martes, 27 de agosto de 2013

Cadáver empedernido - José Luis Alvite

Cadáver empedernido - José Luis Alvite

Como soy un fumador empedernido, no mido la vida por el tiempo sino por los cigarrillos, igual que ajusto mis textos echándole un vistazo a las colillas acumuladas en el cenicero. Si a alguien se le ocurriese calibrar la importancia de mi trabajo, yo le sugiero que en vez de preguntarse cuántas páginas he escrito, se ocupe mejor en averiguar cuántos cigarrillos me he fumado. En mi casa se sabe cuál es la habitación en la que escribo porque aunque estuviese vacía, sería la única en la que fuesen marrones las paredes blancas. Al reincorporarse al trabajo después de su día libre, el barman Tino Landeira sabía por el tabaco de la basuras cuanto tiempo había estado en "El Corzo" la noche anterior, calculando a razón de seis cigarrillos por hora, que es mi velocidad de crucero tragando humo. Algunas mujeres con las que tuve algo que ver jamás me reprochan mi vida discontinua, ni mi falta de insistencia, pero en el momento de romper me advirtieron que el dolor que pudiese haberles causado a su corazón no era nada comparado con las quemaduras que les había dejado en la cama. Mi amigo el actor Pancho Martínez fue colega de copas durante muchos años de madrugada entre el humo del tabaco en los bares de la ciudad. Una mañana nos cruzamos en una calle de Compostela y dudó si saludarme. La mañana estaba limpia de nubes y Pancho me dijo que al no haber humo entre nosotros le costaba reconocerme. Fue un encuentro un poco frío, distante, casi como de dos tipos que se hubiesen equivocado al creer reconocerse. Nos encontramos aquella misma noche en "El Corzo" y nos dimos el abrazo fraternal que nos habíamos negado apenas doce horas antes. A Pancho no le faltaba razón. Si lo has conocido en el fondo del mar, será difícil que identifiques en la calle al buzo que pasea sin su escafandra.
Se me consume el cigarrillo que prendí al empezar este texto y lo acabaré a tiempo de aplastar la colilla en el cenicero. Solo me falta añadir que la última vez que me miré los pulmones en la consulta del médico, el tipo, al saber que era tan fumador, no me dijo "tosa" para afinar en la auscultación. Se limitó a decirme: "Por su tos ya veo que es usted un fumador consumado, de modo que para auscultarle, y sin que sirva de precedente, le pediré que haga un esfuerzo para no toser". Después me presté a unas placas que el médico miró con austera indiferencia y apostilló con un comentario que me llenó de felicidad: "Supongo que lo que hay detrás de esa nube son los pulmones sorprendentemente sanos de un fumador de cinco cajetillas diarias que lleva camino de convertirse en un cadáver empedernido". Fin del artículo. La colilla es ese gusano que apenas asoma por debajo de la firma. Si esperábais algo mejor, será mejor que los busquéis en el humo. 

Aire en rama - José Luis Alvite

Aire en rama - José Luis Alvite

A veces, en el 'Savoy', echo de menos París. Estuve hace años con Lorraine y la ciudad casi se nos vuelve un vicio. En el Sena es mediodía a media tarde y juraría que no hay sitio igual y que sólo en París el peluquero te coloca la cabeza frente al espejo y te dice: "¡Voila, monsieur!; si lo desea, puedo dejarle el pelo más largo". Llevaba apenas unos días en la ciudad y aquel tipo me colocó una servilleta alrededor del cuello para afeitarme. Por un instante imaginé al verdugo de la guillotina haciendo lo mismo con el cuello de los desgraciados. ¡París! En París cuesta separar la sangre y la comida. Tienen una extraña calma, esa calma epidural que dan la Historia y un idioma que se morrea. Un tipo me dijo: "No se apure, caballero, aquí cerramos a la hora de abrir". Luego salí a la calle y me fijé en las muchachas. ¡Dios santo!, hablan con el mismo embarazado entusiasmo que si fuesen a escupir en el 'martini' la lengua de Cary Grant. Algo tienen las francesas, no sabría decir qué tienen,muchacho, pero el caso es que sólo a alguien como Jean Seberg podría quedarle bien el peinado de Lee Marvin. Pero nadie tiene a su lado una mujer como ella. He de aceptarlo con resignación: en la vida de una mujer así un tipo como yo sólo podría entrar por su fe de erratas. Tienen algo distinto, un toque especial, ese matiz que les permite convertir en canciones la ginebra y en tafetán el mármol de los cementerios. Esas mujeres tienen el útero a juego con el bolso de mano. Los labios de Juliette Greco eran obscenos y cálidos como fibromas.Nuestro último día en París, los pájaros de Orly eran aire en rama. Se cernía sobre la pista un plomizo cielo de manga larga. Nos sirvió café una amarga mujer que resultaba mayor, trágica y sentimental como si hubiese estado de azafata en el Calvario. Me dijo: "Una no es lo que parece. Pasé años en Pigalle. Fue allí donde aprendí a rezar con la vagina".¡París! Dice Ernie que en París el cáncer de garganta es un dialecto del francés.

lunes, 26 de agosto de 2013

Cunas de sangre - José Luis Alvite

Cunas de sangre - José Luis Alvite

¡Dios Santo, Al! De cuando te conocí sólo queda en mi sonrisa el escarmiento cansado de la tuya cuando me dijiste: "Esto se acaba, nena. Ya no queda nada de cuanto nos unía. Anoche comprendí que llevamos semanas durmiendo en cuerpos separados. En tus ojos hace tiempo que no hay carta para mí. Con las llaves de casa he mandado fundir una veleta". Así acabamos. ¡Fue tan breve! La noche que nos presentaron, jugabas al billar al fondo del club. Tus carambolas eran un telegrama de palomas afinadas por el cuco de tus tacadas. A veces cerrabas los ojos y sé que escuchabas en las sienes el dulce ábaco de las bolas aplaudiendo sobre el tapiz como una manada de claqué, como una crucifixión. ¡Dios Santo, Al!, yo era una muchacha de pueblo. Nunca había visto nada igual. Mear con las piernas cruzadas era lo más bajo que había caído nunca. Mi pubis era una muñeca de abedul con las anginas de amianto.El humo arropaba tu rostro. Ernie nos presentó: "No le hagas mucho caso a ese tipo. Dicen que el escape de su coche sabe idiomas". Callaste con una mano por la mitad la habladuría de una carambola. Me miraste a los ojos. La orquesta cambió de asunto. Tus ojos me pusieron el cuerpo en otra hora. Semanas más tarde me había hecho a tu ambiente y me sentía a gusto en el 'Savoy', entre toda aquella gente que le daba las buenas noches a los muertos. Fueron días imborrables. Yo aprendí a bailar en zig-zag y tú te acostumbraste a dormir ocho minutos seguidos sin apoyar la espalda contra la pared. Creí que aquello no acabaría nunca. En tu rostro la cicatriz de aquel balazo me parecía un aforismo. Decían que te desvelaba cerrar los ojos. Me despediste al pie del autobús. Amanecía. Sobrevolaba la bahía un párrafo de gaviotasaltas. Leí tu nota donde de la ciudad quedaba apenas una pandilla de luces. "Es mejor así. No podría sobrevivir en el 'Savoy' una mujer que se arregla mojando en leche su lápiz de ojos". Dicen que a veces en tus carambolas sollozan las palomas.

domingo, 25 de agosto de 2013

Interacciones y efectos secundarios - Juan José Millás


Interacciones y efectos secundarios - Juan José Millás
A ver, yo soy nacionalista cibernético como Aznar, por poner un ejemplo, es nacionalista español, y me jode que haya gente, cada vez más, que escriba Internet con minúscula. Nadie pone Portugal ni Grecia con minúscula, aunque sean unas muertas de hambre, sería un insulto para ellas, que romperían relaciones diplomáticas con los países agresores. Pues lo mismo ocurre con la Red, escrito asimismo con mayúscula, pues se dice de las dos formas, Internet y Red, igual que decimos Reino Unido o United Kingdom. Como nacionalista excluyente, valga la redundancia porque, seamos claros, no hay nacionalismos de otra clase, detesto a los putos inmigrantes que entran en Internet a curiosear, a medrar, y que lo ponen todo perdido porque, y es un modo de decirlo, tiran los papeles al suelo y no recogen las cagadas de sus animales ni las propias.
Estos hijos de perra, cuando regresan a su países analógicos de mierda, nos ponen a parir a los patriotas cibernéticos y alientan a sus gobiernos para que nos invadan en impongan aquí las cicateras leyes que rigen en su mundo. Que si derechos de autor, que si cánones, que si arbitrios, tasas, tarifas, yo qué sé, que pasemos por caja, vamos, o por taquilla, en fin, que apoquinemos. Creen que pueden, en la república de los bits, aplicar las normas medievales del reino de los átomos. Que se metan sus normas por el culo, que si para algo se inventó la Red fue para escapar de las estrecheces ideológicas del pensamiento analógico.
Así las cosas, he montado con otros colegas una patrulla de vigilancia armada que recorre cada día los principales chats y foros de nuestra república para detectar a los domingueros y echarlos a patadas. Están por todas partes, los muy hijos de puta. Ayer revisamos un foro de hipocondríacos y la mayoría de los participantes eran viejunos del mundo analógico muy preocupados por el colesterol, por la tensión arterial, por la composición de la saliva y porque no se les pone tiesa. No se les pone tiesa, pero tienen pánico al Cialis, por si los efectos secundarios. No se les levanta, que es como si no saliera el Sol, y su preocupación, no te lo pierdas, es si la pastilla les dará diarrea. ¿Se agobia alguien por los efectos secundarios de ser vasco, catalán o español? Si tú eres catalán, me cago en dios, lo eres con todas las consecuencias, no vas a andar mirando en el prospecto las incompatibilidades. Es como si un socio del Atleti preguntara, al solicitar el carné, por las interacciones. ¿Me haría daño ser del Atlético de Madrid y checheno al mismo tiempo? Váyase usted al cuerno. Nadie pregunta al médico si es compatible el paracetamol con la quimio ni la diálisis con las juanolas.
Total, que cuando tropieces en un foro con uno de estos tiquismiquis extranjeros que entran en las páginas de pornografía con más precauciones que un biólogo en una cueva de murciélagos, no lo dudes, se trata de un intruso y hay que devolverlo a patadas al universo analógico, de donde jamás debió salir. No apurarse: se asustan con nada. Les dices que eres del FBI y que tienes su ID y que los vas a acusar de pederastia o de trata de blancas y salen como conejos, jajaja, con el rabo entre las piernas (¿o eran, y ahora no caigo, los perros los que salían con el rabo entre las piernas?).
En cuanto al Gobierno, que es a lo que íbamos en el párrafo penúltimo, si Zapatero, que era un posturitas, no se atrevió con nosotros e hizo para salvar la cara aquella gilipollez de la Ley Sinde, a Rajoy nos lo comemos con patatas al menor movimiento regulador. Que ponga el IVA del cine, del teatro, de los libros o de la música a la altura que quiera, pero en el otro lado. Nosotros, al otro lado, no vamos ni de picnic, pero en este lado que deje las cosas como están o le montamos un trending topic que se caga. Ya lo sabe él que se caga, por eso Wert, que es un bocazas, de Internet habla siempre con la boca pequeña. Aquí, y a mucha honra, damos el catecismo y las hostias gratis.
Y os dejo porque estoy de patrulla y cuando estoy de servicio no me extiendo. Pero, no os lo perdáis, acabo de pasar por un foro de cobardes donde un gilipollas analógico preguntaba si es normal desear la muerte del padre. Pues claro que es normal, imbécil, sobre todo si se trata de tu padre, ¿no ves que de tal palo tal astilla? Lo dicho, esta gentuza atraviesa la frontera como el jubilado USA cruza a México para echar una cana al aire. Y esto no es México, amigos, esto es Internet, un territorio libre, cuyos principios fundacionales, tan vigentes hoy como el primer día, estamos dispuestos a defender hasta donde sea preciso. Así que, señores analógicos, dejen ustedes de tocarnos los cojones o les metemos por el culo una ráfaga de bits envenenados.

