viernes, 21 de junio de 2013

Sombrero de paja - José Luis Alvite

Sombrero de paja - José Luis Alvite

En sus labios aprendí de oídas a leer, compartimos de niños los libros y la ropa, estuvimos mucho tiempo en las mismas fotos y me gustaba sentarme a su lado en el muelle de Cambados porque mi hermano miraba el horizonte con una mezcla de ansia y resignación, como si el tiempo que estaba por venir fuese apremiante y al mismo tiempo innecesario, igual que un buey tirado por caballos. Tenía los ojos muy vivos y muy azules, tan limpios y tan traslúcidos que eran como esa poca agua en la que incluso hace pie la lluvia.
Sabía tocar la guitarra y dibujaba a tinta china unas mujeres con los ojos velados por una indiscreta ceguera como de vidrio, con un portal en el vientre, y en el portal, un mendigo con el esqueleto amarillo de un niño cenando hambre azul en su regazo. Una tarde se cayó al mar vestido al bordear la escollera del muelle y salió a flote sin reloj y sin zapatos. Fue aquella la primera vez que temí que se acabasen para siempre las fotos a su lado, el ábaco de la música presintiendo el tiempo en su guitarra y aquellas tardes de verano en las que nos sentábamos en la bajamar de Tragove y mirábamos como bogaba en su dorna un marinero a merced del cansancio, en un matorral de espuma. Me había dicho mi hermano que al retirarse la marea bajo el sol de agosto, con el agua seca y ardida podríamos hacernos un sombrero de paja.
Tendría que recordárselo cuando murió, pero me pareció tan pensativo que no me atreví a distraerlo. Mi hermano sabía tantas cosas que al ver su cadáver algo me dijo en mi interior que en realidad no era aquella la primera vez que se moría. Y si hoy le recuerdo aquí es porque cuando murió estaba yo tan ocupado en acabar aquel bendito sombrero de paja, que mis estúpidas manos no tuvieron entonces tiempo para las flores.

martes, 18 de junio de 2013

Al c... de su p... Madre - Fray Josepho


Al c... de su p... Madre - Fray Josepho

Este domingo, el parlamentario andaluz Juan Manuel Sánchez Gordillo soltó un discurso en el que pidió (¡gritó!) que "la Europa de los mercaderes se vaya al coño de su puta madre". Literal.
"Las partes de su mami cortesana.
De su progenitora vil, la almeja.
La concha de su pelandusca vieja
o su materna vulva de fulana.
La txirla de su amatxo barragana.
De su ascendiente, el chirri de pelleja.
El maternal parrús de su vulpeja
o er shosho de su mare casquivana".
Pudiendo decir esto, que es sencillo,
quisiste, Juan Manuel Sánchez Gordillo,
llenar de acentos líricos tu vaso.
¡Poeta y andaluz! ¡Ya estás, sin duda,
–con Bécquer, Juan Ramón y Luis Cernuda–,
en la gloriosa cumbre del Parnaso!


lunes, 17 de junio de 2013

El oro del becerro - Alfonso Ussía



El oro del becerro - Alfonso Ussía

«Para ser rico, es imprescindible levantarse cada mañana con la única intención de ganar dinero». Creo que fue Juan March el que acuñó tan interesante sentencia. No se me había ocurrido con anterioridad. He intentado seguir sus consejos y puedo adelantar, que hasta el momento, el fracaso no se ha separado de mí. Para colmo he leído que cada español nace con una deuda de veinte mil euros, por aquello de las obligaciones contraídas por el Estado. Son tantas las definiciones del dinero, que compiten con las del amor y el humor. «El dinero sólo sirve para arruinarse» es quizá, la que más me ha complacido. Es como una definición de mi familia, de mis antepasados, y todo lo familiar suaviza las aristas. Antaño, hubo españoles que ganaron mucho dinero honradamente. Ahora es imposible, por cuanto el dinero honrado sólo sirve para que Hacienda lo recupere. El becerro de oro es un sueño, una quimera, en tanto que el oro del becerro es una realidad incontestable. Pero se ubica en la meseta superior de la boina, y son muy pocos los que deambulan por ahí. Los que viven, se mueven, manejan y deciden encima de la boina, contraen un riesgo. En el caso, poco probable, de que sean sorprendidos contando billetes sustraídos al prójimo, pueden experimentar la eventual incomodidad de la cárcel. Pero no por mucho tiempo. El dinero procura los mejores abogados y siempre hay un juez que se deja intimidar.
Le estoy dando vueltas por mis neuronas a la frase de March, y no termino de ver el camino. Para tener dinero hay que ser influyente. Lo malo es que para llegar a ser influyente, hay que tener dinero, y que me aten esa mosca por el rabo. A Bárcenas le han documentado ya 47 millones de euros en Suiza. El extesorero del PP es un hombre inteligente que ha sabido aplicar la máxima de March. Y lo ha hecho vendiendo cuadros e invirtiendo en bolsa. Admirable rendimiento. Sucede que para vender cuadros hay que heredarlos o comprarlos previamente, y la segunda opción es inviable sin dinero. Me estoy haciendo un lío. Hoy se ha sabido que la familia del Pino, que es riquísima y no necesita ganar más dinero ni arriesgarse a quedar mal ante la sociedad, ha estado sobornando al partido del independentista Mas a cambio de concesiones de obras en Cataluña. Ante todo, presunción de inocencia, pero el contenido de la acusación de la Fiscalía Anticorrupción no es de agradable lectura: «Un acuerdo criminal que era relativamente sencillo pero institucionalmente demoledor». ¿Les compensa pasar por tan malos tragos cuando tienen dinero para que vivan siete generaciones sin dar con un palo al agua? El oro del becerro vuelve locos a muchos. ¿De qué les sirve más dinero y más poder si el mayor problema de la vida lo tienen superado? El mayor problema de la vida es conseguir un digno pasar por ella sin angustias. «El dinero es sólo un problema para los que no lo tienen», dijo Oscar Wilde. De ahí que no comprenda a los que lo tienen y se buscan problemas, porque esa actitud es de tontos, y los tontos sólo ganan dinero si son ricos, pero tontos. Un pobre tonto siempre será pobre, en tanto que un rico tonto siempre será rico, y lo dejó claro Paul Lafitte.
Los más ricos de España son aquellos que nadie conoce, y que viven holgadamente sin llamar la atención. Lo decía el gran actor Arturo Fernández, que acaba de recibir la Medalla de Oro al Mérito del Trabajo. Del trabajo limpio y honrado durante decenios sin rozar un euro ajeno. «Para mí, la riqueza consiste en poder invitar a mis amigos a cenar y pagar puntualmente las facturas del sastre». Estos que quieren ganar muchísimo más de lo muchísimo que ya tienen, terminan por conseguir una situación poco apetecible. «El dinero no proporciona amigos, sino enemigos de mayor calidad». Y éstos son los que terminan denunciando, y se rompe el cántaro, y por necios de la avaricia conocen de primera mano el sinsabor del desprecio. En fin, que he decidido no hacer caso de la máxima de Juan March.

domingo, 16 de junio de 2013

Polillas - María José Navarro



Polillas - María José Navarro

En Madrid no se habla de otra cosa: ¿de Bárcenas? No. ¿De los problemas de Messi con el fisco? No. ¿Del nuevo look de Cristiano Ronaldo y sus gafas de secretaria del 1,2,3? Hombre sí, de eso sí, pero no es eso de lo que nos toca a nosotros ahora. En Madrid no se habla de otra cosa que de la invasión de polillas, ahora llamadas «Mariposas Gamma» como para darle más empaque al polillismo, cosas de los entomólogos. Estos días en Madrid una abre una ventana y entra una polilla gamma, abre un armario y salen dos polillas probándose un abrigo tres cuartos, mirándose de soslayo en el espejo. Se ve que los bichos en cuestión vienen de África migrando hacia tierras más frías y han parado en Madrid a tomar vermouth y visitar la Feria del Libro. Las polillas gamma, por lo que se ve amantes del cine Dogma, prefieren pasar el verano en Escandinavia, que se está más fresco. Lejos quedan los tiempos en que las suecas venían en verano a España; ahora el cambio climático y la crisis hacen que sean los bichos sureños los que se vayan al Norte a descansar. Un dato a resaltar: la última vez que hubo una invasión polillera como ésta fue el verano en que el Atleti ganó el Doblete. Entonces se achacó a que hacía tanto tiempo que no salían banderas rojiblancas a la calle que con ellas salieron todas las polillas de los armarios. Esta vez, dado que esa excusa ya no vale, pensamos que quizás los uruguayos del equipo hayan pedido la ayuda sobrenatural de aquel fino delantero centro, Polilla Da Silva, azote de porteros. Adiós, muchachas. Llamad cuando lleguéis.

