miércoles, 21 de enero de 2015

José Luis Alvite, columnista en blanco y negro - Juan Tallón

José Luis Alvite, columnista en blanco y negro - Juan Tallón

El periodista José Luis Alvite.
Algunas columnas de José Luis Alvite (Santiago de Compostela 1949-2015) eran nostálgicas y descarnadas. Otras, descarnadas y nostálgicas. En todas habitaba una oscuridad cegadora. La fuerza de sus metáforas, que se encadenaban hasta convertir la pieza en un OK Corral, te obligaban a apartar la vista cada poco, mientras te decías, con un gesto, “pero qué cabronazo”. Alvite escribía en blanco y negro, regresando a Chandler. Había adoptado esa tonalidad en sus días de periodista de sucesos en El Correo Gallego, en los setenta. Empezaría desde tan abajo, que le gustaba decir que su primer encargo de redacción fue “salir a buscar agua en un botijo para un compañero de la rotativa”. Rara vez llegaba antes de las diez de la noche al periódico. Los jefes se desesperaban, mientras él tomaba asiento, se servía una copa y la crónica desfilaba en silencio, con los brazos en alto, como si la apuntase con una pistola.
Las mañanas se le iban en un trabajo anodino y vulgar: durante treinta años fue empleado de una caja de ahorros. Las tardes eran para el periodismo. Por las noches trataba de sacar la cabeza a flote cerca de alguna barra. De vez en cuando soltaba una cabezada, así fuese dentro del coche, para no dar que hablar. “Mi trabajo en Caixa Galicia me obligaba a madrugar sin haber dormido”, confiesa en una entrevista. Estos pequeños desórdenes, o tristezas, lo hacían muy feliz. Y escribían su biografía en poco espacio. “Lo mejor de mi currículo es la grapa”, señala en Historias del Savoy. La vida dislocada y errante le calmaba los nervios. Decía que le hubiese gustado ser niño huérfano, “vivir en un hospicio y pasar de familia en familia”. A la postre, esa existencia caótica determinó las atmósferas de sus columnas, primero en La Voz de Galicia y Diario 16, y después en Faro de Vigo, La Razón y Onda Cero. Con sus frases podías fabricar una cerilla para encender un cigarro. Si no tenías tabaco, también te surtía la columna, a menudo atravesada por alguno de esos perdedores que, cuando alcanzaban su sueño, morían dentro de él.
Entre noche y noche, inventó el Savoy, un bar a su medida —genialidad táctica— que deparó más de dos mil crónicas. Pocas ficciones literarias le resisten el pulso en nuestra prensa. Son célebres sus entrevistas imaginarias con Scott Fitzgerald, Bogart o Jesucristo. Hitler le negó que aspirase a imperar sobre Europa. “Lo cierto es que mi auténtico sueño era ser profesor de gimnasia del III Reich”.
Una escalera que baja, un guardarropa, una barra llena de náufragos, una pista de baile, un piano de cola y una puerta de atrás que daba a un callejón: eso era el Savoy. Tal vez el escenario de sus mejores columnas, no necesitadas tanto de la actualidad como de un desengaño amoroso de toda la vida o un error garrafal. Algún día le preguntaron por qué no escribía una novela, como si solo consistiese en empezar una columna y detenerse un poco más lejos. La idea misma le aburría. Además, sus columnas estaban cargadas muchas veces con todo lo que una novela puede necesitar.

Nieto e hijo de periodistas, poseyó una de las voces más particulares del columnismo español. El toc-toc-toc que levantaba su estilo se distinguía a leguas, casi sin leerlo. Te ganaba su actitud, ese modo de declarar, ambiciosamente, que siempre quiso ser “un tipo sin aspiraciones”, y con el tiempo, y sin demasiada suerte, “labrarse un pasado”. Su flirteo con la tristeza te hacía reír por dentro, muy serio. Cuando las cosas se pusieron feas de verdad, tristísimas, y apareció el cáncer, siguió pensando que en la vida le salieron bien “unas cuantas cosas que hice mal”. El sábado pasado, enterrado en el cementerio de Boisaca, se quedó muy cerca de Valle-Inclán.

Palabras que alcanzan como un 'uppercut': el recuerdo de Alvite - Quique Alvarellos

Palabras que alcanzan como un 'uppercut': el recuerdo de Alvite - Quique Alvarellos

El ex boxeador y campeón de España Ángel Grela quería que Alvite escribiese su increíble historia de ascenso y caída en el boxeo y en la vida. No ha podido ser. 
La última vez que hablé con José Luis Alvite fue hace más de un año o quizás año y medio. Un mediodía en el restaurante A Nave de Vidán, en la salida sudoeste de Santiago. Nos conocíamos desde mediados de los años 90, cuando fuimos compañeros en la redacción de La Voz de Galicia en Compostela. En 1997 yo había escrito sobre él un capítulo en mi libro Territorio auroral, donde plasmé las memorias de 36 destacados santiagueses. Ahora llevaba tiempo queriendo proponerle una historia: que escribiera la biografía del ex boxeador de Padrón Ángel Grela, una vida de novela que él ya había anotado en alguno de sus brillantes artículos. Se lo comenté rápidamente y quedamos para hablar otro día con más calma. Pero eso fue todo. Pronto llegaría la fatal enfermedad y después la muerte, el pasado jueves, de este enorme escritor gallego.
Ángel Grela, que fue campeón de España hace medio siglo, también quería —quiere— encontrar quien le escriba su increíble historia de ascenso y caída, en el cielo y en los infiernos, del boxeo y de la vida. Alvite era a pluma perfecta para el peso de Grela. De él ha dejado escritas algunas columnas que, leídas de nuevo ahora, suenan como un banco de pruebas para esa gran novela biográfica que (a menos que haya dejado inédita y yo desconozca) ha quedado frustrada.
En una de esas breves crónicas de periódico, dice Alvite: “El corazón de Ángel Grela siempre tuvo las manos muy sinceras y muy calientes. Y muy grandes. Siempre pensé que si metiese las manos de Ángel Grela en los bolsillos, se me caerían los pantalones”.
Alvite tiene, en su economía de la frase, en su metáfora directa, lo poder de un uppercut, ese golpe que, en el boxeo, deja de pronto noqueado al rival, y a nosotros congelados en el sofá de la lectura. Son palabras contadas, pero el poso que dejan en cada lector es a veces tan intenso que uno cree haber leído, en lugar de un breve artículo, cien páginas de puro arte escrito.
Todo en él era voz propia y también honda melancolía. En aquel libro mío de biografías compostelanas confesaba Alvite en 1996: “Mi infancia acabó cuando dejé de ir al mar y al sol que dora Cambados. Ahora no espero nunca nada, y esa desilusión me viene muy bien”. 
Cuando el veterano boxeador Ángel Grela se enteró, el pasado viernes, de la fatal noticia de su escritor, sólo alcanzó a decir, después de quedar un rato en silencio: “Pronto me tocará a mí”.

Descansa en paz, Alvite.

martes, 20 de enero de 2015

José Luis Alvite - Alejandro Diéguez Pazos

José Luis Alvite - Alejandro Diéguez Pazos

Alvite es uno de esos tipo que, cuando te deja, te empobrece. Desde la primera copa en el Rahid, con otro amigo común, insustituible y también desaparecido, Luis Mariño, comprendí que compartir la genialidad ajena ayuda a sobrellevar la mediocridad reinante.

Un pluma privilegiada que nunca pudo sobrevivir mucho tiempo en ninguna redacción, Alvite merece figurar en la más reducida nómina de los más grandes columnistas de este país. Su particular personalidad le alejó de los foros que se supone que uno debe frecuentar si quiere darle relumbrón a su pluma.

Empezó haciendo sucesos en El Correo Gallego y después se fue a La Voz de Galicia, pero fue en la última etapa de Diario16 en donde los descubrió Herrera, que lo llevó a sus programas de Radio Nacional primero y de Onda Cero, hasta que la enfermedad llegó. Al tiempo, publicaba sus columnas en La Razón y en el Faro de Vigo.

La fortaleza física y mental de Alvite han hecho larga esta enfermedad. La misma fortaleza que le permitía apurar las copas hasta que Suso cerraba "El Corzo" y compatibilizar su trabajo en la caja de ahorros con sus magistrales columnas.

Las genialidades brotaban de su pluma con una naturalidad pasmosa. En esta profesión de gente seria y políticamente correcta, Jose Luis era un extraterrestre. Su particular modo de vida y su brillantez fuera de lo común daban pié a la incomprensión de buena parte de sus jefes.

Da pudor escribir una columna sobre Alvite, en su territorio, la columna periodística, sabiendo que uno nunca podrá estar a la altura de lo que él se merece.

Juegas con ventaja, Al, tu pluma me apoca y tu muerte me agarrota. Hasta siempre, hermano.

