaron la muerte de Trump, sí, pero también la resurrección de la momia de Lenin. Habrá que esperar.

lunes, 5 de octubre de 2020

Lo dijo Quevedo, punto redondo - Juan Antonio García Iglesias

 Lo dijo Quevedo, punto redondo - Juan Antonio García Iglesias


Nada nuevo acontece bajo el sol de España, por lo que nadie intente descubrir lo que seguramente ya llevará tiempo, siglos incluso, descubierto. De ahí que tan popular sea la expresión que lo avala cuando alguien da como novedoso y por hecho incuestionable aquello que está o debería estar en conocimiento de todos señalándole como el sabueso que acaba de descubrir América. Sabuesos no faltan, ni razones para que los haya en esta España nuestra que no acaba de descubrirse, país en el que nunca pasa nada sin que haya un solo día en el que no pase algo. ¿En qué otro lugar del mundo se pueden permitir este lujo, que sin ser asiático no deja por ello de estar fuera del alcance de cualquiera?

Don Francisco de Quevedo, que si algo tenía (poco abundante entre los españoles de su época y de la nuestra) era que golpe que sacudía acertaba de lleno, todo lo más se pasaba, dijo que “todos los que parecen estúpidos lo son y, además también lo son la mitad de los que lo parecen”, con lo que llamaba estúpido a todo bicho viviente que pasaba por delante de sus narices y se quedaba tan orondo. Si es cierto que lo dijo de otros es prueba de que no se había visto a sí mismo y probablemente nunca se vio salvo en espejos de malísima calidad en los que todo y todos aparecían deformes, sin que el señor Quevedo fuera una excepción a esa regla casi general por la que se dejaba guiar en sus no pocas (a veces pueriles, sin dejar por ello de ser a su manera certeras), apreciaciones, porque, aunque sea un poquito, de la condición de estúpido nadie se libra por ser parte inherente a la naturaleza humana.

Porque ya me dirán qué es el solo hecho de pensar que si mala fue la dictadura sus consecuencias también lo son, que la solución está en acabar con todas ellas y cuanto antes mejor. Pues esto es lo que se debate hoy en los foros políticos más avanzados (progresistas se autocalifican) por quienes se permiten la libertad de exigirles a los demás lo que no se exigen a ellos mismos, que no son un efecto secundario, o sea, una víctima, que por tal cosa se tienen, sino una consecuencia de la dictadura, secuela por la que no cabe discusión posible.

El tiempo pasa y sin embargo nadie parece inmutarse, como si nada ocurriese en torno a todo y a nadie. Lo pasado atrás quedó, como el agua que ya no mueve molino, y si solo por esta razón no debería por qué preocupar, preocupa, además, tanto que tratan de que no se les vaya de las manos porque en ello está su futuro y les va la razón de su existencia, algo que creyeron tener fácil, pero ya no tanto como entonces, cuando todo les rodaba mejor que ahora y -traicionados por sus ambiciones, rivalidades, traiciones, vilezas...- no supieron aprovechar, enzarzándose en una guerra sucia que a ver quién los saca de ella, lo cual no deja de ser una contradicción a esa preocupación por su futuro que los trae de cabeza, porque si el pasado ya no debería importar ¿por qué tanto empeño en recuperarlo?

Ya no están las cosas para exigir, extorsionar, chantajear a nadie para sacarle un compromiso o conseguir un voto de investidura o favorable a los PGE, ni alcanzar una alianza de gobierno a cambio de más exigencia -pero por la otra parte-, más extorsión y más chantaje. ¡Qué tiempos aquellos, aún recientes! Pasaron (o a punto están de que pasen) para dar cabida a los de la desconfianza extrema en todo y en todos. Hoy no basta con ofrecer como remedio para salvar lo suyo, que ahora es mucho más que antes (antes lo tenían aparentemente todo casi ganado, ahora lo tienen todo también aparentemente casi perdido), por lo que la desconfianza es mayor entre las partes implicadas. Y si empecé con Quevedo, a él vuelvo con otra de sus citas, esta que dice: “Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir”. Visto lo que hemos visto ¿hay todavía alguien que lo dude?

jueves, 1 de octubre de 2020

¡Viva el Rey!, payaso - Juan Carlos García Regalado

 ¡Viva el Rey!, payaso - Juan Carlos García Regalado


En la mañana de ayer, casualmente, “tropecé” en TVE1 con la sesión del control al Gobierno y me quedé unos minutos viendo el debate, hasta que apareció ese ente llamado Rufián (primer punto: no entiendo que un tío que se apellida Rufián puede representar a los ciudadanos...) No veo nunca la televisión, eso que gano en salud y en higiene mental, pero como ayer vi el espectáculo en directo, pensé que asesinaba a Rufián por vías hertzianas, o catódicas, o como fuera... Y es que no hay derecho a que en una democracia, presuntamente consolidada y fuerte, ocurra lo que por desgracia viene ocurriendo: que su Parlamento sea foro de asesinos, de nazis, de provocadores profesionales, de auténticos payasos que, como Rufián, sólo quieren destruir nuestra convivencia, nuestra paz, y nuestra nación.

Escuchaba a este jeta “hablar” cuando, de repente, sacó la foto de Felipe de Borbón con unos 10 años saludando a Franco. Pensé que me desmayaba de ira, de vergüenza ajena, de pena por esta España llena de odio y rencor, trufada de mindundis, pero muy peligrosos... Y que no vengan con el cuento de que son representantes del pueblo. A Hitler lo eligió el pueblo, “no te jode”. Y perdonen que me exprese así, pero la situación no está para florituras, para paños calientes. Los “maricomplejines” del PP que hagan, que sigan haciendo lo que les dé la gana, que básicamente es colaborar con el enemigo. Y este enemigo nazi-comunista sólo merece ser destruido: están en juego nuestra salud, nuestra economía, nuestro futuro, y nuestra democracia.

Pero lo de la fotito, la barbaridad de la fotito, no acabó ahí, sino que el canalla se permitió el lujo -y le dejaron- de decir en el sagrado Parlamento, que el Rey es el diputado número 53 de VOX, lo cual es un insulto gravísimo hacia NUESTRO Jefe del Estado. No obstante, mejor que el Rey fuera diputado de VOX a que lo fuera de un partido comunista, especialistas en dictaduras, exterminios, y en arruinar al pueblo. Y ¡Viva el Rey!, pedazo de rufián, además de payaso, zoquete, protozoo, bebe-sin-sed y no sé cuántas cosas más.

sábado, 26 de septiembre de 2020

El rey del ninguneo - Susana Magdaleno

 El rey del ninguneo - Susana Magdaleno


La entrevista a Irene Montero en Vanity Fair es de esas que entran por derecho en la categoría irónica de deliciosas. Es de las de releer pero porque no das crédito. Por ejemplo, cuando cuenta algo tan antiguo como que “mi suegra, que es abogada sindicalista, siempre nos explica que tiene la responsabilidad de ir tan bien vestida o más que los abogados de la patronal” . Lástima que este pensamiento, el de ir bien vestido aún siendo ‘progre’, no calara en Pablo. También es delicioso cuando asegura Irene que “el acceso a la belleza es un derecho” porque de esto a que su Ministerio de Igualdad nos regale un vale para la peluquería hay un paso.

Cuenta que sus hijos, los de Pablo y ella, comen con las manos (se entiende que sin cubiertos) e incluso confiesa, muy ceremoniosa, que delante de ellos no hablan del acoso. A Irene parece olvidársele que tienen solo 1 y 2 años, también cuando asegura que cada mañana los gemelos eligen la camiseta que se pondrán ese día.

Estupideces aparte, en la entrevista hay una respuesta preocupante. Dice Irene: “Yo soy de empollar los temas pero a la hora de ejecutarlos, él (Pablo) mantiene la calma, es más capaz de llevarlo todo hasta el final”.

Pablo Iglesias hace 7 días fijó como objetivo primordial de Podemos acabar con la Monarquía en España y ha encontrado dos aliados perfectos: Bildu y los independentistas catalanes. La formación de Otegui, por ejemplo, se lo pasó a lo grande en julio cuando para recibir al Rey en Bilbao forró la ciudad con imágenes de Franco y Felipe VI. “Nosotros somos republicanos y lo importante es cambiar el régimen”, dijo Otegui. También ERC lleva meses como un martillo pilón pidiendo la abdicación de Felipe VI.