‘Braveheart’ y ‘Mujercitas’ - Salvador Sostres



‘Braveheart’ y ‘Mujercitas’ - Salvador Sostres
Artur Mas capituló el martes anunciando que piensa agotar la legislatura, convoque o no convoque su consulta, dejando claro de este modo que no piensa convocarla, porque todo el mundo sabe que, después de un referendo secesionista, o declaras la independencia en caso de ganarlo, o dimites y convocas elecciones en caso de perderlo. Mas certificó el martes que ha fracasado y que ni él se toma ya en serio su propio proyecto.
No podrá Mas, en esta ocasión, practicar su habitual victimismo, que es el refugio de los mediocres, para culpar a España de su fracaso. El Gobierno no ha hecho nada que haya ido más allá de expresar su oposición al proceso. Aunque la aparente pasividad de Rajoy haya desesperado a muchos, su discreción ha sido crucial para provocar el fracaso del actual líder convergente, que se maneja mucho mejor sobrerreaccionando ante las supuestas ofensas de sus adversarios que siendo capaz de construir un proyecto valiente y sólido.
Mas ha fracasado en todo lo que ha intentado: le perpetraron dos tripartitos y, cuando por fin gobernó, no pudo hacerlo con mayoría absoluta. Durante sus años de oposición, condenó a los catalanes a un Estatut extravagante, rocambolesco y absurdo por culpa de haberlo laminado con Zapatero a cambio de que le facilitara llegar a ser presidente de la Generalitat, cosa que Zapatero, lógicamente, no cumplió, en una demostración más de su escaso sentido del honor y del poco valor que tuvo siempre su palabra.
Luego confundió una manifestación francamente multitudinaria con todo un pueblo y convocó elecciones anticipadas llevándose un monumental batacazo. Ahora se rinde antes de que la batalla haya comenzado.
Esto no significa que el independentismo haya muerto, ni que los independentistas hayan desistido. Esto tampoco significa que la independencia sea una opción ilegítima o necesariamente perdedora. Lo que significa es que la pasión no puede sustituir a la inteligencia y que, para conseguir lo que te propones, no basta con creer que tienes razón, sino que hay que ganar. Sin una articulación política madura, el catalanismo no hará nunca nada y dice muy poco de la sensatez de un pueblo seguir como ratoncillos acríticos y moralmente invertebrados al primer tarado que enarbola una estelada.
Antes de reclamar algo a los demás, y esto sirve para el independentismo y sirve para todo y todos, tenemos que estar seguros de que nosotros hemos recorrido nuestra parte del camino y que estamos a la altura de lo que exigimos. Antes de quejarnos, tenemos que asegurarnos de que somos mejores que lo que denunciamos. Hay que pagar siempre un precio y Mas se ha doblegado a la primera dificultad. Para conseguir la libertad de un pueblo no siempre es indispensable morir, pero es imprescindible estar dispuesto a ello. Mas se ha rendido porque el Estado le ha prohibido hacer su consulta, como si no lo supiera desde el principio. Estoy harto de estos Bravehearts de pacotilla que, al final, resulta que sólo son personajes secundarios de Mujercitas.
La mediocridad sólo conduce a la mediocridad, por mucho que la euforia te haga creer tan cerca de la gesta. Sin calidad sólo hay derrota y miseria. Nada es posible sin pagar el precio y sin inteligencia.

Apple stop - Arcadi Espada



Apple stop - Arcadi Espada
Querido J:
El último evento de Apple (convoca tres o cuatro por año en los que presenta las novedades de cacharros y programas) llegó en un momento de incertidumbre para la compañía. Su gurú, Steve Jobs, lleva casi dos años muerto. Las acciones han bajado de modo notable. Los graves errores de sus mapas la llevaron a un inexplorado territorio del ridículo, provocando movimientos traumáticos en la cúpula. Y Samsung y Google le están planteando por vez primera una competencia eficaz y feroz. El evento del lunes, aún rodeado de la habitual publicidad gratuita que la marca ha sabido desarrollar de modo incomparable, se anunció bajo el signo del software. Nada de nuevos teléfonos, tabletas u ordenadores. Sólo instrucciones nuevas. El presagio era bueno. Salvo los ordenadores, que necesitan incorporar de algún modo –difícil– el diálogo táctil; y salvo su siempre anunciada y aplazada entrada en la fabricación de televisores, el hardware de Apple es, por así decirlo, suficiente. Evidentemente, sus dispositivos podrán adelgazar, hacerse más nítidos y cubrir un amplio capricho de tamaños; pero hasta el desarrollo de las pantallas flexibles, o de cualquier otro ingenio comparable, la cacharrería no podrá ofrecer sorpresas tan radicales como aquel pellizco en el cristal que cambió el modo de ver ¡y de ser visto!
Las máquinas de Apple, y para qué hablar de las otras, subsidiarias, están por encima de la inteligencia que las hace funcionar y las aprovecha. Como tú, yo con esas máquinas leo, escribo y fotografío, y a eso voy a referirme. Naturalmente que la pantalla del iPad debe mejorar a la luz del día y hacer homogénea su iluminación en interiores. Naturalmente que el teclado y el zoom de la cámara son los que son. Pero las limitaciones se hacen intolerables cuando afectan al manejo de los libros, de los textos y de las fotografías que la máquina contiene. Es difícilmente creíble que habiéndose inventado el libro electrónico, uno no pueda buscar una palabra en el conjunto de su biblioteca; que no pueda manejar los créditos de un documento (título, autor, palabras claves, etc.) en el mismo aparato donde lo lee; o que en la tienda de libros, creada a imagen y semejanza de la Apple Store, cuyo aspecto de tómbola y organización de bazar chino es una afrenta ya célebre, sea imposible, por ejemplo, buscar racionalmente libros por idiomas. Eso por referirme a aspectos funcionales inmediatos. Por no referirme, por ejemplo, a que Apple no ofrezca películas en versión original con subtítulos ni haya firmado todavía un acuerdo con la New York Review of Books para que sus reseñas formen parte de la iBookstore. O, ya subiéndome a las alturas, por no aludir al aspecto, puramente fotocopiado, que ofrece su quiosco. Poco antes de morirse, dijo Steve Jobs que no quería una nación de blogueros. Bien está. Pero el movimiento se demuestra andando. No veo que los legendarios ingenieros de Apple se hayan puesto a trabajar con periodistas en el diseño y producción del periódico de nuestro tiempo.
Eso en cuanto a lo que leo. Escribir es otro sufrimiento. Apple tiene un programa de tratamiento de texto, el llamado Pages, que es lo que su desdichado icono indica: un anacrónico tintero con plumilla que mancha. Baste decir que es aún más pesado, más elefantiásico, más torpe, más confuso y más inútil que Word. Que Apple no haya dotado sus ordenadores, y sobre todo, a sus tabletas de algo parecido al simple lienzo blanco de IA Writer (sus virtudes son los innumerables defectos de Pages: pero sus limitaciones son excesivas) es prueba demasiado tajante de su incuria. Y en este punto, por piedad, evitaré referirme a su iBooks Author, ese programa que la compañía sacó hace tiempo con la noble finalidad de que cualquiera pudiera hacer libros electrónicos. En fin... No es que ni siquiera un programa llamado de libros electrónicos sea capaz de programar que se abra una ventana al clicar sobre una palabra (una entre las mil y una de sus limitaciones: basta compararlo con The Atavist); es que ni siquiera pueden hacerse libros. Como en el caso de los periódicos, tampoco veo a los ingenieros de Apple trabajando con las editoriales. No veo, en fin, esa necesaria alianza, ¡histórica!, entre las soluciones y los problemas, esa dura y fértil negociación que todo escritor mantiene con su maquetista. Quedan las fotos. Para los que hemos tirado de carrete es inverosímil que un rectángulo de vidrio pueda fotografiar como lo hace. Ahora bien: respecto a su orden y catalogación, estamos como con aquellas esquineras adhesivas, tan morosas. Lo cierto es que este lunes Apple susurró a sus monaguillos que iba a dar señales inequívocas de la renovación de su inteligencia. Cuando acabó la llamada keynote, los impúberes empezaron a dar saltitos y palmas, mientras gritaban ¡Ive, Ive!, por un John Ive que dicen ha renovado el diseño del sistema operativo de los ordenadores y, sobre todo, de los aparatos móviles. Los impúberes no han aprendido aún que el diseño de las cosas son las cosas, como ejemplifica tan bellamente el caso de Rafael Marquina, muerto esta semana, y autor de una aceitera para contener y verter el aceite sin mancha. Lo cierto es que la gran novedad de la siempre pomposamente llamada conferencia de desarrolladores de Apple ha sido la renovación de la paleta (ahora pastelera) de colores del sistema operativo, con una nada desdeñable adición de transparencias, gasas y tutús. Es verdad que parece en trance de desaparición el hórrido skeumorfismo, más cursi e injertado que una nectarina, porque las desdichas nunca son completas. Pero la puerilización general del nuevo aspecto de Apple es un hecho indiscutible, y un símbolo inquietante cuando se combina con la ausencia de noticias de renovación potentes sobre las cuestiones que te he reseñado más arriba –y que son sólo algunas de las cuestiones–. Ahora bien. Sí han anunciado, con grandes tambores, que Siri tendrá voz de hombre. Una decisión comprensible. Era muy incorrecto que un robot dotado de esa paupérrima inteligencia (aunque comilón de energía... ¡como tonto!) tuviera sólo voz de mujer.
A mí, como comprenderás y aunque sea cliente, que Apple se pare me trae más o menos sin cuidado. Pero es que su estancamiento es sospecha fundada del Estancamiento.
Sigue con salud.
A.
«El estancamiento de la compañía es sospecha fundada del Estancamiento»

sábado, 15 de junio de 2013

La Feria - Raúl del Pozo



La Feria - Raúl del Pozo
La Feria del Libro es muy importante, más que aquellas en las que los cartujos vendían yeguas de raza. Este mercadillo del ingenio y la vanidad congrega a príncipes, concejales y gente que muchas veces se va con las bolsas de plástico llenas de aire.
No todos los autores escriben por vanidad, algunos escriben para vivir, cuando por fin descubren que la egolatría es el principal género literario y que los lectores admiran sobre todo los pensamientos que coinciden con los de ellos mismos. Alguien tendría que investigar la diabólica relación entre autor y lector, y la voracidad con que consumen ediciones de pronto, inesperadamente, de un libro. Camilo José Cela veía ése como un hecho misterioso e ignoraba las causas de la delectación o el rechazo. Pascal, ludópata antes que filósofo, aconsejaba a los escritores que no pensaran tanto en sí mismos y no provocaran al lector porque el lector suele tener tanto ego como el escritor.
Cuando estás en una caseta como el niño que vende naranjas en una autopista o la pantera en una jaula de Ámsterdam, puedes ver cómo pasan algunos visitantes increpándote con la mirada mientras se dirigen, orgullosamente, a que les firme un libro el que está al otro lado de la caseta. No es paranoia, es real. Por eso es casi un placer no tener libro en la mesa de novedades; así la editorial te pondrá a hacer la carrera con el título que te ha premiado después de pactarlo con un jurado de pega o atrezo. En la feria se trabaja de dependiente para tu editor, para tu representante, y sólo envían taxis y flores a los best y a los shares. La feria son unos ejercicios espirituales sobre la vanidad, bajo los árboles, entre mujeres que leen la mano.
Me han contado que algunos escritores de culto han sido aplastados por Revilla y por la madre de Jesulín. Vete tú a contarles a estos príncipes de las letras que los libros más vendidos de la Historia, a excepción de El Quijote y algunos relatos piadosos, fueron los anuarios de Hacienda, los almanaques y los libros de cocina.
A mí me hubiera gustado ser un best seller, pero exigiendo a los editores que no me llevaran al Retiro como a los monos, aunque tuviera que olvidar la fuente pura de la prosa y sin llegar a la audacia de relatar el lobby gay del Vaticano, lo cual resultaría un trabajo de riesgo.
Un best seller, qué sueño, aunque dijera Borges que en su época no había best sellers y así no podían prostituirse los escritores. «De mi libro Historia de la infamia–escribe– vendí 37 ejemplares en un año. Podía imaginar mis 37 lectores. Pero 5.000, 10.000 son ya la abstracción, la nada».

