sábado, 13 de septiembre de 2014

Los sueños y las heces - Jose Luis Alvite

Los sueños y las heces - Jose Luis Alvite
En algunas congregaciones religiosas, la pobreza supone una conquista moral y sus militantes la consideran tan natural que ni siquiera presumen de haberla conseguido. Para muchos españoles que no contaban con ella, la pobreza se ha convertido en una circunstancia odiosa a la que es difícil verle la salida en un momento histórico en el que incluso escasea la carroña en los descampados y, a falta de otro sustento, los buitres se comen en los nidos a sus crías. Proliferan los mendigos en las calles, en muchos hogares nunca hay una tartera al fuego y en los comedores de la beneficencia incluso por la noche hacen cola las ratas porque en las basuras abundan las facturas y ha empezado a escasear la mierda. Hay trabajos tan mal pagados, maldita sea, que con razón muchos mendigos temen que les salga un empleo. Algunos antiguos amigos míos se pasan el día en chándal, dando paseos de un lado para otro, cambiando de acera aunque solo sea para dar la sensación de estar ocupados en algo por lo que merezca la pena sudar. No hay una sola calle en la que no estén a la venta media docena de pisos, ni un solo lugar de la ciudad en el que no haya echado el cierre un negocio porque a su propietario solo le merecía la pena encender la luz para saber donde apagarla. Mucha gente almuerza cada día la casquería que antes incluso dudaban si dársela de comida a sus perros. Sé de un tipo que duerme de espaldas a su mujer para que ella no le escuche llorar. También sé que ella no ignora lo que ocurre, pero disimula porque no quiere que a él, además del fracaso, lo hunda en la miseria la destrucción de su orgullo. Tienen suerte los creyentes si son capaces de aliviarse de la pobreza volviendo sus ojos hacia Dios, confiados en que la Providencia les dará la mano o resignados a la idea de que la miseria sirve para poner a prueba la fortaleza moral del hombre. Yo no sería capaz de semejante presencia de ánimo y, seguramente en vez de recurrir a Dios, robaría un rifle en la armería de la esquina para atracar al día siguiente uno de esos bancos en los que un público desencantado y culposo hace cola casi con los brazos en alto. Conviene no perder la calma, es cierto, pero en según qué circunstancias, un hombre se da perfecta cuenta de que el gatillo garantiza mejores resultados que la oración. ¿Qué te espera la prisión? Bien, ¿importa mucho perder la libertad si es a cambio de tres comidas al día en un momento en el que en los cementerios incluso bostezan de hambre los muertos? A los reos de la miseria les da igual de quién sea la culpa de lo que ocurre. Es difícil razonar con hambre y tener criterio con la nevera vacía, a sabiendas de que en algunas autopsias el forense solo encuentra el grisú fénico de los barbitúricos y la horma del ayuno del ayuno. Realmente es muy triste que de ser un país que soñaba sin haber dormido, estemos a punto de convertirnos en un pueblo que vomita sin haber comido. Algo convulso tendrá que ocurrir tan pronto demasiada gente de la nuestra se dé cuenta de que después de haberse visto privada de sus sueños, se ha quedado también sin sus heces. De momento nos salvan el orgullo y la apariencia de ser un pueblo con un elevado sentido de la esperanza, un país con modales en el que la gete aún se sienta a la mesa y despliega la servilleta para la estoica liturgia de pasar hambre tres veces al día.

Un sitio dentro de mí - Jose Luis Alvite

Un sitio dentro de mí - Jose Luis Alvite
En el acto de presentación de “Humo en la recámara” me emocioné dos veces frente al público congregado en el auditorio del Club Faro y reconozco que me costó mucho recuperarme y seguir. Fueron dos angustiosos momentos de bajón e incertidumbre en los que ni yo mismo sabría decir qué ocurrió exactamente dentro de mi cabeza para que me derrumbase de ese modo y no fuese capaz de desviar el llanto a la orina. En una de las ocasiones me emocioné al recordar los amargos momentos de las depresiones que sufrí y que me mantuvieron apartado del oficio durante dos años y medio; en la otra creo que me conmoví al reconocer que después de haber luchado durante cuarenta años por hacerme con el afecto de los lectores, me daba cuenta de que era un perfecto desconocido en mi propia casa y que los míos apenas saben de mí que soy el tipo que firma esas columnas ásperas y sentimentales que a toda costa evitan leer. Supongo que los míos se resisten a la idea de que soy un tipo errático que ha puesto con frecuencia los placeres por encima del deber, un periodista que si recela de la gente es porque teme encariñarse y que luego por su propia culpa salgan mal las cosas. En un momento del acto en el Club Faro me armé de valor y admití que en la tesitura de elegir entre la escritura y la familia, no dudaría en preferir mi oficio. Una confesión así hace mucho daño en quien la admite, pero yo ya hace mucho tiempo que elegí la sinceridad por encima de la conveniencia y no entendería mi espalda sin llevar cargado en ella, como un fardo moral, la sensación abrumadora de la culpa, el peso a veces insoportable del remordimiento. Muchas veces he pensado que ya que con no pocos esfuerzos me hice a mí mismo, ahora estoy en mi derecho de ser yo quien dirija personalmente la voladura de mi conciencia y coloque meticulosamente la dinamita que asegure mi propia destrucción. A mi siquiatra le dejé bien claro en su día que no seguiría ningún tratamiento si había la menor posibilidad de que pudiese afectar a mi manera de entender la vida y de ejercer la escritura. Mi siquiatra lo comprendió y no dijo nada en contra. Ambos sabíamos que la escritura es algo que se malogra si se pretende que tiene cura, como si fuese soriasis, sinusitis o fimosis. Le dije que ya que por mí mismo había generado una determinada patología mental, estaba en mi derecho de elegir la manera de administrarla, cuidando desde luego de no echarla a perder, porque yo siempre he creído que su propia mente es el único lugar en el que está a salvo un hombre. Respecto de cómo me consideran los míos, he de reconocer que comprendo su actitud y solo deseo que entiendan ellos la mía. La verdad es que ya no estoy muy seguro de que esperen algo de mí, ni podría jurar que lo que desean es que les deje en el garaje un coche en buen estado. Con la tralla que llevo encima puedo hacerme a la idea de que sea así y luchar para sobreponerme a ello. Me gusta la oscuridad y no rechazo la dulzura. Siempre quise ser un topo atravesando a oscuras un saco de azúcar. No estoy seguro de haber conseguido mi objetivo. No importa. Los míos saben que a pesar de mi desorden suelo llevar encima algo de dinero para que el coste de mi funeral no les deje sin sus merecidas vacaciones. Sé que mi muerte no les alegrará la vida, pero no descarto que digan de mí que al menos sucumbí a tiempo de aligerar sus gastos. Creo que lo que saben con certeza es que entre mi pecho y mi espalda tengo a mi nombre un corazón ciego que mastica la sangre y un sitio decente en el que morir. A veces creo que mientras duermo soy por dentro la garita oscura en la que desde mi infancia hace guardia la muerte.

Pubis de Abedul - José Luis Alvite

Pubis de Abedul - José Luis Alvite
Se dice que en el calor meteorológico está el origen de la felicidad callejera de algunos pueblos y la raíz de su envidiable salud mental, incluso la explicación de cierta pereza existencial que produce regocijo y placer y nunca ha sido bien entendida por las sociedades septentrionales y albigenses, que son frías, metódicas, contenidas, y sólo se acaloran con el esfuerzo de recobrar la calma y enfriar la pasión hasta volverla amianto. A lo mejor es por eso que mientras en la Europa fría y cartesiana prosperan el pensamiento y la ciencia, en ese otro orbe cálido y meridional proliferan la hostelería, la genitalidad y las flores. Yo nací y me crie en un ambiente norteño de temperaturas moderadas, abundante humedad y gente comedida que hace más ruido al rezar que al enfadarse. No soporto bien las temperaturas por encima de los veinte grados y al llegar el verano tengo serias dificultades para escribir porque me obsesiona la idea de que el calor sea bueno para estimular las bajas pasiones, pero incompatible con la literatura. Me resultaba más llevadero el calor cuando era niño y disfrutaba sintiendo el domingo desde la calle el aroma de los plátanos y los melocotones, que traspasaba el escaparate de la frutería cerrada a cal y canto. Con el calor de mi niñez, con el clima de mi adolescencia, cerraba los ojos y percibía el olor láctico e inguinal de las mujeres, aquella culposa emanación del sexo, e imaginaba el hormiguero de sus caldosos pubis de abedul recorridos por la babosa arábiga del placer, legradas por la lengua del sexo, deshuesadas por el vicio. Me pregunto por qué, si el calor me reconforta como recuerdo, no puedo soportarlo ahora en el momento puntual de escribir. ¿Es acaso más literaria la temperatura conmemorativa que la otra? ¿Será que la verdadera literatura es a veces una secreción recordatoria del calor y que lo que desprendían aquellas mujeres con los rigores del verano no era olor, sino gramática? Tendré que reflexionar sobre ello. A lo mejor resulta que mis reservas profesionales hacia el calor son un simple y estúpido prejuicio. Porque si con la levadura del sol se vuelve hojaldre el mármol meridional de los sepulcros, ¿qué razón puede haber para que no medren con su influjo las frases? Revisaré mi actitud frente al calor. No hay que descartar que la literatura sea una destilación exquisita del sudor, la consecuencia de ese bendito instante neófito del verano en el que uno imagina el cadáver de tía Pepita tendido decúbito supino en la cucaña de un refrescante catafalco de mercería, con su bruñido pubis de abedul recorrido por la hidra malteada de una sintáctica procesión de hormigas invidentes y albinas salidas de un tintero con semen.

