sábado, 14 de diciembre de 2013

Sirope rosa - José Luis Alvite

Sirope rosa - José Luis Alvite

A veces amanece tan oscuro sobre el 'Savoy' que ni se ve la niebla. Y cuando se nos viene encima ese cielo pegadizo como la seborrea, el jefe recuerda sus días en la Riviera, improvisando con su Bugatti por las carreteras recién escritas para 'Atrapa a un ladrón'. Fue allí donde conoció a Grace Kelly. Bailaron una madrugada en el 'Carlton' y Ernie lo recuerda como "aquella noche que en mis pies estuvo Dios de paso". A Grace le arropaba el rostro una pamela blanca y por su cuerpo resbalaba como sirope rosa un vestido de seda. ¡Caray!, el jefe recuerda a la hermosa criatura de Boston como "una mujer que incluso resultaría hermosa a juego con el cadalso". ¡Delicada Grace! Aquella madrugada en Cannes, Ernie coincidió en la mesa del 'black-jack' con Cary Grant, aquel tipo al que podías maginar jugando al tenis con un abanico en una mano y un 'martini' en la otra. Cary le dijo: "Grace no está hecha para cualquier hombre, amigo. Sólo los elegidos pueden aspirar a una mujer como ella, alguien, muchacho, con quien te imaginas comprando el marisco en Tiffany's". Y no le faltaba razón al elegante Cary. Ciertamente en alguien como Grace Kelly incluso la muerte parecería benigna. Anoche recordamos en el 'Savoy' a la estilográfica criatura de 'Alta sociedad'. ¿Recuerdas, Al, muchacho? ¿Recuerdas a Frank Sinatra cantándole 'Eres sensacional'? ¿Y a Bing Crosby enjuagando la boca con 'True love' en la garganta y Grace abatida en su regazo como un alud de heno? Mientras evocaba sus días felices al lado de Bing, en el balandro de 'Alta sociedad', en el rostro de Grace se acurrucaban con elegancia y hastío el sodio y la tristeza. Nadie tiene la inmensa suerte de darle cuatro curvas al coche con alguien como Grace en el asiento de al lado. Y eso lo consiguió Ernie Loquasto aquellos cuatro días en Cannes. "Sé que parece un sueño dice el jefe pero fue cierto. Yo estaba allí, muchacho, sentado en mi coche al lado de aquel hada 'beige' a la que tan bien le sentaba la marquesina del 'Carlton'. Me da envidia el jefe. Pero un tipo como yo sólo se merece una de esas mujeres que le echan de comer a los gatos la depilación del pubis.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Notas muertas - José Luis Alvite

Notas muertas - José Luis Alvite

Del cuaderno de notas que llevaba encima Walter Robinson cuando le encontraron muerto: -Martes, 24. Echo de menos desayunar algo que no esté pegado a la taza. Recuerdo como algo muy lejano el afecto de mi madre, cuando era niño. Pagaría por ver de nuevo la sonriente inflexión de sus ojos al mirarme por las mañanas. Sé que es imposible desandar el tiempo. Ahora mismo a mi madre sólo la sorprendería si le enviase su cabeza por correo. -Miércoles, 25. El fracaso te vuelve invisible. La última vez que me presentaron a una mujer, ella le dio la mano a otro. -Viernes, 7. Una fulana del arroyo se encariñó anoche conmigo. Nos acurrucamos en un callejón y nos intercambiamos las contraindicaciones. Ella me dijo que encontraba encantador el extraño mohín de mi sonrisa. "Nunca vi una sonrisa así", dijo. ¡Maldita sea!, no sé que dirá cuando se me pase el herpes de los labios. -Domingo, 29. Me mudaría a otro sitio si tuviese dinero. En invierno hay que abrir la ventana para entrar en calor y en verano te hierve la orina en la vejiga. No puede ser sano un sitio en el que incluso el agua de la cisterna atasca el retrete. -Lunes, 30. ¡Joder!, leería un libro si viese las gafas. -Martes, 31. Siento como si estuviese pasado de moda. A veces imagino que si me matasen hoy, mi cadáver saldría en el periódico de ayer. -Miércoles, 32. Nada más escribir esta fecha, maldita sea, me ha entrado la terrible sensación de haber vivido el mes más largo de mi puta vida. -Jueves, 2. Me cuesta enderezar el rumbo. Siempre elijo el camino equivocado. -Sábado, 4. Cuando te tiraste 30 años en la cárcel, muchacho, comprendes que una meta en la vida puede ser caminar cien metros en línea recta. -Domingo, 5. Me dejé arrastrar por el vicio, la pereza y la marginalidad. Lo más pesado de mi equipaje son las manos. Y en estas circunstancias, maldita sea, un hombre ha de ser lo bastante fuerte para agonizar disputándole a los buitres su propio vientre.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Cine negro - José Luis Alvite

Cine negro - José Luis Alvite

Hace muchos años el jefe del 'Savoy' tuvo una buena racha y ganó dinero con el club. Aquello no duró mucho pero Ernie lo recuerda porque fue la primera vez en toda su vida que encargó una americana con bolsillos. ¡Dios!, a Ernie Loquasto se le pusieron verdes las yemas de los dedos. Sobornaba a todo el mundo: políticos, policías, fiscales, incluso sobornaba a la gente que le debía dinero. "Soy rico, puedo hacerlo", decía entonces, llevado por la euforia de su riqueza. Recuerdo que en el 54 un tal Sony Elstron le debía una buena cantidad de dinero y no había manera de cobrárselo. Pero cuando Ernie amasó su pequeña fortuna, llamó a Sony una madrugada a su mesa y le ofreció un soborno. No me lo vais a creer, pero Ernie le pagó 2.000 dólares para que le devolviese los 1.000 'pavos' que le debía. Y se quedó tan ancho. Ernie resolvía sus problemas al precio que fuese, aunque le saliese tan caro como aquel soborno. Con el dinero intentó Ernie producir una película en el Este para competir con "esos marines de Hollywood que pasean por Los Ángeles con sus perros vegetarianos". Fue un sueño. Ernie quiso hacer una película 'negra', la más 'negra' de la historia del cine. Le encargó el guión a un tipo muy miope al que el oculista más prestigioso de la ciudad sólo pudo prometerle que en el mejor de los casos, podría ver el interior de sus propios ojos. En el 'cast' quiso Ernie a una actriz exuberante, "ya sabes, una de esas chicas que te ahorran muebles". Un gángster de Trenton le ofreció a su fulana y Ernie la contrató sin prueba alguna. No era Ingrid Bergman pero, como es cribió Chester Newman en el ‘Clarion', "Jane Brackett reunía los requisitos que exigía Ernie para ser la chica de su cine oscuro: las tetas le tapaban el cuerpo". Fue terrible. Se repetía cada escena, incluso aquellas en las que salía en una silla de ruedas. La muy idiota era tan corta que incluso pronunciaba las tachaduras del guión. Fue una película ciertamente 'negra'. Y claustrofóbica. Fue como rodarla con una maleta. ¡Joder!, los exteriores se filmaron en una estación del Metro.Fue la primera y la última película que produjo Ernie Loquasto con su inesperada fortuna de los años cincuenta. 'El relámpago gris' la dirigió Jerry Hogan, un tipo de tercera división cuyas tres únicas películas con la Warner habían sido estrenadas en un desguace de coches. Un cortometraje suyo sobre el Holocausto fue considerado dibujos animados hasta que cayó en el olvido. Cuando Ernie le contrató en el 56, Hogan estaba acabado e incluso su madre le confundía con otro. La última oferta que le hicieron antes de aquel año, fue una buena suma de dinero para que no dirigiese 'El halcón maltés'. 'El relámpago negro' no fue un éxito de taquilla, ni de público, ni de crítica, pero Ernie cumplió su sueño de filmar cine auténticamente 'negro'. La secuencia más luminosa del filme es la de la partida de póker. La atmósfera estaba tan cargada y la luz era tan escasa, que los jugadores le prendían fuego a los naipes para verlos. El papel de Jane Brackett hubo de reducirlo considerablemente porque la fulana de aquel gángster de Trenton tenía problemas con los diálogos. Incluso ensayaba varias veces los espacios en blanco. Para justificar su silencio en muchas escenas de la película, el guionista decidió que Jane apareciese comiendo. Pero a Jane eso le pareció fuera de lugar. "No haré esas escenas con comida. No es elegante comer con la boca llena", dijo. El papel protagonista masculino se lo dieron a Jay Silverstein, un tipo muy veterano, actor en desuso, debilitado por la edad y por la mala vida. Pero era lo único disponible al alcance del presupuesto de 'El relámpago gris'. Ernie lo intentó con Sinatra pero nada más leer el guión, Frankie le pidió 100. 000 dólares por salir dos minutos de espaldas. 'El relámpago gris' se estrenó un día de semana a finales del 57 en un viejo cine con murciélagos. Fue un fracaso. Ernie recaudó lo justo para pagarla a la taquillera. El crítico del 'Clarion' le dedicó un comentario lacónico y sugerente: "Salí de la sala con la sensación de que habríamos visto la película si se apartasen los actores".

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Hasta la vuelta, primos! - Nacho Mirás Fole