En Podemos, Bildu y ERC se apoya Pedro Sánchez para seguir en el poder. Les necesita, porque prefiere su compañía a la del PP, y se siente cómodo con ellos hablando de la Monarquía porque también el presidente ha reconocido abiertamente ser republicano. “Pero no solo por ser secretario general del partido -dijo ya en Onda Cero en 2017-: vengo de una tradición republicana”.

Irene Montero se refería a Pablo con esa inquietante frase de “(...) mantiene la calma, es más capaz de llevarlo todo hasta el final” se ajusta también a la perfección al presidente del Gobierno.

Eso explica que mientras estamos angustiados por las cifras del covid, Pedro Sánchez siga a lo suyo, que es aprobar los presupuestos a costa de todo con tal de seguir en el poder. Sabíamos que era capaz de pactar con el diablo, pero ahora también que está dispuesto a servirles en bandeja la cabeza del Rey. Nunca la Monarquía había sido tan humillada porque aunque todos los expresidentes pactaron con los catalanes, ninguno cruzó la raya que acaba de traspasar Sánchez confinando al Rey para sus intereses personales, utilizándole como un cromo y tratándonos a los ciudadanos como a tontos, una vez más. Ahora, aludiendo a razones de seguridad para censurar la presencia de Felipe VI en la entrega de despachos a los nuevos jueces.

Iceta lo ha dicho muy claro: la presencia del Rey no agrada a los independentistas. Traducido: Solo volverá a Cataluña cuando no esté en juego el Gobierno de Sánchez. Al Presidente sólo le queda ya contactar con el concejal de Valencia para que le cuente cómo simuló saber inglés mientras le doblaba otra persona, porque solo le falta ponerle la mascarilla al Rey y hablar por él.

Y es lo de la Monarquía, pero también lo de la Fiscalía o el doloroso pésame por el etarra... porque Sánchez antepone su pacto a todo, incluso al covid o a que salgamos del pozo económico. Su prioridad es entregarse a ERC, Bildu y Podemos y encima contarnos que les une el amor a España.

Papá y mamá son Pedro y Pablo y nosotros los niños a los que, como al Rey, nos cuentan que protegen, cuando la realidad es que nos engañan y ningunean. Nos entretienen con El Valle de los Caídos o leyendo a Irene Montero mientras ellos, capaces “de llevarlo todo hasta el final”, trabajan en construirnos una nueva casa sin rey ni la palabra España en la puerta.

sábado, 19 de septiembre de 2020

La jodienda - Carlos Herrera

 La jodienda - Carlos Herrera


Que ante el derrumbe evidente Sánchez haya optado por planes ideológicos, habla de su escasa estatura

 a aquellos que pueden ser víctimas de una epidemia imprevista y sentar las bases de operatividad de todos los resortes del Estado para impulsar crecimiento y prosperidad. Pero la pandemia ha sobrevenido con un gobierno que tenía otros planes, otras preferencias, otros objetivos históricos. Y esa es la jodienda.

Cada gobierno, me decía, tuvo una tarea principal según su momento histórico. Suárez, aquél tótem, hubo de democratizar instituciones, desmontar el andamiaje del tardofranquismo, escribir una Constitución, organizar una suerte de reconciliación y, por demás, asegurarse de que, si abrías los grifos, seguía saliendo agua. Que no era poco. Calvo Sotelo, a ojos del que escribe cada vez más gigante, entendió que España debía de estar en la OTAN y lo promovió mientras debía sacudirse por igual la crisis económica correspondiente y el juicio del 23F. Al poco llegó González, y también a ojos del presente se le puede resumir su quehacer mediante dos acciones imprescindibles para nuestro país: entrar en Europa y modernizar la Administración. Felipe trabajó, con los altibajos inevitables y los peros históricos que consideremos oportunos, cara a un objetivo estratégico para la historia de España: ser parte de un club inevitable pero de acceso difícil y engrasar los resortes del Estado a favor del bienestar elemental de los españoles. Llegó Aznar y a él le correspondió modernizar la economía, hacer que España cumpliera las condiciones de Maastrich -que no las cumplía-, entrar en el euro y cobrar importancia en el reparto de papeles europeos. Su apuesta atlántica no resultó. Inopinadamente tras unas jornadas aciagas llegó Zapatero, que pudo haber continuado con la labor de sus predecesores pero que prefirió apostar por la ideología, despertar fantasmas que deambulaban somnolientos por los armarios de la historia y jugar a las casitas con nacionalistas e independentistas. En materia social creó algunos espacios estimables, aunque sucumbió ante una crisis mundial que, en puridad, no era responsabilidad suya pero que no supo afrontar con decisión. Cuando lo hizo, y lo hizo con valentía, se ganó hasta el desprecio de los suyos. En eso llegó Rajoy, cuya misión histórica claramente era superar la pavorosa crisis económica y financiera heredada, cosa que consiguió, a la par que evitar la intervención de nuestras cuentas públicas por parte de la UE.

Después de la moción de censura propiciada por un juez golfo y la traición del PNV, llegó Sánchez. Su misión histórica se vio truncada por una pandemia ante la que debía dedicar sus energías a salvar vidas y empleos. Solo con ser recordado por eso alcanzaría olimpos incluso superiores a sus antecesores. Pero se ha dedicado, en cambio, a atacar la Constitución, a amamantar tardocomunistas en el gobierno, a rondar a golpistas y filoterroristas y, por fin, a romper la concordia de los españoles con húmedos sueños guerracivilistas que no dan de comer a nadie.

Que ante el derrumbe evidente, Sánchez haya optado por planes ideológicos que dividen estérilmente a la sociedad, habla de la escasa estatura de quien, malhadadamente, ha querido el destino que nos toque a los españoles en tiempos de zozobra. La secuencia es lacerante, pero es la que hay.

lunes, 7 de septiembre de 2020

Si no sobra es que falta - Manuel Muiños

 Si no sobra es que falta - Manuel Muiños


Entre otras muchas cosas y recuerdos de la infancia vienen a la mente esas frases, dichos o refranes que de forma recurrente y en el momento oportuno, de la manera más adecuada, aparecían en escena y te dejaban cuando menos pensativo y reflexivo, algo que parece no tener mucho futuro en nuestro presente. Una de las más escuchadas, en clara referencia a la comida, era: “Si no sobra es que falta”. Una gran verdad que entraba en contradicción con aquello de “no dejar nada en el plato que hay mucha gente muriendo de hambre”. Esa sí es una realidad, la de morir de hambre, que no ha cambiado y si lo ha hecho es para peor.

Al hilo de esa generosidad gastronómica, tan sensata y elocuente, uno piensa que realmente en este momento andamos sobrados de algunas cosas y faltos de otras muchas. Más bien sobra estulticia y falta caletre. Muchos son, y alguna vez todos somos, los que andamos desatinados. Y en este momento concreto no me cabe la menor duda que sobra mucho malo y falta mucho bueno. Cada vez es más verdad aquello de que “el ruido no hace bien; el bien no hace ruido” que diría San Vicente Ferrer. De ruido andamos sobrados y de ruidosos también. Son pocos, pero arman mucho, y cuanto más ruido menos contenido. Algo hemos hecho mal los que vamos por delante en edad, en otras cosas vamos muy por detrás, y no podemos conformarnos con criticar actitudes y comportamientos de jóvenes y adolescentes de hoy cuando nuestras pedagogías de antaño dan estos resultados.

Me temo que al contrario de lo que decía mi abuela y mi madre, hoy si sobra es que falta. Andamos sobrados de conocimientos y nos falta entendimiento. Sobrados de información y faltos de formación, pero aún más de educación. Sobrados de superficialidad y faltos de profundidad. Con la mochila cargada de derechos y los bolsillos vacíos de deberes. Nos sobran exigencias y nos falta exigencia y compromiso personal. Algunos me llamarán pesimista, cada vez menos, pero andamos sobrados de optimismo y escasos de realidad. Sobrados de materialismo y consumismo, pero escasos de austeridad, ... En fin, que vivimos un momento muy complejo, un laberinto de vivencias, sentimientos y emociones encontradas, cuya salida no es fácil de encontrar y en el que muchos tienen pocas ganas de buscar.