A este lado de mi - Jose Luis Alvite

A este lado de mi - Jose Luis Alvite
A mi amigo Alejandro Diéguez, editor de mi obra, le he discutido muchas veces sus proyectos de promoción, no porque no me pareciesen razonables, sino por mi vieja resistencia a desplazarme a lugares que me alejasen demasiado de mi lugar de residencia, de los sitios que frecuento, y sobre todo, de mi barman de cabecera. Aunque lamentando que fuese en días de calor, accedí siempre a firmar ejemplares en la Feria del Libro de Madrid y poco más. Al salir ahora a la calle “Humo en la recámara”, mi editor y yo tuvimos ocasión de darnos un buen apretón de manos cuando sugirió que la presentación en Galicia se hiciese en la ciudad de Vigo. Llevo diez años como columnista en este periódico y lo único que lamento de mi estancia aquí es que no se produjese antes, cuando en otros periódicos gallegos me apretaban las clavijas y trataban de torcerme la mano para que escribiese como nunca supe ni quise escribir. Aquí firmaron mi abuelo y mi padre y aquí me gustaría acabar mi vida como columnista en la prensa gallega, si es que mis jefes están dispuestos a soportar a un tipo que a veces confunde la integridad con la indisciplina, que sufre depresiones que le ponen boca abajo contra el aliento ácimo de su sepulcro y nunca sabe muy bien si los compradores del diario se quedarán ciegos por culpa de leer sus textos. “Humo en la recámara” es una colección de historias relacionadas con el “Savoy”, el local nocturno eminentemente literario en el que me refugio desde hace doce años para superar las decepciones sufridas durante las madrugadas reales de una vida tantas veces contradictoria y casi siempre disipada. Fueron publicadas en la prensa de Madrid porque fue allí a donde me llevaron mis pasos cuando en Galicia se me cerraron las puertas, antes de que una madrugada arrimase el coche al arcén en la Autopista del Atlántico, me armase de valor y en la dolorosa duda de decidirme por el suicidio al volante del coche, le pidiese trabajo al director de “Faro de Vigo”. Aquella noche estaba a menos de una hora de mi ciudad, pero con la emoción de que el periódico vigués me abriese sus puertas sin hacer ninguna objeción, recuerdo que prolongué tanto la madrugada que tardé dos días en pisar el portal de casa, donde la verdad es que llevaba años dado por muerto. Una semana después firmé por primera vez mi columna “Aspero y sentimental” en estas páginas y empecé la etapa de mi vida profesional de la que me siento más satisfecho porque se me permitió una autenticidad absoluta, una manera de escribir cruda y sin embargo soñadora, dura y al mismo tiempo conmovida, a la que estaba a punto de renunciar cuando se me abrieron estas puertas y me consta que salvé la piel en un momento de mi carrera en el que a veces me vencía el sueño, y por no volver derrotado a casa, muchas madrugadas dormía en punto muerto con el coche arrimado a la tapia del cementerio. No me importa reconocer que en algunos de los personajes fracasados de “Humo en la recámara” he volcado con piedad el aliento compasivo y solidario que tantas veces yo eché de menos en mis colegas, del mismo modo que con frecuencia me sirvo de “Aspero y sentimental” para ventilar las frecuentes inmundicias y las escasas alegrías de mi pasado y dejar que mi conciencia me ajuste las cuentas sin volverle jamás la cara. El título del libro que se presenta ahora en Vigo se debe a una feliz ocurrencia de Rocío González, una amiga y colaboradora andaluza a quien antes había convertido yo en el único personaje vivo y real que alguna vez estuvo de madrugada en las ficciones del Savoy. También ella creyó en mi y se hizo lectora de “Faro de Vigo”, seguramente persuadida de que es en los textos de “Aspero y sentimental” donde mejor se me puede conocer sin necesidad de padecerme. Ella comprende también ahora por qué es Vigo la ciudad elegida. Sabe que fue aquí, en esta ciudad, en este periódico, donde pude ser verdaderamente libre en mi tierra, el lugar y las páginas en las que por fin he podido ser sincero sin necesidad de sentarme a llorar estreñido en el retrete de cualquiera de esos periódicos en los que a un tipo como yo solo se le permitiría decir la verdad con la condición de que la verdad fuese mentira. Pasé muchos años lejos de mi conciencia. Ahora, por fin, sé que estoy a este lado de mí.

El hedor y la esperanza - José Luis Alvite

El hedor y la esperanza - José Luis Alvite
Creí en el movimiento de los «indignados» porque, como a tanta gente, también a mí me parece que el país necesita una regeneración moral y política que les devuelva a los ciudadanos la ilusión por los valores irrenunciables de la democracia. Esos miles de personas parecían representar un inesperado brote de sentido común, una llamada a la franqueza en la vida pública, una brisa incontaminada que se llevase por delante el hedor insoportable de una podredumbre creciente en la que sólo es previsible que medre a su antojo la desidia, la náusea y la muerte. Muchos de esos hombres y mujeres son jóvenes descreídos de una sociedad que no les ofrece otra cosa que la esperanza de perder lentamente la fe. Se presentaron con sencillez y espontaneidad, sin los vicios que acarrea la edad, libres de codicia, como un puñado de colonos ansiosos por remover el secarral estéril hasta convertirlo en fértil tierra de labor. Creía en ellos y aún creo. Ya sé que al amparo de esa actitud bautismal, escudados en esa aura casi agraria de lo que empieza, se cometieron atropellos y errores intolerables. Preguntémonos a quién beneficia el descrédito de los «indignados» y acaso sepamos entonces quiénes están detrás de los desmanes, quiénes son los que se colaron en la entusiasta tripulación de remeros neófitos para bogar a contrapelo en la trainera y joderles cualquier posibilidad de éxito en el desenlace de la regata. No se puede maldecir un banquete sólo porque alguien haya derramado una copa en el mantel. Más decepcionante que cometer errores al luchar por algo es la cómoda decisión de renunciar a la lucha. Es evidente que alguien trata de desacreditar a los «indignados» arrojando sobre ellos toda clase de dudas y sospechas. Es también inevitable. Cada vez que alguien intenta coger la flor más hermosa del jardín, se corre el riesgo de que pise el césped. Hay que contar con los errores, igual que cuando alguien quiere limpiar una mancha del pantalón y se arriesga a que quede bien visible en la tela el horrible cerquillo de la limpieza. Vivimos en un bendito país en el que la gente es capaz de reír sin motivo e incluso a veces nos sabe dulce la sal. Como somos un pueblo viejo, sabemos de la vida más que la muerte, y conocemos el mar mejor de lo que lo conoce el agua. Nuestro problema es que nos estamos pudriendo mientras los «indignados» cometen el error casi adolescente de no fijarse en que mientras intentan que corra el aire fresco e inodoro sobre las basuras, entre ellos hay gente expresamente dedicada a clonar la mierda.

El tiempo para ayer - José Luis Alvite

El tiempo para ayer - José Luis Alvite
Llega un momento en el que hay que pensarse bien los esfuerzos que conviene hacer. Es absurdo que un octogenario se obsesione con conservarse así otros treinta años, tan absurdo por lo menos como lo era que mi amigo obeso saliese cada mañana a correr varios kilómetros pensando en adelgazar y desistiese cuando se dio cuenta de que el único que perdía peso con tanto esfuerzo era el perro que le acompañaba. A veces repaso mi vida y me hace feliz recordar cosas que me ocurrieron hace cuarenta o cincuenta años. Me ocurre a menudo que la evocación de aquellos acontecimientos me produce más placer que el que recuerdo haber sentido en el momento de ocurrirme, seguramente porque la ilusión cubre las lagunas que sin remedio va dejando la memoria. Sobre todo cuando flaquea la memoria, el de la evocación es un esfuerzo muy agradable porque nos permite reconstruir el pasado conforme a nuestros deseos, ignorando la minucia y el detalle, configurando una realidad de conveniencia que suele resultar más agradable que la otra. La vida de la mayoría de las personas no sería en absoluto apasionante si no fuese por lo bien que mienten al contarla. Un hombre puede esforzarse por vivir una vida interesante si está dispuesto a los sacrificios que supone salirse del confort de la rutina. La mayoría de los hombres se pliegan a lo cotidiano porque en el fondo saben que resulta más cómodo el esfuerzo relativo de vivir de manera ordinaria y mentir luego al contarlo. Yo no sabría muy bien como clasificarme, si entre los que llevaron una vida interesante o al lado de aquellos otros que necesitan mentir al recordarla. A veces recapacito sobre lo que hice en todos estos años y creo que he llevado una vida desordenada, a menudo caótica, porque necesitaba saber qué se siente al echar de menos la familia, el afecto y el orden. Enseguida me doy cuenta de que eso no es cierto y que en realidad me he limitado a dejarme arrastrar por las tentaciones sin oponer la menor resistencia. La verdad es que con la vida que llevaba iba derecho al pozo, hasta que de manera inesperada descubrí que los motivos por los que me estaba arruinando en todos los sentidos eran los mismos por los que, sin esperarlo, cotizaba al alza. El de mi salvación fue por lo tanto un esfuerzo pasivo, una lucha ajena a mis propias decisiones. Lo mío fue como si al final del aliento me encontrase respirando a oscuras en el interior de un buzo. Pero no he sido feliz. La verdad es que no necesito esforzarme mucho para darme cuenta de que mi vida fueron demasiadas camas para tan poco sueños. A veces me miento para recordar haber llevado una vida más corriente, como el meteorólogo que se equivoca al pronosticar el tiempo que hizo ayer.

La bandera del Waldorf - Jose Luis Alvite

La bandera del Waldorf - Jose Luis Alvite
Eran las diez de la noche y a ella la esperaba un vuelo en Lavacolla a primera hora de la mañana para devolverla a una ciudad al otro lado de la doblez más lejana del mapa. Recuerdo que pasé a recogerla en la puerta del aeropuerto y que deslicé su equipaje en el maletero del coche. Por como caía de acostado el sol a aquella hora creo que fue por estas fechas. Era tarde para tomar café y demasiado temprano para cenar, así que sintonicé música en el coche y busqué la primera salida de la ciudad hacia la costa. “Si hemos de cenar fuera, preferiría pasar primero por el hotel para cambiarme de ropa”, dijo poco convencida, sin duda informada de que no todos sus planes entrarían necesariamente en los míos. Nunca entendí que después de volar hora y media en un avión limpio como una farmacia las mujeres se sientan tan sucias como si hubiesen llegado a su destino encaramadas en un tractor.