Hasta la vuelta, primos! - Nacho Mirás Fole
De todas las cosas que me llaman la atención de los gitanos, una que me entusiasma, y bien lo sabe mi amigo Sinaí Giménez Jiménez (la primera con G, la segunda con J) es esa costumbre que tienen de hacer piña cuando uno de la comunidad se pone enfermo o, en el peor de los casos, se muere. Un gitano en un hospital significa que otros trescientos hacen guardia en la puerta. Y los payos los miramos, a menudo sin entender semejante movilización calé. Pero lo que los gitanos hacen, en realidad, es distribuir energía como hace Red Eléctrica Española, ni más ni menos, luz que alumbra al que la necesita y que no se vende: se regala. Yo ingreso esta tarde en el Hospital Clínico de Santiago para operarme de un tumor cerebral y llevo detrás a todos mis gitanos, que sois vosotros, ya sea en persona o a través de las redes sociales que, bien utilizadas -en eso fui un visionario- son maravillosas. Estoy convencido de que cuando, en unas horas, llegue a Admisión, el segurata vendrá directamente hacia mí y, expeditivo, me dirá: “Mire, señor, o deja a toda esa gente en la puerta o se va a operar a su puta casa”.
-Pero es que soy un gitano virtual, oiga. ¡Somos todos primos!
-Pues lo dicho. O se me desnuda y se me pone el pijama de luces usted solo o que lo opere su padre con la radial. ¿Se hace una idea de lo que come toda esa gente? ¡Recortes, amigo, recortes!
Así que, sintiéndolo mucho, os dejaré en la puerta, pero os pienso llevar en el corazón, que como está escondido debajo del pijama, seguro que cuela.
Durante estos días he recibido tantísimos gestos, correos, whatsapps, abrazos, besos y mensajes que me parece haber asistido -no os lo toméis al pie de la letra- a mis propias honras fúnebres sin haber muerto del todo. Os juro por estas que este gitano virtual está abrumado; he llegado a pensar que, en cualquier momento, me iban a dedicar una calle en un polígono industrial. Estoy citado a tantas comidas de celebración para cuando me liberen que mi ácido úrico -ácido único, dice mi padre- acabará siendo ácido sulfúrico. Pero pienso cumplir con todos y todas.
El nivel de entrega y afecto es de tal calado que mañana, a la hora en la que dos neurocirujanos arranquen la motosierra, una comunidad entera de carmelitas vedrunas de Vitoria estará pidiendo por mí en los primeros rezos de la mañana. Eso ya no es recomendación, es línea directa con Dios. Es un regalo de la tía Sole que, como una gitana más, se ha empeñado mandar personal a esta Unión Temporal de Empresas que habéis creado, entre todos, para sanear la cabeza de un individuo que nunca creyó, y juro otra vez, ser merecedor de semejante despliegue humanitario. ¡Con la cantidad de cosas realmente importantes que hay en el mundo por las que hacer piña! Acabo con un abrazo especial para esa legión de alumnos de la Facultade de Xornalismo que, a final de curso, acaban convirtiéndose en compañeros y en amigos. Ayer debí estar más rápido y pagarle el desayuno a Óscar, a Sara y a Carla; pero queda para el regreso.
Una cosita más: vale que me deseéis suerte. Pero también a los neurocirujanos, no vaya a ser que tengan precisamente hoy la cena de empresa y acaben perjudicados en uno de esos antros de perdición que recomienda mi amigo Juan Capeáns en sus Vidas Licenciosas. Un abrazo. Hasta la vuelta. Y lo dicho: si no me acuerdo de algunos, os volvéis a presentar, que estaré encantado de volver a conocer a tipos como vosotros.
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Me da pie Santiago Jaureguizar, compañero periodista y escritor a quien admiro en la distancia -deberíamos solucionar eso en algún bar, Santiago, antes de que los prohíban-, a escribir la décima entrega de estos episodios nacionales para arrancar la semana decisiva. Dice Jaureguizar que está viviendo lo mío como una novela de Simenon, mirando día a día mi Facebook “con la esperanza de que Maigret acabe por darle un sentido a cada cosa que no comprendo y de que todo vuelva al punto del que nunca debió moverse”. Ojalá Maigret me hiciera también ese favor a mí, que hace unos días escribí en el estado del Whatsapp: “Why me?” y ahí sigue colgado.
Por el momento, querido comisario, los hechos son pocos y hasta, si me apura, raros. Pero unos detrás de los otros, como el dibujo de puntos de una revista de pasatiempos, han dado lugar a que este individuo que le escribe ingrese en el Hospital Clínico de Santiago de Compostela el próximo miércoles, a las 18.00 horas, para someterse al día siguiente, jueves 12, a una craneotomía pterional que tiene como fin arrancar un tumor situado en el lóbulo temporal derecho del cerebro. Como las trepanaciones craneales en tiempos de Sinuhé, el egipcio, pero con herramientas del siglo XXI y con un figurante caracterizado para la faena con un bonito pijama de la Seguridad Social, de esos que tiran de la sisa.
Como le gustaba decir a Jack el Destripador, vamos por partes. El asesinato en Santiago de Compostela de una niña de origen asiático, ese crimen horroroso que conmocionó a España -bien sabe de lo que hablo-, acabó provocando en mi faceta profesional de cronista de sucesos un estado de estrés tan brutal que colapsé en el baño pequeño de mi casa hace ahora dos meses. Me rompí. Pensaron que me moría, tal fue la coreografía de las convulsiones. En Urgencias, adonde llegué inconsciente y sin pantalones, me recetaron reposo y tranquilidad y, solo por seguridad, me sometieron a las pruebas habituales que se les hacen a los estresados. Y fue uno de esos controles, querido Maigret, el que reveló a través de una resonancia magnética el contenido indeseable que mi cabeza, cerrada a cal y canto desde hace 42 años, escondía. Como escribí en su momento, en el mal estaba el remedio y, gracias al colapso, los neurólogos pudieron diagnosticar el fondo del asunto, con independencia de que la tensión acelerase, como aceleró, algo que habría ocurrido solo más adelante, quizás meses, quizás años… no se sabe. Se dieron pues las circunstancias para un cortocircuito que, de otro modo, y siendo uno perro viejo en el oficio de contar tragedias y barbaridades, difícilmente se habría producido ahora. Hay otros aspectos que, en mayor o menor medida, pudieron contribuir a que se iniciase la reacción en cadena, pero el principal lo tengo claro; sigue dando carnaza a las televisiones todas las mañanas.
Mi situación sanitaria ha desordenado mi vida hasta el punto de que pienso, digo, y hago cosas que dificilmente pensaría, diría o haría de no haber reventado como una castaña aquella mañana del 6 de octubre del año 2013. Soy otra persona, comisario, o quizás, y así lo creo, soy ahora la persona que debería haber sido hace tiempo pero que, dejándose llevar, vivía secuestrada en mi interior, esperando a salir. Y me han liberado a macheta. Hay quien me dice que, desde que me pasó lo que me pasó, incluso escribo mejor. Bueno… Creo que, en realidad, lo que pasa es que pienso con mucha más claridad y lo demás viene por añadidura. Me emociono más, quiero más -muchísimo-, paladeo más la vida y su belleza… Eso lleva aparejado, claro, un pánico atroz a perderlo todo en cualquier momento; hoy, mañana… o el jueves por la mañana. Después de agitar gozos y temores en la Thermomix de mi sesera, lo pongo todo por escrito a 500 pulsaciones por minuto y lo que sale es este serial ególatra en el que hay un personaje principal al que conozco tan bien que apenas tengo que documentarme.

Camino cada día más de una decena de kilómetros, casi siempre solo. Y pienso, observo y proceso tal cantidad de sensaciones que, al final de la jornada, casi agradezco a mi tumor que me haya despertado a la vida a hostias. Pero tengo miedo, comisario, mucho miedo. Porque no entiendo qué pinto yo en todo esto, por qué en el reparto de papeles de la realidad me ha tocado este y no uno de monaguillo, torero o capador. No sé si va a tener respuestas para darme, señor, pero si así fuera espere un par de meses, al menos hasta estar seguros de que la cirugía no ha mermado mi capacidad de comprender. En todo caso, y se lo digo en serio, dedique más esfuerzo a aclarar lo de la niña; es una cuestión de justicia y de equidad. España está pendiente. Lo que cuentan por ahí sigue sin entrarme en la cabeza. A fin de cuentas, lo mío es un daño colateral mínimo y que no le interesa, si acaso, a nadie más que a mí mismo y a unos cuantos allegados. Como Roberto Carlos (el cantante), yo siempre quise tener un millón de amigos, pero voy a poquitos. Monsieur Jules Maigret, no le arriendo la ganancia. Puede visitarme en la tercera planta del Clínico a partir del viernes, cuando salga de la UCI envuelto para regalo. Mientras, reciba mi afecto por escrito, en la confianza de que sabrá arrojar luz sobre mis sombras y sobre las de mi amigo Jaureguizar.

martes, 10 de diciembre de 2013

Una reverencia de cretona azul - José Luis Alvite (diario 16)

Una reverencia de cretona azul - José Luis Alvite (diario 16)

Fue hace mucho tiempo, cuando yo era un niño sin usar y el paisaje en Cambados era carnívoro y al atardecer los barcos se alejaban del muelle desabrochando el mar y tía Pepita ponía al fuego la sarten con aceite viejo y entonces ganchillaba para mí aquellos platerescos huevos de color beige. Tía Pepita era una comadrona expeditiva , corpulenta escéptica cuya salud mejoraba todas las noches cuando se soltaba el ceñidor y dejaba que su cuerpo se expandiese en una deflagración sin sexo , en una explosión como una metástasis de queso. Esto fue hace muchos años , cuando la orina en España era membrillo y las mujeres parian en las narices de tía Pepita , que les gritaba mucho y entre cuyas herramientas pensaba que no hubiese desentonado un megáfono . Regresaba de un parto con tía Pepita en un taxi negro con ruedas blancas , un taxi como Fred Astaire con claqué diesel .Cruzamos el puente sobre el Umia hacia Cambados .Atardecia beige sobre mi niñez , muchacho.Ella ganchillaba y yo miraba por la ventanilla con aquellas gafitas que me daban un extraordinario parecido con Pio XII . A contraluz volaban en chino los cormoranes sobre el estuario del Umia y las anguilas redactaban en hebreo por las hoces del río entre la arena .Tía Pepita mandó detener el coche a la salida del puente y el taxista apagó el motor . Entonces arrie' la ventanilla y vi todo aquello mientras la noche empezaba a pasar a lápiz el paisaje .En el silencio del coche se sentía el ganchillo de tía Pepita haciendo rezar el hilo .Recordé a mi madre los días que viajábamos en tren y pasábamos rozando la casa de Iria Flavia en la que nació Camilo José Cela y el cementerio de Adina , donde enterraron a Rosalía, y las parras sobre las que se veía venir el bellisimo óxido del otoño .Yo entonces leía a Salvador Rueda y a Shakespeare y a Mallarme' y a Zamacois y las cartas que me mandaba a Cambados mi madre y que remataban con la encantadora brida de su firma elegante y sencilla como una reverencia de cretona azul.NTodo aquello ocurría en directo para mí .Frente a mis ojos salpicaban los camarones como puñados de circonitas y las sollas segaban la hierba que entraba hasta el mar en Catro Arboriños y aquellas vacas cambadesas le disputaban la comida a las gaviotas y a los jureles y las gallinas ponían románicos huevos gigantes con un bocio de piedra y guano que les hacía pesar como petancas .Eisenhower y Franco renovaban el acuerdo de que España era un país de utilización conjunta y en África , Patricio Lumumba intentaba un comunismo con gafas , un comunismo universitario que naufragó en una rambla de sangre .Entonces los libros de historia tenían cincuenta páginas menos y yo era un niño delgado y sensible con aquella sonrisa de mi madre en la que siempre tuve permiso para soñar. Ahora busco su rostro en los trenes y en los autobuses del verano y al otro lado del olor de las comidas hechas a fuego lento. Ya digo : fue hace mucho, al poco de morir Ghandi con su esqueleto de bicicleta , cuando a la salida del puente sobre el Umia tía Pepita mandó parar el coche y mi llanto no fue un secreto .Enfriaba el vapor en la bordalesa de las placentas y rezaba el lino en las agujas .Y superado por tanta belleza , me volví hacia tía Pepita y pregunté : 《¿Puedo aplaudir ? 》.