viernes, 14 de junio de 2013



Las debilidades de un sistema de reparto - José T. Raga
Las debilidades de un sistema de reparto son varias, quizá por eso no está permitido dicho sistema en el aseguramiento privado, de donde no puede inferirse que cuando se trata de pensiones públicas la debilidad natural se convierta, por el hecho de lo público, en fortaleza.
La debilidad fundamental es la dependencia de los ingresos presentes para satisfacer derechos que se han adquirido a lo largo de muchos años de contribución al sistema. Es evidente que en momentos de crisis y de bajo empleo –situación actual–, las insuficiencias financieras se hacen presentes, poniendo en peligro el buen fin del derecho adquirido.
El sistema se ha venido desarrollando como si las condiciones de referencia hubieran permanecido constantes. Apenas pequeños retoques: número mínimo de años de cotización para tener derecho a la pensión máxima, número de años a considerar para determinar la base reguladora para el cálculo de la pensión, y poco más.
La edad de jubilación para la pensión máxima –supuestos cumplidos los demás requisitos– en los sesenta y cinco años teóricos ha sido considerada un logro social, que ahora puede convertirse en el enterrador del propio sistema. Desde que nos vanagloriábamos de estos logros –principios de los ochenta– hasta el día de hoy, la esperanza de vida media de la población española se ha elevado en más de veinte años –sólo en los últimos trece años, del 2000 al 2012, ha pasado de 75,8 años a 81,6 años–. Por ello, si el jubilado medio nacido en el año 2000 esperaba percibir diez años de pensión hasta el momento de su muerte, quien se jubile habiendo nacido en 2012 esperará ser pensionista durante más de diecisiete años, con lo que las cuentas, pronto o tarde, no cuadrarán.
En este sentido, estaría más que justificada la fijación de la edad de jubilación en relación con la esperanza de vida, pues es más complejo y de peores consecuencias económicas incrementar las cotizaciones para financiar el incremento de gasto en prestaciones, pues éste estaba pensando para una esperanza de vida claramente inferior de la que hoy goza la población española. Pero eso de alargar la vida activa parece que no produce entusiasmo en un país en el que el nirvana se consigue con la holganza.

Naturalmente, si a esto añadimos la disminución de la natalidad, que ha convertido la pirámide de edades en un cilindro ligeramente abombado por el centro, y con una tasa de desempleo del 26%, se comprenderá cuál es el problema al que nos enfrentamos.
La naturaleza de la cotización no es la de un impuesto, sino la de un precio para adquirir el derecho a una prestación futura; es decir, lo que en el aseguramiento privado llamamos prima. Dado que el Estado es el garante y que como administrador ha sido, al menos, negligente en reformar a tiempo el sistema, recórtense las prebendas y respétense los derechos. Vamos, es como yo lo veo.

La ITV de Messi - Pedro Narváez


La ITV de Messi - Pedro Narváez

Messi nos da una idea de lo barata que está la carne de político. La prueba es que nadie en público le llama sinvergüenza, como ya le habrían gritado si en vez de en el banquillo estuviera en la bancada. Al cabo, su presunto delito es más de lo mismo. Por menos de lo que la Fiscalía dice que ha defraudado, a un alcalde lo empalan al estilo Vlad III, más conocido como Drácula. No es que defienda a los impresentables ni a los chorizos o a las butifarras caviar, pero si la Justicia es igual para todos, no lo es el cariño, que no puede comprarse en un telediario, sobre todo si es de TV3. Los héroes erran mientras consigan el pañuelo de la amada, que es la afición, ya desvirgada pero aún en celo. Messi, el ángel de la Masía, no sólo habla catalán en la intimidad, que es como si uno supiera ruso y en una cumbre con Putin sólo lo utilizara para hacer pis, sino que ha aprendido rápido las costumbres de las élites que lo encumbraron como el dios de la nueva patria que posa con la camiseta de la «senyera». Un argentino antes que un español, porque ya se sabe que en el Río de la Plata nos llaman cosas que no se atrevería a soñar Tardà. Pujol padre asegura que sus hijos tienen su propia vida y Messi hijo no sabe qué hizo su padre con tanto dinero. Los que toman los colores del Barça como la bandera de su delirio, tan proclives a faltar, optaron ayer por un silencio de hospital. Cosas de familia. El astro tendrá que pasar ahora la ITV de la moralidad y entrenar para parecer un chico honesto además de un genio, que es donde le saca cuatro penaltis a Oriol Pujol. Sólo queda que el rey se quede desnudo porque la pareja de diseñadores italianos que le pagan los calzoncillos también están acusados de sisar al fisco. No vale marcar paquete cuando Hacienda tiene las pelotas en su córner, con todos los puntos para ganar la Liga.

miércoles, 12 de junio de 2013

Chochines y chochitos - Alfonso Ussía



Chochines y chochitos - Alfonso Ussía

El concejal del Bloque Nacionalista Gallego de Cambados, provincia de Pontevedra, de siempre ha sido reconocido en su tierra por su ingenio y elegancia. Se titula el hombre «Xaquín» Charlín, apellido éste que me suena en demasía. Don «Xaquín» –me temo que se traduce por «Joaquín»–, es un político muy exigente con las facturas de los ginecólogos. El caso es que ha sabido que el ginecólogo de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, le ha cobrado a ésta por sus servicios 40.000 euros, y ni corto ni perezoso, empujado por su culta ironía, ha manifestado que doña Soraya tiene un «chochito de oro». Las feministas, como es de esperar, más calladas que un berberecho de las Rías Bajas porque la Soraya ridiculizada no es la suya.
Don «Xaquín» se siente feliz y orgulloso con su hallazgo semántico, y se ha justificado en su ironía, porque le han enseñado desde niño que la ironía consiste en eso. No tiene culpa. Y ha cerrado sus declaraciones con un contundente «yo soy así». Es decir, así de grosero, así de procaz y así de penco. Una lástima que don «Xaquín» ignore los conocimientos más básicos de la ornitología, porque si en lugar de «chochito de oro» se hubiera decantado por «chochín de oro» tendría más amplio margen para justificar su cochinada machista.
El chochín, como don «Xaquín» ignora –y rima en consonante con «Xaquín» y Charlín–, es una preciosa ave de pequeño tamaño de la familia de los troglodítidos. Su denominación latina es como la de Baden-Baden en su topónimo, es decir, «troglodytes troglodytes», o lo que es igual, un «troglodytes» sin ningún tipo de prudencia. El chochín es pequeño, como doña Soraya, y de cuerpo rechonchillo, como el de doña Soraya, y vive en los bosques, espesuras y jardines de toda España.
De haber dicho el concejal nacionalista que doña Soraya es un «chochín de oro», ornitológicamente podría haber acudido al ámbito de la ironía, pero por desgracia, don «Xaquín» es de los que confunden los chochines con las cigüeñas, que algo habrán contribuído las segundas en el aumento de la factura del ginecólogo con resultado positivo, porque doña Soraya dio a luz a un precioso niño. Pero no. La ornitología o la simple y sencilla contemplación del movimiento aéreo de los jardines de Cambados no van con don «Xaquín». Y para insultar o menospreciar a doña Soraya ha optado por el concepto «chochito», que además de una mendaz fórmula machista es de una zafiedad y ordinariez sólo pronunciable por un ciudadano manifiestamente inferior. No especifico inferior a qué, porque don «Xaquín» lo sabrá y nunca me ha gustado adentrarme en intimidades. Se advierte también que el concejal no ha leído a nuestros clásicos del Siglo de Oro ni a los del siglo XX, porque si a don Francisco de Quevedo, don Luis de Góngora, don Miguel de Cervantes, o en la modernidad contemporánea, a su paisano don Camilo José Cela, se les hubiera caído un objeto pesado sobre un pie, no habrían desalojado el desahogo del dolor con un «¡Chochito!», sino con un «¡Coño!» mondo y lirondo que actúa de calmante por su clásica contundencia. Lo de «chochito» puede ser incluso una cursilería, como el pompis, que deja de serlo a los siete meses de edad para convertirse, ya definitivamente, en un culo.
Pero con independencia de estas auroras boreales, lo que hay que defender es una cuestión de ética y estética. La ironía jamás ha sido patrimonio de los groseros y los sandios.

domingo, 9 de junio de 2013

Fármacos, represión y control - Mónica Müller



Fármacos, represión y control - Mónica Müller
La autora en el libro Pandemia. Los secretos de una relación peligrosa: humanos, virus y laboratorios (editorial Sudamericana, 2009) relaciona el virus A (N1H1) con la famosa y letal Gripe Española de 1918 que fue provocada por un virus precursor del actual. Los síntomas, el mecanismo por el que mata, las lesiones que muestran las autopsias son idénticos en 1918 y 2009. Entonces hubo una primera ola benigna y una segunda que causó entre 30 y 100 millones de muertes en ocho meses. ¿Cómo saber si también esta vez habrá una segunda ola letal? Mónica Müller con un estilo apasionante y el rigor de una especialista devela una historia silenciada durante más de noventa años. Analiza los paralelos con el presente y echa luz sobre las zonas oscuras de la poderosa industria de los fármacos que hoy esta siendo investigada bajo acusaciones de escándalo. El presente texto fue elegido por la autora para ser publicado por la revista Topía. 

