lunes, 20 de octubre de 2014

Sexo y tetas - Isabel Vicente

Sexo y tetas - Isabel Vicente

He puesto este titular para que me lean. Sí. Sexo y tetas. Podría haber puesto culo, culamen que se ha puesto tan de moda al aceptarlo la Rae, o trío lésbico con el mismo resultado. Dicen los expertos en internet que lo que más se sigue buscando en la red es todo lo relacionado con el sexo y que un titular en el que se aluda a alguno de los atributos físicos femeninos es infalible. Yo me lo creo.
Una de las noticias más leídas esta semana ha sido la de la exconcejala Olvido Hormigos pillada en la calle achuchándose con un hombre que no es su marido, y mira que entre ébolas, consultas soberanistas en Cataluña y tarjetas opacas en Caja Madrid hemos tenido una semana movidita, pero no. El sexo sigue siendo el rey.
No hay más que ver la que se ha liado en Moscú. Una compañía de teléfonos móviles llenó el miércoles la ciudad de carteles en los que se muestran los pechos desnudos de una mujer cubiertos por una franja verde con el eslogan "Te atraen". Bien, pues ya han retirado la campaña porque en un solo día se produjeron más de 500 accidentes de tráfico. La relación causa efecto entre los carteles y los siniestros es tan evidente que la agencia de publicidad Safaran, autora de la campaña, se ha comprometido a indemnizar a los dueños de los coches accidentados, aunque claro, dado el impacto del anuncio que en un día se ha dado a conocer por el mundo entero, le sale barata la osadía.
Un camionero que se encontró de pronto con el cartel admite que se despistó, y no debió ser él solo porque por detrás le dieron otros dos, y los tres se lamentaban de que es imposible pasar impasible frente a semejante reclamo en tamaño gigante.

¿Y todo por unas tetas? Ya, ya. Confiesen. Muchos y muchas de los que hayan leído hasta aquí ya se han puesto a buscar el cartel por internet, y si no, lo harán en cuanto acaben de leer el periódico. Normal. Mucho traje, mucha visa, mucha manicura pero seguimos siendo primates con los mismos instintos que los chimpancés aunque los intentemos disfrazar. Así que no admitimos ver porno pero lo vemos, o nos lanzamos a ver o a leer Cincuenta sombras de Grey que se puede abrir hasta en la cafetería sin que te critiquen más que por tu mal gusto literario; pasamos frente a un sex shop con aparente indiferencia pero todos echamos un ojo a ver qué es esa cosa verde fosforito del escaparate, y consideramos energúmenos a los vecinos porque empiezan a darse de leches con el coche al pasar delante del cartel de un hombre o una mujer desnudos pese a que, siendo sinceros, tenemos que reconocer que también nos hemos quedado embobados delante de esas dos tetas.

viernes, 17 de octubre de 2014

Piqué hace un Aguirre - David Torres

Piqué hace un Aguirre - David Torres

El movimiento independentista catalán va de capa caída. Si primero trincaron a Pujol con dinero en el extranjero, como si fuese un político español cualquiera, y si luego Artur Mas reveló que detrás de su estrategia soberanista no había nada más que un muy unamuniano “que inventen ellos”, era lógico que el frente independentista catalán saltara en mil pedazos al primer palo metido en la rueda, lo mismo que una fiesta española en la que todo el mundo empieza a pelear por ver quién paga la cuenta, una de esas juergas castizas que primero culminan a navajazos y luego ya degeneran en bronca. Gerard Piqué no ha querido ser menos y ha decidido sumarse a este delirio de esencias hispánicas con un auténtico clásico: el “usted no sabe con quién está hablando”.
Al chico, la verdad, se lo veía venir, desde aquel día en los pasillos del Bernabeú en que, para caldear los ánimos, llamó a los jugadores del Madrid “españolitos”. El adjetivo tenía gracia, primero por el diminutivo, y luego por la denominación geográfica de una plantilla que por aquel entonces parecía un combinado de la selección de Portugal reforzada con varios argentinos, un francés musulmán, un alemán de origen turco y otros especímenes entre vascos y andaluces. En la propia plantilla de su equipo, sin ir más lejos, Piqué podía encontrar más jugadores con el DNI nacional, incluido alguno de Albacete.
En fin, el caso es que la otra noche Gerard Piqué dejó estacionado el auto en un carril bus de la calle Trias Fargas durante quince minutos, para poder montarles a unos agentes de la Guardia Urbana que trabajaban aquella noche un pollo que parecía sacado de una bandera franquista. Para hacer el Aguirre completo, a Piqué le faltó sacar dinero de un cajero y arrancar de estampida aplastando una moto. Pero tuvo el detalle de excusarse vía twitter con un calco exacto de la disculpa borbónica: “Lo siento mucho, no volverá a ocurrir”.

La retahila de exabruptos con que abroncó a los agentes (imaginamos que en catalán o al menos en waka waka, porque si los soltó en castellano es para levantarle una estatua) forma una auténtica enciclopedia de clásicos del casticismo. De hecho, cuesta leerlos sin ponerles el tono de chulo de zarzuela o, ya puestos, directamente el de Esperanza Aguirre. “Esta multa la va a pagar tu padre” o “Voy a hablar con tus jefes y se te va a caer el pelo” son dos versos que parecen extraídos de un diálogo de Agua, azucarillos y aguardiente. Con todo, la más racial de todas es esta espléndida muestra de clasismo ibérico, “Me tenéis envidia porque soy famoso”, con su alusión al pecado mítico nacional y su constatación del auténtico pecado nacional, la estupidez de atribuir cualquier acto a la envidia. Con lo fácil que hubiera sido llamarlos “madridistas”. Al final estrujó la multa, la tiró a los pies de los agentes y se marchó al Casino de un taconazo. Más españolazo no se puede ser. Tanto que Aguirre todavía está aplaudiendo.

jueves, 16 de octubre de 2014

Mucho trabajo, pocos trabajadores - Ánxel Vence

Mucho trabajo, pocos trabajadores - Ánxel Vence

Ha causado gran orgullo y satisfacción por ahí saber que los españoles trabajan 280 horas más al año que los alemanes, a quienes se tiene por modelo de laboriosidad y, sobre todo, de eficiencia. Lo que no dice la encuesta de la OCDE es que Alemania da ocupación a más de 40 millones de ciudadanos, frente a los poco más de 17 millones que gozan del privilegio de un empleo en España. Currar, curraremos más; pero lo hacemos tan solo cuatro de cada diez vecinos del país.
Ocurre aquí con el trabajo, y mayormente con el paro, lo mismo que en tiempos sucedía con la fornicación. Cuando el sexo no era en España un pecado, sino un milagro, cierto dramaturgo de la época quiso aclararle a un extranjero que aquí no éramos tan puritanos como parecíamos. "Desengáñese, señor", dijo Jardiel Poncela al forastero sorprendido por la baja actividad sexual de los españoles. "No es que en España se haga poco el amor: lo que pasa es que lo hacemos siempre los mismos".
Si entonces estaba mal distribuido el derecho a los goces de entrepierna, ahora lo está, con toda evidencia, el del trabajo. Es natural que así sea, dado que una cuarta parte de la población carece de empleo y, peor aún, de esperanzas de conseguirlo Mucho trabajo, pocos trabajadores - Ánxel Vence un plazo razonable. Solo Grecia supera dentro de la OCDE nuestros espantables niveles de paro: y no ha de ser casualidad que los griegos -los que tienen empleo, se entiende- trabajen más horas que nadie en Europa.
Ni aun echándole tantísimo tiempo a la faena consiguen griegos y españoles levantar cabeza, en curioso contraste con la prosperidad de los alemanes. La fácil explicación reside en que aquí somos pocos trabajando mucho, mientras que en Alemania son muchos más los que trabajan menos (y acaso mejor).
Bien lo saben los gallegos y españoles en general que allá por la década de los sesenta del pasado siglo emigraron en masa a la entonces República Federal para contribuir con su trabajo al famoso milagro económico alemán. Prodigio parece, desde luego, que la máquina de producción de ese país fuese capaz de emplear a millones de "gastarbeiter" o "trabajadores invitados", como piadosamente se les llamaba.
Dado que los únicos milagros conocidos en España son los de Apóstol, a nadie debiera sorprender que hubiésemos de buscarnos la faena en Alemania, en Suiza y otros países luteranos donde reina la convicción de que solo el esfuerzo obra portentos.
No es que los españoles trabajen poco, como sostiene cierto tópico ahora desmentido por la encuesta de la OCDE. Bien al contrario, este es un país de currantes dispuestos a echarle las horas que sean necesarias a la labor, aunque para ello tengan que ir a buscarla a Alemania o incluso cruzar el océano, como hicieron centenares de miles de gallegos durante casi dos siglos.
Prueba añadida de la falsedad de esa fama de vagos que nos aflige la ofrece, sin ir más lejos, el calendario laboral de este año. Con una escueta cifra de solo nueve días de libranza, los españoles hemos disfrutado de bastantes menos festivos que los veinte de Bélgica, los doce de Italia o los diez de Portugal y el Reino Unido; por más que el estigma de los "puentes" nos siga persiguiendo.
Lo que la OCDE ha venido a descubrir, en realidad, es que el problema de España no reside en los horarios de trabajo -bien copiosos- sino en la falta de trabajo propiamente dicho. Ocurre, sin más, que somos pocos trabajando mucho. 