Yeguada de ganglios - José Luis Alvite

Yeguada de ganglios - José Luis Alvite

He sido siempre un teórico de la belleza femenina, el simple testigo fascinado por la gramática que suponen sus facciones en el rostro de una mujer, aunque reconozco que la encuentro más cautivadora cuando su geometría se descompone en movimientos, es decir, cuando en la quietud cristalizada de la gramática irrumpe la sintaxis, o sea, cuando Stanley Donen consigue que a Cyd Charisse se le desenfaden como frases esas piernas sedosas y larguísimas en las que ocurren juntos la coreografía, el erotismo y la onomatopeya del agua al vadear el río. No le encuentro mucho sentido a la belleza sin gesto, que suele ser como una hoguera en la que las llamas estrangulasen el fuego. Me sucede lo mismo al pensar en la foto fija de una manada de caballos –hermosos, pero tiesos– y evocar el viejo «western» fordiano en el que atravesaba el horizonte la sorda marimba de una carreta arrastrada sobre el tambor del polvo por un tiro de estilizadas cabalgaduras con las bridas tensas y el aliento en rama, algo que sobrevive en mis sienes con el trote elástico de lo que siempre me parece el recuerdo bautismal de cuando en el sólido granel de la geometría de Monument Valley irrumpía, como un bandoneón, una fértil sinalefa de yeguas, acaso las mismas que aun ahora evocan aquellos de días mi niñez en los que me acostaba apenado por la idea de que el paisaje permaneciese toda la madrugada a la intemperie y el río se pasase la moche metido en el agua. ¡Belleza y sintaxis! A la hermosa Charysse no le cabían las piernas entre las caderas y el calzado, de modo que la gramática de sus proporciones necesitaba que alguien la redimiese del cautiverio con la prosa laxante de la coreografía. Por eso cuando miramos en su quietud las piernas vocabularias de Cyd Charisse, lo que esperamos es la cucaña sintáctica de ese paso de baile en el que vadean, como yeguas de cera, los ganglios de la belleza.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Flaco, ojival y sensible - José Luis Alvite

Flaco, ojival y sensible - José Luis Alvite

No parece muy claro que el Papa Francisco pueda ir en sus ideas pastorales tan lejos como algunos suponen, ni es seguro que eche el freno antes de lo que otros desean.Hay siempre una cierta distancia insalvable entre lo que un hombre sueña y lo que ese mismo hombre consigue, algo que se rige por imponderables, incluida la circunstancia de que, con la intención de influir en nuestros sueños, alguien interfiera decisivamente en nuestra cama. Tenemos de momento un pontífice distinto, una personalidad en la que se combinan en perfecto equilibrio la indolora insolencia oral del vendedor y la vulnerabilidad emocional de un predicador que se reconoce forjado como pastor evangélico mientras auscultaba las almas de los muchachos díscolos en las puertas de la discoteca en la que fue vigilante, o sea, portero, pero no un portero fajador y rocoso, un simple matón con la piel más dura que los huesos, sino un fino estilista moral, un vigilante flaco, ojival y sensible, más próximo a Dios, claro, que a Óscar «Ringo» Bonavena, aquel tosco púgil argentino con cuyos rotundos golpes sin estilo era él mismo quien más se resentía. A diferencia de lo que hacía aquel boxeador, el Papa Francisco sacude homeopáticos golpes sin aparente malicia, analgésicos crochets que asustan a la Curia y calan en la gente, como si se tratase de calmantes mensajes intravenosos. Y lo hace con naturalidad, poseído de una fluidez innovadora, fresco y audaz, con un cierto aire de despistada espontaneidad, con el rostro vagamente iluminado por el potasio de una luz en la que cuajan juntos el aura panificado y fluorescente del santo y la luz desnatada y muda del camerino en el que hace ochenta años estilizaba su pasmada tristeza el maravilloso Stan Laurel. A mí este Papa me gusta porque le creo capaz de conservar la dignidad contándole a Dios un chiste de monjas...

Play it again, Alvite - Pedro G. Cuartango

Play it again, Alvite - Pedro G. Cuartango
Tu pública confesión, querido compañero, de que padeces cáncer me ha dejado anonadado. Y no por tí sino por mí. De repente me ha deslumbrado la evidencia de la fragilidad de nuestra existencia, de la imprevisibilidad de ese momento en el que nos llega la noticia de que el tiempo se nos acaba.
Vivimos como si fueramos inmortales y eso no hace más que acentuar la sorpresa de ese punto final que tenemos que poner al relato cuando el papel se agota. Debe ser en ese preciso instante cuando pasan por la cabeza todas esas imágenes que uno se llevará consigo y que quedarán sepultadas en la eternidad.
Dices que lo que te ha sucedido es que has descubierto que quien está sentado en la cola del piano tras la penumbra no es la mujer que te espera sino el que viene a precintar las manos del pianista. ¿Qué será de tu Savoy sin la música de Duke Ellington, las mujeres fatales, las almas del nueve largo, el humo de los habanos y el olor del bourbon de Kentucky?
Debe ser que todo lo que amamos nos destruye. Pero lo seguimos queriendo porque siempre es mejor apurar la vida que seguir vegetando insulsamente. Yo también preferiría morir en el bar de Hollywood Boulevard en el que Marlowe invita a Terry Lennox a un gimlet -dos tercios de ginebra y uno de lima- antes que boquear en la cama de un hospital.
Pero no hablemos de eso. Nos queda tiempo, aunque no sepamos cuánto, para apurar los últimos cigarros, los últimos tragos de Jack Daniels, el último gancho en el ring de Pacquiao y las últimas notas de ese piano en el que Sam vuelve a tocar otra vez y siempre.
El Savoy, Casablanca, las mujeres como Ingrid Bergman o los bares como el Rick's Coffee nunca morirán. Y por ello nosotros siempre viviremos en esos sitios, en esos gestos, en esos dry martini que atraviesan la garganta como una espada de fuego.
Tú y yo hemos tenido suerte. Hemos disfrutado del juego de piernas de Ray Sugar Robinson, hemos bebido en los garitos del Village, hemos visto las luces de Manhattan desde las Torres Gemelas y hemos cogido el ferry de Staten Island en una gélida tarde de invierno.

Y también hemos coexistido con un siglo cruel en el que la letra impresa ha costado sangre. Ahora ya no vale ni un vaso de agua. Todo lo que nos gustaba está a punto de desaparecer. Por eso es preferible abandonar el escenario que ser testigo de la imparable agonía de lo que hemos amado.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Pensamiento paradójico - Juan José Millás

Pensamiento paradójico - Juan José Millás

El paro baja, pero vuelve a destruirse empleo. Significa que estamos mejor sin dejar por eso de empeorar.
–¿Cómo me ve doctor?
–Mucho mejor, pero se muere.
–¿Tengo una mejoría que me mata?
–No pretenda entenderlo. Basta con que lo finja.
En eso estamos todos, en fingir que entendemos. Durante los últimos años hemos hecho un máster colectivo de pensamiento paradójico. Nos han bajado las pensiones subiéndolas; nos han aumentado los impuestos reduciéndolos, y nos han dado en la cabeza con una reforma laboral por la que, pese a perder todos los derechos, el Gobierno asegura que nos ha hecho un gran favor. Citamos solo algunos de los casos, para no aburrir. Pero también ha aumentado el presupuesto de becas, que recibe menos gente, y se han introducido varias formas de copago que no son formas de copago. Ahora, la ministra Báñez se va a gastar dos millones y medio de euros en una campaña de publicidad a favor de esa reforma laboral gracias a la que baja el paro a base de destruirse el empleo. 
–Si los beneficios de la reforma son tan evidentes, ¿por qué gastarse el dinero en una campaña?
–Porque el personal estaba acostumbrado a reformas laborales con burbuja y esta nuestra es sin burbujas. 
–¿Y eso qué quiere decir?
–Todavía no lo sabemos. De ahí la necesidad urgente de una campaña explicativa.
La agencia de publicidad que se haga cargo del asunto tendrá el mismo mérito que el abogado que asume la defensa de un criminal confeso. Todo el mundo, por malo que sea, tiene derecho a la defensa, y todo producto, por repugnante que resulte, tiene derecho a una campaña de publicidad. Así es la democracia.
Cuando hayamos escuchado cinco spots, si están hechos con gracia, aceptaremos el sindiós de que el paro baje al tiempo que se destruye el empleo. A ver si mi médico encuentra el modo de que me baje la tensión sin que deje por eso de subirme, o yo mismo logro abandonar el tabaco sin dejar de fumar.

Merluza en salsa gris - José Luis Alvite

Merluza en salsa gris - José Luis Alvite

Hay tipos que acuden al siquiatra porque les asusta su irrealidad o porque llevan días intentando entrar en casa por la caseta del perro. Yo mismo acabé en un siquiatra porque empezaba a metérseme en la cabeza la idea de conducir el coche desde el maletero. Pero el siquiatra realmente hay que ir lo menos posible y a poder ser, nunca. A menudo nos abruman cuestiones de solución muy sencilla. Ahora lo moderno en muchas madres es llevar a sus niños al psicólogo. "El niño lleva tiempo ensimismado, afligido, sin ganas de salir a la calle, sentado en un sofá con al cabeza abatida sobre el pecho", me dijo una madre moderna. "¡Maldita sea! -le dije- ¿has probado a comprarle los zapatos un par de números más grandes?". Porque ocurre con frecuencia que lo que nos aflige no es el mundo, ni la falta de horizontes, no, nada de eso, ni siquiera la densidad del tráfico; lo que nos aflige de verdad es la camisa, el calzado o la seborrea. Por la salud mental de muchas mujeres hizo más el champú que el siquiatra. Un amigo mío que es profesional el ramo, me dijo en una ocasión: "La salud mental está de moda y la gente se inventa la locura porque es incapaz de inventarse los sueños". A veces el fracaso psicológico viene de la insatisfacción laboral o porque no te salió el viaje que esperabas. A la gente lo que le gusta es ser navegante solitario, actor de éxito, alpinista o poeta maldito, pero la mayoría son oficinistas, gestores administrativos o griposos. La gran alternativa vital de la gente que nos rodea no es escoger entre Nueva York y Calcuta, sino acertar con el champú anticaspa. Un gran objetivo de la clase media es el amor. ¡Ah, el amor!: saltitos por la calle, la media naranja, el pisito, los muebles y hacer a medias un nudo con la lengua. Pero el amor dura poco y a veces ni siquiera es tan sólido como para sorvivir al olor a pies. Un día descubres que no es lo que esperabas. Hay una derivación práctica y materialista en el amor que siempre nos hace daño. Lo descubrimos cuando ella aprovecha para servilletas los calzoncillos de su padre. Habíais proyectado temporadas en Florencia, lascivas y sicodélicas huidas a Escandinavia, posturas nuevas para fornicar sobre el féretro de la abuela, todo eso habíais proyectado, sí, pero luego te encuentras con que el viaje más apasionante fue a Fátima, que "parecía un Pryca", y a Segovia, que es donde a tu suegra lo que más le gustó fue la catedral de Toledo. No hay que hacerse grandes ilusiones. Te irá bien la salud mental si tu objetivo en la vida es que la comunión no te cause cáncer de estómago. Lo importante es tener goma arábiga para sujetarte el pelo al cráneo cuando te toque la quimioterapia. No esperes grandes cosas de tu vida familiar, amigo. A lo peor ni siquiera tienes hijos porque ahora el semen parece soda y cuando te acuestas con una mujer, le echas aquello allí dentro a sabiendas de que es como ahorrar guardando el dinero en una hoguera. Ya sabes como son las cosas, muchacho: al final te llevan al crematorio y tu suegra esa noche cocina, como si tal cosa, merluza en salsa gris.