Samantha Lee - José Luis Alvite

Samantha Lee - José Luis Alvite
  
La noche que la conocí, Ernie me echó una mano. Jamás había cenado algo tan exquisito en el 'Savoy'. En un aparte le pregunté al cocinero qué había hecho para mejorar tanto la calidad del menú. "Nada especial, muchacho: lavé la vajilla". Samantha Lee había estado casada con un fulano al que no le cabía la cabeza en el cráneo. La chica estuvo unos días actuando en el 'Savoy'. No cantaba gran cosa pero sus labios eran muslos. Sonreía como si cruzase las piernas por delante de la garganta. Él se llamaba Jess Mancuso y amañaba combates de boxeo: "Ya sabes, Ernie, con las apuestas 10 a 1 encontra, el tipo asmático de las gafas graduadas tumba en el quinto asalto al gigante al que las orejas le quedan como los tiradores a un féretro". Y eso -el dinero fácil- fue lo que encandiló a Samantha Lee, que de economía sólo sabía que "lo malo del dinero es que sale caro". La noche que la conocí en el 'Savoy' empezaba a aliviar el luto de su vestido. Jess Mancuso había sucumbido en el incendio de su mansión en Staten Island. Un fuego pavoroso lo había quemado todo. Chester Newman escribió en el 'Clarion'. "Los bomberos no recuerdan nada igual. En la mansión de Mancuso incluso se quemó el fuego de la chimenea". Samantha Lee llegó cuando de la casa sólo quedaban los restos humeantes. Aquello era irreconocible. La identificación de su marido sólo fue posible porque, según la Policía, "era el único mueble capaz de sostener un cigarro en la boca". Samantha quedó ligeramente postrada. Luego se cepilló el pelo y pareció más animada. A los bomberos les plantó una denuncia porque le habían puesto pingando la piscina. ¡Samantha Lee! Cuando la conocí le quedaba la voz justa para anunciar su retirada. Y la última noche que cenamos en el 'Savoy', me dijo: "En el fondo fui una estúpida, Al, cariño. Me gasté todo el dinero de Jess Mancuso en pagarle al tipo que me enseñó a contarlo".

sábado, 24 de agosto de 2013

Jarrita marrón - José Luis Alvite

Jarrita marrón - José Luis Alvite

Esto toca a su fin. La guerra se acaba. Los rusos están a las puertas de Berlín y el teniente Torrance ordenó planchar las banderas y extender sobre los tanques manteles para el desayuno. Por las tiendas alguien corrió anoche que ya están camino de primera línea el barman y las sombrillas. Será una broma pero dice el teniente que en el último bombardeo sobre Francia nuestros aviones soltaron a partes iguales bombas y palomas. Huele a blusas el aire sobre Europa.Echaré de menos todo esto, muchacho, incluso echaré de menos tanto dolor. El alma humana lo relativiza todo y todo lo da por bueno si consiguió superarlo. Todavía resuenan en mis oídos las blasfemias de Patton diciendo que el éxito en la guerra consiste en avanzar como si huyeses. Fue un tipo duro ese maldito hijo de perra, muchacho, pero te curas de espanto y ahora mismo tengo la sensación de haber visto al general Patton recorriendo Europa de pie sobre el 'jeep' con una tiza y un puntero. La noche anterior a que le relegase Washington, se acercó a mi hoguera sin mirarme y dijo: "Muchacho, un día comprenderás que para un soldado el final de la guerraes como hacerte mayor y dejar la escuela. Hemos visto caer a muchos hombres, y de tanto cavar, al sepulturero le llegan los brazos al suelo, pero te juro, hijo,que para un tipo como yo, la guerra fue el único internado que pude soportar". ¡Qué tipo, George! Nadie le vio llorar, pero un asistente suyo me juró haber encontrado lágrimas en las heces de Patton.Tiene razón el teniente Torrance. Esto se acaba. Me he pasado dos años a unas cuantas curvas de casa pero el olor de la artillería entre las cepas, las campanadas de los pueblos y haber bailado 'Jarrita marrón' con los compañeros de barracón, también eso, todo eso, es mi hogar.Y un día recordaré estos años como si hubiese recorrido Europa pasando a lápiz los muertos. Dicen que al soldado Mitchell le repatriarán sus piernas envueltas en papel de regalo.

viernes, 23 de agosto de 2013

Esto es odio - David Gistau.



Esto es odio - David Gistau.

Nunca, ni con etarras, fue posible ver que un hospital expresara así rechazo a un paciente con la salud comprometida.
No hace tanto tiempo, durante las conversaciones informales en el Parlamento, los diputados confesaban temor a que llegara un momento en el que no pudieran acudir a una tienda o a un restaurante sin ser molestados. La política ya era un oficio sin prestigio social, ajeno al brillo fundacional de los personajes de la Transición, y los que lo ejercían se iban resignando a una pérdida de espacio vital perfectamente anticipada por la sensación de asedio que imponían las vallas policiales alrededor del Congreso. Las vallas trazaban la frontera al otro lado de la cual regía la inminencia de la revancha. O, al menos, ésa era la creencia que infundía el miedo.

Los indicios no anunciaban desapego, sino rabia, una pulsión feroz que volteaba los desencantos en que estuvieron basados los movimientos pendulares de la alternancia. La extrema izquierda parlamentaria y muchos comentaristas de prensa, más o menos inflamados por un sesentayochismo redentor con el que se veían fotogénicos, azuzaron el nihilismo con una idea volátil. La culpa de la crisis debía concentrarse en los políticos profesionales. El resto de la sociedad no sólo era inocente, sino que a cualquier masa popular, por el solo hecho de serlo, se le concedería por sistema una suposición de superioridad moral. La debilidad de los políticos consistió en aceptar esto. Algunos intentaron hacerse indultar mediante el populismo y el intento contradictorio de formar parte al mismo tiempo de los dos lados de la valla. Otros, simplemente, se escondieron, dejando desguarnecida la defensa institucional. El colapso afectó a todo, desde la Corona hasta los diputados de base que eran pasados por la quilla en las redes sociales. Inmediatamente después, la palabra escrache fue implantada en nuestro vocabulario cotidiano.

Ahora nadie convoca para un asalto final del Parlamento, como al inicio de la legislatura, cuando el triunfo de un partido de derecha abolió las pocas contenciones que pudieran quedar. Cuando la mayoría absoluta sugirió a la izquierda dura intentar apropiarse de soluciones extra-parlamentarias que habían surgido al margen de las siglas. Sin embargo, el accidente de Cifuentes revela que esa masa a la que se concedió infalibilidad ya ha llevado su odio a unos extremos de crueldad y deshumanización del político que se parecen a aquellos en los que el terrorismo se vuelve tolerable. Habría que evocar las más oscuras sentinas batasunas de los años de plomo para encontrar otro ambiente en el que una muerte, o la posibilidad de una muerte, fuera motivo de semejante festejo. Que incluso los empleados del hospital donde está ingresada Cifuentes se manifiesten en términos parecidos demuestra hasta qué punto el rencor ideológico ha banalizado la desgracia ajena. Nunca, ni con psicópatas, ni con etarras, fue posible ver que un hospital expresara así rechazo a un paciente con la salud comprometida. Nunca antes, además de sus lesiones, se diagnosticó la militancia política del herido como algo que concierne a sus cuidadores. Es un espectáculo ignominioso que retrata cierta degradación colectiva que será difícil de reparar, y de la que en buena parte son cómplices todo aquellos que atisbaron en el odio una oportunidad de hacer política por otros medios. Lo peor es que en ninguna parte se intuye la existencia de una nueva energía institucional que sea capaz de contrarrestar esta inercia destructiva que se potencia a sí misma con el salvoconducto de la izquierda.

Joven jugador de Wii agredido sexualmente


Joven jugador de Wii agredido sexualmente

Descuidar la retaguardia es uno de los peores errores que se pueden cometer jugando a cualquier FPS. Especialmente con la Wii, sin un respaldo de silla que te proteja.

Atención, las imágenes que vienen a continuación pueden herir su sensibilidad.

El quirófano de la risa


El quirófano de la risa

¿Hay algo más humillante que explicar en un hospital que "accidentalmente" un enorme bote de desodorante se ha introducido por tu ano?

Pues si llegas así a un hospital de Manila, en Filipinas, te puede pasar algo mucho más bochornoso: convertirte en el centro de atención de una juerga descomunal, con risas, fotos, videos, chistes y un montón de gente (diría que hasta personal de limpieza hay por ahí) sin perderse detalle y jaleando al cirujano.

El vídeo está trufado de momentos increíbles: Gente haciendo fotos con el móvil a pocos centímetros, gritos de "¡ya salío el bebé!", "¡bravo, bravo!" y el cirujano descojonándose y destapando el bote para rociar al personal. En el Daily Telegraph explican más detalles.

Yo me pregunto si este tipo de intervención se hace con anestesia total, o parcial. Porque si el pobre paciente estuvo consciente durante esos minutos, es para levantarse, coger el bote y metérselo por ahí al primero que coja.

Aviso que el vídeo puede herir sensibilidades, pero si te animas a verlo, no olvides conectar los altavoces.