Compostela y sus dioses - José Ramón Ónega

Compostela y sus dioses - José Ramón Ónega

HOY APARCO la Cibeles porque me invade un sentimiento de orfandad, al conocer la desaparición de Baldomero Cores Trasmonte. Un intelectual vocacional, profesor excelso, amigo del alma. Llevaba en la cabeza lo público y en las manos la sutileza del jurista. Cores fue mi profesor de Derecho Político, en la cátedra de Lucas Verdú. Me honraron, Cores y Lucas, con matrícula de honor en la disciplina. Baldomero me encargó la sección Ecos universitarios en La Voz, cuando le encomendaron la delegación en Santiago. Un artículo suyo cantaba: “Duro coma os cons de Muxía e garoleiro coma os pimentos de Herbón”. Así era él. Tenía la pluma fácil y el estilo elegante. Jurista nato y persona noble. Como galleguista, dejó un importante legado que todavía está por analizar. Soy testigo de cómo se zambullía, absorto, en la obra de Alfredo Brañas. Puerto Rico significó para él un fuerte impacto psicológico. Su magisterio no se detenía en lo formal, sino que desentrañaba la esencia. Tengo muchas anécdotas del profesor Cores, pero no olvido lo que viví en Méjico, después de una reunión con magistrados del Poder Judicial. Me mostraron la rica biblioteca del tribunal y me sorprendió ver, en lugar destacado,  el Derecho Político de Lucas Verdú y la Teoría política y comunicación social, de Baldomero Cores. Los magistrados conocían en profundidad la obra de Cores.  Tomen nota algunos para rendirle el homenaje que merece.

EN HOMENAJE A VALLE-INCLÁN Desde la memoria de Baldomero Cores, evoco a Valle-Inclán. He visto la foto del alcalde Agustín Hernández en el homenaje a Valle en Boisaca. El primero que se tributó a Valle-Inclán lo organicé cursando tercero de Derecho con ocasión del XXV aniversario de su muerte. Era rector Echeverri, y jefe del SEU, Ricardo Fernández Castro. En el gabinete de Ricardo colaborábamos, entre otros, Carlos de Blas, que ejercía socialismo práctico en el SUT, y yo llevaba la página en La Noche con la ayuda de Couselo, alevín ya desbocado entonces del periodismo. A Borobó, socialista, director de EL CORREO GALLEGO y La Noche, le hacíamos gracia, como me confesó más de una vez.  Propuse la organización del homenaje a Valle-Inclán, que se comu-
nicó al Rectorado. La respuesta no se hizo esperar. La policía me buscó preguntándome qué coño era eso. Llamó el rector y el decano indagando contenidos e intenciones. Respondí que un ho-
menaje a Valle, genio universal y gallego de nación, era obligado. La policía dijo que cuidadito y el rector que ojo al cristo.

LA VISITA AL DOCTOR GARCÍA SABELL Pedí al Dr. García Sa-
bell que clausurase el evento, visitándole en su casa de la Rosa-
leda. Un retrato suyo, a modo de caricatura, colgaba al inicio de la escalera.  García Sabell me dijo: “Es un Picasso”. Me contó anécdotas de Valle, entre ellas la de cuando recibió, como médico, una nota del genio ya muy enfermo: “Doctor, venga enseguida: estoy a punto de quejarme como una mujer”. Otra anécdota me la confió Borobó. El día del entierro de Valle, una gran multitud de curiosos y amigos, se congregó en los soportales de la rúa del Villar para despedirle. Cuando sacaban el féretro, una terrible tormenta de truenos y relámpagos forzó la dispersión aterrorizada del gentío. Pero en el ce-
menterio, tuvo lugar otra escena digna de un relato tremendista de Valle-Inclán. Cuando se procedía a introducir la caja en la sepultura, un admirador de Valle, fijándose en que llevaba el crucifijo, voceó: “¡Valle-Inclán no puede llevar el símbolo de la represión y del oscurantismo!”. Se inclinó sobre el féretro y arrancó con sus manos la cruz. Como la tierra estaba mojada de la tormenta, resbaló cayendo sobre la caja. El mismo Valle no hubiese descrito la escena con tanto realismo. Un relámpago vivísimo seguido de una descarga de trueno, descargó sobre el cementerio, iluminando el rostro del difunto. Una página de las Sonatas.  Contaba Borobó que tiempo después el osado admirador fue ejecutado por falangistas. 

SABIDURÍA Y SENSIBILIDAD El ciclo remató con una visita a la tumba de Valle-Inclán. Invité a don Ramón Otero Pedrayo, y nos fuimos en taxi a Boisaca. En el camino, don Ramón me señalaba el milagro de la primavera, con sus tonos de verdes y sus matices. En la palabra del gran prócer, estaba el milagro de la sabiduría y la sensibilidad. Depositamos un ramo de rosas sobre la piedra y don Ramón me preguntó: “E agora, ¿que facemos? ¿Parécelle que recemos un padrenuestro?”. Rezamos, sobrecogidos. Allí estaban los restos del más brillante y sublime gallego que hizo de la pluma un prodigio. Me pareció sentir al marqués de Bradomín poniendo su capa sobre nosotros.

ALVITE NOS HA DEJADO Hoy llega la noticia de que José Luis Alvite nos ha dejado, cerrando el Savoy, empeñado en llegar en tren a una ciudad sin ferrocarril.

periodista que amó a las peluqueras - J. R. Alonso de la Torre

El periodista que amó a las peluqueras - J. R. Alonso de la Torre

La primera vez que entré en la redacción de un periódico, me llamó la atención un tipo grande y barbudo que escribía en la primera mesa a la derecha. Aquel hombre imponente escuchaba música y parecía absorto en su artículo. Me lo presentaron un par de días después y nunca fuimos amigos, pero hicimos buenas migas. El sábado pasado, a las 12 de la mañana, el tipo grande y barbudo fue enterrado en el cementerio compostelano de Boisaca. Se llamaba José Luis Alvite, tenía 65 años y se había convertido en una de las plumas más singulares de la prensa española.

Deja mujer, tres hijos, cinco libros, miles de entrevistas, columnas y crónicas publicadas en siete periódicos distintos y un depositario de su estilo, Nacho Mirás, otro periodista gallego al que nombró su heredero natural y que visitó este verano Extremadura reflejando en sus escritos su particular opinión sobre nuestra tierra.

Alvite era tan grande como tierno. Le encantaba tomar café con las becarias en un bar de la Rúa do Vilar. Hablaban y hablaban. La chica, fascinada, el periodista, entusiasmado y quien leyera en la barra el artículo de Alvite en La Voz de Galicia, incrédulo: el autor de aquella prosa desgarrada y cruda no podía ser el mismo que se emocionaba ante un café muy negro y unos ojos muy nuevos en la mesa de la esquina.

«Me cuesta aceptar que mi próxima noticia sea el mármol de mi sepulcro. No te detengas, hermano. Ya sabes que en el periodismo perder el tiempo se considera menos digno que perder la vida»
Hace un par de años, Alvite, que ya escribía en 'La Razón' y tenía espacio propio en Onda Cero, fue al médico por una tendinitis y se encontró un diagnóstico inesperado: doble cáncer de colon y de pulmón. «Dos golpes en un solo mazazo. Fue algo desproporcionado, como encontrar un centollo en el interior de una almeja. Es una de esas veces en mi vida que la peor noticia no me la da Hacienda. Nunca pensé que envidiaría el estado de mi coche», resumiría después su impresión.

Había empezado a escribir en el periódico local de Santiago, El Correo Gallego. «Mi primer encargo como redactor me lo hizo un mozo de la rotativa, que me dio un botijo y me dijo que fuera a por agua, y eso fue lo que me puso en contacto con la calle, que es lo mejor que pude aprender del periódico», contaba.

Alvite opinaba que a los periodistas les faltaba contacto con la calle e ironizaba, mordaz, sobre la cuestión: «Los únicos periodistas auténticos que quedan son los de las peluquerías». Un buen día, publiqué una entrevista a una peluquera compostelana, que aseguraba haber confiado en todos los hombres que le habían prometido matrimonio, pero que tenía 52 años y aún no se había casado. Alvite me prefirió aquella mañana a la becaria de los ojos nuevos y estuvimos una hora bebiendo café y hablando de peluqueras. «Me gustan porque son las únicas mujeres que me creen cuando les digo que las quiero», me confesó.

Pensaba que Fraga era un talento, pero no tenía claro qué sensación le producía Rajoy: «Ni él mismo sabe qué impresión produce cuando se mira en el espejo. Es inteligente, cauteloso, nada cobarde...».

Cuando se fue a escribir en Madrid y nombró su heredero estilístico natural a Nacho Mirás, no imaginaba que los dos acabarían enfrentándose al cáncer con un arma tan poderosa como la pluma. «Si los políticos hablan con naturalidad de lo que hacen, aunque lo hagan mal, ¿por qué no vamos a hablar de lo que padecemos si lo padecemos con dignidad?», razonaba Alvite.

El periodista Mirás cuenta en rabudo.com, mejor blog personal en español de 2014 según '20 minutos', y en su libro 'El mejor peor momento de mi vida su convivencia con el cáncer. En uno de sus post, recogía un mensaje que le envió el periodista Alvite: «Me cuesta aceptar que mi próxima noticia sea el mármol de mi sepulcro. Cuídate y sigue. Aplaudiré a tu paso. Y si me ves caído en el camino, por favor, piensa que nosotros hemos nacido para ser enterrados con la grava que cabe en un sombrero. Pero no te detengas, hermano. Ya sabes que en el periodismo perder el tiempo se considera menos digno que perder la vida». Descanse en paz.

