viernes, 31 de mayo de 2019

Invisibles - Anita Batwin

Invisibles - Anita  Batwin


Hoy es el día mundial de la Esclerosis Múltiple. Imposible no hablar de ello, como una de las 55.000 personas afectadas por la enfermedad en nuestro país. Dos de cada tres somos mujeres. El diagnóstico suele darse entre los 20 y los 40 años.
Este año se ha dedicado a visibilizar la enfermedad y sus síntomas. ¿Cómo medir el dolor?, ¿cómo poder tan siquiera explicarlo?, y es que los espasmos musculares, la rigidez, el dolor neuropático y otros síntomas pueden hacer el día a día muy complicado e indescriptible.
Es muy complejo hacer visible y tangible algo que no lo es. Si ves a alguien que lleva una escayola, sabes que seguramente se ha roto un hueso y que le duela. Probablemente porque has sentido algo parecido o conoces a alguien que le haya pasado. Eres capaz de empatizar con ese dolor y hacerlo visible en tu imaginario. Pero una enfermedad como esta, son tantos síntomas diversos y muchas formas de encararla también, es aún una asignatura pendiente.
Muchas veces he sentido que se me juzgaba y se ponía en entredicho mi dolor o mi sufrimiento: “si parece que estás muy bien”, oía. O “eres una quejica y una exagerada”, “tienes que ser más positiva”, “con una mejor actitud estarás mejor”. No dudo que haya algo constructivo y de aprendizaje en todo ello. Por supuesto, no dudo de la importancia de tener una mente positiva y optimista. Pero es que a veces duele demasiado y es agotador. Lo más agotador de todo es la incomprensión que muchos de nosotros sentimos, porque a veces es complicado también para quienes nos rodean poder entender lo que sentimos.
Ninguna esclerosis es igual a la otra, por algo se la llama “la enfermedad de las mil caras”. Comparar o compararnos no nos hace avanzar, porque cada una tiene su propia realidad. No nos hace inferiores el hecho de no poder escalar el Everest o hacer marcas deportivas, pero bien por quienes sí pueden hacerlo. En cualquier caso, no caigamos en banalizar lo que supone una enfermedad grave y apostemos por contar o mostrar la importancia de sus síntomas, en muchos casos incapacitantes. No nos sintamos forzados en mostrar nuestra mejor cara; mostrar nuestras vulnerabilidades puede ser también un acto político.
Presentar únicamente la cara positiva de esta enfermedad, es absurdo. No existe nada positivo de tener esta enfermedad, ni esta ni ninguna. No existe nada positivo en vivir cronificada con muchos medicamentos para seguir adelante y, en el mejor de los casos, parar la progresión.
Por supuesto mi recuerdo en un día como hoy para los y las profesionales que nos dedican su tiempo y sus cuidados. También a todos nuestros familiares y amigos que cuidan de nosotros y son comprensivos o lo intentan. Reitero además la importancia de pagar impuestos para que podamos seguir recibiendo nuestros tratamientos. Necesitamos una sanidad pública de calidad, que resista ante los ataques de liberalización. Necesitamos que se investigue mucho más, que se destinen partidas a ello; necesitamos también que en todas las Comunidades Autónomas existan las mismas oportunidades y una mayor equidad en el acceso a las prestaciones sanitarias públicas. Es importante hacer entender al Estado, al Gobierno, que la inversión no es un gasto superfluo, sino una apuesta por la amortización de lo público. Salimos mucho más caros al sistema estando enfermos que con una cura.
También es importante el reconocimiento del 33 por ciento del grado de discapacidad con el diagnóstico, algo que yo tuve que pelear duramente ante un tribunal de valoración. Ese reconocimiento no es más que un mínimo apoyo que podemos recibir para incorporarnos al mercado laboral con una pequeña protección, ni más ni menos. No es ningún regalo porque la enfermedad no lo es. De hecho, y en este sentido, el año pasado se consiguieron 180.000 firmas de apoyo a través de la plataforma Change.org.
No hablaré en otros casos que no es el mío, pero sí me atreveré a decir que la fatiga es algo que nos afecta a muchos de nosotros. Yo siempre explico que es algo así como la batería de los móviles cuando se acaba; llega un momento en el que tengo que pararme a descansar, porque me pesa el cuerpo como una losa, me duele de agotamiento y me cuesta pensar con claridad. Me he cortocircuitado, me digo. Y toca descansar, y toca cargar la batería del cuerpo, para volver a empezar.
Para finalizar estas líneas, tan sólo un deseo, que no es pedir poco.
Investiguen, investiguen e investiguen… el tiempo juega en nuestra contra.
Te necesitamos para seguir apostando por las voces críticas.

Larga vidorra al rey (y a los pobres - David Torres

Larga vidorra al rey (y a los pobres - David Torres

Tras una gira de despedida de cinco años que ha abarcado partidos de fútbol, cenas onomatopéyicas, inauguraciones varias, hoteles de lujo y corridas de toros y de las otras, el rey emérito ha decidido tirar la toalla y pedir la jubilación definitiva. Creíamos que ya había abdicado, pero esto de las abdicaciones borbónicas es un protocolo muy ceremonioso y complejo, más aun en el caso del rey emérito, que ya había abdicado de cazar elefantes, de una cadera, de la otra cadera, de la reina Sofía y de Corinna zu Sayn-Wittgenstein. Lo mismo les pasa a los reyes del rock, llámense Elvis Presley o los Rolling Stones, que anuncian una última gira y se pasan media década despidiéndose, como los borrachos en los bares cuando juran que una copa más y se vuelven a casa. De hecho, algunos fans aseguran que Elvis todavía sigue apareciéndose en una gasolinera de Memphis y que los Rolling Stones siguen tocando después de 
Es difícil elucidar a qué va dedicarse el emérito ahora que ha decidido quitarse de los toros, el fútbol y los viajes gastronómicos. Las malas lenguas dicen que el monarca funciona al revés que los ginecólogos, que trabajan donde los demás nos divertimos, mientras que él se divierte a tope en los sitios que la agenda de La Zarzuela considera trabajo. Es muy posible que las malas lenguas se equivoquen y que donde los súbditos díscolos sólo ven cachondeo, diversión, limusinas kilométricas y habitaciones de tres mil euros la noche, en realidad sólo haya desgana, hastío y sudor, el destilado sudor áureo de los borbones.
A mí me lo dijo un amigo senador, hijo de una de las mayores familias del régimen: la suerte que había tenido de nacer en una familia pobre, criarme en un barrio obrero e ir a un instituto de barrio. No como él, que tuvo que estudiar en el Colegio Alemán de Madrid y tuvo la desgracia de que se lo dieran todo hecho. Nadie, excepto un millonario o un borbón de pura cepa, sabe el esfuerzo que hay que hacer para saludar a tanta gente en las reuniones y el aburrimiento de pasarlo siempre divinamente. De otro modo, no se entiende que el artista anteriormente conocido como Juan Carlos I abdique al cuadrado.