Cirujanos filipinos extraen entre risas un bote del orto de un paciente

Pensó que lo peor que podía pasarle era haberse metido aquel bote de desodorante por el ano en un momento de pasión. Se equivocaba. Creyó que explicar los síntomas a los médicos de urgencias del hospital de Manila al que acudió a extraerse el objeto sería la situación más humillante de su vida. Y volvió a equivocarse. Lo que nunca imaginó el sufrido paciente es que, salvo el cirujano al mando, todos y cada uno de los miembros del quirófano iban a grabar –entre risotadas- la operación con sus teléfonos móviles y al menos uno la colgaría en Internet.

Lo que no calcularon los crueles doctores es que Mundo Insólito estaría ahí para narrárselo al mundo.

El paciente, de 39 años, fue operado el pasado 3 de enero, después de una fiesta de Nochevieja más divertida de lo previsto en la que ligó con otro hombre. El paciente no recuerda cómo el bote de desodorante llegó a su recto, pero no parece haberle hecho gracia la exclamación de “¡Ha salido el bebé!” (minuto 1:56) del personal médico, de modo que ha denunciado a los más de diez profesionales (es un decir) allí presentes.

El presidente de la Asociación Médica Filipina, José Sabili, ha ordenado una investigación por violar la ética médica y ha anunciado que puede concluir con la retirada de licencias de ejercicio médico.

AVISO: Las imágenes de este vídeo pueden herir su sensibilidad (amén de colaborar al oprobio y la mofa del sufrido paciente).


La chuleta - José Luis Alvite

La chuleta - José Luis Alvite

Dice Ernie que las mujeres tienen que dar disgustos y que la comida tiene que dejar manchas. El 'Savoy' no se distingue precisamente por una sofisticada carta internacional. También es cierto que la clientela no es la más refinada del mundo y que al paladar de algunos de los muchachos le cuesta distinguir entre una chuleta y una silla de montar. Falta clase, sofisticación, idiomas, en la mesa del club de Ernie Loquasto, pero nadie duda de que el género es de la mejor calidad. Las chuletas del 'Savoy' son grandes y expresivas y con un par de frunces podrías hacerte con ellas un juego de máscaras de Edward G. Robinson. Dice Larry el pianista que en los momentos de más terrible soledad de madrugada en el club, recuerda haber encontrado consuelo en la rotunda carne cocinada por Jake Morandi. "Te quedas mirando aquel pedazo de carne, muchacho, y no sabes si comerla o sincerarte con ella". A Larry, como a los muchachos, lo que le gusta es llevarse a la boca algo denso, sabroso, abundante, que se sepa que estuvo vivo y que tuvo familia. "Ya sabes, Al, una de esas chuletas que tienen parecido con alguien, la carne de siempre, la receta eterna, uno de esos enormes trozos de carne que bien se merecen llevar tu apellido".Ernie detesta las vanguardias. Dice que no hay vanguardia como el pasado, sobretodo a la hora de comer. Una de las veces que cenamos en un sitio de moda, le dijo al maitre: "Muchacho, todo esto está muy bien de color. Pero nosotros estamos anticuados y no solemos masticar pintura, así que, si no te importa, amigo, llévate el tebeo y tráenos para cenar un pedazo de carne al que le quede justa la pamela de Peggy Lee".A Ernie le gustan los matrimonios que empiezan mal y la carne vuelta y vuelta"y esas mujeres crudas a las que miras a la cara y tienes la sensación de haber visto por una vez en la vida un rostro de cuerpo entero".

jueves, 22 de agosto de 2013

Prensa - José Luis Alvite

Prensa - José Luis Alvite

En la vida los grandes cambios casi nunca son morales, políticos o sociales, sino tecnológicos. De los refrescos lo que cambia con los vaivenes del mercado no es el sabor, ni la fórmula, sino el envase y la publicidad. E igual ocurre con el periodismo, que tendría que consistir en contarle a la gente las cosas que se supone que le ocurren. La gran conquista del marketing periodístico no suele ser el contenido sino el regalo. Algunas cabeceras lo que le ofrecen de ventaja a sus lectoresno es un articulista distinto, original, sino una cubertería o una faja para las hernias. Por eso ahora la prensa, que era un místico producto alado, casi ornitológico, se vende ahora en un formato que nunca le fue muy propio: la bolsa. Seguramente la próxima gran conquista de la prensa no sea un ordenador más rápido, ni un columnismo insospechado, sino las asas para la bolsa. Un periódico en el que estuve algún tiempo lo único que cambió en sus estructuras fue la máquina del café. Muchos lectores desistieron de los contenidos para quedarse con las ofertas. Lo que interesa de algunos periódicos no son sus noticias o sus opiniones, son sus regalos. Cualquier día un avispado editor da la última vuelta de tornillo ofreciendo en el quiosco un periódico y tres cuartos de pollo. Entonces ya no se requerirá formación específica como lector, sino preparación física bastante para llevarse a casa los cien gramos de papel y la sopera. Y la prensa, Dios Santo, se habrá convertido en menaje del hogar.Nos quejamos de que en España se lee poco pero lo que promocionamos por encima de la lectura es el ajuar. Un día de estos la gente acudirá a los quioscos para comprar la leche. Y así las cosas, muchacho, lo que quedará de la vieja prensa no será el hondo sabor de su pensamiento, sus contenidos o el peculiar olor de la tinta no, ni siquiera el residuo de sus heroicos sufrimientos. El editorial del periódico será entonces el código de barras.

miércoles, 21 de agosto de 2013

El loco - José Luis Alvite

El loco - José Luis Alvite

Amigo Al: Tanto tiempo después de haber entrado en este maldito manicomio, tengo la trágica sensación de que empiezo a acostumbrarme. Mi organismo se ha hecho resistente a los tratamientos y mi espíritu soporta el ostracismo. Desistí de quitarme la vida. El veneno me engorda y he vencido por fin la tentación de saltar al vacío. He aprendido que la libertad no consiste en correr a lo largo sino en correr por dentro, en ser un atleta interior, un fondista del pensamiento. Estos hijos de perra pueden imponerte el pijama pero no los sueños. Ahora comprendo que soy libre para estarme quieto entre mis propios brazos. Por las noches me entregan todavía una novela terapéutica pero no hago caso, así que los enfermeros acabaron por aceptar que alguien como yo mejora mucho si lee con la luz apagada. Y en cuanto a la autoestima, es otra cosa totalmente relativa, amigo. Antes aspiraba a salir en la primera página de un periódico recogiendo un premio o confesando un asesinato, pero con el tiempo he comprendido que el destino publicitario de algunos hombres es salir en el recibo de la luz. Estos tipos me dieron tantas descargas en estos años, muchacho, que si pudiese flirtear con una señora, tendría que advertirle que lo nuestro no sería formar pareja sino hacer masa. Con el voltaje que me sacuden periódicamente, me siento ligero como un telesilla. Recuerdo que de niño mi madre me insistía en la luz del alma. Con el tiempo descubres que lo que llevas dentro, muchacho, es el contador de la silla eléctrica. ¡Y qué importa! El electricista del manicomio me deja extenuado. Creo que el cansancio es la única cordura que me puedo permitir. También podría morirme para alcanzar la lucidez de la posteridad. Pero la muerte me interesa poco. La muerte sólo sería una buena excusa para llegar tarde al electroshock.

Perro de leña - José Luis Alvite


Perro de leña - José Luis Alvite

Como si quisiese saldar una deuda afectiva que tengo con ella, ayer le dije a mi querida Ana Serrano que el día menos pensado nos reuniremos a cenar en cualquier restaurante entre la niebla y la bruma, «y estaremos el uno frente al otro, y tan cerca, que nos separarán apenas el tictac de los relojes y la llama de la vela». Ella se sorprendió mucho de semejante arranque y dijo que no creía haber dado motivo alguno para que me fijase en ella pensando en esa cena. Ana Serrano nunca sabrá lo importante que ha sido y sigue siendo para mí. Sus pies pisan a seiscientos quilómetros de donde pisan los míos, pero yo sé que jamás pierde de vista mis huellas y está pendiente de que mis pasos no pierdan el rumbo si por lo que sea les vence de repente el sueño. A una cena como la que le debo a mi querida Ana Serrano tendría que haber invitado a una muchacha a la que conocí en el otoño del 93 la primera vez que me senté sobre el regazo de mi cadáver en un banco de madera del sanatorio psiquiátrico de Conxo. Vestía como si ella misma se hubiese maniatado frente al espejo del baño y se paseaba muy nerviosa de un lado para otro del maldito pasillo, como si le quemase los pies el suelo. Se detuvo, caminó cuatro pasos hacia mí, y con su aliento en la foto finish del mío, me dijo: «Supongo que te preguntas por qué cojones camino de un lado para otro a tanta velocidad. ¿Quieres saberlo, colega? Pues te diré que camino de un lado para otro a tanta velocidad porque por muy abajo que haya caído yo, me jode que llegue todo el polvo al suelo». No dije nada. Yo estaba en lo mío y fumaba tanto que el humo se me amontonaba como la lana a una oveja. La muchacha dio otra carrera recogiendo en el miriñaque de sus aspavientos el polvo entreverado por la luz de las ventanas del sanatorio y regresó a mi lado con una pregunta: «¿Tú también te has escapado de la calle?». A veces creo que es por aquella muchacha por quien lloro cuando lloro sin motivo. Aquella mañana, mientras esperaba sentado en aquel banco de madera mordisqueado por la termita de la luz eléctrica, escribí en un pedazo de papel: «Me ronda una muchacha husmeante y nerviosa que yo creo que se sostiene sobre el esqueleto de su perro muerto».