Media hora más tarde rodábamos por la costa con una lentitud desusada para mí, como si transportase para la mafia una carga de nitroglicerina que pudiese explotar con cualquier acelerón o en un giro brusco al mamar el pómulo de cualquier curva. Me gustó que el sol de poniente velase mi rostro con la sombra perfumada del suyo. El tiempo se nos fue echando encima mientras yo conducía pensando en ella, sin fijarme en la carretera, orientado apenas por el astigmatismo del arcén mordido por la hierba, con la misma precisión con la que en la espalda de una mujer se arrastra el tirador a lo largo de la cremallera de su vestido. Hablamos de cine, de paisajes, de pintura, de literatura... Pero si he de ser sincero, yo lo que mejor recuerdo son las cosas que creo que jamás le dije, unidas a las respuestas que ella no tuvo ocasión de dar. De vez en cuando recobraba el sonido real y su voz rogándome que retrocediese en el camino hasta su hotel porque necesitaba cambiarse para la cena. Pero perdí contacto con su ruego y seguí rodando como si lo hiciese por una carretera asfaltada con la pantalla de un cine a punto de echar el cierre. No sé si se lo dije, pero yo recuerdo que le sugerí que se olvidase de su idea de volver a la ciudad. “¿Ves aquel puente punteado en sus pasamanos por una luz que parecen las anginas de la lumbre? Al otro lado está la isla, y en la isla, el Gran Hotel con sus paredes merengadas y los toldos amarillos. Estamos algo lejos de la ciudad para volver y sería un desperdicio salir de aquí. No sé muy bien qué me espera a tu lado, pero todo el tiempo del viaje he venido pensando que tú eres lo más cerca que estoy del lugar al que siempre quise ir”. Seguramente no dije nada semejante o ella no supo que se lo decía porque viajábamos en sueños distintos. El caso es que me pidió que le trajese su equipaje del maletero del coche y se pasó con él al asiento de atrás. Acabábamos de cruzar el puente con su compota de luz y dejamos atrás la caseta de vigilancia de la isla. Me dijo que se cambiaría de ropa allí mismo. Arrimé el coche al arcén, lo bastante cerca de una farola para que ella supiese lo que hacía y lo bastante lejos para que la penumbra azul del coche pareciese un biombo. Al ver su torso desnudo en el retrovisor del coche me miré las manos con ese gesto instintivo con el que les mira los puños a los clientes la chica que vende los guantes. Me sinceré: “Estás tan radiante, amiga mía, que es evidente que la de esta noche es la primera vez que tengo la sensación de llevar en el asiento de atrás la cartelera robada de un cine”. Entonces reanudé la marcha con el coche casi parado, tan lento que podrían haberme adelantado las lucecitas de la ría reflejadas en el retrovisor. Ella se pintó los ojos como si repasase el ojal de su mirada con el lápiz de Gauguin y se dio luego carmín en los labios mientras yo conducía cuidando de que un bache no echase a perder en la dulce acupuntura de su pulso aquel portentoso autorretrato. No contaré hoy el final de aquella historia, no porque no haya sucedido, sino, ¡que demonios!, porque de momento será suficiente con que diga que se llamaba María, era hermosa como el resplandor huérfano de luz que precede a la epilepsia y seguramente era por ella por quien preguntaban aquella noche los neoyorquinos al echar de menos la bandera más vistosa en el vestíbulo del Waldorf.

Cuestión de amistad - José Luis Alvite

Cuestión de amistad - José Luis Alvite
Jamás he recurrido al auxilio económico de los amigos y la verdad es que no me importó atender a las necesidades de unos cuantos. Con el tiempo me he dado cuenta de que si tuviese que hacer una lista de los amigos a los que les presté dinero, sería la misma que la de aquellos que jamás me lo devolvieron. Podía haberles exigido el justo reembolso de la deuda, pero con relativo buen sentido pensé que en ese caso la recuperación del dinero iba a suponer sin duda la pérdida del amigo.
Como de todo se aprende, ahora sé que cuando alguien te pide dinero pensando en que serás lo bastante amigo como para prestárselo, él tendría que comprender que lo que esperas de él es que sea a su vez lo bastante buen amigo como para no pedírtelo. Pero, claro, ¿de qué sirve entonces la amistad? A lo mejor es que la verdadera amistad es la que une a dos personas dispuestas a no ponerla jamás a prueba. Yo he alternado mucho de madrugada en ambientes llenos de humo, con gente pasada de copas que tiene un generoso sentido de la amistad y enseguida cogen confianza. Fue en uno de esos ambientes donde conocí a P., que se hizo amiga mía intercambiando frases entre cigarrillo y cigarrillo mientras yo pagaba las copas y el tabaco.
Al cabo de algunas semanas de pedirme cigarrillos durante toda la noche, le pregunté si por curiosidad alguna vez había comprado tabaco a sus expensas. «Soy tu amiga.¿Le vas a negar tu tabaco a una amiga? ¿Vas a ser tan miserable conmigo? ¿Sabes?, yo no compro tabaco porque quiero dejar de fumar». Entonces repartí los dos últimos cigarrillos del paquete y mirándola reflejada en el espejo empañado de la barra del bar, le dije: «Está bien, amiga. Entiendo que quieras dejar de fumar, pero no sé si te das cuenta de que, con el gasto que me supones, me vas a sacar de fumar a mí». Se comprenderá que en el grave riesgo de renunciar a un vicio, opté por renunciar a una amiga.
Al margen de mi facilidad para olvidar los compromisos y las citas, la verdad es que nunca he sido un tipo con muchas amistades. En los bares que cierran tarde, mi amigo de verdad lo es por lo general el barman. Tuve una sincera amistad de muchos años con Tino Landeira, el desinteresado barman del «Corzo» que sabía de mí unas cuantas cosas que incluso yo ignoraba. He estado tan unido a él, que llegado el momento de mi muerte nadie tendría que extrañarse de que mi querido barman reclamase la correspondiente pensión de viuda.

Risa apaisada - José Luis Alvite

Risa apaisada - José Luis Alvite
Sentí fiebre esta mañana al levantarme, consecuencia de un resfriado con el que no contaba, y pensé que a medida que aumentase mi temperatura tendría una mejor disculpa para el empeoramiento de mi columna. En el caso de alguien que se deja llevar a menudo por la imaginación, la convulsión de la fiebre supone la ocasión perfecta para volver a la realidad, que no es otra cosa que el delirio patológico de quienes tienen por costumbre vivir la vida como si fuese un sueño. Mis fiebres infantiles en el verano de Cambados me permitieron descubrir desde la cama ruidos callejeros en los que antes nunca había reparado, como si todos aquellos niños y el tránsito de los marineros fuesen una enorme chamarilería, una manada de realidad pisando descalza sobre una marimba, una horda de voces, el trajín diverso y latoso de una cacharrería en la que deambulase una soviética turba de campesinos, una voluptuosa procesión de coces. Eso pensaba entonces y la verdad es que aún ahora me doy cuenta de que la fiebre despierta en mí emociones que creía olvidadas, sensaciones a medio camino entre la sordidez real de la calle y la literatura del desvarío, como cuando de niño en aquellas febriles siestas cambadesas imaginaba que al otro lado de la ventana en falleba hervía en sus heces de caballo un mundo heterogéneo y confuso, una demografía de chinos pregonando sus mercancías con el tintineo de un idioma que a mí me sonaba como las cortinillas de cuentas de los burdeles asiáticos del cine. Los ruidos transcribían una realidad en la que la fiebre superponía emociones fantásticas, de modo que al borde de los cuarenta grados yo me daba perfecta cuenta de que los ruidos de la calle reproducían una realidad que yo jamás había tenido en cuenta, una realidad que a mí, que soñaba tanto, me parecía ficticia. Hasta que el médico comprobaba en el termómetro que la temperatura había remitido y yo salía entonces a la calle preguntándome con desilusión dónde diablos se habrían metido todos aquellos pies ligeros, deshuesados e indochinos que hasta horas antes habían desfilado como insectos de mica pisando en procesión sobre la lejana marimba de la fiebre. Ahora tengo 39 de temperatura y no sé si esta última frase será literatura o el sirope amarillo del sudor deslizándose como una culebra de semen sobre el torso de un buey agonizante. Ni siquiera puedo saber a cuántas reses ciegas corresponden las pisadas de mi corazón acelerado. Sólo sé que me llega desde la calle la risa budista, apaisada e inalámbrica de todos esos niños chinos a los que jamás vi en el portal de casa.

La bomba del pozo - José Luis Alvite

La bomba del pozo - José Luis Alvite
No tengo mucha fe en los sexólogos. Comprendo que hacen su labor y que le ponen interés, pero yo siempre he pensado que para mejorar las relaciones sexuales en lo que hay que inspirarse no es en los apuntes tan científicos del sexólogo, sino en como lo hacen los iletrados cerdos en su establo. Muchas parejas fracasan porque se entienden mal en cama y otras se resienten por culpa de un colchón mal elegido. Hay fracasos sexuales incluso pintorescos, como el del matrimonio que disfruta sólo en el caso de que ambos imaginen que están en cama con un desconocido. O como disfrutaba aquella amiga mía que gozaba pensando que en ese momento su marido le estaba poniendo los cuernos a su joven amante. A una señora de la buena sociedad compostelana le escuché decir de madrugada en su cama que lo que le encendía el cuerpo era la certeza de estar haciendo algo que si se supiese en el hoyo siete del golf de La Toja podría perjudicar seriamente su reputación. En realidad nunca disfrutó en serio de las enormes posibilidades que se le abrirían si tuviese una mente que comiese de todo. Su conciencia le impedía hacer cosas que sin embargo le permitía su cuerpo, de modo que en el momento crucial, cerca del éxtasis, imaginaba que su postura en cama era la misma que en el reclinatorio de la iglesia y entonces todo se venía súbitamente abajo. Tenía también un problema de vocabulario. No llamaba a las cosas por su nombre funcional, sino por su referencia científica. Suele ocurrir que muchas mujeres se frustran en cama por la sencilla razón de que no se atreven a pronunciar en voz alta las cosas que en cambio gimen sin rubor. Se atreven a cualquier novedad, incluso a variantes acrobáticas, y sin embargo se quedan paralizadas por culpa de su remilgo gramatical. «Ya sé que eso se llama así, cariño, pero yo no puedo pronunciarlo; es como si su nombre vulgar no me cupiese en la boca, cielo. Compréndeme, por favor. Puedo hacer contigo lo que quieras, pero no me pidas que después intente leerlo». Aunque el somier era de garantía y nos entendíamos bien, al final nos distanciaron su pudor y la semántica. Su terminología no era coherente con la mía y en nuestra afinidad se entrometió un insalvable problema de vocabulario. ¡Lástima! Aquello salió mal porque mientras yo pensaba en los elementales e iletrados cerdos del establo, ella se abstraía en la estival evocación de su casa de campo e imaginaba el funcionamiento de la bomba del pozo. Nunca abrigué la menor esperanza de tener con ella un orgasmo al mismo tiempo. En realidad nuestro mayor logro sexual habría sido sin duda la decisión de compartir a oscuras la traducción simultánea.