Alvite - José Castro López

Alvite - José Castro López

Se fue José Luis Alvite, periodista y escritor eminente, alquimista de la palabra, el más grande creador de metáforas y aforismos cargados de deliciosa ironía.
Por eso está cerrado el Savoy, el local en el que concibió universos, creó historias, relató episodios e inventó un mundo en el que sonaba la buena música y por el que desfilaron una serie de tipos humanos sorprendentes e imprevisibles, adorablemente simples y casi siempre perdedores, a los que “les sientan mejor las balas que las rosas”.
Decía Alvite que la vida es de una belleza distinta y emocionante si la miras a través de una ventana con los cristales sucios.
Quería decir que la vida no es como ocurre, sino como la percibes, como se te echa encima. Las “Historias del Savoy” están llenas de la bellísima suciedad de los cristales por los que Alvite ha ido viendo pasar la vida de sus personajes con los que compartía el humo del tabaco, las delicias del alcohol y la lucidez de la noche.
“No quieran conocerme. No se pierden gran cosa. Como las criaturas del Savoy, soy un sentimental que está de paso a mitad de camino entre el escalofrío del amor y el asfixiante y pantanoso hastío de una interminable tarde llena de nostalgia y malaria. No soy lo mejor de mi familia pero juraría que los que me rodean tienen la sensación de que soy más aprovechable que las sobras de la nevera”.  
Este era José Luis Alvite, persona entrañable y escritor singular, que alcanza las cumbres narrativas de Ramón María del Valle Inclán porque en sus escritos, además de la luz de las tulipas, brilla la luz de la literatura con un prodigioso dominio de los recursos del idioma.
Sus artículos, de una prosa exquisita y decorativa, reúnen el garbo y la gracia expresiva de unos cuadros satíricos y alcanzan alturas de una belleza sublime.
De Valle Inclán heredó también un aire de personaje valleinclanesco como si, en parcial reencarnación, circulara por sus venas sangre del mismísimo Marqués de Bradomín, aquel inolvidable personaje que glosó  don Ramón María, que a la postre era un don juan ochocentista, cínico y sensual. Alvite, igual que el marqués de las Sonatas, también ejercía bajo la máxima irrenunciable de “feo, católico y sentimental”.
Se fue la voz honda, quebrada y profunda que reflexionaba en el Savoy en el que abría las ventanas para “cronicar” también –perdonen el barbarismo– lo que estaba ocurriendo en el exterior como buen analista que era de la palpitante actualidad.
Se fue un maestro y amigo y, como dice la canción, algo se muere en el alma cuando un amigo se va. 

A Alvite, última - Paloma Pdrero

A Alvite, última - Paloma Pdrero

Te propuse encontrarnos en Santiago, llevaría mi nueva obra. Así podríamos conocernos personalmente, ir juntos al teatro. Me dijiste que sí. Estaba en ello, te lo prometo. Cartearnos a través de este Diario ya nos sabía a poco. Queríamos llegar a la mirada. A la voz. Porque este verano uno de tus lectores me envió la ultima carta que me habías escrito hace unos años, Horario de trenes, se titulaba. Se me pasó en su momento, y nadie me dijo nada. ¿Por qué? Será porque en nuestra correspondencia pública nos tocó hablar de la muerte. Y ya sabes que eso no gusta; como si la muerte fuera indigna. En aquella me decías, “Gracias a ti, Paloma, ahora tengo claro que lo mejor para suicidarme será que me haga con un horario de los trenes que por suerte ya pasaron”. No lo sabía. No sabía que aquella primera columna mía en la que te pedía quedarte, después de leer una tuya en la que hablabas de irte, tuvo su efecto. Si ni nos conocíamos... Bueno sí, nos leíamos, y ninguno de los dos tenemos miedo al propio sentir. Releí tu carta e, impresionada, pensé en llamarte. Pero entonces me enteré de que estabas muy enfermo y no respondías el teléfono. Te llamé. El prodigio quiso que lo cogieras tú, y pude decírtelo. Agradecerte el haber revelado que te llegó la cuerdecita que te eché y la agarraste. Agradecerte con el alma que me hicieras volver a creer en el sentido de las palabras. Entonces, te prometí ir a Santiago para llevarte al teatro. Pero tú tren llegó a su última parada antes de que yo tuviera los billetes a tu ciudad. Así es la vida, José Luis. La misma que nos ha regalado mensajes cruzados de amor para siempre. De amor a la vida, y a las palabras.

José Luis Alvite - José Torrente

José Luis Alvite - José Torrente

DELEITAR relatando las aventuras que propicia la imaginación, o la actualidad, es un don del que disponen algunos escritores. Llegar a la última enzima del fino paladar literario, deglutir con fruición cada una de las frases que se acompañan con adjetivos y sustantivos acoplados al sutil verbo, en artículos repletos de reconstituyente y divertida imaginación, es algo destinado a pocos de ellos, muy pocos. 

Desde el Savoy hemos tenido la oportunidad de conocer al mejor de todos, atemperado por el whisky que se deshacía entre unas piedras de hielo. Desde allí, impidiendo al pianista dejar de tocar la música que despertara su dormida conciencia, nos relataba una imaginaria rutina a través del humor más negro e irónico. José Luis Alvite nos elevó a menudo hacia la gloria que nos puede traer a veces, sólo a veces, una columna diaria de prensa. 

El gallego supo estar alejado de la vida social. Su misión era escribir y relatar, no aportar glamour a la entelequia de vanidades diversas. Divertirse él para divertirnos a los demás. Ser el 'mindundi' social que describía entre sus personajes era el gran secreto que le permitió imaginar sin ser visto, escribir sin adivinar qué hasta que fuera publicado. 

Leer su artículo diario era tan placentero como procaz. Soñar con imitarle era la fórmula usada para estimular su lectura. Aunque raramente adivináramos sus sueños, sí que supo plantearnos la posibilidad de compartirlos todos, desde el Savoy, arrugado por el alcohol y un cigarro más o menos, y la gabardina rota por el roce de aquel taburete antiguo. 

Rara vez nos advertía de su origen, pero él mismo pudo prever su destino, repleto de los humos impíos del tabaco, pero feliz hasta el final. Su ruta era el sinuoso camino de la metáfora. Rehogado en la oscuridad del placer de la noche, entre gánsteres y galanes, rubias y risueñas damas de lo imposible, lo imaginábamos siempre sujetando la bandera de lo prohibido, del arruinado héroe olvidado. Tanta era su humildad que hasta se disculpó por morirse. Pidió perdón por no saber que el tren que había cogido no tenía el destino asegurado en la estación del tiempo infinito. 

Él hizo posible que la lectura fuera un deseable ejercicio de vitaminado recorrido. Pulió hasta dar brillo la relación de la estéril negrura y el color vivo de la vida. Pero no quiso ver que al final del trayecto habría que bajarse sin remedio, sin más cigarrillos que fumarse. Me ha entristecido su muerte. Sé que viviré poco para disfrutar su obra lo suficiente. Y usted que lo lea.

lunes, 19 de enero de 2015

En recuerdo de Alvite: “Liberalismo, Savoy, mujeres” - Carlos Rodríguez Braun

En recuerdo de Alvite: “Liberalismo, Savoy, mujeres” - Carlos Rodríguez Braun

Los temas que siempre me fascinaron del gran José Luis Alvite son las mujeres y el Savoy, claro, pero sobre todo su suerte de respetuoso anarquismo, que viene a ser como el liberalismo pero sin bromas ni aspavientos. Sólo un liberal en serio es capaz de recibir la noticia de que padece dos cánceres y escribir como Alvite a Carlos Herrera en su carta de despedida: “Es una de esas veces en que la peor noticia no me la ha dado Hacienda”.

El Savoy me gusta también porque, como le sucede a la sociedad, tiene a menudo la apariencia de anomia, pero eso es sólo porque no estamos prestando atención. En nuestra fatal arrogancia, concebimos la sociedad como algo fácilmente comprensible y manejable. De ahí que aceptemos e incluso reclamemos que, en aras de objetivos plausibles de carácter colectivo, el poder recorte los derechos y libertades de los ciudadanos, por su bien.

Esa es la historia de la política contemporánea, que ha llegado a increíbles cotas de intrusión en la vida de las personas, es decir, exactamente lo contrario de lo que pasa en el Savoy de Alvite, pero no porque allí no haya reglas, sino porque las van reconociendo y estableciendo, como debe ser, las personas en sus tratos y contratos (más o menos) voluntarios. Por eso me gusta –bueno, y también porque José Luis era gallego, parte de mis antepasados también lo son, y el segundo Hotel Savoy, después del de Londres, se abrió en mi Buenos Aires querido, ciudad española y gallega donde las haya.

Y, por fin, las mujeres, o sea, el principio. Si los personajes de Alvite tienen algo de triste y misterioso que los torna clamorosamente humanos, su mirada hacia las mujeres lo subraya aún más, y creo que las entendía bien porque, al revés que muchos hombres, procuraba hacerlo con la modestia del que sabe que nunca las entenderá, ni a ellas ni a nada, del todo.

Lo encontré hace un par de años en su Santiago de Compostela, adonde habíamos ido parte del equipo a hacer el programa de Herrera. Me presentó a una mujer encantadora, y me advirtió: “Carlos, no me quites a mi novia”. Le dije la verdad: “No voy a poder: eres demasiado atractivo”.