Ahora estoy mejor que cuando conocí a aquella muchacha cuyos pies hacían ladrar como a un perro de leña el suelo del psiquiátrico. Y sin embargo, ¿sabes, Ana Serrano?, sin embargo, sé que necesito esa cena con bruma y nubes bajas, aunque sólo sea porque quiero saber qué se siente al compartir contigo en la penumbra el gótico aliento destemplado de la posteridad mientras la flácida llama de cera se ahorca estilizada en la vela. (A la dulce Naría Lucía, para que no se arrodille ante la muerte).

martes, 20 de agosto de 2013

La lencería y la Biblia - José Luis Alvite



La lencería y la Biblia - José Luis Alvite

A cambio de una buena suma de dinero una mujer le propone a su amante que asesine a su marido. “Si es tanto lo que me deseas, no dudarás en hacerlo —le dice— porque ambos sabemos que lo que de verdad estorba nuestros planes no es la mala conciencia, sino mi matrimonio”. Antes de que su amante abriese la boca, ella lo me- tió en un callejón sin salida: “Mi marido no dudaría en acabar con- tigo si le contase lo nuestro. De to- dos modos habrá un muerto en es- ta historia. En tus manos está la in- mensa suerte de que puedes ele- gir”. “¿Y si un día dejamos de amarnos —preguntó él— y decidi- mos romper? ¿Qué harás entonces, nena?”. “Cuando falle el amor nos quedarán intactas las responsabili- dad y la culpa. El remordimiento impide que podamos perder al mis- mo tiempo la cabeza y la memoria. Podrás repudiarme como esposa, encanto, pero siempre me necesi- tarás como coartada. Los hijos atan mucho. Y en esta historia nuestro hijo será el cadáver de mi marido. Ser padres de un cadáver de nues- tra edad no va a despertar mi ins- tinto de maternidad, pero, créeme, tiene la ventaja de que un muerto aligera mucho los gastos de ma- nutención. Los difuntos se confor- man con cenar cualquier cosa fría”... Eso me contó la enfermera Laura Sarandeses. Nunca supe có- mo seguía la historia porque ni ella misma tiene el menor interés en re- matarla. Ni siquiera me confirmó que se trate de una historia real, aunque por su tono de voz parece estar reviviendo algo que realmen- te sucedió. Yo creo que a la seño- rita Sarandeses le habría gustado ser una mujer pillada entre dos hombres, unida a uno de ellos por un sacramento, y al otro, por una pasión. A veces se queda ensimis- mada mientras habla y me parece ver en sus ojos ese inquietante des- cuido que en las mujeres nunca se sabe a ciencia cierta si es un recuer- do, un sueño o una maquinación. “¿Crees que el instinto debe supe- ditarse al deber? En la berrea de los ciervos los machos se matan entre ellos para poseer a la hembra. ¿Por qué nos empeñamos los seres hu- manos en corregir a la Naturaleza? ¿Con qué derecho metemos los rí- os por el grifo?”. “Sinceramente, no lo sé, señorita Sarandeses. Quiero suponer que...”. “No su- pongas nada. Yo necesito solucio- nes y las suposiciones en realidad sólo sirven para cambiar de duda. Dime, ¿matarías por mí?”. Pensé si sería un test y miré a los lados con un gesto automático y superfluo, como cuando al ponerle la fecha a un cheque el cliente del banco mi- ra la hora en el reloj de la pared. Laura Sarandeses seguía con la mi- rada perdida pero sus conjeturas no se habían desviado un solo ren- glón: “Matarías por mí si de verdad me deseases. Frente al desafío de una pasión arrolladora, un hom- bre sólo puede ser una asesino o un cobarde. Me considero una mujer equilibrada, sensata, razonable, in- cluso un ser moral, y sin embargo... algo en mi interior me dice que jamás podría enamorarme de un hombre cuya mirada limpia no es- condiese algo verdaderamente inconfesable.
Que un hombre rico te regale una pulsera de diamantes es natu- ral, casi aburrido. Lo que estreme- ce es la idea de que tu amante te proponga matrimonio regalándote un humilde anillo robado”. “Tra- to de seguirla, señorita, pero...”. “¡El amor! ¿Y qué demonios es el amor? Dime, ¿qué es el amor en realidad? Es lo que queda cuando se esfuma la pasión, el bagazo que resulta de pisotear las uvas. Pref ie- ro la pasión, el impulso, hasta prefiero la furia. Pero soy Laura Sa- randeses, la enfermera jefa del manicomio, tu señorita Sarandeses, la eterna chica de pueblo que consi- deraba pecado apretar las piernas al pensar en Dios. Nadie mataría por mí. Ni tú mismo lo harías, aun- que estuvieses loco de remate. Puedo soportar la idea de no haber sido madre y acepto no haberme casado, pero, ¿sabes?; no me importaría haberme cruzado en el camino de un hombre dispuesto a liquidar a mi marido a cambio de quedarse conmigo. Haría lo que fuese por conseguirlo. ¿La con- ciencia? ¡Bobadas! La conciencia es un sentimiento pusilánime, una antigualla moral. Me ataría a un hombre sin escrúpulos. Le retendría a cualquier precio, aunque ese precio fuese perdonarle la vida, a cambio de que un disparo de su pistola me librase de la abu- rrida vulgaridad de un marido ordinario. Puede que con el tiempo ese hombre dejase de amarme. Una cuenta siempre con eso. Un crimen une más que un hijo. Aun- que los poetas digan lo contrario, lo cierto es que en la duración de una pareja el amor suele ser me- nos determinante que el chanta- je”. “¿Y cómo acaba la historia que me contó al principio, señori- ta Sarandeses?”. “Lo dejo en tus manos. A ti te corresponder de- cidir si eres uno de esos hombres en cuya conciencia la Biblia pue- de menos que la lencería”...

El Holocausto - José Luis Alvite

El Holocausto - José Luis Alvite

No conviene dejarse llevar por el pesimismo. Una vez que lo hice acabé en el diván del siquiatra comiendo turrón de ansiolíticos. Juraría que fueron los días más terribles de mi existencia. Quería recuperar mis ilusiones pero no podía. Mi sueño recurrente era soñar que era insomne. No le veía sentido a mi vida. Revisados ahora, mis textos de entonces parecen escritos con el bombo de la lotería. Estaba desesperado. Me abrumaba la sensación de haberme mudado a un piso que daba al interior de otro piso. Lo más consistente de mi maldita cabeza era la foto del carné. Se me ocurrió pensar que un tipo así sólo podría suicidarse disparándose en la cabeza una bala anticaspa. Leía con la luz de la nevera y bebía leche gris. Una fulana con la que compartí algunos de aquellos días cocinaba a veces para mí y como era muy realista, me decía "cómete eso antes de que cicatrice". Había tanta mierda en la vajilla que un día le sugerí que probásemos a limpiarla con goma de borrar. ¡Joder!, parecía la loza del Holocausto. ¡Buena chica! ¡Excitante mujer! Recuerdo que al andar le blasfemaban las medias en la becerrada de sus muslos. En cama era un soplete. Sudaba guiso de jibia. Por la mañana el catre parecía un accidente de aviación. Me olía a pies la pasta de dientes. No sabría cómo explicarlo pero el caso es que iluminó mi vida en los peores momentos de mi existencia, aunque recuerdo que durante la cena siempre me dio la surrealista sensación de que aspiraba inútilmente a ser una refinada mujer del mundo, una de esas mujeres que fueron a Harvard para aprender que es de mal gusto comer con la boca llena. Fue ella quien una madrugada me dijo: "Tienes que centrarte, cielo. El aire no tiene aceras". Fue como escucharle a Rocío Jurado una copla de Leibniz. No hice caso. La subestimé. Estoy arrepentido. Fui injusto. Creí que el techo cultural de aquella fulana era el almanaque de un chapista. Lo cierto es que su pelo era la librea del aire.

Tomar Gibraltar - David Torres



Tomar Gibraltar - David Torres
Lo de tomar Gibraltar está en la agenda no sólo de los gobiernos españoles de cualquier credo y color, sino en la lista de los reyes magos de todos los españolitos de a pie, a poco españolito que se sea. Lo que pasa es que, una cosa por otra, lo vamos dejando, lo vamos dejando y así no hay manera de tomar un peñón ni de tomar un coñac ni de tomar nada de nada. Un español que se precie siempre tiene la invasión de Gibraltar en mente, un poco por delante del propósito de adelgazar y un poco por detrás del partido del domingo, casi a la par que la victoria en Eurovisión, que es como lo de Gibraltar pero en plan artístico.
El peñón está ahí como la vecina del quinto, visible pero inaccesible, gorda pero apetecible, con sus rulos en el pelo y sus bragas mojadas en las cuerdas de tender la ropa, banderas enemigas ondeando al viento. Con Gibraltar los españoles hacemos examen de conciencia y sacamos del baúl de la memoria histórica no sólo al Cid, a don Pelayo y al Gran Capitán, sino al José Luis López Vázquez que todos llevamos dentro. Cuando uno reflexiona en serio y se pregunta para qué molestarse, suele quedarse un momento estupefacto, pero si es español de pura cepa, enseguida reacciona y da con la respuesta exacta: aunque sea para follarse un mono, coño. El agravio gibraltareño es una muesca añadida a los huesos de Atapuerca, un estado carencial, una lasca del ADN peninsular, un gen específicamente hispánico, lo mismo que la eñe, la cual está tomando por asalto esta página. Desde que ganamos el mundial de fútbol sólo nos queda la invasión de Gibraltar para cumplir nuestro destino como nación y extinguirnos a gusto como especie.
Como será de grave la cosa que Mariano ha interrumpido sus vacaciones para hablar por teléfono con Durao Barroso doce minutos, no sabemos si en español, en portugués, en gallego, en inglés por señas, en llanito o en el lenguaje gestual de los simios. Habría estado bien oír la conversación, aunque con un poco de suerte Durao Barroso la ha grabado en el móvil, como hizo Bárcenas con sus mensajes de ánimo: al final nos enteraremos que en realidad fue un diálogo de emoticonos. Un par de emoticonos son suficientes para expresar la angustia mariana ante el dilema gibraltareño y a Cameron, para responder, le basta con enviarle por uasap a Mariano una mierda con la Union Jack.
Lo mismo el presidente se ha explicado mal y ahora a la delegación comunitaria se le va la mano y empieza a controlar la contabilidad falsa del paraíso fiscal de Génova. En cualquier caso, que Mariano haya interrumpido durante doce minutos su bartola gallega y su footing a lo George A. Romero da una idea de la intensidad de su preocupación patriótica. Un poco por delante del propósito de adelgazar y un poco por detrás del partido del domingo.

domingo, 18 de agosto de 2013

Una fábula de esopo - Fernando Sánchez Dragó



Una fábula de esopo - Fernando Sánchez Dragó
UNOS TANTO y otros tan poco. Leí el miércoles que una empresa surcoreana ha decidido poner dodotis a sus empleados para que no conviertan el horario laboral en un queso de gruyère yendo y viniendo del tajo al váter. No doy excesivo crédito a la noticia, chusca a más no poder, pero cuando el río suena... En Japón trabaja la gente, por gusto y sin retribución alguna, muchas más horas de las que estipulan sus contratos y a nadie se le ocurre tomar más de cinco días de vacaciones al año. Los chinos, ni les cuento. Los norteamericanos gozan (pues gozo es para su nivel de vida) de despido libre, una box para almorzar in situ y un par de semanitas de holganza, como mucho, entre el 1 de enero y el 31 de diciembre. A los alemanes les quitan el móvil al llegar al curro para que no charlen con las novias y los amigotes. Es –todo lo dicho– un estilo de vida. Aquí, en España, llega agosto (y aunque no llegue, porque todo el año es carnaval, como dijo Larra), y las playas se llenan mientras las ciudades se vacían, las tiendas echan el cierre, los funcionarios sestean, las carreteras se colapsan, los políticos practican el senderismo, los grifos de cerveza de los bares no dan abasto, las discotecas parecen vagones de metro en hora punta, el mar se esconde bajo una aceitosa capa de filtros solares, los telediarios entrevistan a señores con michelines y señoras con celulitis que nos informan acerca de lo fresquita que está el agua, los jóvenes aúllan frente a las cámaras como las huestes de Caballo Loco alrededor del campamento del general Custer y el país –¡durante todo un mes, al que luego se sumarán los fines de semana (que empiezan el viernes a mediodía y terminan el lunes a las tres de la tarde), las navidades, la pascua, los puentes, las vacaciones blancas, las fiestas patronales, las bajas por el síndrome postvacacional, las depres de los trabajadores, el cafelito de media mañana y los cigarritos cada veinte minutos!– se transforma, para desesperación de la Merkel, en un continuo jijí, en un constante jajá, en un programa de telecirco, en unas manitas de mus, en una hilera de tumbonas... Muy bien. Es otro estilo de vida. En su derecho están las cigarras a cantar cuanto quieran, pero con una condición: que no se quejen, que no pidan limosna, que se resignen en vez de indignarse... ¿Cómo diablos van a salir de la crisis si a lo único que aspiran es a irse de vacaciones?