Insensatez - José Luis Alvite

Insensatez - José Luis Alvite
Hay muchas maneras de medir la sensatez de un hombre y de establecer el momento en el que el sentido común sustituye en su vida a los impulsos. Se admite casi como norma que con el paso de los años los hombres se vuelven más conservadores y no toman una sola decisión sin haberla meditado antes, hasta el punto de que incluso los tipos que hacen discursos dedican horas a preparar minuciosamente sus improvisaciones. También se obsesionan con la salud y se preocupan mucho por cualquier manchita en la piel, temerosos incluso de que se les desarrolle un tumor maligno a partir de un ornamental beso de carmín en el cuello de la camisa. Yo tengo un amigo que vive obsesionado con la salud y jamás olvida comprobar el color y la textura de sus heces. Se muere literalmente de miedo, tanto, que a veces defeca a oscuras por temor a que sus heces no sean las que convienen a su edad. Yo no le hago mucho caso, sobre todo porque jamás me he preocupado seriamente por mi salud y porque estoy seguro de que la obsesión por estar sano es sin duda el origen de graves desequilibrios nerviosos. Me defiendo con el argumento de que la sensatez suele acarrear decisiones prudentes y alego que a mi me parece que en la vida de un hombre sus mejores momentos son por lo general el resultado de algún descuido, como cuando por culpa de llegar demasiado tarde a una cita nos encontramos en la mesita del café a una mujer desconocida y maravillosa con la que no contábamos. Si uno le echa un vistazo a la historia más reciente y se fija en Italia, se dará cuenta de que a los italianos su insensatez les ha servido para alimentar esa proverbial indecisión militar que les lleva a pelear a ambos lados de la batalla y a elegir definitivamente el bando cuando ya está decidida la guerra y solo se requiere algo de esfuerzo para el jubiloso brindis de la victoria. Supongo que esa actitud se parece mucho a la de quienes, como yo, creen que el sentido común sólo se necesita para tomar a tiempo la sabia decisión de prescindir de él. Puede que a alguien lo que voy a decir le resulte una frivolidad, pero yo creo que es la insensatez de casarte por tercera vez lo que te hace ver lo razonable que fue equivocarse dos veces antes.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Oculten el currículum - David Torres

Oculten el currículum - David Torres
Un estudio ha concluido que en España es mejor no tener estudios. No estudios estadísticos sino cualquier tipo de estudios. Es el estudio definitivo, el que nos lanza directamente al barranco, a la ignorancia, a la Edad de Piedra y a Telecinco. Dicho de otro modo: aquí cuánta más cultura, menos trabajo, menos dinero y menos posibilidades de acabar de consejero político. La prueba del algodón es la exigencia del inglés para un puesto de barrendero mientras que una alcaldesa lo habla al nivel Alfredo Landa, dos presidentes no alcazan ni el chapurreo y uno escribe español en gallego, que nunca se sabe si sube o si baja.
Hay una escena maravillosa en no recuerdo exactamente qué secuela de Superman en que una rubia espléndida está tumbada en el sofá leyendo a Kant, intentando rasgar los velos del fenómeno y el noúmeno. De repente se abre la puerta, entra el gángster con sus esbirros y la rubia guarda a toda leche el tomo de filosofía bajo el cojín mientras se pone a hacer mohínes y a limarse despreocupadamente las uñas. El chiste es universal, aunque es evidente que esa mujer ha estudiado filosofía en una universidad española y sabe que es mejor enseñar el culo y ocultar el currículum. En España aquello de “¿estudias o trabajas?” siempre fue un chiste incomprensible, lo mismo que aquella maldad genial de Paul Groussac, quien una vez escribió en una crítica que temía que el hecho de que un libro se hubiera publicado fuese un serio obstáculo para su difusión. Aquí la lectura es un vicio que se paga con dioptrías y los libros un lastre desde aquellos gloriosos tiempos en que una estantería con media docena de ellos sólo despertaba el interés del Santo Oficio.
Durante el servicio militar un sargento me dio la clave de nuestra desconfianza secular hacia la letra escrita. Dos o tres soldados nos ofrecimos para enseñar a leer, escribir, sumar y restar a unos cuantos analfabetos que acababan de llegar al cuartel, pero el sargento receló de inmediato. Le explicamos que, por supuesto, no íbamos a cobrar nada, que daríamos las clases en las horas libres y que el ejército únicamente tenía que prestarnos las aulas. El sargento torció la boca en una mueca de ministro y soltó una coz verbal que ha sido el lema de la educación española desde Atapuerca: “¿Y para qué quieren éstos aprender a leer, si yo sé y no leo?”

Muchas veces, a lo largo de mi vida, me he encontrado una y otra vez con distintas formulaciones de la misma pregunta: “¿Y eso cómo lo sabes? ¿Lo has leído en un libro?” Es una elegante variación de aquella reprimenda clásica: “Hijo, tú eres muy listo para los libros pero muy tonto para la vida”. Nuestros padres se preocuparon de darnos una educación, a algunos incluso una carrera, aunque sólo fuera para intentar paliar el vacío de una generación condenada al catecismo. En un capítulo profético del Quijote un cura y un barbero limpian una biblioteca con cerillas para que la enfermedad de la lectura no se extienda por La Mancha. No sé qué hacen aquí leyendo.

Felipe se moja por la E.L.A.

Felipe se moja por la E.L.A.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Apple tropieza con la nube

Apple tropieza con la nube
Justo unos días antes de la fecha elegida para presentar una nueva tanda de novedades, la compañía Apple ha sufrido un tropiezo en su sistema de seguridad que está afectando gravemente a su imagen y ya le ha costado una pérdida de valor bursátil de 25.000 millones de dólares. El incidente ha puesto de manifiesto de la forma más estridente posible que la nube no es un lugar seguro para las intimidades de nadie.
Un centenar de actrices y modelos han visto de repente circular por la red fotografías y vídeos que creían a buen resguardo. Las imágenes fueron robadas de iCloud, el servicio que permite a los usuarios de Apple almacenar contenidos y acceder a ellos desde cualquier dispositivo que lleve el icono de la manzana mordida. El FBI está investigando el asunto, pero de momento no ha descubierto a los autores del robo. Lo que sí se ha podido averiguar es que ha sido un asalto en grupo y desde distintos puntos. Los hackers entraron con el nombre de usuario, las contraseñas y las preguntas de seguridad de las propias artistas. ¿Cómo los obtuvieron? Ese sigue siendo el gran misterio.
En cualquier caso, la noticia ha tenido efectos demoledores para la firma, que se ha visto obligada a reforzar la seguridad. Pero poner nuevas barreras es un camino que parece no tener final.
Algunos grandes operadores ofrecen ya un sistema de doble contraseña: una vez introducida la clave, el operador envía otra al móvil del usuario que solo puede ser utilizada durante un tiempo limitado. Esto refuerza la seguridad, pero hace mucho más engorrosa la gestión de los archivos.
Muchos países han endurecido en los últimos años las penas por atentar contra la intimidad. El hacker Christopher Cheney fue condenado hace poco a 10 años de cárcel por divulgar fotos de la actriz Scarlett Johansson, a cuyos ordenadores había logrado acceder.
Pero tampoco esta amenaza parece disuadir a quienes comercian en mercados que no destacan precisamente por sus escrúpulos morales, como ha podido comprobar Jennifer Lawrence. Cuando la actriz se ha dirigido a una página web pornográfica para que retire los desnudos que le fueron robados de iCloud, sus gestores se han negado a hacerlo retándola a que demuestre que posee los derechos de autor. Ese es el mundo que hay debajo de la nube con la que Apple acaba de tropezar.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Valérie y Francois, amor francés - David Torres

Valérie y Francois, amor francés - David Torres

En Francia existe un subgénero literario que consiste en acostarse con un presidente de la república y luego contarlo. En España no apuntamos tan alto ya que aquí lo habitual es follarse a un torero. La excepción se llama Dominguín, quien se levantó corriendo después del primer polvo con Ava Gardner y cuando ella le preguntó a dónde iba tan deprisa, él le respondió abrochándose la chaqueta: “Mujer, a dónde voy a ir. Pues a contárselo a los amigos”. En realidad, la exclusiva de Dominguín fue una broma meditada y preparada a posteriori; siempre que un periodista le preguntaba si la anécdota era verdad, el matador se lo quedaba mirando como si fuese idiota: “Claro que no, lo que pasa es que queda gracioso. ¿Pero de verdad usted piensa que yo iba a desperdiciar un rato de cama con Ava Gardner para ir a fardar en el café?”
Nuestro país vecino está tan impregnado de amor por las letras que la literatura chorrea hasta de las alcobas del Elíseo. La sensación de la temporada es el libro de memorias horizontales de Valérie Trierweiler, Merci pour ce moment, un tomo que oscila entre la alta política y el graffiti de barrio, ése que dibujaba la novia despechada en la plaza del pueblo con grandes letras mayúsculas y unos inequívocos genitales en minúscula: “Paquito la tiene pequeña”. La mujer que montó una opereta con intento de suicidio a base de pastillas y clínica de reposo el día en que se enteró que Hollande le ponía los cuernos con Julie Gayet, ha encuadernado el pollo en una tirada de doscientos mil ejemplares para que se entere hasta el tato. Por lo que cuentan las primeras críticas (que tachan al libro de “inmoral”, “ridículo”, “impúdico” y “patético”), Trierweiler afiló su pluma para despellejar a Hollande vivo pero de paso se ha trasquilado a sí misma. Mi amiga, la escritora Marta Rivera ha dicho: “La única diferencia entre Valérie Trieweiler y Belén Esteban es que una nació en el barrio de Moratalaz y la otra en el de Angers”.
Aunque cuenta, igual que Sarkozy, con un encanto adicional para atraer a bellas mujeres a su regazo, Hollande parece, más que el presidente de la república, el encargado de planta de unos grandes almacenes. De hecho, entre Sarkozy y él podían haber llevado a la ruina no sólo a Francia sino también a unos grandes almacenes. Trierweiler empieza retratándose como una celosa obsesiva que no puede aguantar ver a su amante del brazo de su esposa, Ségolène Royal, y que en el primer enfrentamiento entre los tres, cuando Ségolène les sorprende cenando juntos, le asegura a su rival que no se estaban riendo de ella: “Estábamos hablando del Tour de Francia”, dice, en la que probablemente sea la mejor frase del libro.
Trierweiler ha cocinado su venganza en secreto durante meses, mientras se alimentaba de una dieta exclusiva a base de rencor puro y sopa de letras. Es triste y también morboso asistir a la intimidad y las pequeñas miserias de una pareja que se mantuvo viva tantos años a base de humillaciones continuas. Es lo mismo que pasar cerca de un accidente de tráfico: los conductores frenan y nadie aparta los ojos. Según Valérie, el paladín de izquierdas que tanto la hacía reír resultó ser un clasista encubierto, frío y cínico que despreciaba a los pobres y que hacía chistes crueles sobre su familia (el padre de Trierweiler es un lisiado y su madre trabajaba de cajera en un supermercado). Cuando ella le sugiere que quizá pueda acompañarle al funeral de Mandela, Hollande replica: “No sé qué pintarías tú allí”. La historia no hay por dónde cogerla porque, si todo es verdad, el verdadero misterio es qué coño hacía tanto tiempo una mujer inteligente al lado de semejante memo. Pero Valérie aguantaba todo por amor, amor francés del que se practica con la boca.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Conservadores de cintura para arriba - Ánxel Vence