El Banco de España, en cambio, ha visto esta paradoja perfectamente y ha advertido a los pobres que dejen de darse la vida padre y hagan como el rey, que a partir de ahora va a dedicarse a la meditación trascendental, al ayuno intermitente y a ahorrar la paga. Lo ha hecho además prácticamente al unísono del anuncio del fin de la gira de despedida real, como si hubiera un cable subterráneo oculto que uniera la Zarzuela y la Fuente de Cibeles. Quién iba a suponerlo. La recomendación financiera ha sonado casi igual que aquel gracioso consejo de la reina María Antonieta, cuando le dijeron que el pueblo no tenía pan que llevarse a la boca y respondió que comiera pasteles. Poco después, gracias a chistes monárquicos de este estilo, su cabeza rodó muy graciosamente por el suelo, pero de momento no hay peligro de que en España inventemos ni la guillotina ni la pólvora. Vivan las cadenas.

sábado, 25 de mayo de 2019

Nihilismo en el Everest - Juan Manuel de Prada

Nihilismo en el Everest - Juan Manuel de Prada

El bobo moderno es un pobre débil mental que cree que lo sabe todo
Esas imágenes de turistas en reata, haciendo cola por alcanzar la cima nevada del Everest, me ha parecido la metáfora más cuajada del nihilismo contemporáneo. Apostaría el cuello a que todos esos majaderos jamás han subido al teso desde el que se otea su pueblo; en cambio, tienen todos una necesidad existencial irreprimible de hollar las nieves del Himalaya (que, por lo que se aprecia en la foto, están más holladas que el coño de Mesalina). Chesterton se burlaba del hombre moderno que reniega del tren, por parecerle que estimula el gregarismo, y adquiere un automóvil, pensando que así podrá dar rienda suelta a sus ansias infinitas de libertad… para terminar atrapado en un atasco. Pues, a la postre, todos estos bobos modernos que huyen del gregarismo terminan acudiendo gregariamente a los mismos sitios. Y es natural que así ocurra, pues el bobo moderno, aunque empachado de consignas individualistas y ensoñaciones de independencia (que no son sino implantes emocionales que la propaganda ha insertado en su cerebrín de jilguero), es la expresión más patética y terminal del hombre-masa.
El bobo moderno es un pobre débil mental que cree que lo sabe todo y que ya no disfruta con nada, porque tiene la sensibilidad estragada; y que, para no sucumbir al tedio y la abulia, necesita estar sometido a un constante bombardeo de estímulos, necesita convertir el mundo entero en el parque temático de sus caprichos mentecatos, necesita «consumir» bulímicamente experiencias «límite». Santiago Alba Rico gusta de hacer una distinción entre «cosas de comer» (que garantizan nuestra supervivencia biológica más elemental), «cosas de usar» (que incorporamos a nuestra vida, como apéndices de nuestro propio cuerpo) y «cosas de mirar», que nos sobrecogen y maravillan con su grandeza y nos sirven, desde su lejanía inalcanzable, para medir nuestra pequeñez. Todas las formas de civilización que han existido han sabido respetar esta distinción; pero nuestra época ha convertido en mercancías de consumo todas las cosas, incluidas las «cosas de mirar», hasta transformar el mundo entero en un incesante aquelarre turístico, en una orgía inacabable del gregarismo. «A esta locura -escribe Alba Rico- la llamamos “consumo” como característica paradójica de una civilización que se juzga a sí misma en la cima del progreso: comerse una mesa, comerse una casa, comerse una estatua, comerse un paisaje. Pero una sociedad que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar, porque se las come todas por igual, es una sociedad primitiva, la más primitiva que jamás haya existido».

Y la más nihilista también. Pues el bobo moderno es un nuevo catoblepas que, después de consumir «experiencias» de forma bulímica y sin sentido alguno de la responsabilidad, termina en la autofagia; o, como señala Alba Rico, en una «hiperinflación de egos estereotipados, cerrados e idénticos como mónadas e incapaces por eso mismo de constituir una comunidad». Porque, a la postre, todos esos cosmopaletos en reata que hacen cola para alcanzar la cima del Everest, sólo quieren entronizar su insulsez, haciéndose un selfi; lo mismo que la petarda que se pone relleno en las tetas y cuelga orgullosísima en Instagram la foto con el desaguisado, lo mismo que el yihadista que posa orgulloso ante las cámaras, rodeado por las cabezas cortadas de sus víctimas, que sopesa como si fuesen melones en sazón. El bobo moderno busca afirmarse en medio de la nada que él mismo ha generado, en medio del mundo reducido a páramo que su bulimia ha esquilmado, el mundo hecho añicos donde piruetea su narcisismo inane, carne de cañón para la neurosis y la pulsión suicida.

domingo, 19 de mayo de 2019

A precios de Turquía - Antonio Burgos

A precios de Turquía - Antonio Burgos 

Está de moda que todo el mundo se vaya a Turquía para que le hagan un injerto capilar
Sin tantas tonterías de ahora del marketing y de los nichos de mercado, que suena a cementerio... Cuando escucho a alguien decir que se va a hacer rico con un nicho de mercado que ha descubierto, no sé si felicitarlo o mandarle una corona mortuoria para que la coloque en dicho nicho. Sin tantas tonterías, decía, de técnicas de ventas, hasta con el buen paño que en el arca se vende se ha utilizado siempre el precio bajo como gancho para atraer compradores. Cuando ponían por el verano puestos callejeros de melones bajo un cobertizo de lona, melones que eran todos de Villaconejos por la misma razón que hace de Aguinaga a todas las angulas, de Sanlúcar a todos los langostinos y de Arcade a todas las ostras, el tío que estaba al frente de la mercadotecnia melonar pregonaba:
-¡Más barato que en el mato!
Cuando Tánger era ciudad internacional, trasunto del ambiente de la película «Casablanca» y se encontraban baratísimos los tesoros de la época, que eran los relojes y las plumas estilográficas, un comerciante de Sevilla que vendía estos artículos, hasta por la radio se anunciaba con su lema, parecido al de los melones:
-Relojes y estilográficas más barato que en Tánger.
Yo creía que con las ventas por internet y la globalización de los mercados ya había pasado esto de encontrar tesoros de baratura de determinados artículos en ciertas ciudades. Que ya ningún melón era más barato que en el mato o un reloj que en Tánger. Hasta que leyendo periódicos por internet me salió casi a pantalla completa el anuncio de una clínica de algo que me imagino que será la próxima moda de saturación de mercado en la sanidad privada, tras la inflación de los gabinetes odontológicos donde parece que algunos hasta regalan los implantes y que a empastes de caries convida la casa. En el anuncio que digo, salía un señor con una bata blanca anunciando una clínica de pueblo, donde al parecer son una maravilla en la moda de los implantes capilares para los calvos o los que tienen más entradas que la Monumental de México. Vamos, como lo que anunciaba en tiempos Bertín Osborne, pero con bata blanca. Y al modo de los melones o los relojes, anunciaba el señor de la bata blanca desde su pueblerina clínica de injertos capilares: «A precios de Turquía». Óle. Está de moda que todo el mundo se vaya a Turquía para que le hagan un injerto capilar masivo y baratísimo y lo dejen con más pelo que Los Beatles cuando empezaban. Lo que me hace recordar una vieja sevillana humorística rociera: «Este año al Rocío/van tós los calvos/a pedirle a la Virgen/los pelos largos». Bueno, pues ya no se va al Rocío: ahora se va a Turquía. No sé si a usted le ha pasado como a mí, que se haya encontrado a beneficiarios de las clínicas capilares de Turquía, que defienden con ardor de conversos:
-Pues tú deberías ir a Turquía a ponerte el pelo que te falta en las entradas. Te quitarías un montón de años de encima.

Y a continuación te dan los detalles de la capilar pasión turca, que si el hotel y el viaje van incluidos en el precio, que si te recogen en el aeropuerto y no tienes que ocuparte de nada. Cuentan los que han estado últimamente que el aeropuerto de Estambul está lleno de señores con la cabeza llena como de vendas o tiritas, muchísimos de ellos españoles. Son los que han ido a Turquía a ponerse el pelo como a la Virgen del Rocío iban todos los calvos. Ahora quieren importar la moda y vencer al turco como en Lepanto, y poner aquí los implantes capilares más baratos. Mientras «a precios de Turquía» sean estas cosas del pelo, no hay que alarmarse. Lo malo es que Sánchez está poniendo las libertades y la economía «a precios de Venezuela».