Artur Mas ofrece 'bacon' vegetal - Irene Lozano

Artur Mas ofrece 'bacon' vegetal - Irene Lozano

Una escena inolvidable de Breaking Bad muestra a Walter White, un dócil profesor de Química antes de su metamorfosis, tomando el desayuno en casa. Pincha con el tenedor una loncha de algo que parece una especie indefinida de embutido, lo come y, con cara de extrañeza ante el sabor, le pregunta a su mujer: “¿Esto qué es?”. Ella contesta: “Bacon vegetal”. Walter White es aún, en estos primeros capítulos, un hombre arrollado por la vida.
Artur Mas también lo es, con la diferencia de que él conduce el camión que lo está atropellando. Su último artefacto ha consistido en un llamamiento al pueblo para que el 9N comparta con él un ridículo sin límites. Inicialmente el presidente de la Generalitat quería celebrar un referéndum, vocablo inequívocamente político que descartó para escamotearnos la ilegalidad frontal de su pretensión.
El término “referéndum” se refiere al acto político de “aceptar algo por votación”, según María Moliner, la sabia. Debe cumplir una serie de requisitos legales (un censo aceptado, unas garantías democráticas, la imparcialidad de la Administración). Y esto no es así por casualidad, sino porque el resultado de esa votación otorga legitimación política –y según los casos también jurídica– a una decisión o una postura. La manera de obtener esa legitimación sin pasar por las arcas caudinas de la legalidad, engorrosas y opresivas para Mas, era la consulta ya declarada fallida. El problema es que ya la palabra ‘consulta’ devaluaba políticamente la votación, de manera que ahora no sabemos cómo llamar a este último engendro.
El president promete ahora una votación, aunque sin censo; y se celebrará el día 9 pero sin convocatoria jurídica muy probablemente. No habrá campaña, porque no tendrá validez, pero habrá urnas festivas, como en los sanfermines hay toros. Esto arrebata al 9N todo carácter político, y rebaja el voto a un acto simbólico, lo cual resulta enormemente peligroso, porque si algo da valor al voto en democracia es justamente el hecho de que no es simbólico sino ejecutivo: pone y quita gobiernos, aprueba y deroga leyes. No hay nada simbólico en votar, pero Mas lo quiere reducir a eso: cualquier urna en cualquier sitio, cualquier papeleta y cualquier censo.
No hay nada simbólico en votar, pero Mas lo quiere reducir a eso: cualquier urna en cualquier sitio, cualquier papeleta y cualquier censo
Creer que la democracia consiste en meter la papeleta en la urna es como pensar que el sexo se reduce a la penetración. Pero ojo con los que banalizan la democracia de una forma tan grosera; si cualquier manera de organizar una votación sirve, entonces tendremos que felicitar a Mas por convencernos en unos días de aquello que Putin lleva veinte años intentando. En democracia los procedimientos son tan importantes como el fondo. No sirve cualquier referéndum, y éste no recibiría la aprobación de observadores internacionales, aunque no quiero dar ideas que pudieran amplificar el ridículo.
Ahora el problema es sobre todo semántico. El referéndum pasó a llamarse consulta, y la consulta pasa a ser… ¿sucedáneo de consulta? ¿pseudoconsulta? Así lo han escrito algunos medios. ‘Charlotada’ resultaría preciso, pero ofendería a Charles Chaplin. No sabemos cómo llamarlo porque no es nada. Es el fake que queda cuando ha fracasado el fraude. Es como el bacon vegetal que comía Walter White: repugnante.

Cuando los médicos le prohíben a uno el cerdo, conviene pasarse a la lechuga, porque quien no acepta los hechos empieza enseguida a falsificar la realidad. Y sigue pensando que en algún lugar del mundo existe un acto político parecido a ese engendro a que ha quedado reducido el 9N; y sigue creyendo que en algún país exótico los árboles dan bacon.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Pisar la raya - Manuel Jabois

Pisar la raya - Manuel Jabois


ESTAR nocaut, le dice Floyd Patterson a Gay Talese después de ser tumbado por Sonny Liston, no es una sensación desagradable, ni mucho menos, sino todo lo contrario. Una evidencia científica: Artur Mas. Dijo ayer: «Habrá urnas, habrá colegios, habrá papeletas y habrá voluntarios». Después añadió que lo que no habría, pero era un detalle menor, es consulta. Mas ha dado un golpe en la mesa dirigido a quienes creen que su problema es que está fuera de la ley: de donde él está fuera es de la realidad. Su discurso fue de una satisfacción privada, en ese gesto de quien ve cómo su mundo virtual ha adelantado al real. Hasta ahora los dos universos han ido caminando paralelos: cuando uno descarrilaba, se le organizaba una ley. Mas había anunciado que el suyo se impondría como realidad política ni más ni menos que al Estado, y si hacía falta a la UE. Ayer reconoció al fin que la realidad política era inalcanzable, así que la simularía. Es un gesto coherente: nadie que prometa la luna y no lo cumple se justifica diciendo que está muy lejos. Lo importante en estos casos es mantener la compostura y nunca bajar la cabeza ni torcer el gesto. Es necesario mostrarse inflexible, como si la luna que se está cosiendo en el salón fuese a ser mejor que la real. Patterson le dice a Talese que tras un nocaut siente que todo el público lo rodea como a una gran familia y tiene ganas de besarlos a todos; estamos ante un hombre noqueado que ha de pasar aún el trance de la felicidad para calibrar su propio derrumbe. En su discurso tuvo que repetir varias veces qué significa «seguir adelante», gesto de confianza en su electorado que es de esperar no tenga correspondencia en las bodas, con alguien explicando diez veces qué quiere decir cuando dice «sí, quiero». Hay un momento en el que, un poco agobiado, llega a decir «yo el 9 de noviembre quiero hacer algo», como si hubiese puesto en marcha un proceso soberanista para no ir ese día a un compromiso familiar. Junqueras salió después para decir algo así como que la consulta sería perfectamente viable si Cataluña se independiza antes, algo asumible con el nuevo principio de realidad de Mas. Hay un viejo chiste en el que un amigo le dice al otro que al llegar a casa se encontró a un gigante de dos metros acostándose con su mujer; al ver al marido, el tipo se levantó de la cama a pintar una raya: «De aquí no pasas hasta que acabe». «¿Y sabes lo que le hice a ese pobre desgraciado?», contaba orgulloso el hombre: «Cuando no miraba la pisaba».

lunes, 13 de octubre de 2014

Olor a congrio - José Luis Alvite

Olor a congrio - José Luis Alvite
No me apeteció nunca pararme a pensar por qué me ocurre algo semejante, pero lo cierto es que la experiencia me dice que a la hora de escribir, las cosas de las que estoy razonablemente orgulloso siempre me inspiraron menos que aquellas otras de las que sólo me siento culpable.
Como le dije de madrugada a una amiga, «yo la vida la he vivido un poco a mi manera, sin principios y sin métodos, lejos de las agendas y lejos de Dios, porque, equivocadamente o no, siempre pensé que la vida es más apasionante cuando te produce alguna clase de dolor, igual que en una tarde de calor insoportable encontramos más refrescante la parada en el bar de carretera si en un arranque de sed abrimos la cerveza con los dientes».
Viví durante buena parte de mi vida a deshora en ambientes marginales en los que incluso se daba como lana la mierda cardada por la electricidad en el interior de las bombillas, y con ayuda de la gramática pude sobrevivir gracias a la suerte de haber dormido como un presidiario en la cabeza apócrifa de los parias y por haber podido convertir a tiempo tanta basura en el pan para mis hijos. No me importa reconocer que me sentía a gusto mientras despilfarraba el tiempo, el dinero y el sueño. Ni siquiera temí jamás al riesgo de que aquella forma tan pródiga de afrontar la vida echase a perder mi manera de escribir, entre otras razones, porque desde muy joven tuve claro que si no fuese capaz de prosperar por mis méritos, al menos nadie podría impedir que me hundiese por mi propio esfuerzo.
Admito que tuve escrúpulos al principio, cuando en mi relación con aquellas fulanas me costaba aceptar que el cuerpo que fingían entregarme sin condiciones tuviese que oler necesariamente como un congrio molido a palos en la cubierta de un arrastrero. Fue cuestión de adaptar el pudor a las necesidades y aceptar que el desenlace natural del placer suele ser en la relativa sordidez de un vicio, así que nunca pretendí envolver aquel jodido pescado puerperal con la portada del «L’ Osservatore Romano».
A veces conseguí iluminar con la fugaz bengala de una frase el interior umbrío y encarnado de una fulana del burdel y entonces me sentí tan limpio e inocente como si hubiese desplegado la arboladura de una goleta dentro de un frasco, como un torvo ginecólogo que en la soledad fénica de la madrugada acabase de reavivar el croquis azul de un feto conectándolo con el filamento de una bombilla fundida al útero perplejo y penitencial de un cadáver con la piel en llanta. Fue así como aprendí que la vida es un hermoso viaje que algunos hombres, por lo que sea, hacemos en un mal autobús.

Sopa de gallina - José Luis Alvite

Sopa de gallina  - José Luis Alvite
Cuando ocurre una desgracia y sale en los telediarios la noticia, cada vez con más frecuencia se añade el complemento informativo de que las víctimas requirieron atención psicológica para superar el trauma. El consuelo se ha convertido en una profesión y parece que a las pobres víctimas a veces no sólo se les ofrece la ayuda del psicólogo, sino que yo creo que incluso se les impone. Es como si el consuelo ofrecido espontáneamente por los familiares o amigos no fuese suficiente para las víctimas, como ocurrió toda la vida en España, donde la cobertura del apoyo familiar contaba en todo caso con el refuerzo de algo que raras veces fallaba: un plato de sopa. También yo he sufrido las consecuencias de tragedias familiares y encontré consuelo en un tiempo razonable y sin necesidad de que me reconfortase un titulado universitario con sus fórmulas académicas y con esa solidaridad tan profesional que a mí realmente no me significaría nada. Y no vale decir que eran otros tiempos y que la asistencia psicológica es una indiscutible conquista de la modernidad, porque no hace mucho a un muchacho cuyos padres acaban de fallecer en un accidente aéreo le escuché decir que lo que él necesitaba no era un psicólogo, sino alguien que le planchase cuanto antes una camisa para asistir al entierro de los suyos. Raras veces la mente humana es incapaz de sobreponerse al dolor por sus propios medios. Siempre ha sido así y supongo que lo seguirá siendo si alguien no se empeña en convertir definitivamente el dolor emocional en una asignatura universitaria. Por otra parte, dudo que sea conveniente reprimirle a la gente ciertos dolores que pueden ser considerados naturales, del mismo modo que parecería absurdo privar a los seres humanos de su conciencia para que no sufran cualquier clase de remordimientos por sus peores actos. Los hombres somos débiles, pero no idiotas. Podemos sobreponernos casi a cualquier adversidad sin recurrir a la ayuda del psicólogo. Tenía razón aquel muchacho. A cierta edad todos hemos tenido alguna experiencia bien amarga y nos consta que fuimos capaces de salir adelante con una palmada en la espalda. Nadie en mi generación ha echado de menos al psicólogo, no sólo porque entre nosotros nuca estuvo de moda que nos consolasen por dinero, sino, lisa y llanamente, porque todos éramos familia en una casa con mucha gente a la que siempre se sumaba una señora con moño que nos prestaba un pañuelo de lino para el llanto y preparaba como nadie en la cocina aquella sopa de gallina que nos daba ganas de servirle calentita al muerto, que, como suele suceder, era el único que sufría de verdad las terribles consecuencias de lo que le había ocurrido.