sábado, 7 de diciembre de 2013

Dios no es de letras - Nacho Mirás Fole

Dios no es de letras - Nacho Mirás Fole

Leo la declaración de mi maestro y amigo José Luis Alvite contando que tiene dos cánceres y me desplomo. Decía Alvite esta mañana en Twitter: “Me han diagnosticado un cáncer de pulmón y otro de colon. Nunca pensé que envidiaría el estado de mi coche”. Me desplomo, decía, primero por él, porque Dios está demostrando esta temporada que lee poco, que no es de letras y que toca de oído, esparciendo mierda sin ton ni son. ¡Rencoroso! Alvite, incluso con la ITV caducada, es el espejo periodístico en el que me miré cuando yo tenía diecinueve años y él ya era un veterano de este oficio de contar la vida. Por cierto, entonces su coche, en el que llegó a vivir, ya era un desastre, todo lleno de colillas y de recibos de Fenosa. Pero me gustó el reflejo que me devolvió aquel retrovisor torcido un día que estábamos parados frente a la puerta del Maycar. Yo no le llegaré jamás a mi maestro ni a las uñas de los pies, ya no digo escribiendo, que tampoco, sino a la categoría de sus enfermedades. Comparado con lo suyo, mi tumor en el cerebro es, de momento, acné juvenil, un molesto grano en el culo. Pero mi grano, mi Casiano de renta antigua, se empeña en seguir complicándome la vida. En los últimos días me ha costado echar mano de algunas palabras. Recordad que está cerca del área de la memoria y del lenguaje, ahí metido, jodiendo. Esta mañana, por ejemplo, no era capaz de decir “campo”, lo mismo que ayer por la noche se me resistía “modalidad” en una charla en furgoneta que ahora no viene a cuento. “A mí me pasa a menudo”, me dicen los amigos para quitarle importancia. Ya, pero a mí no. Hace unas horas, paseando por Concheiros, he vuelto a tener un dejà vu horroroso, de nuevo el visionado de una película vieja en la que salgo yo. Mi neurólogo de guardia, que siempre me coge el teléfono, me ha contado que el tumor se manifestó, primero, con un tremendo ataque epiléptico que llegó a partirme la espalda y que ahora lo hace de esta manera. Guerra psicológica. Y que por eso, precisamente, hay que extirparlo. Durante el fin de semana, el acojone ha subido algunos peldaños, así que lo que hago es poner tierra por medio y sacar a pasear a mi inquilino de renta antigua, él y yo, solos. Ayer, en Vigo, eché a andar desde la casa de mis padres, cuando me di cuenta había llegado desde A Salgueira a Teis -hay un cacho tremendo- y todavía me quedaban fuerzas para regresar en el coche de San Fernando y recoger las tres barras de pan que me había encargado mi madre. Desde el viernes habré caminado varias decenas de kilómetros. No me gusta el monte, prefiero la humanidad. En Vigo, donde nací, tengo la curiosa sensación de que apenas veré rostros conocidos. Y así es. Me marché de esa ciudad a los 18 años y el paisanaje apenas me suena más que me puede sonar una calle de Salamanca. Eso en Compostela no ocurre: voy saludando sin parar, como un concejal cualquiera, pero prefiero eso a meterme en un tramo del Camino de Santiago lleno de coreanos que me dan lo mismo. En cualquier caso, ambas ciudades se me quedan pequeñas y volaré a mi tercera casa, a la ciudad de los prodigios, en cuanto tenga ocasión. Hoy he llorado bastante, he reído menos… Por suerte, tengo a mano personas que saben darme unas hostias, ya sea en persona, por teléfono o por Whatsapp -bendita herramienta- en cuanto la mirada se me nubla más de la cuenta. Siempre creí, camarada Alvite, que las carreras no serían posibles sin toda esa gente que está a los lados de la carretera animando a los ciclistas. Gracias a ellos nos queda un montón de recorrido, a ti y a mí. Te quiero, maestro; y ahora que no puedo conducir, ya sabes: mi coche es tu casa. 

El mito - José Luis Alvite

El mito - José Luis Alvite

En la vida de un hombre hay un cupo para la esperanza, igual que lo hay para acumular tópicos y lugares comunes que nos ayuden a justificar nuestra existencia, de modo que podemos coleccionar conocimientos magníficos para debatir con cierto brillo en una tertulia y simples refranes con los que salir del apuro en cualquier charla de ascensor. Hay también una edad para la admiración, sobre todo en la adolescencia, en ese tramo de nuestra existencia en el que casi todo es la primera vez que nos ocurre. En ese instante se fragua la admiración por alguien como Mandela, que a muchos nos cautivó por lo que sufría tanto como por lo que pensaba. La ardua y dolorosa vida penitenciaria resulta un hito sacramental en la biografía de un hombre. El retrato del mito fragua mejor si se combina con el perfil del esclavo, con el preso, con el paria, con el fugitivo, como ocurre en el caso del formidable Mandela, cuya personalidad se yergue sobre la tenaz destrucción de su libertad, en medio de calamidades políticas y humanas sobrecogedoras y extremas, en un apostolado pacifista sostenido a pesar de casi treinta años de reclusión. En su caso se quiebra la idea de que la supervivencia prolongada influye siempre en contra de la consistencia del mito, que a menudo suele ser más una consecuencia de la fatalidad dramática que del pensamiento más hondo. El suyo es el mito longevo del hombre idealista, contrapuesto al mito fulminante del tipo cuya celebridad no se corona con un pensamiento comprometido y profundo, sino por un error al tomar mal con su coche la encía roída de aquella jodida curva en Bel Air. Acaba de morir con admirable dignidad un sorprendente mito nonagenario, y ocurre en un odioso momento de falsedad intelectual en el que lo que se valora del pensamiento de un hombre no es la persuasión de su voz al explicarse, sino el olor de su aliento al callar.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Ay, salero, salero - Raúl del Pozo

Ay, salero, salero - Raúl del Pozo
En épocas de crisis, la prostitución es una manera de salir del agobio. Como las bohemias de Baudelaire, para tener zapatos, matrículas y libros algunas mujeres europeas, en vez de ir a la compra, van a la venta. «Los trabajadores de Francia -escribió Marx- llaman a la prostitución de sus hijas y esposas la enésima hora de trabajo. Lo cual es literalmente cierto». Y es que de las putas con brazaletes y collares de la Biblia, fornicando por su cuenta, a las contratadas por internet, de Solón a Hollande, del harén del Califato de Córdoba (5.000 odaliscas) a los puticlubs de carretera... fue imposible abolir la prostitución.
Zorras o acereras, cabareteras, busconas, taconeras, hacían la carrera por el tiempo dedicándose al tráfico de carne. Hace unos años, Beatriz Espejo en Manifiesto puta, reivindicó el oficio con mas quinquenios de siglos, y lo defendió con alegría. Entendía que el hombre es testosterona pura y hay que sacarle el dinero. «Cuando sumas dos cosas buenas, sexo y dinero, no puede dar como resultado una cosa mala». La copla popular entona mejor el sofisma: «Ay, salero, salero, con el coño se gana dinero».
«No toques a mis putas», gritaron los intelectuales y académicos franceses, antes prochinos. Avisaron a los políticos: «Si ahora prohibís las putas ¿qué prohibiréis mañana?». Recordaron que abolir el puterío sería como derogar la lluvia. Pero los políticos, aterrorizados por la ola moralizadora y la defensa de las trabajadoras del sexo, acordaron poner multas a los hombres que vayan de lobas.
La Asamblea Nacional francesa ha aprobado la propuesta de ley que castiga a los clientes de prostitutas con una sanción de 1.500 euros. Los diputados de la Asamblea, la misma que suprimió el feudalismo y expropió los bienes de la Iglesia, se han erigido en damas del Ejército de Salvación. Quizás los franceses les han dado una idea a estos de San Jerónimo. En España, el pecado de la pinga se hacía con misterio, en Francia con publicidad, y nos copiábamos unos a otros los siglos, no de oro, sino de los cuernos.
Cuando un ministro aconsejó a De Gaulle que encarcelara a Sartre porque agitaba con cuatro copas a los obreros, el salvador de Francia contestó: «No se puede detener a Voltaire».

Estos herederos de La montaña han vuelto a condenar a Baudelaire, como ya hicieron los jueces censurando las Flores del mal por ultraje a la moral pública. Se han cargado el himno a la belleza. «¡Oh Satán, ten piedad de Francia!, donde se apagan las lámparas de Pigalle y del Moulin Rouge, a los pies de Montmatre, mientras Toulouse-Lautrec maldice el París del mordisco que no del beso».

Minimalismo con chino - José Luis Alvite

Minimalismo con chino - José Luis Alvite

Con todo lo que he vivido por la noche, lo cierto es que he llegado a la conclusión de que la madrugada te produce una insoportable mezcla de fantasía y cansancio de la que no es fácil salir ileso. A punto de amanecer el agua te da sed y jurarías que incluso la quimioterapia te produciría cáncer. Escucho el corazón en los oídos. Suena inútil y sarcástico como un despertador en el cementerio. A veces me encuentro tan cansado que pediría un taxi para cambiar de acera. El otro día hubo poca gente en el 'Savoy'. El ambiente empezó muy tarde. La clientela se había ido a la inauguración de la tienda deFlorentino. Yo estaba invitado pero rehusé. Me aburren las inauguraciones. Creo que a un acto sí sólo iría si inaugurasen señoras. La que estuvo fue Judith Mascó, que ya lleva años inaugurada. Y el alcalde Bugallo, que resulta chocante por la noche porque lo suyo es lo diurno, la panadería, la misa en chándal y el agua desnatada. También estuvo fray José Isorna con su seráfico 'prêt-à-porter' franciscano, vagando como un apóstol de botellón por el mundano sarao de la moda, entre las modelos desaladas y altísimas, con su sexualidad de propaganda y esos modales en los que agoniza la garza de la anorexia. Florentino inauguró una tienda minimalista en la que todo resulta esquemático: la ropa, la luz, las conversaciones. Todo, menos los precios, que vienen en numero y los números todavía no fueron estilizados por el minimalismo que todo lo alarga y lo vuelve mineral como un jamón de Sargadelos. En el 'Savoy' no hay señoras minimalistas sino mujeres obstétricas y redondas que te sugieren juntos una oda y un bocado. Seguro que no les quedarían bien los diseños de Lomba o de Vittorio y Luchino, que visten a las mujeres con hilo dental. Mis amigas de la madrugada eligen la ropa para tapar los defectos, las anchuras, las flojedades y los grumos. Compran en tiendas de moda con tallas superiores pero con su inquietud terapéutica podrían comprar la ropa en la parafarmacia. Mi amiga Chus se pasa la madrugada leyendo libros en la barra del bar. Anda mal de los nervios y de la vista y se toma todo, incluso el índice Down Jones, como una indirecta. Yo le digo que tendría que leer en un sitio mejor iluminado. Me preocupa su vista. Si continúa así, a mi amiga Chus el oculista acabará recetándole un par de botones para los ojos. Pero está desanimada y su vida le importa menos que su vista. A veces me da la sensación de que dormita sobre los libros mientras simula leerlos. Es tarde en el 'Savoy'. Chus está agotada, el barman se ha sentado en su banqueta, la máquina del hielo podría cocer empanadillas y en mis manos el último libro sobre Kissinger me resulta difícil como leer una cerradura. A última hora entra el chino que vende flores y mecheros. Un tipo le compra la mitad de la mercancía y la reparte a boleo. Las flores del chino huelen a cebolla, como si las hubiese sacado de una empanada de atún. Y los mecheros fallan al segundo encendido. Seguro que son mecheros para no fumadores. Yo creo que incluso el chino es 'made in Corea'.