Yo no soy Alvite - Pedro Narváez

Yo no soy Alvite - Pedro Narváez

Alvite ignoró todas las reglas que nos enseñan sobre cómo debe ser un artículo, por eso es excepcional: mientras los demás nos sentamos a escribir como en un quirófano con ese ombliguismo periodístico que lleva aparejado un bisturí romo, el maestro lo hacía como en el excusado que es donde los hombres al fin desembocan en lo que son. Alvite es el ejemplo de que las notas al margen son titulares y de que en una galaxia no muy lejana la literatura sin pretensiones tenía futuro. Putas y periodistas, esa entente de otro siglo, la doble P, no tuvo jamás mejor lecho que en su sintaxis desvariada que, como en el circo, nos mantenía en vilo por si el equilibrista caía a la red. Pero si alguna vez desmayaron sus palabras fue en una lona entre el aplauso de los que disfrutábamos de esa brecha en la ceja por donde brotaba sangre, sudor y melancolía. Nadie puede imitarlo sin parecer un payaso que confunde a Gómez de la Serna con Marcel Duchamp. Como si en vez de Alvite contara un chiste Eugenio, una cortina de humo. Su ataúd pesa menos que la biblioteca de un paleto porque sus artículos soltaron todo ese lastre cultural con el que se visten los reyes de la columna. Aun así, lo contradigo y parafraseo a Paul Valéry, que es el que tengo a mano en la mesa: el viento se levanta, hay que escribir.

El maestro Alvite - Ángela Vallvey

El maestro Alvite - Ángela Vallvey

Ya no podré leer en LA RAZÓN al maestro José Luis Alvite. No habrá más artículos del nueve largo para alegrarme el día. Soy afortunada –como lo ha sido durante años este periódico– por haber disfrutado de sus palabras, refugiadas entre estas mismas páginas, que brillaban gracias a su inigualable prosa. Alvite contaba con LA RAZÓN, y poco más, para expresar su genialidad: España es especialista en el arte del ninguneo, y el maestro Alvite lo ha sufrido como tantas otras personalidades extraordinarias que han nacido en este trozo del mundo y a las que, en vez de arroparlas, sus compatriotas han despreciado con severa disciplina y numantino tesón. «A ver qué se ha creído éste», se suele decir ante quien tiene un talento que, de haberlo pillado en tierra anglosajona, le hubiese procurado relevancia y fortuna, no sólo material. En España, destacar no es buen oficio. La vocación general es más bien el chusquerismo propio del color gris, el cagatintismo de la ordinariez manifiesta. Si Alvite hubiese sido inglés en vez de español, habría cumplido un alto destino. Aunque, como quizá él diría –y si no, subscribiría–, a lo alto lo pueden bajar de ahí arriba el día menos pensado. Y a saber...

Si bien, para los que lo admirábamos incondicionalmente, llegó a encaramarse al más encumbrado pódium. ¿Dónde habría podido llegar más alto que en los corazones de todos los que lo elogiamos y amamos...? Que, a pesar de todo, somos muchos.

Si el gran Ramón (Gómez de la Serna) creó la greguería, una forma original y breve de decir muchas cosas nunca antes oídas, Alvite inventó la «alvitería» (digo yo), o sea: la retórica de la poética de la metáfora iluminada, aunque a veces hablara de las zonas más oscuras del alma. (Descansa en paz, maestro. Y gracias).

domingo, 18 de enero de 2015

El gallego genial - Alfonso Ussía

El gallego genial - Alfonso Ussía

Era el mejor. José Luis Alvite. No lo escribo aprovechando su muerte, porque ya lo hice aprovechando su vida. El mejor, con marcada diferencia. Galicia nos ha regalado muchos talentos literarios. Rosalía –me aburre un poco, sinceramente–, Don Camilo, Álvaro Cunqueiro, Ángel Fole, José María Castroviejo y José Luis Alvite. La figuración extrema en la palabra. Tímido apoteósico. Había oído a Alvite en el programa de Carlos Herrera. Algún día habrá que reconocerle a Carlos su generosidad de tiempo invertido rebuscando en las esquinas olvidadas. Alvite, en Santiago; Garmendia en Sevilla. El prosista más luminoso y el poeta más cachondo. «To be or not to be,/ that is the question./ De papas con tomate/ ¡Cómo me he puestion!». Cuando pasó de la palabra hablada a la palabra escrita, aquí en LA RAZÓN, se ubicó tímidamente en la cumbre. Le presenté un libro en el Aula Cultural de El Corte Inglés en Madrid. No lo conocía personalmente y nos citamos con dos horas de antelación. Ahí estaba, con su corpachón de marino, en una esquina de la barra, pidiendo perdón al aire ajeno que respiraba. Apenas unas horas en Madrid y ya languidecía de melancolía pensando en Santiago. Lo suyo no era viajar. He tenido la suerte o la desgracia de verme obligado a viajar más de lo que hubiera querido, y comprendí la animadversión de Alvite hacia el viaje. «Todo es decepcionante. Por ejemplo, cuando ví por primera vez la Plaza de San Pedro, me pareció muy pequeña». Escribió de Nueva York con tanta belleza que resultaba imposible creer que había estado, que no lo estuvo, en Nueva York. Se viaja con la imaginación y la sensibilidad. «Compadezco a esos matrimonios que celebran sus Bodas de Plata con un gran viaje. Viajar con la mujer propia es tan extravagante como el cazador furtivo que se hace acompañar del Guarda Mayor de la finca».

Alvite era, aparentemente, serio y reconcentrado. Pero siempre estaba sometido a su genialidad. En aquella presentación falló el otro presentador. Mi intervención salió de dulce, y una cerrada ovación celebró mi esfuerzo. Me susurró Alvite: «Como el otro no ha venido y te ha salido tan bien tu discurso, voy a proponer que lo leas otra vez». Así lo hizo, y así lo hice. Alvite llevaba preparada una cuartilla cuya lectura no superó los cinco minutos. «Y mañana, a Santiago, que está a diez horas de viaje». Lo confirmó en su estupendo artículo del viernes Paco Reyero. «Ya de viajar, se hace bien y mirando los paisajes». Los paisajes y los descansos en pueblos en los que sólo él se detenía para dominar su talento.

El «Savoy» imaginado y las mujeres. Sus grandes amores. Decenios cumpliendo con su trabajo de cajero en la sucursal compostelana de una Caja de Ahorros. «Se pasa mal. Llega una mujer a cobrar un talón de 300 euros con los 300 euros en la mirada. Y el talón no tiene fondos. El director lo rechaza, y los 300 euros en los ojos de esa mujer se convierten en lágrimas».

Coincido plenamente con César Vidal. Alvite voló por encima de Umbral, que es vuelo estratosférico. El texto de Manolo Calderón, preciso y hondo, como su amistad vislumbrada. Y el de Ángela Vallvey, Pedro Narváez, el profesor Rodríguez Braun... y todos los columnistas de nuestro periódico. Homenaje al más grande, al dueño de la metáfora, a la humanidad triste y descarada, al que mejor ha sabido colocar las palabras y la belleza, unas detrás de otras, en el periodismo español de los últimos decenios.

Enemigo de lisonjas y premios, estoy por proponer a Mauricio Casals la creación del «Premio José Luis Alvite» de periodismo escrito. Un estímulo para distinguir a los escritores que intenten acercarse a su talento. Lo malo de este premio literario es que sólo podría ganarlo el propio José Luis Alvite. Y para mí, que en las presentes circunstancias, no tiene ninguna intención de optar a ello.

Gracias por tanta belleza y genialidad literaria, José Luis. Será difícil, pero intentaremos imitarte.

sábado, 17 de enero de 2015

Animales y brutos - Ánxel Vence

Animales y brutos - Ánxel Vence

Una reforma introducida en el Código Penal castigará con penas de un año de cárcel a quienes se excedan en su amor a los animales hasta el extremo de incurrir en la práctica del bestialismo o, por decirlo más suavemente, la zoofilia. A los toros, eso sí, se les podrá seguir banderilleando, alanceando y estoqueando en las plazas de España.
En esto, como en la economía, seguimos también los dictados de Ángela Merkel, cuyo gobierno aprobó hace un par de años una ley que prohíbe "el uso de animales para actividades sexuales", bajo multas de hasta 25.000 euros.
Bien es verdad que en el caso de Alemania había razones de peso para tomar tal medida, tras el descubrimiento de la existencia de granjas-burdel en las que algunos apasionados de la fauna satisfacían sus extraviados apetitos. El diario alemán que destapó la noticia hizo notar que los animales morían a menudo como consecuencia de las relaciones no consentidas a las que los sometían algunos brutos de dos patas.
La ley desató un no pequeño debate en el país de Merkel, donde existe una asociación a favor de las libres relaciones entre humanos y animales. Su presidente, un bibliotecario de Münster felizmente amancebado desde hace años con una perra de su propiedad, no duda en afirmar que "es más fácil comprender a los animales que, por ejemplo, a las mujeres". Él sabrá.
El quid de la cuestión reside más bien en definir lo que el nuevo Código Penal español entiende por "explotación sexual" de los animales. Uno puede caer, por ejemplo, bajo el hechizo de una oveja, como le ocurría al personaje de cierta famosa película de Woody Allen, sin que tal circunstancia implique necesariamente un maltrato a la res. En ese y otros casos parecidos, se trataría de deslindar la delgada línea que separa al amor del sexo antes de meter entre barrotes a la parte humana de la pareja.
Otro tanto podría ocurrir en el caso de los perritos, tan dados al lametazo del que sus dueños podrían servirse con torpes propósitos lascivos, aprovechándose de la natural ingenuidad del animal. Aunque el can no sufra daño, esta inapropiada utilización de su lengua podría inscribirse dentro del capítulo de explotación sexual que castiga el nuevo Código.
La conversión de la zoofilia en delito tendrá, probablemente, otro curioso efecto sobre la difusión de algunas películas en las que se hace apología más o menos indirecta de esa práctica. No hablamos ya del género porno, en el que burros y caballos son protagonistas, muy a su pesar, de ciertas hazañas eróticas que están fuera del alcance de los humanos.
Se trataría más bien de películas comerciales muy celebradas por sus valores, como -un suponer- el "Padre padrone" de los hermanos Taviani, que incluye la escena de un jovencísimo pastor en el trance de aliviar sus urgencias hormonales con las ovejas del rebaño a su cuidado. O la menos conocida "Night on Earth", en la que un taxista de Roma confiesa a un pasajero sus relaciones con Lola, una oveja por la que bebía los vientos.