Sin duda alguna el caballo está desbocado y es difícil poner puertas al campo y bridas al viento. Vivimos una realidad con tanta prisa que hemos tragado con todo sin tiempo para masticarlo y saborearlo, con lo cual la digestión se nos está haciendo complicada y en muchos casos imposible. En fin, si es posible “que no nos falte de ná”, pero sobre todo gobierno y entendimiento, porque la culpa de todo esto la tiene el gobierno, pero no el de la nación si no el de nuestra propia vida, por momentos ignoto.

viernes, 4 de septiembre de 2020

No estamos en la fase uno Sr Igea

 No estamos en Fase 1, señor Igea - Julián Ballestero


A la vista de la escalada de contagios resulta evidente que algo había que hacer en Salamanca (y en Valladolid) para frenar los rebrotes. Había que tomar decisiones sanitarias porque el número de contagios diarios se estaba disparando (y sigue) en las dos capitales. Lo que ya no está tan claro es que la Junta haya acertado con esa batería de medidas que anunció su vicepresidente este pasado martes.

Para empezar, no estamos hablando de las dos capitales con los datos más alarmantes de España, porque Madrid está mucho peor y allí no se han tomado decisiones tan duras como las de aquí. Y para seguir, no hay ninguna seguridad de que restringir los aforos en velatorios, misas, mesas de bares, espectáculos culturales y deportivos y todo tipo de reuniones familiares o de negocios, vaya a lograr el objetivo de contener la expansión del virus. Lo que sí está meridianamente claro es que estas medidas drásticas van a suponer un golpe quizás definitivo para la hostelería y la industria cultural, que ya salieron muy tocadas de la cuarentena y el estado de alarma.

Tampoco están claros los criterios aplicados en este nuevo decálogo impuesto a Salamanca y Valladolid. En este caso tiene razón el alcalde pucelano, el siempre histriónico Óscar Puente, cuando se queja de que la Junta limite a 25 personas el público para cualquier acto en interior sin tener en cuenta si se trata de la salita de un bar o de un pabellón para cinco mil espectadores, o cuando señala la incongruencia de permitir el mismo número de niños (25) en un aula de treinta metros cuadrados que aficionados en un inmenso polideportivo. No tiene lógica. El aforo debería estar relacionado con la capacidad (es de cajón) y ligado a la exigencia de mantener las distancias. Lo demás es jarabe de palo indiscriminado y por tanto injusto.

Da la impresión de que la Consejería de Sanidad ha decidido cortar por lo sano porque se ve incapaz de taponar la gran vía de agua en el muro de contención del virus, que no es otra que la indisciplina de quienes se están saltando a la torera las normas de distancia social, mascarillas y confinamiento. Son determinados colectivos en determinados barrios los que, con una actitud absolutamente irresponsable, están haciendo caso omiso de los médicos, los rastreadores y la Policía Local, y están engrosando la lista de contagiados y expandiendo la epidemia por la capital.

Desde luego, las limitaciones de grupos y aforos aprobadas el martes por la Junta por sí mismas no van a persuadir a los infractores habituales. Los que ya respetábamos las anteriores normas nos atendremos a las nuevas, mientras los rebeldes continuarán a lo suyo.

Solo una vigilancia reforzada por los cuerpos de seguridad del Estado y un régimen sancionador inflexible, apoyado por una normativa judicialmente consistente, podrían darle un vuelco a la situación. Por cierto, que ayer mismo, ante la inacción del Gobierno de Sánchez, las Cortes de Castilla y León aprobaron un régimen sancionador contra quienes se salten la normativa, que al menos viene a paliar el ‘limbo legal’ en el que se encuentran las multas a los infractores, aunque ya veremos qué recorrido y qué eficacia tiene.

Ha habido algo de improvisación y una pizquita de desesperación en el anuncio del martes. A mayores, y como cabía prever tratándose del ‘vice’ Igea, hubo errores de comunicación de bulto. El más grave: hablar de la vuelta de Salamanca y Valladolid a la Fase 1 de infausto recuerdo. Hay una diferencia muy notoria entre lanzar el mensaje de que se endurecen las restricciones de aforo y hablar de Fase 1, que ha sido por cierto el titular de la mayoría de los grandes medios de comunicación nacionales. De nuevo, y ya van demasiadas veces, la rama sanitaria del Gobierno regional (Igea y la consejera de Sanidad) causan un daño innecesario a la reputación de Salamanca. Ya va siendo hora de que al ‘vice para todo’ alguien (el presidente Fernández Mañueco, si se atreve) le dé una colleja y le exija contención.

Una vez que el Gobierno sanchista-comunista, cansado de equivocarse a cada paso hasta convertirnos en el peor país del mundo en la gestión de la pandemia, se ha lavado las manos, los castellanos y leoneses estamos precisamente en manos de un Gobierno regional al que le encanta prohibir, mandar y aconsejar, pero que por su lado aporta muy poco. Aquí no ha habido test masivos ni cribados, ni siquiera en las zonas donde se ha producido contagio comunitario; no se han reforzado las plantillas de los hospitales, no se ha buscado una alternativa rápida y barata a las pruebas PCR como ha hecho Galicia... La Junta nos pide que denunciemos a nuestros vecinos si se saltan las normas, pero la contratación de más personal sanitario, la formación de nuevos rastreadores, la rapidez a la hora de realizar los test o la inversión en acondicionar los centros escolares, por poner unos ejemplos, brillan por su ausencia. Mucho pedir y poco dar.

lunes, 20 de julio de 2020

Elogios - Juan José Millás

Elogios - Juan José Millás

Los fanáticos de la monarquía se refieren a ella como los ecologistas a la tortuga laúd del Mediterráneo, que se ha extinguido o está a punto de hacerlo. Hablan de Felipe VI como si padeciera una enfermedad terminal cuyo diagnóstico prefieren ocultarle. Pero Felipe VI es un adulto: deberían explicarle la situación sin eufemismos ni paños calientes. Cuando mi abuelo estaba agonizando, la gente no se cansaba de decirle que tenía toda la vida por delante, siendo evidente que la tenía toda por detrás. Contaba 102 años y había sobrevivido a tres infartos y a un sinfín de disgustos familiares. Los borbones tienen varios siglos de existencia y una familia completamente desestructurada. Se podría decir de ellos que, a base de trabajar y trabajar, o como quiera que se llame lo que hacen, han llegado a la más profunda de las miserias. Solo mencionar a Marichalar se le ponen a uno los pelos de punta. No digamos si a continuación aludes a Undargarín, o Urdangarín, ahora no sé dónde cae la primera erre, o buscas el Google el cuadro de Goya titulado "La familia de Carlos IV". Pero si te gusta la droga dura, puedes indagar en las aventuras juveniles de Felipe Juan Froilán, el del tiro en el pie.
Una vez, en la Feria del Libro de Madrid, se acercó una anciana como de un siglo para que le firmara un ejemplar. Escribí: "Para Felisa, con mis mejores deseos de futuro". No lo hice con intención irónica, sino por rutina, pues siempre pongo lo mismo. Al día siguiente apareció el hijo de la mujer blandiendo con indignación el libro dedicado a su madre. Me reprochó que le hubiera hablado de futuro a quien era evidente que carecía de él. La mujer, por lo visto, se había pasado la noche llorando en la creencia de que había tratado de burlarme de ella. Le pregunté al hijo si prefería que le cambiara la dedicatoria o que le devolviéramos el dinero y eligió lo segundo. Luego tuve que abonárselo al librero, que ni siquiera tuvo la cortesía de resistirse un poco.
Cada vez que nuestros dirigentes hablan de la solidez de la institución monárquica, me acuerdo de la dedicatoria que le puse a aquella señora. Si no fuera porque carecen de sentido del humor, pensaría que están tratando de resultar mordaces. Alguien, en la Casa Real, debería analizar seriamente esos elogios.