Nuestra relación con el universo microscópico es una historia de guerras. El estado de antagonismo permanente contra lo invisible y la producción de armas nuevas contra cada amenaza son característicos de la idea que los humanos tenemos de nuestra posición en el mundo. La industria farmacéutica lleva ese concepto a su punto máximo cuando promete para cada mal un remedio y presenta los hechos naturales y las etapas biológicas como enfermedades.
El hábito ya naturalizado de tomar una droga química contra cada síntoma es la consecuencia directa de esa forma de entender la salud y la enfermedad. El uso de antitérmicos es un claro ejemplo. La fiebre es un mecanismo de defensa muy ingenioso: si no existiera habría que crearla y su inventor entraría con honores a la historia de la medicina. La temperatura corporal elevada inhibe el crecimiento y la reproducción de organismos infecciosos y es la protagonista principal de una delicada cascada de reacciones inmunitarias que incluye la liberación de agentes antitumorales. A los virus se les complica la vida cuando la sangre supera los 38 grados; su fantástica capacidad de replicación se hace lenta hasta que quedan desactivados. La fiebre no es una enfermedad. La fiebre cura. Entonces ¿por qué los médicos recetan antitérmicos en forma rutinaria? Un residente de un hospital respondió con una honestidad desarmante: -Porque existen. ¿Y por qué los pacientes toman antitérmicos en cuanto su temperatura sube más allá de los 38 grados? Porque los médicos los recetan.
En nuestro mundo atravesado por la pulsión de consumir, la publicidad no respeta nada. Los fármacos son objeto de deseo tanto como los vestidos y los relojes. Hay drogas que quedan bien y otras que son demodées o poco elegantes, y muchas veces el único límite para tomarlas es la capacidad económica para comprarlas. Nadie quiere el antidepresivo que se tomaba hace diez años. Todos quieren el de Melanie Griffith, que acaba de ser lanzado en Estados Unidos y cuesta 100 dólares la caja.
Cuando un argentino tiene dolor de garganta o está resfriado va a la farmacia, elige al azar o por consejo del farmacéutico un antibiótico y lo toma como le parece. En lugar de comprar veinte comprimidos compra cinco porque no le alcanza la plata, o en lugar de tomarlo siete días lo toma dos porque enseguida se siente bien (no porque el antibiótico ya haya actuado sino porque la enfermedad concluyó su curso natural). Los farmacéuticos cuentan que muchos clientes piden “déme un antibiótico bien fuerte” o “déme el mejor, aunque sea más caro” como si estuvieran comprando un buen par de botas de trekking. No saben que no existe un antibiótico mejor ni uno fuerte, sino uno específico para cada caso. Sin saberlo, están favoreciendo la creación de una cepa bacteriana super resistente a todos los antibióticos conocidos, lo que pone en peligro su propia inmunidad y por un efecto de ruleta rusa darwiniana, la de todo el género humano. Pero esos pacientes no son responsables: creen en lo que su médico les dice y en lo que la publicidad les muestra como un valor confiable. Su médico muchas veces les indica un antibiótico cuando no es necesario, y los comerciales de televisión les aseguran que pueden volver hoy mismo al trabajo aunque estén con gripe, y tener mayor vitalidad, mejor humor y rendir más tomando determinadas drogas. Dos tabletas de aspirina, es la receta que los protagonistas de unos comerciales de TV dan para combatir el cansancio o el abatimiento. Una sola tableta de 500 mg. altera la coagulación de la sangre durante siete días y puede producir hemorragias gástricas. Y 1000 mg. no hacen más efecto que 500. Sólo duplican el riesgo de tener un grave accidente hemorrágico y las ganancias del laboratorio.
Todos los días alguien cuenta que por indicación médica está tomando amoxicilina por un catarro bronquial o un dolor de garganta. ¿Le hicieron un test rápido para saber si la causa era bacteriana o viral? ¿El catarro tenía una evolución sospechosa, o era la secuela natural de un resfrío que se resolvería tosiendo y expectorando durante una semana? 
-Me lo dieron por si acaso- es la respuesta más frecuente.
En el primer año de la carrera de medicina, a lo sumo en el segundo si uno es muy distraído, se aprende que las enfermedades virales no se tratan con antibióticos. En cualquier caso es poco probable que alguien se gradúe sin enterarse. Para alentarnos a afrontar el arduo plan de estudios, un profesor de anatomía nos decía que si uno deja un ladrillo en la puerta de la Facultad de Medicina y seis años después lo retira, se lleva un médico. Con seguridad, aún ese médico estaría al tanto de la diferente terapéutica que requiere un cuadro viral y uno bacteriano. Sin embargo, esas indicaciones absurdas son la rutina diaria en guardias, consultorios y clínicas privadas y hospitales públicos. Y son posibles porque el sistema de salud las consiente con la aprobación o el silencio.
La venta libre de antibióticos es un mensaje tanto para los pacientes como para los profesionales. Si cualquiera puede tomar el que en otra oportunidad le recetó un médico simpático o el que tomó una amiga que sabe mucho de medicina ¿qué le impide al médico recetarle uno a un paciente que no lo necesita?
Los corticoides son otra familia de drogas salvadoras que se indican en forma superflua y abusiva y en consecuencia los pacientes utilizan a la ligera. Son recursos milagrosos frente a reacciones alérgicas inflamatorias que pueden comprometer la vida, pero para hacer su efecto supresor ponen al organismo en estado de alarma. Si a uno lo corre un león las glándulas suprarrenales segregan adrenalina, un corticoide natural poderoso que sale al torrente sanguíneo para llegar a todos los órganos y tejidos y poner en suspenso una serie de funciones poco importantes para dar lugar a otras imprescindibles en esa coyuntura. La inflamación que las células experimentan como respuesta a una agresión desaparece en segundos. La sangre afluye a los músculos en cantidad suficiente para que tengan fuerza para correr en sentido contrario a donde está el león y los bronquios se abren para que no falte oxígeno en esa carrera desesperada. Por eso son potentes broncodilatadores. Pero tomarlos en forma crónica pone al organismo en un estado de alarma permanente, como si todo el día y todos los días lo estuviera corriendo un león. Alteraciones de la inmunidad, osteoporosis, destrucción del cartílago de crecimiento en los chicos, acumulación anormal de grasa corporal, estrías cutáneas y alteraciones psíquicas son algunos de sus efectos secundarios que aparecen con el uso masivo o continuado. Sin embargo, muchos médicos los indican en forma automática por una inflamación de la garganta, una otitis o la extracción de una muela, cuando una articulación se inflama por una torcedura o cuando un músculo duele por una contractura. Los deportistas profesionales reciben con frecuencia corticoides inyectados en el punto de la inflamación para que puedan volver a salir a la cancha o al ring como si no estuvieran lesionados. Para las empresas comerciales el dolor no es el mensaje de auxilio de un tejido que sufre y necesita reposo, sino un obstáculo para el cumplimiento de un contrato.
Bien mirado, casi todo nuestro vademécum oficial está compuesto por drogas anti-cualquier reacción defensivadel organismo. La tos, que expulsa hacia el exterior partículas que de otra manera podrían llegar a los pulmones, es un síntoma temible que hay que conjurar por cualquier medio. Una diarrea o un vómito, mecanismos autolimpiantes liberadores de toxinas, una manchita roja en la piel o mocos verdes en la nariz merecen un llamado de urgencia al médico y el pedido de una receta que “corte” el síntoma. Si el médico está de vacaciones la solución está en la farmacia, donde le venden a elección y sin receta antibióticos, antihistamínicos, antitusivos, analgésicos, corticoides o antiinflamatorios, lo que el cliente pida.
La pasión creciente por las drogas es un fenómeno mundial motorizado por el marketing especializado, pero en la Argentina parece estar tomando un ritmo enfermizo. Entre 2002 y 2008 el consumo pasó de siete a trece unidades (cajas o blisters) por persona.[1]
Nadie le da tiempo a su inmunidad para que pelee y salga fortalecida del encuentro con un microbio. Y nadie tolera sentirse cansado, dolorido, débil o triste. La tristeza, sobre todo, goza de muy mala fama. La vulgarización de términos provocada por un exceso de psicoterapias pret à porter hace que se la llame depresión aunque uno tenga buenos motivos para estar triste. En consecuencia se la trata como a una enfermedad, sacudiéndole dos o tres fármacos a la vez para inhibir sus desagradables síntomas: el llanto, la queja, la falta de deseo y la reflexión penosa.
Desde hace más de veinte años el casal argentino psicóloga-psiquiatra canta siempre la misma letra con independencia del paciente que tenga en el diván: un antidepresivo + un ansiolítico. Sólo las drogas y las marcas cambian cada año según los nuevos lanzamientos de la industria. Lo que antes era fluoxetina ahora es venlafaxina. Lo que antes era bromazepam ahora es clonazepam. Lo que antes era trabajo psicoanalítico arduo, interesante y profundo ahora es un service superficial para suprimir esas odiosas lágrimas que nadie quiere ver.
En algún punto del tratamiento la psicóloga, que como las azafatas casi siempre es mujer, deriva al paciente a su coequiper psiquiatra, que como los comisarios de a bordo casi siempre es hombre. El diagnóstico y la terapéutica serán siempre los mismos: “usted está deprimido y ansioso; va a tomar esto y esto durante unos años para aprovechar mejor su terapia”.
No hay evidencias de que la tasa de suicidios haya disminuido desde que se generalizó y se multiplicó en forma geométrica el uso de antidepresivos. Las estadísticas mundiales son contradictorias y cada una relativiza a la siguiente. Lo único seguro es que en los dos últimos años en los Estados Unidos hubo un alarmante aumento de casos entre los niños y los púberes y también entre los soldados que vuelven de llevar la democracia al mundo bárbaro, aunque en general son puestos bajo tratamiento psiquiátrico desde el momento mismo en que vuelven a pisar la tierra donde nacieron. Es comprensible: el suicidio puede ser un alivio en los países donde rige la prohibición de estar triste.
Estuve en Nueva York en noviembre de 2001, un mes y medio después del atentado contra las Torres Gemelas. Por toda la ciudad había altares espontáneos con retratos de personas desaparecidas, flores, poemas, mensajes desgarradores y esperanzadas sartas de grullas de origami. Dos estaciones de subterráneo estaban clausuradas, aplastadas por los escombros y atravesadas de arriba a abajo como brochettes por vigas de hierro. Las primeras planas de los diarios anunciaban el inminente apresamiento de Bin Laden con títulos de Play Station en tamaño catástrofe: “Bin Laden is on the run!” “We got him!”. A cinco cuadras a la redonda del lugar donde habían estado las torres flotaba un olor fuerte a caballo muerto. Debajo de los escombros todavía quedaban más de mil cadáveres descomponiéndose. Dos veces por día camiones hidrantes rociaban los despojos con líquidos desinfectantes. Por las ratas, me explicaron mis amigos. Compré una cámara de fotos en un local a 100 metros de las torres. Desde el segundo piso se veía el interior de algunas oficinas: cortinas blancas flameando por fuera de las ventanas descalabradas, un escritorio intacto de diseño exquisito; frente a él dos sillas del mismo juego volcadas, papeles volando y planeando hacia la calle. Cuando quise probar la cámara me advirtieron que estaba prohibido hacer tomas de las ruinas.
La gente parecía activa y sonriente como siempre. Bush indicó con tono enérgico: “¡Ahora hay que consumir, consumir, consumir!” Los locutores de radio de voz estentórea instaban a salir y comprar como si nada hubiera sucedido: -Pass and move on! –repetían como un mantra capaz de convencer de que no había pasado nada y la vida continuaba. Le pregunté a mi amigo neoyorkino más sensible si podía dormir, si no estaba asustado, impresionado o angustiado. Me contestó que no era hora de lamentarse. Para los americanos era hora de trabajar y producir, no de llorar. Ante esa respuesta tardé un poco en hacerle mi segunda pregunta de sudaca sensiblera. Por fin me animé y sin vacilar me aseguró que no, que no sentía olor a caballo ni a ningún otro animal muerto a quinientos metros alrededor de las torres.
Esta experiencia es un indicio pero no permite afirmar que el delito de estar triste sea un invento estadounidense. Cuando en agosto de 2000 el submarino nuclear ruso Kursk se averió y quedó encallado en el fondo del mar de Barents con 118 marineros a bordo, las cámaras de televisión se demoraron filmando a las madres de los tripulantes mientras miraban el punto en el agua donde a 108 metros de profundidad sus hijos vivían sus últimas horas en lenta agonía. Una de ellas, llorando desesperada, increpó a los responsables del martirio de su hijo. Un brazo masculino con uniforme azul y entorchados dorados apareció de la nada y la sujetó mientras una enfermera le clavaba una jeringa y le inyectaba un sedante. Dos segundos después la mujer cayó inconciente y una ambulancia se la llevó fuera del alcance de las cámaras.
La pena y la ira, como la vejez y la muerte, se han transformado en espectáculos bochornosos que nadie quiere presenciar. Los fármacos para disimularlos, neutralizarlos y controlarlos son un bien tan valorado en nuestra civilización que casi nadie sabe vivir sin ellos.