Conservadores de cintura para arriba - Ánxel Vence

Una de esas encuestas estivales con las que nos amenizan el tedio de las vacaciones arroja la conclusión de que los jóvenes españoles son gente de ideas más bien conservadoras. Nadie lo diría a la vista del muy considerable apoyo que prestaron a una fuerza antisistema en las últimas elecciones europeas; pero tal vez las apariencias engañen. O no.
Revela el sondeo del Centro de Estudios Reina Sofía que los mozos muestran una decidida querencia por valores tan clásicos como el del orden, hasta el punto de que más de la mitad estaría a favor de la pena de muerte para sancionar delitos especialmente graves. A la vez, y sin que exista contradicción alguna, los consultados exhiben una vena francamente liberal al declararse a favor del aborto, la eutanasia y la adopción de hijos por parejas homosexuales. Siempre que tales medidas las adopte un gobierno "fuerte", eso sí.
De creer a la mentada encuesta, los chavales españoles serían conservadores de cintura para arriba -en la parte que toca al bolsillo-- y liberales de ahí para abajo, que es la zona que afecta a la diversión. Nada nuevo, en realidad, si se tiene en cuenta que la mayoría de los partidos de derechas europeos se proclaman de ideología liberal-conservadora. Los demás se limitan a practicarla.
Conservador parecía, desde luego, el movimiento campista del 15-M del que podría ser heredero el partido -o similar-- que dio la campanada en las últimas elecciones al Parlamento de Estrasburgo. El lema de la Spanish Revolution de mayo de 2011 era: "No hay pan para tanto chorizo", con el que se pretendía denunciar, muy atinadamente, la corrupción que pudre a la política en España desde el más modesto concejal de base a las blindadas alturas de la realeza. Pero no pasaban de ahí.
Aparte de proclamar esa evidencia, aquel movimiento juvenil centraba sus preocupaciones en la dación en pago de los pisos y otras cuestiones relacionadas con la hipoteca que lo asemejan a un partido notarial antes que a una organización de carácter insurgente. Ni de lejos se escuchó que defendiesen la abolición de la propiedad o el reparto universal de bienes que, más de un siglo atrás, habían propuesto ya otros revolucionarios más osados en sus reclamaciones.
De ahí que la encuesta antes citada no aporte en realidad grandes novedades, aunque sí algún asombro. Los jóvenes encuestados están en esa edad que debiera implicar, siquiera sea por razones hormonales, la rebelión contra el orden imperante y la conspiración contra el Trono y el Altar. Se supone que tendrían que responder a la máxima del historiador François Guizot, cuando dijo que "si no eres liberal (o revolucionario) a los veinte años, es que no tienes corazón; si lo sigues siendo a los cuarenta, es que no tienes cabeza".
No parece que sea ese el caso de los chavales españoles que confiesan al encuestador su devoción por el orden y los gobiernos sólidos; salvo que el sondeo del Centro Reina Sofía carezca de las más elementales exigencias de rigor demoscópico.
Ser conservador resulta, después de todo, un lujo solo al alcance de quienes tienen algo que conservar: y de eso vamos sobrados jóvenes y mayores en una España a la que Franco inculcó el goce de la propiedad, aunque solo fuese de un piso y un coche. Desde entonces nos hemos hecho algo más liberales de cintura para abajo, eso sí. Pero en lo demás, igual lleva razón la encuesta.
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martes, 2 de septiembre de 2014

Petroleros sin petróleo - Ánxel Vence

Petroleros sin petróleo - Ánxel Vence

Cuentan Reuters y otras agencias noticiosas que Venezuela se dispone a importar petróleo de Argelia para paliar la escasez de crudo ligero en un país que, paradójicamente, dispone de las mayores reservas de oro negro del planeta. Algo así como si Arabia Saudita importase arena para rellenar sus desiertos o Groenlandia se embarcase en una masiva compra de hielo. Esto ha de ser cosa del imperialismo, que no para de tramar maldades contra la revolución bolivariana.

No hay por qué darle mayor importancia a esa aparente contradicción. A fin de cuentas, también en los supermercados de la marisquera Galicia, pródiga en centollas, mejillones, almejas y santiaguiños, es frecuente ver nécoras llegadas de Escocia y hasta percebes de Marruecos. Se conoce que los gerifaltes de Venezuela son gente previsora que se pone la venda del petróleo argelino antes de que se produzca la herida del desabastecimiento.

El régimen bolivariano que actualmente conduce el chófer de autobús Nicolás Maduro ya había demostrado una competencia más que notable en el arte de desabastecer a su población de productos de primera necesidad como, un suponer, el papel higiénico. Inspirado por su predecesor el coronel Hugo Chávez, que unas veces se le aparece en forma de pájaro chogüí y otras en las paredes del Metro, Maduro atribuyó esa carencia a una sucia conjura de los contrarrevolucionarios, deseosos de minar la moral y la adecuada higiene del pueblo.

Resuelto a luchar contra esta peculiar variante de guerra sucia, Maduro anunció hace cosa de un año la importación de millones de rollos de papel bajo el convencimiento de que a la revolución se la defiende también en el íntimo campo de batalla de los retretes. Por desgracia, tales medidas no han alcanzado a paliar la escasez de tan necesario bien de consumo: y es que el imperialismo, como el demonio, nunca descansa.

Tanta es la saña con la que las grandes potencias capitalistas acosan al régimen fundado por Hugo Chávez que sus sucesores se han visto obligados a instaurar una especie de cartilla electrónica de racionamiento para evitar que los acaparadores de comida hagan fortuna con el contrabando. El efecto inmediato ha sido la proliferación de colas para adquirir cualquier mercancía, hábito que, lejos de resultar molesto, ayuda notablemente a la socialización de un país. En la fila del supermercado se intercambian opiniones, puede uno comentar la actualidad y hasta entablar relaciones amorosas durante las largas horas de espera por el litro de leche o el rollo de papel-tisú.

Infelizmente, la ley de Murphy funciona también en un país de suyo mágico como suelen serlo todos los de Latinoamérica, poblados de gallinazos, zancudos, hormigas voladoras y Tiranos Banderas, por no hablar ya de los niños-iguana imaginados por García Márquez. Todo lo que puede empeorar, inevitablemente empeorará, de tal modo que lo que empezó con una grave carestía de papel higiénico ha derivado en la mucho más enojosa -y paradójica-- escasez de petróleo que ahora amenaza a una Venezuela dotada de las más grandes reservas de crudo y gas del mundo.

Se ignora cómo han podido lograr tan alta proeza las autoridades al mando de ese rico país empobrecido por sus gobernantes; pero ya nos la explicarán, más pronto que tarde, los eruditos de las universidades europeas. Seguro que descubren a la CIA detrás de tan extraordinario quilombo.

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lunes, 1 de septiembre de 2014

La pérdida de curas no tiene cura - Ánxel Vence

La pérdida de curas no tiene cura - Ánxel Vence

Un párroco de la zona de Ortigueira, allá por el norte de este reino, alcanzó años atrás gran notoriedad al dar positivo en un control de alcoholemia de la Guardia Civil, debido a la abundante cantidad de vino de misa que había ingerido en el cumplimiento de sus deberes sacerdotales.

Aquella anécdota certificó dos hechos. El primero, que ni siquiera el espiritual vino de misa escapa al escrutinio de la Benemérita; y el segundo, y acaso más importante, que Galicia se está quedando sin curas. Efectivamente, el tropiezo del clérigo con los agentes de Tráfico no hizo sino confirmar las sospechas sobre las graves carencias de mano de obra que padece la Iglesia en Galicia, donde un solo párroco ha de multiplicarse cada domingo para atender a un montón de templos sin pastor titular.

La situación no ha mejorado gran cosa desde entonces. Con una producción de apenas dos sacerdotes al año y unas reservas de poco más de 1.500 curas para atender a 3.600 parroquias, la Iglesia de este viejo reino pasa por una extrema carencia de personal, agravada por el hecho de que la mayoría de la escasa plantilla existente ande en edad próxima a la jubilación.

Lo de los curas empieza a no tener cura: y ni siquiera un partido tan reconocidamente cristiano como el que a la sazón gobierna Galicia está haciendo cosa alguna para poner remedio al rápido proceso que amenaza con dejar a las ánimas gallegas sin párrocos suficientes para pastorearlas. Luego nos quejaremos de que las almas así desasistidas se echen al monte para integrar las crecientes filas de la Santa Compaña.

Objetarán los comecuras de siempre que ese es un problema interno de la Iglesia y que allá se las arregle la jerarquía al mando con sus problemas en materia de formación profesional del clero. En realidad, las cosas no son tan sencillas. Este es un país que siempre anduvo detrás de los curas -ya fuese con un cirio, ya con una estaca-, de modo que su desaparición como casta sacerdotal constituiría una pérdida de lo más sensible, incluso para los anticlericales que los detestan.

Cierto es que los alérgicos al agua bendita del siglo XIX sostenían por entonces la idea un tanto bárbara de "ahorcar al último cacique con las tripas del último cura"; pero esos fueron tiempos en los que la Iglesia constituía un poder de hecho y casi de derecho, tan antipático como cualquier otro. Ahora que el mester de clerecía se extingue en Galicia entre la indiferencia general, no ha de extrañar que incluso los más escépticos librepensadores sientan -sintamos- una cierta ternura adobada de nostalgia ante la decadencia del poder eclesiástico en este que fue famoso país de curas y militares.

No es que los liberales, republicanos y masones vayan a solidarizarse con la difícil situación de personal y afluencia de público que atraviesa la Iglesia, naturalmente; pero lo cierto es que el declive de la institución no deja de suscitar cierta melancolía de otros tiempos. Tanto es así que quizá habría que ir pensando en proteger al clero con la declaración de especie gravemente amenazada, tal que se hace con el arao común o el lince ibérico.