viernes, 17 de julio de 2020

Sánchez en Bruselas: esto son lentejas... - Césari Lumbrersas

Sánchez en Bruselas: esto son lentejas... - Césari Lumbrersas

Supongo que Pedro Sánchez se habrá caído del burro ya y habrá constatado la dura realidad a la que se enfrenta tras los encuentros que ha mantenido con algunos de sus colegas durante los últimos días. Y la realidad, de la que debemos ser conscientes todos, es esta: España acude a Bruselas, a la Cumbre Europea que comienza hoy, a pedir, sin contrapartidas que ofrecer y, por lo tanto, nos tocará tragar con lo que nos impongan. Le guste, o no, a Sánchez y, de rebote, a los españoles. La cosa es muy sencilla: vamos a pedir dinero y apoyo y nos impondrán condiciones, que serán más o menos duras, dependiendo de lo que consigan sacar adelante los Estados mal llamados “frugales”, a los que yo denomino “ahorradores” o como “el eje del mal”, que están encabezados por Holanda, y con Suecia, Dinamarca o Austria como miembros declarados del mismo.
Es evidente que los componentes del “eje del mal” tienen en el punto de mira a España e Italia. Sin embargo, se da un factor adicional que nos perjudica más a nosotros. Se quiera ver, o no, el actual Gobierno de España está formado por “los socialsanchistas” y los comunistas de Podemos. Y hablar de comunistas en Bruselas, y especialmente en todos los países del centro y del este de Europa, comenzado por la propia Alemania, provoca sarpullidos. Ahí va un ejemplo: la propia canciller Merkel procede de la Alemania que fue comunista y que estuvo sometida a la dictadura correspondiente durante más de cuarenta años. Pero es que pasó lo mismo con Polonia, Hungría, Rumania, la Republica Checa... Hablar en estos países de comunismo es “mentar la bicha”. Y eso hace que se pongan en guardia, por lo que pudiera suceder. Este, el de la presencia de comunistas en el Gobierno español, es un hecho que aquí se puede considerar normal, pero que por ahí fuera genera una honda preocupación y bastante desconfianza.
Y ya se sabe que, cuando vas a pedir un crédito o una ayuda, el hecho de generar desconfianza no es la mejor tarjeta de visita precisamente. Y así es como están las cosas hoy, cuando los jefes de Estado y de Gobierno de la UE comienzan su Cumbre para intentar alcanzar un acuerdo sobre el Marco Presupuestario 2021-27 dotado con cerca de 1,1 billones de euros y sobre el Fondo de Recuperación, para el que se quieren destinar 750.000 millones de euros. Tanto si se alcanza un acuerdo hoy, como si se convoca una nueva reunión, llegará un momento en el que dirán a Sánchez aquello de: “estas son lentejas, si quieras las comes y, si no, las dejas”.

martes, 23 de junio de 2020

¡Hasta el culo! - Olga Seco

¡Hasta el culo! - Olga Seco

La realidad actual está impregnada de inercia destinada a sobrevivir. Nuestras acciones son deseos espontáneos que claudican junto al miedo. En realidad, no parece verano, nuestra vida (la de ahora) es postulado de resignación y duda. No tenemos deseo de novedad, además, creo que a muchos les resulta complicado ejercer de turistas. Sin una cierta estabilidad es imposible reanudar la vida; junto al reposo, muchas veces, está el barullo invisible de lo negativo y el orden de las prioridades. ¿Cómo narices vamos a ir a poner las lorzas al sol si mañana igual no tenemos ni para comer? Hay dolores graves, dolores que nos sinceran con nosotros mismos, dolores que nos roban la alegría y nos convierten en renuncia constante. ¿A qué saben de lo que hablo? La indecisión (opinión subjetiva) es una fiera rumiante enjauladas junto a la paradoja...
Otros veranos acudíamos a las playas a derramar el sudor junto a la toalla, pero lo hacíamos tranquilos, sabiendo que lo terrenal es un placer que enciende todos los sentidos; ahora (sin embargo) todo es fuerza impostada por el momento y las circunstancias, una especie de profunda huella marcada en la tierra que no se borra ni con el agua del mar. Las personas, normalmente, junto a la certidumbre encontramos "motivos" pero junto a lo incierto no reparamos más que en lo fundamental. Es imposible asociar el verano a la presuposición; hasta hace un par de días estábamos pidiendo "socorro" y ahora resulta que tenemos que pedir un mojito. Es complicado cambiar de registro solo por una "explicación" conceptual: verano. Hay cosas (opinión subjetiva) que no se pueden desescalar... Una cosa es la ensoñación sonriente que en verano viste con pareo y otra es la dolorosa amargura de lo que hemos vivido, y las condiciones en las que muchos han quedado: sin padres, sin abuelos, sin trabajo y así sucesivamente. Sí, la lista es larga. Se empaña la vista con lágrimas al pensarlo.
No seamos ingenuos y veamos con claridad que el calor que más abrasa es el de la vida. No hacerlo puede llevarnos a tener un pie en el mar y otro en la charca de la muerte.
Me he probado el bikini, ¿y saben qué me ha pasado? No me entran las nalgas, sí, lo del confinamiento (sonrío) ha sido similar a la picadura de una avispa, nos ha dejado todo "inflamado". ¡Hasta el culo!

viernes, 19 de junio de 2020

Lo cotidiano buscará nuevas formas de abrirse camino - Olga Seco

Lo cotidiano buscará nuevas formas de abrirse camino - Olga Seco

Un grupo de científicos de la Universidad de Harvard nos advierte de la importancia de ponernos la mascarilla a la hora de tener sexo. Por lo visto, la "nueva normalidad" viene con ganas de turbación; ahora, sí, resulta que lo más recomendable es practicar el onanismo. Hombre, puestos a entender, no hay nada más valoroso que hacerlo con uno mismo. 
No sé si son curiosidades intelectuales o personales (sonrío) pero les confieso que he leído todas las recomendaciones de cabo a rabo. La verdad, debo decir, que junto al pretexto de la curiosidad (muchas veces) está el morbo. ¿Qué será lo próximo? ¿Hervir preservativos? 
En realidad nuestra existencia se escora al aniquilamiento de todo contacto físico. Pronto nuestro vivir será un ilusorio "ver de lejos" y poco a poco iremos sepultando interiorme todo tipo de deseos y ganas. Es curioso, siempre se desdeño la individualidad, y ahora se aplauda. Fíjense, lo que durante todo la vida se ha dicho sobre la masturbación, y ahora resulta, que debemos de incorporarla a nuestra vida para protegernos de un virus. Lo cotidiano, lo veo venir, acabará sirviendo al recuerdo y buscará nuevas formas de abrirse camino. Aquí ya no hay cuerdos, ni locos: vamos a acabar todos (sonrío) igual que las cabras. 
Hagan acopio de juguetes sexuales (por supuesto individuales) que los cortejos, al paso que va todo, en un futuro pueden llegar a ser motivo de multa. Y así nos ha compensado tanta modernidad, nos creíamos superiores, y resulta que a día de hoy somos esclavos de un puto virus y sus derivadas. Igual (opinión subjetiva) es el momento de tener ideales más profundos y ver en lo superficial una forma de inexistencia. No, no existen realidades concretas; ahora lo estamos viendo y viviendo con la experiencia... Considero que el hoy y el ahora son la única realidad que va modelando nuestra vida y nuestro mundo. ¿Lo demás? Nombres aleatorios que le vamos dando a la nada. 
El pensamiento siempre nos acerca lo que no tenemos a mano. Se me antoja darle un final "sublime" a la columna de hoy y terminar con un beso. Sí, pero un beso con lengua; de los que te dejan trastocado muchos días. Creo que besar con mascarilla es similar a beber una cerveza sin alcohol.