martes, 7 de mayo de 2019

Patas arriba - Juan José Millás

Patas arriba - Juan José Millás

Estar colocado, en la antigüedad, significaba tener trabajo. Una colocación era un empleo, preferentemente un empleo fijo. El significado fue luego desplazándose por debajo del significante hasta el punto de que "colocarse", hoy, significa alcanzar estados alterados de conciencia a base de la ingestión de psicotrópicos. No sabemos cuánta gente "colocada" hay en el mundo. Resulta muy difícil distinguir en el metro o en el autobús a los "colocados" de los "descolocados", siendo estos últimos, paradójicamente, los representantes de la normalidad. Lo cierto es que un porcentaje muy alto de conductores a los que se les hace el control antidrogas da positivo. Y que muchísimos billetes de 20 o 50 euros tienen restos de cocaína.
Ahora nos acabamos de enterar de que las anguilas del Támesis están hiperactivas debido al consumo de alcaloides provenientes de la orina de los habitantes de Londres. Hacen falta muchos litros de pis contaminado para provocar ese efecto, sobre todo si pensamos que ha pasado previamente por el filtro de los riñones. Todo esto era para decir que lo raro, casi, es tropezar con gente "descolocada". El que no se "coloca" con sustancias ilegales, se "coloca" con fármacos. O con alcohol. Vivimos en sociedades con tasas altísimas de desempleo en las que todo el mundo sin embargo está colocado. Quizá la gente se "coloca" porque no encuentra colocación.
Cada vez, en fin, que un londinense tira de la cadena, llegan al Támesis unos cuantos miligramos de cocaína, de alcohol o de benzodiazepinas diluidas en la evacuación. La batalla entre los estimulantes y los ansiolíticos, a juzgar por el estado de las anguilas, la están ganando los estimulantes. De ahí que nuestras ciudades resulten tan eléctricas. Su compañero de usted en la oficina acaba de levantarse de la mesa para ir al lavabo, no sabemos si al objeto de meterse una raya por las narices con un billete de 20 euros o para metérsela a una anguila con una descarga de la vejiga. A su compañero le han ascendido porque se "coloca" y hace él solo el trabajo de cuatro. Usted está a punto de perder la colocación por permanecer sobrio.

Todo está patas arriba.

El trabajo libera, sí, a los negreros - David Torres

El trabajo libera, sí, a los negreros - David Torres

Es difícil elucidar en qué momento exacto el trabajo pasó de ser un derecho básico a un privilegio, pero sospecho que la metamorfosis se aceleró tras la caída del bloque soviético. Junto a mi hermano y a un amigo que también ha acabado en un periódico, trabajé un verano en un vivero cerca de Barajas donde en seguida comprendí que esos eslóganes idiotas sobre el curro (“el trabajo es salud”, “el trabajo dignifica”) los debía de haber inventado algún mamarracho que no había pegado palo al agua ni un día de su vida.
Había que levantarse a las seis y pico de la mañana, empalmar dos autobuses, llegar a las naves a las ocho y ponerse a plantar tronquitos del Brasil ocho horas seguidas, con una breve pausa para almorzar, en medio de una humedad de manglar y de un calor de invernadero. Llegaba un momento en que las manos empezaban a marchar por sí solas, como Chaplin apretando tuercas en Tiempos modernos, y que los sueños iban poblándose de tierra y macetas. Si tienen un tronquito del Brasil en casa, adquirido a finales de los ochenta, de ésos que van creciendo como si pretendiera colonizar el pasillo, luego el salón y después del planeta, a lo mejor está regado con mi sudor, el de mi hermano o el de mi amigo.
A pesar del calor, de la humedad y del tedio infinito de plantar troncos, se trataba de un trabajo a jornada completa que hoy, en lugar de jóvenes estudiantes, realizarían inmigrantes, cuarentones desesperados o chavales hambrientos por la mitad del salario. Tuve la suerte de ir empalmando diversos oficios uno tras otro (cobrador de recibos a domicilio, profesor, dependiente en unos grandes almacenes, librero) esquivando siempre, de pura chiripa, al paro, el gran monstruo que diezmó mi generación y arrasó con las siguientes. He acabado por recalar en la prensa, un apartado en crisis permanente donde abundan los recortes, los despidos, los becarios e incluso los esclavos agradecidos, como lo demuestran plataformas de negreros al estilo de The Huffington Post en las que el trabajo de escribir es, en efecto, un privilegio que se paga con la publicación y una palmadita en la espalda.
A buena parte de la prensa -cuya labor debiera ser denunciar estos abusos, pisoteos e incumplimientos de los derechos laborales básicos- le ha tocado además la tarea de maquillarlos mediante vistosos eufemismos. A la media jornada ahora se le llama “job sharing“, un invento que consiste en compartir el trabajo y, por supuesto, el sueldo. Al hecho de no poder salir de casa porque el dinero no alcanza ni para pipas lo llaman “nesting“, una estrategia hogareña que rebaja la ansiedad y tranquiliza la mente. A la imposibilidad de poder alquilar un piso propio y tener que compartirlo con varios colegas lo han bautizado con el nombre de “coliving“, un novedoso concepto inmobiliario en el que la juventud se prolonga hasta la jubilación, si es que llega algún día. A la triste necesidad de recoger comida de la basura, como los mendigos, se le denomina “friganismo”, una dieta posmoderna que aligera mucho los bolsillos. Falta únicamente que pongan de moda el suicidio para ahorrar costes a la Seguridad Social, pero tampoco quiero dar ideas.

La historia es antigua, proviene de los siervos de la gleba, de la genial táctica capitalista de abolir la esclavitud para que los antiguos siervos tuvieran que pagarse ellos el alojamiento y la comida. Gracias a sus fabulosos mecanismos de control, el capital ha despejado la clásica ecuación romana del panem et circenses quitando el pan y dejando sólo el circo de las redes sociales, internet y los videojuegos. Por eso el neoliberalismo ha llegado al extremo de bañar la explotación laboral absoluta con tintes de color rosa: sin ir más lejos, la UEFA anunciaba esta semana la búsqueda de “bailarines voluntarios” para la ceremonia inaugural de la Champions League, a pesar de contar con un presupuesto de miles de millones de euros. La pregunta es cuándo se les ocurrirá a los amos del cotarro pasar del trabajo entendido como privilegio al trabajo realizado como lujo y empezar a cobrar a los tontos que quieran escribir, bailar, conducir un taxi o transportar paquetes. “El trabajo libera” rezaba en las puertas de los campos de concentración. Están en ello.

miércoles, 10 de abril de 2019

El mundo de los niños - Luis Ventoso

El mundo de los niños - Luis Ventoso

El programa de Podemos podría firmarlo Hans Christian Andersen
Aunque al principio el reto se me hacía cuesta arriba, me he leído el flamante programa electoral que han escrito Pablo e Irene allá en la dacha serrana de Galapagar. Al fin y al cabo, si se cumplen los pronósticos de los augures demoscópicos -que humildemente me inclino a poner en cuarentena-, Sánchez nos gobernará en coalición con Podemos, por lo que conviene saber qué proponen para nuestras vidas los líderes del atribulado comunismo malva. A pesar de mis prevenciones iniciales he disfrutado con el programa, ya que su candidez infantil y juvenil lo torna entrañable. Se intuyen las dulzuras de la nueva vida de juegos y sonrisas con los gemelos, pues el plan bien podría haber llevado la rúbrica de Hans Christian Andersen.
La jornada laboral será de 34 horas a la semana, siete de lunes a jueves y seis el viernes, porque ya se sabe que cuanto menos curren sus ciudadanos más prosperarán los países. Si esas condiciones te parecen todavía chungas, «no pasa na»: Pablo e Irene te regalarán un sueldo Nescafé de 600 euros al mes aunque te quedes apalancado en la hamaca con una birra (y llegará a 1.200 si tienes hijos). Montero e Iglesias estiman que puede haber diez millones de españoles que aspiren a cobrar por no hacer nada (yo creo que apuntan bajo, deben andar por treinta o cuarenta millones). De cómo se paga, nada, por supuesto. En Podemos somos gente seria y no estamos para chorradillas burguesas como hacer cuentas. Las matrículas universitarias serán gratis. El permiso de paternidad durará 16 semanas (a Pablo Manuel debe haberle gustado la experiencia). El sueldo mínimo se subirá a 1.200 euros. Las pensiones se revalorizarán con el IPC y subirán las mínimas.
Para estimular la economía el programa presenta una serie de medidas que convertirán a España en la meca del capital global, habrá sopapos para invertir aquí: doble impuesto a la banca, el IRPF de los que ganen más de 100.000 euros será del 47% (ojo Pablo que igual te pilla), impuesto a las grandes fortunas, impuesto a las tecnológicas... Muy imaginativo. Por supuesto no falta el capítulo antiliberal de tocarle la zanfoña al respetable con sus cosas privadas: intervención del mercado del alquiler, pues sabido es que quien ha logrado ahorrar para comprarse un piso y luego lo alquila es un peligroso delincuente que debe ser acogotado; no más pisos turísticos; caña a la educación concertada y hasta una ley para acabar con la comida basura (he echado en falta la propuesta de un ministerio del ramo).
No pueden faltar, por supuesto, los grandes clásicos: collejas al Rey y a la Iglesia católica y un poco de revanchismo guerracivilista. Pero el punto en el que hemos volado más alto es el 108, cuando Pablo, el último defensor de la satrapía que ha sumido en la miseria a Venezuela y que recibe estipendios televisivo de Irán, anuncia que convertirá a España en «impulsora de la democracia internacional».