Así somos - José Luis Alvite


Así somos - José Luis Alvite

Al final resulta que al resentirse la economía de las personas lo que sale a flote con la desilusión y las penurias es la evidencia de que los españoles hemos perdido de vista valores elementales que además de resultar agradables, no nos costaban dinero. Hemos dado lugar, por ejemplo, a una cierta juventud insolidaria y materialista que no cree que pueda existir un solo placer que no cueste dinero, ni considera posible una amistad que no sea rentable y acarree beneficios. Dejando a salvo el eterno reducto de jóvenes entusiastas y cualificados que aún creen en el valor social del sudor gratuito, la verdad es que por todas partes hay muchachos que no sólo se rebelan contra el desgaste que creen que les supondría la suscripción de cualquier compromiso ideal, sino que incluso les da pereza el sorprendente esfuerzo que les supone descansar, entre otras razones porque yo creo que incluso hay chavales que no entienden la silla. Es triste que por culpa de un sistema educativo deficiente muchos de esos jóvenes ignoren dónde queda la provincia de al lado, pero aun es más triste que algunas adolescentes ni siquiera sepan cruzar las piernas en las terrazas de los bares sin que por el resquicio de las ingles se les vean las amígdalas. ¿Qué porcentaje de nuestros jóvenes lee diariamente algún periódico? ¿Y cuántos de ellos, por desgracia, son capaces de creer que el río Ebro desemboca tierra adentro en lo alto de un monte? En nuestras discotecas se les sirve alcohol a los menores y la horda amorfa del botellón arrasa parques y jardines sin que nadie le ponga remedio. Hemos confundido la libertad con la barra libre. Aun reconociendo la influencia que tuvo en numerosas manifestaciones intelectuales la progresiva liberalización de las costumbres, ha dejado como principal rastro una conquista científica de dudosa eficacia económica: el calimocho. ¿Qué coño de país es éste en el que hay criminales que acuden al jugado cohibidos por el miedo razonable a que el juez los ponga en libertad y hayan de volver sin remedio a padecer la inseguridad de las calles? Yo no soy un experto sociólogo, ni un político, y carezco del conocimiento para ponerle remedio a la situación, pero me pregunto a dónde se dirige un país, este, el nuestro, en cuyas cárceles por muchas razones sólo sienten los inconvenientes de la prisión sus funcionarios. Desde luego somos una sociedad rara, un extraño país en el que al declarar su patrimonio, los hombres más acaudalados nos demuestran que en España se necesita ganar muchísimo dinero para ser pobre.

Qué pasará a partir de ahora - José Luis Alvite

Qué pasará a partir de ahora  - José Luis Alvite
No sé si está bien confesar nostalgia por las cosas que reconozco que hice mal a lo largo de mi vida, ni si es decente reconocer que tal como transcurrió mi existencia, ahora que lo pienso no me habría importado haber hecho cosas aún peores. Tampoco estoy muy seguro de que con mis criterios morales de ahora pudiese soportar la reedición literal de aquellos días. Al hombre que deja atrás durante algún tiempo sus errores le cuesta desandar el camino y reincidir, igual que al tipo que lleva mucho tiempo caminando descalzo se le hace luego insoportable ponerse de nuevo los zapatos y seguir andando. Podría intentarlo y la verdad es que sé cómo volver a las andadas, pero ¡demonios!, mucho me temo que las cosas que antes no me provocaban el menor remordimiento ahora probablemente a las primeras de cambio me descompondrían el vientre. Tenía razón el tipo que me lo advirtió la madrugada en la que le confesé mi deseo de darle un giro a mi vida y cambiar de aires. Me dijo: «Piénsalo bien, muchacho. Si te largas ahora, será difícil que vuelvas y encuentres tu sitio donde lo dejaste. Ya no serás nunca el mismo. En el dudoso caso de que consigas renunciar otra vez a la moral, va a ser difícil que soportes de nuevo la ginebra. Créeme, hijo, la decencia produce un irremediable envejecimiento mental del que es casi imposible sobreponerse. Cuando lleves sólo unos meses alejado de esto, amigo mío, no conocerás de la vida nada que no hayas leído en los periódicos, tu existencia serán tres comidas al día y no volverás a estornudar jamás con los ojos tan abiertos. Ahora haz lo que quieras. Es cosa tuya. Yo sólo te digo que cuando al cabo de los años eches la vista atrás, te darás cuenta de que lo mejor de tu jodida existencia no tendrá que ver con tus recuerdos, sino con tus remordimientos». Ahora echo la vista atrás, recuerdo lo que me dijo aquel tipo y me pregunto si de verdad valió la pena apartarme durante tanto tiempo de todo aquello. Y reconozco que no sé qué contestarme. A veces pienso que en realidad en todos aquellos años no fui lo que se diría un hombre feliz. Pero, maldita sea, luego me digo a mí mismo que si entonces no fui feliz, tal vez se debió a que estaba muy ocupado en disfrutar de las cosas que no sabía que en realidad me hacían desdichado. En eso parecía pensar la fulana que una madrugada me miró a los ojos y me dijo: «Yo no sé si lo que hago con mi boca es bueno o malo, cariño. Mis necesidades y las de mis hijos excluyen cualquier tentación de recapacitar. ¿Sabes, cielo?, creo que la moralidad de lo que hago con los hombres en cierto modo no depende de mi conciencia, sino de mi flora intestinal. Por eso en vez de reflexionar, encanto, enjuago la boca».

Mano con regazo - José Luis Alvite

Mano con regazo  - José Luis Alvite
Un tipo con los pies de cuero vomitado y el rostro culposo me salió al paso al anochecer bajo la lluvia y me dijo: «Sé que no soy uno de los tuyos y comprendo que por cosas que hice incluso tengas motivos para odiarme, pero, ¿sabes?, es Navidad y no tengo quien me abrace». Entonces se abrazó a mí sin darme tiempo a sacar siquiera las manos de los bolsillos y rompió a llorar. Miré alrededor. No había nadie. Estaba todo tan solitario que hasta me pareció que ni siquiera daban a la calle los portales. Aquel tipo me las tenía juradas por cosas que había escrito sobre sus actividades criminales y temí que aprovechase la intimidad de aquel abrazo para vengarse impunemente en un momento en el que por culpa de la niebla ni siquiera la lluvia se fijaba en nosotros. Saqué las manos de los bolsillos y le devolví el abrazo con la aturdida sinceridad de la que fui capaz. Estábamos solos y fundidos en un abrazo embarrado en el que no se sabía muy bien quién era la mancha y quién el trapo. El tipo guardó silencio hasta que se esfumó en la cripta de mi pecho su último sollozo. Entonces me miró a los ojos y me dijo: «Lo siento. No quise asustarte. De repente me sentí triste. Era Navidad, eché cuentas y comprendí que ya no quedaba en mi vida nadie a quien confesarle que en una noche así me siento solo. No tengo una sola foto al lado de alguien desde que hice la primera comunión. Muchas veces he pensado lo terrible que es saber que ni siquiera hay quien que se acuerde de ti aunque sólo sea porque te guarde verdadero rencor. Además de que no sé de alguien que me quiera conocer, lo que más me jode, periodista, es que tampoco conozco a nadie que esté al menos orgulloso de haberme olvidado». Arreciaba el aguacero y nos resguardamos en unos soportales. El tipo se sacudió la lluvia del pelo dando un latigazo con la cabeza, como habría hecho un perro. Le tendí mi mano y él alargó la suya hacia el regazo de la mía. Iba a darle algo de dinero, pero me detuvo el gesto antes de que lo hiciese. Y me dijo algo que jamás podré olvidar: «No he querido conmoverte. Agradezco tu intención, pero no soy un mendigo. Sólo necesitaba algo de afecto. Porque es Navidad, ¿sabes?, y mi madre me dijo de niño que en Navidad incluso en los cementerios hay cadáveres dispuesto a sacar las manos de sus sepulcros esperando que alguien acepte de buena gana su aliento y su abrazo».

Galgo dormido (Completo) - José Luis Alvite

Galgo dormido (Completo) - José Luis Alvite
No sé si las tengo merecidas, pero el caso es que llegan las vacaciones y creo que no opondré resistencia. En la duda de que alguien desconfíe de que yo las necesite, estoy seguro de que habrá lectores que, por el bien de su descanso, incluso me las agradezcan. La verdad es que no es el cansancio físico lo que me anima a levantar la mano de escribir y darme un respiro. Quince días de distanciamiento de la tarea de escribir me vendrán bien para darle un repaso a mi vida, reflexionar sobre mis ocupaciones y decidir al menos si tienen razón quienes aseguran que el pesimismo existencial mejora sensiblemente con una dieta equilibrada. Ya que mi discutible inteligencia no me sirvió de mucho para mejorar mi autoestima, no veo motivos por los que no pueda confiar a partir de ahora en la eficacia intelectual de un menú con lechuga. Tampoco descarto el reencuentro con viejas lecturas que en su día me resultaron reconfortantes, como recuerdo que me sucedió la primera vez que leí «La muerte en Venecia» y quedé fascinado por la facilidad profiláctica de Thomas Mann para describir la atracción homosexual como si se tratase de un poético concurso de camelias. Leí aquella novela sentado en la sombra del porche de un café frente a una playa en Arousa y al levantar los ojos me pareció que todos aquellos bañistas eran hermosas y veniales criaturas capaces en un momento dado de sentir la pulsión de la belleza como algo que suscitase una emoción anovulatoria, decadente y balnearia, igual que la que describía Mann en aquel libro fascinante en cuyas páginas a mí siempre me parece que incluso la muerte huye aterrada de la peste que se cierne como lava de zotal sobre la bellísima ciudad desconchada, distraída y zozobrada. Aunque soy reacio a dejarme afectar por las lecturas, reconozco que la novela de Mann me produjo un impacto considerable y que durante algún tiempo hube de esforzarme para que su estilo no invadiese el mío. Me defendí con éxito de su influencia, pero aprovecharé estas vacaciones para reencontrarme con aquellas páginas, sobre todo porque la primera vez que le puse la vista encima a la novela de Mann, descubrí que la vida puede transcurrir rápida casi sin que sepas que está pasando, lenta e inexorable, casi un reloj con telarañas calcetadas como saliva en las agujas, como le pasaría el tiempo a un galgo que al final de su carrera por la arena pisada por el agua, se hubiese quedado dormido al sol en la culera de una silla de ruedas. Leeré a Mann en Praga y en Cambados. Después levantaré de nuevo los ojos y, como les dije a mis amigos de Facebook, seguro que no podré evitar la idea de que la vida sólo son alegrías, fracasos y pausas para la publicidad. Cada vez que tomo vacaciones me propongo caer en la más absoluta indolencia. Es algo para lo que no necesito concienciarme porque siempre he sido propenso a la inactividad. Creo que la pereza es el estado natural del hombre y que en eso lo que influye sobre todo no es la educación recibida, sino la ley de la gravedad. A mí me gustan las vacaciones como motivo para no hacer nada que no sea disfrutar de los placeres más elementales, sin rebuscamientos intelectuales, entregado al disfrute sin necesidad de mejorar las sensaciones empobreciéndolo con la inteligencia, sólo incontinencia y deseos, igual que recuerdo que disfrutaban los cerdos deshuesándose casi de placer cuando los contemplaba de niño en Cambados. Quiero saber qué se siente cuando, liberado de la necesidad imperiosa del trabajo, y con el reloj en el bolsillo, un hombre se puede permitir incluso el lujo de que a su cabeza no se le ocurra nada, como si el placer de la plena indolencia le supusiese la pérdida de la memoria, incluso casi la muerte. Supongo que en ese estado de virginidad mental uno se identifica mejor con la naturaleza, incluso con los animales, y, a pesar de desistir de la imaginación, de forma instintiva podría renovar su casquería mental y sus apetitos y reparar con ellos las áreas de la imaginación que antes hubiesen sido contaminadas por los conocimientos superfluos. Acumulamos demasiados conocimientos retóricos durante el invierno y somos víctimas de un exceso de información que nos impide la recreación emocional en el mundo cada vez más perdido de los instintos. Fascinados por la tecnología y viciados por el dinero, cegados por los dioses fluorescentes, nos hemos olvidado de que el alma también es una tripa. Es necesario que conozcamos las cosas y sus sensaciones por haberlas sentido, no por haberlas leído en alguna parte. Ahora más que nunca me doy cuenta de que las emociones más fuertes, las que de verdad son inolvidables, no son las que adquirí mezcladas con el conocimiento ilustrado, sino aquellas otras que me hicieron disfrutar sin saber dónde diablos había puesto las gafas. Durante un verano de hace muchos años me di cuenta de que, por desgracia, a veces la lectura nos inculca con sus sugerencias una serie de sensaciones que tendríamos que haber conocido por la propia experiencia. A renglón seguido de darme cuenta de aquello, no tardé en comprender que en realidad lo más excitante de cuantas visitas había hecho a mi librería de toda la vida, no eran las frecuentes novedades editoriales, ni el estupefaciente olor de las ediciones nuevas, sino las tentadoras piernas de la hija del librero. Supe desde entonces que las mejores conquistas urdidas en la cabeza de un hombre, fueron antes las manchas más inconfesables en su ropa interior. Según yo lo veo, hay en el ambiente emocional de las vacaciones algo que recuerda la comprensible amoralidad que rige durante las treguas tensas e intermitentes en tiempo de guerra, mientras las asistencias recogen a los heridos, los enterradores sepultan a los muertos y en las parras se descuelgan las uvas abatidas por el eco de la artillería, vendimiadas como gangosas hernias de mosto por la sobrecogedora fonética de los obuses. Del mismo modo que la guerra deja en suspenso los modales y las conciencias, las vacaciones suponen una moratoria en la contención de los vicios y la pérdida momentánea del escrúpulo en las comidas. Olvidamos en vacaciones las recomendaciones del médico, igual que en las treguas del combate son indiferentes los soldados a las instrucciones morales de su religión y al recuerdo doctrinal de sus dioses y cenan con la escudilla apoyada en el vientre de un cadáver. Tiempo habrá de reflexionar al acabar el verano, cuando, como sucede después de las batallas, comprendamos que aquel fue un tiempo de comprensible desenfreno estacional en el que no había en nuestra conciencia una sola recomendación dietética capaz de frenar la aromática tentación de las sardinas recién asadas, ni un solo remordimiento que pudiese en nuestras emociones más que el instinto animal de sobrevivir al combate aun al precio de llevarnos por delante la vida de otro hombre. En el disfrute del placer estival, como en el desenfreno de la guerra, quedan en suspenso la moral y la dieta, y las actitudes que antes habíamos disimulado con las apariencias caen en desuso para dar paso al imperio de los impulsos, al exultante dominio de las gandulas sobre los pensamientos. Aun reconociendo que la humanidad ha prosperado sobre todo gracias a la reflexión, es difícil negar que a veces los seres humanos necesitamos deponer la razón para que por un momento rija nuestras vidas el instinto. Estoy de acuerdo en que muchas de las grandes conquistas modernas son atribuibles a la sabiduría de quien logró la división del átomo, pero no es menos cierto que a veces tampoco está nada mal que sintamos dentro de nosotros la emoción que produce el aprovechamiento social del despiece de la ternera. No importa que la indolencia estival no sea un memorable hallazgo de la inteligencia humana.