martes, 16 de junio de 2020

La tercera Alejandra - Arturo Pérez Reverte

La tercera Alejandra - Arturo Pérez Reverte

Era la travesti –entonces se llamaban así– más guapa que vi nunca: morena, alta. Alejandra, se llamaba. Y según como la mirases podía parecerse a Candice Bergen y a Julia Roberts. Sólo cuando te fijabas mucho, sobre todo en las manos y la nuez del cuello, intuías que aquello tenía gato encerrado. Y realmente lo había; pues aunque ella ejercía la prostitución, o precisamente la ejercía por ese motivo, en realidad ahorraba para operarse lo que la naturaleza, que a veces es tan hermosa como malvada, le había puesto de sobra.
La conocí a finales de los años ochenta, haciendo unos reportajes para televisión sobre el lado más duro de las noches de Madrid. Ese mundo estaba entonces menos visto que ahora y era más noticia, pero mover una cámara en esos ambientes no era fácil. Durante un tiempo anduve entre putas, chulos de putas, drogadictos, camellos, atracadores y policías. A veces, los infiernos rondaban cerca. Era como ir en taxi a la guerra; a otra guerra no tan espectacular, pero casi tan cruda como las habituales. Me movía bien, respetaba las reglas, sabía escuchar y cómo hacer que la gente hablara. Mi oficio era hacerme aceptar, y lo conseguía con labia y pagando copas o lo que hubiera que pagar. Y fue así como me hice aceptar por Alejandra.
Decir que éramos amigos sería excesivo. Tenía información que yo necesitaba, sobre ella misma y sobre el ambiente en que vivía. Al principio la compensaba por su tiempo. Tomábamos copas en el Madrid peligroso o paseábamos conversando. Apareció en algunos reportajes de forma discreta, sin comprometerse y sin comprometerla. También fue a La ley de la calle, aquel programa de radio nocturno que tenía con mis compadres Juan el yonqui, Ruth la puta, Manolo el policía y Ángel Ejarque, ex boxeador, pícaro profesional y rey del trile callejero. Nos íbamos de copas todos juntos y Alejandra lo pasaba bien. Creo que me tenía afecto. Yo, desde luego, se lo tenía. Era buena persona. Conocí con detalle su vida desgraciada y terrible, despreciada por un mundo en el que tenía difícil encaje. Recuerdo una coletilla suya que surgía a menudo en la conversación: lo máximo a que aspiraba. Un buen hombre que me quiera, repetía. Un buen hombre que me quiera.
Lo pasábamos bien en aquellas noches de copas, cigarrillos y bares canallas. Se reía con mis chistes malos, y yo con ella. Una vez tuvimos bronca seria con mala gente de la que, en buena parte gracias a su temple, salimos bastante bien parados. A su lado aprendí la eficacia de un tacón de aguja como arma defensiva. Era ingeniosa, sarcástica, divertida y valiente, y muchas veces me pregunté cuánto de bueno podía haber habido en su vida de discurrir ésta por otros cauces. Sin este destino cabrón que tanto nos marca, nos enreda y a veces nos condena.
Dejé la radio, dejé la tele, dejé las guerras, escribí novelas y a Alejandra la perdí de vista. La encontré catorce años después, teñida de rubio, en la esquina de la calle de la Bolsa. Ya no era tan guapa. Seguía ejerciendo el oficio. Nos metimos en un bar como en los viejos tiempos y me contó aquellos años sin suerte: una operación de cambio de sexo que no salió como esperaba, un hombre no tan bueno que no la quiso tanto como soñó que la quisieran. Aun así, el viejo orgullo la mantenía erguida frente a mí, sin perder la compostura: digna como la señora que siempre fue, o siempre quiso ser. Nos despedimos tristes, y con sólo dos palabras detuvo mi ademán de sacar la cartera y dejarle algo en el bolso para ayudarla.
Transcurrieron otros doce años sin que volviese a verla. Y poco antes de la pasada Navidad la encontré en los soportales de la Plaza Mayor, donde se sitúan los vendedores de abetos. O más bien creí que era ella. Estaba sentada en una sillita ante una lona sobre la que había trozos de corcho de los que se venden para ambientar los belenes. De nuevo morena, avejentada, gorda, con arrugas en la cara y calentándose las manos en los bolsillos de un anorak sucio. Pensé que era Alejandra, y para comprobarlo me puse delante, contemplando los trozos de corcho. Pero no dio muestras de reconocerme. Me miró a los ojos y su mirada resbaló al vacío, perdiéndose en la plaza. Eso me hizo dudar, así que me agaché y cogí un trozo de corcho. «¿Qué vale?», pregunté. Me miró de nuevo como se mira a un desconocido. «Cinco euros», repuso seca. Le entregué un billete de 50 y movió la cabeza. «No tengo cambio», dijo. Respondí que daba igual, que el trozo bien podía valer esa cantidad. Sin manifestar sorpresa ni dar las gracias, se metió el billete en el bolsillo y volvió a mirar hacia la plaza. Entonces di media vuelta y me alejé con mi trozo de corcho en la mano. Sabiendo que me había reconocido y que era ella.

jueves, 11 de junio de 2020

El cocodrilo, el rey y otras cosas de no creer - David Torres

El cocodrilo, el rey y otras cosas de no creer - David Torres

Hay que reconocer que nos está quedando un año la mar de raro, un año apocalíptico en todos los sentidos del término, aunque también es cierto que la cosa ya venía de antiguo. Probablemente el motivo por el que muchos escritores hemos abandonado la ficción y nos dedicamos a escribir sobre la realidad es el mismo por el cual la realidad ha perdido su pátina habitual de tedio y rutina para dedicarse a escribir novelas. Hoy, por ejemplo, iba en el metro y veía a toda la gente en el vagón con la cara tapada con mascarillas, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo para ir a atracar un banco, cuando lo habitual es que el banco desvalije a la gente sin desplazamientos ni embozos ni pretextos de ningún tipo. Nos mirábamos unos a otros intentando reconocernos desde algún rincón del pasado, como concubinas perdidas en un harén subterráneo o más bien como niños jugando a indios y vaqueros en un túnel del tiempo donde no quedaba ya un solo indio.
Vivir en medio de la era del coronavirus es igual que tomar parte en una película fantástica cuyo decorado es el mundo entero, salvo para Casado, Abascal y otros conspiranocios que todavía creen que la pandemia la inventaron entre Sánchez e Iglesias en un laboratorio chino con la ayuda del lobby feminista y la intención de desestabilizar el orden mundial, dar un golpe de estado contra el capitalismo y proclamar una dictadura universal comunista con capital en Caracas. No son los únicos que lo creen, porque además hay gente que les vota. Estos días abres el periódico y te salta a los ojos la tontería más grande que te quepa imaginar, noticias del estilo de Javier Maroto diciendo que las residencias de ancianos son competencia directa del gobierno, que el 8-M era contagioso (ahí está él para demostrarlo) y que por eso se casó con su novio en diferido y dentro de un armario en Sotosalbos.
Aun así, día a día, la realidad se empeña en subir las apuestas a base de titulares completamente inverosímiles, el penúltimo de ellos, el del cocodrilo que tiene acojonado a Valladolid, con los diarios locales trasvasados a un tebeo de Tarzán y la guardia civil rastreando la confluencia del Duero y el Pisuerga. Tenía que ser precisamente en Valladolid, donde hace unos años había un alcalde, León de la Riva, que por sus comentarios machistas, homófobos y racistas, parecía haber salido de la misma charca que el cocodrilo. Entre el murciélago de Wuhan y el cocodrilo de Valladolid, la fauna del mundo entero no para de desmadrarse, ocupando portadas y saltando a las calles desde selvas, bosques, reservas naturales y documentales de la 2.
No menos inverosímil y no menos cocodrilo resulta la noticia de que la Fiscalía Anticorrupción podría iniciar diligencias para aclarar el tremendo lío fiscal del rey emérito y las acusaciones de cohecho por las comisiones del tren de alta velocidad en Arabia Saudí. Diligencias, un término muy adecuado para la justicia española, la cual, en relación a los borbones, viaja unas veces en calesa y otras en parihuelas. Han tardado lo suyo, aunque no tanto como la justicia sueca, que acaba de anunciar que próximamente va a resolver el asesinato de Olof Palme con 34 años de retraso. La globalización aplicada a la corona española viene a corroborar la velocidad de transmisión de un virus desde China: una investigación en Suiza puede terminar con un exilio en la Repúbica Dominicana. Sin embargo, conociendo el percal, lo más probable es que don Juan Carlos haga como Manolo Gómez Bur en aquella película en que, acusado de un crimen, prefería que le aplicasen un artículo de un código penal de la Edad Media: "El exilio, si pudiera ser a Zamora, es que tengo familia".