Bien está que Galicia sea un pueblo de historia y tendencia inevitablemente paganas; pero de ahí a que nos quedemos sin curas con los que meternos va un largo trayecto. Seguro que el Apóstol pondrá remedio a estos enojosos asuntos de escasez de plantilla.

domingo, 31 de agosto de 2014

El suceso nuestro de cada día - Ferrer Molina

El suceso nuestro de cada día - Ferrer Molina
MUERE agosto y suben las temperaturas, como si el verano no quisiera abandonarnos. Con este sofoco y sin apenas noticias, España se convierte en una gran siesta. El ideal de Rajoy. A falta de otra cosa, los periódicos se llenan de sucesos. La prensa imita en verano a la tele: en lugar de pasar páginas, a veces uno tiene la sensación de estar zapeando. La calma es tan asfixiante que hay días en que un suceso es, informativamente, un tesoro. Note el lector que para el puente de la Virgen de agosto siempre descarrila un tren en Centroeuropa, mayormente en Austria o en Suiza. Da igual que no haya víctimas. Un tren descabalgado de la vía tiene gancho. Agotado el filón de los ingleses que estampan la vida con el balconing, siempre hay nuevas desgracias dispuestas a captar nuestra atención. Creía que la palma se la iba a llevar este año el caso de la pareja polaca que murió a primeros de mes al caerse por un acantilado de ochenta metros en la costa portuguesa tratando de hacerse un selfie. Pero ha venido a superarles el belga herido grave en Gerona al echarse encima una tonelada y media de agua desde un avión contra incendios en su original intento por sumarse a la campaña del "cubo helado". Son sucesos casi al límite de la realidad, más propios de leyenda urbana, como aquel del novio al que los amigos le seccionan el cuello con una motosierra en medio del banquete tratando de cortarle la corbata.

El suceso es necesario. Tiene efectos terapéuticos. Produce una catarsis en el individuo similar a la que el teatro produce en el espectador. El Caso cerró porque a sus editores no se les ocurrió dispensarlo en las farmacias o exigir una subvención al Ministerio de Sanidad. Hacía una labor médica y social. Se le motejó injustamente como "el periódico de las porteras". Si hoy no tiene sitio es porque han venido a sustituirlo las teles, que tienen la ventaja de que no hace falta saber leer para ponerse la dosis y reproducen mejor el color de la sangre. En épocas de crisis el suceso nos hace ver que hay otros que lo pasan peor. En ese sentido es conservador, porque invita al conformismo. Pero también es realista: es más verdad un agricultor aplastado por su tractor en el campo que no que el director de Inmigración de la Generalitat inaugure la embajada de Biafra en Cataluña. Los sucesos nos recuerdan que hemos sobrevivido a otro verano.

viernes, 29 de agosto de 2014

Las reglas de las mareas - Ánxel Vence

Las reglas de las mareas - Ánxel Vence
Una toxina de lo más natural, aunque de enojosos efectos sobre el intestino, está forzando desde hace algunos días el cierre de la mayoría de los polígonos mejilloneros de Galicia. Se trata de uno de esos habituales si bien inoportunos períodos de "marea roja" con los que la mar -que es una señora, como bien saben los marineros-, se purga y regula sus ciclos en determinadas épocas del año.
La purga del mar, como la llaman los vecinos de la costa de este reino, ha dejado fuera de combate a la mayor parte de las bateas: esa pacífica Armada de 3.000 naves en las que se cría el mejillón. Y no solo eso, naturalmente. Bajo ellas se cultivaba también hace años el reputado tabaco con denominación de origen rubio de batea, que tanta fama dio a los contrabandistas gallegos en toda España y parte de Europa.
No habría novedad alguna en un suceso que se repite con periodicidad todos los años, de no ser porque las autoridades francesas atribuyeron al molusco de las rías la causa de setenta intoxicaciones en su país. Ningún análisis o prueba similar avala de momento la alerta sanitaria decretada por nuestros vecinos de arriba de los Pirineos: y, de hecho, Francia mantiene abiertas sus fronteras comerciales al mejillón de Galicia. Nada más lógico si se tiene en cuenta el estrecho control preventivo que aquí se ejerce sobre las bateas y la trazabilidad de sus productos.
Aun así, el mal ya está hecho, con el lógico daño a la imagen de los bivalvos en los que este reino es líder de Europa y acaso del mundo.
Estas desgracias que nos afligen periódicamente han de ser consecuencia de los muchos pecados en los que incurrimos los gallegos, gentes de tendencia impía que rinden devoción por igual a los vicios de la gula y la lujuria.
Obsérvese que los mejillones y otros bivalvos, ahora en cuarentena parcial, evocan exteriormente la forma del pubis o monte de Venus, diosa concupiscente de la que deriva -no por azar- el nombre de la venera cuya concha usan como símbolo los peregrinos a Santiago. Aquí la llamamos vieira, palabra que como se sabe es uno de los escasos vocablos -junto a las tradicionales "morriña" y "saudade"- que la lengua gallega ha exportado a la castellana. Y tampoco hará falta advertir que un mejillón abierto entre sus dos valvas es la viva imagen de cierto órgano femenino que el avisado lector imaginará sin grande esfuerzo.
Nada sexistas en estos asuntos de erotismo culinario, los gallegos solemos encontrar también curiosas similitudes con los atributos de la masculinidad en otras especies de marisco. Tal es, por ejemplo, el caso de los percebes, que en su variedad más apreciada -la de O Roncudo- reciben la significativa y enaltecedora denominación de origen: "carallo de home", en homenaje a su calibre.
Cae de cajón que tanta voluptuosidad no podía quedar sin penitencia. Si los placeres de la lujuria pueden tener como indeseado efecto secundario una enfermedad de Venus (venérea suena peor), también los de la gula se purgan a veces con desórdenes en la parte del vientre.
Sorprende, si acaso, que un fenómeno tan natural y recurrente como el de la marea roja desate tales alarmas en Francia. Los franceses, que gastan fama de ser gente lasciva y condescendiente con los vicios, debieran saber ya a estas alturas que la mar femenina de los marineros tiene también sus reglas para purgarse de impurezas. Y no hay por qué tomarla con el mejillón.

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miércoles, 27 de agosto de 2014

Del Martini al meconio - David Gistau

Del Martini al meconio - David Gistau

Oí decir que las mujeres viven la maternidad desde que se quedan embarazadas. Pero que, para asumir la paternidad, los hombres necesitan ver al niño ya nacido. De hecho, algunos no lo aceptan ni aparecen hasta que el chaval gana su primer Roland Garros. Algo hay de cierto. Durante el embarazo de Romina, cuando nos hacíamos la broma de que por fin tenía una novia con más barriga que yo, ella hablaba a alguien que todavía no existía, le ponía música clásica para sosegarlo, acercaba el vientre al televisor para comprobar si reaccionaba a los goles, y hasta creía que las patadas eran una suerte de código Morse que permitía la comunicación. En cambio, yo hacía planes de viajes para los meses siguientes y luego me sentía culpable por no haber recordado que para entonces estaríamos anclados por un recién nacido que, a diferencia de las plantas, no podría confiarse a alguien que lo regara. Romina había hecho una mutación psicológica de la que emergieron una determinación a la espera y cierta trascendencia más allá de sí misma, de las pequeñas miserias personales que ya no importaban. Yo me hacía el remolón para paladear todavía un ratito la más infantil concepción de la libertad: aquélla según la cual ninguna decisión afecta a nadie salvo a uno mismo, aquélla en la que puedes declararte disponible para lo que venga, para los tam-tams que llaman a lo azaroso. Un hijo es decir no y quedarte cuando antes decías sí y te ibas. Aún tenía que descubrir que de semejante fijación saldría una mejor versión de mí mismo: cimiento sobre el cual proyectar cosas que perduren. Tampoco ver nacer a Luca me bastó para sentirme padre. No inmediatamente, al menos. Las contracciones comenzaron a las cuatro de la mañana. Y, en vez de dejarnos arrebatar por el zafarrancho de parto, calculamos por los minutos transcurridos entre una y otra que aún podíamos dormir en vez de abocarnos a esperar en el ambiente hostil, gélido, de una sala de hospital. Ya allí, Romina aguantó el dolor como si le hubieran dado un trago de whisky y un trozo de cuero para morder durante la extracción de una bala en un western. En el paritorio, ubicado detrás de Romina, yo sólo pensaba en controlar las emociones ante extraños por pudor, y me fijaba en los rostros del médico, de la matrona y de las enfermeras porque creía que, si algo salía mal, alguna expresión torcida les delataría. Vi los fórceps, como una prótesis de Robocop, y pensé en eso: en que parecían una prótesis de Robocop, no en que pudieran dañar al niño. «Es muy rubito», dijo alguien. Y entonces apareció Luca, amoratado, con la cara arrugada y aplastada como la de un cachorro de Shar Pei, pero no me sentí padre. Me lo pusieron en los brazos, lloroso, y le busqué defectos, mutilaciones, manchas con la forma de Australia o del ratón Mickey, pero no me sentí padre. Lo tuvo Romina cobijado en el pecho, le habló en un tono amistoso, ligero, sin excesos emotivos, y no me sentí padre. Desfiló por la habitación toda la familia buscándole parecidos, y no me sentí padre. Le pusieron manoplas para que no se arañara y un gorrito para que no se enfriara, mamó por primera vez, y no me sentí padre. Hice infinidad de llamadas para dar la noticia, muchas de ellas a la Argentina, y no me sentí padre. Llegaron flores, compré hamburguesas en un Vips y una tarjeta para el televisor, me trajeron una bata y un neceser para asar la noche, confirmé al periódico que cubriría la sesión parlamentaria dos días después, y no me sentí padre. Me sentí padre por primera vez cuando, ya desaparecías las visitas, oscurecido el día, vinieron para llevarse a Luca al nido. Una enfermera empujó su cuna y, como debía entrar en otra habitación para recoger a otro recién nacido, dejó a Luca solo, abandonado en mitad del pasillo, a merced de cualquier orco o leopardo que pasara por ahí. Y fue esa indefensión del niño incapaz todavía de reñir sus peleas, de mi hijo, la que avivó un hondísimo instinto de protección por el que me abofeteó el descubrimiento de que era padre. Me enteré yo, y también la enfermera que a altas horas de la madrugada hubo de explicar a un tipo en bata que o hacía falta que montara guardia en la puerta del nido, «no hay orcos, no hay leopardos, y usted también debe descansar». El primer mes en casa de un recién nacido es un excelente motivo para preguntarse dónde está Zihuatanejo, aquel pueblo mexicano donde el Tim Robbins de Cadena perpetua creía que nadie le buscaría jamás. La situación no sería tan estresante si no incluyera la obligación de mantenerlo vivo. Cada tres horas, suena el llanto de una alarma como la de la cuenta atrás de Lost. Se acabó dormir, para siempre, porque incluso en los meses siguientes uno descubrirá que no es ya capaz sino de un sueño superficial, de garita, que permita atender el llanto. Hoy en día, incluso cuando duermo a cientos de kilómetros de Luca, salto en la cama si rechina la bisagra de una puerta en otra planta del hotel. Para las parejas primerizas, la experiencia sólo puede acarrear dos consecuencias: o las destruye, o las amarra con ligazones nuevas, más fuertes que las anteriores, cuando quererse consistía en esperarse delante de un cine o en decir qué guapa estás antes de salir a cenar, y no en aprender juntos a introducir un supositorio en el culo de un bebé al que torturan los cólicos y el estreñimiento mientras el reloj avisa de que apenas faltan unas horas para ir a la oficina. Quién nos habría dicho que los dedos de sostener Dry Martinis acabarían manchados de meconio, y que no importaría, que no habría por ello nostalgias de otra vida. Quién nos habría dicho que el sosiego repentino de un niño insomne que se acurruca junto a tu piel entregándose contendría muchas más emociones que todos esos viajes postergados, que todas las promesas del tam-tam. Y así, con cada expresión nueva descubierta en su rostro, con el primer paso, la primera sonrisa, sus primeros brazos tendidos en bienvenida cuando llegas a casa, las primeras veces que es capaz de jugar y de reír a carcajadas una gracia. Y no sigo porque ya dije que el pudor me impide sentir ante extraños, y ustedes lo son. Hay hombres impermeabilizados a los que no cambia una experiencia intensa. No soy uno de ellos. Luca me ha cambiado, ha espantado ansiedades y búsquedas heredadas de los afanes encontrados en las lecturas. No me importa sentir que para mí ya es tarde para muchas cosas, porque las hará él y, por delegación, las haré a través de él. Salgo de las librerías con colecciones completas de Corto Maltés, de Astérix, de Tintín, que permanecerán un tiempo largo empaquetadas, hasta que él pueda hacer sus primeros descubrimientos de lector. Me preparo para sus preguntas, me esfuerzo por ser mejor, excelente, por si acaso en el futuro le da por tomarme como ejemplo. Encima se me parece muchísimo, por lo que veo en él un yo sin estropear, con todas las posibilidades intactas, que me ha prolongado el ciclo vital como si mi resurrección ya hubiera ocurrido. Siento admiración anticipada por el espectáculo que será su juventud, por los mínimos esbozos de personalidad que me permiten intuir en él a un tipo que vivirá con gozo y al que ya tengo ganas de contarle cuánto de hermoso le aguarda. Que salga a vivir, algún día, sabiendo que cualquier rescate estará a tan sólo una llamada de teléfono. Que sea un hombre con códigos del que nadie pueda decir que falló como amigo. Ya iremos viendo todo eso. Ya lo iremos hablando. Lo que pido es tiempo para acompañarle al menos un trecho largo de su camino vital, como espectador y como cómplice. Porque, de todas las sensaciones nuevas que me ha inoculado Luca, la peor es la hipocondría. Por primera vez en mi vida, temo morir. Me siento obligado a permanecer aquí al menos 25 años más, los que él pueda necesitarme, y en eso no quiero fallarle. Mi hijo no ha de ser lo que yo fui: un adolescente enfadado con el mundo porque se le murió el padre demasiado pronto. Voy a dejar de fumar.