Juegos florales de niños. Pero la galopante infantilización de nuestra política puede sentarlos en el Gobierno si no hay un reagrupamiento táctico de los votantes conservadores.

lunes, 8 de abril de 2019

No yo - Juan José Millás

No yo - Juan José Millás

Érase un artefacto llamado "máquina de escribir", hoy desaparecido. Cuando yo era pequeño creía que bastaba ponerse a ella para fabricar cuentos o poemas. En el despacho de mi padre había una Remington que tecleaba a lo loco con la fantasía de que la máquina se encargara de añadir la cordura. De ahí que me decepcionara tanto cuando sacaba la cuartilla y veía aquel conjunto disparatado de vocales y consonantes que no iban a ningún sitio. ¿Por qué llamábamos máquina de escribir a un aparato que no sabía hacerlo? Más tarde me sorprendió que en el dichoso artefacto se pudiera confeccionar una factura o una novela, indistintamente. Deberían estar especializadas en esto o en lo otro, pensaba. No tuve, en fin, muy buena relación con estos semovientes que eran pura mecánica, sin alma alguna. Escribía mis novelas a mano y luego se las entregaba a un vecino que era mecanógrafo. Desde la perspectiva actual resulta increíble que hubiera mecanógrafos y mecanógrafas, profesión también extinguida. Lo único que le pedía al mecanógrafo era que me la transcribiera con una Remington como la de mi padre que yo mismo alquilaba para tal menester. Soy un romántico.
Significa que pasé del bolígrafo al ordenador en una especie salto mortal que aún me sorprende. Como el que llega a la heterodoxia sin haber pasado por la ortodoxia. Del ordenador me gustaba la posibilidad de que ordenara: otra fantasía semejante a la que mantuve con la máquina de escribir. Pero el ordenador no conocía la sintaxis. Como ya era un adulto, acepté esta limitación y me aficioné enseguida a los portátiles. El portátil es uno de los grandes inventos de la historia porque tiene tapadera. Todas las cosas importantes de la vida tienen tapadera. Ahí están la olla exprés y el ataúd, por no hablar de los negocios tapadera. En mi barrio había una tienda de telas que no vendía nada. Mi padre decía que era una tapadera. El problema es que lo decía con cierta admiración. ¡Qué infancia, Dios!

Todo esto era para decir que ayer encontré en una tienda de antigüedades una Remington que compré de inmediato y con la que he comenzado a escribir un cuento muy ruidoso. Por primera vez, mágicamente, lo escribe la máquina, no yo.

domingo, 7 de abril de 2019

Confusión - Juan José Millás

Confusión - Juan José Millás

Me preguntan si el Juan José Millás que sale en mi último libro soy yo. Les pregunto si el Velázquez que aparece en Las Meninas es Velázquez. Me responden que sí y yo les digo que no, que se trata de una representación de Velázquez. Todavía no nos hemos puesto de acuerdo acerca de las diferencias existentes entre el territorio y el mapa. El mapa no es el territorio, sino su representación del mismo modo que el menú del restaurante no es la comida. De ser así, nos comeríamos el menú y nos quedaríamos saciados. La geometría de las diferentes líneas del plano del metro de Madrid no tiene nada que ver con la disposición real de estas. Sin embargo, se trata de uno de los mejores mapas de subterráneo alguno. Con él en la mano resulta imposible perderse en los innumerables túneles.
Recordemos una vez más el cuadro de Magritte en el que aparece una pipa de fumar debajo de la cual escribió: "Esto no es una pipa". A primera vista desconcierta porque el texto niega la experiencia del espectador. Pero Magritte llevaba razón: no es una pipa, sino su representación. Resultaría imposible llenarla de tabaco y echar unas caladas. Recordemos una vez más esos grandes planos situados en las zonas céntricas de algunas ciudades, en los que aparece señalado un punto donde dice: "Usted está aquí". Evidentemente usted no está ahí, porque usted se encuentra fuera del mapa. Quien está "ahí" es una representación de usted. Y no es lo mismo, no es lo mismo ser que estar, no es lo mismo estar que quedarse, ¡qué va! (cortesía de Alejandro Sanz).
Ahí vamos, pues, intentando establecer la distancia entre la persona y el personaje. El personaje de mi libro se llama Juan José Millás, pero no soy yo, sino mi representación. Mi mapa, podríamos decir, mi mapa físico y mental y conceptual y psíquico y patológico. Me preguntan si tomo tantas medicinas como digo y respondo que el ibuprofeno de mi novela no es un ibuprofeno real del mismo modo que la pipa de Magritte no era una pipa de verdad. Tampoco el gin tonic del libro es un gin tonic.
Todo esto confunde un poco al personal porque previamente me ha confundido a mí. Solo se puede escribir desde la confusión. Escribimos porque estamos confusos. Y leemos también por eso mismo.

lunes, 25 de marzo de 2019

Doblar cucharas, parar el brexit - David Torres

Doblar cucharas, parar el brexit - David Torres

En El himno nacional, el primer episodio y quizá el mejor de la teleserie Black Mirror, un terrorista secuestra a una princesa de la familia real inglesa y amenaza con matarla a menos que el primer ministro se folle a un cerdo en vivo y en directo, ante las cámaras de televisión y en horario de máxima audiencia. Al final, como suele suceder, nada es lo que parece: el terrorista se destapa como un artista conceptual y el acto zoofílico no resulta tan divertido como los espectadores se creían. Muchos apartan la mirada, avergonzados o asqueados, de las pantallas donde el cerdo y el líder británico mantienen relaciones íntimas.
Toby Haynes, uno de los directores de Black Mirror, ha sido el encargado de llevar a la pantalla Brexit: The Uncivil War, un telefilm de hora y media que indaga en las vísceras del referéndum donde el Reino Unido votó por separarse de la Unión Europea. La cinta ha recibido críticas entusiastas y varapalos tremendos, pero de entrada puede decirse que quizá el realismo no sea la mejor perspectiva para enfrentarse a un proceso tan complejo y estrafalario como el brexit. Charlie Brooker, guionista de Black Mirror, ya había vaticinado algunos de sus aspectos esenciales, aunque ni siquiera alguien tan imaginativo como él pudo imaginar que era el cerdo el que se iba a follar al primer ministro.
En efecto, el brexit viene a demostrar una vez más, como si hiciera falta, que la realidad siempre es más extraña que la ficción y además va mucho más lejos. Más de dos años y medio después de la votación, la política inglesa sigue paralizada por esa especie de harakiri democrático en que ni las tripas acaban de salir ni la sangre llega aún al Támesis. Desde aquel aciago 23 de junio de 2016 da la impresión de que buena parte del electorado británico votó a ciegas o borracho perdido o en plan de coña, a ver qué pasaba, igual que esos hooligans de vacaciones en Ibiza que se arrojan de un balcón a una piscina a ver si aciertan. Un dato revelador es que, horas después de la victoria del brexit, las dos frases más buscadas en Google en el Reino Unido eran “¿Qué significa salir de la UE?” y “¿Qué es la UE?”
Muy probablemente la solución, si es que hay alguna, pase por hacer otro referéndum, como reclamaban ayer cientos de miles de manifestantes en Londres. Lo cual vendría a corroborar no sólo que el primero fue de fogueo sino que la democracia tendría que ejercerse con preservativo antes de mirar si en las urnas ha salido niño o niña. Llegados a este punto, no es extraño que Uri Geller haya hecho su aparición para pedir a los británicos que lo ayuden a parar el brexit mediante telepatía, igual que en aquel espectáculo televisivo en que invitaba a la audiencia a reparar relojes o doblar cucharas usando sólo el poder de la mente.