domingo, 17 de mayo de 2020

Malentendido - Juan José Millás

Malentendido - Juan José Millás

A un individuo que se presentó en las urgencias de un hospital de Madrid, donde dio positivo en la prueba de la Covid-19, le preguntaron dónde y con quién había estado durante los días anteriores. El hombre hizo memoria y detalló todos sus movimientos, ocultando un encuentro que había tenido con su amante en un apartamento prestado. Ahí se produjo un agujero en el tapiz de la seguridad sanitaria. En cuanto a la amante, que tardó una semana en dar síntomas, le contó al epidemiólogo en qué había ocupado cada una de sus horas, a excepción de las de aquella tarde de un miércoles dedicadas a la pasión amorosa extramatrimonial. El agujero se agrandó.
Entre tanto, el microorganismo infeccioso había alcanzado también los pulmones de la esposa del adúltero y la garganta del marido de la adúltera, quienes tenían a su vez amantes cuya existencia negaron ante las autoridades sanitarias. El amor, en fin, comenzó a sembrar la enfermedad y la muerte ajeno a su capacidad multiplicadora. Como una fotocopiadora a la que solicitas dos copias y saca por error dos mil, aquel conjunto de genes envueltos en una proteína iba reproduciéndose a mil por hora en las habitaciones de los hoteles, en los bares de la medianoche, en los apartamentos clandestinos.
En una de esas, los dos amantes primigenios, Eva y Adán, podríamos decir, coincidieron, gravemente enfermos, en la misma habitación del hospital, la cama de él junto a la de ella. Con los ojos opacados por la fiebre y los tubos atravesándoles los labios, se miraron y esbozaron una sonrisa de complicidad.
-Tu amor me mató -logró susurrar ella.
-Fue el tuyo el que acabó conmigo -se defendió él.
Luego permanecieron mirándose sin apenas verse hasta que la debilidad obligó a ambos a cerrar los ojos. Murieron con dos horas de diferencia y sus cadáveres, por error, fueron cambiados de féretro, de modo que la familia de él despidió el cuerpo de ella y la de ella el de él. De haberse podido encontrar en el infierno, en el cielo o donde quiera que fueran sus almas, si las almas de los adúlteros van a alguna parte, habrían echado unas risas al enterarse del malentendido final.

jueves, 14 de mayo de 2020

Casado en plan científico - David Torres

Casado en plan científico - David Torres

Casi me atraganto de la risa al leer que Pablo Casado ha propuesto un pacto de estado por la sanidad para fortalecer el sistema nacional de salud y la investigación científica. Es un chiste de tres toneladas, de los de mear y no echar gota, no sólo por el desmantelamiento de la sanidad pública que ha realizado el PP a lo largo de las últimas décadas en diversas comunidades autónomas, sino también por los cuantiosos destrozos en el terreno educativo y por su sempiterno desprecio hacia las artes y las ciencias. Algo que les viene ya de antiguo.
Anda que no tiene chufla que Casado denomine Plan Cajal a su proyecto de unidad cuando lo primero que hizo Franco tras el triunfo del golpe de estado fue exiliar, represaliar e inhabilitar a la mayoría de científicos y médicos al frente del Instituto Ramón y Cajal y de la Junta de Ampliación de Estudios. De los casi 600 catedráticos que había en la universidad española, unos 200 huyeron por patas al extranjero, 150 fueron desposeídos de su cátedra y 20 pasados por las armas. Y no fusilaron al propio Cajal porque se había muerto en 1934. Forges resumió en una viñeta magistral lo que era la cultura en tiempos del franquismo: se veía al dictador manejando unos títeres en un guiñol y cuando un edecán venía a informarle que le habían dado el premio Nobel de Literatura a Juan Ramón Jiménez se oía su vocecita de eunuco: "Los trinquen".
Lo más cerca que Casado habrá estado nunca de un proyecto científico fue cuando le regalaron un Quimicefa por la primera comunión, hasta que la semana pasada visitó un laboratorio para hacerse varias fotos disfrazado con una mascarilla y una bata blanca. Está muy preocupado porque el plan de desescalada del gobierno le parece caótico y partidista, y ha pedido conocer los nombres de los supuestos expertos que asesoran a Sánchez. Necesita saberlo, ante todo, para iniciar una campaña de desprestigio contra ellos más o menos similar a la que han lanzado contra el epidemiólogo Fernando Simón, al que sus seguidores acusan de no tener ni puta idea de nada y mucho menos de luchar contra una pandemia. Para ello, Casado cuenta con un comité alternativo de expertos formado por Quique San Francisco, Pablo Motos, Ana Rosa Quintana, Javier Negre y muy en especial, Fran Rivera, que dice que hay que aislar al bichito, sacarlo a los medios, pegarle unas chicuelinas y matarlo de una estocada en toda la proteína. Eso si Teodoro García Egea no lo desgracia antes con un certero huesazo de aceituna.
Cuando casi tengo que llamar a urgencias es en el momento en que Casado ha puesto a Ayuso como ejemplo de gestión eficaz que debería seguirse en toda España: pensé que, viendo lo que ha hecho en Madrid con las residencias de ancianos, lo siguiente sería declarar una ley de eutanasia obligatoria en todo el territorio. Al menos Casado ha preferido desligarse de la iniciativa de manifestación automovilística propuesta por Vox para el próximo 23 de mayo, donde pretenden ahuyentar al bichito conforme a la estrategia típica de esta gente: gritos, banderas y bocinazos. Ya sabemos que la propuesta de Abascal consiste en una España avanzada científicamente con la ayuda de Dios, es decir, más o menos el mismo concepto que Franco, quien habría ordenado primero una misa y luego una batida contra la pandemia judeomasónica para cazarla a perdigonadas, como si los virus fuesen codornices.

jueves, 7 de mayo de 2020

Después de dos cañas - Juan Carlos García-Regalad

Después de dos cañas - Juan Carlos García-Regalad

Me llama mi amigo Daniel para comentar la nueva prórroga del estado de alarma arañada ayer in extremis por Sánchez. Los dos estamos en contra de seguir con esta medida de “venezuelización” de España, pues los dos sabemos que gran parte del país está, estamos, en la antesala del desolladero social y económico, no tanto por culpa de la crisis sanitaria causada por el virus chino, como por culpa de la mala y, sobre todo pérfida, gestión del Gobierno socialista-comunista que tenemos la desgracia -y la vergüenza- de sufrir.
Daniel habla de la necesidad de sacar este (des)Gobierno del poder más pronto que tarde, estando como estamos ya en el umbral de la ruina y el desvarío absolutos, aunque le preocupa que la gente (la masa adocenada, los “couch potatoes” españoles), se olvide de lo que está ocurriendo cuando llegue la hora de botar, perdón, votar. Y ante mi tesis de ¡Cómo es posible que haya quienes aún no se bajen del burro!, remata su teoría, reconozco que la mejor definición de la inconsciencia del español medio: la gente se toma dos cañas y ya no se acuerda de lo que ocurrió. La semana pasada, otra amiga defendía por mensaje lo mismo: “La gente no aprende, querido. Nada. Ni aprende ni cambia”. Uuuffff... Y aunque no me queda otra (la realidad, la cruda realidad) que darles a ambos la razón, no puedo aceptar que El Mal se haga con el control de nuestras vidas, de nuestras obras, de nuestros destinos, que es lo único que pretende el tándem Sánchez-Iglesias y la caterva de indocumentados y analfabetos que les sostienen, incluida la única persona que, de ese “grupo salvaje” (gracias Sam Peckinpah), es “normal”; aunque su normalidad no supere lo indigno de sentarse a una mesa con esos señores y señoras. Sincerely yours, no te entiendo Margarita.
Por lo tanto, desde los pocos, poquísimos medios que mantenemos la independencia y la libertad (bien hoy escaso), tenemos la obligación -escribir no es jugar- de hacer que dos cañas no nos hagan olvidar ni a los muertos ni a las víctimas, que somos todos.