Ejemplos como estos podrían inducir en la población la creencia de que tales actos resultan aceptables, cuando en realidad sus autores van a ser castigados con la cárcel por el nuevo Código Penal. Quién nos iba a decir que el amor a los animales, tan propio de las sociedades civilizadas, acabaría por llevarnos a estos extremos. Todo es cuestión de medida, como nadie ignora. Salvo los brutos.

viernes, 16 de enero de 2015

Atesorando el recuerdo de José Luis Alvite - Rocío González Martínez

Atesorando el recuerdo de José Luis Alvite - Rocío González Martínez

Sé que la lluvia que está cayendo en este instante es la manera en la que estás aquí conmigo, tu despedida irónica. Tu esencia melancólica frente a mi rebeldía y a mi incapacidad de comprender que el mundo en gris y lluvioso tenía unos reflejos que yo no sabía mirar. Sin embargo, quizás sólo por darme el gusto, a veces me complacías e insertabas un taxi amarillo, una costa naranja, un vestido fucsia o verde… “Escribiré con colores”, me prometías y yo los buscaba en la columna, como en un juego. Mientras te preguntaba con qué canción lo habías escrito para leerlo igual que lo escribiste tú. Un juego diario durante tres años, hasta que dejaste de escribir. “Es temporal, volveré pronto”.
No me existen palabras para poder describir el orgullo, sano y sin viso de maldad, que me provocaba que alguien como tú me nombrara su musa, y que además lo hicieras público, en cada entrevista, en cada evento. Cuando me dedicabas las columnas en el periódico o en la radio, las que llevaban mi nombre y las que yo sólo sabía que estaban tejidas para mí. No sé si estuve a la altura de tan gran honor. Me daba vergüenza, por pura timidez, y a la vez disfrutaba de mi suerte.
Tú, un genio con todas las características que tienen los que, de verdad y con humildad, son superiores a los demás, mirando a los ojos a alguien como yo, que no era más que un poco de nadie en un extenso mundo. Y no sólo eso, me permitías decirte Joselito, sin enfadarte ni nada.
Contemplo mis osadías con incredulidad.
Has sido sin duda el mejor columnista que he leído jamás. Trabajar para ti era un privilegio, un honor, una escuela, una fiesta, un placer. “No tengas tanta prisa, llevas el ritmo de un tambor, luego trabajas” y me solicitabas que pidiera otra copa, o siguiera charlando, mientras encendías (bueno, tú siempre usabas el verbo prender) un cigarrillo. “Hay tiempo, no seas tozuda” y mis horas de trabajo se convertían en deleitarme con todo lo que me contabas. Desde aquel primer día en el que me propusiste ordenar tus artículos hasta hoy no dejé de paladear cada instante, cada proyecto, cada libro. Incluso me animabas a escribir y me tenías prometido escribir el prólogo del libro que consiguiera publicar, hasta te ofreciste a editarlo. Tu generosidad no conocía límites, prueba de ello es que  me dejaste entrevistarte.
Poco antes de que enfermaras yo tenía preparado todos los textos para un nuevo libro, tal y como me pediste. Casi acabábamos de volver de la Feria del Libro de Madrid con “Lilas en un prado negro” cuando transcribí unas fotocopias medio borrosas para que naciera “Las charlas de nunca”. A la vuelta de las vacaciones comenzaríamos a pensar en la presentación del libro, me dijiste. Yo me compré un vestido precioso para la ocasión. En septiembre comenzó tú periplo por los doctores. El libro se publicó nueve meses más tarde, pero el vestido sigue sin estrenar. Es el único libro que no tengo firmado por ti. Odio ese vestido.
Hace dos meses hablamos por última vez, me dijiste que estabas regular, dolorido, cansado y yo empecé a bromear contigo hasta hacerte reír. Me dijiste entonces que pronto comenzarías a escribir, que te apetecía y que ya mismo te ibas a poner bien porque me debías un café en “la Rotonda” del Palace en Madrid.  Luego te mandé mensajes que no me contestabas y me autoconvencí de que era porque estabas mejor, tanto que te había vuelto el odio irracional al teléfono y subyacía el miedo a lo peor.
Hoy, ayer, no sé que día es ya, ha llegado lo que tanto temía. Me soltaste de la mano.
Me quedo con tu capricho de que yo fuera quien le echara el azúcar en el café y lo pasara al vaso con hielo, con el día que me lanzaste al ruedo porque el editor perdió el avión, con tus ojos azules entre el humo, con las dos muertes de Lorraine y el gato del Savoy, con tus remordimientos, con el arroz con leche en barreño, con las sevillanas en “El Corzo” y el “New York, New York” que me hiciste bailar. Me quedo con tus gintonics sin mariconadas, con el dinero sin cartera, con Teddy Pendergrass, con los malos ratos, y con tu forma de vivir a placer. Me quedo con el lenguado como raqueta de pádel, tu “pronto” gallego, tu generosidad, la bandera del Waldorf Astoria y tu intolerancia al calor. Me quedo con el amor a tu familia y la devoción a tu profesión, con tu música, tus historias y tus quejas. Me quedo con tu forma de mirar.
Me quedo, sobre todo, con cada una de tus palabras
Sé que estás aquí porque sigue lloviendo y porque me niego a asumir que el mundo pueda seguir girando sin ti. Me resulta un desperdicio que no estés ribeteando el día con alguna de tus frases y que tu voz y tus manos hayan callado para siempre. No puedo asumir que te has ido.

“Odio las despedidas, nunca digo adiós, sólo desaparezco”…me lo tenías avisado Jefe, y no te creí, pero eso no significa que esta noche -y las que quedan-  siga velando tu memoria… atesorando el recuerdo.

miércoles, 14 de enero de 2015

Se prohíbe el paso - Antonio Burgos

Se prohíbe el paso - Antonio Burgos

Podemos y la Semana Santa.
Tras este artículo seguramente los cada vez más poderosos y crecidos podémicos me acusarán de manipulación. ¿Y saben lo que les digo? Que me importa un cara..cter. Porque esto va, como me piden muchos lectores, de Podemos y la Semana Santa. Una fiesta religiosa y popularísima en toda España que desde los ayuntamientos apoyan incluso PSOE e Izquierda Unida se pone ahora en cuestión cuando se une al nombre de Podemos, manada de lobos solitarios que sin necesidad de turbante, babucha ni chilaba amenaza los fundamentos de nuestro sistema y los logros de la Constitución de 1978.
A nadie se le pasa por la imaginación que el PP quiera prohibir la Semana Santa. Incluso algunos llegan a pensar que el PP la quiere hacer obligatoria, prohibiendo que la gente se pire a las playas y deba ir obligatoriamente a ver cofradías. Pero, en cambio, se han corrido las voces de que Podemos quiere acabar con la Semana Santa como celebración religiosa que es, obviamente ligada a la Casta. Como es sabido, José de Arimatea y Nicodemos formaban parte de la casta de Jerusalén y no es admisible que los Los hombres de mi vida sacando en procesión sobre un paso con la excusa de la redentora muerte de Cristo. Y sé además por qué Podemos la tiene tomada, como cuentan, con la Semana Santa. Porque los capataces, cuando quieren animar a su cuadrilla para una chicotá difícil con el palio por la estrechez de una calle o la salida por una puerta ojival, levantan el faldón del paso y dicen a los costaleros:
-- ¡Vamos a echarle casta, valientes!
Ojú lo que ha dicho usted, señor capataz: ¡casta! Con Podemos hemos topado. ¿No van a querer acabar con la Semana Santa, si es una exaltación de la casta, manque sea la casta de "óle la cintura de los costaleros güenos"! Y como esa idea está en el aire, en una entrevista a la nueva baranda de Podemos en Sevilla, a doña Begoña Gutiérrez, le han preguntado:
-- Dígame si es verdad eso de que si Podemos gobierna prohibirá la Semana Santa...
Y si no fuera en absoluto verdad, esta señora hubiera respondido:
-- ¡Qué tontería! ¡Eso es un embuste muy gordo, una manipulación de la Casta y la Susana! ¿Cómo vamos nosotros a prohibir la Semana Santa, que es del pueblo?
Hubiera, en todo caso, matizado que para ellos es la celebración del Solsticio de Primavera, como el otro gilipollas laico llamaba Solsticio de Invierno a la Navidad. Pero no. No ha sido en absoluto tajante, porque la podémica señora contestó:
-- En Podemos todo lo decidimos los ciudadanos y los ciudadanas. Si se llegara a plantear esa cuestión, serían ellos quienes lo decidirían.
O sea, que no se descarta un referéndum para ver si la gente está conforme o no con el "Prohibido el paso"... de Semana Santa que esta señora no ha acabado de desmentir de manera fulminante, por mucho que luego, según norma de la casa, haya tratado de sacar el pinrel al ver que los ciudadanos y las ciudadanas se le echaban encima y encimo por semejante carajotada y carajotado. Y digo yo: si Podemos gobierna ¿serán también los ciudadanos y ciudadanas quienes decidan si hay Fallas en Valencia, Sanfermines en Pamplona, San Isidro en Madrid, Feria en Sevilla y Rocío en Almonte? Como sea como la gente teme, pueden llegar más lejos que Pilatos. Ya saben, aquel forastero que estaba viendo el paso de Cristo de la Sentencia y preguntó quién era el romano de la túnica blanca y la palagana que iba encima. A lo que el macareno de los Callejones respondió:
-- ¿Ese? ¿Quién va a ser? ¡Pilatos, que a punto estuvo de indultar a Jesús en vez de a Barrabás y de dejarnos sin Semana Santa, el hijo de la gran puta!
¿A que va a resultar que Pilatos, aunque casta romana pura de oliva del huerto de Getsemaní, era de Podemos, sector Begoña Gutiérrez?