sábado, 8 de junio de 2013

Pamela con vestidos - José Luis Alvite

Pamela con vestidos - José Luis Alvite

Ocurrió muchas veces en mi infancia y no estoy seguro de haberlo superado. Mi madre ingresaba con frecuencia en un sanatorio para ser operada. Desde Cambados venía tía Pepita para que hubiese una mujer en casa. Aunque fuese media mañana, nada más llegar ella, irrumpía la noche y aquel silencio casi abacial que sólo se interrumpía para que se dirigiese a mí con un aviso que nos concernía a todos: «Tenemos que estar preparados para lo peor». No decía otra cosa, ni expresaba nada con aquel rostro tan austero en el que se plisaban sin idioma las facciones reglamentarias de un conserje. Después se levantaba la mesa y yo me iba a la habitación de mi madre, abría el ropero y miraba con tristeza la caja de su pamela y sus vestidos vacíos. Solo un rato, casi abrir y cerrar el ropero, el tiempo justo para darme cuenta de que estaba a punto de convertirme en el huérfano de un puñado de ropa, en el expósito perplejo de una mujer hermosa, dulce y vulnerable con la que temía encariñarme por miedo a echarla de menos si se cumplía el vaticinio mortuorio de tía Pepita, que esperaba de mí la entereza de un soldado enlutado por la muerte de su comandante, el ácimo dolor institucional de un niño que no perteneciese a una familia, sino a un escalafón. «No entiendo cómo con su mala salud, tu mujer no le tiene ropa negra a estos niños», le escuchaba decirle a mi padre en la cocina. Y volvía el silencio, aquel silencio descalzo en el que mi respiración sonaba como si cavase una sandía en mi pecho la azada del enterrador. A los pocos días mi madre regresaba a casa débil y demacrada, con el vientre recogido en el cuenco de una mano sin tacto. Entonces tía Pepita se volvía a Cambados y yo me veía vestido de negro en el reflejo medicinal de los ojos grises de mi madre...

El diario de Verónica - Federico Quevedo



El diario de Verónica - Federico Quevedo
No sé cuántos años tenía Verónica cuando su propio padre la asesinó de un golpe en la cabeza para posteriormente descuartizarla en pedacitos, después de haberla violado y dejado embarazada… “Mi tío me quemó con la plancha y tú te reías, le dijiste que me quemara con la plancha y no me curaste, ¿te acuerdas?”, escribía Verónica en su diario refiriéndose a él. Este diario ha dejado una profunda huella en aquellos que han podido leerlo, porque en él se relata una auténtica galería de los horrores sufridos por esta joven cuyo 68% de discapacidad mental no le impedía ser consciente de la tortura continua y sistemática a la que la tenían sometida su padre, su madrastra y las familias de ambos.
A Verónica le pegaban, la violaban, la utilizaban como sirvienta, le escupían, la insultaban, se reían de ella, la abandonaban en la calle hiciera sol, frío, lluvia, viento… La dejaban sin comer y sin beber, desnuda, sola, terriblemente hurtada de cualquier resquicio de compasión y ya no digamos de amor. Fue su hermano, nacido de la misma madre y a quien también propinaron una tortura insufrible plagada de palizas y quemaduras de cigarrillos, quien sospechó que algo extraño pasaba en la desaparición de Verónica. Durante diez años la buscaron, hasta que finalmente encontraron su cuerpo descuartizado en una mochila escondida en un cuarto de aperos de labranza.
Ni siquiera pudo tener la paz de una cristiana sepultura y sí el desprecio y la violencia post mórtem de su madrastra y los hijos de esta, que fueron capaces de ocultar su cuerpo durante años. Tanto tiempo pasó que el principal causante de su increíble sufrimiento tuvo lo que le negó a su propia hija: una muerte digna que le ha librado de la cárcel -aunque mi fe confía en la Justicia divina- y del escarnio público que merecía haber provocado tanto horror. Yo no sé a ustedes, pero a mí la historia me ha conmovido hasta el extremo. Las imágenes fabricadas por la capacidad de ficción se agolpan en mi cabeza como si ciertamente lo hubiera vivido.
Es verdad que cada día nos sorprenden historias como esta, pero -no sé si por las especiales circunstancias que rodean el infierno sufrido por Verónica- el caso es que no he podido resistirme a dejar fluir los sentimientos que tanto horror me producen y hacerme la pregunta con la que en un primer momento titulé este post: ¿cuánta maldad cabe en el corazón humano? ¿Por qué permite Dios semejante ejercicio de crueldad? La única explicación que mi razón admite es la de que la víctima recibirá una compensación proporcional al castigo infligido contra ella y que el verdugo será castigado, igualmente, con un infierno semejante al que hizo pasar en vida a Verónica.
Si no fuera así, ¿qué nos impediría actuar con la misma violencia ante semejante atrocidad? La herencia fundamental del humanismo cristiano nos llevó a concluir que la ley del Talión no era la respuesta adecuada al delito por parte de una sociedad que busca darle todo el sentido positivo posible a la convivencia. Pero es inevitable sentir un asco profundo, una rabia contenida, un deseo -incluso- de humana venganza hacia quienes son capaces de cometer tan brutales atrocidades. Y una pena infinita, un dolor incurable por quien fue objeto de semejante crueldad y desde la inocencia inherente a su limitada capacidad sacó fuerzas de flaqueza para dejar escrito el relato de tal infamia.
No sé si algún día podremos leer completo el Diario de Verónica, ojala sea así, aunque solo sirva para aumentar nuestro dolor y nuestro asco hacia tan inhumano comportamiento. Verónica es un ejemplo de vida, de por qué la eugenesia es casi tan brutal como el infierno sufrido por esta niña-joven a manos de su padre y su madrastra. Verónica debería llenarnos de fe en la persona, porque incluso cuando la persona parece tan lejos de nuestra capacidad de entendimiento es capaz de darnos lecciones de entereza y de fortaleza.
Verónica, su muerte y la causas de la misma, no deberían circunscribirse a un relato breve en la mitad de las páginas de un periódico, sino que debería ocupar ya las portadas de los telediarios y ser objeto de análisis en esas tertulias en las que solo parece que interesa otra clase de miseria humana vinculada a la fama fácil, la riqueza y el poder. Verónica debería despertar nuestras conciencias y obligarnos a pensar qué tipo de sociedad estamos construyendo y a actuar de inmediato para evitar que casos como el suyo se olviden en el oscuro cajón de una hemeroteca.
Ese diario, ese terrorífico diario, debería ser best seller en nuestras librerías para que no olvidemos nunca qué extremos de maldad, de tamaña crueldad, es capaz de albergar el corazón del hombre y nos haga reflexionar sobre el sentido de la vida y la hermosura de su protección. Descanse en paz Verónica.