Algo que leer - José Luis Alvite

Algo que leer - José Luis Alvite
No recuerdo haber sentido nunca verdadera preocupación por los estragos físicos que pueda causarme el paso del tiempo. Aun sabiendo que, a diferencia de algunos inmuebles, a los seres humanos se nos arruina el cuerpo sin que podamos sacarle provecho, la verdad es que no he dedicado mucho tiempo de mi vida a quejarme de que se haya esfumado la juventud. Son cosas que pasan y que no tienen remedio. Uno echa cuentas, sabe que ha perdido algunas facultades y a veces duda si cruzar La Castellana en hora punta. Pero sólo un idiota no contaría con eso. Lo importante es relativizar las pérdidas. El envejecimiento sólo significa que hay que desistir de algunos proyectos. Yo, por ejemplo, no hago planes para muy adelante. Sé que a cierta edad un hombre dispone de un tiempo tasado. No hay que ser muy listo para caer en la cuenta de que cuando éramos jóvenes ni nos habíamos fijado siquiera en la enorme cantidad de funerarias que había en la ciudad. Una amiga se me quejó de las arrugas de su piel y parecía muy abatida. Traté de tranquilizarla diciéndole que no tiene sentido que se preocupe por el visible deterioro de su cuerpo porque al mismo tiempo que se vence la piel de su rostro, se le habrá estropeado la vista a los hombres que podrían fijarse en ella. Le recomendé que fuese consciente de la edad que tiene y no pretendiese objetivos que le correspondería haber intentado de joven. «La vida es como es, los cuerpos claudican y de lo que se trata, amiga mía, es de que el esfuerzo que antes podrías haber hecho al adoptar posturas acrobáticas con un hombre en la cama, lo administres de manera que aún seas capaz de la proeza de arrodillarte en misa». E insistí: «Si te miras con detenimiento en el espejo, te darás cuenta de que tu belleza es ahora otra, más blanda y arrugada, es cierto, pero piensa que lo que ocurre no es otra cosa que el hecho irremediable de que se te ha subido a los ojos la piel de los codos». Yo sé que lo entendió a la primera y no fue necesario insistir, entre otras razones, porque a cierta edad la franqueza se parece horrores al mal gusto. Mi amiga está casada y no es feliz porque su marido ya no se comporta en la intimidad como cuando eran jóvenes. No tendría que amargarse por eso. Suele ocurrir. Se dice que un rostro arrugado es la obvia demostración de haber vivido mucho y que en una tez marchita hay mucho que averiguar. Una fulana me dijo hace años: «No me vengas con la puta historia de que cada arruga es un párrafo de una novela. Vivo de mi cuerpo, cielo. Y a los hombres que me pagan, por lo general no les gusta leer».

Belleza con arañas - José Luis Alvite

Belleza con arañas  - José Luis Alvite
Después de mi visita de una semana me he dado cuenta de que en verano Praga es la ciudad ideal si uno quiere ver rusos, alemanes, húngaros, italianos, incluso si echa de menos el civismo de sus compatriotas españoles, igual que en cierto modo tienen razón quienes dicen que para aprender rumano no hay nada mejor que escuchar a Julio Iglesias cantando en inglés. Fueron siete días de un calor insoportable, siempre por encima de los 30 grados, pateando una ciudad en la que incluso son hermosos los restos decadentes de la prolongada influencia del sórdido realismo soviético. Los checos son unos señores contenidos, lacónicos, que hablan lo justo para que se distinga el silencio y ríen con la boca cerrada. Muchas mañanas me senté en la terracita de hotel y me entretuve mirando el paso deletreado de las vecinas de Praga. Las muchachas son delgadas, altas, rubias, y aparentan una adolescencia interminable, como larvas que en su frágil plenitud biológica fuesen a esperar la muerte en la húmeda vigilia azul del interior de una lombriz. Tienen el aspecto algo precario de esas mujeres hermosas en cuyos rostros uno no sabría decir si lo que se trasluce es una emoción contenida, el recuerdo doloroso de un amor fallido o una enfermedad elegante, lenta e incurable que, además de con tristeza, cursase con melancolía, con pudor y con fotogenia. No son carnosas y tienen el rostro muy limpio, con ese poco color que los pintores clásicos reparten por el retrato de la muchacha abatida y romántica en cuyos rasgos no parece que vayan a despertar nunca las arrugas taquigráficas de la vejez. Sentado en mi terracita de la avenida Narodni cerraba los ojos al paso de las muchachas y escuchaba con devoción el fuelle suave e inalámbrico de sus pisadas de talco, como si desfilase por mis sienes el paseo sedoso y levitante de una procesión de intangibles bailarinas de soda. En Praga solo me resultaron más ingrávidos, más flotantes, los patos escalfados bajo el sol en los remansos del río Moldava. Después caía la tarde, amainaba el calor y las balaustradas y los puentes del Moldava se llenaban de inquietantes arañas de todos los tamaños, como garrapiñadas forradas de pelo. Y yo esa mezcla de repugnancia y belleza la recuerdo ahora como haber estado ingresado a la intemperie siete días en una hermosa ciudad en la que las muchachas –lánguidas, catarrales y decentes– sonríen con una mezcla de dolor y dulzura, como si con el nombre del ser amado se les fuese a subir a la boca el sabor de los supositorios.

El físico - José Luis Alvite

El físico - José Luis Alvite
Tiene razón Francisco. Dice que la técnica se ha depurado tanto que lo que menos se le mira a un tipo para firmarle un disco es la voz. Hemos alcanzado un nivel técnico tan depurado, que se le podría grabar un CD de éxito a un tipo que llevase menos de ocho años muerto. En el mercado ahora lo que importa es la presencia física y abrir las cervezas con el ano. A las chavalas les miden el talento por la talla del sujetador y a María Callas le dirían: «¡Lástima de voz! Te falta el careto y las proporciones. Vuelve cuando tengas tetas, nena». Además, a los treinta años eres viejo en España. Dentro de poco, en los asilos las monjas sólo admitirán a tipos de menos de cuarenta. Las viejas figuras de la música ligera sacan sus trabajos a escondidas y matan el tiempo plantando mármol en el jardín. Con un taburete y una guitarra ya no vas a ninguna parte, muchacho. Tienes que recorrer el escenario a saltos, lanzarte contra el público, sudar como un minero, si quieres llegar lejos en las galas de verano. ¡Dios Santo!, Serrat y compañía casi parece que no existieron nunca y que sus últimas fotos artísticas se las hizo el fotógrafo de «La última cena». No podrían competir con Bisbal, con Bustamante, con Chenoa, por citar sólo a tres de esos muchachos que alcanzaron la cima cuando apenas habían leído algo más profundo que las instrucciones del Clearasil y su currículum eran tres cursos de taekwondo por correo y tres maneras distintas de usar el papel higiénico con los pantalones puestos. Les pilló tan jóvenes la posteridad, maldita sea, que la última foto de Bustamante antes de salir en la portada de un disco, probablemente, se la hicieron sentado en el coche de la autoescuela. Y ahora, ahí les tienes, amigo, en lo más alto, recorriendo España y cruzando el charco, tersos como lacones, triunfantes, arrolladores y fluorescentes, ¡tan creídos!, tan autopropulsados, ¡joder! que como si tal cosa, serían capaces de contratar a Dios de telonero.