                     

lunes, 5 de enero de 2015

La Derecha muerta - Federico Jiménez Losantos

La Derecha muerta - Federico Jiménez Losantos

LO PEOR para España no es que en la Izquierda triunfe un proyecto político con claros visos de hegemonía que recoge lo peor del comunismo académico y lo más estúpido del tercermundismo austral. Eso es malo, pero se veía venir. Podemos es la cosecha sembrada en los ubérrimos predios del PSOE por el zapaterismo, una vez quemado el rastrojo felipista. Estamos ante el triunfo de la Sexta sobre Cuatro, de Roures sobre Cebrián, de las gracias sobre las barbas y de la progresía catalana sobre la madrileña. Pablo Iglesias II sucede a Pablo Iglesias I gracias a Zapatero, que es el que puede presumir de implantar los valores antinacionales, antiliberales y antidemocráticos que finalmente se han impuesto en la Izquierda.

Pero siendo grave que la Izquierda no tenga más futuro que el de su peor pasado; siendo terrible que a los Felipe, Guerra, Boyer o Múgica les sucedan los fans de Hugo Chávez, ese Club de la Comedia del Gulag en el que Monedero dice que «tiene en los ojos un Orinoco» porque se murió el Gorila Rojo, el del golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez; siendo esa cursilada bolivariana decididamente atroz, no es lo peor. Ni siquiera en las universidades, césped tan pisado que ha resultado pacido por la Izquierda, ni todos los economistas creen en los milagros ni todos los politólogos son simpatizantes de la ETA. Por el relevo generacional en las especies de rumiantes intelectuales, volverán a las cátedras economistas keynesianos con más respeto por Hayek que por Bujarin y que sientan arcadas ante fotos del Che, Castro, Lenin o Chávez. Tardará, pero sucederá.

Lo terrorífico es que en la Derecha política, que Aznar unificó en el PP y que debe ser el contrapeso de la Izquierda, ha desaparecido hasta la más leve sombra de un proyecto intelectual capaz de sobrevivir a la pérdida del Poder. La Izquierda de Zapatero, a falta de ideas, tenía odio. Impostado, inventado, fruto del sectarismo y la frivolidad, pero a la casta progre, tras la caída del Muro, ¿qué le quedaba? El odio a Franco, al Papa y a los Estados Unidos. Por eso hizo falta el PP, un proyecto dizque liberal y nacional. Y hoy, cuando más falta la idea nacional y más amenazada está la libertad, ¿dónde está el PP?

Hay tumbas muchísimo más confortables en Egipto que el futuro de la Derecha después de Rajoy.

Un negro de verdad - Juan Manuel de Prada

Un negro de verdad - Juan Manuel de Prada

SE han recogido decenas de miles de firmas reclamando que en la cabalgata de Reyes de Madrid desfile un negro de verdad encarnando al rey Baltasar, en lugar de un concejal embetunado. Este prurito verosimilista de los firmantes es perfidia y ganas de tocar los cojones, muy rebozaditas de farfolla filantrópica; pues, ya de puestos a ser verosímiles, habría que solicitar que el hombre que encarnase al rey Baltasar no sólo fuese «negro de verdad», sino también rey de verdad. Pero ¿dónde encontramos un rey negro de verdad? Ni siquiera nos habría servido Haile Selassie, emperador de Etiopía y descendiente de la reina de Saba, que según especificaba Julio Camba era de raza amhárica, «una raza que, a lo largo de los siglos, ha ido tostándose poco a poco en el horno etíope». Definir los contornos de la raza negra depende, como todo en la vida, del color del cristal con que se mira: para los ingleses, por ejemplo, toda la humanidad, de Calais para abajo, es negra; y buena prueba de ello es que un amigo africano que tenía Camba en Londres, cuando quería ir a cenar a algún restaurancillo italiano o griego del barrio de Soho, le decía: «¿Quiere usted que vayamos a un restaurante negro?».
Y si un restaurante mediterráneo valía para el amigo africano de Camba como restaurante negro no se entiende por qué demonios un concejal de Chamberí no puede valer como rey negro para los firmantes de esa petición, que para cualquier habitante de la pérfida Albión serían más negros que Haile Selassie. Por lo demás, no sabemos si los tres Reyes Magos eran tres o veinticuatro (se dice que fueron tres porque tres fueron las ofrendas que hicieron al Niño); y sabemos que no eran reyes ni tampoco magos, no al menos en la acepción de brujo o prestidigitador aceptada por el vulgo. En Persia, de donde seguramente procediesen, se llamaba «magos» a los sabios de una casta sacerdotal; y pruebas diversas de su sabiduría las hallamos en la narración evangélica: eran enormemente despistados y hacían cosas que no se le ocurrirían ni al que asó la manteca, como ir a preguntar al felón de Herodes por el recién nacido; y, aunque despistados (como todo sabio que se precie), eran también prudentes, pues después se volvieron por otro camino, para no dejarse utilizar por el felón de Herodes. Si en lugar de sabios hubiesen sido intelectuales no sólo habrían vuelto por el mismo camino e informado al felón de Herodes, sino que se hubiesen puesto de inmediato a su servicio.

Tal vez los firmantes que pedían «un negro de verdad» no lo hicieron por un grotesco prurito verosimilista, sino para consolarse de no poder pedir un sabio, porque en España, donde hay intelectuales a porrillo, es mucho más difícil encontrar un sabio que un negro. O tal vez los empujase aquel sentimentalismo teológico de Antonio Machín cuando pedía al pintor de su bolero que pintase angelitos negros; pero este sentimentalismo teológico, desde que Juan XIII canonizase a San Martín de Porres, es perfidia y ganas de tocar los cojones. Yo a los firmantes que han reclamado que a Baltasar lo encarne «un negro de verdad» les concedería, a modo de consuelo, que albergasen en su casa a un negro de verdad de los que cruzan la valla de Melilla. Tal vez entonces estos firmantes dirían, parafraseando al filántropo de «Los hermanos Karamazov»: «Amo a la negritud; pero, para gran sorpresa mía, cuanto más amo a la negritud en general, menos amo a los negros en particular». Que una cosa es poner a un negro a desfilar en una cabalgata, para exhibirlo y de este modo exhibir nuestra filantropía, y otra muy distinta sentarlo a la mesa. Y es que el signo distintivo del filántropo es amar mucho al prójimo, pero a distancia.