Dos baladas - José Luis Alvite

Dos baladas - José Luis Alvite

Sé que no voy sobrado de tiempo, y que si quiero dejar algo para la posteridad, habré de renunciar a escribir mis obras completas con una máquina de coser. En el 'Savoy', muchas madrugadas soñé ganar el 'Planeta' si el 'Planeta' fuese tóxico y si los otros aspirantes escribiesen con un tiro en la sien. ¡A la mierda la gloria! A estas alturas de la vida, uno ya sólo hace planes para el pasado. Aguanto madrugadas enteras sin ir a la cama, y en el mórbido éxtasis del agotamiento juraría que incluso veo doble la oscuridad. ¿Y qué importa? A fin de cuentas, uno empieza a convencerse de que lo mejor que puede hacer en la vida es comprarse unas gafas de cerca con las que buscar las gafas de lejos y mirar al otro lado del río el miriñaque de los rascacielos en la varicela de la noche encendida. La vida sólo puede ir a peor, y así las cosas, muchacho, es un consuelo recordar que la cumbre de tu fotogenia la alcanzaste a los doce años y que aquella luz en tu rostro no era el talento, la premonición o la santidad, sino una mata de lombrices. ¡Qué cosas tiene la luminotecnia del ser humano! Aquella luz de los doce años sólo la vas a encontrar otra vez en tu faz cuando descubras que ha empezado a tirar en tus ojos la tiza de la muerte, y que en tu rostro lo único que grama no es la señorial elegancia de la madurez, sino el demacrado crustáceo de la quimioterapia, el hule con el que llega calladito el viático. Y entonces recordarás lo idiota que fuiste diciéndole a una mujer las frases que habías pensado para otra. Así son las cosas, amigo: le hiciste al oído cuatro párrafos a la única mujer del mundo que lo único que esperaba de ti era una pulsera y un 'martini' haciendo tiempo en Tiffany's.
Una noche te sacará la lluvia en una curva. Y con un poco de suerte, muchacho, el macramé del frenazo dejará sin firma en el asfalto la letra de dos baladas.

sábado, 17 de agosto de 2013

Tipos - José Luis Alvite

Tipos - José Luis Alvite

Al escuálido Giácomo Fidanza, el traje le sentaba como una carpeta. Su rostro era hielo encuadernado. Años atrás, un cirujano amigo de Ernie le había reparado la mandíbulareforzándosela con el tirador de un féretro ¡Dios santo!, la mirada de aquel tipo te echaba diez años encima. Los días de tórrido calor en el cereal verano de la ciudad, Giácomo Fidanza sudaba resina. Apenas se inmutaba. Alguien como él se tomaría tres disparos en el vientre como un cumplido. Fue Lorraine Webster quien me dijo una madrugada: "No me gusta ese tipo, Al. No me infunden confianza los tipos cuya sonrisaes como si le tirasen los puntos de fimosis".Cuando le conocí, Giácomo Fidanza alternaba en el 'Savoy' con Jeff Marauder y con Rebeca Labelle, una ex actriz que arrastraba del cine mudo la desagradable costumbre de sorber las frases con los mocos. Jeff era treinta años más joven que Rebeca, pero le ayudaba a derrochar las sobras de su fortuna dándole a cambio unos cuantosrevolcones en los que se sentía "como si estuviese profanando el Cementerio Nacional de Arlington". ¡Jeff Marauder! Presumía de escritor cinematográfico, pero en realidad sólo había hecho incursiones en un par de películas sucias en las que el actor principal era un pene. El tipo venido de la costa nos dijo que la mayor proeza literaria de Jeff Marauder había sido escribirle los jadeos a José d'Alessandro para una película de Paul Morrisey.La última vez que estuvieron Rebeca y Jeff en el 'Savoy', cenaron a nuestra mesa con Harry Pallantine, un tipo tan poco memorable que los camareros intentaban cobrarle cuatro veces la misma cuenta. Aquella madrugada, Harry le dijo a Rebeca: "Me gustaría saber tu secreto para conservarte tan vieja, nena". Ella guardó silencio. Harry era demasiado gris como para reparar en él. En Harry Pallantine, incluso la calva parecía postiza.

Artie Stanton - José Luis Alvite

Artie Stanton - José Luis Alvite

Espalda de matrimonio y un par de manos que parecían equipaje, eso era a simple vista Artie Stanton, un tipo de dos en fondo que había amasado una fortuna contándolesu vida entre las piernas a las señoras que acudían a desovar sus cálculos renales enlos balnearios entre Savanah y Charleston. La simétrica geometría de su rostro poseíaesa belleza capicúa de los elegidos. "Artie era un dios a escote", escribió Chester Newman en el 'Clarion'.
 Sus entradas de madrugada en el 'Savoy' resultaban inconfundibles: "¡Qué hay, Nic!,escucho por ahí que tu esposa me es infiel contigo", "¡Más ánimo, Joe, ese saxo suena como una rueda pinchada", "Hola, Terry, encanto ¿sigues imitando a Sammy Davis Jr. con la vagina?", "Laurie, querida, tengo entendido que tu sonrisa vuelve a parecer ropa interior", "No me llena el claquetista nuevo, Ernie; dicen que se lava los pies con ginebra" Luego se sentaba a cenar a nuestra mesa y acudía el camarero: "Lo dejo en tus manos, Charlie: cualquier cosa más tierna que el plato". Un matón vigilaba en el guardarropa el gabán de Artie ¡El gabán de Artie! Se decía que el gabán de aquel fulano era uno de los diez tipos más deseados del país.
Sólo Artie tenía más éxito con las chicas que aquel abrigo. En su mejor año pasaron tantasmujeres por su cama en el Chelsea, que una cicatriz en la ingle de Artie Stanton fue el 'best-seller' del 73. Un año más tarde estaba muerto. Cuatro tipos le tirotearon a la salida del 'Savoy'. Había tanto plomo en su cuerpo, que le hicieron laautopsia con una báscula. Su sepelio fue un éxito social. En el velatorio me dijo Terry Shelton que hubo un instante en que no supo si rezar por el difunto o tirarle los tejos.Al acabar el apasionado desfile de las chicas alrededor del féretro, Ernie y yo retiramos de las manos del cadáver quince citas para lo que restaba de mes.

viernes, 16 de agosto de 2013

Vacaciones por el morro - Carmen Rigalt



Vacaciones por el morro - Carmen Rigalt
Qué cosa tan curiosa, el veraneo. Este año lo noto diferente. Ustedes no se han dado cuenta porque están de vacaciones, pero yo que me paso el día escudriñando las playas, pendiente de ver quién se pone la mantilla blanca o se quita el bikini azul, he detectado en el ambiente serias paradojas. Empezaré por el final.
Leo las revistas del colorín y me harto de ver famosos aterrizando en nuestras costas. Ibiza se lleva la palma. Allí las celebrities cultivan todo tipo de deportes de exhibición. El más llamativo es el flyboard, consistente en mantener el equilibrio encima de un chorro de agua. Se practica en el mar, pero podría practicarse en cualquier fuente de nuestras ciudades si los chorros tuvieran mayor potencia. En Ibiza, Leonardo DiCaprio le ha dado al flyboard con insistencia, dicen que pagado por un ruso, el mismo que hasta hace nada le pagaba los caprichos a Naomi Campbell.
El flyboard está catalogado como un deporte, pero no consta que sirva para bajar tripa. Me aseguran que para no correr riesgos, DiCaprio vino a Ibiza con la dieta ya hecha, pues a él la tripa se le dispara en un pispás. Tampoco el padle surf adelgaza y sin embargo causa estragos entre la gente pija. El hecho de que esta semana hayamos visto a Nieves Álvarez haciendo padle surf en Asturias significa que es un deporte de simple mantenimiento. Nieves, como Letizia, no se puede permitir el lujo de adelgazar cien gramos más porque, para envidia de las plebeyas, es el espíritu de una golosina.
Me consta que en Ibiza está todo el mundo y en Formentera, todo el mundo y un par de cientos más. Aunque eso también tiene truco. Si nos fiamos de las revistas del ramo, todas las celebrities coinciden en un momento determinado del verano, pero lo cierto es que coincidir, lo que se dice coincidir, sólo coinciden en las revistas. Se trata de gente con gran movilidad geográfica que nos saca muchos viajes de ventaja. En Ibiza, la parroquia de julio (los futbolistas) ha dado paso a la de agosto, compuesta mayoritariamente por actores de cine, rockeros, top models, aristócratas y ricos sin oficio. Algunas de esas presencias son efímeras porque van en yate o son carne de fin de semana. Así, podríamos decir que los más sedentarios son la duquesa de Alba, Paris Hilton, Tita Cervera o Fonsi Nieto, mientras que Kate Moss, Bruce Springsteen, Naomi Campbell, SeanPenn y Paulina Rubio han sido carne de fin de semana. Sean Penn, por ejemplo, voló a la isla aprovechando un paréntesis en el rodaje de su última película. Lo hizo acompañado de Cristina Piaget, una española de talla internacional que se ha abierto así las puertas de la historia.
Si Ibiza está petado, no les cuento Formentera. Aquello parece el parking del Bernabéu (suponiendo que el Bernabéu tuviera parking, que no lo tiene). Si todos los que dicen veranear en Formentera han ido a la vez, no les arriendo la tranquilidad. La única baja registrada este año es la de Eugenia Silva, perdida y hallada en una playa de Bali, donde ha practicado alguna modalidad de surf en compañía de su novio (un lejano Borbón de mechón blanco) y la pareja formada por Amaia Salamanca (actriz que debe de trabajar poco a juzgar por lo mucho que se mueve) y Rosauro Varo (profesional de la noche que pone todos sus argumentos al servicio de la bella Amaia). Con ellos estaba también un reconocido currante que lleva por nombre Javier Hidalgo, hijo de Pepe ‘Aviones’ (Viajes Halcón, Air Europa). Si el futuro de la empresa familiar depende de este playboy, mal lo veo. No me extraña que Pepe Hidalgo retrase la edad de jubilación indefinidamente.
Decía que últimamente los veraneos contienen muchas paradojas. Cierto es que ahora (y no sólo ahora: desde mucho antes de la crisis) el español ya no se larga de vacaciones un mes. Ahora va tres días, cinco todo lo más, a un destino vistoso que no haya caído en la vulgarización... Algunos hay que se lo pueden pagar, pero la mayoría se autoinvita a la casa de unos amigos. Juntando varios destinos vistosos, ya tenemos vacaciones por el morro. Dicen que Telma está en la Costa Brava. Me juego el cuello a que ha elegido esta modalidad de veraneo. Le pega mucho una masía del Ampurdán, entre intelectuales finos. Con ella está el seudomarido (Jaime del Burgo), ese sujeto extraño en el que se proyectan tantas sospechas. Ambos venían de Tánger, también de autoinvitarse. Anda que no son listos.