viernes, 7 de junio de 2013

Y a ninguna le interesa - Arcadi Espada


Y a ninguna le interesa - Arcadi Espada
JULIA, mi zahorina en estas delicadas cuestiones socialdemócratas, me adelanta en la radio lo que va a suceder. «¿No le parece», me pregunta respondiendo, «que es una forma de criminalizar el sexo?» Se refiere a las declaraciones de un Douglas sobre el sexo oral, práctica a la que se ha dedicado con interés y a la que atribuye la causa de su cáncer. No pasan muchas horas. Douglas, ya por completo criminalizado, retira sus declaraciones iniciales y dice que el sexo oral es inocente. Yo creo que a su retractación en plena regla le faltó un punto de ironía. Debió decir: «Me equivoqué. El sexo oral no tiene la culpa. La prueba es que mi mujer se encuentra perfectamente».
A diferencia de médicos y especialistas situados a miles de kilómetros del historial clínico de Mr. Douglas nada sé sobre la causa del cáncer que nos ocupa. Mr. Douglas fumaba y bebía, esos crímenes. Pero es una hipótesis científica muy plausible que el virus del papiloma, alojado, a veces secretamente, en el cuerpo de algunas mujeres puede provocar cáncer a sus compañeros sexuales, cuando estos hunden allí su boca. Un riesgo que también existe, aunque es menor, cuando alguien se llena la boca de hombre. Una mala noticia, sin duda. Especialmente para lesbianas, adolescentes y señores mayores, mucho más si son promiscuas. Pero una mala noticia que ha de combatirse con ciencia y no con ideología.
Las acusaciones paupérrimamente progres de estar criminalizando el sexo contribuyeron, en su momento, a la diseminación del sida. A fin de no criminalizarlo nuestros paupérrimos incluso se mostraron dispuestos a aceptar que el sida se había propagado desde algún oscuro sótano de la CIA. El resultado fue un incremento en el número de muertes. Nobles, eso sí; orgullosas víctimas refractarias a cualquier criminalización. La promiscuidad sexual, alegre como fiesta entre semana, tiene sus reglas. Y la principal es que hay cosas, tipo hamburguesas, que mejor comerlas solo en casa. La promiscuidad y la ingenuidad, sin embargo, van con mucha frecuencia de la mano. Hay aún el que piensa que la puta no quiere besos porque los guarda solícita para el amor.
«La promiscuidad sexual, alegre como fiesta entre semana, tiene sus propias reglas»

Multar a los padres por la borrachera del hijo - Antonio Robles



Multar a los padres por la borrachera del hijo - Antonio Robles
Si lo que querían era provocar un debate social, lo han conseguido. Por el contrario, si van en serio con la ocurrencia, una vez más nuestros políticos ponen normas donde deberían poner arrestos.
Si hay alguien más interesado, implicado y comprometido con evitar que un adolescente beba o se drogue son sus padres. Primero, porque buscan lo mejor para lo que más quieren, y porque son los que más cercan están para impedirlo. ¿A quién se le puede ocurrir multar a los padres, si son ellos los primeros en sufrir la desolación de un hijo en estado etílico? ¿Suponen que lo provocan, o está en su mano impedirlo?
No sé qué experiencia tienen la ministra Ana Mato y el responsable del Plan Nacional sobre Drogas sobre el comportamiento adolescente. Pero barrunto que escaso, porque si tuvieran que convivir a diario con sus problemas se darían cuenta de que cada día miles de familias se desesperan porque son desbordadas por sus hijos. No porque no se preocupen de su educación, o los desatiendan, sino porque los sistemas educativos desde la Logse han sido demasiado permisivos con los niños; y las redes sociales y la televisión basura hacen estragos a diario en los valores necesarios para hacerles responsables de sus actos. Es seguro que hay padres delincuentes, drogadictos e irresponsables. Me temo que multar a estos no arregla el problema, porque el problema no se reduce a estos casos, sino que abarca a la totalidad de la sociedad y a la totalidad de los padres. Nadie puede estar seguro de que no le pase mañana a él.
Cuando se instala un problema social entre nosotros, siempre es demasiado tarde. No fue el pasado sábado cuando perdimos el control sobre nuestros hijos, sino hace dos décadas, cuando impusimos un sistema educativo Logse nacido de la falta de compromiso con el esfuerzo, con la responsabilidad ante nuestras propias acciones, con la desaprobación de la autoridad y las jerarquías familiares y la sustitución de la libertad responsable por el hedonismo más ramplón. Los padres eran amigos, y los maestros colegas, todo estaba permitido, menos hacerse cargo de los propios errores. No son los padres, es la sociedad entera la responsable de esta borrachera colectiva. A un niño lo educaba la tribu, y hoy la tribu está demasiado ocupada en sacar en pantalla a los referentes más extravagantes y menos edificantes. Y si no, fíjense en las audiencias de Sálvame o toda esa basura de las mil versiones de Gran Hermano.
Esta ocurrencia del Gobierno de Rajoy me recuerda a aquella campaña de pegatinas que se pegaban en la trasera del coche con el eslogan de "No a los accidentes". ¡Como si pudiéramos hacer algo con solo desearlo! O esa otra del sistema educativo catalán, que ante la falta de coraje para imponer disciplina, autoridad y respeto en las aulas hace firmar a los padres una "carta de compromiso con la escuela". Como si los padres que la firman no lo tuvieran. ¿Valdrá para algo firmarla, aparte de como justificación a los responsables de educación que se oponen a expulsar del aula a quienes la convierten en un infierno?

Soy muy consciente de la responsabilidad de muchos padres por no haber sabido poner límites mientras aprendían poco a poco a gestionarlos por sí mismos. Son responsables, y han de ser conscientes de ese error. Pero bastante castigo tienen ya con el coma etílico del hijo como para que encima venga el Gobierno a culpabilizarlos. Educación y prevención. Unos son niños y los otros son padres, ni los unos ni los otros delincuentes. Ni la una ni la otra se consiguen con multas, sino con generaciones educadas en valores responsables. Y libertad.

jueves, 6 de junio de 2013

Banqueros sin fronteras - David Torres


Banqueros sin fronteras - David Torres
Es muy curioso que las cajas de ahorros, que empezaron siendo instituciones sin ánimo de lucro y con carácter social, hayan acabado en manos de individuos como Miguel Blesa, que apenas tiene carácter social y sí mucho ánimo de lucro. Se da la curiosa paradoja de que los mismos ahorros que fueron ingresando nuestros abuelos y bisabuelos en aquellas pequeñas sucursales de pueblo han terminado desembocando en los bolsillos de Miguel Blesa, de Rodrigo Rato y de otros célebres escultores de pelo.
En España la banca siempre ha sido una cuestión de estética capilar. Aquí hay dos tipos de banqueros: los que usan gomina y se echan el pelo para atrás (Blesa, Conde) y los que ya no pueden echarse atrás más pelo (Botín, Rato). También está Goirigolzarri, pero Goirigolzarri es que parece todo él hecho de postizos, desde el peluquín a la nariz pasando por el apellido. Resulta trabajoso hasta el punto de que probablemente el hombre necesite un DNI desplegable, pero al menos no es uno de esos apellidos que ya indican la futura proyección semántica del usuario. Vamos, que no hacía ninguna falta preguntarle a Botín o a Rato qué iban a ser de mayores. Ya se les veía venir, igual que a José Luis Pego, que se llevó 18 millones y medio de indemnización de Novacaixagalicia tras nueve meses de trabajo; o como Adolf Todó, que tiene un blindaje de más de ocho millones de euros. Adolf es que tenía cara de banquero desde antes del bautizo.
Yo siempre he sido muy supersticioso con esto de las palabras y lo que significan, y en la vida bautizaría a un perro con el nombre de Adolf, aunque sea con acento catalán, no te digo nada a un niño. Nos pasamos días y días para buscar un nombre a un cachorro de cocker hembra, negro como la tinta, y al final, después de muchas opciones, acabamos llamándolo Sombra, que resultó el nombre perfecto porque te sigue a todas partes, te metas donde te metas, y en el parque siempre se echa a retozar bajo los árboles. Si la llego a llamar Pirata, como pretendía uno de mis amigos, lo mismo el perro se me hace banquero.
Tan arraigada tengo esta creencia que de niño buscaba misterios ocultos en palabras sonoras y hermosas pero absolutamente inanes, como palangana, e incluso me quedaba mirando la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, pensando que allá, a lo lejos, debía alzarse un monte donde se almacenaba la piedad y hábiles mineros que la extraían cuidadosamente a paladas. Pero la piedad la sacaron toda, del monte no quedó más que terreno urbanizable donde levantar unos aparcamientos, los ahorros han volado en jubilaciones indecentes e indemnizaciones pútridas, y al final, después de tanta sustracción, sólo nos queda la caja.
De Miguel Blesa poco más se puede decir, excepto que su segundo apellido es de la Parra, donde seguimos todos.

Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite

Los robles de Hyde Park - José Luis Alvite

Ya estaba ella sentada en el trono de Inglaterra cuando empecé yo a ir a la escuela y creo que seguirá ahí mientras no acabe con ella cualquier enfermedad de la madera. En muchos países modernos hay monumentos más jóvenes que ella, más frágiles y, desde luego, menos arrogante de su porte no parece que se haya desmoronado aun el Imperio Británico. Tiene la reina Isabela II de Inglaterra la ambigua expresividad heráldica de alguien que sabe a ciencia cierta que pertenece a un mundo augusto y antiguo en el que lo que importa de las manos no es su calor, sino los modales. Es algo que le viene de cuna y por haber vivido en un ambiente familiar en el que no era extraño encontrarse por la mañana una perla en la escupidera de su padre y una corona entre la loza del desayuno. Acaba de cumplir sesenta años de reinado y no hay síntomas de que piense abdicar. Se mantiene encaramada en un alto índice de popularidad entre los británicos y no parece que nada vaya a moverla del trono si ni siquiera han conseguido que se resienta su entereza los dibujantes del «The Times». Ella es la madre, la abuela o la bisabuela de todos los británicos y ha conseguido que sientan por ella esa mezcla de fascinación, curiosidad y adicción que suelen despertar las leyendas, los narcóticos y los sellos de Correos. Hasta que un día su médico de cabecera encuentre el alabastro de su cuerpo en el lecho palaciego, mire el reloj de leontina y certifique que Su Graciosa Majestad acaba de fallecer víctima de una de esas enfermedades que ahuecan los robles de Hyde Park.