jueves, 5 de diciembre de 2013

El desplegable - José Luis Alvite

El desplegable - José Luis Alvite
Un tipo le preguntó de madrugada a Ernie cómo le gustaban las mujeres. Ernie le miró y dijo: "Sobre todo, amigo mío, me gustan vivas". Y no se trataba de una broma para quitarse de encima a uno de esos imbéciles que hacen preguntas así. ¿Cómo le gustan las mujeres a un hombre? Si eres niño, la que te gusta es tu madre y aceptas volverte loco por una mujer veinte o treinta años mayor que tú, porque no está a tu alcance tener una madre de tu edad. A los quince años empiezas a distinguir entre el cuerpo y los valores, entre Jane Fonda y doña Emilia Pardo Bazán, es decir, entre la carne y las ideas. Es la eterna disyuntiva entre el fondo y la forma, entre la oración y la lengua, entre el aforismo y el chupón del cuello. A un sector del feminismo le molesta que los hombres busquen sensaciones sexuales en las mujeres, ¡como si lo razonable fuese excitarse con el podio del Tour de Francia! Y tienen algo de razón porque con una mujer puedes compartir la tertulia, un viaje en moto, el cupón de los ciegos y el colegio electoral. Y asistir juntos a la próxima conferencia de Lázaro Carreter o debatir las tesis monetarias de Alan Greenspan. Pero siempre estará latente la tentación, el instinto, en definitiva, el sexo. Seríamos sinceros si reconociésemos que lo primero que nos atrae de una mujer no es su biblioteca ni su expediente escolar, sobre todo si de lo que se trata es de compartir el futuro y fundar una familia. Personalmente a mí doña Emilia Pardo Bazán me gustó siempre razonablemente, sobre todo para leer sus libros en cama con Jane Fonda. Un viejo editor que frecuenta el 'Savoy' dice que la Biblia tendría más difusión si incluyese un crucigrama. A lo mejor es que Dios se propaga mejor mezclado con Ocón de Oro. Mi mayor fascinación por el recogimiento religioso la sentí aquella mañana que anoté la dirección de una niña en las páginas del catecismo. Y ahora que ya no soy un crío, reconozco que me gusta Ana María Matute aunque en sus libros el viejo editor del'Savoy' seguro que habría incluido un desplegable de Kim Bassinger.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Oveja marrón - José Luis Alvite

Oveja marrón - José Luis Alvite

Al padre de Larry el pianista le acusaron de asesinato en el 74 y le ejecutaron diez años más tarde. Fue un juicio sin garantías. A Larry Feldman Senior le presentaron a su abogado de oficio al final del juicio. El muy hijo de puta miró al viejo Larry de arriba abajo y le dijo: “Muchacho, lamento haberte conocido con motivo de nuestra despedida”. Los últimos años de Larry Feldman en prisión fueron desoladores. Tenía terribles dolores de estómago. El médico de la prisión le diagnosticó cáncer. En pocos meses, fue como si a Larry Feldman se lo hubiesen comido por dentro los topos. En una carta que le dirigió a su hijo, escribió: "Vivo una terrible lucha entre dos maneras de morir: el cáncer y la silla eléctrica. Maldita sea, a veces por las noches sueño que corro desesperadamente entre dos tipos que me quieren matar. Podría alejarme de uno pero corro el riesgo de adelantar al otro". A Feldman lo ejecutaron en la silla eléctrica en el 84. Cada aniversario Larry toca al piano la foto de su padre. El año pasado me dijo: "El gobernador del Estado desoyó varias peticiones de clemencia. Y cuando electrocutaron a mi padre, aquel hijo de mala madre me dijo que él únicamente se había limitado a echarle una mano al cáncer". En la silla eléctrica al viejo Feldman se le incendiaron los ojos y las ingles. En el periódico local escribieron que era la quinta vez que al alcaide se le quemaba la maldita barbacoa. A Larry Feldman senior hubo que apagarlo con un extintor. Con tanta espuma parecía una oveja marrón. Dice Larry que al cabo de tanto tiempo en prisión, su padre sólo aspiraba a caminarcien metros en línea recta. No es una broma. Seguramente ni siquiera es un sarcasmo. Pero anoche mismo Larry se retiró a un rincón con el recibo de la luz de casa. Y lo miró largo rato. Y no me lo vais a creer, pero le vi emocionarse como si el recibo de la luz fuese carta de su padre.

martes, 3 de diciembre de 2013

El precio - José Luis Alvite

El precio - José Luis Alvite

Cerca del 'Savoy' conocí a un tipo que vendía coches nuevos a mitad de precio. Le pregunté una madrugada en el club cómo hacía para mantener abierto un negocio en apariencia tan ruinoso. Reggie Briscoe tenía otras empresas y repartía entre ellas las pérdidas de la tienda de coches. En realidad la venta de automóviles sólo era una tapadera para sórdidas actividades al margen de la ley. Sus otras empresas prosperaban por que Reggie eliminaba competidores a tiro limpio. A sus rivales del sector del automóvil los suprimía con aquella insoportable caída de precios. Un día me lo explicó: "Asesino a quienes le hacen sombra a mis panaderías, a mis funerarias y a mis bares".Pero yo no acababa de entender cuál era la relación entre su trepidante vida criminal y sus coches a mitad de precio. "Muy fácil -dijo Reggie-. Los vendo a mitad de precio porque llevan un cadáver en el maletero".Desde entones sé que nada de madrugada sale barato. En realidad lo que hay que aprender no es a seducir mujeres o a comprar sicarios. Lo importante de madrugada es saber en qué maletero está el cadáver. Incluso de día a la gente le gustan los muertos. La gente tiene cosas comunes que importan poco y lo que de verdad hace distinta a la gente es la muerte. Lo cierto es que nadie incluye en su biografía las tres comidas del día, sino los episodios distintos, lo peculiar: el asesinato, el robo, el secuestro, la mentira, incluso los sabañones. Con razón una madrugada en el 'Savoy' me dijo el veterano reportero Chester Newman: "No hay que darle demasiadas vueltas a las cosas, muchacho. En realidad, la vida es lo que un hombre hace entre comidas". Recuerdo sus impresiones sobre el horror de la guerra cuando regresó de Corea. Chester Newman escribió en el 'Clarion': "La guerra es un acontecimiento social algo desordenado en el que lo pasas mal, pero conoces gente. Arriesgas la vida, es cierto, pero encuentras cama a mitad de precio, aunque tengas que compartirla con un cadáver. Si sobrevives, comprendes que la guerra sólo es una cosa que estropea mucho la ropa".

Laura Walcott - José Luis Alvite

Laura Walcott - José Luis Alvite

Para no haber estado nunca con ella, la recuerdo bien, como sin duda la recordará el tipo que una noche me dijo que donde quiera que estuviese una mujer como aquella, habría siempre cerca un elegante hombre con gabán oscuro dispuesto a sacarse el sombrero. Fue una lluviosa noche de octubre. Yo hacía tiempo para perder el avión mientras tomaba una copa en el Oak Room del hotel Algonquin. Llevaba dos días sin ir a cama y en el fagot de mi respiración croaba el cansancio. En las tulipas del salón se veía apenas la tez serosa de la luz. Ella acababa de darle con desgana un sorbo a su «Manhattan» dos mesas frente a la mía y retenía juntos en la boca el sabor del cóctel y el humo de un cigarrillo recién prendido. En el piano del fondo tiritaba como vidrio una melodía de Mancini. El camarero dejó una nota sobre su mesa y se retiró al instante con exquisita prudencia, encaramado casi en el boceto deshuesado de sus pasos, como si temiese que bajo sus pies fuesen a explotarle sus propias pisadas. Prendí un cigarrillo mientras ella leía la nota. Miró a los lados sin descomponer el gesto y volvió de nuevo los ojos hacia el papel. Entonces levantó la mirada evitando el pestañeo y apretó ligeramente los labios. Parecía a punto de llorar. Llamé al camarero y le pedí que esperase un instante mientras escribí en mi pañuelo algo que él le dejó sobre su mesa al final de otro sigiloso paseo sin sonido, al cabo de su cautelosa y profesional gentileza de ofidio. Ella siguió con la vista la retirada del camarero hasta que en el cambio de agujas del rastreo se encontró de frente mi mirada. Desplegó el pañuelo sin aparentar interés, con esa indiferencia con la que abren las mujeres un regalo del que presumen que sólo valdrá la pena el envoltorio. Me miró de nuevo, desanduvo la mirada hasta el pañuelo y leyó: «Toda mi vida he esperado un momento como éste. Mezclado con tu lápiz de ojos, ese llanto sería en mi pañuelo la frase que nunca acerté a escribir. ¿Te importaría ser esta noche bajo la lluvia mi próximo fracaso?». Se llevó la punta del pañuelo al rabillo de un ojo, lo plegó y en el fláccido ir y venir de aquel camarero que pisaba en off, como si tantease la catenaria del humo, me lo devolvió franqueado con su letra: «Me llamo Laura Walcott. Desde hace un rato bebo sin sed. De muchacha soñé con llegar lejos, pero en mis circunstancias de ahora me conformaría con ser portada en la página catorce de cualquier periódico editado en papel ardiendo. ¿Serías capaz de demostrarme esta noche que en la Quinta Avenida aún a veces seca la lluvia las aceras?».