jueves, 15 de agosto de 2013

Los adolescentes y el alcohol - Isabel Calle Santos



Los adolescentes y el alcohol - Isabel Calle Santos
El consumo de alcohol en adolescentes tiene consecuencias muy graves, la primera es que con la ingesta antes de los 18 años existen altas probabilidades de que se convierta en adicción. A su vez el sujeto se vuelve susceptible para las enfermedades de hígado, infartos hemorrágicos, alteraciones en la piel e incluso cánceres, y otras muchas derivadas.
Altera la absorción de nutrientes, clave en este periodo y repercute en el crecimiento, también altera el sistema hormonal. Además es la vía de entrada para el consumo de otras potentes drogas. Repercute negativamente en el rendimiento escolar ya que afecta al cerebro e interfiere en las funciones cognitivas, memoria, atención, elaboración, comprensión y de ahí los suspensos y la bajada en las notas. Además en la afectividad y las emociones produciendo importantes cambios en el estado de ánimo y disminuye los reflejos, por ello tantos accidentes mortales. Interfiere en el análisis de las consecuencias de sus actos y al perder el control en el cerebro se produce impulsividad y violencia, ello ocasiona conflictos y delincuencia y accidentes de tráfico, en muchos casos, mortales.
En cuanto a los trastornos psicológicos que produce el consumo de alcohol en la adolescencia se multiplican por cuatro las probabilidades de sufrir alcoholismo temprano (antes de los 24 años), sufren tendencia al suicidio y trastornos de personalidad. Con frecuencia el consumo de alcohol y la actividad sexual precoz está íntimamente relacionada, de ahí embarazos no deseados, contagio de enfermedades de transmisión sexual, el VIH, ya que en esas situaciones citadas en las que no se piensa en las consecuencias el uso del preservativo no se tiene en cuenta. Y es frecuente en los chicos la disfunción eréctil e impotencia.
Esencial la prevención, los padres pueden ofrecer datos claros en diversos momentos de las consecuencias a todos los niveles y problemas que se derivan del consumo abusivo. Con la educación se puede prevenir fomentando la comunicación razonada y poniéndoles límites a la vez que se les demuestra afecto y cariño, pero que aprendan el "no". Antes que los castigos rígidos y cerrados tienen más efecto la valoración, potenciar sus cualidades y valores humanos y estar atentos al reconocimiento de sus habilidades. Ayudarles a que sean responsables confrontándoles con las consecuencias de sus actos. Inculcarles el esfuerzo y la organización de espacios y tiempos.
Sin un control severo, conviene desarrollar una sintonía afectiva escuchándoles y sabiendo personas y lugares que frecuentan. Sin inmiscuirse en la vida del hijo, escuchando lo que sí quiere compartir para ir elaborando la información esencial de saber "por donde anda". No utilizar el conflicto, los adultos ayudan más cuando demuestran ellos mismos que son capaces de controlarse, y procurar no insultar incluso en momentos en que el hijo esté retando y desafiando.
Importa desde la primera vez que se les identifique el exceso, una intervención clara y que tenga consecuencias negativas, mejor si se negocia al día siguiente no en el momento que llega alcoholizado. En la dinámica comunicacional creada padres-hijos, conviene explicarles lo que los padres sienten sobre su responsabilidad con ellos para que escuchen a su vez los sentimientos y emociones que viven también los padres. A los hijos conviene transmitirles que los padres no son policías controladores sino sus progenitores que sienten por ellos y desean lo mejor y que están ahí para ayudarlos a aprender a crecer y a ser mayores.
Conviene a los padres tratarlos con respeto y dignidad potenciando su autoestima y confianza en sí mismos ya que todo esto es un proceso que les ayuda a aprender a decir "no" y a desarrollar una personalidad más consistente para no dejarse influenciar por el grupo, desarrollando así sus propios criterios y normas de comportamiento sin sucumbir a la presión social.
(*) Psicóloga.

martes, 13 de agosto de 2013

Rostro sin espuma - José Luis Alvite

Rostro sin espuma - José Luis Alvite

De aquella carta que ella jamás me remitió: «En estos pocos días ha pasado demasiado tiempo y has dejado de interesarme porque ya no eres el hombre que decían que no me convenía, el que juraba que la lluvia era agua en pelotas. Ahora sé que jamás me llevarás contigo a comprobar que en Los Angeles las calles son tan anchas que la acera de enfrente está en otra ciudad. Y también sé que si continua sea tu lado, seríamos como esas parejas estancadas en cuyos relojes son tres días seguidos las seis de la tarde, ese horrible momento del día en el que huelen como el cementerio las escuelas. ¿Qué puedo esperar de ti? ¿Una novela inacabada en la que cada página nueva sea justo lo que necesite para prender el fuego con el que arder la pagina anterior?¿Uno de esos hogares medicinales en el que te espere con tres horquillas en el pelo y un bizcocho de urea en el horno? No era eso lo que me decían que podía esperar de ti. Fue un error que te enamorases. Habría preferido que fueses el hombre poco recomendable del que me advertían mis amigas, el tipo amoral y desordenado que tuviese en el rostro el mismo dibujo que en las ruedas del coche, el que supuse que eras la noche en la que nos conocimos y prometiste que me harías feliz con las mismas cosas que me causasen dolor, como cuando de muchacha soñaba relacionarme con uno de esos tipos penitenciarios y rudos que descuartizan el agua al asearse, alguien de quien pudiese contar que pasé la noche con un hombre en cuyo rostro Dios era un fulano y jamás hacía espuma el jabón. Lo dejo antes de que por culpa de la rutina nos quedemos sin remordimientos y nos llenemos de efemérides.Eras mejor cuando el tipo que me interesaba no se parecía nada al hombre que me convenía».

sábado, 10 de agosto de 2013

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Las tenazas del marisco - José Luis Alvite

Por la naturaleza de mi trabajo he frecuentado los ambientes más diversos y compartido las inquietudes y los problemas de gente muy distinta. He encontrado buenas y malas personas en cualquier circunstancia y sin importar a qué clase social perteneciesen. No me importaría disculparme si alguna vez caí en la tentación de la demagogia para censurar con carácter general la actitud soberbia de los ricos, proclamar la honestidad global de la clase media y solidarizarme sin condiciones con la desesperada honradez de los pobres. He conocido a indigentes capaces de saciar el hambre con el cadáver de sus hijos y a tipos muy adinerados que a veces negaban haber comido para que nadie se sintiese ofendido, y hasta fui muy amigo de un importante empresario que salía adrede de casa con una mancha en la ropa y con frecuencia les hacía de chófer a los hijos del jardinero. Que unos y otros se comporten bien es cuestión de clase, de estilo, de saber estar en el mundo con una mirada simplemente humana y razonable. No importa que unos vivan en la eterna primavera del dinero y que para otros sea siempre fin de mes si saben que todo es relativo y si se aprende a quitarle importancia al valor de la ropa que lleven puesta o al precio de aquello que mastiquen. A mis amigas ricas –que las he tenido– al principio no les gustaba que en los sitios que ellas frecuentaban me presentase en compañía de chicas en cuyo rostro fuese explícito el motivo de su mala reputación. Una noche aparecí con una mujer negra a la que con las prisas casi no le había dado tiempo a borrar de su aspecto los rasgos maleados de su oficio, la fogotenia apaleada de su cara exhausta, y al sentirse observada rehusó pedir la copa. Se dio cuenta de que los hombres la miraban con fingido estupor y que las otras mujeres le daban la espalda a ella y a mi me hacían el vacío. "No tienes que hacer esto por mi –me dijo– Tendríamos que haber ido a otra parte. Quedarás marcado. Y cuando yo me haya ido, ya nada en este local será para ti como era antes de venir conmigo esta noche". Entonces le pedí papel al barman, escribí una nota y le rogué que se la entregase a una de aquellas monadas rubias llenas de dinero y de soberbia, de vanidad y de cosmética. No podría citar el texto con exactitud, pero más o menos le decía: "Mañana hará un mes de lo nuestro aquella noche en tu casa. Y tal día como hoy, dentro de treinta días, hará un mes que hice con esta chica lo mismo que contigo aquella noche. ¿Te vienes a tomar una copa con ella o prefieres que le cuente que la única diferencia entre vosotras es lo bien que, comparada contigo, mueve esta negra el culo?". Ahora dudo que pensase lo mismo, pero yo, a lo que hice aquella noche al poner en un brete a la chica mona del dinero, hubo un tiempo en mi vida en el que no me importó llamarle "estilo". Nadie de entre aquella gente supo por mi jamás algo de aquella nota. El caso es que a los dos minutos de leer con disimulo el papel, la chica rica se vino a nuestro lado y brindó muy sonriente con la muchacha negra. Después se sumaron los demás y la de aquel día fue una de las noches más hermosas que recuerdo haber vivido. Mi querida chica negra trabajaba en un club de alterne, pero al final de la velada me quedé absorto mirándola mientras hablaba con toda aquella gente y me pareció una hermosa y jovial antropóloga a la que le sentase como astigmatismo el sueño y como gafas las ojeras. Y supe que cualquiera con un poco de ayuda puede entender que nadie es mejor que nadie. Aunque reconozco que a veces para que la chica rica comprenda que no es en absoluto mejor, ni más digna, que la chica pobre, lo mejor que puede hacer un periodista insomne es demostrarle lo mucho que se abre la mente de una rubia rica y estúpida cuando, con un simple puñado de letras, alguien consigue que tenga la sensación de que Dios le está apretando entre las piernas los huevos de su marido con las tenazas del marisco. 