Azucar y sangre - José Luis Alvite

Azucar y sangre - José Luis Alvite
Con las naturales y consabidas excepciones, por lo general los hombres y las mujeres se unen por la misma razón por la que tarde o temprano muchos de ellos se separan: el sexo. Al cabo de un tiempo de relación en pareja, a muchas mujeres les parece excesivo el sexo que poco antes les sabía a poco. El caso es que mientras ellos aprietan e...l acelerador, ellas pierden velocidad. Descubren entonces que su sexualidad tiene ritmos distintos y un desarrollo peculiar. Eso significa que si se acuestan el miércoles en la misma cama, él disfruta como un loco esa noche y ella tiene su orgasmo el viernes, seguramente mientras él arrastra en su oficina el lento tanteo de la contabilidad. ¿Se puede tener un orgasmo simultáneo con media hora de autobús entre ambos? Puede que sí, que sea posible, pero sólo en el caso de que se le llame orgasmo simultáneo al que un hombre y su pareja tienen con dos semanas de diferencia en la misma estación del año. Según la doctrina matrimonial de la vieja escuela, el hombre casado era feliz si su mujer cocinaba bien, tenía la casa limpia y planchaba a tiempo sus camisas. El tiempo se ha encargado de demostrar que eso era mentira. Los hombres casados no tardan en descubrir que el orden doméstico es enemigo directo de los placeres y que la plancha es un impedimento sexual de primer orden. Ya no quieren compartir su vida con la mujer que ordena su ropa, sino recuperar a la que desplanchaba sus camisas cuando se abrazaban. De estas cosas hablo a menudo con la veterana escritora Kate Sinclair cuando me tomo un fin de semana en su casa de la costa. Sus fracasos sentimentales le han dado una visión de los hombres descontaminada de los prejuicios feministas que tanto daño le hicieron en el pasado. Fue ella quien una tarde me confesó como cosa propia el arrepentimiento que muestran en su obra narrativa la mayoría de sus personajes femeninos: «Me educaron en una visión romántica de la relación con los hombres y no consideraba decente que me sedujesen sin traerme flores en su mano. ¡Bobadas, cielo! Me gustaba que me dijesen cosas bonitas y que se apartasen a mi paso. Decía mi madre que de las manos de un hombre sólo hay que tocar sus regalos. ¡Qué idiota fui, Al! Ahora me doy cuenta de que los hombres elegantes que te abren las puertas para que pases delante son menos excitantes que aquellos otros que se plantan frente a ti y te cortan la retirada. ¿Sabes qué te digo, viejo amigo? Te digo que a mi edad te das cuenta de que los hombres que merecen tu amor son por lo general los mismos que en determinado momento merecen también tu desprecio. Y eso es así, cielo, porque el azúcar de un beso es más fácil de olvidar que la sangre de su mordisco».

Las cenizas amarillas de un monje budista - José Luis Alvite

Las cenizas amarillas de un monje budista - José Luis Alvite
No somos gente de muchas palabras pero nos tenemos cerca para lo que se nos puede ofrecer. Mi amigo Anxo Fortes es sicólogo y tiene una mirada profunda y escrutadora que si te la echa encima te entra ganas de confesar el asesinato de los Kennedy y el terremoto de Agadir. Anxo jamás pierde la calma y suda lo justo para mantener la piel mas húmeda que la correa del reloj. Capaz de las frases más cortas y expresivas, mi sicólogo de "Corzo" podría resumir El Quijote en un telegrama de dos euros. Dios no lo quiera, pero estoy seguro de que si un balazo amenazase con desangrarle una pierna, Anxo Fortes sería capaz de hacerse un torniquete con la femoral de la otra. Muchas madrugadas me quedé mirándole creyendo que no se daba cuenta y comprendí que los ojos del sicólogo pontevedrés podrían ser la distancia más corta entre los míos. A veces Anxo le echa una mano a las cartas a Susiño Oitavén, el jefe del local, y las bazas se suceden a su favor como si viese el juego de su rival reflejado en la humedad del aire. Tipos como él no sería de extrañar que reventasen una caja fuerte utilizando una llave de mantequilla y la combinación de la bonoloto. Me gustan los tipos aplomados y penetrantes como Anxo Fortes, que jamás pierde la calma ni el control sentado en su taburete con la inexcrutable cerrajería de sus piernas cruzadas como dos frazadas de acero. Los tipos como él lo que se merecen no es una tumba, sino una novela. Tiene mi amigo sicólogo una sonrisa escondida, intestina, sorda, la expresión como mosqueada de alguien cuya sonrisa fuese una inflamación del esófago. Anxo Fortes se toma las copas en "Corzo" a metro y medio de mí, dejando espacio para el humo y para cualquier mujer vanidosa, pero lo mismo podría tomárselas en la página 120 de una novela de James M. Cain. En una de esas ocasiones en las que se pone cáustico, Anxo Fortes me dijo que la mitad de mis problemas mentales los habría resuelto meando a tiempo. Naturalmente, no me lo tomé por la tremenda. A un tipo como yo, la causticidad diagnóstica de alguien tan inteligente como Anxo Fortes le sienta como si le mordiese los labios Ava Gardner. O como si le apretase los huevos un tipo con las manos paganas y venéreas de Rita Hayworth. El otro día se me vertió la copa sobre sus flamantes pantalones color vainilla y Anxo se limitó a sacudirlos con el revés de una mano, como si le hubiese derramado las cenizas amarillas de un monje budista. No perdió la compostura. Me disculpé y creo que ni siquiera me hizo puto caso. Sabe que no había maldad. Y que todo es relativo. Anxo Fortes es la clase de hombre tan entero y tranquilo que si se le cayese encima la cagada de una paloma, se querellaría contra la Ley de la Gravedad...

Días de calor y literatura deshuesada - José Luis Alvite

Días de calor y literatura deshuesada - José Luis Alvite
En los mejores momentos de su indecisa facilidad para conquistar mujeres, un amigo mío le dijo a su chica de ocasión: "Me tomaré una copa para atreverme contigo, nena, con el convencimiento de que las dos siguientes las necesitaré para olvidarte". Era verano, como lo es ahora, y aquel tipo entendía que el calor banaliza las cosas, incluso las sagradas cosas del amor. Estaba convencido que del mismo modo que hay canciones para el verano y ropa para sobrellevar el calor, habría que aceptar la existencia de mujeres estacionales con quienes el alcohol del daiquiri suele ser más eficaz que los aforismos y que los versos. No comparto la actitud de mi viejo amigo pero tiene algo de razón. No hace mucho estuve a firmar libros en unos grandes almacenes. Hacía buen tiempo y los ciudadanos se habían ido a la playa o a las terrazas de los cafés, así que no le oculté al jefe de relaciones públicas de los grandes almacenes mi convencimiento de que habría sido más interesante firmar toallas de baño. En verano muchos lectores consideran denso cualquier texto que no quepa en el fuelle de un abanico. A Proust lo leerían únicamente en el supuesto de que sus obras las comercializasen en filetes. En verano lo que se vende es esa prosa como de Porcel, esa literatura balear con coches encarnados y las carreteras bajando hasta el mar como rizos de brea, pobladas por cuatro personajes en los que lo más profundo sea la piel, banal literatura de azaleas y terracitas, encuadernada en algo resistente al helado de vainilla y al espermicida. Hay tipos a quienes no parece improbable que el sudor les borre la frente. "¿Cómo puede pretender usted que lea algo de Faulkner con una sardina asada en una mano y el libro en la otra mano? Estamos en verano, cielo, y en verano incluso a las lápidas con las cagadas de las palomas se les borran los epitafios". Mi amiga T. nunca fue una gran lectora pero en verano extrema su aversión a los textos. Dice que en realidad los libros sólo sirven para tener localizado el polvo del salón. No me faltan razones para creer que a Umberto Ecco sólo lo leería si sus novelas se las deshuesasen en la jamonería. De "El crepúsculo de los dioses", a mi pobre amiga sólo le resultó interesante la imagen de William Holden tendido boca abajo en el agua de la piscina. Leo cada verano "La muerte en Venecia" y siempre me sobrecoge esa mezcla de lirismo y malaria, el niño polaco en cuya sonrisa azulea la víspera de la muerte, y la desidia terminal del hombre maduro en cuya lascivia es como si le regurgitase en las ingles el sudor de un conejo engordado con el mercurio de un termómetro. Es como  si Thomas Mann lo hubiesen escrito con el lápiz de ojos de una mujer con presbicia.

Viento a favor - José Luis Alvite

Viento a favor - José Luis Alvite
Era tarde. Se presagiaba en el horizonte la lactosa del amanecer. De la magnífica velada a bordo quedaba el pianista con las sobras del repertorio y un encantador desorden campal en las mesas. Dos extenuadas parejas bailaban como en defensa propia. Le sugerí al pianista una de esas melancólicas melodías de Jobim que ayudan a pasar el último martini. Yo sabía que la bossa nova me hacía más persuasivo. De smoking y lazo al cuello, incluso un tipo quemado como yo tenía la certeza de que su cuerpo era viento a favor. Fue nuestro último amanecer a bordo. Mientras cavilaban los dedos del pianista se me acercó Jerry Marini con una copa en cada mano. «Brindaremos por este último instante de confraternidad, amigo». ¡Jerry Marini! Aquel tipo tosco cuyo cuerpo parecía contrabando de wolframio, había prosperado en el negocio mortuorio hasta regentar una cadena de funeral home. Cuando le conocí en el 54 su tarjeta de visita decía «Jerry Marini. Funeraria». Con el tiempo mejoraron su contabilidad y su gramática y aquella última madrugada se despidió con una encantadora cartulina: «Jerry Marini. Baños de tierra». Unos minutos más tarde se incorporó Kate al lacónico instante del adiós. La melodía de Jobim sonaba como tibias paladas de arena en su pecho. ¡Último día a bordo! ¡Dios Santo! Kate se echó algo sobre los hombros en ese instintivo gesto tan femenino con el que las mujeres se sacuden de encima el frío y la premonición, y salió a cubierta. La alcancé al instante. Y ella me dijo: «Me he puesto algo en los hombros porque no soportaría fracasar de sisas». Rociaba en sus labios la diapositiva del llanto y en sus ojos amargaba el dolor. «No soportaré tu recuerdo en brazos de mi marido», dijo. Apenas se encaprichaba el mar con la brisa. En el borroso sudor de la costa viraba en hebreo, como un pésame de alpaca, una esquela de cormoranes. A medida que levantó la niebla, se delató por estribor el postrado txangurro de una playa desierta.