Muchas veces había estado antes en la misma ciudad que una mujer como ella y al menos otras tantas coincidí en el mismo párrafo con alguien así, pero aquella en la Quinta Avenida fue la primera vez que estuve en la misma acera con una mujer como Laura  Walcott. Llevaba puesto un vestido rojo, cubría sus hombros con una estola blanca de armiño y si no fuese porque acababa de verla llorar en el «Oak Room» del hotel Algonquín, ni se me pasaría por la cabeza que algo malo pudiese sucederle. Tampoco su paso era el de alguien angustiado por una duda, dolido por una mala noticia o lastrado por un temor. Por eso, al poco rato de echar a andar traté de disculparme: «Creo que quien me vea caminar a tu lado creerá que te he abordado en la calle y te estoy importunando. A la gente le pareceremos una azafata de “Panam” acompañada por uno de esos buzos que raspan una costra de lodo y mejillones en las gabarras del puerto. Me salva que es domingo y que a estas horas las calles elegantes ni siquiera pasan por delante de los portales de diario. ¿Sabías que a este lado de la calle incluso es francesa la lluvia? Supongo que un tipo como yo sólo tendría derecho a caminar a tu altura si lo hiciese por la acera de enfrente, porque, ¿sabes?, al otro lado de la calle por la que camines tú siempre será dos días más tarde». Ella no dijo nada y continuó andando al ritmo pausado de alguien que podría sentir la mayor pena del mundo sin perder la compostura, sin duda consciente de que nada desluce tanto la elegancia de una mujer como que su acompañante presienta que arrastra en su cabeza el lastre de dos facturas sin pagar, que sufre por la mentira de un hombre o que le hace daño el calzado. Iba a preguntarle por el contenido de la nota que le había hecho llorar minutos antes, pero se me adelantó intrigada por lo único que sabía de mÍ: «¿Habías escrito antes algo como eso en un pañuelo? Podría haber ignorado tus frases y ahora no estaríamos dando un paseo por la Quinta Avenida. ¿Tienes por costumbre esperar con tu impecable pañuelo a que alguien a dos mesas de distancia rompa a llorar?». Le rogué que se detuviese un instante. «No es un capricho –me expliqué–. Razono mal si voy andando. Por alguna causa hereditaria soy incapaz de compaginar las ideas y los pasos. Lo mío es caminar por escrito. Supongo que será por eso que nunca he tenido un perro». Sonrió y se detuvo. Esperó entonces mi explicación sin aparentar demasiado interés. Entonces volví la vista hacia el otro lado de la calle y recordé haber estado allí muchos años antes, cuando era un niño debilitado por el asma e iba a Central Park  llevando atado en una mano un racimo de globos que a mí me parecían hinchados con aliento de mármol.


Se detuvo delante del escaparate de una de esas joyerías en las que, si entrase un tipo como yo, con seguridad sonarían las alarmas. Laura Walcott sacó de su bolso la nota que le había entregado el camarero del «Oak Room» y me la dio a leer. Parecía la letra clara y concisa de uno de esos tipos a los que a veces se les mete en la cabeza que el agua de la ducha tiene las manos sucias. Era una nota escueta e inequívoca con la mala noticia de que lo que había entre ellos se había acabado y sería inútil intentarlo de nuevo. «Esta vez va en serio. Sé que no volverá. En realidad lo que me duele no es su decisión, sino lo poco que se ha esmerado en despedirse». Laura Walcott tenía razón. La nota eran seis líneas escasas, empleadas con fría objetividad en la redacción de algo que a un gerente le habría parecido la cancelación de un pedido. Pensando en no ahondar en su dolor me ahorré decirle que la nota de aquel tipo no parecía escrita para romper con una mujer como ella, sino para despedir al chofer. Preferí darle al asunto un giro más sentimental, pensando en inclinar a mi favor la aturdida indecisión de su alma: «¿Sabes qué te digo? Pues te digo que una chica como tú tendría que enamorarse de un hombre que sólo tenga buena letra para explicar lo poco que por sí mismas no digan con su vistosidad las flores que le envíe. A mí me gustan mucho las mujeres miopes. Siempre interpretan de la mejor manera las peores frases. No es malo que el fracaso tenga mala letra». Le conté entonces algo que me había ocurrido meses antes con una muchacha de Brooklyn con la que había decidido romper. «Era una de esas encantadoras chicas miopes. Le envié una nota despidiéndome. Como me remordía la conciencia, pensando en que el daño fuese más llevadero empeoré mi mala letra de siempre. Le escribí unas pocas líneas diciéndole que había otra mujer en mi vida y que lo nuestro era imposible. ¿Sabes? Durmió con los ojos más grandes que la cara y al día siguiente me telefoneó exultante para agradecerme que la invitase “a ese maravilloso viaje a Niza”. Ahora creo que mi mala letra es incompatible con las chicas miopes». Entonces Laura Walcott retiró la mirada del escaparate de la joyería, me miró y dijo algo de lo que incluso recuerdo el cosmético requesón de su aliento cansado: «Soy miope. A veces incluso me cuesta acertar con el portal del oculista. Si me hace ilusión pararme a mirar la joyería es porque veo mal los precios». Recuerdo que la Quinta Avenida estaba desierta. Laura Walcott cruzó la calzada. Y yo la seguí como un funambulista amagando en el pespunte de sus pisadas. En el hornillo mojado del asfalto azul se escaldaban como amebas de flúor los reflejos desplanchados de la publicidad.



Con el aire en calma y la calle escampada de agua, se nos echó encima la niebla que medraba como lana en el río. Se veían apenas las luces de la Quinta Avenida suspendidas en la bruma como manchas fluorescentes en un dálmata dormido. Laura Walcott se detuvo al borde de la visibilidad y yo me acerqué en tres pisadas lentas que dudé si querían alcanzarla o preferían no llegar. Se volvió hacia mí. Su aliento se enredó al dedillo en el mío, ceñido al tacto, como un ocho acomodándose a lo largo de una trenza. Era como si nos estuviésemos mirando separados por el resplandor de una vela con la córnea de la llama forrada con un colirio de agua. Rocé sus labios con la precavida piel de los míos y supuse que  lo que vendría luego sería tan natural, tan irremediable, como siempre supuse que sería compartir con el hambre el suculento bocado de un beso. Mi cuerpo se volvió entonces la réplica faldera del suyo y recuerdo que del hambre de nuestras bocas sin brida quedó apenas entre la niebla el hueso mamado de la saliva. Entonces puso la palma de una mano sobre mi boca y me rogó que no siguiese. Me dijo: «Hace frío y tengo cosas que resolver. Te esperaré mañana a la misma hora en el Oak Room del Hotel Algonquín. Me sentaré en la misma mesa en la que me viste hoy. Ni nuestras pisadas habrán olvidado el camino, ni habrá bruma bastante para borrar del mapa la ciudad». Yo acepté y ella se subió a un taxi que destiñó de rojo y amarillo la comisura del amanecer, como una herida de carmín propagándose en canal por un algodón amarillo. Entonces eché mano a mi pañuelo y vi que estaba desteñido y que conservaba apenas el mosto gris de nuestras frases. No recuerdo muy bien qué hice aquel día. Sé que amaneció y que anduve algo perdido, como un perro que hubiese perdido su ladrido en la boca de otro perro. Por la noche acudí al Hotel Algonquín y me senté en mi mesa del Oak Room. Esperé un buen rato por si aparecía Laura Walcott. Se me acercó el camarero. «La señorita de ayer no vendrá esta noche. Se pasó temprano por el hotel, me encargó que la disculpase con usted y dejó una nota escrita en el revés de la factura que le entregaré cuando haya tomado su copa, señor». Pedí un «Manhattan» y lo bebí lentamente sin sed. Entonces el camarero me trajo la factura y mis ojos se reencontraron con los de Laura Walcott en el fino alambre de su caligrafía: «No tomes a mal mi ausencia. Habrá otras noches y volverán a la ciudad las lluvias de octubre. No dudes de mí, ni pierdas calma. Conservaré en mis labios la pegadiza sinceridad de los tuyos. Por favor, deja en esta historia un párrafo incompleto por si pierdo otra vez la esperanza el mismo día que pierdas tú de nuevo el avión».

Gracias - José Luis Alvite

Gracias - José Luis Alvite

Durante mucho tiempo tuve la horrible sensación de que nada de lo que hacía servía para algo y pensaba que al cabo de muchos años mi existencia sería la de alguien dispuesto a rendirse a la evidencia de que se había pasado la vida escribiendo con una goma de borrar. Estuve tan hundido, ¿sabes?, que mi esperanza era dar con alguien que al menos no me tratase peor que a su perro. Os juro que hasta no hace mucho estaba tan derrotado que incluso me disculpaba si alguien me hacía daño. Y ahora que ya soy mayor me doy cuenta de que hay gente que me quiere, amigas y amigos que me siguen, que me leen, que me escuchan.... Hombres y mujeres que me felicitan mi cumpleaños y me demuestran su aprecio. Y entonces no sé muy bien que hacer con todo eso, y al repasar los malos tiempos y todos aquellos años de deslumbrante y amarga oscuridad, los días de ceguera transparente entre el lodo, me pregunto si no será mejor que me disculpe con vosotros por haber hecho alguna cosa bien Sinceramente, nunca supe muy bien cuál era mi lugar en el mundo. Sólo sabía que no me hacían doler la cabeza los intangibles sueños de los dioses, ni me jodía el estómago la comida fermentada de los cerdos. Y ahora que soy mayor, me encuentro con vuestro cariño y no sé si lo merezco o tendré que disculparme por ello. Pero os aseguro que vuestros sueños tendrán cabida siempre en los míos y que llegado el frio, para vuestras manos habrá siempre abrigo en mis bolsillos. Os lo jura un amigo del alma, lo que queda de aquel muchacho que se hizo periodista porque creía que era la manera más decente de perder la reputación. Un abrazo.