Geller dice que fue él quien profetizó la victoria de May tres años antes de que sucediera, al pedirle que tocara una cuchara que había pertenecido a Winston Churchill. Cuando salió en el programa de José María Iñigo, allá por 1975, muchos españoles juraron que habían conseguido doblar la cuchara en casa, aunque no fueron tantos los que dijeron que habían logrado que un reloj parado echase a andar otra vez. De momento, deshacer el brexit no está resultando tan sencillo como doblar una cuchara, probablemente por la misma razón que romper un reloj siempre es más fácil que arreglarlo. Especialmente cuando lo has roto a martillazos.

sábado, 23 de marzo de 2019

No me digas que no - Juan José Millás

No me digas que no - Juan José Millás

Los productos congelados también tienen fecha de caducidad, sobre todo si llevan bechamel. En la pechuga de pollo villaroy, por ejemplo, se pudre antes el envoltorio que la carne. La homeostasis, según la Wikipedia, es el "conjunto de fenómenos de autorregulación conducentes al mantenimiento de una constancia en la composición y las propiedades del medio interno de un organismo". Pero la homeostasis no es eterna. De ahí la muerte. Morir es perder la homeostasis, que queda mejor que perder las llaves de casa.
-He perdido la homeostasis.
-Intenta recordar cuándo es la última vez que la has usado. Y dónde.
Todo esto era para decir que unos científicos de la universidad de Sídney han inseminado a 34 ovejas con un semen congelado de 1968 y han salido corderos jóvenes. Deben de usar congeladores extraordinarios porque el semen, como la bechamel es muy inestable. Si esos espermatozoides se hubieran utilizado en su día, los corderos resultantes tendrían ahora 51 años. Un poco añejos para la cazuela. Llevarían varios años muertos, pobres. Significa que han nacido con efectos retroactivos.
Supongamos que usted va a un restaurante y le ponen un lechazo que acaba de nacer, pero cuyo semen llevaba almacenado medio siglo. Si no le dicen nada, igual se lo come sin rechistar, aunque le note un no sé qué. Pero si está al tanto de la situación, si conoce el origen de esa pierna de cordero al horno con patatas, ¿cómo evitar la sensación de estar tragándose una especie de brazo incorrupto, una reliquia? Por mucho que los congeladores australianos sean capaces de mantener la homeostasis indefinidamente, un semen de medio siglo es un semen de cinco décadas, no me digas que no.
Se pregunta uno si la revuelta de los "chalecos amarillos" en Francia no tendrá que ver con la congelación de Mayo del 68. Las cosas que cuajan se descuajan. Aquí, cuando murió Franco, congelamos la Ruptura en favor de la Reforma, y la semilla de Franco se acaba de manifestar en VOX.
¿Una homeostasis invers?

martes, 19 de marzo de 2019

El negro que blanquea (a Vox) - David Torres

El negro que blanquea (a Vox) - David Torres

Al nutrido ecosistema de la fauna hispánica (donde abundan los obreros de derechas, las mujeres machistas, los socialistas monárquicos y los neoliberales en paro) se ha sumado ahora un nuevo ejemplar, el negro de Vox, una rareza política que cuenta al menos con dos individuos, ya que hay uno, Ignacio Garriga, de origen guineano, candidato por Barcelona, y otro, Bertrand Ndongo, un inmigrante camerunés que de momento va por libre. Ambos han venido para intentar distraer con su presencia esos incómodos principios del programa de Vox que abogan por la anulación de la sanidad gratuita para inmigrantes ilegales, el copago para residentes legales que no cuenten con al menos diez años de residencia y la deportación inmediata de los díscolos, vagos y maleantes. Eso por no hablar de “los españoles primero”, de la fobia a los extranjeros y de toda la carga de odio xenófobo que supura cualquier partidario de Vox apenas abre la boca.
El propio Abascal dijo hace más o menos un año: “No es lo mismo un inmigrante procedente de un país hermano hispanoamericano, con una misma cultura, una misma lengua, una misma cosmovisión del mundo, que la inmigración procedente de los países islámicos”. Quién iba a decir que Abascal habla desde la perspectiva de un camerunés. Sin embargo, después de Auschwitz y de la metamorfosis del estado de Israel en una nueva versión del apartheid, a la ultraderecha española no le quedó más remedio que renunciar hace tiempo a la gilipollez franquista de la “conspiración judeomasónica internacional”, reemplazando a los judíos por musulmanes y a los masones por comunistas. En esto, como en tantas otras cosas, la saga de Torrente, el brazo tonto de la ley, ha sido la inspiración ideológica de Abascal, especialmente esa escena de no sé cuál de ellas en la que Torrente ve cómo un terrorista islámico intenta secuestrar el avión donde viaja y se levanta a buscar la pistola mientras murmura entre dientes: “Moros, moros”.
Por supuesto, Abascal, igual que Torrente, puede hacerse amigo de un musulmán siempre que traiga dinero negro en las alforjas, aunque sean billetes iraníes de un grupo de resistencia marxista-islámico, lo cual es algo así como un ateo recalcitrante rezándole a la Santísima Trinidad esculpida en lingotes de oro. A esta misma especie de pilates mental donde las mujeres aceptan servilmente su inferioridad secular y los pobres la bota del señorito pertenece también la proclama ultraderechista de Bertrand Ndongo, un filósofo de Camerún que advierte del peligro del efecto llamada y que durante todos estos años en España dice haber sufrido racismo únicamente por parte de una latinoamericana.
No es nada raro encontrar a un Tío Tom integrado perfectamente en la maquinaria propagandística diseñada por Steve Bannon, arquitecto de la campaña electoral de Donald Trump, más aun cuando el voto latino fue una de las grandes sorpresas de su victoria. El razonamiento de Ndongo, como el de los mexicanos que votaron por Trump, es el mismo de los capataces judíos que ayudaban a los nazis en los campos de concentración: una vez me haya colocado yo en la pole position, se cierra el chiringuito y el que venga detrás que arree.

Un discurso bastante distinto al de Serigne Mamamdou, un inmigrante africano afincado en Sevilla que le explica a Abascal que mucho hablar de españoles primero, pero que es él quien se levanta a las seis de la mañana para ir a trabajar. A trabajar en el campo, con un frío que pela, no a limpiarle el culo a Franco en el programa de Susana Griso. Ndongo lo ha blanqueado tanto y tan bien que hasta se ha mimetizado con el paisaje: asegura que aquí lo defienden los españoles y lo atacan los negros, igual que en aquel chiste en que un negro se sometía a un experimento para volverse blanco, le daba una pastilla a su mujer, se volvía blanca también, pero el hijo de ambos se negaba en redondo y el padre al final saltaba: “Mira, llevo media hora de blanco y ya tengo problemas con el negro de mierda este”.