Los «gin tonic» - Alfonso Ussía



Los «gin tonic» - Alfonso Ussía
Se me antoja exageradísimo el tinglado que se ha montado en torno a los precios de los «gin tonic» que se sirven en la cafetería del Congreso de los Diputados. Un clamor demagógico ha colapsado las redes sociales y los medios de comunicación, escandalizados por el precio, después de la subvención, de esta agradable bebida en el recinto parlamentario. España no va a mejorar su economía aumentando en un euro el precio de los bebercios que se trasiegan sus señorías. Es más, mi propuesta es que en lugar de 3,45 euros, el precio descienda a 2,30 euros por consumición alcohólica, con el fin de incentivar el ingenio parlamentario de los diputados, que en general, es muy limitado. Mejor borrachos que borregos, que es la condición más habitual del parlamentarismo español. No estaría de más, que amén de la rebaja, se aprobara una remodelación de la cafetería patricia, dotándola de luces espasmódicas, música a todo volumen y secuencias de rayos láser al estilo de las discotecas. En una comunidad mansa, con la libertad sometida a la disciplina de partido, y la capacidad parlamentaria resumida a la lectura de un texto previamente impreso y distribuido entre todos los congresistas, los desahogos que procura la alcoholemia son imprescindibles. Eso sí, con un tope de alcohol en la sangre previamente pactado por todos los grupos y aprobado por la Mesa del Congreso.
Cuando Peces-Barba se cargó la «Taberna del Cojo», el bar del Congreso así bautizado por la asidua presencia en su recinto del conde de Romanones, la cafetería se instaló en el feísimo edificio adyacente. Se puede acceder al viejo palacio vigilado por los simpáticos leones por una pasarela o bien, por el patio principal que separa la tradición de la novedad. Ahí podrían ubicarse dos parejas de la Guardia Civil – en la pasarela y en el patio–, para exigir a los parlamentarios provenientes de la cafetería que soplen por el canuto del alcoholímetro, y a los que superen el límite establecido de alcohol, devolverlos a la cafetería impidiendo su acceso al hemiciclo. Creo que el tope máximo autorizado tendría que ser el correspondiente al tercer grado de la tajada hispana. El primero no es otro que la verborrea convincente, el segundo la exaltación de la amistad, el tercero los cantos regionales, el cuarto el tuteo a la autoridad y el quinto, el insulto al clero. En los cantos regionales se puede imponer el tope. Séame reconocido – e incluso aplaudido–, que es mucho más saludable para España una canción popular de Argamasilla de Alba entonada por Cayo Lara, que una intervención del mismo personaje en la tribuna de oradores. O de Rubalcaba cantando una montañesa, o Rajoy una balada celta, o Duran Lleida alegrando la Cámara Baja con una bien principiada «cançó» de sus Pirineos leridanos, bellísimos por cierto. Y como remate final de la sesión parlamentaria, sin distinción de partidos e ideologías, todos los parlamentarios andaluces bailando en torno a la mesa de los taquígrafos unas trepidantes sevillanas. No excluyo la posibilidad del chotis para los madrileños, ni la folía para los canarios, ni la jota para los aragoneses. Mejoraría en gran medida la imagen de nuestro Parlamento.
Para ello, es fundamental y absolutamente necesario que se rebajen los precios actuales. Un aumento de los mismos, como se pretende, terminaría con nuestras esperanzas. Con que acertaran a votar lo que ordena el Grupo al que pertenecen, todo seguiría igual. ¡Chin-chin!

Dar ejemplo - Reyes Monforte



Dar ejemplo - Reyes Monforte
No acierto a entender qué hace un chaval de 12 años ingresado por un coma etílico en las urgencias de un hospital de manera reiterativa, pero supongo que sus padres tendrán una idea. El Gobierno quiere multar a esos padres y aunque a priori puede sonar un poco intervencionista, puede albergar una cierta lógica. Pero aquí o jugamos todos o rompemos la baraja, y al Gobierno de turno se le da muy bien repartir el juego pero no siempre participa del «fair play». Vale que el Gobierno se preocupe e incluso se inmiscuya en la tutela que los padres ejercen sobre sus hijos, pero que no olvide sus obligaciones. Hace unos años anunciaron que no se permitiría la publicidad de bebidas alcohólicas en la televisión, y mucho menos en las televisiones públicas, y sólo hay que ver los patrocinios de los partidos de fútbol a cargo de una determinada marca de cerveza para saber que no se ha cumplido. Eso sin entrar en el detalle de que en nuestra televisión pública no hay publicidad. Otra cosa es lo que vemos diariamente, que pueden disfrazarlo de menciones o patrocinios, pero en mi pueblo eso es publicidad pura y dura. A diario vemos en diferentes programas las declaraciones de algún personaje ante un forillo de publicidad con el nombre de alguna bebida alcohólica. Y eso es aún peor porque entra dentro de la llamada publicidad subliminal, esa que sin mostrarlo de manera fehaciente va entrando poco a poco en el subconsciente. El movimiento se demuestra andando, así que estaría bien que nuestros políticos dieran ejemplo y se dejara de vender alcohol en el Parlamento y menos a esos precios. O eso o vamos a tener que pensar seriamente en montar un control de alcoholemia en la entrada. Quizá así entenderíamos ciertas cosas.

miércoles, 5 de junio de 2013

El Papa y el guardia - Raúl del Pozo


El Papa y el guardia - Raúl del Pozo
El domingo, Francisco, desde la Basílica de San Pedro, recitó una plegaria global, conectada a la Red. Su sermón no sonó a miss recién elegida, sino a sotana socialista. Llegó a la cruel mandíbula de los tiburones, al trigo negro de la estepa, a los sótanos-fábricas donde los gamines sudan el oro de los paraísos. «La riqueza no hace fácil el camino hacia el Reino de los Cielos», proclamó. En la Casa de Santa Marta anunció que las quejas de los indignados han llegado a Dios y, como anuncian los libros sagrados, la polilla empieza a comerse el oro.
Ayer, prescindiendo del paraguas bajo la lluvia, como prescindió de la silla gestatoria, el amigo del barrio vino a anunciar que los corruptos, los políticos y banqueros que han estafado son el Anticristo. Un hombre de Estado dice: «Se ha ganado la credibilidad, lleva a la Iglesia al lugar de donde nunca debió salir».
¿Se ha convertido la tiara de tres coronas en la gorra del Che? Los apellidos vascos le van a acusar de ser jesuita-peronista y le van a cantar «Sos el primer trabajador».
El cimborrio de los cardenales, con más poder que los antiguos dioses, prepara el veneno en los anillos. La oligarquía argentina teme que beatifique a Evita, a la que el general conoció en un quilombo, y a la que ven tan prostituta como Magdalena.
El Papa no sólo ha leído a San Ignacio o el Martín Fierro, sabe por La divina comedia que cuando Dante estuvo en el infierno vio a papas y cardenales, ladrones, reinonas y bujarras.
«Es porteño y sagaz, su programa es el amor a los pobres, se escapa del Vaticano. Se toma con calma los nombramientos y no le gusta viajar», explica un cardenal de paisano. Camina por las calles de Roma como un cura de aldea, montando el show de la proximidad. Este Papa, que habla español, no quiere parecerse nada a Alejandro Borgia, que fue más disoluto que Calígula. Lo que más sorprende en Roma es el trato que les da a los guardias con trajes diseñados por Miguel Ángel, los que se enfrentaron a muerte a los lansquenetes alemanes hinchados en el saco de Roma, cuando los españoles querían linchar a la «puta roja».
Francisco hizo un elogio de la heroicidad de su guardia y, al ver delante de su dormitorio a uno de ellos sin parpadear con su yelmo, su lanza y su pluma roja, le ofreció una silla, pan y jamón al que guardaba su sueño. El guardia se negó, el Pontífice le recordó que él era su capitán y el soldado dejó la lanza y su yelmo y se puso a roncar como una vaca suiza.

Shaolín, Cambados - José Luis Alvite


Shaolín, Cambados - José Luis Alvite

No he entendido nunca que para aprender a meditar haya que recluirse con una túnica anaranjada en un monasterio chino, decir aforismos enigmáticos y disculparse con las acelgas antes de comerlas. Don José Ortega y Gasset razonaba muy bien con traje y corbata, Oscar Wilde hacía formidables aforismos casi sin probar el arroz y tía Pepita tranquilizaba a las parturientas con una frase bien poco tibetana pero de una eficacia concluyente: «¡Deja de gritar, maldita sea, y empuja!». Tía Pepita no sabía nada del monasterio de Shaolín, ni creía que hubiese algo más cosmopolita que el cartero. Se había hecho comadrona durante la Guerra Civil en un curso de urgencia en la Facultad de Medicina de Compostela y tenía del sexo la idea aproximada de que era algo un poco hidráulico que funcionaba casi como la bomba del pozo. La acompañé de niño a muchos partos en las aldeas de Cambados y no recuerdo una sola queja de sus pacientes por aquel temperamento tan práctico. Concluida la tarea, tía Pepita se enjuagaba las manos y resoplaba con una mezcla de alivio y satisfacción, como si, además de traer a un niño al mundo, con las mismas herramientas hubiese desatascado un obús. Luego me volvía con ella al pueblo y en la aldea quedaba la madre con su bebé recién nacido, feliz y relajada, la cara limpia y la cama recién mudada, mientras en la cocina alguien prendía un faldero fuego de leña en el que hervía la leche y se adormecía el gato. Nadie hablaba entonces del monasterio de Shaolín. El hambre era laxante y la gente se relajaba en el retrete con las mismas muecas de contenido placer que recordaba haber visto en el rostro de su padre aquella lejana tarde en el campo. Y en el rostro de tía Pepita regurgitaba la señorial serenidad amodorrada de aquel mundo elemental en el que con la pachorra le brotaba al fuego la misma lana que a las ovejas.