La lazada fucsia de su sonrisa - José Luis Alvite

La lazada fucsia de su sonrisa - José Luis Alvite
Le dije a mi querida Ch.: "En realidad no aspiro a grandes cosas en la vida. Me conformaría con un par de novedades cada tres sorpresas, la amistad pasajera de una fulana poco de fiar y la indescriptible posibilidad de sentirme distinto si al amanecer mis pies tuviesen la sensación de volver a casa pisando al tacto sobre las calles de otra ciudad". A mi querida Ch. se le vinieron encima los años como sacos de mármol y no tiene grandes proyectos: su vagina es un topo con peluca y del último hombre que se acostó con ella sólo recuerda el ácido sabor de un beso baldeado con el potaje de un vómito. Comparado con el mío, el techo de sus sueños es bien poca cosa: "¿Sabes, cielo?, yo me conformaría con operarme las tetas y separarlas tres palmos de las rodillas". Las mujeres escépticas y prácticas como ami amiga Ch. serían capaces de cavar la tierra aunque sólo fuese para entrerrar el polvo de sus pisadas. ¡Pobre Ch.! A mi trágica amiga las tetas le tapan el pecho. En una ocasión telefonée a M. desde "Corzo" con el ruego de que resucitase media hora para tomarse una copa a mi lado. "¿Sabes que son las seis de la mañana, cielo? ¿Qué esperas de mí a las seis de la mañana en un local de copas?". "Te necesito a mi lado, nena. No querría pasar por tu casa. El cuerpo me pide mentirte de pie". M. se puso algo por encima y bajo a "Corzo". Eran las seis y cuarto de la madrugada. La encontré limpia y deslumbrante, como si se derramase sobre el "rafting" de su melena la lisérgica luz de la publicidad. Hacía calor y el ventilador verde cambiaba de sitio la pirueta de mi aliento marrón. M. tomó distancia entre mis brazos y sin soltarse, me dijo: "A esta hora y en un sitio así, creo que incluso a un tipo de tu calaña le sentaría bien el gabán amarillo de Dick Tracy". Volví a fijarme en ella. Estaba hermosa y con los ojos a estrenar. Pensé que en un rapto de crueldad podría permitirme crucificarla en el caballete de un pintor. Hacía calor en "Corzo" y en el fondo de mi copa latía el el hielo como una flema de goma arábiga. A M. se le pasó por la cabeza la perfidia de una imagen fugaz: "A veces cierro los ojos en el retrete e imagino que orino sentada en la porcelana blasfema y peligrosa del regazo de un hombre". Suso Oitavén, el jefe de "Corzo", mató algo la luz sobre la barra. Era media mañana en Moscú y anochecía sobre Chicago. M. rehizo con carmín la lazada fucsia de su sonrisa. Se cernía sobre sus ojos la infusión azul del sueño. "¿Sabes, nena, que a las afueras de Niza a los rompeolas de la Costa Azul les crecen juntas la buganvilla y la espuma?". A las siete de la mañana me pareció que a M. el vuelo de la falda le novelaba a lápiz las piernas...

América puritana - José Luis Alvite

América puritana - José Luis Alvite
Anoche debutó en el Savoy un tipo de cincuenta años de carrera a cuestas y varios lustros de ostracismo. Bobby Jennings perdió el pelo de la cabeza hace mucho y lo sustituyó por un espectacular bisoñé de otra talla que le sentaba como una rata con gases. Hace dos temporadas, Bobby Jennings desistió del peluquín. Ahora el viejo cantante luce una calvicie con la piel poco ceñida al hueso, una circuncisión como fuera de sitio, algo que le sienta como una calva postiza. Fue una noche muy evocadora. Bobby alteró la línea tradicional del Savoy con un repertorio para colegiales de los años cincuenta y primeros sesenta. Cantó «Diana», «Put your head on my shoulder», cosas de Paul Anka, temas de Frankie Avalon, aquellas dulces partituras que se bailaron en las graduaciones de los bachilleres durante la Administración Eisenhower, cuando por los alrededores de San Francisco descendían hasta Sausalito pandillas de coches azules y amarillos sobre el asfalto fucsia de aquella América puritana y segura que izaba sus banderas con el palomar aleteo del cancán antibiótico de Sandra Dee, la América feliz y abstraída en la que no perdías el tiempo si decidías esperar a que diesen cerezas los cipreses del cementerio. ¡Dios Santo!, dice Bobby Jennings que en su América de entonces los ríos todavía estaban buscando los cauces en los que quedarse y los últimos tipos de la frontera vadeaban la corriente cargando a sus espaldas una leña de caballos muertos. Al final de su actuación, Bobby tomó café en nuestra mesa y nos dijo: «Muchachos, estas cosas suenan falsas pero fueron ciertas. Fue cierto, maldita sea, que podía llegar al despacho oval de la Casa Blanca un tipo sin recursos que la noche anterior a subirse con la Biblia y un sombrero de copa a la escalinata del Capitolio, hubiese cenado la sopa sorbiéndola de sus propias manos. Conocí en la «high school» de Tulsa a una muchacha dulce y entera. Sé que parece un sueño, pero lo cierto es que a aquella chica tan decente le lastimaba el himen al bailar».

Frases con mala letra - José Luis Alvite

Frases con mala letra - José Luis Alvite
"La elección de los placeres tiene mucho que ver con los instintos y también con la cultura"
Sería difícil decidirse por un placer determinado en el caso que uno se viese en la disyuntiva de elegir. Hay placeres instantáneos que a pesar de su brevedad son de un efecto formidable, como ocurre con el placer del sexo. Otros, como el placer de la comida, resultan agradables pero son en cierto modo más fáciles de sustituir temporalmente por otras sensaciones placenteras, siempre y cuando la alternativa a su disfrute no sea exactamente el hambre. La elección de los placeres tiene mucho que ver con los instintos y también con la cultura, además de que en algunos casos se requiere de cierta capacidad física. Para el sexo no bastante con la intención. Además de deseo, se necesita tener cierta resistencia física, capacidad para un esfuerzo entusiasta y sin miramientos que se verá recompensado en la respuesta correlativa del otro. Claro que tampoco hay que exagerar. Para el sexo se necesita algo más de entusiasmo que para la filatelia, es cierto, pero no tanto como para partir una tonelada de leña. Es más llevadero el esfuerzo físico que se requiere para la literatura, que es el origen de un placer inigualable en el caso de leerla, y de un disfrute inmenso si se trata de escribirla. Aunque carece de sentido su comparación con el sexo, la escritura produce un placer inefable, una emoción difícil de narrar, sobre todo cuando uno acierta con la frase perfecta, con la imagen precisa, y en ese instante siente que la literatura podría equipararse con el sexo y tener sobre él la ventaja de que causa placer sin necesidad de producir manchas. Es discutible que un escritor prefiera una buena frase antes que un buen orgasmo, aunque no hay que descartar que el regusto de un buen párrafo resulte para algunos autores más agradable que el lance sexual más excitante. Desde luego puedo jurar que no es mi caso. Me gusta mi trabajo y creo que hay pocas emociones que superen al placer de lograr una frase acertada o una imagen literaria brillante y rotunda, pero debo admitir que siempre consideré la literatura un deficiente sustitutivo del sexo, el refinado resultado de alguna frustración erótica, incluso un brillante eufemismo del verdadero placer. ¿Sexo o literatura? ¿Es necesario elegir? ¿Qué tal una solución de compromiso? ¿No es acaso a veces su fino instinto literario lo que les sirve a algunos autores para contar a su favor los fracasos en el sexo? Como no estoy legitimado para hablar en nombre de mis colegas, me conformaré con reconocer que si algunas de mis frases me dejaron satisfecho, fue porque el escorzo de su sintaxis recordaba de algún modo su origen en alguna agradable postura en la cama. De todos modos, aunque muchas de esas posturas se convirtieron en aceptables columnas para los periódicos, debo reconocer que la mayoría fueron solo manchas con las que poner a prueba la calidad de la lavadora. El sexo produce a veces una conmoción indescriptible. También es cierto que una buena frase puede disimular un terrible fracaso en cama. Lo ideal es que el sexo mejore tus frases, aunque su estremecimiento joda tu letra.

Psiquiatra con perro - José Luis Alvite

Psiquiatra con perro - José Luis Alvite
He tenido dos depresiones severas a lo largo de mi vida. Una de ellas me mantuvo más de un año apartado por completo de la escritura y me sumió en un estado de desaliento tan agudo que al vestirme por la mañana ni siquiera le encontraba sentido a la rutina de pasar los brazos por las mangas de la camisa. Como no quería parecer un hombre derrotado, procuraba evitar cualquier demostración publica de abatimiento, pero quienes me conocen saben que aquel fue el año que menos entusiasmo demostré por lo que ocurría a mi alrededor y que en semejante estado de agónica estupefacción habría soportado sin pestañear que el viento de enero metiese a puñados el polvo en mi boca y el granizo en mis ojos. Acudía de vez en cuando a pasar consulta con el doctor Emilio González, le detallaba la evolución de mis síntomas y él me escuchaba con ese aplomo tan profesional que en los siquiatras de valía no excluye los matices que hacen de la práctica de la medicina una actividad verdaderamente humanista. Una de aquellas mañanas le confesé que mi visión de la vida era tan pesimista, que ni siquiera creía que en las circunstancias que me habían llevado ante él, un hombre, cualquier hombre, yo mismo, pudiese encontrar en el perplejo dolor de su existencia un buen motivo para intentar llorar con alguna posibilidad de conseguirlo. Ahora resulta incluso divertido recordarlo, pero en una de aquellas conversaciones le conté que la del suicidio era una vieja idea recurrente a lo largo de buena parte de mi vida pero que jamás había tomado la determinación de quitarme la vida porque detestaba hacer cosas de las que no pudiese acordarme pasado un rato. "Eso es lo malo de la muerte -me siguió con humor el doctor Emilio González-, que perjudica sin remedio la memoria". Por aquellos días soñaba con frecuencia que subía en ascensor hasta la azotea de un rascacielos con la decidida intención de saltar al vacío, pero al asomarme cien metros sobre el espectáculo de la ciudad aplastada, indiferente y congénita, la cobardía podía más que la firme resolución de suicidarme, de modo que le echaba un vistazo al paisaje y bajaba luego lentamente por las escaleras hasta el portal, donde me esperaba el entorchado conserje del inmueble seguro de escuchar de mis labios la explicación que sin duda cabía esperar de un tipo reacio desde niño a la rutina: "No es que no haya tenido el coraje necesario para suicidarme, ¿sabe usted?, lo que pasa es que la distancia entre la azotea y el asfalto es tan grande, que temí que si saltase al vacío, me aburriría en el aire". Cada vez que me entrevistaba con el siquiatra, volvía luego a la calle poseído de la incipiente esperanza que me infundía la conversación de aquel hombre inteligente y sensible que en una de las sesiones me dijo con absoluta sinceridad que el recurso de las pastillas servía para paliar los síntomas de la depresión, pero que solo podía ser mía la decisión de aceptar un tratamiento que mermase al mismo tiempo aquella parte de la personalidad en la que suelen brotar juntos los trastornos de la mente y el lisérgico latido de la propensión artística. Emilio González me lo dijo con meridiana claridad: "Tengo la razonable sospecha de que uno de los síntomas más inquietantes de tu depresión es la literatura y que un tratamiento farmacológico a fondo no podría mitigar el cuadro emocional sin perjudicar al mismo tiempo tu manera de ver la vida y describirla". Parecía claro que en el mismo lance estaban en juego mi salud y mi sintaxis. Acordamos entonces un tratamiento cuya eficacia médica no mermase seriamente mis facultades al escribir. Al aceptar la sugerencia, hice una leve salvedad que a mí me parecía crucial: "Recétame cualquier cosa que no perjudique mi vida sexual. Ten en cuenta que así como detrás de un intelectual que se precie suele haber un libro de Joyce, en mi caso es obvio que la referencia cultural más profunda de cuanto escribo es por lo general una simple y miserable erección". Era importante para mí vencer la depresión dejando a salvo los aspectos más esenciales de mi estilo. Mi querido siquiatra me recetó con tal motivo dos cajitas de unos comprimidos estupendos que encajé con la misma gratitud que sentiría un diabético si el endocrinólogo le estuviese recomendando un suculento surtido de pasteles rociados de fogueo con azúcar de pega. Con el tiempo y con la adecuada posología, y gracias sobre todo a las inolvidables charlas con mi admirado Emilio González, pude volver a escribir algunos meses más tarde. Recuperé luego en unas pocas semanas el tono y la manera de contar que tanto temía perder. Y en cuanto a las chicas, bueno, en cuanto a las chicas, gracias a pequeños e inevitables efectos secundarios del tratamiento, y aunque me seguían gustando todas, durante algún tiempo me fijé algo menos en las feas, como si llevase entre las piernas un perro con instintos de cazador y gustos de gourmet. Algún tiempo después tuve la primera sensación fiable y sostenida de que estaba saliendo de aquella jodida depresión. Lo supe tan pronto noté que el cabrón del perro volvía a comer de todo...