sábado, 16 de marzo de 2019

La obra cumbre de Sánchez – Fernando Ónega

La obra cumbre de Sánchez – Fernando Ónega

No fue un viernes de decreto-ley, pero el Consejo de Ministros tenía preparado algo muchísimo mejor y con parecidos efectos electorales: hurgar en el calendario, encontrar una fecha aceptable y marcarla con un rotulador, naturalmente rojo. La fecha elegida fue el 10 de junio, lunes, y sobre ese día se escribió: salida de Franco del Valle de los Caídos. Lugar de destino, Mingorrubio, que es una colonia situada detrás del palacio de El Pardo, y donde Patrimonio Nacional tiene un pequeño mausoleo donde ya descansa la viuda del general, doña Carmen Polo. Franco volverá a su barrio. Los demás tardaremos mucho tiempo en olvidar el nombre de Mingorrubio. Frente al cementerio hay un restaurante al que probablemente le ha tocado la lotería de tantos fieles que acudirán al nuevo sancta sanctorum del franquismo.
Veremos si se puede cumplir el anuncio, porque habrá recursos de la familia, que no quieren al abuelo en tanto descampado, sino en un lugar de honor como la cripta de La Almudena. Veremos también si los jueces dan alguna sorpresa, cosa que no sería extraña después de todos los retrasos producidos. Pero el gabinete de diseños estratégicos y propagandísticos de la Moncloa lo hizo razonablemente bien. Es decir, de forma aceptablemente cínica: la ministra para Asuntos del Dictador, doña Carmen Calvo, justificó la fecha del 10 de junio en su buenísima intención de «no interferir en las elecciones», pero ella sabe mejor que nadie que su anuncio es una grandiosa oportunidad de interferir en las elecciones: lo importante es la decisión de echar a Franco del Valle; eso es lo que valoran los votantes de la izquierda, que son los que hay que movilizar si se quiere ganar el 28 de abril. Y Sánchez trata de acumular méritos aceleradamente ante ese electorado para que no le pase lo de Andalucía.
Estamos, pues, ante la obra cumbre de los nueve meses de gestión del Gabinete socialista de los 84 diputados. Lo anunciado ayer es como el testamento político del presidente: «Ahí os lo dejo; lo que depende de mí, lo cumplo; lo que nadie consiguió hacer durante 40 años, yo lo hago con arrojo y como lección para las nuevas generaciones y toda la Humanidad; en la España de Pedro Sánchez no cabe la honra a un dictador». ¿Y si la estrategia no funciona, si después de abril hay un cambio de gobierno y el nuevo equipo quiere a Franco donde estuvo estas cuatro décadas? ¡Oh, no hagáis esa pregunta! Cuando se plantean esas dudas, la respuesta oficial está escrita en los libros de estilo de los políticos: «Eso no se contempla». Carmen Calvo repetirá: «Estamos en un Estado de Derecho». Y de lo que se trata es de otra cosa: de sacarle a Franco el último tributo en forma de victoria electoral.

viernes, 15 de marzo de 2019

Que conste - Juan José Millás

Que conste - Juan José Millás

La mujer no era consciente de mi escucha porque en un vagón de metro cada uno va a lo suyo, a su móvil, a sus apuntes, a su conversación, a sus preocupaciones
La mujer telefoneó al instituto de su hijo y pidió hablar con su tutor. Todos, en el vagón de metro, iban a lo suyo, menos yo, que iba a lo de la mujer. “Soy la madre de Samuel”, dijo, “necesito saber cómo va porque según él saca de notables para arriba, pero no me lo creo”. La mujer calló y escuchó, y mientras callaba y escuchaba lanzaba suspiros de desesperación que rompían el alma. Miré en derredor y todo el mundo seguía en lo suyo. Solo yo continuaba en lo de la mujer, pobre, que se tapaba la cara con la mano izquierda mientras sostenía el móvil con la derecha. Gemía de impotencia al escuchar lo que el tutor de Samuel le decía y que yo podía imaginar perfectamente: que el chico faltaba a clase, que cuando iba no prestaba atención, que lo había suspendido todo…

Tras colgar se encogió en el asiento a punto de romper a llorar, de romper a llorar tan cerca de un desconocido como yo. No era consciente de mi escucha porque en un vagón de metro cada uno va a lo suyo, a su móvil, a sus apuntes, a su conversación, a sus preocupaciones. Pasado lo peor de la crisis, telefoneó a Samuel. Le dijo en voz baja, aunque en un tono de enorme violencia, que se cagaba en la madre que lo había parido y que lo sabía todo porque acababa de hablar con su tutor del instituto. Y que cuando ella llegara a casa ajustarían cuentas. “No digas nada”, cortó tajantemente las excusas, supuse, de Samuel, “no digas nada que estoy que me subo por las paredes, embustero, me vas a matar si no te mato yo antes”. La mujer colgó y ocultó con desaliento el rostro entre las manos. Este triste suceso ocurrió entre las estaciones de Ciudad Lineal y Alonso Martínez de la línea 5 del metro de Madrid un jueves de febrero del año en curso. Para que conste.

viernes, 8 de marzo de 2019

Agresivo - Juan José Millás

Agresivo - Juan José Millás

No resulta fácil reconocerse en la imagen de “país más saludable”, a menos que el diagnóstico se refiera solo a las cuestiones de orden físico
Siendo como somos los españoles los primeros de Europa y los segundos del mundo en el consumo de ansiolíticos, deberíamos estar más sedados. Claro, que vaya usted a saber cómo están los griegos, por poner un ejemplo. Me pregunto si los astronautas, al contemplar la Tierra a vista de pájaro, perciben una suerte de lentitud zen en nuestros movimientos. Tal vez no corremos con desesperación detrás del autobús que acaba de arrancar, como los italianos, ni bajamos las escaleras del metro a velocidad suicida para colarnos en el vagón antes de que cierren las puertas, como los franceses. Sería interesante averiguar si las ratas de alcantarilla españolas, al alimentarse de nuestras heces, son más tranquilas que las de los alemanes, no sé, o que las de los suecos. Y si las plantas que crecen gracias a la humedad de las aguas fecales patrias se estiran al sol para desperezarse más que para crecer unos centímetros

Nos acabamos de enterar de que somos el país más saludable del mundo gracias a la dieta y al sistema sanitario. Al sistema sanitario, añadimos, dispensador de los ansiolíticos que ingerimos masivamente con resultados no del todo satisfactorios. Porque, a ver, tensiones tenemos, no hay más que asistir a una comida familiar. Vivimos en un sobresalto permanente y tiramos de insulto a la menor provocación. No resulta fácil reconocerse en la imagen de “país más saludable”, a menos que el diagnóstico se refiera solo a las cuestiones de orden físico. ¿Estamos fuertes? Sí. De hecho, aguantamos jornadas laborales infinitas (y regalando a las empresas las horas extra), madrugones criminales y polución a pulmones llenos sin pronunciar un ay. ¿Pero cómo andamos de la cabeza pese a un tratamiento farmacológico tan agresivo?

sábado, 16 de febrero de 2019

El santo y el cínico - Jorge Bustos

El santo y el cínico - Jorge Bustos

Contra el prestigio martirial de Junqueras conspira una frase terrible de Oscar Wilde: "Nadie muere por lo que sabe que es cierto". Al exquisito irlandés le repugnaba el mecanismo religioso por el que el sufrimiento personal legitima una impostura intelectual. La cruz solemniza cualquier ficción. El ilustrado sabe que una causa es buena o mala en sí misma y no en función del dolor invertido en su reivindicación; pero la razón pura no opera fuera de la ciencia y desde luego no en la política, hábitat impuro donde la emoción mueve a diario voluntades contra toda lógica. El propio Wilde experimentó la necesidad de aferrarse a la trascendencia en la cárcel de Reading, donde su prosa más profunda se despojó de ironía.
Junqueras cree que su padecimiento es el peaje que Dios y la Historia le exigen para realizar en la tierra la república catalana. Y quizá el sacrificio -el mismo al que no están dispuestos ni Puigdemont ni Torra ni Torrent ni la mayoría filistea de los catalanes que los votan- sea para la independencia una condición necesaria, pero nunca suficiente. De la obsesión pueril que delata el anhelo de martirio ya nos advirtió, riéndose de sí misma, esa catalana llamada Teresa de Ávila que a los siete años partió a pie hacia Granada para que la descabezasen los moros; alcanzar la santidad le costó bastante más. Junqueras es libre de creer que su cautiverio aproxima la desintegración de la nación que dice amar, pero eso solo sucederá si el público -si todos los españoles- se rinde al espectáculo de su tormento y accede a liquidar la soberanía en referéndum constituyente. Acierta en cambio cuando declara que una condena no resolverá "el conflicto", lo cual es como decir que castigar a un ladrón no conviene a la redistribución de la riqueza. Oiga, apliquemos la ley sin desatender la fiscalidad.