martes, 4 de junio de 2013

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite

Seis puñados de lentejas - José Luis Alvite

Conozco a muchas mujeres que estarían dispuestas a romper con su vida familiar de muchos años y dar un paso hacia delante en busca de la libertad y del placer sin importarles siquiera que al otro lado de la niebla acaso les esperen la decepción, el remordimiento o el abismo. Sólo unas pocas al final se deciden a dar el paso, echan dos mudas en una bolsa, queman en un cenicero la última lista de la compra y salen al encuentro del tipo con el que esperan compartir la emoción de la incertidumbre, la indescriptible excitación del caos, enfrentadas a partir de ese instante a una existencia aleatoria en la que sólo queden a mano las cosas que estén fuera de su sitio. Pero esa clase de mujer son casos contados. El resto hacen conjeturas, sopesan las ventajas y los inconvenientes, y aunque aprietan los dientes y parecían dispuestas a no volver la vista atrás, lo cierto es que recogen otra vez la llave del felpudo y prefieren renunciar. Ellas dicen que se quedan porque se deben a los suyos, pero yo creo que en esas circunstancias mis amigas llaman responsabilidad a lo que ellas y yo sabemos que sólo es cobardía. Esa actitud claudicante y miedosa recuerda en cierto modo la angustia de los esclavos negros de Virginia o de Alabama al enfrentarse a la incertidumbre de la libertad tras la derrota del Sur y el desmoronamiento de aquel mundo señorial, soñoliento y esclavista en el que si bien se sabían atados a la disciplina de las oprobiosas plantaciones de algodón, al menos estaban seguros de cenar cada noche cualquier cosa que diese pena vomitar y mejorase al menos la comida de los perros. Una de esas amigas mías se hace trampas para vencer la tentación de romper amarras y no le importa reconocerlo. Una madrugada me la encontré de copas en la barra del «Corzo» y me dijo: «Me da miedo que mi conciencia no me reproche la decisión de abandonar a mi familia y cambiar de vida para ser feliz. Para que eso no ocurra me creo compromisos estúpidos que me obliguen a seguir en casa al día siguiente. ¿Por qué diablos crees que pongo tan a menudo a funcionar la lavadora sin ropa y dejo cada noche seis puñados de lentejas en remojo? Puede que sea muy triste, pero necesito convertir mi aburrimiento en un deber». Mi amiga ya no ama a su marido y sus hijos viven lejos. Pero no se larga de casa porque, aunque ella no lo diga, yo sé que lo que de verdad le preocupa no es tener un buen motivo para marchar, sino que no acierte luego con una buena razón para volver.

Sexo escrito - David Torres


Sexo escrito - David Torres
Con una sola frase Michael Douglas ha inaugurado un nuevo deporte de riesgo. De seguir a este ritmo, va a acabar titulando sus memorias: “Por la boca muere el pez”, o mejor: “Con pelos en la lengua”. Ahora bien, si fuese verdad que el sexo oral provoca cáncer de garganta, casi todos los amigos que conozco llevarían un agujero en la tráquea. Luego, leyendo atentamente la entrevista al señor Douglas, comprendí que con la expresión “sexo oral”, el escriba se refería erróneamente a la esotérica práctica del cunnilingus, popularmente conocida en estos lares por amorrarse al pilón, bajar a la fuente o, como dicen los cubanos, hacer el fueraborda.
En realidad el auténtico sexo oral tiene muy poco que ver con el sexo. En España suele practicarse en grupos de cuatro o cinco tíos, todos ellos vestidos, sentados en diversas posturas, generalmente en bares o en sus casas, bebiendo, fumando, y sin más contacto físico que una esporádica y brutal palmada en la espalda de uno de ellos al concluir antológicamente el relato de sus proezas amatorias. Consiste en la narrativa pormenorizada y exagerada de una serie de fantasías sexuales con una o varias féminas, generalmente inaccesibles, en la que la cantidad sustituye a la calidad en todos los órdenes y que suele ser culminada por aplausos, gritos de burla o abucheos. Básicamente es muy parecido al parchís: te comes una y te cuentas veinte.
Uno de los primeros y más célebres practicantes del género fue Luis Miguel Dominguín, quien se ufanaba de que no había hecho más que rematar su primera noche de amor con Ava Gardner cuando ya estaba de pie al lado de la cama, anudándose la corbata. “¿A dónde vas?” le preguntó Ava, espléndidamente desnuda entre las sábanas. “¿A dónde voy a ir? Al bar, a contárselo a los amigos”. En buena ley, el alarde de Dominguín fue sexo oral a la segunda potencia porque, como explicó luego a algún biógrafo, había que ser muy necio para desperdiciar una juerga a solas con una señora como Ava por una sesión de pavoneo ibérico, por muy amigos que fueran. (Dicho sea de paso, Dominguín era famoso, aparte de por su muleta, por su valor insensato y su impenitente bocaza. Una vez le operaron de una cornada en el escroto y se negó a que el médico le pusiera anestesia por ese prurito tan torero de la cobardía. Dominguín apretó la boca para no gritar y se rompió varios dientes. Otra vez estaba de cacería con el Caudillo cuando a uno de los invitados, por gastarle una broma muy española, se le ocurrió preguntarle en voz alta cuál de sus otros dos hermanos era el comunista. Dominguín se fijó en que Franco parecía vagamente interesado y sin cortarse un pelo respondió: “Los tres, excelencia, los tres lo somos”.)
Lo del sexo oral también es algo muy español y bastante extendido en este gremio mío de escritores, poetas, periodistas y perdularios de la pluma. Eso sí, al único que le he oído contar que llamara a una puerta a las tres de la mañana para protestar por el ruido, le abriera una vecina estupenda que iba casi en pelotas, le agarrara de las solapas y se lo llevara a la cama sin apenas abrir la boca, fue a un novelista argentino. Todos nos quedamos sin saber qué decir, excepto otro novelista argentino: “Pero pibe, eso más que sexo oral, fue sexo escrito”

domingo, 2 de junio de 2013

Soldadito - Jesús Nieto Jurado


Soldadito - Jesús Nieto Jurado
A ARTUR MAS lo pensamos bien peinado, a punto de revista y de besar la senyera sin lengua. Puede que en la explanada de Montjuic. Le veo marcial, con ese mentón altivo que le brota a la burguesía catalana desde tiempos del Condado y que esculpió Marsé en Últimas tardes con Teresa: cuando hacía lírica o sociología con las barbillas y las contraponía al moreno picado de liendres de un charnego que, hoy, le bailaría el agua electoral o a Pere Navarro o al honorable Pujol y a esa prole suya tan inequívocamente emprendedora en el business–honorable también– de revisar la junta de culata o los frenos de mi SEAT Cuenca.
A Mas, retratado como un mariscal frente a la Plaza Roja de Moscú, puede que le sienten como un guante los galones que se inventa en esa patria de juguete que ya hasta nos enternece por tanto empecinamiento y tantas deudas. Aunque tenga que comulgar en el camino a la Libertad junto a la ikurriña coyuntural y el trueno de Junqueras, Artur Mas es un principito a quien le resbalan las faldas escocesas, a lo Wallace, y le ponen los uniformes, tanto o más que a su paisano Eugenio D’Ors. La percha de Mas, modelo como salido a fumar en el convite de una boda, no admite, obvio, el sarga legionario o el polvo de las guardias africanas, pero puede combinar su tupé menguante con un modelo a lo Kaiser Guillermo, combinable con el casco prusiano si hay gala sin abucheos en el Liceo o así va la moda macho de la Gaudí este año. Quiere Mas un ejército a la sombra de la OTAN, pues su Arcadia con barretina es un peligroso enclave geopolítico; de Creus a Tortosa apuntan unos misiles que no silencian ni las rosas de las Ramblas ni la leyenda ñoña de que Messi es la paloma unicef de Picasso.
Mas, de los quintos del cuartel del Bruc, nos da el perfil de un soldadito de plomo derretido sobre quien se arremolinan diariamente las boutades o las ocurrencias con la imaginación disparada de quien tiene las arcas vacías y ha de entretener las hambres con el ensueño. Quizá desconozca que, frente a Els Segadors, la tropa va mejor con Concha Velasco en el MP3 y Marta Sánchez en el portaaviones.
@jesusNjurado
«Mas es un principito a quien le resbalan las faldas escocesas y le ponen los uniformes»

sábado, 1 de junio de 2013

Esquela con lilas - José Luis Alvite

Esquela con lilas - José Luis Alvite

Estaré en la Feria del Libro de Madrid, esta vez para firmar ejemplares de «Lilas en un prado negro», que es un título recopilatorio de relatos urdidos en la penumbra de mi cabeza en un momento de mi vida en el que hasta me parecía que fuese yo el único excremento que no se atreviesen a comer los cerdos. Contiene pasajes amargos y otros jaspeados son la llamarada ignífuga de un humor sin demasiadas esperanzas, como ese gesto de vago y remoto placer que veríamos en el rostro de un muerto al que le hiciesen cosquillas las lombrices que devoran tenazmente la gomosa flacidez de sus vísceras. Pero eso es lo de menos. Soy devoto de la Feria porque me acerca a un público lector al que, además de las alubias, le debo el remanente de mi precaria felicidad, incluso la vida. En absoluto me mueve el ansia de un éxito editorial, no porque desprecie sus dividendos, como cualquier esnob, sino porque me he concienciado desde muchacho de que la vida es un viaje a bordo de un tren con humo que avanza al tacto sobre las vías gracias al recurso de ir alimentando las llamas del fogón con la madera de sus vagones. Lo que de verdad me interesa es ese rostro plural de los lectores, la mirada colectiva de quienes siendo tan distintos entre sí, en el fondo tanto se parecen a mí. Lo digo porque del mismo modo que los veo frente a mí en una de las casetas del Retiro, con la misma naturalidad, y tanto efecto, podría imaginarlos echándole con cariño un vistazo a mi cadáver en el tanatorio. Les regalaría a todos ellos el libro si pudiese. Mis lectores se ahorrarían un dinero y yo sería el de siempre, un tipo que escribe sin ambiciones materiales, si acaso con la razonable esperanza de que con motivo de su muerte a los suyos les hagan un descuento en la esquela del periódico.