Verano de manga larga - José Luis Alvite

Verano de manga larga - José Luis Alvite
Mis amigos andaluces se vinieron este verano a Galicia a sabiendas de que aquí el sol es una lotería que no toca con demasiada frecuencia y que en lo que va de vacaciones ni siquiera es seguro que vaya a dejar la pedrea. En este verano de manga larga, los miles de turistas decepcionados por la falta de sol benefician con su visita a la ciudad de Compostela, siempre atractiva para los viajeros y ahora abarrotada gracias al mal tiempo que vacía las playas. Procedentes de la costa llegan incluso cada día las gaviotas, no sé muy bien por qué, seguramente porque la ecología anda revuelta o, tal vez, debido a que encuentran tierra adentro la comida que escasea en su territorio de siempre, al borde del mar. Mis amigos andaluces se instalaron en la margen derecha de la Ría de Arousa, al borde de una playa de arena fina flanqueada por una discreta masa forestal que si es que no ampara del sol, al menos resguarda de la lluvia. Hacen una vida tranquila, tal vez demasiado tranquila por culpa de una meteorología que si cambiase es casi seguro que sería para empeorar. Pasan algunos minutos de las cinco de la tarde mientras escribo mi columna y al otro lado de la ventana la luz es la que correspondería a cualquier día de noviembre. Mucha gente pide café en las terrazas de los bares y aprovecha la taza para calentar las manos. Al pasar por delante de los restaurantes, a los turistas se les van los ojos al marisco, pero abarrotan las pizzerías porque por el precio del centollo encuentran joyas más baratas en cualquier orfebrería de la ciudad. Dicen que la catedral está siempre abarrotada. Puede que se trate de un rebrote de la fe, pero yo desconfío de que esa afluencia tenga más que ver con la lluvia que con la mala conciencia. Mis amigos andaluces han aceptado su destino con una mezcla de rutina y resignación, como si supiesen que a Galicia no se viene a tomar el sol, sino a huir de él. De todos modos, es un verano extraño, el peor en mucho tiempo. Y es, sobre todo, un verano más pobre que otras veces. Un barrendero de Sanxenxo me aseguró que nunca habían sido tan pobres las basuras de los ricos, ni habían estado jamás tan delgados sus perros. Donde se mantiene el nivel es entre los residentes en A Toxa, esa isla modernista, elegante y termal en la que todavía puede verse a señoras muy ricas con los modales refinados por el peso de sus joyas. Ahí pasa unos días cada verano mi amigo y compañero Josemi Rodríguez Sieiro, un tipo tan correcto, tan exquisito, que yo creo que sería incapaz de estornudar sin haber aprendido antes solfeo.

Los dichosos mercados - José Luis Alvite

Los dichosos mercados - José Luis Alvite
Yo no sé muy bien qué es eso de «los mercados», ni estoy en absoluto seguro de que adelante mucho si me preocupo de saberlo. Puedo vivir sin ese conocimiento, del mismo modo que durante toda mi vida fui capaz de salir adelante desinteresado por viajar al centro de la Tierra y sin conocer el peso atómico del vanadio. Una vecina mía dice que los grandes conocimientos por lo general son innecesarios para llevar una vida satisfactoria y decente, y que desde que tiene memoria, y a pesar de las naturales restricciones de la vida rural, su familia salió adelante sin necesidad de un conocimiento más profundo que el del funcionamiento de la bomba del pozo. A veces basta con tener cierta facilidad para la deducción y adoptar decisiones en función de un mínimo sentido de la corazonada. En una aldea de Galicia le escuché decir a un campesino que «más a menudo de lo que se cree, el ser humano pierde el sentido común por culpa de razonar demasiado las cosas». Un amigo mío muy aficionado a la música estaba convencido de que las plantas de su salón disfrutaban de Mozart tanto como él y se desarrollaban en función de que acertase con sus gustos al elegir los discos que pinchaba. Una de sus plantas melómanas se vino inesperadamente abajo y dio con las hojas en la tierra del tiesto. Le pregunté entonces qué había ocurrido para que, a pesar de Mozart y de Mahler, aquella planta estuviese camino de mustiarse sin remedio. Entonces aquel tipo reaccionó con sentido común, sin dejarse llevar por razonamientos que no venían al caso: «Lo que le sucede a esta planta, amigo mío, no es nada distinto de lo que le sucede al diez por ciento de las plantas que conozco: A todas les gusta Mozart, pero pasado un tiempo, el diez por ciento de las plantas se vuelven sordas». ¿Se puede aplicar ese razonamiento al asunto de los dichosos «mercados» que tanto nos afligen? Para contestar a eso creo sensato recurrir a la sabiduría de una amiga de mi madre que tiene de la vida la idea de que se trata del tiempo que necesitamos para hacernos a la razonable idea de morir. Esa amiga le dijo en una ocasión a mi madre: «Verás, Leonor: La vida está llena de altibajos económicos que nos producen disgustos y alegrías. No hay que descorazonarse por nada. Se trata de saber adaptarse, sólo eso. Son cosas que si no se aprenden con el escarmiento, se asimilan con la edad. Cuando vienen mal dadas, de lo que se trata es de llamarle de otro modo a la pobreza, igual que a cierta edad sustituimos el sexo por la gimnasia de mantenimiento».

Agua pervertida - José Luis Alvite

Agua pervertida - José Luis Alvite
"En mi infancia, el de la feminidad era un capítulo confuso y vedado, un asunto sagrado, casi clandestino"
En mi infancia no estaba bien visto interesarse por ciertos aspectos de la intimidad de las mujeres. El de la feminidad era un capítulo confuso y vedado, un asunto sagrado, casi clandestino, del que solo hablaban con cierta confianza los mayores y del que únicamente estaban por completo seguros los ginecólogos. Gracias a la imaginación podías figurarte cosas y hacerte una idea sobre cómo eran ellas en su más estricta intimidad, pero sabías que se trataba de un atrevimiento inconfesable, un pecado gravísimo que, además de suponerte un destino en el infierno, podía costarte un insomnio cuyas ojeras fuesen luego difíciles de explicar. En un libraco médico que mi padre había heredado del suyo encontré en una ocasión un capítulo dedicado a las patologías de la feminidad. Busqué entonces en sus páginas la desnudez explícita de alguna mujer. Fue en vano. Solo conseguí encontrar un dibujo que reproducía un corte longitudinal del útero y me sentí profundamente decepcionado al descubrir que lo que en realidad había en las procelosas y místicas honduras de las mujeres eran unos cuantos cables que se parecían mucho a los que manipulaba el señor Montero cada vez que venía a casas a reparar las bujías y el condensador del receptor de radio. En los corrillos de los muchachos de más edad se decían cosas fascinantes sobre los placeres de acertar con las claves que daban acceso a los resortes hedonistas de la feminidad, pero después de ver aquella reproducción del útero de las mujeres a mi me pareció que todos aquellos comentarios adolescentes solo eran murmuraciones sin sentido y que en realidad la pelágica hondura casi espeleológica de la feminidad no serviría para otra cosa que para sintonizar la atiplada voz de Franco en el "Diario Hablado" de Radio Nacional de España. A falta de la explícita carnalidad de las mujeres reales, recuerdo que me contentaba con la contemplación de sus ropas puestas al clareo, expuestas a que las cachease el viento en los tendales, sonando como una bandada de aplausos en aquellas blusas en las que muchas veces recuerdo haber husmeado a solas el aroma almidonado y apócrifo de la feminidad. A veces venían a casa mis primas y se aseaban en el baño mientras yo escuchaba a este lado de la puerta el ir y venir del agua de las abluciones y la higiénica liquidez de sus risas casi colegiales, que a mi entonces me parecían sugerentes e inconfesables como si fuesen las risas de aquellos pubis inaccesibles que yo imaginaba que eran de abedul. Después de la higiénica liturgia de mis primas yo entraba al baño y me quedaba pasmado mirando el agua lúbrica y glandular de la bañera. Y cuando estaba seguro de que nadie me vería hacerlo, me arrodillaba delante de la pileta, metía las manos en la tibia sopera abdominal de aquel agua pervertida, cerraba los puños en la entraña del húmedo gineceo jabonoso, entornaba los ojos y estaba seguro de haber atrapado la pulpa mística de la feminidad al sentir como escurría entre mis dedos la hembra amniótica y gomosa de la higiene sacrosanta de las mujeres. A partir de aquella experiencia excitante y clandestina no dejé de ir a la iglesia, pero, por si Dios entraba en detalles, tomé la decisión de confesar mis pecados con las manos en los bolsillos.