domingo, 4 de enero de 2015

Teléfonos de señora - Antonio Burgos

Teléfonos de señora - Antonio Burgos

Imperdibles, que te dijeran solos dónde los han dejado.
En la paz del hogar, con un tinteneo de llaves a punto de salir a la calle ya sonando, abrigo puesto y bolso en la mano, va su jefa de usted, o sea, la dueña de la casa, y le dice:
-- Pepe: ¿me puedes llamar desde tu teléfono a mi móvil, que no sé dónde lo he dejado y Rocío me está esperando abajo, que tiene el coche en doble fila?
Y Pepe llama al móvil de su legítima, ese cuyo número no se sabe pero tiene con icono de acceso directo en la pantalla de inicio. Y el telefonillo siempre perdido suena donde menos imaginarse pueda, como suele ocurrir en el 99,02 de los casos estudiados por el Observatorio Permanente para la Búsqueda del Teléfono Móvil de Su Señora de Usted.
En el caso que estamos exponiendo como retrato de nuestro tiempo pueden ocurrir dos cosas: que el teléfono de la amiga de Rocío suene y se sepa donde está; o que no suene y haya que seguir buscándolo. Si suena, puede hacerlo de un modo natural y primario en los lugares de costumbre donde las señoras no se acuerdan que han dejado el móvil. Esto es, en la encimera de la cocina, en el cuarto de baño, en la salita, quizá en la mesilla de noche. Pero también puede sonar el invento de Apple o de Samsung en lugares más recónditos, dentro de los ya enumerados. A saber: en la cocina, sí, pero no en la encimera, sino debajo, en el cajón de los paños limpios de cocina. O en el cuarto de baño, pero dentro de unas toallas ya usadas que estaban a punto de ser introducidas en el bombo de la ropa sucia. Y si en el dormitorio, debajo de la almohada, tan mullida que amortigua todo timbre de Movistar o de Vodafone. Si el teléfono de aquí-mi-señora suena no hay, pues, el menor problema.
El problema, y gordo, empieza cuando no suena por parte ninguna y reciben respuesta esperanzadora sus habituales preguntas a la parienta: "¿Has mirado bien dentro del bolso? ¿No lo tendrás en el bolsillo del abrigo que te pusiste ayer? ¿Te acuerdas dónde ha sido la última vez que has hablado con él?" Estás por llamar a la Oficina de Objetos Perdidos, o de rezar a San Antonio, que todo lo halla, o de anudar pañuelos en petición de auxilio a San Cucufate cuando viene entonces la frase con la que ya se masca la tragedia. Y es cuando la jefa de la casa va le dice a Pepe:
-- Ahora que me acuerdo... ¡le tenía quitado el timbre! Lo puse en modo silencio ayer en el cine y me parece que no se lo volví a poner...
¡Horror! Tragedión a la vista. Si difícil es encontrar dónde ha dejado el teléfono móvil una señora, ni te cuento si le tiene quitado el timbre. Y aquí me tienen a Pepe registrando cuarto por cuarto la casa, recibiendo de nuevo la orden primigenia:
-- A ver, llámame otra vez desde el fijo, a ver si se oye por lo menos el zumbador de cuando se le quita el timbre.
Y es entonces, ay, cuando la jefa siente en el bolsillo de su chaleco una como dulce caricia vibratoria. Y la historia acaba como siempre con los teléfonos que no hallan las señoras: no lo encuentran por toda la casa...¡porque lo llevaba encima!
Moraleja: en estos días en que tantos teléfonos móviles de última generación se regalan, deberían las casas fabricantes tener en cuenta a los pacientes maridos que se pasan todo el santo día buscando dónde han dejado el teléfono sus santas esposas. ¿No hay ropa de señora y ropa de caballero, e incluso pistolas de señorita, como la del suicidio de Juan Belmonte? ¿Por qué no hay también teléfonos móviles de señora, imperdibles, inmediatamente localizables, que no haya nunca que buscar si están en la salita o en el cuarto de baño? Un amigo afectado por este frecuente problema matrimonial me confesaba:
-- Tú sabes que no soy machista y que me encanta que las mujeres tengan su sitio, pero yo no sé cómo Angela Merkel puede gobernar Alemania. Seguro que como señora que es se pasa el día buscando dónde ha dejado el teléfono móvil, no sea cosa que la llame Obama y salte el contestador...

                     

Comportamientos asesinos - Juan José Millás

Comportamientos asesinos - Juan José Millás

En esta crisis, que dicen que es de deuda, tenemos muy bien identificados a los deudores, no así a los acreedores. ¿Los deudores?: usted y yo y nuestra tía Mercedes, y el vecino de abajo. Todos, en fin, los que estamos pagando una hipoteca. Somos fácilmente localizables pues estamos fichados por multitud de empresas telefónicas, gasísticas o eléctricas dispuestas a colocarnos en una lista negra de morosos si nos retrasamos en el pago de una factura. Entrar en esas listas es fácil, pero salir resulta imposible. Perded toda esperanza los que entráis: a partir de ahora se os denegarán las tarjetas de débito. Se archivarán en la basura vuestras solicitudes de crédito. Figurará la morosidad en vuestro curriculum laboral. Son peores estas fichas de los poderes financieros que las de la policía, donde apareces de frente y de perfil por una cuestión romántica, del pasado, pues existen ya formas de identificación más eficaces.
Los deudores, en fin, tenemos nombre y apellidos y un número de DNI y un domicilio donde localizarnos. Así debe de estar el 80% de la población griega: hombre, mujeres, ancianos, oficiales de tercera, soldadores, jardineros e ingenieros informáticos. Grecia agoniza ahora mismo debido a su deuda y España va por ese camino (ya debemos el 100% del PIB). Ahora bien, a quién se le debe todo este pastizal, que diría Blesa. ¿Son tan localizables los acreedores como los deudores? En absoluto. Los acreedores no tienen nombre ni razón social ni siquiera fotografía de frente y de perfil. Su crédito hipotecario, que usted creía deber al banco de la esquina, con cuyo cajero automático se confiesa de forma regular, seguramente ha sido vendido ya a un fondo de inversiones japonés. ¿Y qué es un fondo de inversión? Pues algo así como una divinidad, pero una divinidad de aquellas a las que hay que sacrificar adolescentes y doncellas y ancianos y bebés para calmar su sed. Fíjense cómo han dejado estas divinidades a Grecia para hacerse una idea de su ferocidad.

Hay una asimetría insoportable entre el grado de conocimiento que se tiene del pequeño deudor y del gran acreedor. Pero el gran acreedor, aunque esté sin fichar, empieza a mostrar comportamientos asesinos. Y como tal debería perseguírsele.

sábado, 3 de enero de 2015

Amar, amor - Salvador Sostres

Amar, amor - Salvador Sostres

Es crucial amar, pero todavía más importante dejarnos querer y demostrar que nos sentimos amados. Los que nos sentimos bien dando, a veces caemos en la arrogancia de no prestar atención a lo que nos dan: por timidez, por inseguridad, tal vez porque creemos que no lo merecemos; y así hacemos infelices a los que se esforzaron en satisfacernos, y que también esperaban sentirse felices a través de nuestra felicidad.

No sé si tiene mucho que ver, yo creo que sí, pero alguien podría pensar lo contrario; el caso es que una de las cartas que con más amor he conservado a lo largo de mi vida ha sido la que mi querido pediatra, y amigo, Juan Brotons, me escribió el día de mi Primera Comunión. "Recuerda: jugar es rezar, estudiar es mejor". Ser protagonistas de nuestro cuento, de nuestro yo en permanente expansión, de nuestra manera de llenar el espacio, da casi siempre un excelente resultado. Pero también los  demás tienen que poder hallar su espacio, y lo tienen que hallar en nosotros, y sólo pueden hallarlo si nosotros estamos callados, y quietos, y dejamos que sean ellos, por una vez, los que nos hagan sentir especiales.

Jugar es rezar. Si así no hubiera sido yo habría jugado a hacerte feliz. Sabemos las canciones y los trucos, y aunque ahora no tengo tiempo para explicarlo puedo jurarte que yo con mis simples manos he hecho magia, he jugado con el mundo como si fuera un globo aunque no soy ningún tirano, y cada maravilla se me ha abierto de piernas y brazos cuando he llamado a su puerta.

Sin embargo tiene razón mi doctor. Estudiar es mejor. Cuando nos contenemos, cuando escuchamos, cuando aprendemos, cuando sabemos recibir amor, cuando sabemos aceptarlo, cuando sabemos guardarlo como un tesoro con la parte de deuda y de agradecimiento, eso es bastante más complicado que saber darlo, y más que ser buenos somos santos, porque hacemos sentir a los demás como a nosotros tanto nos gusta sentirnos.

Amar es cuidar de dos almas. Deja que la suya crezca en ti tal como tú creces en la suya. Renuncia a una pequeña parte de tu vanidad para que también los demás puedan tener la sensación de que lo que hacen por ti tiene algún sentido y puedan sentirse importantes al ver que para ti su amor es muy necesario.

Amar es también cuidar de su amor. No es la única tu inseguridad. Jugar es rezar, estudiar es mejor.

Un sinvivir - Juan José Millás

Un sinvivir - Juan José Millás

Estoy a la espera de la migraña liberadora, que no acaba de llegar. Digo que es liberadora porque me exime de continuar trabajando. Es la coartada perfecta para abandonar la escritura de la novela que tengo entre manos. Seguiré mañana, me digo, pues con este dolor de cabeza no hay quien haga nada. La migraña afecta al globo ocular izquierdo que deviene en un planeta de dolor incrustado en la cara. Se anuncia con la visión de figuras geométricas y gran aparato fosforescente: una especie de lluvia de estrellas a plena luz del día. También con una agudización del pensamiento que dura poco: no da ni para construir medio sistema filosófico. Medio sistema filosófico malo, quiero decir, de los de andar por casa. A veces, le precede también una neuralgia de faringe que al principio confundía con infecciones de garganta. Esa neuralgia se traslada al oído interno y desde ahí viaja al ojo, donde se instala de forma definitiva.
Me he despertado con todos los síntomas que anuncian el advenimiento de la migraña y me he sentado pacientemente frente al ordenador para recibirla como se merece. Pero viene con retraso, lo que me sume en un estado de excitación nerviosa indeseable. ¿Qué hago? ¿Retomo o no retomo la novela? Si no la retomo y la migraña tampoco se presenta, me sentiré culpable por no haber trabajado. Puedo acelerar su llegada fumándome un cigarrillo, pero nunca fumo a estas horas de la mañana ni sin haberlo merecido. El cigarrillo es un premio. Lo enciendo siempre a media tarde o al final de la jornada. A veces lo combino con el gin tonic. Se trata de una suerte de jornal, pero el jornal hay que ganárselo. Se empieza fumando a las siete de la mañana sin motivo y sabe Dios cómo acaba uno.

Un ibuprofeno, tomado a tiempo, puede cortar el avance de la migraña. ¿Pero por qué cortarlo? Somos también esto: puro dolor. En la migraña, si uno ha aprendido a manejarla, hay también un cierto grado de dicha. Digamos que te da una perspectiva de la existencia. Los días peores son aquellos en los que avisa de su llegada, pero no aparece. Los días en los que, como hoy, te da plantón. Ya había hecho uno sus planes con ella y ahora tiene que rehacer toda la agenda. La vida es un sinvivir.