jueves, 30 de abril de 2020

Brujos contra el virus - Ánxel Vence

Brujos contra el virus - Ánxel Vence

Es fama que la gripe se cura en una semana con medicinas y en siete días sin ellas; pero eso no impide que cientos de brujos estén ofreciendo fórmulas mágicas para acabar con el virus -mucho más letal- que actualmente nos aflige. Aunque los hombres de ciencia coincidan en que no hay vacuna, ni medicamento, ni antiviral que permita la prevención o el tratamiento del Covid-19, nada de eso disuade a los magos de proponer sus remedios, por lo general "naturales" y "alternativos".
Sugiere por ejemplo el todavía rey del mundo, Donald Trump, que un buen chute de desinfectante en vena o una ración extra de rayos UVA podrían espantar del cuerpo al virus de la corona; y en esto se conoce que lidera al Partido Republicano. No es Trump el único, aunque sí el más famoso e influyente de los devotos de la brujería que la epidemia en curso ha hecho emerger por todas partes.
Unos proponen el tabaco como excelente preventivo del contagio; otros el consumo de alcohol, de limón o de jengibre; y los más tradicionales ensalzan las virtudes del ajo y de la cebolla para ponerle freno a la epidemia.
Quizá el más animoso de todos sea el gobernador keniano de Nairobi, Mike Sonko, que se dedica a repartir botellas de coñac entre sus administrados en la creencia de que un buen lingotazo será mano de santo contra el coronavirus. Funcione o no la recomendación, al menos les habrá alegrado la vida un rato, aunque la resaca no se la va a quitar nadie.
Todo lo contrario a lo que ha propuesto una exministra de Educación del Perú, de nombre Marilú, quien recomienda a sus compatriotas beber agua -y no coñac- cada quince minutos. De acuerdo con su opinión, el agua, aunque sea del grifo, arrastra al virus hasta el estómago, en donde los jugos gástricos darán cuenta de él en un periquete.
Otros, como el antes mentado Trump, sugieren que el virus no resiste los efectos del calor, por lo que un buen baño de sol o la ingestión de bebidas calientes tales que el té o el café ayudarían extraordinariamente a mantenerlo a raya.
Mucho más moderado, el presidente de Turkmenistán, Gurbanguly Berdymukhamedov (con perdón) ha difundido un vídeo en el que aconseja a sus súbditos el uso de la pimienta y la quema de hierbas medicinales como prevención infalible contra el bicho. La medida es puramente profiláctica, dado que un anterior líder de Turkmenistán, Saparmurat Niyázov, había prohibido ya por ley la existencia de enfermedades infecciosas, ya fuesen de origen vírico o bacteriano. Y la disposición sigue en vigor, aunque no es seguro que los virus lean el BOE de esa feliz república.
Infelizmente, los médicos y la OMS no paran de desmentir el supuesto efecto preventivo o terapéutico de cualquiera de esas pócimas milagrosas. La mera lógica sugiere, por ejemplo, que la exposición a altas temperaturas no le da ni frío ni calor a un virus que ya se ha propagado por países con todo tipo de climas, incluido el tropical.
La arribada de los brujos parece, en todo caso, un fenómeno natural en tiempos de confusión como los actuales, tan propicios al surgimiento de vendedores de crecepelo que desafían a la ciencia, siempre fría y poco dada al populismo. Inquieta, si acaso, que entre ellos figure el gobernante más poderoso del planeta; pero es que el mundo gira al revés últimamente. A este paso, los colegios profesionales de hechiceros van a acabar protestando contra esta intromisión en sus dominios.

lunes, 27 de abril de 2020

El coronavirus según Groucho - David Torres

El coronavirus según Groucho -  David Torres

Con el coronavirus pasa que cuanto más sabemos de él, menos seguros estamos. No hace falta propagar bulos ni inventarse datos porque los organismos oficiales, desde el gobierno chino al español, pasando por la OMS, son una auténtica fábrica de incertidumbres. Por ejemplo, el protocolo con mascarillas y guantes. Primero nos dijeron que había que ponerse mascarillas y guantes; luego matizaron que no, que podía ser contraproducente, que mejor colocarse la mascarilla y los guantes sólo a la hora de hacer la compra; después llegaron los expertos chinos y dijeron que en Europa no teníamos ni puta idea de hacer las cosas, que había que ir con mascarilla nada más asomar la gaita por la puerta de casa. Lo más seguro es que vete a saber, porque el kilo de mascarillas está desplazando al patrón oro y al barril de petróleo, y además las hay de tantos tipos que al final acabaremos extendiendo el carnaval hasta Nochevieja.
Para colmo, de los expertos chinos tampoco te puedes fiar mucho, porque lo mismo te venden mascarillas para disfrazarse de doctor Lecter que pruebas rápidas defectuosas por toneladas. El otro día una dio positivo en un señor de Manchester, quien no tenía síntomas de coronavirus pero resultó que estaba embarazado de mellizos. En cuanto a las cifras de víctimas que los chinos han manejado desde el inicio de la pandemia oscilan entre el farol y la coña marinera: tres mil y pico, chino arriba, chino abajo, contando despistados. Un poco menos y dicen que sólo se les ha muerto un gato. Las estimaciones oficiosas -hechas a partir de las urnas funerarias desplazadas en camiones y los números telefónicos dados de baja en los últimos meses- van desde unos cincuenta mil fallecidos en Wuhan a los más de 21 millones de celulares evaporados en todo el país durante los últimos tres meses. Suena raro, sí, pero a lo mejor se pasaron todos de golpe a Vodafone.
Por una vez hay que darle la razón a Donald Trump cuando suspendió la financiación de la OMS no sólo porque su director ha alabado la transparencia de Pekín (es verdad: no hay ni que rascar el cristal para ver la mierda), sino porque fallan más en sus recomendaciones y pronósticos que una escopeta de feria. Aparte de los guantes y las mascarillas, también la han liado parda con el ibuprofreno, sobre el cual al principio decían que agravaba los síntomas, después que no pasaba nada y ahora desaconsejan su uso aunque no ven que provoque ningún efecto negativo. Por momentos da la impresión de que la OMS la dirige el doctor Hackenbush, aquel personaje de Groucho Marx que le decía a una señora hipocondríaca que agitase todo el tiempo los brazos. "¿Y así me curaré, doctor?" "No, pero no quedará ni una mosca". Cuando la señora protestaba muy enfadada porque le habían enseñado una placa de rayos X que demostraba que no padecía ninguna enfermedad, el doctor Hackensbush replicaba: "¿Ah sí? ¿Y a quién va a creer? ¿A mí o a esos embusteros rayos X?"
Es verdad, la cosa no está para bromas, por eso no se entiende que casi cuatro meses después todavía no haya nada casi seguro sobre esta enfermedad, excepto que no, joder, no es una puta gripe. Se decía que no atacaba a los niños pero ya han muerto unos cuantos; que no se llevaba por delante más que a los ancianos, pero hay miles de jóvenes fallecidos; que no se contagiaba a los animales y se ha infectado hasta un tigre del zoo de Nueva York, como para no andarse con ojo con las mascotas.
Por no saber no se sabe ni el origen del bicho: que si un chino se había comido un murciélago en mal estado, imitando a Ozzy Osbourne; que si otro se había follado un pangolín con mala leche. Hasta hoy, una de las pocas certezas es que los especialistas descartan el origen artificial del coronavirus, pero el biólogo Luc Montaigner, premio Nobel de Medicina en 2008, asegura que se trata de una manipulación genética de un laboratorio de Wuhan donde hubo una fuga accidental mientras investigaban una vacuna contra el SIDA. Yo de vacunas sé lo mismo que José Manuel Soto, Fran Rivera o Quique San Francisco, pero ésta, la verdad, me parece la bomba: funciona igual que aquel sistema antirrobos de James Bond, que intentabas forzar la cerradura y el automóvil explotaba hecho cachos. A ver si la posverdad va a ser esto.