jueves, 8 de agosto de 2013

Los caracoles - Salvador Sostres



Los caracoles - Salvador Sostres
A ELLA no le gustaba cocinarlos pero me los preparaba cuando se lo pedía porque siempre me quiso más que a nada en el mundo. Me pasaba el sofrito por el chino para que no me encontrara los pedacitos de cebolla que tanto me disgustan. Le preocupaba que las cáscaras se rompieran y que me tragara una sin darme cuenta, así que después de hervirlos extraía cada caracol para que me los pudiera comer sin peligro, alegre y feliz como siempre que estaba con ella. Nadie me ha querido tanto ni tan desinteresadamente como mi abuela Rosario. Luego mis padres se divorciaron y todo saltó por los aires.
Pero si alguien cree que no hablar con tu padre es dejar de tener relación con él no puede estar más equivocado. El vínculo es tan obvio que no hablar con tu padre es también una manera de relacionarte con él, especialmente tortuosa y trágica. La mala conciencia. El vacío. La rabia. Y un pasado cada vez más desfigurado hasta el punto de que el principal inconveniente para retomar el contacto ya no es lo que sucedió sino el tiempo que ha pasado, el silencio, la distancia.
Ayer hablaba con un amigo de los distintos modos de cocinar los caracoles y me puse a pensar en mi abuela. En lo bestias que somos los hombres y en lo injusto que fue para ella. Al principio intenté mantener nuestra relación aunque no me hablara con mi padre, pero cada encuentro se convertía en una interminable súplica para que perdonara al que a fin de cuentas es su único hijo, y yo estaba tan enfadado con lo que él había hecho que la insistencia de mi abuela me ofuscó y dejé de ir a verla.
Me he dado cuenta de que de un tiempo a esta parte pienso mucho en ella, ahora que en mi vida estoy mucho más en la fase de conceder importancias que de reclamarlas. Me atormenta que no conozca a mi mujer ni a mi hija. A veces pienso en ir a visitarla pero me acaba deteniendo el peso de los 15 años que han pasado, y el descalabro emocional del reencuentro, a cambio de lo improbable que sería retomar el hilo.
Ella fue la única vez que he sido lo más importante del mundo. Los caracoles. El sofrito. La ternura como una casa abierta e infinita. Que te quieran así te da acceso a la verdad más profunda y nunca más te abandona una indestructible seguridad en ti mismo, ni esa fuerza como de Dios que te levantade cualquier caída.

Desconecta - Manuel Jabois



Desconecta - Manuel Jabois
UNA DE las razones por las que me hice periodista fue para no tener que leer periódicos. Después supe que aquello aún se podía superar: siendo periodista también evitaba leerme a mí mismo. Que hubiese una persona que se leyese mis páginas con un enorme rotulador rojo que era como un instrumento de castración fue una especie de liberación sexual, un orgasmo fallido en el cuerpo de otro. Siempre consideré un acierto que mi primer lector fuese un señor que me leyese por contrato para señalarme los fallos, a veces con horror. Y me parece aún mejor que en esta época, en la que la correspondencia al autor con su sello y su cartero ha sido sustituida por el Enter, ese señor que me grita no sólo sea el primero sino también el último, aunque éste ya no cobre. Ya es imposible escribir sin que haya detrás un lapicillo rojo que te vaya corrigiendo la ortografía y la moral, y a mí me parece bien; de hecho, internet es una bendición para los periodistas por la oportunidad de escuchar espantado argumentos e insultos. Más instructivos los segundos que los primeros, pues he aprendido más de un «gilipollas» bien tirado que de un sermón con voluntad didáctica. Si usted me encuentra en la cama con su señora, rómpame la cara o, si es hombre de honor, apuñáleme sobre las sábanas blancas, pero por favor no se siente en el sofá a contarme su vida apoyado por la Wikipedia. Claro que éstos son pequeños desajustes. La verdadera felicidad son las vacaciones. Una amiga se prohibía acercarse a 200 metros del periódico. Otros renuncian a internet, que es como cortar el cordón umbilical con el mundo; me parece verlos a veces separarse del planeta como un trozo desgajado y perdido en el espacio que luego, en septiembre, pretenden acoplar sin éxito. «¡No me estoy enterando de nada!», te dicen felices a mediados de agosto. «Y has tardado 30 años en darte cuenta», dan ganas de responderles. No reparan en que una de las razones por las que uno se hace periodista es para seguir siéndolo fuera de la redacción. El placer de consultar el Ipad cada cinco minutos sin que nadie pronuncie la palabra «desconecta», que retrotrae a la Edad de Piedra, y abrir el periódico no para leerlo sino para velarlo, como si la actualidad dependiese de si tú la miras. Eso sí: corre uno el riesgo de leerse a sí mismo por despiste, como me pasó una vez, que empecé a leerme creyendo que el artículo era de otro y ya estaba riéndome de él en la segunda línea.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Alcaldes bajo mínimos - David Torres



Alcaldes bajo mínimos - David Torres

En Dorset (Minnesota), una población de unos treinta habitantes, han reelegido alcalde a Bobbie Tufts, un niño de cuatro años. Tufts ganó sus primeras elecciones sin apenas saber balbucear, cuando sacaron su papeleta de un sombrero donde estaban revueltos los nombres de todos los vecinos del pueblo. Este proceso electoral parece arbitrario pero no tanto como el de Ana Botella, por ejemplo, que ganó el cargo de rebote porque al anterior propietario le dieron una piruleta más gorda. De hecho, la noticia resulta rocambocalesca a cualquiera, excepto a un madrileño. Aquí un niño de cuatro años podría resolver prácticamente cualquier gestión municipal mejor que la señora de Aznar, empezando por la investigación del Madrid Arena.
El hecho de que un infante que acaba de abandonar los pañales lleve sin mayores apuros los asuntos de una pequeña alcaldía debería hacernos reflexionar sobre el sueldo que pagamos a nuestros servidores públicos. Tufts va que chuta con un bastón que casi le dobla el tamaño y unos cuantos tebeos. No necesita sueldo, ni sobresueldo, ni paga extra, ni comitiva con escolta para acudir a la peluquería. Aquí los políticos están sobrevalorados, y disculpen la referencia a Bárcenas. En España tenemos ayuntamientos cuya gestión la podría desempeñar perfectamente un loro, sin mayores gastos que una ración extra de pipas.
Gallardón dirigió Madrid durante dos gallardonatos y pico del mismo modo que podía haberlo hecho un niño malcriado con sus juguetes. Respaldado por lamentables melindres pedagógicos, se dedicó a mover hormigoneras sin ton ni son, al cubo y a la pala, sin que ningún adulto le endosara dos hostias bien dadas. Se pasó ocho años jugando al guá con las aceras, al escondite con los arqueólogos y al pilla pilla con los taxistas. Hizo de la M30 su scalextric particular y nadie le puso cara a la pared ni le quitó la tuneladora. Por puro capricho, porque le dio la gana, cambió la estatua de Colón de sitio para alzar una rotonda absurda igual que un crío amasa un castillo en la playa. Se gastó lo que no está escrito en invitar a sus amiguitos del Cómite Olímpico dos o tres veces, únicamente para ver si al final venían a jugar a su casa. Al final se hartó del scalextric, del lego, de excavar guás y del monopoly de la capital y se lo dejó a una amiguita suya para irse a jugar a otra cosa. Nos dejó una ciudad hecha cisco y un pufo acojonante para varias generaciones. Tufts nos habría salido más barato, eso seguro.
En uno de sus monólogos insensatos, mientras ejercía algún cargo político, Groucho examinaba unos papeles y decía: “Esto lo entendería hasta un niño de cuatro años”. Y luego, ya en voz baja: “Que traigan a un niño de cuatro años, a mí me parece chino”. Bukowski insufló a este pensamiento un sesgo filosófico: “Todos nacemos genios y nos morimos tontos”. Visto el currículum y el historial de buena parte de nuestros cargos públicos, propongo una enmienda a la ley electoral. Edad máxima para ejercer de alcalde, ocho años. Presidente, seis años. Requisitos: que no babeen, que no se tiren mierda unos a otros y que no se caguen encima.

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Blues de la gente dormida - José Luis Alvite

Desde que tengo memoria me gustó mirar a la gente mientras duerme, incluso si se trata de un muerto. De niño iba los domingos a echarle migas del pan a los difuntos del cementerio por si se les abría el apetito al resucitar. Me fascina la bondad genérica de la gente dormida, el sueño estoico y plomizo de los hombres derrotados, la abstracción de las fulanas del burdel cuando en mitad del asco las vence el cansancio y eso que regurgita en su boca no se sabe muy bien si es un eructo,una oración o el nombre confitado de un niño. Pocos placeres he encontrado más satisfactorios que el de aquella noche al arropar en su cama al hijo de la prostituta que me había llevado a su casa y me pidió que despertase suavemente al crío para que por una vez en su vida tuviese la sensación de que había en casa alguien que hablaba pausado, llevaba la ropa puesta y no hacía daño. O la madrugada en la que dejé de mi puño y letra sobre la cama de una niña un folio en el que al despertar creyó haber encontrado la letra fosca y encariñada del padre que la había abandonado al poco de nacer. Y recuerdo la muerte de aquel joven camarero que, vencido por el sueño, se estrelló al amanecer con su moto camino de casa.Me conmovió tanto el rostro encerado de aquel muchacho, que para quitarle gravedad a la escena, delante de los suyos pregunté qué tal había pasado la noche el muerto. Me puede la gente acorralada por el cansancio y doblegada por el sueño.Supongo que es algo que hago pensando también en mí, que he dormido muy poco durante treinta años y nunca tuve quien me hablase mientras me vencía el sueño.Y aunque ya no espero carta de nadie, no me importaría que me enterrasen en un féretro con una ranura para el correo.