Galicia y el sexo del mar - Ánxel Vence

Galicia y el sexo del mar - Ánxel Vence

Una orden publicada en las severas páginas del Diario Oficial de Galicia acaba de autorizar la caza y captura del carallo de mar, bicho del género de los equinodermos al que los científicos disfrazan bajo el nombre de "Holothuria foskali". Por una vez está plenamente justificada la exclamación "¡Manda carallo!" que los gallegos acostumbramos a utilizar como expresión de asombro.
Ninguna razón hay para el pasmo, naturalmente. El mentado carallo es un animal de aguas profundas que ya se comercializa en decenas de países a los que ahora se incorporará Galicia por medio de la patente de corso que la Xunta ha otorgado a siete buques de una cofradía de O Morrazo.
La pieza en cuestión tiene una inequívoca forma de verga, alcanza los treinta centímetros de longitud y expulsa un líquido blanquecino y gelatinoso al ser acosado: detalles que acaso expliquen la denominación popular que se le da en este reino. Más o menos, esa es la misma razón que llevó a los gallegos a bautizar como "carallo de home" cierta variedad de percebes de O Roncudo, famosos por su grueso calibre.
La apertura de la veda del carallo (de mar) evoca una vez más la estrecha relación que en Galicia existe entre el marisco y el sexo. No hay más que observar al mejillón y la almeja, bivalvos que evocan la vulva tanto en la forma de estos moluscos como en la denominación bajo la que se los agrupa. Quizá eso explique los muchos juegos de palabras y versos decididamente eróticos a los que da lugar aquí la asociación lingüística entre berberechos y berberechiñas.
No se agota ahí el catálogo de pecados en los que los gallegos mezclamos alegremente la gula con la lujuria. Valgan de ejemplo las vieiras, para las que -no por casualidad- carece de palabra equivalente la rica lengua castellana. Las vieiras recuerdan por su curioso aspecto al monte de Venus (también llamado pubis): y de ahí les viene precisamente el nombre. De Venus, diosa del amor, deriva por línea etimológica natural el castellano "venera" -hoy en desuso- y el popularísimo término gallego vieira, exportado ya a muchas lenguas del mundo.
A todo esto hay que agregar la autorizada opinión de Brillat-Savarin, famoso teólogo de la gastronomía que hace un par de siglos teorizó sobre las propiedades afrodisiacas de las ostras. Aquellas ostras de Arcachon, aunque también pudieran ser de Arcade, que el sibarita y revolucionario francés engullía con pecaminosa delectación, como si se estuviese metiendo en la boca otra cosa.
Si las ostras, vieiras y demás bivalvos evocan inevitablemente el pubis de las señoras, otros mariscos cumplen igual función por lo que toca a los atributos masculinos; que en esto los gallegos no somos nada sexistas. Ahí está para demostrarlo el ejemplo de las navajas o longueiróns, con su evidente forma fálica, o -más claramente aún- el de los percebes que en su presentación más aparatosa reciben, como ya se dijo, el apelativo de "carallo de home".
Nada parece más lógico y natural, por tanto, que el Gobierno de este reino del noroeste tan aficionado a los placeres marítimos haya autorizado ahora la búsqueda y captura del carallo de mar. La Xunta se limita a asumir oficialmente -en las páginas del Diario Oficial de Galicia- lo que todos los gallegos ya sabíamos por experiencia. Es decir: que el mar o la mar tiene sexo y que es un gusto sumergirse en sus aguas.

viernes, 2 de enero de 2015

Pues vaya disgusto - Isabel Vicente

Pues vaya disgusto - Isabel Vicente

Me cuenta mi madre el disgusto tan grande que tiene una prima mía. "Ha tenido la pobre un año horrible. Primero el divorcio y ahora lo de la chiquilla", dice. De lo de su separación sí me había enterado pero no tenía ni idea de que a su hija le pasara algo. ¿Está enferma? ¿La ha atropellado un camión?. "No", me responde mi madre, "es que tu prima se ha enterado de que Asun está saliendo con una chica, y, claro, está fatal". Cuando le digo que todos sabíamos, menos su madre al parecer, que la niña era lesbiana, y que no sé dónde está el problema ni el motivo del disgusto, mi madre recula con un: "No, si a mí no me parece mal..." para acto seguido escucharme a mí metiéndole el rollo de que es una opción tan natural y normal como la heterosexualidad y que no entiendo la pena de mi prima que, al fin y al cabo, tiene mi edad y no los 85 años que justifican las reservas de mi madre a cualquier cosa que no sea la familia estándar de pareja de distinto sexo con un par de hijos, perro e hipoteca. Y mira que lo hemos hablado.
El otro día sin ir más lejos viendo en una revista a Shiloh, la cría de 8 años de Brad Pitt y Angelina Jolie, un bombón de niña clavadita a sus papás que quiere ser un chico y se viste y peina como tal con la aprobación de sus padres y el disgusto de sus abuelos paternos que pretenden que la inciten a ponerse vestiditos de flores. "Pues no sé si es bueno animarla a comportarse como un chico", me decía mi madre, como si esto dependiera de una palmada en la espalda. Desconozco si, cuando crezca, Shiloh será hetero, lesbiana, vegetariana o alpinista, y me da igual. Como me daría igual que cualquiera de mis hijos me viniera a casa con alguien de su mismo sexo pese a que mi prima y mi madre consideren que es una desgracia "porque tienen más problemas en la vida y no todo el mundo lo acepta", se justifica mi madre, algo en lo que, por desgracia, puede que tenga razón.

Un amigo gay me ha contado que de adolescente pasó un infierno en el colegio por el acoso de sus compañeros y que luego le costó un horror salir del armario. Ahora es feliz, se ha casado y pasea de la mano con su chico sin complejos. Y es que parece que vamos avanzando aunque algunos sigan sin querer verlo, como una de mis amigas, separada hace cinco años, que no tiene nada en contra de las lesbianas pero que es una auténtica militante contra los gays. Pero es que desde que se divorció, más de una vez se ha quedado con un palmo de narices tras descubrir que ese bombón con el que llevaba moneando toda la noche prefería al de la barba de la esquina del bar y, claro, "a esta edad no hay tantos hombres presentables como para que encima haya doble competencia".

jueves, 1 de enero de 2015

La palabra del año pasado - David Torres

La palabra del año pasado - David Torres

No me gustan mucho los resúmenes ni las listas anuales, menos aún los propósitos para el año venidero. Soy uno de esos optimistas incorregibles que confían en que lo mejor que podría pasarle es envejecer. Aun así, creo que no tendría muchos problemas en elegir la palabra que mejor resume los últimos 365 días. Creo que no sería un nombre propio, a pesar de que este año nos han dejado el mejor guitarrista del mundo y el mejor novelista de los últimos tiempos. Los hemos perdido, a Paco y a Gabriel, pero nos quedan su música y sus libros, y aunque la fecha de su muerte fuese un zarpazo de dolor para sus íntimos, no dejará al cabo del tiempo más que una nota falsa en la extensión gozosa de la soleá y una sola cifra perdida en la estirpe torrencial de los Buendía.

Por seguir recordando a García Márquez, entre los muertos grandes de este año el más insignificante de todos poseía un apellido lo bastante elocuente para convertirse en símbolo: de su profesión, de la crisis que padecemos y del mundo en que vivimos. Los epitafios desmesurados por Emilio Botín intentaban cubrir con albañilería de saliva y adulación la oquedad de un oficio dedicado únicamente a amasar dinero. Ya es triste que el beneficiario de una doctrina jurídica que es el hazmerreír del mundo occidental se llevara más obituarios y reverencias al más allá que el autor de Cien años de soledad o que el músico inmortal de Almoraima.

La palabra del año debería ser “ébola”, no porque reveló hasta el fondo las miserias de la privatización sanitaria en España ni por la heroica enfermera que salvó la vida de milagro, sino porque esas tres sílabas pavorosas deberían haber significado el descubrimiento de otras tres sílabas, la emersión de un continente sepultado en nuestra conciencia desde siempre. Sin embargo, como ya advirtiera Kant, una cosa es el ser y otra el deber ser, y por desgracia África sigue tan hundida como la Atlántida. Mientras tanto, el ébola no ha significado otra cosa (aparte del chorreo apabullante de varios millones de euros) que el sacrificio gratuito de un perro y la dimisión de una inútil profesional, y pongo ambas desapariciones en el orden que les corresponde.

Muchos creen que la palabra del año es un verbo en primera persona del plural, no ya por su aparición fulgurante en medio del tablero político ni por los ladridos de pánico con que diversas jaurías mediáticas siguen intentando apagar su hoguera y no hacen sino avivarla. No es Podemos la palabra, y sin embargo tiene que ver con ellos, es un sustantivo antiguo e indio, acuñado para la política española tiempo atrás pero que únicamente este año se ha revelado como el término preciso, la palabra que andábamos buscando y que teníamos en la punta de la lengua. El denominador común que engloba a los banqueros impunes, a los ministros meapilas, a los viejos elefantes políticos refugiados en los consejos de administración, al presidente cuántico y a su corte de los milagros, a los porqueros corruptos del estado, a todas las cuatreras de la poltrona y la tijera, a los mercaderes de Dios y a los sacerdotes del dinero. Casta. Eso es lo que son. Casta.