sábado, 11 de octubre de 2014

No toques ese cajón - Juan Tallón

No toques ese cajón - Juan Tallón

Mal se tienen que dar las cosas para que a lo largo de una vida, plagada de errores y algunos aciertos, no se nos presenten dos o tres buenas ocasiones para cometer un delito. Hay que tener los nervios plateados e inhóspitos para saber esperar el minuto idóneo. Es fácil precipitarse. En realidad, también resulta sencillo postergar la hora. Si no pones algo de tu parte, el delito se pasará la vida entera ignorándote, aunque permanezcáis en la misma habitación. Su soberbia es perfecta. Cada vez que tuve la oportunidad al alcance de la mano, me desmoroné como esos trozos de ceniza muerta que los cigarros encendidos empujan al abismo. Me provoca un miedo insuperable la posibilidad de un registro domiciliario. Tengo la alambicada sospecha de que podría sobrevivir a la cárcel con un poco de alcohol, los mundiales de fútbol y dos o tres cartas que reciba cada mes de alguna conocida de vista. En cambio, me entra fiebre solo de pensar que un día la policía irrumpe en casa y se pone a revolver en los cajones.
Las infamias que has cometido, y que no has conseguido destruir, pues para eso se necesita valor, acaban siempre en algún tipo de cajón impenetrable, aunque el acceso sea franco. Sabes que ahí dentro, absolutamente cerca, están lo bastante lejos de ti. Cuando no quieres volver a tener noticias de algo, simplemente lo mantienes a tu lado. Es más fácil que acabar con él de una vez y para siempre.
Nadie debería hurgar jamás en tus cajones. Ni siquiera tú. Están hechos de un silencio por dentro que, solo imaginar que no se rompe, me ayuda a dormir por las noches. Me pongo en la piel de todos esos criminales que conducen esposados a su casa, mientras la revuelven de arriba abajo, y me entran escalofríos. Hay cosas en mis cajones que nunca más quiero encontrarme en la vida, como algunas novelas inéditas de juventud, fotos, y hasta alguna carta de amor escrita a mano. Las destruiría, pero tendría que abrir los cajones y ensuciar ese silencio puro y antiguo que reina dentro. A veces pienso en esos escritores que murieron, y al día siguiente sus herederos abrieron todos los cajones en busca de manuscritos abandonados en la oscuridad que hiciesen ruido por dentro, como las huchas.
Hay experiencias ajenas que te hacen recapacitar. En una comida con otros periodistas alguien contó una vez, al llegar a las copas, que el mayor error de su vida había sido abrir el cajón de una mesilla de noche. Nos volvimos muertos de curiosidad, como si acabase de entrar Sofía Loren en el restaurante. Uno de los comensales hizo un gesto sabio al camarero, largamente ensayado, para que rellenase los vasos. Entonces, nuestro colega empezó a contar que, hace algunos años, había estado irremediablemente enamorado de una compañera de trabajo sin dejar que ella lo sospechase. En la oficina aparentaba indiferencia, y cuando llegaba a casa, enloquecía ante aquella belleza porque estaba lejos y no podía mirarla. Una noche, que sería larga de explicar, y aun así carecería de sentido, acabaron en su apartamento. Follaron como si no tuviesen a qué agarrarse, casi a la deriva. Al día siguiente era sábado y ella madrugó. Había quedado para comer con su madre, y le dijo que no se diese prisa en irse. Él escuchó con los ojos cerrados cómo ella se duchaba, se vestía y se iba. «Hay de todo en la nevera», añadió casi al mismo tiempo que se cerraba la puerta, con sonido a fin de novela de Tolstoi.
La persiana permanecía entreabierta y pudo observar el dormitorio desde la cama. La mañana había adoptado aspecto de lentitud y no se apresuró en levantarse. Cuando al fin lo hizo, tan despacio que parecía que le pesase la complacencia, se sentó en la cama y se buscó los pies, cual un idiota. Fue inevitable no sentir curiosidad por los cajones de la mesilla de noche. No pretendía hacer ningún hallazgo, ni siquiera saber algo de ella que no sospechase, sino confirmar, como en un juego, que todos guardamos objetos ridículos, incluso inútiles, en cuya posesión, sin embargo, parece que nos va la vida.

En el fondo, los abrió porque todos los cajones son el mismo cajón, y de algún modo te contienen a ti. La pasión que sentía por aquella chica, moldeada durante meses a fuego lento, se heló de repente, en dos segundos, al descubrir entre sus braguitas una colección de películas en las que mujeres y caballos mantenían relaciones sexuales entre sí. Todos en la mesa nos volvimos al camarero, reclamando gin-tonics con la mirada, desconcertados. No sabíamos si había que reírse, en una señal de normalidad, o sobrecogerse, como signo de lo contrario. Él estaba tan enamorado de la mujer, que al día siguiente de dormir con ella abandonó su trabajo y nunca más volvió a verla.

domingo, 5 de octubre de 2014

Como un quinqui cualquiera - Salvador Sostres

Como un quinqui cualquiera - Salvador Sostres

Desolado porque con el iPhone 6 Apple ha ingresado de un modo total y absoluto en la vulgaridad, e ir hoy por la calle con uno de estos aparatos, tanto el normal como el Plus, es exactamente lo mismo que ir con un Samsung, como un quinqui cualquiera. 
Si Steve Jobs insistía en no aumentar el tamaño del iPhone era porque lo sabía. Sabía que Apple no podía caer en la horterada como sus competidores, y que su marca es tecnología pero también belleza. Y clase, esa clase que forma parte de la esencia y del atractivo de Apple y que el iPhone 6, y el iPhone 6 Plus han echado por tierra. Cómo se nota cuando no están los genios. El iPhone 4S fue el último iPhone perfecto. El 5s que yo tengo es aceptable, pero está ya ligeramente desproporcionado y causa una cierta inquietud tenerlo en las manos, como esos penes largos y estrechos. 
No compré el iPhone 6, y es el primer iPhone que no tendré. Igual lo acabo comprando, con el tiempo, pero no creo. Me disgusté mucho al tocarlo y verlo. No cabe en la mano, no se puede escribir un mensaje cómodamente, y ya no digamos un artículo entero. Es un objeto descompensado, como alguien que en los últimos meses ha engordado. Recuerda a lo que una vez fuimos, pero lo recuerda con tristeza. Tener un iPhone 6 en las manos da nostalgia.
Es importante que Apple entienda que ha fracasado con su teléfono, y que a un genio no lo puede sustituir por un empleado. Es urgente que la compañía contrate inmediatamente a un genio. Se puede discrepar de Jobs siempre y cuando la idea que uno tenga sea superior. Cuando es inferior no es discrepancia, es un error. 
Los genios son el motor de la Humanidad. Sin genios sólo hay derrota, tristeza, provincia, Samsung, barriada. Sin talento estamos vendidos ante la vulgaridad, como lo demuestra este iPhone 6 intolerable.  
Apple siempre nos había hecho sentir especiales. Apple siempre nos había tratado como si fuéramos su único cliente y todo lo hiciera por nosotros. Con este iPhone 6 hemos sido degradados a masa, a carne amontonada, a turba. No me extraña que se esté vendiendo tan bien, pues en el mundo hay mucha más racaille que espíritus delicados. 

El iPhone 6 ha resquebrajado la más bella historia de amor que la tecnología jamás ha contado.

sábado, 4 de octubre de 2014

El palanganero de Mahoma - José Luis Alvite


El palanganero de Mahoma - José Luis Alvite

En alguna parte he leído que hay lugares de Bélgica y de Dinamarca en los que se ha decidido suprimir en la calle el árbol de Navidad para no herir los sentimientos religiosos de los residentes musulmanes. La noticia no me produce demasiado estupor; en realidad creo que lo que me sorprende es que, con la prolongada y evidente decadencia de los valores europeos, algo semejante haya tardado tanto en ocurrir. Obsesionados con el cambio climático, nos hemos olvidado de prepararnos para una novedad no menos previsible e inquietante: el cambio cultural. Y no se trata sólo de que el islam pueda expandirse en Europa merced a la fecundidad de sus preceptos, sino, y sobre todo, por la jubilosa  y trepidante fertilidad de sus mujeres. A los musulmanes la idea de tener cuatro hijos todavía les seduce más que el capricho de engendrar un solo hijo y tener tres coches, que es como se entiende ahora en la Europa materialista la evolución demográfica. Hemos sustituido la familia por la metalurgia; y el pensamiento, por el dinero. Sobrecoge la indiferencia con la que abandonamos nuestros criterios morales y renunciamos a las conquistas hechas con la inteligencia, para ceder ante el empuje de ese islamismo radical en el que las discrepancias no se resuelven con un debate, sino que se zanjan con un degüello. Es triste pensar que la última gran obra colectiva de los europeos haya sido la II Guerra Mundial y que después de aquello hayamos vegetado en medio de la indolencia general, entregados a una decadencia que amenaza con dejar los valores de nuestra civilización en manos de quienes se permitirían el lujo y el festín de destruirla. Ahora escondemos el árbol de Navidad y mañana les cubriremos el rostro a nuestras mujeres y les pondremos un burka a nuestras catedrales. Y a mí, que no soy creyente, me entristece la idea de que vayamos a permitir que Cristo acabe de palanganero de Mahoma.

viernes, 3 de octubre de 2014

Palabrotas - Salvador Sostres

Palabrotas - Salvador Sostres

MI HIJA está aprendiendo a decir algunas palabrotas y mi mujer asiste con disgusto al espectáculo. Como no podía ser de otra manera, también esto es culpa mía. Concretamente, porque a veces jugamos a decirlas y nos reímos. La virtud no puede depender de la ignorancia sino del criterio. La bondad sin inteligencia no tiene ningún mérito. Ni yo ni nadie que esté en sus cabales puede pretender que una niña no aprenda a decir tacos, y que no disfrute jugando con ellos. Las palabras son fantásticas, todas sin excepción, y hay que aprender a usarlas en cada escena.
Cuando era más joven escribía muchos tacos y escenas de sexo explícito. Con el tiempo he preferido no hacerlo, porque me he dado cuenta de que la palabra malsonante no resiste el paso del tiempo. En aquel momento te hace gracia pero relees el artículo al cabo de unas semanas y notas que hay algo que chirría y es el taco.
Crecer significa saber que hay un momento para jugar con las palabras, como para chapotear en la piscina, y que en ambientes más formales la elección del vocabulario tiene que ser distinta; del mismo modo que no podemos andar salpicando por todas partes. Y educar consiste en explicarle a tu hija esta diferencia, y su alcance, y sus consecuencias.
Se aprende viviendo, se aprende equivocándote y lo más difícil es aprender a ser libre y para ello tienes que disponer de la máxima información posible. Se aprende civilización aprendiendo a diferenciar los registros, los ámbitos y lo que se espera de ti en cada caso. Una niña educada, una dama, no es la que no sabe decir tacos, sino la que conociéndolos, hace de ellos un uso adecuado.
Se puede y se tiene que educar desde el prejuicio y desde el miedo. Hay mucha gente que dice que no hay que tener miedo, pero yo pienso que desde el temor de Dios, que es el temor fundamental, lo que más ha contribuido a que nos hayamos llegado a comportar como personas razonables, generosas y hasta espirituales, ha sido el miedo, y la mala conciencia, y los prejuicios que, como la fe, heredamos de nuestros padres.

Pero nunca se puede educar desde la estrechez de espíritu, ni desde la irrealidad, ni desde la ocultación del mundo. Es absurdo. Y demencial. El mar siempre acaba llegando y hay que saber nadar.