lunes, 5 de agosto de 2013

Lucha libre en Gibraltar - David Torres


Lucha libre en Gibraltar - David Torres
Ya que el verano es una época excelente para pegarse de hostias, los gobiernos del PP suelen aprovechar para para desentumecer los músculos diplomáticos y hacer ejercicio. En el ministerio de Exteriores ven que los michelines se les derraman por la gomilla del bañador e inmediatamente organizan un simulacro de guerra. Les sirve para recordar las glorias de un imperio venido a menos donde antaño no se ponía el sol y ahora lo que no se pone es el ridículo.
En julio de 2002 fue el desembarco en Perejil, donde acudimos con fuerte viento de levante porque unos cuantos moros, con la ignominiosa pretensión de que ramonearan las cabras, nos habían usurpado un islote en la penúltima almorrana de España. Inmediatamente, el ministro Federico Trillo sacó un mapa del Caribe para localizar Honduras y envió una nutrida expedición con florida retórica desempolvada de los tiempos de las guerras de Flandes.
Para distraer al personal del bochorno internacional del caso Bárcenas, lo mejor hubiera sido un remake de Perejil, una pantomima de lucha libre con Marruecos en la verja de Melilla, tres o cuatro moros apaleados después del último incidente y unos cuantos gorilescos golpes de pecho para dejar claro quién manda. Pero la inoportuna visita del rey Juan Carlos a su primo marroquí, con el monárquico intercambio de cromos que ha dejado libre a una alimaña pederasta, nos ha dejado sin el contricante idóneo para tan prometedora velada de boxeo verbal.
Margallo ha tenido que optar entre invadir Cataluña o desempolvar el peñón de Gibraltar. Como Cataluña todavía no se ha divorciado de España, aunque no por falta de ganas, queda fuera de la competencia de Exteriores. Rápidamente Margallo ha llamado a Trillo para que le preste el mapa del Caribe, no vayamos a liarla otra vez con Honduras. Una vez localizado Gibraltar, que es esa roca gorda que está enfrente de Algeciras y que molesta sobremanera a los españolazos de toda clase y condición, Margallo les ha apretado las tuercas a los ingleses con reivindicaciones varias, entre las que destaca “nuestra obligación de controlar a rajatabla el contrabando, el blanqueo de dinero y el tráfico ilícito”. Lo de “controlar a rajatabla” suena un poco raro después de una amnistía fiscal general a los grandes defraudores españoles y no digamos después de descubrirse la inmensa fortuna en dinero negro que el antiguo tesorero del PP almacenaba en Suiza. A ver si los asesores de Margallo se han equivocado y en vez de un mapa del Estrecho le han dado uno de los Alpes.
Aparte de la cortina de humo necesaria para tapar las vergüenzas de un gobierno putrefacto cuyo pestazo llega ya a Nueva York, la conga gibraltareña puede servir también para pedir la nacionalidad española para los monos del Peñón, una de las pocas comunidades de antropoides europeos que todavía no se ha pronunciado acerca del caso Bárcenas, ni a favor ni en contra.

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Camisa desplanchada - José Luis Alvite

Llevo más de cuarenta años en el ejercicio del periodismo y creo que puedo sentirme razonablemente satisfecho por lo que he conseguido, y sobre todo, por lo que he sabido evitar. En todo este tiempo solo he pretendido que el dinero obtenido estuviese mas limpio que mis manos recién lavadas. Como nunca me propuse grandes objetivos, tampoco he cosechado grandes decepciones. En realidad hubo momentos en los que me sentí tan atosigado por quienes me menospreciaban, que cada vez que conseguí un éxito, me creí en el deber de dar explicaciones. Me volqué en este bendito oficio hasta olvidarme de los míos y buscar en la calle el afecto de los perros. Por mi manera de entregarme al periodismo jodí mi matrimonio y aun ahora la hija que tuve entonces me mira con curiosidad y siente cierto pudor al abrazarme. Nunca supe muy bien a qué portal pertenecían mis llaves, ni recuerdo haberme lavado la cara diez veces seguidas en el mismo hogar.Amaba el periodismo y me entregué a él sin condiciones, incluso a sabiendas de que con el mismo entusiasmo estaba rompiendo amarras y alejándome sin remedio de los míos. Y todo eso a cambio de un sueldo miserable para el que ni siquiera necesitaba bolsillos, hasta el punto de que una noche me prestó dinero un mendigo. No me importaba. Disfrutaba buscando frases entre los marginales a los que frecuentaba y jamás reparé en lo que sería de mi vida.Era feliz en medio del dolor y los destrozos,como un soldado que en medio de la oscuridad corre hacia el peligro atraído por la luz de la artillería. Algo me decía que no haría bien mi trabajo si además de contar la vida de los miserables no corría el riesgo de contraer también sus enfermedades.A veces creo que mi mala reputación ha salvado mi prestigio. A fin de cuentas, este oficio consiste en saber elegir con quiendes planchar por la noche tu camisa.

sábado, 3 de agosto de 2013

Me cago en… - Juan José Millás



Me cago en… - Juan José Millás

¿Saben aquel que diu de un ope­ra­rio que era lle­va­do a jui­cio por blas­fe­mo? Se había ca­gado en Dios cuan­do su com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo, en un des­cui­do, dejó caer sobre su es­pal­da des­nu­da un cho­rro de plomo al rojo vivo. El acu­sa­do, que ne­ga­ba los he­chos, ase­gu­ró que al notar co­rrer por su piel el ar­dien­te lí­qui­do, se había li­mi­ta­do a decir: “Por favor, Pepe, lleva un poco de cui­da­do con el plomo”. El juez no le creyó. Tam­po­co nos cree­ría a no­so­tros si ne­gá­ra­mos ha­ber­nos ca­gado en todo al en­te­rar­nos de los so­bre­suel­dos que 40 di­ri­gen­tes del PP, en com­pa­ñía de Alí Babá, co­bra­ron entre 1990 y 2011: unos 22 mi­llo­nes de euros se re­par­tie­ron los mis­mos que pre­di­ca­ban la aus­te­ri­dad y pro­cla­ma­ban que vi­vía­mos por en­ci­ma de nues­tras po­si­bi­li­da­des, los mis­mos que ase­gu­ra­ban que era pre­ci­so mo­de­rar los sa­la­rios, los mis­mos que han aca­ba­do con los de­re­chos de los tra­ba­ja­do­res.

Y no es que co­bra­ran esa pasta en con­cep­to de suel­do o como com­ple­men­to de pro­duc­ti­vi­dad, qué va, esta gente no ha pro­du­ci­do nada que jus­ti­fi­ca­ra tales emo­lu­men­tos, sig­ni­fi­que lo que sig­ni­fi­que emo­lu­men­tos. Co­bra­ban por­que sí, por se­ño­ri­tos, y para com­ple­men­tar la es­ca­sa nó­mi­na que ya les pa­gá­ba­mos usted y yo por apre­tar un botón en el Con­gre­so. To­da­vía una cosa: el so­bre­suel­do os­cu­ro pro­ve­nía asi­mis­mo, en gran me­di­da, de los fon­dos pú­bli­cos ali­men­ta­dos por los im­pues­tos de usted y los míos. Esa panda de la­dro­nes (pre­sun­tos), ahora en el Go­bierno o en sus cer­ca­nías, son los mis­mos que nos han ba­ja­do el suel­do para re­sul­tar com­pe­ti­ti­vos, los mis­mos que nos han subido los im­pues­tos para sa­car­nos los hí­ga­dos y los mis­mos que están a punto de es­tran­gu­lar a base de pen­sio­na­zos a los vie­jos. Una mafia, en fin, com­ple­ta­men­te ins­ta­la­da bajo apa­rien­cias de­mo­crá­ti­cas. Pero yo, señor juez, se lo juro, me he li­mi­ta­do a decir que lo que han hecho está muy feo.

jueves, 1 de agosto de 2013

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Un Papa sin aliñar - José Luis Alvite

Si me gusta este Papa es porque rompe, con su estilo tan cercano, una larga tradición de pontífices que predicaban la humildad encaramados en la cúspide de una Iglesia adinerada y clasista, enjoyada y bien comida, poblada de orondos cardenales premamá que a su paso dejaban una estela de incienso y Margaret Astor. La cúpula eclesial desmentía con su boato la sencillez de miles de párrocos flacos y sacrificados que predicaban el Evangelio con los bolsillos vacíos y la boca sin saliva. Yo recuerdo con frecuencia al cardenal Fernando Quiroga Palacios, que era un hombre alto y corpulento, un leñador de púrpura que comparecía en los actos de palacio con el rostro empanado por una mezcla de bechamel y maquillaje, obstétrico y luminoso como si con el sobrecogimiento de la inspiración divina le hubiese bajado la regla en su útero de terciopelo. Monseñor desprendía un penetrante olor a jabón y a especies, a soprano y a pinche de cocina. Y cada vez que impartía la bendición, al girarse para difundirla me llegaba hasta la cara aquel ácido vaho episcopal en el que se mezclaban la toilette de Bette Davis y el resuello de Jack Nicklaus. Francisco es un Papa sin aliñar. Habla con suavidad y dice cosas drásticas que nos devuelven la esperanza en una Iglesia en la que la palabra de los prelados deje más huella que el aliento de esos almuerzos palaciegos en los que uno imagina al camarlengo trinchando el pavo de Navidad con la cresta del crucifijo. Le deseo suerte al Sumo Pontifice. La va a necesitar para recuperar entre los católicos la imagen del Cristo que de niño me enseñaron en la escuela, aquel tipo sencillo y expresivo al que tantas veces imaginé repartiendo con naturalidad el gel y las toallas en la penumbra del burdel. Porque no es buen camino el que sigue esta Iglesia golosa y vertical en la que parece que los cardenales tengan a Dios de cocinero.

El gel y las toallas - José Luis Alvite

El gel y las toallas - José Luis Alvite
  
Un sacerdote me recriminó ayer públicamente en Twitter el retrato que dos días antes había hecho de Cristo «repartiendo con naturalidad y el gel y las toallas en la penumbra del burdel». Al padre Antonio Romero le pareció una blasfemia lo que para mí sólo se trataba de una imagen concebida y plasmada con fines literarios. Al cabo de un breve intercambio de comentarios,cada uno mantuvo su postura. Por mi parte le hice ver que mi manera de escribir responde exclusivamente ante mi conciencia,por lo que consideraba fuera de lugar que su moral y su doctrina pretendiesen estar por encima de mi pensamiento y de mi manera de ejercer un oficio cuya esencia reside de manera irrenunciable en la libertad de expresión.Al final nos cruzamos invitaciones para que cada uno visite la ciudad en la que le recibiría como anfitrión el otro y el incidente no pasó a mayores, de modo que nos demostramos a nosotros mismos que dos personas pueden entenderse sin necesidad siquiera de estar de acuerdo. Ya sin las restricciones expresivas a las que obliga Twitter, quiero felicitar al padre Romero por la convicción con la que defiende sus creencias y espero que comprenda que con ese mismo entusiasmo defienda yo las mías. También deseo que sepa que tengo poco que ver con quienes con cualquier pretexto arremeten contra la Iglesia y consideran el Evangelio una antigualla intelectual, y la fe, poco menos que una perversión de la inteligencia.La suya y la mía sólo son maneras distintas de entender la vida, eso es todo, y comprendo que su idea de trascender y alcanzar el cielo es tan natural y tan legítima como en cada viaje que hago vencido por el sueño lo es mi deseo de llegar con vida a la siguiente gasolinera. Por último, padre Romero, creo que estaremos de acuerdo en que no son el gel y las toallas lo peor con lo que podría mancharse Cristo las manos.