Ahora bien. El martirio, para que surta su efecto proselitista, ha de obedecer a una elección libre. Y no está claro que Junqueras abrazara el castigo como manda su papel: más bien desafió al Estado en la convicción de que nadie se atrevería a encarcelarle. Luego, ya dentro, reescribió el relato para adaptar su dramático error de cálculo al género de la hagiografía. Lo mismo ha hecho Sánchez con la convocatoria electoral: trata de que olvidemos su terca intención de agotar la legislatura mediante la escenificación monclovita de una decisión propia, cuando sabemos que a través de Iglesias mendigó el apoyo del separatismo hasta la misma víspera de la votación presupuestaria. De modo que no estamos ante un santo y un cínico sino ante dos cínicos: uno trascendente y otro a corto plazo. Uno sueña con presidir una república al salir del trullo y otro con mantenerse en vuelo al abrir las urnas. Pero todas las mentiras acaban aterrizando. Y el procés y el sanchismo parecen ya pedir pista.

martes, 12 de febrero de 2019

Colón activa el tictac contra Pedro Sánchez - Jorge Bustos

Colón activa el tictac contra Pedro Sánchez - Jorge Bustos

La víspera dormí mal. Carezco de experiencia sobre el terreno en los Balcanes o Sudán del Sur, y sin embargo mi periódico se empeñaba en enviarme a cubrir una manifestación que según el PSOE y sus terminales mediáticas iba a convertir Colón en Nüremberg 1933. Claro que mis miedos se mezclaban con la promesa de la adrenalina: 36 años escuchando alertas antifascistas y al fin amanecía la jornada epifánica en la que conocería el rostro de la bestia.
Nada más llegar, sin embargo, me topé con una señora que regateaba con el vendedor de banderas apostado junto al Museo de Cera. Donde debían resonar las botas encontraba mocasines, y la única muestra de agresividad que pude anotar la protagonizó una niña que llamaba «golpista» a su hermanito por haberle efectivamente golpeado. La niña habría leído la palabra en el cartel de «Golpistas, a prisión» adherido a la estatua de Blas de Lezo, un lugar de lo más pertinente para esa proclama. Como pertinente parecía el título de la serie que Netflix publicitaba en la fachada del edificio Barclays: Examen de conciencia. Una necesidad colectiva tras ocho meses de sanchismo.
El gentío me impedía avanzar. Yo no me explicaba cómo tantos españoles podían haber salido a la calle arriesgándose al reproche antifascista de Adriana Lastra, pero en ocasiones el ser humano nos sorprende por su temeridad. Ahora bien, fijar el patrón facha tal como nos encomendaba Adri resultaba imposible: había señoras con mechas rubias y otras con el pelo granate, muchachos con monopatín y señores con el loden, vejetes ateridos y guapas de Serrano.
A ver si va a ser verdad que la reivindicación de la España constitucional no traduce más que el empeño de vivir juntos los distintos. Les unía la bandera y ese aire de urbanidad con que se manifiesta la gente de orden: podría decirse que las manifestaciones de derechas son sumas de individuos y no de masas empoderadas, y por eso no dejan tras de sí cascos de botella y mobiliario agredido.
En realidad se pedían dos cosas muy concretas, fácilmente detectables cuando la megafonía mentaba a los jueces o a las urnas. Entonces de las gargantas más frías nacían ovaciones espontáneas. No hay que ser politólogo para advertir que lo que moviliza a tantos españoles hoy es el castigo al golpe y elecciones cuanto antes. Lo vimos ya en Andalucía.
Hace cuatro años cubrí la marcha de Podemos desde Atocha hasta Sol, donde Pablo Iglesias activó la cuenta atrás para el asalto a los cielos. Tictac. Los cielos los ha terminado asaltando el Falcon de Sánchez pero los de Colón de hoy son tan ciudadanos como los de Sol de ayer y ya le han puesto el reloj en la oreja a ese abuso terminal de la paciencia que llamamos sanchismo.
Tictac, tictac. La cadencia mecánica del minutero desquicia al coro de propagandistas gubernamentales empeñado en distinguir a la ciudadanía, que a su juicio no quiere elecciones, del fascismo, que es el que las pide a gritos. Extraño fascismo ese que además de amante del sufragio y practicante de un civismo de boy scout se ciñó a un guion escrupulosamente constitucionalista. Otra cosa es que proclamar que la soberanía no admite negociación porque pertenece al conjunto del pueblo suene en los oídos del sanchismo –el político y el mediático– como un avemaría susurrado a la niña del exorcista.
Pero además del fascista y el sanchista –entendiendo por fascista todo aquel que no es sanchista– hay un tercer animalito en este zoo que es el más entrañable: el equidistante. Ese que dice que Sánchez mal pero que la oposición peor, todo el mundo perdiendo el decoro en este país, señor, qué solo murió Jovellanos, y toda esa estomagante salmodia narcisista de tuitero en bata que luego se arrogará el mérito de haber forzado el anticipo electoral si se produce, yo ya lo dije, esto tenía que caer y tal. En fin. El equidistante sufre una inflamación crónica de su honorabilidad que arruina sus argumentos por la falacia de la confluencia: a los nazis les gusta Wagner, si me ven en un concierto de Wagner me llamarán nazi; a Abascal le gusta la unidad de España, si me ven en una manifa por la unidad de España me llamarán Abascal. Y así todo en un país de marujas con un hipertrófico y paralizante sentido del ridículo.
Del tercerismo parece definitivamente arrancado Manuel Valls, que flanqueó a Rivera junto con Vargas Llosa y un puñado de banderas arcoíris interpuestas a modo de ajo progresista ante la amenaza vampírica de Vox que el sanchismo atiza sin descanso. Sólo una mente irrecuperablemente suspicaz ante la exhibición del rojigualda constitucional puede obviar el papel gregario –y perfectamente alineado con el 78– que ayer le cupo a Abascal y los suyos. Bajo el mínimo común denominador pactado persistieron las diferencias ideológicas dentro de la oposición, y así debe ser: hay muchas maneras de que no te guste Sánchez.
La foto de familia que cerró el acto se antojaba una encerrona diseñada por el PP para atraer a Rivera a la instantánea con Vox que el PP sí concedió en Andalucía; a lo que Rivera reaccionó subiéndose con medio partido para diluir el efecto. La uniformidad entre Cs, PP y Vox, más allá del rechazo al cambalache con Torra, es imposible y así debe ser.

Luego vendría la guerra de la propaganda disfrazada de recuento de asistentes. Seguramente Tezanos también predijo que llovería. La única manera de contarse es en las urnas: de eso iba esto. Entretanto la faz de Julia, la airosa escultura de Plensa, puede dar fe de la multitud que vino y vendrá a parafrasear aquello que los podemitas predicaban con acierto: porque fueron somos, porque somos serán. Españoles.

martes, 5 de febrero de 2019

Poco a poco - Juan José Millás

Poco a poco - Juan José Millás

Los hospitales madrileños realizaron un total de 820 trasplantes de órganos a lo largo de 2018. Trasplantes de riñón, hepáticos, cardíacos, pulmonares, de páncreas y hasta multiviscerales. Una barbaridad de carácter mecánico, pero también químico y fisiológico, no sé. Una proeza cotidiana, valga la contradicción, porque una hazaña diaria es una anti-hazaña. Todavía recordamos los primeros trasplantes de corazón, cuyos beneficiarios vivían unas horas, unos días con suerte, tal vez unas semanas. Ahora hay gente que lleva veinte o treinta años usando unos riñones ajenos, un corazón extraño, un páncreas intruso, y no pasa nada. Ahí están, a nuestro alrededor Hace años, un familiar mío entró en el hospital con muerte cerebral. Los médicos nos dijeron que su hígado se encontraba en muy buenas condiciones para ser trasplantado y dijimos que sí, que se lo dieran a quien le hiciera falta.
Leo la noticia de los 820 trasplantes en el metro, de camino a la radio, y luego levanto la vista para observar a mis contemporáneos (y contemporáneas, que con el genérico no alcanzo). Es posible que alguna de estas personas lleve dentro de sí el hígado del ser querido cuyos restos incineramos después de que le sacaran la preciada víscera. Tal vez esta señora que acaba de sentarse a mi lado esté viva gracias al órgano de mi familiar muerto: al pedazo de mi ser querido. Estamos hechos de pedazos que creemos propios, pero que sirven para cualquiera, no importa su sexo ni su nacionalidad ni su carácter. Funcionarían igual en un francés que en un catalán, en un individuo extrovertido que en un tímido.