Saliva en rama - José Luis Alvite

Saliva en rama - José Luis Alvite
A mi edad es difícil cambiar de vida pensando en recuperar los placeres asociados a los malos momentos en los que me consta que fui errático, insensato y, a pesar de todo, feliz. Es evidente que llega un momento en el que la decencia nos llena de resignación y de grasa. Viví durante muchos años en ambientes sórdidos en los que aprendí a encontrar agradable el asco y descubrí que a veces la comida, cualquier comida, mejora su sabor si te la sirven con hambre a media luz en una vajilla sin lavar. A veces al final de una larga noche de vicios me plantaba insomne con un par de fulanas en la cafetería "Donas" y desayunaba con ellas un guiso de pollo que podría perforarte la camisa si por un descuido te salpicase la salsa en ella. Las fulanas estaban a menudo ojerosas, tristes y destempladas, llevaban carreras en las medias y yo sé que con frecuencia les repetía en la boca el semen gomoso y maleado del último cliente. Una madrugada mi amiga Rosita me llevó a dormir a su casa en un catre que tenía una pata calzada con un catecismo, se bajó las bragas, metió un espejo entre los muslos y me dijo que había tenido tanto trabajo aquella noche que lo que veía en aquella madriguera entre sus piernas parecía la piel muerta y rugosa de los codos. Me fijé en las paredes de su habitación, pintadas de manera desigual en colores que yo no recordaba haber visto antes. Me dijo que estaban empapeladas pero que la mayor parte de lo que se podía ver eran restos de comida salpicados con motivo de las frecuentes peleas que había tenido durante meses con su chulo, un tipo flaco y rudo que incluso dormía con el ceño fruncido. "Muchas veces pensé en lavar la pared y pintarla de nuevo –me dijo mi amiga– pero creo que sería una estupidez porque si no te fijas mucho resulta que toda esa mierda parece puesta ahí adrede por un decorador... No sé que opinas tú, tesoro, pero yo creo que limpiar estas putas paredes sería como teñirle de caoba el pelo a Richard Gere". Después me metí con ella en cama y nos juntamos como dos perros callejeros empujados contra el fuego por la soledad y la nieve, acosados por el cansancio, en ese punto desganado en el que tener sexo puede resultar tan agradable como defecar mierda con tabasco en un orinal de carne forrado en los bordes con los labios de un sapo. Nos dormimos respirando cada uno en la boca del otro las heces del aliento, pasando con la saliva en rama el grisú del asco. Se diría que no fue una escena idílica y puede que no lo fuese. A mi me gusta recordar aquellos días ácidos y desencantados, vividos muchas veces al borde de la ruina moral y casi con insectos en la uretra, aunque solo sea porque ahora me doy cuenta de que fue entonces cuando comprendí que los florales besos de las chicas buenas en los que exhala su aliento Dios no son necesariamente mejores que aquellos otros de las fulanas en los que asoma de repente el inconfundible sabor del escabeche. A lo mejor es que la vida se entiende mejor si de vez en cuando en el primer sorbo del desayuno de hoy regurgita ese asco fisiológico y contenido en el que croa a destiempo la cena de ayer.

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite
Conozco a muchas mujeres que estarían dispuestas a romper con su vida familiar de muchos años y dar un paso hacia delante en busca de la libertad y del placer sin importarles siquiera que al otro lado de la niebla acaso les esperen la decepción, el remordimiento o el abismo. Sólo unas pocas al final se deciden a dar el paso, echan dos mudas en una bolsa, queman en un cenicero la última lista de la compra y salen al encuentro del tipo con el que esperan compartir la emoción de la incertidumbre, la indescriptible excitación del caos, enfrentadas a partir de ese instante a una existencia aleatoria en la que sólo queden a mano las cosas que estén fuera de su sitio. Pero esa clase de mujer son casos contados. El resto hacen conjeturas, sopesan las ventajas y los inconvenientes, y aunque aprietan los dientes y parecían dispuestas a no volver la vista atrás, lo cierto es que recogen otra vez la llave del felpudo y prefieren renunciar. Ellas dicen que se quedan porque se deben a los suyos, pero yo creo que en esas circunstancias mis amigas llaman responsabilidad a lo que ellas y yo sabemos que sólo es cobardía. Esa actitud claudicante y miedosa recuerda en cierto modo la angustia de los esclavos negros de Virginia o de Alabama al enfrentarse a la incertidumbre de la libertad tras la derrota del Sur y el desmoronamiento de aquel mundo señorial, soñoliento y esclavista en el que si bien se sabían atados a la disciplina de las oprobiosas plantaciones de algodón, al menos estaban seguros de cenar cada noche cualquier cosa que diese pena vomitar y mejorase al menos la comida de los perros. Una de esas amigas mías se hace trampas para vencer la tentación de romper amarras y no le importa reconocerlo. Una madrugada me la encontré de copas en la barra del «Corzo» y me dijo: «Me da miedo que mi conciencia no me reproche la decisión de abandonar a mi familia y cambiar de vida para ser feliz. Para que eso no ocurra me creo compromisos estúpidos que me obliguen a seguir en casa al día siguiente. ¿Por qué diablos crees que pongo tan a menudo a funcionar la lavadora sin ropa y dejo cada noche seis puñados de lentejas en remojo? Puede que sea muy triste, pero necesito convertir mi aburrimiento en un deber». Mi amiga ya no ama a su marido y sus hijos viven lejos. Pero no se larga de casa porque, aunque ella no lo diga, yo sé que lo que de verdad le preocupa no es tener un buen motivo para marchar, sino que no acierte luego con una buena razón para volver.