Lana Worcester - José Luis Alvite

Lana Worcester - José Luis Alvite

Aveces lo mejor que puede hacer un hombre para no complicarse la vida es demostrar que es lo bastante inteligente como para que no se note que lo es. Un tipo de buena familia me dijo que si bien la cultura es útil para prolongar innecesariamente cualquier conversación, si lo que uno pretende es impresionar a quien acaba de conocerle, lo mejor será que durante la cena haga una exhibición de lo bien que maneja la variada cubertería extendida sobre la mesa alrededor de la vajilla. «Observa a los de mi clase –me dijo– y enseguida te darás cuenta de que almorzamos con cierta desgana, como si en nuestro caso la necesidad de comer fuese algo de mal gusto. Los de mi posición no reconocemos la existencia del esófago. Como dice mi amiga Lana Worcester, nosotros tenemos el metabolismo de nuestros retratos. Las prisas descomponen mucho la figura y producen cierta sensación de desconcierto. ¿Por qué crees que nosotros jamás nos vestimos con prendas que no lleven botones? Calma y discreción, muchacho, eso es lo que conviene. Y las palabras justas para que jamás sepan de verdad como eres. A la gente le fascina que parezcas más complicado que la mecánica de tu automóvil. Créeme, amigo: Vivimos en un mundo de apariencias en el que las ideas que puedas tener importan menos que las cosas que puedas comprar». Me consta que mi amigo era inteligente, pero como tenía dinero no había sentido nunca la necesidad de demostrarlo. Ni siquiera tenía que demostrar emociones para causar cierta impresión. Si no fuera porque conocí a sus padres, juraría que mi amigo rico era el inesperado resultado genético del cruce de dos muebles «Chippendale» de la casa de campo que sus padres tenían en uno de esos lugares de Escocia en los que el fuego de la chimenea arde a quince grados e incluso los galgos evitan darle alcance al croquis biselado de su aliento.
Fue Lana Worcester quien durante la cena de aquella noche en el Gran Hotel me retrató a los de su clase con un comentario que nunca olvidé: «Si se trata de definir el estilo de una persona, yo diría que no es elegante fijarse en la calderilla del dinero, ni reparar en los pormenores de cualquier desgracia». Fue la misma noche en la que hablamos sobre la manera que algunas personas tienen de entender las pasiones. Miss Worcester concebía la pasión como una vulgar perversión del pudor, casi como un desarreglo de la inteligencia. Según ella, «no puede ser bueno dejarse arrastrar  por una tentación que conduce sin remedio a la pérdida de los modales, así que en mi caso puedo asegurarte que sólo concibo que sobrecojan mi alma aquellas conductas que no arruguen al mismo tiempo mi ropa». Durante la cena me contó que cada verano cerraba la casa balear en la que vivía a las afueras de Porto Cristo y se retiraba a su finca en Escocia porque los suyos sabían por experiencia que «la mente humana se ofusca y se vuelve irracional en el momento en el que por culpa del calor resbala sobre el lienzo el óleo de los retratos y brilla con el sudor la grupa de los caballos». Lana Worcester era tibia, tentadora y frágil como una camelia. Me resultaba excitante a pesar de que se llevaba la cena a la boca con una liturgia lenta y desganada, con el extraño erotismo de unos genitales que yo imaginaba de caoba, como si sus labios fuesen la cosmética ranura monacal por la que pasarle la correspondencia del banco hasta la penumbra encerada de su eucarístico sexo de clausura. A pesar del frío amianto de su belleza yo la miraba con deseo. «¿En qué piensas?», me preguntó. Y yo le dije: «Sólo había visto a una mujer sentarse a cenar con tanta distinción». Luego supe que lo que parecía elegancia sólo eran hemorroides.
Nunca supe muy bien cuál es el punto de la conducta humana en el que está justificado perder la compostura e incluso sería imperdonable no hacerlo. En las novelas naturalistas los modales se tambalean cuando la señora recorre las caballerizas con el sudoroso mozo del establo y por un instante cree que podría sucumbir a la tentación del sexo por culpa del lisérgico y penetrante olor del heno mezclado con los orines de los caballos y el aliento de ese hombre tórrido,  elemental y masculino. Aunque no tenía en absoluto el aspecto repujado de una de esas frondosas señoras de la literatura naturalista, Lana Worcester resultaba por sus modales tan profilácticos una mujer en cierto modo inabordable para tratar con ella asuntos cuyo contenido resultase más erótico que la idea de que su mayordomo escocés le sugiriese en voz baja la conveniencia de forrar con gamuza azul la empuñadura algo sobada del atizador de la chimenea. Al elegir el menú durante la cena en el Gran Hotel incluso consideré oportuno el sacrificio de renunciar a mis gustos por temor a que encontrase obsceno mi placer al sorber las ostras en sus conchas. En cambio me atreví a preguntarle si encontraría demasiado masculino que cenase con más apetito que mi cadáver. Por si le ofendiese mi hambrienta vulgaridad meridional, me adelanté con una explicación: «Verás, yo nunca he sido coherente al adaptar a mi pensamiento mis modales. Aunque es cierto que de los pinos me agrada su sombra, lo que de verdad me excita es su resina. Disfruto al contar el fuego catarral y anfibio de Escocia, pero incluso la descripción de la flor más delicada es más emocionante si en la sensibilidad del poeta irrumpe la letra del leñador».
Esperé en vano a que Lana Worcester acudiese a la cita que ella misma había pedido para encontrarnos la siguiente noche en la barra del bar inglés del Gran Hotel. En recepción me dijeron que había cancelado su estancia aquella misma tarde y había subido a un taxi con media tonelada de equipaje. Lana se justificó con una nota que me entregó el recepcionista. La leí sentado en una mesa cerca del pianista del bar inglés. Estaba escrita en una letra muy menuda, como si en su indecisión Lana Worcester quisiese sincerarse sin que yo me enterase de que lo hacía. Como correspondía a su posición social, se expresaba con una especie de distante franqueza, como hacen los ingleses cuando para no parecer demasiado personales escriben como si le dictasen sus ideas a una mano ajena. Los de «su clase» siempre me parecieron serenos, razonables y al mismo tiempo infelices. Ella misma lo reconocía en aquella carta: «… el caso es que estaba segura de sentir lo mismo en lo que tú estabas pensando y sin embargo fui incapaz de hablar sobre ello porque me educaron de manera que nunca me atreviese a pronunciar aquello que en el fondo desease decir, de modo que me confieso por carta y no me importa reconocer que en el ambiente en el que me desenvuelvo en Escocia se considera fuera de lugar que una mujer se lleve irreflexivamente a la boca algo por lo que tenga que ruborizarse si por el aliento se entera luego su dentista». En otro párrafo insistía sobre el asunto con un comentario en el que no le importaba retratarse sin piedad: «Envidio a las mujeres que no se andan con rodeos. Ceden con naturalidad a sus impulsos y se regeneran luego en el baño sin preocuparse de que alguien haya castrado el agua de la ducha».
Me consta que Lana Worcester se reprochó muchas veces su incapacidad para saber en qué momento tendría que bajar la defensa de sus modales y permitir que ocupase su lugar el placer de sus instintos. A eso se refería en su carta al decirme que «es probable que al resistirme frente a las tentaciones la mía sea una actitud demasiado solemne y sin duda equivocada, y me preocupa que algún día maldiga mis prejuicios y tanta corrección, tal vez en el instante mismo en el que por desgracia se me confirme la idea de que lo que durante años le he escuchado a mis amigos no ha sido más interesante que lo que a la misma hora hacían las yeguas y los caballos en el establo, entre otras razones porque los conocimientos culturales de los que pueda presumir no harán que me sienta más orgullosa que si los hubiese sustituido a tiempo por las experiencias que tuviese que callar (…) Le he dado muchas vueltas a nuestra conversación durante la cena en el Gran Hotel, y aunque me cueste admitirlo, he de reconocer que tenías razón cuando me dijiste que hay momentos en los que lo que de verdad importa no es quien ordene tu alma, sino quien deshaga tu cama (…).  No sé si volveremos a vernos. Lo deseo y al mismo tiempo temo que suceda. A los Worcester nos enseñaron a disfrutar sin que se asusten nuestros perros. No dudo que podría sucumbir a la tentación de ese descaro del que me hablabas, pero llegado el caso, creo que te resultaría áspera y artificiosa, demasiado prudente para malograrme, y entonces te harías de mí la idea de haberte relacionado en la intimidad con alguien que por más que intente evitarlo, siempre parecerá una mujer en cuyos besos no hubiese más saliva que en el último sorbo del té».

Hay personas que se retraen de la espontaneidad en la cama porque temen que en el paroxismo del placer sexual se les desate la lengua y pueda resentirse su reputación. Personalmente no me importa reconocer que mis confesiones en la cama no fueron por lo general las más inteligentes, pero resultaron ser casi siempre las más sinceras. Un simple instante de placer puede arrancarle a un hombre más confesiones que el insoportable dolor de una docena de latigazos. El tipo rico del que hablaba al principio era de la misma opinión. Sabía que los vaivenes de la Bolsa suponían para su fortuna un riesgo menor que el de sucumbir a la inquietante tentación que representaban las mujeres. Sin duda habría preferido tener un candado colgando entre las piernas. En mi caso nunca he querido contenerme y no lo habría hecho tampoco en el caso de que Lana Worcester hiciese caso omiso de la moral genealógica de tantas generaciones de pudor y renunciase a su entereza. Por desgracia, no pudo ser. Por lo que supe luego, Miss Worcester se casó con un tipo pulcro y hervido que eclipsaba con su fragancia francesa el olor de  las orquídeas al entrar en la floristería. En vez de unirse motivados por los encantadores equívocos del amor, lo hicieron con fría determinación administrativa y evidentes fines catastrales, para unir dos propiedades colindantes en las que pudiesen liberar su galope tendido aquellos caballos de los Worcester por cuyas crines se descolgaba a veces como jarabe el flujo gomoso y bastardo de las yeguas. Una madrugada le conté la historia a una fulana con la que había hecho amistad en un burdel y me dijo ella: «Sé cómo es esa gente. Consideran una flaqueza la tentación y un pecado el placer. Necesitan los genitales secos para no resalar al trote y caerse del caballo».

lunes, 2 de diciembre de 2013

El terremoto de Agadir - José Luis Alvite

El terremoto de Agadir - José Luis Alvite

No podría negar que me gustan las mujeres. Mis dos primeras esposas fueron mujeres y mi tercer matrimonio no pienso consumarlo con un rebeco. Hubo un momento en mi vida en el que alterné con cuatro mujeres sin regatearle intimidad a ninguna de ellas. ¡Joder!, creo que sólo me levantaba de la cama para cambiar de cama. No recuerdo haberme duchado tanto en toda mi vida. Juraría que había abadejos más secos que yo. Físicamente me sentía conforme conmigo mismo, pero moralmente no dudo de que estuve mucho más cerca del delfín Willy que de San Juan de la Cruz. Llevar una vida tan ajetreada resulta agradable, pero tiene sus inconvenientes.Por lo pronto, se te deforma el andar y acabas acercándote a la barra del bar con el estilo del meláncólico y solitarario Lucky Luck. Pero hay más problemas. Y más graves. Por ejemplo, te confundes de mujer y llamas a una por el nombre de la otra. Hombre, puedes ponerle un remedio bien sencillo, pero ella nunca comprenderá por qué duermes amordazado.Hay placeres reconstituyentes, como tomar el sol, leer debajo de una higuera o practicar halterofilia con globos. Pero el placer del sexo es agotador. Puedes acabar reventado y sonámbulo. Una amiga mía me retiró el saludo porque me dormí fumando boca abajo en la cama. A ninguna mujer le gusta que la encuentren los bomberos con un búfalo en la alcoba. Lo cierto es que me sobresalté mucho y pedí disculpas. Podía haberme asfixiado. O morir quemado. ¡Caray!, a nadie le gusta despertar y darse cuenta de que está muerto. Mi amiga tenía razón. Y aplomo. Mis amigas siempre tienen aplomo. Y aquella tenía el aplomo de una mujer de cuarenta y tantos años, o sea, un incontestable aplomo como el de la Dama de Elche. Aquella fue hace algunos años. Ella estaba soltera. Ahora está solterísima.Excitar a una mujer es el sueño favorito de muchos hombres. Dice mi barman que eso de encender mujeres es una bobada. "Muchacho, a una mujer sólo podrías excitarla metiéndote en cama con una bomba de mano". Yo creo que mi barman exagera. Es un descreído. También dice que las mujeres suelen mentir porque el rictus de la mentira embellece sus ojos. La belleza del embuste es un tópico machista, como eso de que las mujeres mienten incluso cuando dicen la verdad. Seguramente hay que dar con el punto adecuado en el momento raro e irrepetible en el que en el cuerpo de una mujer confluyan Marte, la luna llena, un reintegro en los ciegos y a mayores, pase por debajo de cama el terremoto de Agadir.Nunca me preocupó la profilaxis, o sea, el condón. Ya sé que se corren riesgos, pero el preservativo es como tomar el sol en una estación del metro o como quemar las fallas de Valencia en un sótano. Un amigo periodista con el que compartí aventuras y desenfreno, pilló cosas tremendas y variadas, algunas de ellas con un aspecto que recordaba mucho la carta de una marisquería de lujo. Yo siempre fui un tipo con suerte en eso de la promiscuidad. Parece increible. Mi vida sexual fue como correr los sanfermines en un taxi.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Sudor y ámbar - José Luis Alvite