Los hígados no tienen nacionalidad ni psicología. Los riñones tampoco, ni el páncreas, ni el corazón. Pieza a pieza no somos norteamericanos ni uruguayos, no somos nerviosos ni tranquilos. Pero el conjunto sí. El conjunto necesita una bandera, una individualidad, un yo. La señora se baja en Gran Vía y voy detrás de ella por los pasillos del subterráneo, que tienen algo de intestino. Tomamos las mismas escaleras mecánicas y, ya en la calle, ella se va hacia la derecha y yo hacia la izquierda. Me despido mentalmente de su hígado como si fuera el de mi madre y regreso poco a poco a mis preocupaciones cotidianas.

domingo, 3 de febrero de 2019

Pulpos - Juan José Millás

Pulpos - Juan José Millás

Se habla mucho de la sabiduría de los pulpos, que tienen un cerebro o así en cada tentáculo, pero nosotros tenemos un encéfalo en cada dedo. Miren, he cambiado de ordenador y apenas he tardado un par de horas en adaptarme al nuevo teclado. Pero no me he adaptado yo: lo han hecho mis dedos. Yo me limito a asistir, atónito, al proceso. Mientras escribo estas líneas, observo mis manos sobrevolando, como las dos alas de un pájaro, la superficie del portátil. Cada uno de sus apéndices es como la pluma de un pájaro: basta que se mueva ligeramente para que el ave gire o para que la pantalla del ordenador se llene de palabras que de izquierda a derecha y de arriba abajo van llenando la página. No soy yo, son ellos, los dedos los que saben dónde se encuentran las letras, los números y los signos de interrogación. Tan solo un par de horas, y las teclas se han hecho amigas de las yemas de mis pulgares, mis índices, mis anulares, y hasta de mis meñiques, pobres.
Yo no soy tan sociable como mis dedos. Yo no me llevo bien con las máquinas expendedoras de billetes del metro, no las comprendo, no comprendo a la mayoría de las máquinas, pero ahí están mis dedos para echarme una mano, o ahí están mis manos para echarme unos dedos. Yo observo con extrañeza mi nuevo portátil de 1.090 euros que contiene avances increíbles. Puedo dictarle, por ejemplo, y al momento aparece en la pantalla lo que yo acabo de decirle en voz alta. En esto entra mi mujer.
-Qué haces -dice.
-Dictándole un artículo al ordenador.
-Vale, vale, recuerda que hay que ir a la ferretería.

Pero mi lengua carece de la habilidad de mis dedos, porque donde yo dicto "he leído", el ordenador escribe "me he ido". Y no me he ido, sigo aquí, de modo que cierro el programa del dictado y regreso a los dedos, que no me decepcionan nunca, nunca. Gracias a ellos y a mis manos en general no soy completamente autista. Con mis extremidades he querido y me he hecho querer porque acarician muy bien. Pregúntenselo ustedes a mi gato, que ve la tele mientras lo manoseo. En fin, que queda inaugurado el nuevo aparato de escribir artículos, novelas y, con suerte, hasta alguna que otra poesía.

miércoles, 23 de enero de 2019

Cristiano y la magia del fútbol - David Torres

Cristiano y la magia del fútbol - David Torres

El fútbol tiene la virtud de embellecer todo lo que toca. Es como esos ambientadores con olor a pino, que algunos los colocan en una estantería cuando deberían ponérselos en el sobaco, o como esas pastillas que anuncian por la televisión, que enmascaran el olor a mierda para que el siguiente usuario piense que en el retrete crecen rosas. No hay más que ver las fotos de Cristiano Ronaldo en sus comienzos, cuando parecía un yonqui recién desembarcado de Madeira, y las de ahora, que le está haciendo la competencia a Cher. Es la magia del fútbol.
Cristiano temía el paseíllo ante el público y la prensa en la Audiencia Provincial de Madrid, por eso había solicitado que le dejaran entrar a los juzgados por el garaje. Visto lo visto, no tenía por qué. A la salida de la vista, le pidieron autógrafos, firmó camisetas y faltó únicamente que lo llevaran a hombros. La prensa española, en uno de sus momentos más altos, le preguntaba qué tal había ido el partido y si echaba de menos al Madrid tanto como el Madrid lo echaba de menos a él. Cristiano, siempre onomatopéyico, respondió: “Ya está, ya está, todo perfecto”. No era para menos: dos años y tres meses de prisión, que no cumplirá, y una multa de casi 19 millones de euros.
El ideario de la ultraderecha proclama que los inmigrantes nos roban y ahí está la prueba: un jugador de fútbol portugués autor de cuatro delitos fiscales en los que defraudó casi quince millones de euros a la Hacienda pública. En aquellos tiempos, Cristiano, siempre onomatopéyico, confesaba a los micrófonos al final de un partido: “Estoy triste”. Se ignoraba si lo decía por el monto total de la estafa, por la bajona del equipo o porque el Bernabeú no lo adoraba lo suficiente. De la tristeza a la perfección encarnada en la sonrisa cristalina de Cristiano, un tipo encantado de haberse conocido y que se tuneó la jeta barriobajera de sus comienzos a base de sesiones de cirugía estética hasta conseguir ese cutis multimillonario.
Pueden llamarme demagogo si quieren, pero yo creo que con catorce millones y pico de euros se pueden hacer muchas cosas, entre ellas, un montón de centros de ayuda a los refugiados. Esta semana nos despertamos con la noticia de un naufragio frente a las costas de Libia que se llevó la vida de más de cien personas, claro que ninguna de ellas sabía marcar un gol de chilena. El pasado viernes la ONG Caminando Fronteras anunció la desaparición de 53 inmigrantes tras el naufragio de una patera en el mar de Alborán que se encontraba perdida desde hacía una semana. Ese mismo día, la ONG alemana Sea Watch denunció la falta de colaboración de las autoridades italianas tras el hundimiento de una barcaza en la que viajaban casi treinta personas. En cambio, para buscar el avión privado donde viajaba Emiliano Sala, el flamante fichaje del Cardiff, y que se perdió en el Canal de la Mancha, cerca del paraíso fiscal de la isla de Guernsey, se movilizaron dos helicópteros, dos aviones y un bote salvavidas. Es la magia del fútbol.

viernes, 11 de enero de 2019

Cierra los ojos - Juan José Millás

Cierra los ojos - Juan José Millás

Las exploraciones interestelares en busca de una fotografía de la cara oculta de la Luna o de la Última Thule (excelente aliteración por cierto) tienen algo de colonoscopia, lo sabe cualquiera que se haya dejado examinar los intestinos. Curiosamente, las imágenes obtenidas no son muy distintas de las de una inspección gástrica: menudillos, tumores, rugosidades? Todo alude a una situación patológica. El Universo parece el resultado de una diarrea: gases, líquidos, residuos en descomposición, un guisante sin digerir? Uno de esos vestigios sólidos es la Tierra, donde las condiciones de su corteza han dado lugar a la aparición de patógenos clasificados por ellos mismos en vertebrados, invertebrados, etc. La Tierra es la bola de un escarabajo pelotero. Está llena de nutrientes (usted y yo, quizá), pero también de sustancias tóxicas (nosotros, tal vez). Y se expande. El universo se expande fruto de aquella ventosidad brutal conocida como el Big Bang. Continuará expandiéndose y nos iremos alejando de ese pedazo de fósforo que nos calienta y al que llamamos Sol. Por algo los artilugios que enviamos al espacio se denominan sondas. Es lo que son. Como la sonda que el médico ha introducido en tu cuerpo y que ahora se encuentra en la zona del colon enviando a la base, o sea, al monitor imágenes que el gastroenterólogo interpreta sagazmente. Ahí está la cara oculta de tu cuerpo y también tu Última Thule. Llama la atención el modo en que el ser humano se investiga a sí mismo. Al espejo de toda la vida, en el que nos vemos la piel, se suma ahora el espejo de dentro, el de las vísceras. Al telescopio de siempre, que nos proporcionaba excelentes vistas de la superficie, se suceden ahora estas sondas que constituyen un modo de meterle el dedo por el culo al Universo para comprobar el tamaño de la próstata. -Le acabo de quitar unos pólipos que no tenían buena pinta -te dice el médico cuando vuelves de la anestesia. -¿Y al Universo? ¿Qué le han quitado al Universo? El médico se vuelve a la enfermera: -No se ha despertado todavía. Tú cierras los ojos y ahí está, una vez más, la Última Thule.