martes, 24 de marzo de 2020

Sánchez, por favor, no cojas el virus - Julián Ballestero

Sánchez, por favor, no cojas el virus - Julián Ballestero

Quién nos iba a decir que a estas alturas de marzo estaríamos rezando para que Pedro Sánchez no coja el virus, porque tras la baja de Carmen Calvo (otra enferma entre las pancarteras del coronavírico 8-M), Pablo Iglesias sería presidente en funciones y daría un golpe de estado al estilo caribeño, porque va en sus genes comunistas.
En fin. Quién nos iba a decir que a estas alturas estaríamos encantados de poder seguir hablando de las ocurrencias de los golpistas catalanes, como hacíamos hace menos de un mes, y de la España que se rompía ante las narices de un Gobierno tancredo, de los problemas de quiebra de la Seguridad Social o del crecimiento descontrolado de la deuda pública.
Todos esos asuntos han sido barridos por el viento de la pandemia. Llevo tres semanas opinando sin parar del coronavirus. He escrito de casi todo, casi siempre para criticar y muchas veces para pronosticar catástrofes. Lo cierto es que algunas denuncias fueron premonitorias. Por ejemplo, el viernes días 6, hace dieciocho días, escribí: “La epidemia de coronavirus lleva camino de convertirse en la fosa del Ejecutivo socialcomunista, cuya debilidad, falta de coherencia y capacidad para producir insomnio a los españoles se está confirmando a medida que avanza la enfermedad... Les han atropellado los contagios y van a acabar anunciando, tarde y mal, las prohibiciones que se negaron a aplicar cuando se veía venir la explosión de casos”. Augurio confirmado.
Dos días después, el 8 de marzo de nuestros pecados, decía en esta misma página: “El Gobierno tenía hoy domingo una buena oportunidad para demostrar su sensibilidad con la epidemia adoptando alguna medida para evitar el contagio en las manifestaciones del Día de la Mujer que se prevén multitudinarias. No lo ha hecho... Parece que el alineamiento sin fisuras con la ideología de género está muy por encima de la defensa de la salud de todos los españoles”. Otro pronóstico cumplido.
Y han sido críticas no solo al Gobierno, también a la Junta. El día 12 apunté: “El tiempo dirá si las recomendaciones aprobadas ayer resultan suficientes para evitar el contagio descontrolado en Castilla y León, aunque Mañueco se arriesga a quedarse corto y a tener que adoptar en los próximos días o semanas las medidas más duras”. En efecto, se quedó corto y ahora propone restricciones más duras que las aprobadas por el Ejecutivo sanchista.
Al día siguiente tocaba de nuevo mirar a Moncloa. Era el día 13 y en aquel artículo indicaba: “El presidente del Gobierno anunció ayer algunas iniciativas de medio pelo, tras un mes de esconder la cabeza en la arena. Sánchez debería declarar el estado de alarma, diseñado justamente ante crisis sanitarias, tales como epidemias y situaciones de contagio graves”. Esa vez el Ejecutivo de la nación acabó por moverse, pero como siempre tarde y mal, como censuraba en un “De calle” el domingo día 15: “Ayer mismo el Gobierno volvió a las andadas al retrasar veinticuatro horas la urgente y vital declaración del estado de alarma, en una jornada donde los afectados por el coronavirus se dispararon un 35%”. Y el día 17 martes desmontaba en estas páginas el mantra sanchista de que este Gobierno no hace sino seguir las indicaciones de las autoridades sanitarias y de los expertos: “La OMS insistió ayer en que no podemos luchar contra esta pandemia si no sabemos quién está infectado. El director general de la Organización Mundial de la Salud ha lanzado un mensaje muy simple a todos los países: pruebas, pruebas, pruebas. Y en España, en Castilla y León y en Salamanca, se han limitado las pruebas y por tanto se trabaja con cifras de afectados que nada tienen que ver con la realidad. Es solo un detalle revelador sobre en manos de quién estamos”.

Hace siete días me producía terror que estuviéramos en manos de Sánchez y ahora me produce pánico pensar que podemos estar en manos de Iglesias. Solo nos quedan las plegarias.

domingo, 22 de marzo de 2020

Mal humor - Juan José Millás

Mal humor - Juan José Millás

Una copa por videoconferencia
Quedo con un escritor amigo para tomarnos un gin tonic a las seis de la tarde. A esa hora, nos conectamos por Skype y brindamos rozando la pantalla de los ordenadores con el borde de nuestras copas. Los primeros minutos resultan un poco incómodos: o bien nos quitamos la palabra o bien nos quedamos mudos a la vez. La conversación no fluye como cuando nos citamos en el bar. Poco a poco, sin embargo, vamos acostumbrándonos a la situación. Los vapores de la ginebra ayudan. Los frutos del enebro poseen propiedades extraordinarias. Entonces, me fijo en lo que hay detrás de la cabeza de mi amigo: una estantería llena de libros por cuyos lomos identifico el título y el autor. Voy repasándolos uno a uno, disimuladamente, y no veo ninguna novela mía. Podría haber colocado una, pienso, aunque fuera por cortesía.
El asunto me irrita, pero lo disimulo. Hablamos durante media hora de la vida cotidiana y nos damos consejos para soportar con entereza el confinamiento. Él dice que lee mucho.
-Nada mío -le digo intentando no parecer disgustado.
-¿Por qué? -pregunta.
-Estoy viendo los libros que tienes detrás.
-Y yo -responde- también veo los de tu estantería. No hay ninguno mío.
Me doy la vuelta y compruebo que lleva razón. Estamos empatados. La situación nos obliga a echar unas risas y a reflexionar sobre la vanidad. Los escritores vivimos bajo la continua tentación de este vicio. No bajamos la guardia ni en los tiempos del cólera. En esto, mi amigo tose y me protejo la cara, como si los virus pudieran atravesar su pantalla y la mía para darme alcance.
-Te veo muy sensible -dice.

Lleva razón. La reclusión me vuelve irritable. Creo que busco excusas para enfadarme todo el rato. Incluso cuando estoy solo me cabreo conmigo mismo por cualquier insignificancia. Al despedirnos, mi amigo asegura irónicamente que la próxima vez podré ver detrás de su cabeza mis obras completas. Le doy las gracias, cuelgo, y apuro de mal humor el último trago de la copa.

sábado, 29 de febrero de 2020

Medidas sí, pero sin perder la calma - Julián Ballestero

Medidas sí, pero sin perder la calma - Julián Ballestero

El coronavirus se acerca. Ha llegado a Castilla y León y todo hace prever que pronto tendremos algún caso en Salamanca. Ante lo inevitable, conviene mantener la calma y que no cunda el pánico. Las autoridades sanitarias están preparadas para afrontar esta versión de la gripe y no hay motivos para adoptar medidas extremas. Sin embargo, el miedo es libre.
Lo peor de la epidemia, que pronto será pandemia, no es tanto su letalidad como las consecuencias de la ola de pánico que provoca. Pero, ¿quién ha causado el pánico en todo el planeta? ¿Los medios de comunicación, las autoridades sanitarias o los gobiernos? Quizás un poco los tres, aunque unos más que otros. Podemos acudir a los orígenes de ese miedo cerval que está paralizando el mundo, y preguntarnos quién comenzó por aislar a millones de personas, por enviar al ejército a acordonar ciudades enteras, quién suspendió el Mobile, quién clausuró aeropuertos, las fábricas y las escuelas en varios países quién ha cerrado las fronteras y ha puesto en cuarentena a todos los ciudadanos procedentes de zonas de riesgo.
Los medios de comunicación lo hemos ido contando, con mayor o menor acierto, pero, salvo vergonzosas excepciones surgidas casi siempre en tertulias de analfabetos, sin fomentar el alarmismo ni exigir medidas de control superiores a las ya adoptadas. No hemos sabido tranquilizar a la población, pero tampoco hemos sido los agentes principales en esta epidemia de pavor.
Desde luego, los datos facilitados por las autoridades sanitarias no justifican semejante alarde de medidas adoptadas por los gobiernos y que están causando ya un daño enorme a la economía mundial, tan grave que puede provocar cierre de fábricas, despidos, desabastecimiento, pobreza, hambre y más muertos que la epidemia.
La primera norma a la hora de abordar una crisis sanitaria como la del coronavirus debería ser deslindar con claridad lo que sabemos y lo que ignoramos. Sabemos que estamos ante un virus nuevo entre una larga lista de virus contagiados a humanos. No se trata por tanto de una sorpresa o de una circunstancia insólita, porque en las últimas décadas hemos detectado, sufrido y superado unos cuantos casos similares (el SARS, el MERS, la gripe aviar, la gripe A... todos ellos mucho más letales que el COVID-19).
También sabemos que el coronavirus pasó de animales a hombres en la ciudad china de Wuhan y allí el porcentaje de fallecidos sobre el número de enfermos ronda el 3%, mucho más alto que en el resto del mundo, donde los contagiados han sufrido una letalidad situada en torno al 0,7%. No está claro que el COVID-19 cause más mortalidad que la gripe común, que el año pasado mató al 1,2% de los españoles infectados (525.300 casos y 6.300 muertes), según el CSIC.
Las estadísticas indican que la inmensa mayoría de las muertes se producen en ancianos con patologías previas y que los niños apenas enferman, aunque no se sabe muy bien por qué. Tampoco hay conclusiones definitivas, por el momento, sobre la transmisión. Dicen los expertos que se está propagando más rápido que la gripe común pero que las vías de contagio son similares.

En todo caso, las estadísticas no avalan la alarma mundial ni las medidas drásticas adoptadas en China y otros países afectados. Hay ya expertos en este tipo de patologías que proponen rebajar las alertas y pasar a una segunda fase en la que se renuncie al control de la propagación del coronavirus y se empiece a considerar al COVID-19 como una gripe más y tratarlo con las mismas medidas generales recomendadas frente a la dolencia más común. Sería una decisión de riesgo, aunque más acorde con la opinión de los virólogos. De momento, preparémonos para adoptar medidas de protección sin perder la calma.