Sudor y ámbar - José Luis Alvite

Cuando relampagueó frente a Sony Liston, el boxeo metió la quinta marcha y al mundo le cambiaron las revoluciones por minuto. Ya nada será igual. Hasta entonces, el boxeo era un asunto lento, un constante deletreo de golpes, una tozudez, combates lentos y espesos que era como si se retransmitiesen por correo. Cassius Clay traía en los brazos la frase, la sintaxis del golpe, aquella bellísima mezcla de violencia y de baile que nos dejó para siempre la sensación de haber visto correr sobre el ring una exquisita manada de agua. Por sus refinadas piernas de ámbar se cernía como leotardos el sudor. Aun ahora, tantos años después de la gloria, muchacho, los golpes de aquel loco de Lousiville se estudian jaspeados entre las citas de Faulkner y Capote. La noche de Clay destronó a Liston, dicen que fue la primera vez que Dios dio la cara en televisión. El boxeo de aquel tipo era una manera de escribir. Contra Chuvalo, Mildemberger y Williams; contra Bonavena, contra Terrell y contra Cooper o London, el negro guapo de Kentucky arreaba el teletipo de sus golpes por el libro de estilo de la Asociare Press. En el rostro de Henry Cooper la sangre era autógrafos. El parlanchín de Louisville era el más guapo y el más grande; los otros, eran 'el resto', el boxeo repetitivo y sin luces, el boxeo de reparto. ¡Joder, amigo!, la noche que Cassius se proclamó por primera vez campeón del mundo, las facciones de Sony Liston eran varices. Será difícil que ocurra algo así alguna vez en cualquier parte. Incluso cuesta creer que existió Cassius Clay, aquel manantial de carne que se subió al ring y fue como si les hubiese dado a todos un repaso con un evangelio de plomo en cada mano. Ahora se estrena la película de su proeza vital y de su proeza deportiva. Y parecerá que fue un sueño, el sueño de la cereal América de entonces, cuando todavía los sombreros de los detectives movían el tiempo a hélice y en las manos de aquel muchacho de Louisville sacaba Dios sus mejores golpes, los días inocentes y lejanos, cuando Cassius no era Ali, cuando en América arrastraban el arado con un 'Cadillac' blanco.

La vida lisboeta - Elvira Lindo

La vida lisboeta - Elvira Lindo
A cuenta de la crisis, la mundial, la española, la del papel, la del sector editorial; en fin, de todas las crisis superpuestas, me he visto esta semana defendiendo el libro de papel y les confieso que me he sentido un poco estúpida ante las preguntas de algunos periodistas. Estúpida porque en vez de la enojosa defensa tenía que haber optado por responder: “mejor nos vemos aquí dentro de cincuenta años”. Pero dentro de cincuenta años yo ya no estaré (en principio), y los jóvenes periodistas de hoy llevarán tiempo retirados. El libro de papel nos sobrevivirá, y no habla mi corazón, sino mi entendimiento: es un buen artilugio, sencillo, un prodigio del diseño, se puede llevar a cualquier parte y no requiere batería o conexión. No nos deja tirados, como a menudo deja un ordenador. El mío, por ejemplo, hace unos días, fuera de Madrid. Como resultado de estos inesperados sobresaltos, pasas de cantar un día las bondades del pequeño aparato a maldecirlo al día siguiente, cuando al derramarse un té sobre el teclado la portátil monería muere llevándose consigo casi todo lo que tú eres. Alzas los ojos a los dioses de ese Olimpo presidido por Steve Jobs, y con las manos alzadas preguntas: ¿y de qué coño sirve ahora un aparato cuyos poderes son para mí algo más parecido a la magia que a la tecnología?
De cualquier manera, algo unía a Jobs con la idea tradicional del diseño: lo útil puede ser bello. Ese viejo mandamiento ha vuelto a ponerse en órbita y atrás quedan esos diseñadores ochenteros que despreciaban la confortabilidad del objeto. Por tanto, cuando defiendo el libro de papel, no me dejo llevar por una pasión romántica, aunque también las tenga, es que creo firmemente en su manejabilidad. Por otra parte, mi memoria funciona mejor cuando asocio una lectura a su particular diseño: una elegante tipografía, una buena portada, un papel agradable o las simples huellas que vas dejando como lector, hojas dobladas, subrayados, y no diré una flor seca para que no me llamen cursi. Llámenme cursi.
Mi memoria funciona mejor cuando asocio una lectura a una elegante tipografía, una buena portada...
En este mes pasado me volví loca paseando por las calles de Lisboa, que son una viva muestra de lo que quiero decir. Lisboa ha experimentado un proceso que deberíamos estudiar: más conservadores que nosotros en cuanto al respeto a su pequeño comercio, lo que hace una década podía catalogarse como rancio o fuera de época, hoy desprende un aliento cálido que atrae al visitante y sirve de referencia emocional al lisboeta. He vivido durante un mes en esas calles de La Baixa que en su mayoría tienen nombres de oficios y aún siguen haciendo honor a la razón de su bautismo. La calle Conceição es el edén de las mercerías, las tiendas de lanas, de tejidos, de manualidades, que han visto rejuvenecida su clientela una vez que la crisis ha empujado a la gente a volver a valorar lo que unas manos expertas producen y restauran. Miro los escaparates y me entran ganas de saber tejer, bordar, cortar o hacer ganchillo. Y veo que en el interior no solo hay abuelas, también ronda algún joven de barba alternativa que está aprendiendo a hacer punto. Los oficios en Lisboa han perdurado. Y el comercio es sagrado y define la ciudad a cada paso. Cada dependiente sabe lo que vende; cada camarero, lo que sirve. Y todos ellos lo hacen con una especie de solemnidad que hacen visible en el envoltorio de un producto o en la preparación de un café de Balão. ¿Es sentimentaloide lo que describo? En absoluto, es práctico, peculiar, atractivo, y esa mezcla está haciendo revivir a esta ciudad de incontables secretos muy castigada por la crisis.
Los oficios en Lisboa han perdurado. Y el comercio es sagrado y define la ciudad a cada paso

Movida por esa intención de autenticidad, una mujer, Catarina Portas, decidió reunir hace unos diez años todos aquellos productos artesanales que habían definido la vida cotidiana del país: jabones, estuches de pinturas, cerámica popular, ropa de casa, juguetes rudimentarios, cremas de manos, estropajos, galletas, conservas… No solo se trataba de volver a poner en circulación el contenido, sino el tradicional continente: los envoltorios originales, a menudo primorosos, que convertían un jabón en un objeto de regalo. Recorrió el país de punta a punta buscando esos productos que estaban conectados con la memoria sentimental de tantos pasados y dio nueva vida a objetos de pequeñas fábricas que a punto estaban de extinguirse. El resultado es una tienda, A Vida Portuguesa, que se ha convertido con todo mérito en una especie de museo vivo del comercio popular portugués. Las golondrinas de cerámica, las célebres andorinhas, que antaño adornaron las terrazas, ahora han anidado en la intimidad de los dormitorios, y las jarras extravagantes con boca de pez o de rana, diseñadas por ese genio del dibujo que fue Bordalo Pinheiro, vuelven a vestir las mesas. El resultado es que cuando una se encuentra en el interior de la tienda quisiera quedarse a dormir allí, para disfrutar el sueño de los niños, rodeada por esas maravillas que además de ser un regalo para la vista, el tacto y el olfato fueron fabricadas para su uso diario. No me mueve el sentimentalismo, sino el convencimiento de que tan solo la vieja alquimia de practicidad y belleza puede salvar el espíritu de las ciudades, para que no nos veamos convertidos en replicantes que habitamos un universo de franquicias.

Cárceles - Manuel Vicent

Cárceles - Manuel Vicent
La población carcelaria está compuesta en general por gente muy joven, grandes o pequeños delincuentes en la flor de la vida, que en su inmensa mayoría deben a la droga el haber sido devorados por el Código Penal. De hecho, si la droga se legalizara, las cárceles, hoy abarrotadas, quedarían prácticamente vacías y podrían convertirse en parques infantiles, en bibliotecas públicas, en auditorios o en casas de cultura, pero en todo caso habría que dejar algún centro penitenciario como residencia de ancianos, destinada a esos distinguidos caballeros, casi de la tercera edad, que deberían ser sus inquilinos naturales, políticos corruptos, ladrones financieros, carcamales muy refinados, que han atracado bancos desde sus propios despachos. En cierta ocasión, en la cárcel de Tenerife, después de un recuento vi entrar en el comedor la larga reata de presos en chándal y bambas, casi todos chavales capturados por la droga. Paradójicamente el último de la fila era un sesentón, muy bien vestido, quien a duras penas podía arrastrar las babuchas. ¿Qué hace aquí este hombre tan mayor? —pregunté—. “Ha emitido más de 100 cheques sin fondos” —me dijo un celador—. Eran tiempos en que un viejo como este aún despertaba cierta ternura viéndolo en la cárcel con su diseño de pobre diablo, como un pícaro estafador a la antigua entre mozalbetes marginales y otra carne de cañón. Hoy el paisaje carcelario ha cambiado. En los patios y galerías aparecen unos señorones con la papada bronceada y las cocochas bruñidas, que han llegado a la cárcel desde la cloaca de la política o directamente desde los restaurantes de cinco tenedores en cuyos reservados alcaldes y concejales han intercambiado los dientes con ciertos tiburones. El dueño de un famoso asador, que durante años ha atendido a financieros, políticos y empresarios de éxito se lamentaba: “Tengo mi establecimiento lleno de imputados. ¿Qué será de este negocio si a mis mejores clientes los meten en prisión? A este paso tendré que hacer catering para Alcalá-Meco”. Tal como vienen los telediarios habría que despenalizar la droga aunque solo fuera para dejar sitio en las cárceles a estos ancianos, mangantes distinguidos, los nuevos delincuentes encorbatados, que van a necesitar cada día más espacio.