Queso parmesano - Jose Luis Alvite

Queso parmesano - Jose Luis Alvite
Nunca se lo dije e incluso la evité durante algún tiempo, pero siempre supe que su conciencia jamás le perdonaría la sensación de suciedad que sintió al despertar por la mañana en una cama en la que parecía que acabásemos de deshuesar la cabeza de un caballo. Ni siquiera el agua de la ducha le sirvió aquella mañana de alivio. El suyo era un problema de conciencia y ambos sabíamos que el sentimiento de culpa no era algo que se controlase escupiendo el requesón en el retrete. Fue inútil que durante la noche tratase de inculcarle con cariño mi idea de que la mala conciencia es algo relativo que se puede controlar del mismo modo que en caso de apuro puede uno contener la orina. Le sugerí sin éxito que relativizase lo ocurrido. Me dijo que su conciencia era más sensible que su estómago y que la acidez le preocupaba menos que el remordimiento. Yo no dije nada, pero es cierto que pensé que en su caso de donde le venía la incomodidad no era de haber conculcado una norma moral, sino de haber accedido en cama a prácticas que le producían gastritis. Suele ocurrir que la conciencia rechaza ciertas actitudes no porque sean moralmente reprobables, sino porque son digestivamente inconvenientes. Eso pensé, sí, es cierto, pero tampoco dije nada. Entrometerse en la conciencia de una mujer es hasta cierto punto más aceptable que interferir en su dieta. El problema aquella noche era que a ella se le estaba armando un lío entre la conciencia y el estómago, de modo que no sabía si arrepentirse sinceramente o levantarse al baño y vomitar. Cada persona es un mundo y no hay recetas universales para controlar el malestar moral. Una fulana me dijo de madrugada en un garito que durante sus primeras noches de trabajo en el burdel había llorado mucho más que en toda su vida hasta entonces, porque “no podía entender que tuviese que ganar con tanto asco el dinero que necesitaba para que mis hijos no se fuesen a cama con hambre”... “hasta que un día me dije a mi misma que si era capaz de controlar la conciencia, a partir de entonces pensaría que algo entre mis piernas me ayudaría a convertir toda aquella mierda en comida, igual que la trituradora del carnicero pica la peor carne para hacer apetitosas albóndigas... y así lo hice, periodista, y desde aquel día, ¿sabes?, desde aquel día controlé el asco y no volví a tener remordimientos. Ahora llevo muchos años en el oficio, cielo, y estoy de vuelta de muchas cosas. Ni siquiera los obispos se tiran pedos de incienso, amigo mío. Dile a tu amiguita que no se haga demasiadas preguntas sobre la posible indecencia de lo que hace con su boca. Ni siquiera Dios se hace la mitad de las preguntas porque estoy seguro de que no le gustarían las respuestas. A mí la vida me enseñó que la mitad del sexo es deseo y el resto, a partes iguales, egoísmo, hipocresía y comida. Por eso te digo, querido, que a mí ahora lo que me preocupa de mi vida sexual no es lo que pienso, sino lo que eructo”. Se lo conté a mi amiga y puse interés en que lo asimilara, pero fue inútil. Su conciencia no le admitía nada de lo que le afectase al estómago, así que se echó un novio quisquilloso y llevó como si tal cosa la aburrida vida sexual de una esponja. Nos tropezamos de madrugada años más tarde en la barra de un bar e intercambiamos novedades. Yo le conté que mi vida era casi la de antes y que aun comía de todo en cama. Ella se sintió algo incómoda con el tema y no se extendió mucho. Solo dijo que en el fondo echaba de menos la dieta indiscriminada de años atrás y que seguramente era por pensar intensamente en aquello por lo que cada vez que su chico le llenaba la boca de una saliva dulce y antibiótica que parecía agua bendita, ella se levantaba al baño llena de nostalgia y eructaba un gas penetrante y fermentado que le dejaba en el paladar un regusto a queso parmesano.

Lluvia en la Moraleja - José Luis Alvite

Lluvia en la Moraleja - José Luis Alvite
Hay pocos elementos tan literarios como la lluvia, hasta el punto de que cualquier párrafo mediocre puede mejorar si uno acierta a colar una frase en la que descarguen las nubes. Supongo que los editores conocen el valor literario de la lluvia, aunque se comprende su malestar por el aguacero que deslució la jornada inaugural de la Feria del Libro en Madrid. Es cierto que la lluvia que dispersa a la gente y vacía las calles es la misma que abarrota los cafés, pero no es buen negocio si se trata de que la gente acuda al Paseo de Coches del Retiro. Es obvio que la lluvia que vacía las calles con su toque de queda es menos agradable que si solo descarga por escrito en una novela o resbala como a ganchillo por la pantalla del cine. El viernes almorcé con mi editor, Alejandro Diéguez, en compañía de Lorenzo Díaz, el sutil colega de Onda Cero que sabe en lo que piensa incluso la gente que casi con toda seguridad yo diría que no piensa en nada. Nos instalamos en la terraza de La Máquina, en La Moraleja, y el agua nos obligó a guarecernos en el porche del restaurante. Fue una evacuación ejecutada por los responsables del negocio con esa diligencia sin prisas que siempre nos parece un recurso a la medida de la capacidad exclusiva de los ingleses para convertir en sublime protocolo las angustiosas vicisitudes de cualquier tragedia. Lorenzo no se inmuta casi por nada, así que en medio de la tempestad organizó el menú y moderó luego una sobremesa en la que hablamos de todo, incluidas unas cuantas referencias a la inútil e impagable belleza de entretiempo de esas mujeres ricas y ociosas que pisan con la numismática huella del dinero, exquisitas e inabordables, como suaves tacadas de Cartier engarzadas en el aliento de un galgo sobre un tapiz de seda. A mí me gusta mucho cuando Lorenzo Díaz me trata de usted para establecer un cierto clima de objetividad sociológica en la conversación, depone la cubertería sobre el plato del arroz a banda e introduce una pausa para que se escuche –como una baza de aire, como un full de seda– el aleteo oleoso de los gorriones húmedos picando en el suelo el pan desdentado por la lluvia. Con tanta agua en la calle no quedan mesas libres en el restaurante y sin embargo no hay ruido porque la gente rica mastica en off. Lorenzo hace otra pausa mientras los gorriones se llevan las migas a los setos y en medio del silencio se desliza, como un velero de piqué, una de esas deslumbrantes mujeres de mundo en cuyos cuerpos de alta costura incluso se convierte la lluvia en ropa. Y yo supuse que para alguien como ella mi sonrisa solo sería la firma de un mendigo en un cheque sin fondos.

Humo en la chimenea - José Luis Alvite

Humo en la chimenea - José Luis Alvite
Esta vez la Feria del Libro de Madrid me encuentra relajado y con espíritu de colaboración. Sin dejar de ser con frecuencia errático e imprevisible, me he dado cuenta de que el afecto que me tienen los lectores merece que corresponda con el mínimo esfuerzo de dedicarles una frase y mi firma, como en anteriores ocasiones, sólo que ahora siendo consciente de que entre mi mano de escribir y sus ojos de leer se ha establecido a lo largo de los años una relación que va más allá de lo simplemente circunstancial y excede sin duda del simple cumplido. Muchos colegas son reacios al contacto estrecho con el público y prefieren la distancia, ignorantes sin duda de que la verdadera talla de un hombre la da su sencillez, no el pedestal al que se aúpa. Además de darme cuenta de eso, he comprendido que mi editor no es en absoluto mi enemigo y que arriesga su dinero en una empresa en la que a veces el éxito consiste sólo en conseguir que por culpa de las deudas no le embarguen súbitamente la edición de un libro que sale al mercado como resultado de un esfuerzo y con la remota esperanza de que no lo lea únicamente el olvido. Alejandro Diéguez, que es mi editor, sabe bien de mi inconstancia porque la ha sufrido con un estoicismo que nunca sabré agradecerle. Como editor y como amigo saca ahora de la imprenta el título «Humo en la recámara», una colección de textos sobre historias del Savoy publicados en LA RAZÓN, y yo estaré mañana y el sábado en El Retiro madrileño para firmar ejemplares porque lo merecen él y mis lectores. Y también, lo reconozco, porque me he encariñado con toda esa gente con la que me escribo en Facebook y a la que le debo la suerte de que me prodiguen su afecto sin preguntarse siquiera quién soy y sacudiéndose el bolsillo en la apuesta por un libro que si no les gusta sólo les va a servir para el lamento por haber quebrantado su economía y para convertirlo sin en el menor remordimiento en leña para que las llamas hagan fumadas frases de bruma que se esfumen sin apenas repercusión por el tiro de la chimenea. Soy sincero si reitero que me importan poco las rentas económicas de mi trabajo literario. Y no lo digo por soberbia, ni porque sea rico, sino, lisa y llanamente, porque mi verdadera aspiración en el asunto de escribir ha sido siempre la de alimentar la esperanza de que a mi muerte no se presente un jodido acreedor con una orden para embargarles a los míos mi recuerdo, su dolor y mi cadáver.

El hambre y la razón - José Luis Alvite

El hambre y la razón - José Luis Alvite
Es verdaderamente chocante que eso que llamamos países ricos lo sean incluso a medida que se están llenando de pobres, como le ocurre a España, un lugar en el que ya hay gente que eructa en ayunas y donde sólo prospera la mendicidad. Las estadísticas oficiales establecen promedios de renta que nos acreditan como un país próspero, pero luego uno sale a la calle, mira a su alrededor y se da cuenta de que ese modelo algebraico es una mentira estadística y que en realidad la gente se está empobreciendo y ya casi no existe el español medio del que nos hablan los datos oficiales. Yo sé de trabajadores que cada vez que cobran su salario saben que sólo les va a servir para llegar a duras penas a finales del mes anterior. De nada sirve que los políticos les hagan preciosos discursos posibilistas y les prometan que la solución está cerca. Mi amigo asalariado está harto de palabras y se rebela contra la idea de que la felicidad está en el conocimiento, en la cultura, porque cada vez que vuelve a casa se encuentra con que la realidad es una familia con hambre y una nevera vacía. Está muy bien que los políticos extiendan la cultura, inauguren bibliotecas y ofrezcan teatro en la calle, pero, ¡demonios!, yo sé de muchos hombres y mujeres que aceptan la cultura porque es algo bueno, sin duda, pero en este preciso momento de sus vidas preferirían algo caliente que aunque no sirva para leer, al menos se pueda comer con cuchara. Yo no dudo de que haya políticos sinceros que se vuelcan de buena fe en planes a largo plazo. Hay gente así en la vida pública española, es cierto, pero no lo es menos que en la situación por la que atravesamos, con cinco millones de parados y con el horizonte debajo del suelo, lo que se necesitan son soluciones urgentes, entre otras razones, porque por mucho que la cabeza pueda conseguirlo, el hambre real jamás hace planes que se pasen mucho de la hora de la cena. Y no se diga que quienes se quejan carecen de razón. Un hombre desesperado por el infortunio y acosado por la angustia no está obligado a razonar para exigir justicia. Nadie podrá culparle por los desmanes del capital, ni responsabilizarle de la sorprendente paradoja de que el peso de su riqueza haya echado casi a pique a un país en el que incluso están adelgazando las ratas. Habría que mirar hacia mucho más arriba para exigir responsabilidades a quienes han convertido tanta miseria en un próspero negocio. A lo mejor entonces caeríamos en la cuenta de que las cárceles no están tan llenas como parece. Pero no culpemos a los conejos de la voracidad de los buitres. ¿Acaso a un tipo que tiene hambre podremos negarle que tiene también razón?